(*) Editado el 13 de mayo de 2015
7. De hormigas y coches voladores
«Nott:
Recuerda que el día cinco de junio tienes una cita en la Malfoy Manor. La fiesta comenzará a las seis de la tarde, ya están todos avisados. Todos menos Zabini, por supuesto. Aunque espero que tenga la decencia de enviarme un regalo; quién sabe: quizá así me replantee añadirlo a la lista de invitados el verano que viene.
Hablando de regalos, haz el favor de no dejar que tu abuela lo escoja este año, aún no me recupero del pestazo que dejó en mi habitación el perfume que escogió la otra vez. Ostentación, ¿a quién se le ocurre? Seguro que mi bisabuelo la usaba.
Por cierto, uno de mis elfos domésticos está volviéndose muy interesante, tienes que verlo: no para de achicharrarse las manos y darse cabezazos sin que le digamos nada. Graciosísimo.
Nos veremos pronto,
Draco Malfoy».
Arrugué la carta y la arrojé al suelo. Ya la recogería el elfo más tarde.
Me levanté de la cama con parsimonia y me miré en el espejo mágico que tenía en la pared, mi reflejo me devolvió la mirada con una ceja alzada. No era muy hablador: de vez en cuando se quejaba de que el pelo me tapara los ojos, de que estuviera aún más pálido de lo habitual o de que me encorvara, pero normalmente me dejaba en paz.
Lástima no poder decir lo mismo de mi decrépita abuela. Acababa de entrar en la habitación y ya lo estaba escrutando todo con esos ojos de buitre carroñero:
—¡Theodore! —exclamó, con esa voz cascada y quejumbrosa tan recalcitrante—. Queda menos de media hora para que nos vayamos a casa de los Malfoy, ¿aún estás sin arreglar? ¡Por Salazar! ¿Qué hace el estandarte de Slytherin que te regalé tirado en el suelo? Haz el favor de colgarlo otra vez en su sitio…
Mi mente desconectó y se dispuso a sintonizar pensamientos más atractivos que aquel monologo. Pensamientos que iban desde lo que me apetecería cenar en unas horas hasta las túnicas con las que nos deleitarían esa vez Crabbe y Goyle. Os adelanto que una tenía ribetes plateados.
—… Siempre igual, con esa cara de que el mundo no va contigo. Crees que estás por encima de los consejos que te da tu abuela, sí, eso crees. Pues te diré una cosa, niño: he vivido los años suficientes como para darme cuenta de…
Definitivamente me apetecía algo salado. Por desgracia, Malfoy tiene una insana afición por los dulces que, de no ser por la insistencia de su madre y de la magia, habría acabado con buena parte de su impoluta dentadura.
—… Encerrado en tu habitación como si no hubiera más gente en esta casa, sin dignarte a escuchar a tu pobre abuela que tanto se preocupa para que te vuelvas un hombre de provecho…
Alcé una ceja. Aclarar que para esa señora hombre de provecho iba de la mano de Marcas Tenebrosas, enmascarado en plata y embadurnado con la sangre de otros.
—Madre, deja de gritar.
Mi padre, cuyos nervios no toleraban un timbre superior al de un siseo, acababa de aparecer en el dintel de la puerta con cara inexpresiva.
—Emmanuel, ¿no ves que estoy intentando inculcarle algo de sensatez a tu hijo? ¿No te das cuenta de cómo se comporta? ¡Es inadmisible en una familia respetable como esta! ¡Totalmente inadmisible!
Ya que sale a colación el nombre de mi progenitor me gustaría hablaros de las ironías que pueden encerrar estos sustantivos. Decir que Emmanuel significa Dios con nosotros y que Theodore no se queda atrás: regalo de Dios. Pese a nunca haber creído en nadie más que en mí mismo me gustaría ver la cara de los católicos cuando se dieran cuenta de qué tipo de regalos hacía su deidad o con quién tenía a bien reunirse.
Volviendo al momento de la narración: mi abuela se fue a rumiar a otro lado y mi padre, tras una mirada vacua a mi habitación, me apremió para que me vistiera.
Unas altísimas verjas de hierro forjado fueron las primeras en darnos la bienvenida a la casa de los Malfoy. Cuando nos acercamos se contorsionaron formando una cara tan agraciada como la de Bulstrode durante su período más preocupante de acné. Nos preguntaron con voz retumbante y metálica por el motivo de nuestra visita.
—Somos los Nott —concedió mi padre de manera lacónica. Con eso bastaba y sobraba.
Una vez dejadas atrás las rejas, nos dirigimos hacia la carpa que habían instalado en los jardines, pasados los setos y la fuente.
—Emmanuel —saludó Malfoy padre cuando llegamos hasta nuestros anfitriones.
—Lucius.
Un intercambio de nombres tremendamente emocionante que no me molesté en seguir presenciando. Me dirigí hacia donde se encontraban todos —alrededor de una larga mesa repleta de dulces, como esperaba—.
—Nott, ¿por qué siempre llegas el último? —dijo Malfoy al tiempo que hacía señas para que me sentara—. Otra vez de negro, ¿quién ha muerto esta vez?
—El que diseñó la túnica de Crabbe, espero.
Los demás se rieron, aludido incluido.
