-Umi –la llamó con una radiante sonrisa, tendiéndole la mano para invitarla a entrar al agua.

La aludida tragó saliva y alzó el cuaderno con mano temblorosa, tratando de darle a entender que su propósito era muy distinto del de chapotear junto a ella en la orilla del mar.

-¿Vas a escribir? –le preguntó acercándose con un suspiro- Nunca dejas de trabajar… -habló mientras proseguía manteniendo esa impecable sonrisa que tanto lograba avivar el corazón de su kouhai.

Umi asintió.

-Sí, lo necesito. Llevo un atraso… importante con la letra comparado con el trabajo de los demás –explicó con seriedad, retirándose un mechón de pelo tras la oreja al tiempo en que desviaba la mirada. Se estaba poniendo nerviosa.

-En ese caso déjame ayudarte.

-No, no; -sacudió la cabeza con rapidez- tú puedes seguir… no voy a molestarte –comenzó a retroceder instintivamente al notar su presencia cada vez más cercana.

Fue entonces cuando un traspié a causa de los nervios y el tembleque de sus rodillas, consiguió tirar al suelo a la firme y admirada Umi Sonoda, famosa por su templanza y pulso de hierro a la hora de disparar el arco. Irónico.

-¡Ah! –Exclamó Eli sujetándola con un brazo por la espalda rápidamente, justo antes de que la menor tocase el suelo.

Se miraron a los ojos y el tiempo se detuvo. Ambas respiraciones entremezcladas, sus bocas a punto de tocarse, y los latidos de sus corazones golpeando el pecho de cada una a la par, prácticamente en sinfónica armonía.

Umi se sonrojó hasta las orejas, temblando entre sus brazos y se irguió rápidamente con un carraspeo.

-Ehm… etto… será mejor que me vaya –hace ademán de darse la vuelta, retirando a la rubia de su lado con un leve empujón casi inapreciable-. No ha sido buena idea venir aquí.

-Umi –la voz de Eli sonó seria a su espalda-. No huyas de mí, por favor te lo pido.

Aquella súplica cargada de firmeza y a la vez quebradiza confesión logró que a la peliazul se le agitara el pecho de manera desmedida.


Hacía un calor sofocante y Nico se revolvió entre lo que parecían ser las sábanas, las cuales la aprisionaban como si de un sarcófago se tratase el colchón. Gruñó y maldijo por lo bajo, frunciendo el ceño a la vez que abría los ojos costosamente. Tras tomar consciencia de lo que estaba ocurriendo resopló.

-Oh, por favor…. ¿en serio? –murmuró entre dientes al notar que Nozomi la abrazaba como si fuese un peluche, atrayéndola contra su pecho y prácticamente asfixiándola en el intento por conservarla cerca.

Miró de reojo el prominente busto de su amiga y torció el gesto chasqueando la lengua. Tetona.

-Tsk… -siseó escabulléndose de manera sigilosa, tratando de no despertarla.

Necesitaba ir al baño urgentemente, su cuerpo se lo pedía; aunque, la verdad, no recordaba muy bien dónde estaba el servicio en la segunda planta, al fin y al cabo sólo se habían hospedado en ese sitio un par de veces y tampoco es que la casa fuera precisamente pequeña.

Al pensar en la oscuridad del pasillo se le erizó el bello de la nuca, levantándose de golpe de la cama y apretando los puños.

-Yo puedo, ¡Nico! –se dijo a sí misma en un susurro mientras tomaba el valor suficiente para abandonar la alcoba a tientas y de puntillas

Nozomi observó su salida de reojo.


-Relájate…

La voz de Eli resonaba suavemente en sus oídos mientras la abrazaba por la espalda. Ambas dos sumergidas en el agua hasta las rodillas. Umi notaba la tela empapada de su pijama pegada alrededor de sus piernas, pero no le importó, en aquel momento lo único destacable para ella era la calidez de los brazos de la rubia rodeándole la cintura y los innumerables susurros que le brindaba mientras la mecía, ejecutando un leve bamboleo con su propio cuerpo, impulsándola a mecerse con ella en aquella danza disfrazada de seducción.

