Aún no puedo creerme que fuese capaz de salir de la casa de McKinnon con la misión cumplida. Quiero decir, yo lo tenía todo esquematizado, sabía exactamente que tenía que hacer para que saliese bien, pero Remus estaba allí. Fue una especie de subidón de adrenalina. Jamás creí que fuera encontrarme con nadie. Yo sólo debía entrar en la casa, coger la carpeta y salir de allí lo más rápido que me permitiesen mis piernas. Casi muero de un infarto cuando oí ruido en la casa, porque Evans me había dicho que Marlene cenaría en su casa. Ha sido la primera vez que me enfrentaba a uno de mis amigos, y salí plenamente victorioso. Bien es cierto que Remus, salvo determinados días al mes, era el más afable de los tres, pero aún así todo creí que mi mentira no quajaría.

Sin duda van Volkenburg estaba equivocada con eso de que aún tenían una estrecha relación. Me aparecí en el inmenso jardín de la casa que se empleaba como centro de mando y operaciones. Lo primero que hice fue asegurarme de tener todo: la magia a veces se me resistía un poco, quizá por mi torpeza natural, y las apariciones ya me habían costado un par de desparticiones, aunque nada grave. Avancé por el camino de gravilla, sintiéndome observado por invisibles ojos que se escondían en la oscuridad. Traté de mantener la compostura, aunque aceleré el paso de manera inconsciente hasta alcanzar la puerta del gran caserío.

Llamé con la gran aldaba metálica. Me daba miedo. La imagen era algo así como una figura humana retorciéndose de dolor... Aquella cara era tan expresiva que parecía que me miraba pidiéndome ayuda. Esperé, impaciente, en la entrada, sin poder quedarme quieto, alternando el peso de un pie a otro. La puerta se abrió, aparentemente sola. Yo sabía que debía haber algún elfo cerca, pero no podía evitar sentirme acobardado. Un escalofrío me recorrió al pasar al interior. ¿Qué debía hacer? Sabía bien donde estaban mis señores esperándome, pero yo no había sido convocado aún... Unos pasos apagados atrajeron mi atención hacia la figura que descendía por la escalera.

"Vaya... Has vuelto...", dijo con desdén, claramente decepcionada. "Creí que Marlene te dejaría, al menos, un ojo morado y un hombro dislocado antes de mandarte de vuelta con una patada en el trasero..."

Quise mirarla con odio y con rabia, pero no me atrevía. Leah van Volkenburg había asegurado una y otra vez que yo no era el más indicado para la tarea y había insistido en ir ella misma. Y, aunque sus palabras me habían dolido, no podía dejar de mirarla con desconfianza. No entendía que había pasado entre Marlene y ella, cómo, siendo tan amigas como yo había supuesto que era durante la etapa de Hogwarts, habían acabado en puntos tan opuesto. Ambas me imponían respeto... Bueno, siendo totalmente sincero, ambas me daban miedo. No me atrevía a mirarla directamente, pero tenía su imagen grabada a fuego: esbelta, rubia, fría... Sí, era guapa, y sí, atraía las miradas, pero encandilaba y asustaba por partes iguales. Con Marlene me pasaba algo similar, sólo que ella, a veces, intentaba ser amable.

"Te... tengo la carpeta...", dije, frotándome las manos, nervioso, y humedeciéndome los labios, de manera instintiva. Ella hizo un gesto con la cabeza y me indicó que la siguiera. Apresuré mi ritmo para quedar a sólo un paso por detrás de ella. Me guió hasta la biblioteca de la segunda planta. Allí había otros dos muchachos que yo conocía bien: Severus Snape y Günther Foerster. Me quedé clavado en la puerta, sin aterverme a moverme de allí, ni a saludar.

Los dos muchachos estaban inmersos en una conversación acalorada, pero mantenían un tono de voz bajo que no me permitía entender qué era lo que decían.

"Pettigrew..." No me gustaba nada el tono de incredulidad que empleaban conmigo... Estaba seguro de que les sobreviviría a todos.

"Snape", contesté, retorciendo mis dedos, notando como las manos me comenzaban a sudar y a temblar de manera incontrolada. Los dos muchachos me estaban analizando atentamente, y yo no sabía dónde posicionarme, si acercarme y sentarme junto a ellos, si permanecer allí o si caminar hasta el ventanal. Por suerte, Foerster llevó la iniciativa.

