Capítulo 7: Harry

Estaban en medio de una guerra, una que parecía iban a perder. Cada día se escuchaban en las noticias terribles asesinatos y desapariciones. La Orden se había mantenido completa hasta entonces por pura suerte y habilidad, aunque más de la primera. En medio de tanta desesperanza, uno no se hubiera imaginado que pudiera existir tanta felicidad.

James le había pedido a Lily que se casara con él después de una misión, una en la que apenas y salieron vivos. Lograron escapar por un pelo y se habían enfrentado con mismísimo Voldemort. En medio de las lágrimas de alivio y de los besos James soltó la pregunta. Todo era demasiado incierto y en cualquier momento podrían morir. Así que decidieron casarse.

Quizás fuera precipitado, eran jóvenes y acababan de salir de Hogwarts. Pero se amaban intensamente y sabían ―lo habían sabido desde siempre, en realidad― que su amor era sólido y real. Entre tanta incertidumbre, lo único de lo que estaban seguros era de ellos y de que querían estar juntos.

El día que habían elegido para la boda fue uno afortunado. El sol de verano brillaba en todo su esplendor, pero una brisa refrescante que anunciaba el próximo otoño permitía que el calor no fuera soporífero. Los jardines de la mansión de los Potter habían sido decorados para la ocasión. Una carpa levantada con magia flotaba sobre las mesas y sillas que rodeaban la pista de baile. Fuegos fatuos decoraban el techo, y en la noche su luz iluminaría todo.

En el interior de la mansión, en la habitación de James estaban los cuatro merodeadores.

―Prongs, te juro que si no dejas de pasearte tanto voy a vomitar― dijo Sirius, bromeando, para bajar la tensión que había en el cuarto.

―¿Y si se arrepiente? ¿Y si decide que siempre no quiere pasar la vida conmigo? ―preguntas como esas se las había estado haciendo James en voz alta durante todo el día.

―Lily te ama, no va a arrepentirse―trató de tranquilizarlo Remus desde el alféizar de la ventana en la que estaba sentado, sus manos jugando con la caja de los anillos delataban su nerviosismo que tan bien ocultaba en su rostro.

―Exacto. No sé qué te vio, si estás muy feo, la verdad, ni cómo le hiciste para convencerla, pero está igual de loca por ti que tú por ella ―Sirius palmeó la espalda de James―, tendría que pasarle algo grave para que no se presentara-a...

Él y su bocota.

Remus rápidamente se paró, guardando la caja en el bolsillo de su chaleco. Y se acercó a James para detenerlo, porque vio que estaba por salir corriendo, seguro a buscarla y arruinar la sorpresa del vestido.

―No le va a pasar nada. A ti es al que le va a dar algo si no te tranquilizas - lo jaló hacia el sillón de la esquina, a un lado de Peter, que se mordía los dedos, porque las uñas ya se las había terminado.

Sirius, que estaba igual de nervioso que James, le sonrió agradecido a Remus por haber salvado su metida de pata. Por suerte para los cuatro, en ese instante se asomó Frank para decirles que debían bajar.

Fue una boda preciosa. Llena de amor y de alegría. Lily sí apareció, justo cuando la música marcaba su entrada. Lucía hermosa con un vestido blanco con encaje que dejaba ver sus hombros pecosos. Su sonrisa sólo se podía igualar a la de James, que la esperaba en el altar mirándola como si de pronto la pelirroja se hubiera convertido en veela. Su padre la llevaba del brazo y su madre de la mano. Lily había querido que ambos la acompañaran al altar.

Los señores Evans eran los únicos muggles de la fiesta. Petunia se había negado a ir, y eso era lo único que empañaba un poco la felicidad de Lily. Pero al llegar junto a su futuro esposo y sentir cómo la tomaba de la mano olvidó esa tristeza. Con una mirada James le dijo que la amaba y que se veía hermosa y ella le contestó de la misma manera.

Dumbledore estaba frente a ellos, vestido con una túnica de gala color púrpura con decorados de constelaciones y su larga barba adornada con un moño granate. En su papel como miembro de Wizengamot él efectuó el casamiento.

La ceremonia fue corta, pero muy emotiva. Ambos leyeron sus votos e hicieron reír y llorar al mismo tiempo a todos los asistentes. Intercambiaron anillos y luego Dumbledore realizó el hechizo de unión.