-…storm in lover… -logró murmurar Umi a media voz cuando el estribillo de la canción que tarareaba su senpai llegó al momento idóneo para completar la frase.

Notó las manos de Eli descender hacia sus caderas y el cómo la cabeza de la rubia descansaba sobre su espalda.

-Lo siento mucho.

-¿Eh? –alzó una ceja confusa.

¿Por qué se disculpaba? ¿Qué sentido tenía aquello? ¿Primero la seducía y ahora pedía perdón?

Se revolvió entre sus brazos, apartándose de ella de golpe.

-Umi…

-No entiendo qué es lo que quieres de mí –sentenció claramente ofuscada-. ¿Primero le dices a Nozomi que la amas y ahora vuelves a jugar conmigo? –habló mientras negaba con la cabeza, destilando rencor en su mirada-. Crees que eres capaz de llevar el control de todo esto –completó su discurso alzando un dedo acusador que la señalaba- pero no, en realidad no tienes ni idea de lo que se te viene encima.

-Escúchame.

-No quiero escucharte. No ahora. No más –tuvo que fruncir los labios para contener las ganas de llorar que oprimían su garganta, quebrándole la voz en huidizos gimoteos bien disimulados-. Esto no tiene sentido. No quiero seguir así.

Eli suspiró desviando la mirada. Tampoco es que fuera capaz de hacerle frente a sus palabras con cualquier argumento razonable. Aquello que empezó como un juego de consuelo se estaba complicando demasiado entre ellas dos, hasta el punto de amenazar con dañarlas interiormente de manera irremediable.

-Me gustas.

De pronto alzó la cabeza al escuchar la repentina declaración de su kouhai. ¿En verdad estaba escuchando algo como aquello? Aún le parecía imposible, pero por un momento no supo si ello le alegraba o le partía el alma en dos.

-De verdad que me gustas –Umi apretó los puños bajando la cabeza, clavando la mirada en el suelo- Pero me niego a seguir hiriendo a los demás e hiriéndonos a nosotras mismas con esta estupidez –cerró los ojos al tiempo en que una lágrima le recorría la mejilla para acabar precipitándose al mar-. No puedo más –solloza alzando el rostro, prácticamente hecha pedazos por dentro- No tiene sentido seguir engañándonos.

Eli notó el flaquear de sus propias rodillas y que todo su cuerpo se echaba a temblar con aquellas palabras.

-Lo siento –pronunció de forma casi inaudible, su voz reducida a un trémulo susurro quejicoso-. Tienes razón –frunció el ceño clavando su mirada en la de la peliazul, enfrentándose a sus ojos sin temor.

-Quiero a Kotori y tú… -Umi tuvo que esforzarse por no sisear lo que venía a continuación- tú estás enamorada de Nozomi. No puedes evitarlo.

Eli apretó los puños buscando reflotar la firmeza de la que siempre había hecho gala en el pasado y que ahora tantas veces le fallaba.

-Lo sé –tragó saliva- Y no era mi intención confundirte con mi actitud.

-¿Ah, no? –Umi se cruzó de brazos, casi retándola.

-En absoluto. Es más, desde que organizasteis… aquel encuentro para arreglar las cosas entre Nozomi y yo, reconciliar a "Muse" y eso… -tomó aire por la nariz- desde entonces quería hablar contigo.

-¿Pensabas dejarme?

-No tengo nada que dejar contigo porque nunca fuimos nada.

Aquel comentario atravesó el corazón de Umi de parte a parte.

-Eli-senpai… -murmuró entre dientes, casi enrabietada.

-Tú misma lo dijiste. No sabías qué éramos ni si tenía sentido seguir con esto –desvió la mirada hacia un lado al tiempo en que hacía una pausa, escogiendo cuidadosamente sus palabras pero sin tratar de disimular la verdad y lo obvio- Pues ya está.

Umi resopló al notar que su propia alma se sacudía de alivio pero a la vez de congoja. ¿Cómo aceptar aquello? ¿En verdad era lo mejor?

