Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré más adelante.

CAPITULO 6

Isabella no sabía qué pensar. Tenía la sensación de que estaba siendo manipulada y no le hacía ninguna gracia, pero se sentía completamente abrumada por la rapidez con la que estaba sucediendo todo. Solo una semana antes, estaba pensando en cancelar la entrevista, y ahora estaba en Nueva York. Cogió el teléfono, esperando poder charlar con Mia. Jane y Leah estaban con ella, e Isabella puso a sus amigas al día de todo lo que había pasado. Se alegró de que ellas no pudieran verla mientras bromeaban y se reían del beso y de ella por quedarse dormida.

A instancias de Leah, inspeccionó el armario y los cajones, e informó a sus amigas de lo que iba encontrando. Tras abrir un cajón, se quedó callada mientras observaba su contenido. Sus amigas le increparon y ella les describió la preciosa lencería de seda y encaje que había encontrado. Se interrumpió ante su silencio.

—Eh, no os oigo. ¿Qué pasa?

Mia se volvió a poner al teléfono.

—Escucha, parece que este tío tiene planes para ti. Si te parece bien, de acuerdo, pero creemos que le debes enseñar a la fiera que conocemos y hacerle probar su propia medicina.

—¿Qué queréis decir?

—Ponte elegante. Pero elegante de VERDAD, y coquetea con él. Hemos visto cómo te camelas a los pobres compradores de ganado en las subastas. Exagéralo un poco y diviértete.

Mientras las chicas seguían charlando y tramando, Isabella se decidió por un vestido rojo de seda estilo chino, con una abertura en el lateral que llegaba hasta la mitad del muslo.

Después de desempaquetar lo poco que trajo consigo, Isabella se dio una larga ducha. Tras vestirse, dedicó más tiempo de lo habitual a su maquillaje y se cepilló el cabello en largas ondas. El vestido era más ajustado de lo que acostumbraba a llevar, pero al mirarse en el espejo, se quedó impresionada de lo guapa que estaba. La tela ceñía sus curvas y acentuaba lo justo. Calzándose un par de Louboutins, Isabella no podía creerse lo cómodos que eran. Estos se iban con ella a casa.

A las siete menos diez, salió de su cuarto para encontrarse con Edward en el salón. Cuando él vio su reflejo en la ventana, se giró para saludarla y se quedó sin aliento. Estaba radiante.

Ella se acercó sonriendo. Tuvo que reconocer que Armani le sentaba muy bien. El color oscuro del traje resaltaba su tez, y la corbata roja le hizo sonreír. Se podría decir que iban conjuntados para la ocasión.

—¿Listo? —le preguntó.

—¿Quieres beber algo antes de irnos?

—No, gracias. Aunque puede que luego cambie de opinión— dijo sonriéndole mientras se dirigía a la puerta.

De camino al restaurante, Isabella le preguntó con quién se iban a encontrar. Edward le informó que eran los representantes de las dos autoridades portuarias y dos delegados sindicales. Su objetivo era conseguir una plaza en ambos puertos para poder empezar a hacer negocios en la costa este. Al llegar al Meatpacking District, Isabella se sorprendió de la cantidad de discotecas y restaurantes que había. Todavía era pronto, pero las calles estaban llenas de gente. Cuando aparcaron delante del Club Aero, Isabella le preguntó si era el dueño.

—Sí. Lo adquirí cuando el propietario anterior se declaró en quiebra. El restaurante está en el segundo piso y la discoteca en el tercero. He habilitado el cuarto piso como zona privada con vistas al club, y el último piso es para fiestas privadas.

Al entrar en el club, Edward se quedó sorprendido con la transformación de Isabella. Ya no era la joven tímida a la que le tenía acostumbrado. Hoy, prácticamente vibraba con energía.

Cuando entraron en el vestíbulo, Isabella se asombró de lo abarrotado que estaba. El edificio tenía al menos cien años de antigüedad, y aún conservaba mucho de su encanto original. El suelo de anchas tablas y la complicada forja, conferían al espacio una sensación de apertura. Al subir las escaleras, Isabella miró a su alrededor.

—Te gustan los espacios abiertos.

—¿Qué?

Señalando al interior del edificio.

—Los espacios abiertos. Es como el décimo piso de la oficina y tu apartamento. Muy amplios. —Edward se detuvo y la miró.

—Odio estar encerrado— dijo, haciendo un gesto con la boca.