"Creo que Leah me debe dinero... Aunque admito que me cuesta creer que McKinnon te haya dejado salir ileso..."

"No... No estaba allí..." Snape hizo un gesto con los brazos, cómo dando a entender que esa había sido la sentencia que él había mantenido durante todo el tiempo. "Está en... Está fuera..." No quería delatar su ubicación... No quería que James y Lily sufriesen ningún mal, por más olvidado que me tuvieran.

"Me estás mintiendo", dijo el muchacho, acercándose aún más a mí. "Tú sabes dónde está y vas a decírmelo... Sabes cuáles son las órdenes sobre los McKinnon"

"Pettigrew". Por una vez, la voz de van Volkenburg fue como un aliento de vida. Di un suave respingo y fui hacia ella. No estaba seguro de en qué momento había salido de la sala ni de cuándo había vuelto a ella, pero la seguí sin decir nada.

Me guió hasta una sala pequeña, en penumbra, y cerró la puerta cuando estuvimos los dos dentro. Sacó su varita y, violentamente, me arrinconó entre la mesa y su cuerpo, apuntándome directamente al cuello.

"Eres muy descuidado...", musitó. "Pero vamos a hacer un trato..." Sus ojos centelleaban frente a mí, cargados de ira y seguridad. "Tú vas a preferir arrancarte la lengua a mordiscos antes que desvelar a Günther dónde está Marlene, ¿entendido?" Tragué saliva con dificultad, respirando aceleradamente.

Acerté a asentir con la cabeza, asustado. Quería salir de allí, quería correr... Pero, al mismo tiempo, algo dentro de mí me pedía sacar partido de todo aquello. "¿Qué... Qué gano y... yo con todo esto?" Estaba seguro de que no me mataría. No allí y en ese momento, al menos.

"Mantenerte con vida, por ejemplo..." La frialdad en su voz y la quemazón que me estaba produciendo la punta de su varita me sirvieron como respuesta. "Espera aquí...", me dijo, alejándose y guardando de nuevo la varita. "Vendrán en un momento".

Cuando salió y me quedé a solas, conseguí que mi respiración volviese a la normalidad. Me maldije por ser un cobarde, por no haber sido capaz de enfrentarme a ella... A fin de cuentas, no era más que una ravenclaw estúpida con serios problemas si aún no tenía claro a quién debía lealtad. Mi mente urdía una pequeña venganza cuando tres sombras aparecieron al otro lado de la mesa. No podía distinguir su rostro... Nunca se dejaban ver, aunque todos, en susurros, pronunciásemos sus nombres.

"¿Tienes la carpeta?", me preguntó uno de ellos, con un fuerte acento nórdico. Asentí con la cabeza y saqué los documentos de la cinturilla del pantalón, donde los había enganchado para que Remus no pudiese verlos. "¿Algún problema?"

"N... No, mis señores..." Hice una estúpida reverencia. "McKinnon no estaba allí, cómo les dije... Pero pronto sabrán que han desaparecido los documentos... Tenían... Tenían una nota", pronuncié mientras rebuscaba en mis bolsillos aquel papel amarillo, pero se me debió caer en algún punto del trayecto. Bueno, no importaba... "Alastar Moody debe ir a recogerlos a la casa"

"Nos encargaremos", dijo, con un correcto inglés pero una marcada pronunciación americana.

Eso fue todo. Salí sin darles la espalda... Podría ser un cobarde, pero no un estúpido. Volví tras mis pasos hasta llegar a la biblioteca y, tras cruzar unas rápidas palabras con Foerster, aproveché para asaltar la cocina; una vez terminado el trabajo y eliminados los nervios, mi estómago había comenzado a rugir. Me disponía a salir del casería cuando una acalorada discusión en el comedor atrajo mi atención. Las puertas estaban cerradas, pero las voces llegaban claramente.

"¿Me estás acusando de cubrir a los McKinnon?"

"No te estoy acusando de nada, Leah... He hecho una simple pregunta y tú te has puesto histérica..."

"Es que no entiendo porqué a estas alturas tienes que hacerme esas preguntas... Participé en el asalto a la casa de Marlene, ¿no es así?"

Sonreí satisfecho. Quizá ahora, antes de arrinconarme y amenazarme, van Volkenburg se lo pensaría dos veces. No obstante, ella seguía dándome miedo, por lo que debería tener más cuidado con mis pasos y delante de quién hablaba determinadas cosas.