Siete.

Más tarde, en casa, me esfuerzo por dormir, por retomar la situación en la que se interrumpió mi último sueño; pero la visita de Edward me ha dejado, mentalmente, más despierta que nunca. Aunque en el aspecto físico estoy agotada a más no poder.

La mañana siguiente, a la hora del desayuno, mi madre me sirve una pila de tortitas mientras insiste en que tengo que comer, en que mi padre y ella están preocupados por la palidez de mi cutis y mis ojos enrojecidos. Pero tras una noche en la que habré dormido dos horas, como mucho, no tengo apetito, así que acabo por trazar surcos en el charco de jarabe de arce que tengo en el plato, incapaz de quitarme a Edward de la cabeza.

Incapaz de permanecer despierta.

Por fin, después de tres mordiscos y unos quince minutos de surcos en el jarabe, me levanto de la mesa y me encamino al cuarto de baño de la primera planta. Cierro la puerta con pestillo y noto que una sensación de frío me recorre los hombros.

No es la primera vez que entro aquí. Solo que desde que me enteré de lo que ocurrió en esta casa, llevo evitándolo como la peste y ahora utilizo el cuarto de baño de la planta baja.

Paseo la vista alrededor y me pregunto qué aspecto tendría veinte años atrás. ¿Eran las paredes color vainilla, como ahora? ¿Son estas las mismas baldosas de cerámica? ¿El mismo grifo cromado del lavabo?

¿Y la bañera?

Bajo la vista y la examino. El corazón me palpita con tanta fuerza que casi oigo los latidos. Imágenes de aquél día de hace veinte años me pasan por la mente a toda velocidad, aunque yo no estuve aquí; ni siquiera había nacido. Imagino el rostro de Edward y su expresión de sorpresa al ver la palanca que se dirigía hacia él. Y lo veo cayendo hacia atrás, de cabeza, y golpeándose contra el fondo de la bañera de hierro fundido.

Me aparto mientras reprimo el impulso de vomitar y caigo en la cuenta de que estoy helada. La temperatura en el cuarto de baño ha debido de descender unos diez grados, por lo menos.

– ¿Bella? –me llama mi madre, golpeando en la puerta–. ¿Te encuentras bien?

–Perfectamente –respondo y me pongo a examinar el radiador que hay debajo de la ventana mientras me cuestiono si funcionará.

– ¿Te apetecen más tortitas? –pregunta.

Le contesto que no, perpleja ante la ocurrencia. ¿Es que no ha visto las que me he dejado en el plato?

Atravieso la estancia para comprobar si el radiador está en marcha, y extiendo las manos sobre el aparato. Pero no noto más que frío, un frío agudo y penetrante que me cala hasta los huesos y me provoca un hormigueo en la piel.

En ese mismo momento, algo me roza la espalda y me sube reptando por la columna vertebral. Sobresaltada, me giro para mirar. Pero no veo a nadie; no hay nadie junto al lavabo, ni en la bañera, aunque tengo la sensación de que me están observando.

– ¿Mamá? –llamo elevando la voz, mientras me pregunto si aún seguirá detrás de la puerta.

No responde.

Me doy la vuelta otra vez, y me digo que solo son cosas de mi imaginación, que tengo que calmarme.

Los tubos del radiador están tan fríos como el cuarto de baño. Me pongo en cuclillas y pongo la oreja sobre el metal. Quiero comprobar si se oye la ráfaga de calor subiendo por las tuberías, pero reina un silencio inquietante.

Instantes después, descubro un objeto brillante encajado entre los tubos. Parece una especie de cadena, puede que sea un collar. Intento introducir los dedos para sacarlo, pero se encuentra demasiado apartado.

–Bella –llama mi madre de nuevo desde el otro lado de la puerta.

Respiro hondo. El olor a manzanas con especias impregna el aire.

– ¿Edward? –susurro yo.

–Bella –repite mi madre–. ¡Levántate ahora mismo! –golpea algo con fuerza a poca distancia de mi cabeza. El ruido me despierta.

Ya no estoy en el cuarto de baño, sino en la cocina, sentada a la mesa, con la cabeza apoyada sobre una almohada de servilletas. Frente a mí hay un plato con tortitas.

–Lo siento –me disculpo, al mismo tiempo que me incorporo. Mi madre está de pie, junto a mí, y sujeta una sartén. Salta a la vista que la ha utilizado para despertarme–. Debo de haberme quedado dormida.

–Tu padre y yo estamos preocupados por ti –me recuerda.

–Lo siento –repito.

– ¿Estás tomando drogas? –sus labios forman una línea delgada, iracunda.

Niego con la cabeza, demasiado adormilada para tomar en consideración su absurda teoría. En vez de eso, agarro mi cuchillo de manteca, me levanto de la mesa –esta vez de verdad– y me encamino directamente al cuarto de baño de la primera planta.

El radiador de hierro fundido se encuentra a plena vista. Justo como en mi sueño, está pintado de color plata metálico, pero aún se percibe el tono verde oscuro anterior, en los lugares donde ha saltado la pintura. Me aproximo despacio mientras me doy cuenta del frío que hace y siento que en los brazos se me pone la piel de gallina. Me coloco en cuclillas y miro a través de los tubos.

Y es entonces cuando lo veo. Ahí está el collar de mi sueño.

– ¿Bella? – mi madre abre la puerta de par en par–. ¿Qué pasa?

Abro la boca con labios temblorosos, pero no articulo palabra.

Sus ojos se contraen al descubrir el cuchillo que tengo en la mano.

– ¿Qué haces?

–Se me ha caído un collar –respondo al cabo de unos instantes.

Asiente con la cabeza, pero sé que no acaba de creerme. Aun así, me deja sola, después de hacerme un comentario sobre el frío que hace en el cuarto de baño y añadir que debe examinar el termostato en la planta baja.

Tengo que ejecutar una serie de maniobras pero, al final, consigo sacar el collar de entre los tubos con la ayuda del cuchillo de manteca.

Es una cadena de plata de ley con un colgante en forma de corazón. Deslizo los dedos por ella y advierto que el broche está cerrado, pero hay varios eslabones rotos. En el colgante aparecen las iniciales E.C., grabadas con una hermosa letra cursiva.

El pulso se me acelera al recordar aquellos artículos en Internet. Esme en el nombre de pila de la señora Cullen.

El collar tiene que ser suyo.