Antes de que Isabella pudiera replicar, entraron en el restaurante donde les esperaban cuatro hombres y dos mujeres. Isabella conoció a Bart Sullivan y Bill Hanson, y a sus esposas. Eran los representantes sindicales de los puertos. Steve Markos, de la Autoridad Portuaria de Nueva York, y Nicolai (Nico) Demolios, de la de Nueva Jersey. Aunque nadie lo mencionó, todos se sorprendieron de que trajera a una becaria, y las mujeres tuvieron la sospecha de que era algo más que una asistente personal en prácticas durante el verano.

Tras tomar asiento, Isabella observó cómo Edward hablaba con todos durante la cena. Siguiendo su ejemplo, respondió preguntas y formuló otras, consiguiendo que no decayera la conversación. Antes de que la cena finalizara, todos los comensales estaban convencidos de que Isabella era idónea para el trabajo. Después de cenar, Edward sugirió que se trasladaran al cuarto piso para continuar con la conversación. Los sindicalistas se excusaron y partieron junto a sus esposas, pero Steve y Nico se quedaron.

Al acomodarse en la planta superior, Isabella miró a su alrededor. El cuarto piso era una especie de ático semi privado, con espacio para grupos reducidos y abierto a la discoteca del tercer piso. Acercándose a la barandilla, contempló la pista de baile y su enorme cabina para el DJ. La barra ocupaba una pared entera, y una espaciosa zona de asientos rodeaba la pista de baile. Los mismos motivos de forja y tuberías que adornaban el restaurante, se habían usado para decorar la discoteca, y su elevado techo con aislantes acústicos estratégicamente colocados, reducía el sonido de la discoteca para que los cuatro ocupantes del cuarto piso pudiesen hablar con tranquilidad.

Al darse la vuelta, pilló a Edward mirándola. Estaba sorprendido de lo bien que se había manejado durante la cena, y de su capacidad para seguir la conversación. No se había dado cuenta de lo puesta que estaba en cuanto a los planes de expansión, y le agradó su comportamiento. Estaba guapísima con ese vestido, y ella lo sabía, porque la había observado coquetear con los otros. Se negó a admitir que estaba celoso, pero notó que había estado prestando atención a todos menos a él.

Isabella regresó a los sofás sonriéndole y con la cabeza ladeada. Los Louboutins le quedaban genial, y los tacones tenían suficiente altura como para hacer que sus caderas se balancearan seductoramente al caminar.

Todos los ojos se posaron en Isabella cuando ésta se sentó junto a Nico. Tomando el cortapuros, sesgó con pericia el extremo de un puro y le ofreció fuego a su acompañante.

Cuando el camarero trajo las bebidas, Nico preguntó: —¿Y dónde ha aprendido alguien tan joven como tú a manejar un puro?

Sonriendo tímidamente, Isabella alcanzó su coñac. Lo olfateó ligeramente, tomó un pequeño y saboreó su dulzor.

—Mi madre murió cuando yo era pequeña, y me he criado entre hombres. Cuando no estaba esquivando escupitajos de tabaco, lo estaba encendiendo.

—¿Dónde fue eso? —preguntó Steve.

—En un rancho ganadero del centro de California.

—¿Montas a caballo?

Isabella se inclinó por delante de Nico para encender el puro de Steve.

—Sí, señor— entonó Isabella con acento, arrastrando las palabras. —Monto a pelo desde que tenía edad para cabalgar sola.

Edward se atragantó con el brandy y entrecerró los ojos mirando a Isabella, que se volvió hacia él.

—¿Se encuentra bien, Sr. Cullen?

—Sí— logró articular, mirándola fijamente.

Ignorándole de nuevo, continuó bromeando con los demás y contestando preguntas sobre su vida en el rancho, y sus motivos para escoger su titulación. Cuando la velada tocaba a su fin, Isabella se excusó brevemente. Una vez fuera del cuarto, ambos hombres se interesaron por su disponibilidad.

Edward estaba cada vez más enfadado al ver cómo Isabella flirteaba con ellos mientras que a él no le hacía ni caso. Por la forma en la que se comportaba, estaba claro que tenía mucha más experiencia de lo que pensaba, pero ni loco iba a dejar que se fuera con cualquiera de ellos. Haciendo oídos sordos, les comunicó que no estaba disponible.

Cuando Isabella regresó, ellos ya habían terminado y se dirigían al ascensor. Edward colocó una mano en la parte baja de su espalda de forma posesiva. Dando un paso adelante para alejarse de él, Isabella les dio las gracias a los otros dos por una maravillosa velada, y les deseó suerte.