CAPÍTULO 06
Un hombre con traje le salió al paso.
—He venido a ver a Kenji Tsukino —dijo Darien.
—Le haré saber que ha llegado.
El hombre lo llevó por un corredor tan largo que Darien tuvo tiempo de preguntarse qué habría dicho Serena sobre él; a fin de cuentas, se suponía que estaban casados. Como no se habían puesto de acuerdo, corría el riesgo de decir algo que contradijera su historia; pero ya no tenía remedio.
Al cabo de unos minutos, el hombre le preguntó:
—¿Es usted Darien Chiba?
—Lo soy.
—Pase —dijo, señalando una puerta.
Darien entró en un despacho. Esperaba que el padre de Serena estuviera sentado detrás de una mesa, pero lo encontró en un sillón de aspecto cómodo, junto a una mesita llena de documentos y papeles.
—Siéntese, por favor.
Darien se sentó en una butaca y miró a Kenji Tsukino. Rubio y con canas, llevaba unos pantalones y una camisa de trabajo de color pardo.
—Imagino que ha venido a buscar trabajo.
—En efecto, señor.
—¿Sabe algo sobre la producción de cerveza?
—No.
—Pero la bebe. Darien sonrió.
—¿Es un requisito? —preguntó con humor.
Kenji soltó una carcajada.
—Sólo es lo que suele responder la gente cuando viene a pedir trabajo. No todos nuestros empleados son de la familia —explicó, entrelazando los dedos de las manos. —Por cierto, debe saber que su llegada ha despertado mucho interés.
Darien asintió. —Es normal.
—Pero no tanto como al principio —puntualizó Kenji -. Resulta difícil de comprender que un hombre recién casado abandone a su mujer y a su hijo para marcharse a buscar fortuna.
Darien no supo qué decir. Y no lo supo porque él jamás habría abandonado a su mujer y a su hijo.
—Sé que le enviaba dinero —continuó, —pero Serena no necesita dinero; mi nieto y ella están bien en ese sentido. Lo que necesitan es un marido y un padre, respectivamente.
—Lo sé, señor. Es lo que pretendo ser.
—¿No va a decir nada en su defensa?
—¿Qué podría decir? —replicó. —Tendré que volver a ganarme la confianza de Serena, de mi propio hijo y de todos ustedes. Sin embargo, todo hombre merece una segunda oportunidad, ¿no le parece?
—Tendrá que esforzarse mucho para borrar seis años de ausencia. Será un trabajo difícil.
—Pero lo haré.
Kenji lo miró con intensidad, midiéndolo, calculándolo.
—Eso ya se verá. Pero se lo advierto: no les haga daño.
—De ningún modo.
El padre de Serena se levantó y caminó hasta la ventana.
—Comprenderá que el simple hecho de estar casado con Serena no le concede privilegio alguno en esta empresa.
—Espero ganarme el sueldo, como siempre.
—Tendrá que aprender el negocio, lo cual implica mucho esfuerzo y tiempo extra. ¿Será capaz de afrontarlo?
—Lo seré.
—He notado que cojea.
—Mi pierna está bien. Puedo trabajar como cualquier hombre.
Kenji se giró y lo miró.
—Muy bien; empezará a trabajar en el edificio donde preparamos la malta. Mi sobrino Rubeus es el encargado. Será su jefe.
Darien se levantó.
—¿Y dónde está ese edificio?
Rubeus Blackmoon era tan alto como Darien, pero de hombros y pecho notablemente más anchos.
Darien le había visto en la reunión familiar de la noche anterior, aunque todavía no se aclaraba con quién era quién.
—Tendrá que demostrar su valía como el que más.
Rubeus se lo dijo delante de una docena de hombres.
El sudor le aplastaba el cabello contra la frente, y el ruido de los motores, de las poleas y de las cintas transportadoras era tan fuerte que tenía que gritar para hacerse oír. Olía tanto a cebada que casi resultaba insoportable.
