Daba la sensación de estar solo por lo callado que estaba. Apenas escuchaba su respiración y el ocasional cambio de página. Nunca se sentía más como su perro que en esos momentos de excesiva paz, casi podía verse a sí mismo como en una de esas estúpidas fotografías donde el amo y su mascota estaban junto al fuego. Extendió la camisa para ver que estaba perfectamente zurcida. Se levantó de la silla y caminó hacia él, inclinándose con el debido respeto.

-Lamento el incidente con Maylene- Ciel apenas separó sus ojos de su libro, acomodando el abrigo de Sebastian sobre sus hombros.

-Hubiera sido más rápido que sólo cambiaras mi ropa en lugar de arreglarla-

-Se equivoca, Señorito. Me hubiera tomado más minutos escoger una combinación adecuada y eso hubiera significado cambiar por completo su indumentaria para evitar una falta de armonía-

-Pensé que te gustaba vestirme- cerró el libro de golpe, viéndolo. Un hilo blanco, casi camuflado con su guante, atado a su dedo. Sebastian reparó en su mirada interrogante.

-Esto es un pequeño truco para no perder el hilo, Señorito-

-¿Por qué nunca me llamas por mi nombre ya?- pestañeó, aburrido, recargándose en el asiento, cruzando las piernas, haciendo que el abrigo se le deslizara por los delgados hombros.

-Porque usted es mi Amo, jamás cometería la osadía de insultarlo al tratarlo con esa falta de respeto-

-Te he dicho que no puedes mentirme- se levantó del asiento de su escritorio sólo lo preciso para hacerle una señal a Sebastian para que se sentara ahí y después sentarse sobre él, de frente. Tomó su brazo, atando el pequeño y delicado hilo en uno de los adornos de su asiento- si lo rompes, te castigaré -

-Temo que de nuevo está siendo ambiguo, Señorito- sonrió, apoyando su mano libre en el coxis de Ciel.

-Ayer Lizzie estuvo hablando sobre una tonta novela romántica que leyó y me mostró sus inquietudes sobre los besos- rodeó su cuello, hablando con esa impersonalidad que ni en un adulto podría ser considerada normal- ¿No es acaso mi deber como caballero complacerla? No quisiera ofenderla, pero dado que soy su prometido y somos ante los ojos de los demás un par de criaturas adorables ¿No sería algo dulce?- apoyó sus labios en el mentón de Sebastian.

-Me parece que son demasiado jóvenes-

-Lo sé- subió sus labios un poco más- por eso decidí que invertiré este tiempo practicando contigo para no decepcionarla cuando llegue el momento-

Sebastian debió morderse la punta de la lengua para no echarse a reír. No por temor a herirlo, sino por desobedecer a la regla de romper el hilo que mantenía su mano erguida y atada. Como si realmente fuera a vivir tanto para vivir esas ridículas historias de amor. Como si le correspondiera realmente a él tomar cualquier cosa de la Señorita Elizabeth. Aún así...

Sus labios apenas abarcaban una parte de los suyos y su tacto era tan suave, sus manos en su cuello subiendo a sus cabellos, dedos enredados, sus piernas abiertas a sus caderas y su mano libre en su coxis sin saber qué tanto podía tocarle en ese momento. Cerró los ojos, dejando que Ciel tomara el control, después de todo, él sólo estaba siendo un muñeco. Pudo sugerirle que practicara con un espejo como solían hacer los adolescentes. Pero eso significaría renunciar a una tarea y él no era un desertor. Ahí estaba una simbólica figura en el hilo, así de frágil, apenas un movimiento y sería roto y por eso era deber suyo mantenerlo a salvo a cualquier costo. Anhelaba su alma, sí. Pero el tiempo que le estaba tomando prepararla, verla crecer como un pan en el horno, estaba siendo igual de placentero. Los labios de Ciel se separaron sobre los suyos y él hizo lo mismo, sólo un poco, apenas lo prudente para dejar que su lengua entrara. Mucho menos invasiva que las primeras veces, más como una caricia. Sujetó su cintura para ayudarlo a acomodarse mejor, levantando un poco sus caderas para inclinarse apenas sobre él, sus manos abandonaron sus cabellos para ponerlas sobre sus mejillas, sintiendo la lengua de Sebastian también buscar la suya. La mordió suavemente, sin lastimarlo como solía hacer. El sabor a té de su saliva le estaba corriendo por la garganta como un elíxir, un catalizador. Ese hilo, ese estúpidamente frágil hilo era lo único que lo mantenía a raya de perder la compostura. Ciel estaba logrando algo que le ganaría la burla de todos sus iguales y el repudio de sus superiores y lo sabía. Pero ¿Podría poner en palabras de cualquier lenguaje, cómo sabía perder la cabeza? Qué sonido hace la cordura cuando se quiebra, a chasquido de lengua sobre otra, a la tela de su pantalón crujir por estarse estirando en esa zona. A la sangre en su carrera olvidando que el blanco enfermizo es de la realeza, haciendo que las mejillas rojas de Ciel lucieran casi inocentes, casi... Inconsientemente lo jaló de la cintura cuando sintió que estaba por alejarse de él.

-Necesito aire- protestó después de abofetearlo. Se lamió los labios, saboreando todavía el té que el mismo preparó.

-Debo decir que ha mejorado bastante, Señorito. Sin embargo, no creo que esa sea la clase de besos que se le da a una dama como lo es la Señorita Elizabeth- debió callarse de golpe, al ver a Ciel desabotonar con dificultad los primeros botones de su camisa. No esperaba sentir la oreja de Ciel contra su pecho, rodear su cintura con menos desesperación-¿Está mostrándose vulnerable, Señorito?-

-¿Por qué no me llamas por mi nombre?- insistió, abrazándose más contra él- Llamaste a Maylene por su nombre ¿Por qué no puedes decir el mío? ¿No me eres más cercano a mí que a ella? Si te lo ordeno, deberías llamarme Ciel al menos cuando estemos a solas-

-Usted sabe igual que yo que una de las cláusulas del contrato fue expresamente no decir mentiras, Señorito ¿Puede comprender a lo que me refiero?- Dos pasos con cuidado para abandonar su regazo, dejando caer el abrigo al suelo mientras buscaba la camisa en el escritorio. Tomó un abrecartas y cortó el hilo, esperando que Sebastian comenzara a abotonar su camisa.

Todo ese día, no volvió a mirarlo a los ojos.