La fiesta, muy al estilo de los merodeadores, estuvo llena de sorpresas, baile y comida deliciosa. Pero el momento más hermoso fue cuando Sirius dio su discurso de padrino.

Subió al escenario, del que salía Alice ―ahora Longbottom― después de dar el suyo. Estaba tan nervioso que se le cayeron las hojas que llevaba. Maldijo por lo bajo y trató de darles orden, pero las palabras se le borraban. Miró hacia donde estaba Remus, sonriente, alzó los pulgares para darle ánimo. Tragó saliva y decidió ignorar las hojas, sabía lo que estaba ahí escrito, sabía qué quería decir:

Cuando me subí al expreso de Hogwarts sólo sabía que no quería seguir los pasos de mi familia. Quería ser diferente. Pero me aterraba, me moría de miedo la posibilidad del rechazo. ¿Y si me ponía en otra casa y me odiaban mis compañeros? Sabía que mi madre y mi padre iban a odiarme por elegir ser algo diferente que ellos. Pero también me aterraba la posibilidad de no ser diferente, ¿y si el sombrero seleccionador me ponía en Slytherin? Pero no lo hizo, me puso en Gryffindor, y por primera vez en mi vida me sentí libre, pero también solo. Se hizo el silencio en el Gran Comedor y pensé que había cometido un error. Pero entonces se escuchó un grito jubiloso, y un aplauso, era la del niño flacucho y con lentes que había conocido en el tren. Cuando él también se sentó a mi lado en la mesa de Gryffindor y me dijo sabía que ibas a lograrlo, me sentí en casa.

James Fleamont Potter, tú cambiaste para mí lo que significaba una familia. A pesar de ser un niño mimado y engreído abriste tu corazón a tres niños perdidos. Sé que hablo también en nombre de Peter y Remus cuando digo que nos salvaste. Te convertiste en nuestro amigo, confidente, y compañero de travesuras, en esa persona que siempre estaba de nuestro lado sin importar qué. Te convertiste en mi hermano, más mi hermano que mi propia sangre. Es algo que me demostraste continuamente, sin reservas, entregando el corazón por completo. Sin tu apoyo Merlín sabrá si las cosas hubieran salido como salieron con Remus, el amor de mi vida, que está ahí sentado -mandó un beso a Remus, que estaba completamente sonrojado y que saludó tímidamente-. Quizás no me hubiera atrevido a estar con él, y lo hubiera lastimado más de lo que lo he hecho. Pero, sin importar las veces que metiera la pata -y fueron muchas- estabas ahí para ayudarme a salir. Me recibiste en tu casa, cuando no tenía dónde más ir. Y me ayudaste a superar el peor año de mi vida -se le quebró la voz ligeramente-. Nunca tendré palabras suficientes para expresar lo agradecido que estoy.

Recuerdo el día, cuando estábamos en tercer año, que llegaste con una sonrisa de tonto en tu cara -esa que estás poniendo ahorita- y me dijiste que te habías enamorado. Me reí de ti, y seguro hice una broma sobre la Señora Norris o McGonagall -perdona Minnie-. Me dijiste que te habías dado cuenta que Evans tenía los ojos más hermosos del universo. Y luego procediste a enlistar todas sus maravillas recién descubiertas, dejé de ponerte atención a la segunda. Durante años te escucharía miles y miles de veces hablar de ella, en el mismo tono embelesado. Incluso cuando hizo que te salieran tentáculos del pecho, o cuando te hizo crecer las orejas como elefante.

Nunca pensé que te haría caso, la verdad es que aún no lo puedo creer. Pero siempre supe que era inteligente, y al final pudo ver en ti lo que yo ya sabía: que eres un buen hombre, que ama incondicionalmente y sin reservas. Alguien que haría lo que fuera por los que ama.

Lily, al principio tenía mis reservas contigo. Para mí siempre fuiste la chica que le traía dolor de cabeza a mi amigo, y por consecuencia a los cuatro. Pero cuando por fin pude conocerte me di cuenta por qué tenías a mi hermano como lo tienes: loco. Eres inteligente, que ya lo dije, pero también eres la persona más empática y dulce que he conocido en mi vida. Siempre tienes la paciencia y disposición de escuchar a las personas. Y lo mejor de todo, en mi humilde opinión, fue descubrir tu lado merodeador. Las bromas y los chistes te llegan con gran facilidad, y eres casi tan creativa para tramar travesuras como Remus. Y después de Remus, James y Peter, eres la persona que más amo en este mundo.