—Bueno, ¿y qué has traído tú? —preguntó Parkinson mirándome de arriba abajo en busca del papel de regalo que, por supuesto, no había usado.
Abrí la bolsa con la que cargaba y le tendí a Malfoy un libro; después de escrutarlo, sonrió con aprobación.
—¿Cuál es? —inquirió Greengrass.
—«La Nobleza de la Naturaleza» —contestó rápidamente Parkinson que había estirado su cuello todo lo que daba de sí y un poco más para leer el título—. Yo le he regalado una pluma a vuelapluma, ¿sabes? Así no tiene que molestarse en escribir, con dictar es suficiente. Además, es a prueba de fallos ortográficos.
Fabuloso. Me metí en la boca una Grajea Bertie Bott que me supo a aburrimiento mortal. Después de unos veinte minutos de Malfoy hablando de la cantidad ignominiosa de bienes que había obtenido, se decidió a cambiar de tema:
—Bueno, mi padre me ha prometido la Nimbus 2001 en cuanto salga al mercado el mes que viene. Este año voy a entrar en el equipo —concluyó, como si no hubiera margen de error posible.
En ese momento un elfo doméstico se acercó corriendo hasta la mesa en la que estábamos con un paquete entre las manos. Tenía todos los dedos quemados y una herida bastante interesante en la cabeza. Supuse, correctamente por cierto, que sería el que había mencionado Malfoy en la carta. Hablar de elfos saca a colación otro tema controvertido: el maltrato. Oh, cuán crueles somos los magos con nuestros elfos al obligarlos a mutilarse, ¿no es cierto? Porque, sí, tenéis razón, castigar físicamente a un ser vivo cuando hace algo mal es horrible, repugnante. Por supuesto no tiene ningún parecido a mantener enjaulado a un perro o pegarlo cuando no actúa como creemos conveniente, ¿verdad?
—Señor Malfoy hijo, ha llegado esto para usted, señor.
El aludido cogió el paquete con una sonrisa de triunfo que, sobra decir conociendo al remitente, no le duró demasiado.
—Es de Zabini, me ha enviado un regalo, por supuesto. Quizá el año que viene me plantee el… —comenzó, petulante, mientras abría la caja. Cuando observó el contenido de la misma concluyó su frase con la mandíbula apretada—: matarlo. Maldito Zabini, juro que me vengaré.
Y se vengó. Y el otro se vengó después. Y un largo etcétera que os relataré más adelante. La verdad es que la relación de odio y desagravio de esos dos sujetos se convirtió poco a poco en el pasatiempo preferido de muchos Slytherin. Decir que con el paso de los años las bromas, si es alguna vez pudieron ser así llamadas, se hicieron cada vez más crueles y retorcidas.
Todos se levantaron para ver cuál era el motivo de la ira de Malfoy: una colección de revistas en las que se hablaba sobre Harry Potter, por lo visto.
—Estoy hasta las narices de Potter, de Granger y de Weasley —rumiaba al tiempo que rompía las publicaciones con odio contenido y sin contener.
—¿De Granger? —preguntó Parkinson en décimas de segundo.
A favor de esta reacción decir que la Slytherin actuaba igual cada vez que el rubio mencionaba el nombre de alguien de género femenino. A favor del posterior comportamiento de la morena para con la Gryffindor poco que decir salvo, tal vez, que quizá estuviera justificado. Pero no es momento de abordar esa historia y quizá nunca lo sea.
—Sí, de la maldita Granger. ¿No la visteis alardear de sus notas a final de curso? —Malfoy carraspeó e imitó con una voz recalcitrantemente aguda pero acertada a la niña—: «El profesor Flitchwich me ha puesto un ciento doce sobre cien en el examen, soy una sangresucia con los dientes hasta el suelo pero soy muy lista, nadie me soporta pero me da igual porque soy amiga de Superpotter».
—Olvidas mencionar su problema con los peines —añadió Greengrass con malicia—. ¿Y qué pasa con Weasley?
—¿No lo habéis oído? —inquirió el rubio en tono conspiratorio—. Su padre está haciendo redadas, detectando objetos muggles modificados, ya sabéis. Es una estupidez: no se atreverán a entrar en esta casa, por supuesto. Pero me parece una vergüenza que un mago de sangre limpia dedique su tiempo a algo así.
—Yo había escuchado algo acerca de una Ley de Defensa de los Muggles —explicó Goyle—, Crabbe y yo oímos a nuestros padres discutiendo sobre ello.
—¿Y en qué consiste esa ley? Es decir, ya estaba prohibido atacarlos, ¿no?
—No lo sé, Pansy. —Malfoy, cuyos ojos se habían convertido en un par de rendijas planteadas, añadió con desprecio—: Quizá con esa ley pretendan que todos tiremos nuestra varita de una vez. Supongo que a los Weasley eso les vendría de perlas: total, seguro que no saben ni para qué se utiliza.
—Nos harán escondernos más —vaticinaba Greengrass con rencor—. Nos prohibirán salir de las pocas ciudades enteramente mágicas que tenemos.
—Mi padre dice que hará todo lo posible por anularla —anunció el rubio con una demostración intachable de orgullo consanguíneo—. Por suerte en el Ministerio aún se lo respeta mucho más que a esos patéticos traidores a la sangre.
