Capítulo seis
Capítulo seis
OBSERVACIÓN
Podría haber jurado que mi madre me miró mi plano vientre todo la mañana, como esperando que de pronto me saliera una barriga de embarazada producto de mi cita del sábado con Matthew. No podía concebir una persona más ridícula que ella cada vez que me observaba en esas, pero Sam, que me había hecho una serie de preguntas insólitas, estaba haciéndole la batalla de la manera más ardua. Mi padre simplemente se partía de la risa a sus espaldas junto a mí. No me había preguntado nada de Matthew ni de lo que habíamos hecho. Tampoco quería saber qué cara pondría si le decía que nos habíamos detenido en medio de la carretera por la noche. Nunca había sido muy sobre protector con nadie, pero a veces le salía el instinto de servicio público.
El domingo amaneció de un pálido nublado en el cielo. Los nubarrones se veían bizarros, más similares a alguna pintura antigua de paisajes que a algo perteneciente a la realidad, pero me gustaba observarlo. Me quedé hasta tarde en la cama leyendo y escuchando algo de música, evitando pensar en la noche anterior. Era absolutamente tentador cuando se tenía un día domingo por delante, pero dieron las dos de la tarde, hora en que mis padres y Sam se disponían a comer un guiso de verduras, y decidí escapar por la retaguardia argumentando tener muchas cosas que ver y hacer en Port Angeles. Comería algo afuera, cualquier cosa era mejor que la cocina de mamá.
Port Angeles era tranquilo al extremo los fines de semana. Parecía un verdadero cementerio cuando había llegado, pero aun así todas las tiendas se encontraban abiertas por los escasos turistas que llegaban por motivos de excursión en los bosques de Forks. Estacioné mi coche en el mismo sector costero de la noche anterior con Matthew y me bajé con intenciones de caminar a todos los sectores donde quería ir para hacer el hambre que carecía por momentos. El sol tampoco había salido en ese lugar, solo aquella peculiar luz filtrada incapaz de molestar o calentar nada en la superficie terrestre cercana a Forks. No podía entender cómo no le podía gustar a Matthew, era simplemente fascinante.
La primera gran depresión en Forks me la llevé entonces. Bueno, eso constituiría una exageración pues me considero una persona constantemente deprimida. La academia de Port Angeles era, en efecto, una academia con todas las de la ley financiada por una millonaria excéntrica de Seattle, oriunda de Port Angeles, que siempre había querido ser bailarina y nunca había tenido las oportunidades. Había tres maestros, dos mujeres y un hombre, y, según lo que pude ver en la lista de estudiantes, se trataba de una academia para iniciados. No habían presentaciones cada dos meses, no bonos extras para adherir a tu malla de postulación a la universidad y menos algo que pudiera tentar al Royal Ballet de Londres para aceptarme.
Después de reponerme del susto al darme cuenta de la situación de mi educación en Port Angeles, decidí seguir paseando al recordar los escaparates que habían llamado levemente mi atención durante la noche. Caminé despistadamente por entre las calles hasta dar con una principal que podría orientarme, y así llegué a una librería a la que entré ávida de encontrar algo interesante.
- ¡Hola!- exclamó una voz ronca.
Me di vuelta al instante y me fijé en el dueño de la voz. Era un muchacho de origen indio, de alguna clase de nativo de América. Era increíblemente alto, debía superarme por alrededor de cinco cabezas, de un hermoso tono rojizo en la piel y un largo y sedoso cabello negro. De acuerdo a las descripciones no dudé que debía corresponder a uno de los tantos miembros de los indios de La Push, pero me sorprendió encontrarle ahí, pues tenía entendido que no solían bajar más allá de Forks. Algunas reservas de nativos aun mantenían el recelo con el exterior suponía.
- Hola- respondí moviendo los ojos con desconfianza. En general odiaba que los encargados de los negocios me saludaran apenas entraba a la tienda, como obligándome a comprar algo, y esta no era la excepción. Aunque el muchacho se viera encantadoramente amable.