Eli, por el contrario, temblaba de pura agonía psicológica. Con aquellas rudas palabras lograría alejar a su kouhai de su lado más de la cuenta, pero tenía que arriesgarse. Alargar esa complicada relación entre ellas dos no haría más que volver a empeorar las cosas y terminar rompiendo el grupo por completo, y esta vez puede que de un modo irreparable. Tanto si Nozomi volvía con ella como si no, prefería apartarse del camino de Umi, dejarla libre y brindarle la posibilidad de ser feliz junto a Kotori, que dejara de ver el amor que sentía por la costurera de "Muse" como algo impuro y descabellado; Eli solo trataba de conducirla hasta las puertas de su mejor destino. No le importaba quedarse sola si Nozomi decidía no volver a iniciar una relación con ella, al menos así dejaría de hacer daño a su preciada kouhai y a sí misma con tanta confusión sentimental.

Umi aceptó todo aquello como buenamente pudo, asintiendo conforme con el acuerdo. Era obvio que la tensión, más sensual que sexual, sería difícil de sofocar, pero tenían que dejar de intentar mentirse la una a la otra, disfrazando sus deseos e impulsos del amor puro que nunca llegaron a sentir por otras que nos fuesen Nozomi y Kotori.

Aquello significaba el punto y final de su desgarrado romance tormentoso.


Cuando Nico atravesó el pasillo tanteando las paredes con las palmas de las manos cuidadosamente no tuvo conciencia de lo aterradora que podía resultar la casa de veraniega de los Nishikino en plena madrugada, con las ventanas abiertas para dejar pasar la brisa fresca. Algunas de las cortinas ondeaban ligeramente con el suave bamboleo del vientecillo que se colaba por las rendijas entre los marcos y el desgaste de las persianas a medio bajar.

Alzó el mentón con orgullo, colocando las manos a ambos lados de sus propias caderas a la vez que se plantaba en medio del pasillo con porte de fingida valentía e indiferencia ante la penumbra que teñía el largo pasillo.

-Já. Esto no es nada para mí.

Dicho esto, comenzó a caminar con paso seguro y firme hasta que el rechinar de unas bisagras irrumpió en sus oídos con sutileza, poco a poco, haciéndola volver el rostro convertido en una auténtica mueca de horror para toparse con una extraña figura monstruosa, ingente, de forma inconclusa y sumida en las sombras.

El grito que profirió hizo eco en toda la casa.

Maki detuvo la composición de la nueva canción al instante, le faltó tiempo para levantarse de la banqueta del piano, dejando la sinfonía a medio acabar y, abandonando la sala de música, salió al pasillo como una tromba.

No tuvo más remedio que resoplar con gesto de resignación al toparse en medio del pasillo con una gimoteante Nico que regañaba entre exclamaciones ahogadas, disimulando su pataleta, a unas aterrorizadas Rin y Hanayo, quienes envueltas en una mantita aún permanecían cogidas de las manos no sin cierta congoja a juzgar por sus expresiones de culpabilidad. Las tres estaban asustadas por igual.

-¿Nico-chan? -la pelirroja alzó una ceja mirándola por encima del hombro.

-¡¿M-maki?! –un destacado rubor afloró en sus mejillas a la vez que apretaba los dientes y soltaba sendas maldiciones.

Qué vergüenza. No tenía bastante con haber sufrido aquel susto innecesario por culpa de las otras dos bobas… ahora encima Maki lo había presenciado todo.

-¡Maki-chaaaaaaaaaan….! –gimoteó Rin casi requiriendo su ayuda con la mirada.

La aludida llevó la mano a la llave de la luz y la pulsó, logrando la iluminación total y absoluta de aquella zona del pasillo. Suspiró.

-¿En serio…? –rezongó poniendo los ojos en blanco.

-¡La culpa es de estas dos por ir por ahí en mitad de la noche sin avisar! –exclamó Nico señalándolas con un dedo índice acusador, profundamente indignada.

-¡Nico-chan eres injusta, nya! ¡Tú también estabas haciendo lo mismo! –se quejó Rin, alargando la última sílaba como si del lamento de un gatito se tratase.

-S-sólo veníamos del baño… -comentó Hanayo desviando la mirada con gesto abatido- Perdona si te hemos asustado… hacía frío con las ventanas abiertas y… por eso caminábamos juntas con la manta….