No me lo digáis, estáis pensando en algo como: «pobre niños, creen ese tipo de cosas horribles porque han sido educados desde la intolerancia». Por supuesto que nuestros progenitores nos enseñaron el poco valor que tiene una tolerancia sin sentido, pero haced el favor de pensar en el porqué de esa intransigencia: los magos sobra decir que somos una raza superior, que estamos muy por encima de los muggles. Ahora bien, ¿por qué somos nosotros los que tenemos que vivir en el exilio? ¿Por qué tenemos que escondernos, como decía Daphne? Estaba prohibido utilizar magia delante de ese defecto evolutivo, ¿cuál es el motivo? Somos mejores y más poderosos y, como tales, deberíamos gobernarlos. Y sí, ahí es donde muchos mortífagos chocaban. En opinión de algunos, matar muggles era una pérdida de tiempo y mano de obra. No nos íbamos a dedicar a aniquilar al ganado por ser claramente más merecedores del mundo que él, simplemente lo utilizábamos para lo que servía. En opinión de otros —los más fanáticos, los más sanguinarios— no había espacio suficiente en el mundo para ambos y ellos, benévolos, se encargarían de hacer hueco a fuerza de maldición imperdonable.
Sin embargo, y para conseguir cada uno su propio objetivo —por muy distinto que fuera al del vecino—, muchos de nosotros seguimos al Señor Tenebroso. Voldemort despreciaba a los muggles, pero los mataba en función a sus intereses tal y como hacía con los magos. Bastantes de sus acólitos eran plenamente conscientes de que su Lord los utilizaba para sus propios fines que, básicamente, podrían reducirse en las palabras poder e inmortalidad. También es cierto que algunos otros, como Bellatrix Lestrange, le profesaban una sincera devoción. Pero el motivo por el que la mayoría se unió a él, y me incluyo, es que era poderoso, ya lo creo, y se necesita poder para hacer grandes cosas y lograr grandes cambios.
Pero ya abordaré ese curioso y conflictivo tema más adelante, ahora centrémonos en el viaje en tren hacia Hogwarts.
Llegué tarde a propósito con intención de que no se repitiera la escena del curso anterior, subí a unos de los vagones y, sin necesidad de mirar por la ventanilla de la puerta, supe exactamente en qué compartimento estaban Malfoy, Parkinson, Greengrass, Zabini, Crabbe y Goyle. Los gritos de los dos últimos eran inconfundibles. Muchas cosas me hicieron buscar un habitáculo vacío, una de ellas fue distinguir las palabras «Potter» y «asco» provenientes de una voz que arrastraba la lengua más de lo que debería de estar permitido. Escogí un departamento en el que únicamente había un baúl y, por suerte, ni rastro de su dueño. Saqué un libro que había comprado en Flourish y Blotts y comencé a leer.
Su dueño apareció durante la segunda página.
—Hola, como-te-llames Nott.
Alcé la vista sin mostrar ni un ápice de emoción y me topé con ella. Ahí estaba, sonriente, con el pelo rubio recogido en una larga trenza y mirándome con interés. La dueña del baúl, Lisa Turpin. Cómo no.
Hice un movimiento de cabeza para que diera por aludido su saludo y continué con la página tres.
—¿No estás con tus compañeros?
Fruncí ligeramente el ceño, con fastidio. Siempre me han molestado esas preguntas absurdas que son más que obvias pero que, inexplicablemente para mí, el que las formula espera una respuesta. Lisa me pareció muchas cosas a lo largo de los años, pero recuerdo perfectamente que durante ese curso deseé que se quedara muda. Pocas personas consiguieron ponerme de los nervios en esa etapa de mi vida y esa Ravenclaw fue una de ellas.
La chica siguió mirándome y comenzó a balancear las piernas rítmicamente. Un renglón del libro, movimiento de piernas, otro, más movimiento. Sin alzar la vista de la lectura y deseando que huyera por mi tono cortante, dije:
—Es obvio que no, a menos que mis compañeros sean invisibles, en cuyo caso te has sentado encima de Crabbe.
—Eres bastante desagradable, ¿sabes? —afirmó con un tono jovial que me sacaba de quicio.
—Sí.
—¿Y no te importa serlo?
—No.
—Ya veo.
Acto seguido comenzó a mirar por la ventana, con la cabeza apoyada en una mano.
La paz duró hasta la página siete.
—¿Aún estás molesto por lo que pasó a finales del curso pasado? —me preguntó, con la vista todavía fija en las gotitas de lluvia del cristal.
Levanté los ojos del libro y la miré alzando una ceja.
—¿Perdón?
—Sí, me refiero a que no ganarais la copa de las Casas.
Bufé, molesto. Lisa se me antojó como una niña con un palo punzando a una serpiente esperando para ver qué pasaba, hasta donde llegaba la paciencia del ofidio. Alguien debió de haberle dicho en su momento que la imperturbabilidad de los mismos no pasaba de primer toque con la madera.
Quería que me dejara en paz, que se fuera, que no me hablara de estupideces. En ese momento anoté otra de las virtudes de los Slytherin: desde Malfoy hasta Goyle, pasando por Parkinson, todos sabían cuándo una conversación había acabado o, es más, cuando no debía empezar.