- ¿Puedo ayudarte en algo?- preguntó de nuevo con su voz ronca.
- Esto… no, gracias, estoy solo observando- dije con la voz más falsamente amable que encontré. Él captó la idea.
- Vale- dijo con una sonrisa de franca gratitud. Me fijé en el nombre que llevaba grapado en una tarjeta de presentación en el pecho.
William Black. No solía contar con el don de una memoria muy prodigiosa, pero si recordaba a la perfección la conversación de terror que había tenido ayer con Matthew acerca de vampiros y hombres lobos. Él me había comentado que todo lo había sabido gracias al bocazas de su mejor amigo Will, hijo de Jacob Black. Así que este era el tal Will. De pronto una sonrisa de mayor intimidad e interés apareció en mi rostro. Realmente golpearía a Matthew Forrester el lunes a primera hora, por ser tan encantador y atrapante.
- Gusto en conocerte, Will- murmuré distraída. La sorpresa cruzó su rostro moreno.
- Hey, ¿cómo me conoces?- preguntó al instante. Había dejado de cruzar sus brazos en el pecho. Le sonreí.
- ¿Te suena Matthew?- dije con sorna. Sus ojos se oscurecieron de pronto con algo que distinguí como recelo, pero sus labios esbozaron una sonrisa lobuna tan grande que de pronto entendí parte de las conductas de Matthew.
- ¿De dónde conoces a ese delincuente? ¿La escuela de Forks, intuyo?- murmuró con gesto grave. Asentí y él suspiró mirándome largamente. Parecía curioso- Tu eres Josephine, ¿no?
- ¿Cómo…?- Sonrió.
- El lunes pasado Matt se apareció a las doce de la noche por absolutamente nada y repitió el chiste toda la semana, andando como un verdadero idiota de distraído y enfurruñado. El viernes lo agarré del cogote y me confesó que había conocido una chica.
Me miró de una manera tan elocuente que su mensaje quedó explícito con asertividad. Me sonrojé al instante al comprender lo que me estaba diciendo, y, esbozando una sonrisa absurda, me escabullí por entre medio de unas estanterías en busca de quitarme los oscuros ojos alegres de Will de encima. Casi podía escuchar sus pensamientos juzgándome desde la punta de los pies hasta la cima de mi desordenado cabello, como sopesando qué cosa en mí podía haber atraído el interés de su muy agraciado amigo. No quise mirarle de reojo en busca de la conclusión, podía resultar un trauma demasiado grande.
Sin embargo, había algo positivo dentro de todo eso. Will había dicho que Matthew había estado distraído toda la semana, por mí. Aquello era tan humillante como siempre lo había observado. Toda mi vida, desde mi más rosa y tierna infancia, me había reído de las muchachas que se daban grandes aires cuando creían gustarle a un chico, más aun cuando se exaltaban por las conductas de ellos con ellas, y ahora me veía en una situación similar. El placer que me produje sentir que él pensaba en mí fue enorme, del porte que puede significar saber que el chico que te gusta piensa en ti lo suficiente como para estar distraído.
El chico que me gusta, pensé, sacudiendo la cabeza con una sonrisa divertida. ¡Quien me viera y quien me ve! Soy la peor embustera que conozco.
Aproveché un descuido de Will con otro cliente ridículo a altas horas de la tarde para escabullirme de nuevo a la calle. El balance de la tienda era positivo, podría encontrar algunas cosas ahí que fueran interesantes, pero mi urgencia era mayor por dar con una ópera muy utilizada en rutinas con la que no había podido dar en meses. No había tenido éxito en Chicago, y no esperaba tenerlo aquí, pero quizás encontraría algo echando una ojeada al interior de la tienda de disco que encontré en una esquina.