No podría estar más feliz de darte la bienvenida a la familia. Y, James, estoy seguro que Euphemia y Fleamont están sonriendo desde donde quiera que estén, orgullosos de ver en quién te has convertido. Y Lily, seguro que te adorarían, es una lástima que no alcanzaras a conocerles bien.

Brindo porque su matrimonio sea uno lleno de felicidad y amor. Lleno de risas y humor. Lleno de bebés, quiero mínimo dos sobrinos, eh, y lleno de momentos como este. ¡Salud!

Apenas terminó su discurso cuando James se abalanzó para abrazarlo, mascullando cosas ininteligibles.

―Perro tonto ―le dijo James al oído a Sirius― acabas de arruinar mi fachada de chico cool con tu discurso.

Sirius rio hipando.

―¿Cuál fachada? Si todos sabemos que eres un flan de lo sensible que eres.

Remus desde su lugar no dejaba de hipar mientras lloraba. No quería ponerse de pie, porque ―aunque después lo negaría― había tomado demasiado y temía caerse cuan largo era. Tampoco quería interrumpir el momento de James y Sirius.

Cuando James soltó a Sirius, éste lo miró. El corazón le dio un vuelco. Le parecía increíble que tanto tiempo después siguiera provocándole ese tipo de sensaciones el solo mirarlo. Caminó hacia él y sintió en cámara lenta cómo acercaba su rostro y lo besaba.

―Todo lo que dije es cierto ―le susurró―, te amo, mi Moony.

―Yo a ti, Sirius.

―¿Qué te parece si nos vamos a un lugar más privado? ―sugirió Sirius, moviendo las cejas de arriba para abajo insinuante―, ahora que cumplí con mi tarea del discurso, hay algo que quiero hacerte que no creo quieras que haga aquí.

Remus se sonrojó completito. Asintió enérgicamente y se paró tan rápido que ni se acordó de su temor de caerse. No ocurrió, afortunadamente, y caminaron juntos a buscar un lugar oculto de la mirada de todos.

~~.~~

En la sala de la casa de los Potter lucía un enorme árbol de navidad, decorado al estilo muggle, con esferas y series de luces; la chimenea prendida calentaba toda la sala.

Remus, sentado en un sillón, sonreía. Estaba en casa. No le había dicho a Sirius que estaría en las fiestas y estaba ansioso por verlo. Cada que el timbre sonaba sentía su corazón acelerarse. No lo veía desde la boda y lo extrañaba.

Primero llegaron Frank y Alice Longbottom, que habían llevado casserole de carne y verduras y puré de papá.

—Siento no haber podido estar en su boda —se disculpó. Se habían casado en octubre, pero justo estaba en misión y se había complicado mucho irse. Greyback sospechaba cada vez más de él y la situación era delicada—. Muchas felicidades.

Las siguientes en llegar fueron Dorcas Meadowes y Marlene McKinnon, con un enorme barril de cerveza de mantequilla.

—¡Remuuus! —la rubia casi lo tira con su impetuoso abrazo—, qué maravillosa sorpresa.

—Hola Marls —la saludo, dándole palmaditas en la cabeza antes de soltarla—. Dorcas —la morena lo abrazó también, aunque no tan efusivamente.

—Es bueno verte —le dijo Dorcas—. Sirius no estará de insoportable extrañándote.

—¿A quién llamas insoportable? —justo en ese momento entró Sirius, dando amplias zancadas hacia el licántropo—. Lo que es insoportable es que llevo medio minuto en la habitación y Remus no me ha besado aún.

Remus rio y giró los ojos. Seguido de ello abrazó a Sirius y lo besó profusamente. Marlene comenzó a vitorear como solía hacerlo en la Sala Común. Parecía una eternidad desde aquellos días en Hogwarts, aunque en realidad fueran meses.

—Eres ridículo a veces —le dijo una vez que dejaron de besarse, sin dejar de abrazarlo.

—Lo sé. Pero así te gusto.

El corazón de Remus se hinchó de felicidad y amor. Estaban sus seres queridos en esa casa. Su familia. Sólo faltaba...

—¿Saben algo de Peter? —preguntó.

—Supuestamente vendrá —le contestó su novio, encogiéndose de hombros—, no debería de tardar.