Lo último que quería era que una Ravenclaw cualquiera me hiciera hablar de cosas peliagudas que para nada tenían que ver con ella o su Casa, pero supongo que aún escocía el desfalco sufrido durante esa última cena así que no pude contenerme cuando aclaré:
—Lo importante no fue el qué, sino el porqué.
—No ganasteis porque Dumbledore les dio puntos de última hora a Harry Potter y a sus amigos —afirmó, mirándome con sus ojos demasiado grandes.
—Efectivamente.
—Pero se los merecían. Hicieron cosas increíbles y corrieron muchos peligros.
—Y quebrantaron cientos de normas de la escuela —añadí con voz monocorde.
—Bueno, no les quitaron puntos por eso, es cierto —concedió, rascándose la barbilla—. Pero se enfrentaron a Quirrel, ¡y a quién-tú-sabes!
—Porque les dio la gana.
—Pero lo hicieron —se ofuscó ella.
—¿Y Longbottom?
—Bueno…
—Él no hizo nada que no hubiera hecho cualquiera, ¿acaso en tu casa nunca merecisteis puntos por lo mismo que él?
—Pero…
—La cuestión es que Dumbledore solo tuvo en cuenta el comportamiento de determinados Gryffindor, excluyéndonos al resto.
Como los demás, nosotros nos esforzamos durante todo el año por conseguir puntos para nuestra Casa: si nos hubieran dicho desde el principio que daba igual, que hiciéramos lo que hiciéramos no íbamos a ganar porque Potter iba a dedicarse a llamar la atención, nos habríamos quedado de brazos cruzados desde el primer día. Esmerarse sin ninguna meta es absurdo, ridículo, un sinsentido.
—Pero quedasteis segundos. Además lo importante es trabajar duro. —Asintió fuertemente con la cabeza para recalcar sus palabras.
—Pensaba que eras Ravenclaw, no Hufflepuff. Esa frase fue inventada por y para ellos —respondí con desdén.
—Reconoce que lo que os fastidia es que ganara Gryffindor —argumentó con condescendencia—. Terry me dijo que Draco Malfoy siempre anda detrás de Harry para molestarlo a él y a sus amigos.
Pensé en actuar de muchas formas. Por un lado sopesé el dar por zanjada la discusión retomando la lectura, por otro lado barajé el decir que Draco Malfoy era una única persona que no representaba a ningún colectivo. Los motivos por los cuales no hice ninguna de esas dos cosas, los motivos por los cuales me estiré en mi asiento y le lancé una mirada gélida a esa niña fueron que tenía doce años y menos capacidad para ignorar a cualquier ser humano de la que hoy poseo; también tenía los nervios de punta por ser la primera vez que hablaba de esas cosas con alguien que no compartiera, al menos en cierto grado, mi opinión y, por último y por encima de todo lo anterior, tenía ganas de bajar a patadas a esos niños de las utópicas nubes de algodón de azúcar en las que vivían.
—El tal Terry olvidó decirte que el año pasado, en el tren, Malfoy fue a ofrecerle su amistad a Potter pero que este se consideró lo suficientemente bueno como para rechazarla.
—No lo sabía. —La niña cambió su expresión y dejó que la compasión le asomara entre los ojos pardos. Obvié decirle que Malfoy lo hizo por orden de su padre, pero no hubiera causado el mismo impacto. Existen grandes diferencias entre mentir y omitir datos, ya os iréis haciendo a la idea.
—¿Y tampoco sabes por qué aplaudisteis todos cuando le dieron la copa a Gryffindor? —pregunté, escupiendo veneno con cada siseo.
Y en ese momento, justo cuando ella iba a contestar, apareció Granger por la puerta. Sí, como el curso anterior. Parecía producirle una satisfacción rayana en el orgasmo el importunar año tras año con preguntas absurdas.
—¿Habéis visto a Harry Potter y a Ronald Weasley?
—Sí —contesté con sopor.
—¿Dónde?
—En Hogwarts, el curso pasado.
La chica entornó los ojos, furibunda, y se dispuso a irse apuntando al techo con la nariz. Pero Malfoy, que en ese momento había decidido concedernos el privilegio de su compañía, taponaba la puerta.
—Vaya, Granger, parece que ya se han cansado tus amigos de ti, qué pena —siseó con malicia—. Pero no me extraña, ni San Potter sería capaz de aguantar a una sabelotodo insufrible como tú.
—Cierra la boca, Malfoy —contestó ella—. Al menos tengo amigos, no como tú.
—Ah, ya veo. Son esos que están siempre contigo y a los que únicamente tú puedes ver y oír, ¿no? Te recomendaría ir a San Mungo, Granger, así tus amigos ficticios y los de los otros pacientes pueden conocerse. Seréis todos como una gran familia, en plan Weasley, pero con menos miembros, claro.
A la Gryffindor se le pusieron las mejillas sonrosadas por la rabia contenida. Pese a que en el futuro tuviera serios problemas para controlar su agresividad para con Malfoy, no era de las que se ruborizaba por la vergüenza ante las pullas. A su favor decir que era mucho más difícil molestarla que a sus compañeros extraviados. Así que, apretando los puños, nos despidió con un portazo y murmurando para sí misma —y quizá para sus amigos invisibles— cosas como «niño desagradable», «insoportable», «maleducado» y «vida muy triste».