—El jefe quiere que aprenda las nociones básicas del trabajo —continuó, —así que hoy se dedicará a mirar y a familiarizarse con el proceso. Mañana irá a los depósitos.
Darien supuso que con lo de jefe se refería a Kenji, y escuchó a Rubeus mientras daba órdenes al resto de los presentes. Aunque en la cervecera trabajaban varias mujeres, allí sólo había hombres; y no tardó en descubrir el motivo: era un trabajo sucio y bajo un calor espantoso, que exigía tener músculos fuertes.
Cuando llegó la hora de comer, a Darien le dolía la cabeza por el olor y las explicaciones sobre depósitos y maquinaria. Para un hombre acostumbrado a vivir al aire libre, todo aquello resultaba caótico y extraño.
Se oyó un silbato y los hombres abandonaron sus tareas. Las máquinas quedaron en silencio y las conversaciones sustituyeron al ruido. Darien cruzó el patio con el resto de los trabajadores y entró en un edificio donde había cubos con manzanas, un barril de cerveza y los emparedados que Ikuko había preparado horas antes.
Rubeus caminó hacia Karmesite y empezó a comer con ella. Darien vio a Serena y se acercó con inseguridad y algo excitado, aunque supuso que Serena no era consciente de lo bien que le quedaban los pantalones y lo mucho que enfatizaban las curvas de sus caderas.
Al verlo, Serena se giró y frunció el ceño. Después, notó que los estaban mirando y le hizo un gesto para que la acompañara a una mesa situada al fondo.
Darien se sentó frente a ella. La pierna le dolía bastante, de manera que la apoyó en un banco antes de desenvolver su emparedado.
—¿Qué trabajo le ha asignado?
—Estoy con la malta. Huele tan fuerte que tendré que acostumbrarme...
Serena echó un vistazo a su alrededor y lanzó una mirada a Karmesite y a Rubeus antes de clavar la vista en él.
—¿Karmesite y Rubeus están casados?
Ella asintió.
—No se preocupe por el olor. Ya cambiará —explicó. —Cuando se le añade el lúpulo, adquiere un aroma más dulce.
—Pensé que Karmesite se quedaba en casa, con su madre...
—Sí, pero viene a traer la comida. —Nunca imaginé que hacer cerveza fuera tan complejo.
—Es todo un arte. Mi abuelo ya debería haberse jubilado, pero mi tío Taiki, que es el verdadero jefe de todo esto, está encantado de que siga siendo el maestro cervecero.
—Pues debo decir que su cerveza es magnífica. Mucho mejor que la que había probado hasta ahora.
—Intentamos abrirnos paso en un mercado dominado por el whisky, la sidra y la cerveza de estilo inglés. No es fácil; pero ahora que tenemos maquinaria, podemos producir más y mejorar el producto.
—¿Mejorarlo?
—En el sentido de conseguir un producto más uniforme —afirmó. —Este año está siendo bueno para nosotros.
—¿Por qué?
—El invierno pasado no fue muy frío. Había poco hielo, lo cual subió los costes de las cerveceras que no tienen neverías. Nosotros las usamos desde hace ocho años, y la exposición de Denver nos ha ofrecido una ocasión magnífica para presentar nuestros productos a todo el país.
Aquélla era la segunda vez que Serena entablaba una conversación relajada con él, y a Darien no le pasó desapercibido que la cerveza había sido el tema central en las dos ocasiones. Serena le recordaba a las mujeres emprendedoras que vivían y trabajaban en Alaska; no eran muchas, pero todas eran inteligentes y capaces y algunas también llevaban pantalones. Sin embargo, a ninguna le quedaban tan bien como a ella; de hecho, la temperatura parecía haber subido desde que la vio.
En ese momento sonó el silbato y Serena se levantó.
—¿Ya ha terminado de comer?
Darien vació su jarra de cerveza.
—Sí. Gracias por sentarse conmigo. —No tenía elección.
Cuando salieron al patio, Serena se alejó hacia uno de los edificios. Darien tomó aliento y volvió al trabajo.