-¡¿A QUIÉN SE LE OCURRE?! –Se quejó Nico con absoluta rudeza- ¡N-no tenéis remedio! –resopló peinándose el flequillo con aires de grandeza.

-Eres como una niña pequeña –dijo Maki colocándole una mano sobre la cabeza.

-¿Eh? –Nico la miró frunciendo el ceño y torciendo la boca con una mueca de profunda indignación- Mira quién fue a hablar, la niña de Santa Claus.

-¿Perdona?

Maki puso los brazos en jarra al escuchar la ridiculización de aquella figura a la que tanto adoraba. Hasta ahora Santa Claus no había fallado ningún año con sus regalos, ¿cómo podía burlarse de ella por admirarlo?

-C-chicas… -interfirió Hanayo sacudiendo las manos temblorosas frente a su propio rostro en un intento por calmar el ambiente- Ha sido solo un malentendido –sonrió tratando de mediar entre ellas.

De un modo u otro Maki y Nico siempre terminaban discutiendo, incluso en situaciones en las que no venía al caso diferir respecto a sus opiniones. A veces daba la sensación de que en el fondo les gustaba buscarse las cosquillas mutuamente de manera constante.

Rin se abrazó a Hanayo aún arropada hasta la cabeza con la manta y, haciendo un puchero, restregó su mejilla contra la de ella aprovechando que las otras estaban distraídas.

-Kayo-chin… –le sonrió a duras penas- perdona por haberte pedido que me acompañases… nya… -el último maullido sonó lastimero.

-No pasa nada, Rin-chan –respondió la aludida acariciándole la cabeza por encima de la manta- Tú no has tenido la culpa de nada –amplió su sonrisa, destilando dulzura en el gesto.

Maki desvió la mirada con un resoplido al percatarse de la cariñosa actitud de ambas.

-En fin, qué se le va a hacer –soltó por lo bajo.

Y sin una palabra más se dio la vuelta, encaminándose hacia la sala del piano nuevamente para seguir con su trabajo.

Nico la observó marcharse frunciendo los labios y el ceño a la vez que apretaba los puños. Siempre haciendo como que nada le importaba, siempre marchándose en los mejores momentos, siempre apareciendo para largarse en un par de minutos sin aportar nada a los problemas ni a las diversiones. Era irritante.

-Nico-chan… lo siento, no queríamos asustarte, nya… –llamó su atención Rin acercándose a ella con carita de pena y expectativas de perdón.

La aludida alzó una ceja en actitud arrogante y resopló revolviendo su propio flequillo en el intento.

-Si no hay más remedio… tendré que perdonaros.

Rin ladeó la cabeza confusa.

-Pero si no te he pedido que…

-¡G-gracias, Nico-chan! –intervino Hanayo con una suave risita y tapándole la boca a su amiga- Iremos con más cuidado.

La morena las miró de reojo torciendo la boca y correspondió a la sonrisa de su kouhai con la suya propia, levemente momentánea y que no tardó en desaparecer.

-Vamos, volved a la cama. Daos prisa.


-Umi…

-¿Hm?

-¿Me odiarás por esto?

Tras aquella pregunta reinó el silencio entre ambas, tan sólo el rumor de las olas rompía aquella quietud que, de manera sorprendente, no resultaba demasiado incómoda. Después de todo, la cercanía de Eli sentada a su lado, con la cabeza apoyada sobre su hombro y con los ojos cerrados, casi sumida en un sueño al borde del amanecer, se le antojó agradable.

-No tengo motivos para ello. No ahora.

Umi tragó saliva al escuchar cómo su senpai suspiraba de alivio. La miró de reojo avistando una media sonrisa de complicidad y luego se topó con uno de sus ojos, que se abrió de manera cómplice y risueña para demostrarle que aún conservaba el valor de poder mirarla a la cara sin remordimientos.

Eli le rodeó el brazo con el suyo propio mientras la brisa de la playa en pleno amanecer les traía el olor del mar. La arena a su alrededor todavía estaba fría, el sol aún estaba tratando de asomar sus rayos con esfuerzo en un intento de amanecer esquivo.