—¿Te vienes? Tenemos que hablar de una cosa —me invitó Malfoy, pasando por alto descaradamente a Turpin. También debía de seguir resentido por el tema del que habíamos estado hablando la Ravenclaw y yo antes de la interrupción de Granger.
—Adiós, como-te-llames Nott —se despidió Lisa, con los ojos ya puestos en una revista de Astronomía, mientras yo caminaba hacia mi interlocutor.
El rubio, entre carcajadas secas y un brillo en la mirada que denotaba las ganas que tenía de joder, le murmuró mientras cerraba la puerta:
—Es Theodore.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Goyle cuando tomé asiento entre Parkinson y él.
—Estaba con la Ravenclaw esa —pinchó Malfoy, cuya existencia no tenía sentido si no fastidiaba a todo el que fuera capaz.
Greengrass me miró alzando una ceja y decidió entablar una conversación con Zabini acerca de las maravillas de Italia.
—¿Y por qué has tardado tanto en ir a buscarlo, Draco? —preguntó Parkinson.
—Estaba hablando con Granger —contesté por él, pasando páginas de mi libro con aparente desinterés y alegrándome en el interior por haberle devuelto el golpe.
Esa vez fue Malfoy el que me fulminó con la mirada.
—¡Granger, esa asquerosa sangresucia! —escupió—. Y encima mi padre echándome en cara que saca mejores notas que yo, que debería darme vergüenza viniendo ella de una familia de muggles. Lo que me da vergüenza realmente es que admitan a gente así en el colegio. Pero claro, como sus únicos amigos son igual de divertidos que el calamar gigante tiene que dedicarse a estudiar todo el día… Además, está claro que los profesores la tienen enchufada.
—¿Enchufada? —preguntó Crabbe.
—Enchufada, sí; o sea, que hay favoritismo. —El rubio fruncía el ceño cada vez más, evidentemente molesto porque su padre lo hubiera reprendido por sus notas que, dicho sea de paso, eran bastante buenas—. Y encima nos los encontramos en Flourish y Blotts: el asqueroso de Potter, la plaga de los Weasley y la sangresucia de Granger, ¡con sus padres! ¿Te lo puedes creer, Theodore? —Constatar que no me hablaba a mí por algún extraño tipo de deferencia sino porque, obviamente, ya le había contado al resto esta historia al menos tres veces—. ¡Muggles en el Callejón Diagon! Qué asco.
—¡Y encima el tal Arthur Weasley pegó a tu padre! —añadió Parkinson, presa de la indignación.
—Sí, se lanzó como un loco hacia él. Un Weasley, por Merlín.
—¿Por qué? —inquirí, con un atisbo de curiosidad.
Draco Malfoy estaba en ese momento a años luz de imponer lo mismo que su progenitor. Por aquel entonces, Lucius era un hombre digno de ser tomado en consideración por todos nosotros. Nada que ver con lo que es hoy en día: Azkaban acabó bebiéndose su fuerza mientras se alimentaba de sus miedos.
—Le dijo a ese Weasley que no podía caer más bajo por las compañías que frecuentaba. Los muggles, ya sabes.
—Tiene razón —concedí.
—Por supuesto, pero esa comadreja se atrevió a empotrarlo contra una estantería —siseó, con rabia—. De todos modos esto no va a quedar así, ya veréis. Por cierto, hay otra Weasley, ¡otra más! Son como una plaga, como los gnomos, deberían sacrificarlos. O vender a algunos de sus hijos como si fueran elfos domésticos, quizá así tuvieran dinero para comer.
Parkinson, Crabbe y Goyle le hicieron el coro de carcajadas correspondiente.
—¿Qué día fuiste tú a comprar el material, Theodore? —me preguntó Malfoy.
—Dos días después de la firma de ejemplares de Lockhart.
—Tuviste suerte. Pansy, Gregory y yo fuimos ese mismo día.
—Pero fue estupendo, ¡incluso logré que me firmara los libros! —Parkinson daba saltitos de emoción a mi derecha—. Me puso: «Querida Pansy, espero que mis grandes hazañas te ayuden a enfrentarte a los horrores del mundo mágico con tanto temple y valor como yo». ¿No es fantástico?
Malfoy torció el gesto: parecía poner en duda el concepto que tenía la morena de lo que era o no fantástico.
—A mí me pareció un completo idiota —dijo el rubio, lo que provocó que mi compañera de asiento frunciera el ceño—. Además, Potter tuvo que ser el protagonista, como siempre: se hizo fotos con nuestro nuevo y patético profesor de Defensa contra las Artes Oscuras.
Zabini interrumpió su conversación con Greengrass para comentar en tono teatral:
—Escuché de unos de tercero que el puesto de Defensa está maldito.
—Eso es una tontería.
—No lo es, Malfoy —discrepé.
El chico me miró con interés.
—El Señor Tenebroso maldijo el puesto.
—¿Cuándo? —preguntó Goyle.
—¿Cómo lo sabes? —añadió Crabbe, suspicaz.
Suspiré con parsimonia. Nunca me ha gustado dar explicaciones acerca de absolutamente nada a menos que lo considerara indispensable o práctico. Pero aunque en ese momento la perorata que iba a soltar no tenía que ver con ninguno de esos dos motivos, supongo que me hizo gracia sentirme importante al saber algo que el resto desconocía.