Pasaron todos al comedor, donde Lily charlaba con Frank y Alice. James bajó de las escaleras, levitando varios paquetes envueltos para regalo.

La velada estaba resultando muy agradable. Peter llegó deshaciéndose en disculpas casi una hora tarde. Remus notó que estaba más delgado, más pálido y ojeroso. Como él mismo.

—Bien, ahora que estamos todos, podemos cenar —anunció Lily emocionada.

Se sentaron todos. Lily y James se habían esmerado con la cena de navidad: pato relleno de nueces y frutos, ensalada de varios tipos de lechuga con pera y queso, spaguetti con crema de cuatro quesos y pastel de chocolate. Todo lucía delicioso.

Durante la cena se pusieron al corriente de sus vidas, no podían hablar de sus misiones para la Orden, pero sí de algunas cosas. Como que Marlene y Dorcas por fin eran pareja oficial, y estaban planeando irse a vivir juntas. Frank acaba de entrar a la academia de aurores y divirtió a todos contándoles del ridículo que había hecho Dawlish en el último entrenamiento.

Pero la mejor noticia llegó con el postre. James se puso de pie y con teatralidad tocó una copa con la cuchara para llamar la atención de todos. Remus reconoció esa mirada: era la que ponía cuando se le había ocurrido una travesura, la que puso cuando Lily accedió a salir con él y la que portó durante su boda. Eran buenas noticias.

—Estamos muy felices de tenerlos aquí —comenzó—, ustedes son más que nuestros amigos, son nuestra familia. Y tenemos un anuncio que dar —su sonrisa creció a un más—, nuestra familia va a crecer pronto.

—Estoy embarazada —anunció Lily, prácticamente gritando de la emoción.

Todos se quedaron estupefactos. Mirando con la boca abierta a la pareja.

—Por las barbas canosas de Merlín, Potters —rompió el silencio Sirius—, no hagan esas bromas

James le lanzó una mirada, molesto.

—No es broma. De hecho, queríamos pedirte que seas tú el padrino.

Sirius abrió mucho los ojos. Y luego, para sorpresa de todos, e incomodidad, se abalanzó sobre James y rompió a llorar mientras mascullaba cosas como «eres el mejor amigo del universo», «deberías escoger a Moony» y «no puedo creer que tendremos un bebé».

Frank carraspeo, y luego se puso de pie también.

—De hecho, Alice y yo también tenemos una noticia.

—También yo estoy embarazada —dijo Alice, con lágrimas en los ojos.

Eso hizo que todos reaccionaran y ahora si comenzaron a intercambiarse y llover las felicitaciones y abrazos. Lily y Alice, sobre todo, estaban exultantes, y se abrazaban llorando.

Remus, después de felicitar a las futuras madres y a Frank, se acercó a James, que seguía atrapado por un Sirius ligeramente conmocionado, que seguía llorando y abrazándolo.

—Moony —lo abrazó James, con el brazo que no tenía agarrado Sirius—, Lily y yo pensamos que aunque legalmente no podemos designarte su padrino, tú y Sirius son un paquete, así que técnicamente, tu serías su padrino también.

La sensación de celos que no había notado que tenía desapareció. Sonrió y le contestó.

—Nada me llenaría más de orgullo. Gracias, Prongs.

Sirius soltó a James para abrazarlos a ambos y siguió llorando.

—Si algo nos llegara a pasar a mí y a Lily...

—No digas eso —Sirius paró su perorata sentimental y lo miró muy serio.

—Estamos en guerra, no podemos saber qué pasará. Por favor escúchenme —les dijo a ambos—, si algo nos pasa. Prométanme que cuidarán de nuestro hijo.

—Con nuestras vidas —dijo Sirius.
—Lo prometo —asintió solemne Remus.

Peter, que miraba desencajado la escena, sintiéndose fuera de lugar se balanceaba de un lado a otro. James lo vio y haciendo aspavientos con las manos lo invitó a unirse a ellos. Se acercó, sintiéndose como un intruso y un hipócrita al recibir el sincero abrazo de sus amigos.

~~.~~

Lo más difícil de su misión para la Orden no era tener que convivir con Greyback. No era tener que tragarse la repugnancia y horror que sentía ante el que lo había convertido en un monstruo, en algo que nunca quiso ser.