Esperaba encontrar un ambiente cálido en el interior, pero al instante, apenas miré dentro, me congelé como una piedra. Edward y Emmet Cullen estaban en la tienda observando discos, y apenas había abierto la puerta del local el primero se alzó con los hombros rígidos. Levantó el rostro y sus extraños ojos de color indefinido se toparon con los míos, asustados y expandidos de temor. No era como que yo y Edward Cullen fuéramos los mejores amigos. De hecho, hasta hace unos días podría haber dicho que me odiaba con las de la ley, así que su gesto me desconcertó. Me vio, se envaró y luego se relajó como si hubiera decidido ignorarme de principio. Solo ahí me di cuenta de la diferencia de su aspecto… esto, glorioso. Bizqueé desorientada al recordar en directo la potente belleza que acompañaba a ese extraño chico.
Y sus ojos habían cambiado. Antes, negros, absolutos y fríos, eran las cuencas más terroríficamente hermosas y vacías que alguna vez había visto. Ahora sus ojos tenían el color exquisito de la azúcar fundida, de una textura líquida en la que fácilmente alguien podría perderse. Eran recelosos, sí, y parecían estar en constante melancolía, pero habían cambiado de la hostilidad inhumana al desinterés premeditado de alguien que sabe que había delatado algo secreto a una extraña. Nunca me he considerado particularmente astuta, pero no hay que ser un genio para saberlo.
Era perfecto. No había otra manera de explicar a Edward Cullen, en particular. Llevaba una chaqueta negra ligeramente larga y una cazadora debajo, con un estilo elegante acrecentado por la forma de su andar, de su boca, de su nariz y de todo lo que estaba relacionado con él. Era una criatura dolorosamente bella, y había algo de él que no alcanzaba a gustarme. No su físico, por supuesto, ¿cómo no reaccionar como una muchacha loca llena de hormonas si alguien como Edward Cullen se te acercara? No, no era eso lo que me producía recelo, y mucho menos su inexplicable anticuerpo hacia a mí. Era algo en su aura, algo que me producía inquietud, que me hacía sentir como una intrusa, intuyendo que él sabía que yo era consciente de su padecimiento.
Edward Cullen sufría, eso era toda la respuesta que yo podía articular ante mis divagaciones absurdas. Aquel absurdamente hermoso chico sufría por algo tan doloroso que le desgarraba lo más profundo de sus entrañas, tanto que me pregunté como era que otros no se habían percatado de lo que le sucedía. La forma en que miraba, la forma en como sus ojos destilaban algo de chispa de vez en cuando, muy de vez en cuando, eran la señal absoluta. Edward Cullen sufría de una manera cruel que lo había absorbido largo tiempo atrás. Debía ser algo continuo, algo con lo que cargaba desde hacía tiempo, pues parecía acostumbrado a ser una criatura desdichada.
Me moví desorientada hacia una de las secciones del lugar. Lo más lejos posible de él y de su hermano el levantador de pesas. Emmet, que de atemorizante tenía solo el aspecto. Sus formas y ojos denotaban el carácter de alguien irremediablemente infantil y desvergonzado. Y feliz, al contrario de su hermoso hermano. Contenta, me acerqué por instinto a la sección de música clásica, contraria a donde se encontraba Edward Cullen mirando algunos discos de jazz. Había tenido suerte que no estuviera en mi sección, porque me creía lo suficientemente cobarde como para irme si él estaba en el lugar donde yo tenía que ir. Acercármele era algo con lo que había soñado en mis más terribles pesadillas.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
Me entró un tic en un ojo cuando escuché la misma frase etiquetada por segunda vez en el día. Me giré lentamente, bufando por lo bajo y pronunciando alguna maldición, y me topé con el simpatiquísimo amigo de Julie Newton, el hermano de Anne… No recordaba su nombre, Matthew me había librado del honor de conocerle más a fondo al haberme apartado durante el almuerzo de interrogatorio.
- Oh, Josephine, no me había percatado que eras tú, ¿cómo estás?- preguntó entre sorprendido y halagado. Quizás se creía que había venido a verle.