—Mi padre estuvo allí —comencé, hablando con la voz baja y pausada que me caracteriza—. El Señor Tenebroso fue a Hogwarts a pedirle a Dumbledore el puesto de profesor de Defensa. —Greengrass se removió incómoda y se puso a mirar por la ventana—. Mi padre, Antonin Dolohov, Wyot Mulciber y Elric Rosier lo esperaban en el Cabeza de Puerco. Cuando él llegó, les explicó que no le habían aceptado en el colegio, así que maldijo el puesto.
—¿Cómo? —inquirió Crabbe.
—No lo sé. Pero mi padre me contó que, desde entonces, los profesores no han durado más de un curso.
—¿Pero para qué quería quién-vosotros-sabéis impartir esa asignatura? —Se unió Zabini—. Esa en concreto, me refiero. No tiene sentido.
—Para buscar más adeptos a la causa —concluí, añadiendo lo que me dijo mi progenitor cuando le hice la misma pregunta.
El ambiente se volvió pesado, como cada vez que hablábamos de esos temas. Greengrass siguió con los ojos claros clavados en el paisaje, Parkinson se puso extremadamente seria y se dedicó a mirar al suelo, Zabini se mantuvo en silencio, sumido en sus pensamientos y Crabbe y Goyle se observaban sin saber qué decir. Fue Malfoy el que cambió de tema con despreocupación, para alivio del resto:
—¿Sabéis que Potter y Weasley no están en el tren? Ojalá lo hayan perdido y no los dejen entrar este curso en Hogwarts. Aunque seguro que Dumbledore decide darles puntos por alguna gran hazaña. —Añadió con todo el rencor que pudo recolectar, que era mucho—: «Doscientos puntos por llamar la atención, Potter, quinientos por aprender a ponerte los calzoncillos del derecho».
—Cuando se lo conté a mis padres no se lo creían, lo de los puntos en la cena de despedida del Gran Comedor, me refiero —apuntó Parkinson—. Dijeron que teníamos suerte de que tu padre formara parte del consejo escolar, que quizá él pudiera hacer algo.
—Lleva años intentando que releven a Dumbledore del cargo. Espero que lo consiga.
Cuando el tren paró y todos hubimos bajado, el nuevo prefecto de Slytherin condujo a los alumnos de segundo en adelante por un camino situado a la derecha de la estación.
—Mi padre consiguió que quitaran al anterior prefecto del cargo —le murmuraba Malfoy a Parkinson, muy pagado de sí mismo.
Llegamos a un claro embarrado en el que había un centenar de carrozas. Ese fue el primer día que vi un thestral.
—No más de cuatro por carroza —explicaba el prefecto con voz cansina—. Daos prisa.
—Y qué se supone que tenemos que hacer —empezó Malfoy despectivamente—, ¿uno se queda fuera y tira de ella?
Lo miré con las cejas casi rozándome la raíz del pelo; «el verano le ha debido de freír el cerebro: es obvio que esos caballos deformes tirarían de los carruajes», pensé.
—Quizá se muevan mágicamente —sugirió Parkinson.
Malfoy se encogió de hombros y entró en una de ellas junto a la chica, Goyle y Crabbe. Greengrass, que estaba a mi derecha, se percató de mi cara de desconcierto e inseguridad y preguntó:
—¿Qué pasa, Theodore?
Blaise, a menos de un metro de ese animal espantoso, nos hacía señas para que nos acercáramos. Me asombró que pareciera tan indiferente ante los ojos inyectados en sangre que lo escrutaban.
—Las carrozas están tiradas por caballos putrefactos —le murmuré como respuesta.
—¿Qué dices? —Me estudió con cuidado, sopesando que estuviera bromeando a pesar de que rara vez lo hiciera—. Nada tira de ellas, Theodore. ¿Estás seguro de que no te pasa nada?
No contesté. Caminé directo a uno de los animales y me quedé mirándolo con más curiosidad que miedo.
—Son thestrals. —Me giré y vi que Adrian Pucey se había colocado a mi lado. Él también parecía ver a los animales porque miraba al que teníamos en frente directamente a los ojos—. Vamos, sube.
Estando ya los cuatro en los incómodos asientos, con las ruedas metálicas de nuestro extraño medio de transporte repiqueteando entre la gravilla, pregunté:
—Hey, Pucey. —Los ojos azules del aludido me apuntaron—. ¿Qué es un thestral?
—¿Un qué? —inquirió Zabini.
—Son caballos voladores. Invisibles para todos la mayoría de las veces.
—¿Por qué puedo verlos?
—¿A quién has visto morir, Nott? —Pucey me escrutaba con curiosidad y una media sonrisa desagradable esculpida en el rostro.
—¿Perdón?
—Solo los que han visto la muerte de cerca pueden percibirlos —explicó.
Me callé y me dediqué a mirar por la ventana el resto del viaje, con los ojos verdes de Greengrass clavados en la nuca. A excepción de Zabini, que se había incorporado demasiado tarde, todos sabían que mi madre había muerto. Conocían la versión oficial que se dio del asunto, la que mi abuela se encargó de repetir por activa y por pasiva: su nuera había sido asesinada por un auror desaprensivo. Según decía, este auror había entrado en nuestra casa a sabiendas de que ella estaría sola conmigo; nunca quedó del todo claro dónde estaba mi padre, solo que se la encontró medio muerta cuando llegó.