Umi sonrió para sí misma y acarició la hoja de del cuaderno donde había escrito la letra para la nueva canción en apenas una hora de relajación psicológica y espiritual junto a su senpai. Realmente le había sido de ayuda, varios ajustes de la rima entre las dos, un acuerdo sobre el sentimiento que querían transmitir a todos los que la escucharan y… voilá, ahí estaba. Sólo faltaba el título.

-Eli.

La aludida dio un respingo al escuchar su nombre sin ningún tipo de honorífico por fin. Era curioso que, ahora que por fin habían decido zanjar su complicada relación amorosa, su kouhai hubiese conseguido dar ese paso en el trato para con ella. Quizás todo había funcionado como una liberación total de su persona, aunque no fuera demasiado consciente, o eso parecía.

-Dime.

-Quiero que el título lo decidamos entre todas.

-¿Es una canción de despedida, no?

-Más o menos.

-Entonces es lo justo.

-Esta canción será nuestras alas –murmuró su autora principal con un deje de nostalgia perdido en su voz.

-El despegue de "Muse".

-Un viaje al olvido.

-…O al recuerdo más tierno.


Estaba amaneciendo y Maki proseguía en la sala sin parar de tocar. ¿Cuándo pensaba parar? Estaba segura de que llevaba con ello toda la noche, de hecho, no la vio subir las escaleras junto con todas cuando decidieron irse a dormir después de la cena. A las demás podía engañarlas pero a ella no.

Nico se mordió el labio inferior, apoyada de espaldas contra la puerta de la sala donde Maki había entrado hacía ya casi una hora. Sacudió la cabeza al darse cuenta de que allí parada no hacía nada de provecho. Debería haber vuelto a la alcoba a la vez que Hanayo y Rin, probablemente Nozomi todavía seguía durmiendo sin percatarse de nada… o sí, a veces era realmente como un fantasma, terminaba enterándose de todo y apareciendo en cualquier sitio.

Frunció el ceño al escuchar un gañido de disgusto de Maki acompañado de una nota mal ejecutada en las teclas del piano, todo ello amortiguado por la superficie maderera.

-Esa idiota… -masculló de mala gana.

Dejando su orgullo a un lado con un esfuerzo sobrehumano, agarró el pomo de la puerta decidida a irrumpir en la sala sin saber muy bien para qué. En ese mismo instante sintió que el elemento que sujetaba giraba bajo sus dedos sin haber ejecutado todavía presión alguna y apenas tuvo tiempo de disimular un sorpresivo jadeo ahogado cuando Maki tiró con fuerza del pomo desde el interior de la habitación, abriendo la puerta y causando que Nico se precipitase sobre ella debido al impulso ejercido por la fuerza con la que había tirado.

Nozomi sonrió para sí, disimulada entre las esquinas tenues y en penumbra del fondo del pasillo había presenciado la escena completa desde que la pequeña "super idol" dejó la alcoba.

-Nicocchi~ al fin y al cabo no lo puedes evitar… –suspiró con una sonrisa y se giró para regresar a la cama.


El sol ya empezaba a despuntar cuando Umi y Eli alcanzaron de nuevo la casa veraniega de los Nishikino. Cruzaron el amplio salón en silencio, teniendo en cuenta el no interrumpir el sueño de las demás, y se separaron al ascender las escaleras y alcanzar el gran pasillo principal.

-Que descanses, Umi.

-Igualmente, Eli-senpai.

La rubia no pudo evitar reírse por lo bajo de manera disimulada cuando la peliazul le dio la espalda para dirigirse a su habitación. Todo volvía a ser como antes, incluso con los honorarios. No cambiaría nunca.

Avanzó con un suspiro de satisfacción en dirección contraria a través del pasillo hasta alcanzar la puerta de su alcoba y, empujándola sigilosamente, entró en ella, encontrándose a Nozomi de rodillas en la cama, observando las estrellas por la ventana en silencio. Justo en ese momento se volvió para mirarla, con un brillo especial escondido en el fondo de sus ojos verdes.

-Oh, Ericchi.

Sonrió, y la habitación en penumbra pareció iluminarse para Eli una vez más, como cada vez que la contemplaba radiante de felicidad.