- Muy bien, gracias- no filtré el fastidio en mi voz- Y es Joe.
- Oh, claro- murmuró nervioso por mi comportamiento. Al instante optó por dejar la idea de coqueteo- ¿Buscas algo en particular?
Algo similar a la maldad se asomó en mi interior. No es raro, mi madre siempre ha dicho que yo nací para fastidiar a la gente, y recuerdo con exactitud alguna vez en que mi abuela había decidido dejar de verme por una semana al darse cuenta de mis ocurrentes preguntas y frases. Siempre había sido un problema, era demasiado irónica y aguda para mi propio bien, y gracias a eso nunca había tenido muchos amigos, pero había aprendido a vivir con ello. Y lo disfrutaba, sobre todo cuando me topaba con alguien como este chico.
- Sí- contesté con elocuencia- Busco el poema sinfónico de La Isla de los Muertos de Rajmáninov.
- Esto… - El pobre chico asumió la información como si ni siquiera hubiera llegado a entender la idea. Agitó torpemente un dedo, indicando hacia el lugar donde yo me había puesto a ver- Creo que deberías ver por ahí.
Le sonreí con los ojos muy abiertos en señal de apreciación de su esfuerzo. Era espeluznantemente mala, pero no importaba. Me acerqué de nuevo hacia alguno de los escaparates, buscando cualquier cosa que pudiera llamar mi atención, sabiendo de antemano que jamás encontraría La isla de los Muertos acá. Encontré una recopilación de Chopin que llamó mi atención y me adelanté a uno de los aparatos de muestra para escuchar algo interesante en el disco. Me calé los gigantes audífonos y escuché una suave melodía de piano.
Podría haberme relajado, quizás de aquí a veinte años, pero las circunstancias no me habían favorecido. Me puse rígida al instante al sentir una presencia elegante a mi lado. Había mantenido los ojos abiertos muy perdidos en cualquier cosa, así que Edward Cullen se había puesto a mirar el escaparate a diez centímetros de mí, brazo con brazo, sin que me percatara siquiera de su cuerpo esculpido en mármol. Con los brazos hechos de palo, de pronto, me saqué los audífonos con la franca idea de salir de ahí antes de que pasara algo, cualquier cosa. Esperaba estúpidamente que me ladrara o algo así, que me dijera que era una criatura repugnante. En verdad Forks me estaba trastornando.
Di un paso atrás esperanzada en el éxito.
- No creo que encuentres La Isla de los Muertos aquí, ni en ninguna parte en los próximos trescientos kilómetros a la redonda- dijo una voz musical y aterciopelada entonces. Me congelé, la criatura divina me estaba hablando. Lo miré con los ojos perdidos y él se volvió a mirarme levemente, con gesto sereno- Hola.
Me quedé estática escuchando la perfección y matices de su voz. No podía ser algo justo que, aparte de tener semejante pinta, Edward Cullen fuera el dueño de un timbre y gama de sonidos tan maravillosos. Su voz era tranquila y relajada, tanto que me pregunté por qué, en el nombre de todas las cosas, querría hablarme a mí. Era evidente que intentaba hacer conversación, quizás recordando el espectáculo privado que me había dado el primer día de clases, quedándose rígido cuando me había sentado a su lado.
- Ho… la- contesté como idiota, entrecortadamente- Esto… gracias por el dato, pero en realidad estaba buscando fastidiar un poco al dependiente.
Me increpé mentalmente. ¿Cómo podía decir esas idioteces sin pensar? Me había visto atrapada por sus dorados ojos, y todas las palabras habían salido de mi boca sin siquiera ser procesadas. Sin embargo, Edward Cullen no pareció burlesco por lo que había dicho, ni burlesco ni divertido, simplemente me observó con seriedad y ojos abstraídos, como si estuviera transportándose a otro momento de su vida. Me pregunté si alguna vez sonreía, no me encajaba en su rostro perfecto, y menos me calzaba con la idea preclara de alguien herido que me había hecho.