Los días siguientes siguieron más o menos con la misma rutina. Dejaba a Alexander en el colegio, subía a la carreta de Amy, iba a la cervecera y dedicaba diez horas de esfuerzo, con un solo descanso para comer, a demostrar su capacidad.
Cuando anochecía, se sentaba con Alexander a la mesa, frente a Serena, y aprendía lo que se sentía al ser partícipe de las conversaciones y las risas de aquella familia. Ikuko siempre encontraba un momento para acercarse y pedirle opinión sobre algo; y luego se marchaba de improviso, algo típico de ella.
Una noche, estando junto al fuego, la madre de Serena le puso una mano en el hombro y la apartó con rapidez. Minutos después, le dijo a su hija:
—A tu marido le duele la pierna. —Estoy bien, señora.
—Puedo llamar al médico.
Darien se encogió de hombros.
—No podría hacer nada, salvo darme algo para el dolor. La pierna se me está curando por su cuenta.
—Ponle hielo —dijo Ikuko a Serena. —Después, calienta un saquito de arroz. Se sentirá mejor y le ayudará a dormir. ¿Duerme bien?
—Sí, duermo perfectamente —respondió Darien.
—Lo dudo; parece cansado. Serena, lleva a tu esposo a vuestra habitación. Serena se levantó. —Arriba, Alexander.
El niño guardó sus caballitos de madera en una bolsa.
—Venga, chico —ordenó al cachorro, al que había llamado Felix.
Serena se giró hacia Darien y dijo: —Subiré enseguida.
Cuando ya estaban en la escalera, Alexander comentó a su padre:
—Tengo un caballo que parece del ejército. ¿Lo has visto?
—No, pero espero que me lo enseñes alguna vez...
Darien subió con cuidado, para no hacerse daño en la pierna.
El niño entró en la habitación de su madre, se arrodilló en la alfombra y sacó los caballitos de la bolsa, con Félix a su lado. Darien se acomodó en el sillón y escuchó al pequeño mientras le daba todo tipo de explicaciones sobre sus juguetes.
Serena apareció al cabo de unos minutos y cerró la puerta. Miró a Darien, miró al niño y frunció el ceño. Estando delante de su hijo, no tendría más remedio que fingir y tutearlo.
—Túmbate en la cama —ordenó.
Darien se quitó las botas y se tumbó. Ella puso un cojín en la parte inferior y le dijo que apoyara el pie en él. A continuación, le miró la pierna y acercó el paño lleno de hielo que llevaba en la mano.
—¿Dónde te duele?
Darien se levantó el pantalón para que pudiera ver la cicatriz.
—Está hinchada —dijo ella, sorprendida.
—Está perfectamente.
Serena le puso el hielo.
—Gracias...
Ella apartó la mirada.
—¡Cuéntanos una historia! —exclamó Alexander. —Por favor...
Serena alcanzó una tela de brocado y un artefacto de madera y se sentó en la mecedora.
—¿Qué es eso? —preguntó Darien.
—Un bastidor. Estoy haciendo una colcha para el bebé de mi prima.
—¿Para Karmesite?
Ella frunció el ceño.
—Karmesite no tiene hijos. Es para Lita, que está embarazada.
—Vaya, otro hermanito para Paul y Emma...
El hielo le hizo bien y empezó a sentirse mejor, de modo que decidió contarle una historia a Alexander.
—Un invierno, cayó tanta nieve al norte de Skagway que la capa tenía seis metros de profundidad e incluso más que eso hacia el Yukon. Ni yo ni el resto de los mensajeros nos podíamos arriesgar a salir con los perros, de modo que tuvimos que esperar a que se derritiera. Los montones de correo eran tan altos que tuvimos que construir un almacén especial y vigilar las sacas de noche.
—¿Por qué teníais que vigilarlas? —preguntó el niño.
—Porque los periódicos son más valiosos que el oro para la gente que quiere tener noticias del mundo y de su hogar. Además, a veces había dinero en las cartas... y hay gente capaz de robarlo.