Yo la vi. No era capaz de recordar demasiado de aquello, pero la vi. Mi abuela me dijo que las personas tenemos mecanismos de defensa automáticos para luchar contra ese tipo de horrores, que omitimos involuntariamente recuerdos para no tener que enfrentarnos a ellos nunca más.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —nos increpó Malfoy ya en la mesa de Slytherin del Gran Comedor. La paciencia nunca fue su fuerte.
—Nos costó encontrar una carroza vacía —mintió Greengrass con desinterés.
—Van a seleccionar ya a los de primero, ¿adivináis dónde meterán a la nueva Weasley? —se mofó Parkinson.
—Por la túnica que lleva, de sexta mano por lo menos, deberían meterla en un museo.
Todos rieron por el comentario del rubio mientras yo me dedicaba a mirar a la mesa de profesores.
—Snape no está —hice notar.
—Ah, lo sé. —Malfoy se rio con perfidia—. Cuando hemos llegado nosotros le he dicho que ni Potter ni Weasley estaban en el tren. Estará asegurándose de su expulsión.
Poco después de que apareciera la comida, Snape hizo su entrada en escena en el Gran Comedor con una de las sonrisas más desagradables que le había visto hasta el momento. Y la alegría de nuestro jefe de Casa nunca presagiaba nada bueno, en especial para aquellos que no fueran vestidos de verde.
—Mirad, ¡le está diciendo algo a Dumbledore y a McGonagall! —explicaba Parkinson, para fastidio de todos—. Se van con él, ¡seguro que es algo relacionado con Potter y Weasley!
—Corre el rumor —comenzó Miles Bletchley, un alumno de Slytherin mayor que nosotros que estaba pendiente de la conversación— de que esos dos han tenido un accidente con un coche volador.
Malfoy levantó una ceja, incrédulo.
—Eso es una tontería.
—Derrick lo ha oído de unos de Gryffindor —contestó, encogiéndose de hombros como si realmente le diera exactamente lo mismo.
—A mí me da igual lo que haya pasado con tal de que los expulsen —dijo Malfoy poniéndose más y más dulces en su plato, feliz.
Pero no los expulsaron. Por supuesto que no. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Potter y Weasley estaban sentados en la mesa de Gryffindor, para consternación del rubio y de muchos otros. Lo único que alivió un poco los humos del chico, que refunfuñaba con sus ojos grises convertidos en dos rendijas indignadas, fue el howler que le mandaron al pelirrojo.
—Qué patético —apuntillaba mientras comía—, mi madre nunca me mandaría un howler. Qué vergüenza de familia, deberían quitarles la varita y lanzarlos a patadas con esos asquerosos muggles que tanto quieren.
—¡Malfoy! —Marcus Flint se acercaba a nosotros con paso jactancioso y pesado a partes iguales—. Ya he recibido la… donación de tu padre. —Esbozó una sonrisa grotesca—. Es muy generoso por su parte. Las pruebas para el equipo serán la semana que viene, no faltes.
—Allí estaré.
Zabini miró al chico, que en ese momento tenía una mueca de superioridad que a duras penas le cabía en la cara, y le preguntó con recelo:
—¿Qué donación?
—Oh, ¿no os lo he dicho? —Entrecerró los párpados, con arrogancia—. Mi padre le ha regalado al equipo de Slytherin escobas de carreras nuevas. Nimbus 2001. Ultimísimo modelo, como sabréis.
—Pero tú no estás en el equipo —recalcó el moreno desdeñosamente.
—Estaré cuando pase la prueba la semana que viene, Zabini.
El aludido rodó los ojos y siguió comiendo, a lo suyo.
—¿Qué clase tenemos ahora? —quiso saber Crabbe.
—Defensa, con el profesor Lockhart —contestó rápidamente Parkinson.
Malfoy bufó y no dejó de hacerlo de camino al aula en la que se impartía esa asignatura. Remataba sus ya mencionados resoplidos con miradas de odio superlativo cada vez que se encontraba con chicas por los pasillos enfrascadas en los libros de Defensa. Ya en la clase, Parkinson lo arrastró hasta la primera fila y Zabini, alegando que no se quería perder la mala uva del rubio, se situó a mi lado, justo tras ellos.
—Yo —comenzó ese intento de ser humano al que algunos denominaban profesor de Defensa— soy Gilderoy Lockhart, Caballero de la Orden de Merlín, de tercera clase, Miembro Honorario de la Liga para la Defensa contra las Fuerzas Oscuras y ganador en cinco ocasiones del premio a La Sonrisa Más Encantadora, otorgado por la revista Corazón de Bruja…
—Te lo dije. Eran cinco, no tres —le susurró Parkinson a Greengrass, que estaba en la mesa contigua.
—Pero no quiero hablar de eso. ¡No fue con mi sonrisa con la que me libré de la banshee que presagiaba la muerte!
Esperó a que se rieran todos. Nadie lo hizo. Malfoy fingió una arcada.
Lockhart carraspeó, incómodo.
—Bueno, he pensado que podríamos empezar hoy con un cuestionario, para ver cuánto habéis asimilado al leer mis obras. No os preocupéis —dijo interpretando mal la cara de asco de Malfoy—, no contará para la nota final.