- Soy Edward Cullen- se presentó entonces. ¡Como si no lo supiera ya! Se presentó con formalidad, pero sin ofrecerme una de sus pálidas manos, que se veían muy suaves.
- Joe Overstreet, de Josephine.
Sí, tenía un talento oculto. Lo acababa de descubrir. Tenía un don particular para decir imbecilidades por segundo. Joe Overstreet, de Josephine… perfecto, perfectamente estúpido. Nunca se me había dado bien hablar con la gente, menos con los hombres, Matthew Forrester constituía un verdadero milagro en la historia de mi vida, pero Edward Cullen y su semblante perfecto me habían devuelto a mi penosa realidad. Aun así, para mí sorpresa, de nuevo, él no pareció afectado por lo que había dicho, aunque tenía opciones para mofarse de mí como el que más. Matthew lo habría hecho, y yo no podría habérselo reprochado.
- Lamento mi comportamiento del otro día en clases de Biología- comentó. Yo me quedé muda por su sinceridad, como si supiera de antemano, quizás por experiencia previa, que era mejor decir la verdad- No estaba particularmente en mi día, ¿eres la hija del agente especial, no?
- Ah… sí, sí…- contesté desorientada- Aunque dicho así parece como si papá fuera James Bond.
Aquella fue la única ocasión en que me dirigió una sonrisa amistosa y cálida, pero lucía como si le costara, como si tuviera la cara pegada a una mueca de padecimiento y miseria. A lo mejor se trataba de algún movimiento nuevo de los adolescentes, quién sabía, yo nunca estaba al tanto de ellos, pero no me parecía que Edward Cullen siguiera algo así. Ni siquiera se parecía a un adolescente normal. En eso nos parecíamos.
Alzó su rostro con majestuosidad y me quedé un momento contemplándole. ¿Cómo no hacerlo? Era lo más parecido a uno de los protagonistas masculinos de las historias de amor antiguas, un Darcy de Orgullo y Prejuicio o un Gilbert de Ana de las Tejas Verdes. Era insultantemente guapo, de una forma criminal, sabía que oídas que no le costaba ninguna clase de materia en el instituto y lucía como el típico chico que empujaría la puerta antes de que tú lo hicieras. Un caballero de otro mundo, elegante, veloz y con cierto toque de franqueza atemporal que no calzaba con los chicos de mi edad. Perfecto y misterioso, y un poco desdichado. Podría haber quedado estúpida por él como cualquier otra muchacha sin importar mis antecedentes contrarios al amor, sin embargo, había algo que me impedía quedar del todo deslumbrada con Edward Cullen, algo potente con lo que había sido atacada.
Matthew.
Guapo, guapo aunque no fuera al punto ultrajante y doloroso de Edward. De andares relajados y desenfadados, algo elegante para ser un descoordinado adolescente aun. Quizás no poseía los modales caballerescos y la moral de un Darcy, pero me hacía recordar al protagonista de otra de las novelas algo charlatanas de Jane Austen, Henry Tilney, de la Abadía de Northanger, un caballero que solía molestar a la ingenua protagonista con las más extrañas ocurrencias. Después de Orgullo y Prejuicio, mi favorita, principalmente porque, a diferencia de Darcy, Henry era una constante alegría molestosa y atrayente. Alguien de lo que uno podría esperar cualquier cosa.
Era absurdo que hubiera tenido que hablar con Edward Cullen para darme cuenta de lo muy loca que me traía Matthew.
- ¡Joe!- exclamó una voz conocida.
Me giré en redondo y me topé con los bucles desordenados de mi madre justo en la entrada. Estaba vestida con un largo impermeable, y llevaba a mi hermana agarrada de la mano. Sam me sonreía divertida, y observaba a Edward con una mezcla de fascinación y curiosidad, muy parecido, de seguro, a mi propio rostro. Me entró un tic en el ojo cuando las vi paradas frente a mí.
