primer baile

Mientras caminábamos ante la vista de todos nuestros invitados, quise darle algunas recomendaciones de cómo comportarse delante del Rey, quise decirle lo que sí y no debía responder; pero preferí quedarme callado y solamente escoltarla.

No había hecho las cosas bien con ella desde el principio y no le ofendería dudando de su capacidad para expresarse delante de la Nobleza. Sin embargo debo reconocer que sentía temor que, ante algo que expresara o mal dicho, hiciera al Rey negarle la petición de Elroy o peor aún que Elroy declinara su propia petición. En silencio y en un suspiro elevé una plegaria al cielo por ella… yo no pedía tantos favores al Creador pero no por ello no confiaba en Él.

Hice una reverencia al soltar su mano, y presentarla en silencio ante nuestro Soberano, tomé mi lugar junto a mi madre y Eliza que permanecía junto a ella. Mis hermanos también flanqueaban los costados de mi madre.

–¿Cuántos años tienes pequeña? –Preguntó el Rey con un tono cargado de paternalismo y ternura. Yo había calculado que tendría 17 años por su carita angelical…

Sonriente le respondió –16 años, su Majestad…–Se veía tan hermosa, su voz clara y educada… la cabeza baja pero no su porte.

–¿Cuándo cumples los 17?

–En noviembre, noviembre 26

–¿Quiénes son tus padres?

–Mi padre es William White… y mi madre murió cuando yo tenía ocho años.

–¿Debiste tener una niñez muy difícil?

–Cualquiera en este lugar podría pensar que sí. No recuerdo mucho de mis primeros años de vida, sino hasta los cinco años. Recuerdo los cuidados de mi madre y sus enseñanzas; por ser la menor de tres hermanas no gocé el tiempo suficiente para poder aprender de ella más de lo que mis hermanas pudieron atesorar y que en años posteriores a su deceso me enseñaron con esmero y ahínco. Mis hermanas se encargaron de enseñarme lo propio para llevar un hogar con el rol que me corresponde y mi padre me enseñó lo que él creyó conveniente. Me enseñó a labrar la tierra y a cuidar a los animales, escoger la mejor semilla para la tierra, la que se podía dar a los animales y a hacer la reserva para nuestro consumo. No todo en mi vida fue trabajo y esfuerzo. Tuve una niñez llena de alegría, jugué libremente entre los corderos, me sentí libre trepando… emm… subiéndome a los árboles, recogiendo de ellos el sustento diario, me mojé los pies en el río mientras lavaba la ropa o sacaba peces para la cena, también jugué en los días de nieve … realmente tuve una niñez muy feliz… Su Majestad–Su mirar se había centrado en los ojos del Rey y narraba los acontecimientos como si los estuviera viviendo nuevamente y yo… solo quería saber más de ella.

–¿Cómo conoció a la familia Andrews?

Su mirada se posó en mi mirada como pidiendo autorización para hablar, no pude comprender su temor hasta que siguió contando de su vida –Su Majestad, seré cuidadosa con mis palabras porque no deseo que se interprete mal lo que a continuación diré, el cielo me libre de ofender su sabiduría o genere deshonra en mi padre. La desdicha tocó el corazón de mi padre haciéndolo preso del alcohol, su deseo de volver a mi madre se apoderó de una manera insana que deseaba la muerte suplicando a nuestro Dios que prescindiera de su vida, día y noche lamentaba su dolor y el desconsuelo, eso fue la desgracia en nuestro hogar ya que mi padre era el único sustento que teníamos. Mis dos hermanas mayores contrajeron nupcias con dos varones conocidos de mi padre. Mi suerte cambió desde que ellas formaron su propio hogar. Conocí al Duque Grandchester algunos meses atrás y generosamente me libró de una condena a muerte a causa del hambre, le proveyó a mi padre la oportunidad de iniciar de nuevo dándole el capital necesario para invertir de nuevo. Después me ofreció ser parte del servicio de la Mansión Grandchester y me colocó en el hogar de una hermosa familia de mozos, la familia Ardley quienes se encargan de los establos, al siguiente día de la tormenta conocí al Marquéz Andrews quien se ofreció a brindarme su protección solicitando el debido permiso del Duque Grandchester. –Quería agradecerle la forma tan poética con la que describió la forma en la que su padre me pagó con ella. Su padre y yo seríamos candidatos a la horca si el Rey se enteraba la forma en la que pagué su libertad, la esclavitud se ha abolido desde hace cincuenta años y sería una ofensa para el Rey que un familiar muy cercano tuviera la práctica de pagar con monedas la vida de una persona, él jamás comprendería que lo hice por otorgarle la libertad, él lo vería, como muchos aquí presentes, como esclavitud.

–¿Y su padre, Señorita White? ¿A sabido algo de él?