Miré la hoja que acababa de repartir y deseé sacarme los ojos tras ello. Le volví a dar la vuelta y apoyé la mejilla en la mano, con sopor. Me llegó la risa incrédula de Zabini desde mi derecha.
—Esto es absurdo —decía—. Nott, ¿no vas a hacerlo?
—No.
—Te entiendo —contestó al tiempo que miraba las tres hojas de preguntas cada vez más patéticas—. Yo me lo voy a inventar. Seguro que su color favorito es el verde pistacho y su ambición secreta tiene que ver con ropa interior de mujer.
—¡Draco! —murmuraba Parkinson, indignada, mirando lo que el rubio escribía—. Su mayor logro hasta la fecha no es entrar en coma cerebral, tiene que ver con el altercado con el Yeti…
—¿Quién lo dice? —siseaba él, taladrando el pergamino con la pluma.
—Pues su libro «Un año con el Yeti».
—Vincent —murmuró Goyle en la mesa de atrás—, ¿cuál sería tu regalo ideal?
—¿Una escoba nueva?
—Vale, seguro que a este tío también le gustaría tener una —aceptó, escribiéndolo en el examen.
Goyle se equivocó y, por lo visto, también Malfoy al escribir que la ambición secreta del profesor tenía que ver con Harry Potter.
El gran punto y final del día lo puso Blaise Zabini esa noche, cuando estábamos ya en el dormitorio.
—¿Pero qué se cree Potter firmando fotos? —graznaba Malfoy—. ¿A quién le interesaría una foto de esa gran cabeza deforme? Y ese cretino de Lockhart posando con él de nuevo, este colegio es una vergüenza.
El rubio, presa de la indignación y del asco, iba de un lado a otro de la habitación con su pijama en la mano, zarandeándolo en el aire.
—¡Voy a darme una ducha! —gritó, como si nos importara.
—Te olvidas el champú, Malfoy —murmuró Zabini desde su cama, con estudiado desinterés.
—Trae —exigió al tiempo que se lo arrebataba a un solícito Goyle, que se había agachado a coger el frasco.
Y, cuando escuchamos correr el agua, Zabini se giró hacia mí y me preguntó:
—¿Qué hora es?
—Las nueve y veinte.
—Perfecto —dijo, sonriendo de manera angelical y volviendo a la lectura de su revista—. Por cierto, ¿os gustan las hormigas?
Nadie contestó a esa extraña pregunta retórica. Tampoco la comprendimos hasta que nos llegó un berrido descomunal desde el servicio:
—¡ZABINIIIIIIIIIIIIII! ¡JURO QUE TE MATARÉ, MALDITO CABRÓN!
Alcé una ceja cuando Draco Malfoy salió del baño con la cabeza a medio enjabonar, completamente desnudo y con la cara contraída por la rabia.
—¡QUÉ COJONES LE HAS HECHO A MI PELO! —vociferaba como un maníaco alzando los brazos y con sus vergüenzas al aire contrayéndose por el frío.
Me fijé en su pelo que, ya que lo decía, parecía extrañamente oscuro. Si lo escrutabas con detenimiento te percatabas de que el cambio de color se debía a infinidad de…
—¡HORMIGAS! ¡HORMIGAS EN MI CHAMPÚ! ¡TE LAS VAS A COMER…! ¡TE VAS A…!
Malfoy caminaba hacia Zabini con los puños cerrados, probablemente con intención de partirle la mandíbula a golpes. Pero el amenazado, con una sonrisa perezosa y aparente calma, me volvió a preguntar:
—¿Qué hora es, Nott?
—Las nueve y media.
Unos toquecitos en la puerta que no esperaron respuesta precedieron a Pansy Parkinson.
—¿Qué querías, Blaise? —preguntó segundos antes de girarse y ver a Draco Malfoy paralizado por la sorpresa y completamente desnudo. Se quedó lívida y, con los ojos como platos, comenzó a señalarlo temblorosamente y a balbucear—: Desnu… des… sin… nada… encima… ¿Qué…?
El rubio, que se había quedado congelado con las manos alzadas por la interrupción súbita de la chica, adquirió un tono rojo muy oscuro que no desentonaría con la bandera de Gryffindor, se tapó sus mermados atributos y se decidió por una rápida retirada marcha atrás.
—Tu dignidad está tras un laaaaaargo pasillo —remató Zabini—, subiendo un graaan tramo de escaleras. Pero no te preocupes, que el baño lo tienes cerca, justo detrás de ti. Que disfrutes de tu ducha, Draco.
Cabe destacarse varias cosas de esta cómica escena. Por un lado, los diferentes colores por los que pasó la cara de Malfoy: roja de ira, verde pre vómito y granate de humillación. Por otro lado, la media hora de gritos furiosos e insultos y amenazas de lo más originales que le dedicó a Zabini desde el baño. Y, por último, la sonrisa rencorosa del moreno al explicarnos cómo lo había planeado todo y lo que le había pedido a Parkinson: que tenía que subir a la habitación exactamente a las nueve y media para que le dijera algo muy importante relacionado con el rubio.
Con el paso de los años vimos demasiadas veces los atributos del agraviado. Si bien en esas ocasiones había perdido toda la vergüenza y disfrutaba paseándose como su madre lo trajo al mundo por el dormitorio.