- Mamá, ¿qué haces aquí?- pregunté con una voz cargada de reproche. Ella sonrió.
- Olvidé pedirte que nos trajeras algunas cosas para la casa que solo hay aquí en Port Angeles, necesitamos cortinas y unas sábanas nuevas para Sam. Te vi cuando ibas entrando a esta tienda- Mamá miró con curiosidad a Edward, y este se adelantó.
- Mucho gusto, señora Overstreet, soy Edward Cullen, un compañero de Joe del Instituto.
- Ah, vaya- Mi madre no paraba de observarme, y, entre dientes, me murmuró algo que creí que Edward podría escuchar con sencillez- Vaya que hay chicos guapos en Forks, aunque este no es el mismo de tu cita de ayer, ¿no?
- No, mamá- susurré molesta. Miré a Edward y esbocé una sonrisa nerviosa al notar que, por alguna razón, estaba tenso- Bueno, ya nos vamos- Alcé una mano- Nos vemos, Edward.
Él solo asintió mientras yo me iba alejando con el par de metiches de mi madre y mi hermana, arrastrándolas hasta la puerta de la tienda. Solo volví a mirar hacia atrás una sola vez, y lo que vi no me gustó. Tanto Edward Cullen, como su gigantesco hermano Emmet, que se le acababa de unir, me miraban a través de la vidriera de la tienda, tan inmóviles como estatuas. Me apresuré a dirigir a mi madre hacia uno de los supermercados que había visto a lo largo del día, preguntándome si debía comenzar una lista de todas las ocasiones en que mi madre me había dejado en ridículo.
Después de una agotadora tarde comprando tonterías inservibles, regresamos a Forks. No había almorzado nada, después de todo, y había tenido suerte al librarme de los restos del guiso de mamá al toparme con que mi padre había pedido una suculenta pizza en una tienda cercana a la casa. Entre él y yo nos zampamos la mitad, ante la mirada dolida de mamá, que nunca había podido comprender que no me gustaran sus comidas. Yo jamás había podido resistirme a una suculenta pizza.
Cuando se puso a comentar nuestro encuentro con Edward decidí ir a acostarme. No tenía ganas de escuchar los datos de mi padre acerca de los Cullen, y menos las miradas sorprendidas de mi madre, que a estas altura pensaba que jugaba con chicos a dos bandos. Me escabullí hacia las escaleras pasando en silencio al lado del cuarto de Sam, donde mi hermana bailaba al ritmo de una melodía en la televisión como si estuviera frente a una gran audiencia. Mi habitación se hallaba en penumbra y la ventana se hallaba abierta, dejando que un frío de los mil demonios entrara. No recordaba haber dejado los postigos abiertos, pero ya me estaba reprendiendo mentalmente cuando me di cuenta de algo que no encajaba en todo eso.
Ahí, en el alfeizar de la ventana, se hallaba una caja de bombones de menta de aspecto tentador, y justo arriba, una nota en hoja de cuaderno escolar reposaba tranquilamente, con un espantoso dibujo de un chanchito en él. Me reí de buena gana, aunque sabía que Matthew lo había dejado ahí con ese propósito. Porque tenía que haber sido él.
Me acerqué al instante a la nota, reconociendo su letra.
Mira por tu ventana directamente hacia abajo si no quieres encontrar un muerto de hipotermia por la mañana… M.
Recelosa, asomé la cabeza por la ventana sintiendo el frío despertando todos mis sentidos, y agaché la nuca para ver si había algo en mi jardín delantero. Matthew se encontraba recostado tranquilamente contra la pared de la casa, mirando hacia la calle con semblante tranquilo y las manos cruzados en sus pecho, con estilo. Sonreí.
- ¿Debería llamar a la policía?- murmuré en voz baja. Matthew alzó el rostro al instante, con una gigantesca sonrisa en la cara.
- ¿Tu padre no es agente especial?- preguntó divertido. Me encogí de hombros.