Tampoco era tener que escuchar cómo destrozaba las vidas de otros niños, de otras familias. Ni tampoco el tratar de convencer —de manera infructuosa hasta el momento— a los otros hombres —y mujeres— lobo de dejar de seguir a Greyback y, por lo tanto, a Lord Voldemort.

Ni siquiera era lograr engañar a Greyback de su lealtad, y su convencimiento absoluto de estar con la manada.

Lo más difícil de su misión era tener que fingir que la muerte de sus amigos de la Orden no le partían el corazón. Era tener que reír y regodearse junto con los otros lobos de que habían muerto magos. Era no llorar y querer correr de regreso a casa para estar con su familia y acompañarlos en el dolor.

Los gemelos Gideon y Fabian fueron los primeros. No pudo evitar que la voz se le rompiera un poco cuando se excusó para esconderse a llorar. Nunca más escucharía sus bromas, su risa. No vería esos ojos alegres y cargados de planes para causar desastre.

La muerte de Marlene, y de toda su familia, casi hace que tire todo su trabajo por la borda. Le fue imposible no dejar ver algo de la pena que lo embargaba. Recordaba sus abrazos y su risa, tan escandalosa como ella. Pensó en Dorcas, que seguramente estaría destrozada. Sirius apareció en su mente. Sólo de imaginarse lo que se sentiría perderlo... no, no debía pensar en eso.

Volvería pronto con él. En dos meses nacería el bebé de James y Lily y les había prometido estar. Tendría que soportar la espera. Tendría que llevar ese dolor por los caídos él solo.

~~.~~

Se apareció en su departamento. Era apenas un cuarto con cocineta y un baño, pero considerando que únicamente estaba ahí un par de días cada tanto, era más que suficiente.

Se metió a bañar, para quitarse el olor a animal salvaje. Se vistió con cuidado y se fue a buscar un regalo.

Había recibido una nota de Sirius.

«Ya nació».

Estaba emocionado, pero también muy nervioso. Nunca había estado cerca de un bebé y se imaginaba que eran seres increíblemente delicados.

Después de horas tratando de encontrar qué regalarle. Le compró un peluche de lechuza blanca y se encaminó a casa de Sirius.

Pensaba que irían inmediatamente a ver a los Potter. Pero el apasionado recibimiento de Sirius hizo que se le olvidara por un rato la urgencia de conocer al pequeño Harry, como ahora sabía que se llamaba.

Un par de horas después, cuando medio año de no verse había sido recompensado en besos y caricias, se pusieron en camino.

Los recibió James, visiblemente cansado y ojeroso, pero radiante de felicidad.

—Espera ahorita que lo veas, Remus, es lo más hermoso que existe en este mundo —le dijo mientras los pasaba—, ¡y yo ayudé en hacerlo!

No se equivocaba. Remus tuvo que contener las lágrimas ante lo conmovido que estaba de ver a Harry. Era diminuto —«¿todos los bebés son tan pequeños?»— y era una copia en miniatura de James. Con la misma piel y la mata de cabello negro. Dormía en esos momentos.

Después de observarlo embelesado por unos minutos, grabándose cada detalle de ese diminuto ser perfecto alzó la mirada y vio a James y Sirius haciendo lo mismo. James lo miró, no cabía en sí de orgullo. Parecía que iba a explotar.

Lily entró a la habitación. Remus la felicitó y saludó también. Lucía cansada, igual que James, pero radiante y muy hermosa.

―Pronto le toca comer, no tarda en despertarse. ¿Por qué no esperan en la sala? ―les pidió― Ya que termine de alimentarlo lo bajo.

Pasaron varias horas ahí. Observando al pequeño Harry. Remus se negó a cargarlo, por miedo a lastimarlo. Lucía tan frágil. Al final Lily lo convenció y no pudo evitar ponerse a llorar al tenerlo en sus brazos.

―Es perfecto ―dijo en voz baja.

No se dio cuenta de que había pasado tanto tiempo sino hasta cuando Lily le quitó a Harry de los brazos y sintió cómo regresaba la circulación a ellos. Se despidieron de James y Lily y salieron.

―Debo irme ―dijo Remus en cuanto se aparecieron afuera del departamento de Sirius.

―¿De verdad tienes que irte tan pronto? ―le reclamó Sirius dolido―, ¿no puedes quedarte ni una noche?

Remus sintió cómo se partía su corazón. Nada desearía más que quedarse, para siempre, no tener que volver a ese horrible lugar. Pero tenía un trabajo que hacer.