No sé si dudaba en responder o trataba de suavizar su respuesta porque demoró mucho en responder, sus ojos se llenaron de lágrimas que descendieron por sus mejillas de manera silenciosa. Lo que haya pasado con ese miserable le dolía y su dolor era como mío –Se fue… mi padre regresó a América… –Comprendí la razón de sus lágrimas, ella tenía miedo, miedo a que el Rey negara la oportunidad de estar bajo el cobijo de una buena familia… en el salón, el silencio se rompió con fuertes murmullos… no aprobarían la protección a una extranjera.

Ahora yo tuve miedo por ella, miedo que la deportara a su país si no podía comprobar que pertenecía a St. Ives. El Rey tuvo mucho respeto hacia ella pero su sonrisa se esfumó del rostro, tal vez sintió que ella quiso burlarse de él. –¿Por qué las lágrimas, Señorita White?

–Porque no tuve la oportunidad de despedirme de él y no sé si algún día lo volveré a ver. –Sus palabras tenían sentido y no acallaban las murmuraciones en el recinto y el Rey tuvo mucha paciencia porque de estar yo en su lugar ya hubiera estallado.

–Es muy probable que lo vuelva a ver… –Esa sencilla expresión real captó de nuevo toda la atención de la gente, sin dudar miré a Albert quien sostenía el brazo de Elroy que se veía mal ante la dirección que tomaba los cuestionamientos del Rey hacia Candice. –La Marquéz Andrews ha tenido la sufieciente confianza que puedo dar una solución justa a su petición y no pienso dejarle con la incertidumbre de mi sabia respuesta… Seré muy claro y directo porque si tú eres una ciudadana de cualquier ciudad que integra el Reino, la respuesta es muy sencilla de dar, pero en caso contrario debo meditar y consultar con mis consejeros reales, aquí presentes… lo que debo hacer… en este caso… ¿Comprendes la situación en la que estás?

–Sí.

–¿Eres de alguna ciudad de este Reino?

–No, nací en América pero amo este país como si hubiera nacido aquí. He vivido la mayoría de mi vida aquí y no deseo irme…

Todo estaba de nuevo en silencio, Elroy se veía muy angustiada y Albert se dirigía hacia mí. No podíamos interrumpir la audiencia y Candice corría el riesgo de ser deportada. Mientras nosotros hablábamos el Rey hacía lo mismo con sus consejeros reales…

–Terry, debemos hacer algo para detener esto –Me dijo en voz baja, pero no lo suficiente para que mi madre se diera cuenta de las intenciones de Albert, así que lo tomé por el brazo y salimos de las filas hacia la mesa de los bocadillos.

–¿Sabían que no era de este país?

–No, y ¿tú?

–Jamás me imaginé que no perteneciera aquí. Habla como nosotros, se viste como cualquier señorita de esta región…

–Algo se nos debe ocurrir.

–Sí, pero qué, ahora no se me ocurre nada.

El consejero real llamó nuestra atención al hacer un ademán con sus manos, inmediatamente dirigimos nuestra atención –Contésteme una cosa, Señorita White… ¿Ha participado alguna vez en un baile de presentación?

–No.

–Este es un baile en honor de la Señorita Leagan, pero no podríamos desaprovechar tan hermoso momento para otorgarle la oportunidad de bailar un vals, además el primer vals ya tuvo lugar… así que, por favor…

–No sé bailar… vals… y temo dejar en ridículo a quien baile conmigo…

–Oh! No es tan difícil, o ¿No quiere bailar?

–No es eso, si no que … está bien… lo intentaré.

No quería que su primer baile fuera con nadie más que conmigo; mil ideas pasaron por mis pensamientos para solicitar la oportunidad. Dentro de mis ideas existía la posibilidad que si le preguntaban con quién deseaba abrir nuevamente el baile ella escogiera a Albert, le tenía más confianza a él que a mi… conmigo experimentaba temor y se quedaba callada. Por otro lado estaba su miedo a hacer el ridículo y conmigo no se arriesgaría.

–Diviértase, Señorita, que para eso hemos sido invitados esta noche.

–Gracias, Majestad.

–¿Desea conceder el honor a alguien en especial? O, yo puedo asignarle a un compañero

Ahí estaba la pregunta y respuesta, el Rey sería quien le pondría compañero de baile. Me alejé de Albert para no ser tan obvio que me molestaba la idea de que pudiera ser él quien bailaría con ella o tal vez cualquiera de los invitados… yo tenía menos probabilidad que cualquiera. Hasta Carlrigth tenía posibilidad con ella... no eso no es verdad, pero la paranoia de que otro tuviera ese honor menos yo me hacía sentir mal.

–Deseo conceder el honor a alguien, Majestad.

–Muy bien, excelente… díganos Señorita White… ¿A quién ha escogido?

–Al Señor Grandchester, Terrence Grandchester.