- Si no me explicas de que va la cosa se convertirá en uno- Matthew asintió y se dio vuelta, para encararse con la pared.
- ¿Puedo…?- preguntó señalando el panel por el que se podía subir a mi ventana. Asentí con vehemencia.
Me separé de la ventana y me desplomé en la cama mientras me sacaba los zapatos y sentía el ascenso de Matthew a través de la pared. Prendí la luz de la mesita de noche y me coloqué los pantalones de mi pijama a toda prisa, un segundo antes de que el gesto gatuno en la cara agraciada de Matthew apareciera el umbral de mi ventana. Me guiñó un ojo y, de un salto, entró a mi habitación sin hacer más que un suave ruido en el piso al aterrizar. Miró con curiosidad mi cuarto. Estaba enfundado solo en un jersey con cazadora azul, color que ya me había dado cuenta que le quedaba bien. Se paseó un momento observando el interior con interés, y, finalmente, me sonrió.
Ya era hora de que subieras, ¿en qué te entretuviste tanto?- preguntó, desplomándose relajado a un lado de la cama. Si alguien de mi familia hubiera hecho eso lo habría mirado con un claro gesto de "no te he dado la confianza".
Era sospechosa la manera desbocada en que confiaba en él, y la forma en que le dejaba ingresar a mi vida así, sin más. No pertenecía al criterio de seudo romances horrorosos que había visto en películas, leído en libros o visto en cualquiera de las personas que me rodeaban. Recordé a mi prima Jacqueline y tuve la imagen de ella con su novio atracando tras una puerta en algún cumpleaños de mi tía, cuando yo era muy niña. Y mis padres, un amor tan profundo que solía conmoverme en mi secreto sentimentalismo. Si alguna vez me había imaginado con alguien había sido pensando en una armonía similar a la suya.
- ¿Qué tal Port Angeles?- preguntó Matthew, mirando el techo con las manos detrás de su nuca.
- Revelador- reconocí- Conocí a Will.
- Ah…- El tono divertido en Matthew era evidente- Ese perro, ¿te coqueteó?
- No- murmuré mirando mis manos y sintiendo cómo me observaba- De hecho me comentó que habías estado algo distraído durante la semana.
Fue la primera vez que lo vi desviar intencionadamente los ojos, y saber que era por mí me convenció de que, quizás, esto era algo más que un estúpido primer capricho mío. Estiré mi mano y vacilé sin saber muy bien cómo actuar, pues nunca había hecho esto. Con dedos temblorosos, acaricié su mejilla, sin ver sus ojos azules. Temía que esto no le gustara, que se diera cuenta de que yo en verdad estaba interesada, quizás él solo estaba divirtiéndose un momento a cuesta de la chica nueva y aquello lo alertaría de que había llegado la hora de emprender la retirada. Pero eso no calzaba con la imagen que tenía de él.
Matthew se incorporó, sentándose al igual que yo con las piernas cruzadas sobre la cama, mirándome directamente. Me sonrió con descaro antes de besarme, pero sus ojos permanecían serios y expectantes por decir algo. Me tomó la mano y entrelazó nuestros dedos, haciéndome sentir más inferior físicamente de lo que ya me creía. Con su otra mano jugueteó en mi cabello, desordenado como siempre, y bajó hasta mi mandíbula para atraerme hacia él. Primero me besó bajo el mentón con una suave caricia que iba dejando una huella de calor bajo la piel, se detuvo en mi nariz y me dio un suave beso, húmedo y a la vez cálido en cada poro. Al final, me besó con violencia en la boca, jugando con sus labios y su lengua en espera de mi respuesta. Que no podía tardar en llegar.
Sería una interesante noche.
Hola! Bueno, acá hay un nuevo capítulo. Gracias a todos los que han llegado leyendo hasta acá y que me han apoyado aunque no sea un fic demasiado tradicional. De veras, muchas gracias!! Un beso, GreenDoe.