―Sabes que no, Pads. Si me quedo mucho tiempo sospecharán. Greyback no confía en mí.

La despedida fue muy difícil, cada vez lo era más, pues no sabía cuándo volvería a ver a Harry. Ni a sus amigos. Ni a Sirius.

~~.~~

Todo había salido mal. Todos esos meses, casi dos años en cubierto, tratando de convencer a quienes no querían ser convencidos. Todos esos terribles días cerca del monstruo que lo había convertido en lo que era, soportando sus comentarios, fingiendo ser como Greyback.

Al final resultó que nunca lo había engañado, sólo estaba jugando con Remus. Disfrutando con su sufrimiento por estar lejos de los suyos. Remus se dio cuenta a tiempo, gracias a uno de los pocos amigos verdaderos que había hecho durante su misión que le avisó. Logró escapar antes de que Greyback decidiera que ya había jugado dejándose ganar lo suficiente y que era momento de tomar de Remus lo que más ansiaba.

Primero se reportó con Dumbledore, como le dictaba el deber. Se disculpó por no poder seguir cumpliendo con su misión.

―Hiciste lo que pudiste, fue un buen trabajo ―le dijo el anciano mago―, ahora ve y descansa. Pronto te mandaré a otra misión diferente.

Se teletransportó a su departamento, y se dejó caer sobre la cama sin pararse a pensar en que estaba cubierto de sangre y mugre. Le dolía todo el cuerpo y lo único que quería hacer era gritar de coraje por su estupidez. Usó una almohada para hacerlo. Gritó y lloró y sacó su frustración hasta que cayó rendido.

Sirius estaba muy mal. Llevaba casi dos meses sin saber nada de Remus, ni una sola carta había llegado y Dumbledore se negaba a revelar su ubicación. Todo había salido mal. Seguían perdiendo la guerra contra Voldemort, ahora Benjy Fenwick había desaparecido y otros tantos. Pero Sirius era feliz. Cuando no estaba de misión pasaba los días en casa de los Potter, jugando con Harry, que empezaba ya a decir sus primeras palabras y ya montaba su escoba de juguete. Pero ahora todo indicaba que iba a perder eso también.

La noticia de que Voldemort buscaba a Lily y a James había llegado al mismo tiempo que la noticia de un traidor entre sus filas. Entendió entonces por qué parecía que los mortífagos se adelantaban a todos sus planes.

Y para hacer aún peor las cosas, Remus estaba quién sabe dónde haciendo quién sabe qué. No quería hacerlo, pero su mente se iba constantemente a pensar que podría ser él el espía. Puesto que pasaba más tiempo en su «misión» que con ellos. Se sentía culpable de sospechar, pero sentía que no podía confiar en nadie. Estaba alerta todo el tiempo y sabía que en cualquier momento iba a cometer un error. Por eso decidió que Peter fuera el guardián secreto, nadie sospecharía de él, mientras que Sirius era el mejor amigo de James, y todos esperarían que él lo fuera.

A veces iba al departamento de Remus, con la esperanza de que se encontrara ahí y que no hubiera ido a buscarlo. Lo extrañaba con todas las fibras de su ser. Así que se apareció en su departamento, y a diferencia de las anteriores ocasiones, esta vez sí lo encontró.

Estaba dormido, cubierto de sangre y mugre. La bilis le subió a la garganta. Una mezcla de miedo, preocupación y enojo bullía en su interior. Miedo de que Remus estuviera lastimado, miedo de que la sangre no fuera de él y entonces, ¿de quién era?, miedo de que ese que se encontraba en su cama resultara ser alguien diferente a quien creía conocer. Al fin y al cabo era un hombre lobo. Mientras estaba en Hogwarts, con ellos, podía no dejarse llevar por su naturaleza, pero había pasado demasiado tiempo con otros hombres lobo, ¿y si habían logrado corromperlo?

Pero también sintió enojo. No había estado cuando le hacía falta. De alguna manera lo había traicionado, alejándose, dejando que Sirius enfrentara la vida y las malas noticias sin él. Sirius se sentía perdido, y Remus siempre tenía una respuesta para todo, Remus era su faro, pero al alejarse tanto de la orilla, no lo alcanzaba a ver. Y ahora estaba ahí, de regreso, y no le había avisado.