–Perfecto, ¿Qué mejor que el anfitrión de este evento?

Escuché pronunciar mi nombre y me sentí entre nubes, ¡No lo podía creer! Entre todas las probabilidades, yo era quien menos oportunidad tendría con ella… no la defraudaría .. si ella me escogió debía ser por algo.

Caminé más que a prisa para llegar junto a ella, hice mi reverencia y ella me correspondió con una linda sonrisa, la tomé de la mano y la llevé hasta el centro del salón. La música llenó todo el lugar y cada uno de mis sentidos, puse mi mano en su cintura y al compás de tresillos la llevé por todo el salón, casi al finalizar la atraje más hacia mí, quise besarla pero mirarme en sus ojos bastaron para desear permanecer en esa mirada toda la vida no sólo un instante.

La música concluyó y no fue tiempo suficiente para tenerla junto a mí. Sabía que esta vez no quería separarme de ella, no quería dejarla ir… Había pensado mucho en ella desde que la conocí y luego cuando su padre me la entregó no la había podido apartar de mi mente, ahora que habíamos estado conectados en el mismo tiempo, al mismo paso, unidos… mis brazos la sujetaban fuerte ante su inseguridad y sabía que era yo quien la debía sostener siempre. Evitar que caiga y evitar que tropiece, no dejarla, nunca hacer el ridículo y estar con ella así, unidos delante de toda la sociedad… Quiero que Candice White no lleve otro apellido más que el mío.

Tuve la oportunidad de bailar con ella otras dos piezas más, antes que otros vinieran y solicitaran un vals, incluyendo al nefasto Neil Leagan , hermano mayor de Eliza.

Después de bailar pasamos al gran salón a degustar los alimentos. En la distribución de lugares, nuestros Soberanos compartirían mesa y la familia de Eliza, excluyendo a Albert; así que me excusé con mi familia y llegué en el momento oportuno para acomodar la silla para Candice, como los lugares estaban destinados y mi lugar no era en aquella mesa no tuve más que disculparme y salir del salón, necesitaba aire fresco para poner en orden mis pensamientos y emociones.

–La noche está hermosa y la brisa, la brisa es algo que me gusta de St. Ives.

–Candice! Ha venido ¿sola?

–¿Está mal? Solamente vine para agradecerle su gentileza

–Le acompaño al salón, no está bien que le busquen y la encuentren conmigo a solas…

–Está bien.

No sabía qué diablos me pasaba… si tan solo se tratase de otra mujer me la hubiera llevado lejos y la hubiera hecho mía, pero no arruinaría lo que tal vez podría ser lo único bueno que tuviera en la vida.

Después de una agradable velada y una rica cena el Rey nos solicitó que todos le prestáramos atención para hablar para fuéramos testigos de su respuesta.

–Elroy, viniste a mí solicitando la extensión del Apellido Andrews a una señorita que está bajo tu protección… ¿Sabías que ella no pertenece a nuestro Reino?

–Desconocía su país de origen, su Majestad.

–Candice, Elroy es muy generosa al pensar en ti como una hija, razón por la cual quiere extender su manto familiar para cobijarte… es un gesto muy noble sin duda, sin embargo mis consejeros opinan que no es prudente darte tal honor, es por eso Candice White que tendrás que regresar a tu país–Fui muy impulsivo al escuchar la sentencia del Rey, mi hermano Mark me detuvo por el brazo sujetándome muy fuerte sin que pudiera moverme.

–Majestad! –Replicó Elroy –Por favor…

–¿Confiabas en que podía ser justo al externarme en tu petición?

–Sí, confío en usted plenamente y sé que su veredicto será en beneficio nuestro.

–Elroy, Candice puede quedarse bajo tu tutela solamente si está dispuesta a ser parte de esta nación…

–¿Qué debo hacer?

–Tú no, Elroy. Ella debe hacer lo que le digamos. Candice ¿Deseas pertenecer a este país?

–Sí, Majestad.

–Siendo así, vivirás con Elroy durante un año, bajo su protección, al cabo de un año deberás contraer matrimonio con un ciudadano para poder formar parte de esta nación… esta misma noche se dará el permiso para que puedan cortejarte.

–Majestad! Ruego su misericordia –Se puso sobre sus rodillas y clamó, no había tiempo que perder e intenté zafarme del agarre de Mark –No quiero casarme sin amor… piedad!

–Entonces… zarparás en la próxima embarcación

–Por favor, no me quiero ir, yo pertenezco a St. Ives. He vivido aquí por mucho tiempo…. Por favor!

–Candice, estás entre la nobleza de este país… cualquiera podrá ser un buen esposo para ti… podría considerar tu negación como una grave ofensa.

–Yo me casaré con ella–Todos volteamos hacia una misma dirección… Neal Leagan había levantado la voz solicitando desposar a Candice

el capi de hoy

y felices fiestas mexicanas!