Remus despertó al sentir a alguien observándolo. Parado enfrente suyo estaba Sirius, con una mueca extraña. Lupin se incorporó como pudo, le dolía todo el cuerpo, casi como si acabara de transformarse, pese a que la luna llena había sido dos semanas atrás.

―Sirius ―lo saludó con voz ronca.

―¿Por qué no me habías escrito? ―eso no era lo que planeaba decirle, pero fue lo que le salió. Pese a la preocupación, se sentía obnubilado por el enojo.

―Sabes que no podía...

―No, no lo sé ―lo interrumpió Sirius―. Nunca me dices nada Rem, te vas por meses enteros y no sé si estás vivo o muerto ―Sirius empezó a subir la voz, y ahora gritaba―. No contestas mis cartas, no mandas tú ninguna.

Remus estaba como paralizado, mirando a Sirius gritarle, sin saber qué decir. Porque nada de eso era mentira. Y eran válidos los reclamos, pero injustos. No era algo que hubiera hecho por gusto.

―Y te perdiste el cumpleaños de Harry ―continuó Sirius―. Preguntó por ti, ¿sabes? No te conoce, porque nunca vas, pero James y Lily le hablan de ti, de nosotros. Si es que aún hay un nosotros.

Se sintió como una bofetada.

―¿De qué hablas? ―preguntó Remus, que estaba ya sentado en la cama, su corazón latía a mil por hora, y le faltaba el aire.

―No sé, pensé que quizás prefieres pasar más tiempo con los tuyos, con los de tu condición.

No era una bofetada, era una patada, de un gigante, justo en el estómago.

―¿Mi condición? ¿Los míos? ¿De qué hablas, Black? ―sabía lo mucho que le dolía a Sirius que lo llamaran así, que le recordaran que él también vivía bajo prejuicios por su familia, por su sangre.

―De que pasas demasiado tiempo con ellos. Apenas y regresas, apestando a bestia, para que te contemos las cosas y luego regresas con tu «manada» ―dijo haciendo énfasis en el desprecio al decir eso―. Hay un espía, ¿lo sabías? ¿Eres tú?

Así que de eso se trataba. Le dolía que Sirius sospechara de él. ¿Acaso no lo conocía?

―Sí, Greyback me lo dijo, y se burló de la Orden ―se puso de pie con esfuerzo―. Me dijo que ya sabía que en realidad yo no espiaba para ellos, sino para la Orden. Y que mientras que yo hacía mal mi trabajo, su espía lo hacía bien.

Sirius entornó los ojos.

―Que conveniente ―bufó―, pensé que eras mejor mintiendo.

―Yo también lo pensé, pero parece que Greyback jamás creyó que me unía a ellos por voluntad ―prefirió no mencionar que además siempre estuvo enterado de su relación con Sirius, ni del montón de comentarios que lo hacían temer que le hiciera daño.

―¿Y entonces por qué te dejó estar ahí tanto tiempo? ―le espetó Sirius.

Remus se encogió de hombros. No quería hablar de eso. No cuando estaba tan agotado, no cuando lo único que hacía Sirius era reclamarle.

―Si eso fuera cierto no estarías vivo, Lupin. Si eso fuera cierto hubieras vuelto a mí antes ―siguió quejándose, sin darse cuenta de la mueca de tristeza de Remus. La furia lo cegaba. La frustración de tantas semanas, la tensión, el miedo descargándose contra alguien que no lo merecía.

Remus se quedó callado, sabía que de nada servía discutir con el chico cuando estaba en ese estado. Pero eso sólo enfureció más a Sirius. Que se dio media vuelta y salió azotando la puerta con tal fuerza que las ventanas vibraron.

En cuanto hizo eso se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Sintió remordimiento, ni siquiera había dejado a Remus explicarse. Pero Sirius Black era orgulloso, y no quería disculparse, no cuando sentía que Remus debía hacerlo también. Así que se desapareció.

El licántropo se dejó caer en la cama. El dolor de su corazón superando el de su cuerpo.


¡Feliz año nuevo! y perdón por tardar tanto en actualizar. Este capi será el último que suba sin betear. El siguiente ya se lo mandé a la maravillosa Nea Poulain para que me lo arregle. Así que disculpen los errores que pueda haber.

Y no sé si ya les dije pero empecé a hacer RP en tumblr: harrypotter-syndrome, por si quieren ir a ver, pronto saldrán cositas wolfstar.

Los veo en el siguiente, que se viene uno muy triste.