—¿Yuri te ayudaba a vigilar?
—Por supuesto, como el resto de mis perros. Un día, nos contaron que un compañero nuestro, harto de las quejas de la gente, quiso quemar todo el correo que guardaba.
—¿Y lo consiguió?
—Le prendió fuego, pero lo apagaron a tiempo y le echaron de la ciudad.
Darien empezaba a tener la pierna entumecida, así que preguntó:
—¿Puedo quitarme el hielo?
Serena se levantó y se lo quitó.
—Traeré el saco caliente —dijo.
Cuando regresó, se lo puso en la pierna.
—¿Es arroz? —dijo él.
—Claro.
—Pues está duro...
—No habrías pensado que lo íbamos a cocinar antes.
—Ah...
Serena soltó una carcajada. Darien se sintió un poco ridículo, pero el sonido de su risa le encantó.
—No tenía idea —explicó él. —No conocía este tratamiento...
—¿Tu madre nunca te puso hielo cuando te dolía el estómago?
—No llegué a conocerla.
Serena le lanzó una mirada solemne.
—¿Por qué? ¿Murió?
—No lo sé.
Ella volvió a la mecedora y alcanzó el bastidor, pero no siguió trabajando en el brocado.
—Crecí en una inclusa —explicó.
—¿Qué es una inclusa? —preguntó Alexander.
—Un orfanato —respondió Serena. —El sitio adonde llevan a los niños sin padres.
—Pero todo el mundo tiene padres...
—Sí, pero algunos se van y otros mueren —dijo Darien.
—Tú no te morirás, ¿verdad, madre?
—Por supuesto que no, cariño. Tu madre goza de tanta salud como los cerdos de tu querido tío Haruka.
Alexander rompió a reír, pero enseguida se puso serio y quiso saber más.
—¿Y dónde estaban tus abuelos y tus tíos? ¿No podías vivir con ellos?
Darien se encogió de hombros.
—No tenía a nadie. A nadie que me quisiera.
—¿Y cuánto tiempo estuviste en ese sitio?
—Estuve hasta los diez años. Entonces me marché a trabajar a Ontario y fui aprendiz de un médico —contestó.
Alexander lo miró con asombro.
—¿Eres médico?
Darien sacudió la cabeza.
—No, sólo aprendí a limpiar heridas y cosas así. Me escapé y me embarqué en un ballenero.
Alexander se levantó de repente.
—¿Viste ballenas?
—Sí, claro que sí...
—¿Y no te tragaron?
—Bueno, ya basta de preguntas —intervino su madre. —Guarda tus juguetes y prepárate para acostarte.
—Está bien... Pero a Jonás se lo tragó una ballena. Lo he leído en un libro.
—Ya te contaré cosas de las ballenas —le prometió Darien.
Alexander se acercó a la cama y declaró:
—Me has metido en la cama otras noches, así que esta vez puedo meterte yo a ti. Pero tienes que quitarte los pantalones y la camisa...
Darien le dio un abrazo y el niño lo tapó con la manta.
—Me los quitaré enseguida. Buenas noches, Alexander.
—Buenas noches, padre.
Serena y el niño desaparecieron de inmediato. El hielo y el calor posterior le habían sentado tan bien a Darien que se sentía más relajado que nunca. Echaba de menos la compañía de Yuri, pero su presencia en el dormitorio de Serena ya era bastante imposición. Además, Yuri no estaba acostumbrado a temperaturas tan altas.
El tampoco lo estaba, pero empezaba a acostumbrarse.
Cerró los ojos. Quería disfrutar un poco más.
Felix se tumbó en el suelo, junto a la cama del niño. Serena acarició la cabeza peluda del perrito, que la miró con sus ojos azules. Entre Darien y él, Alexander era más feliz y estaba más animado que nunca.
—Es una pena que papá no tenga familia, ¿verdad? —dijo el pequeño, con expresión de tristeza. —Nunca había conocido a una persona que no tuviera familia.
Serena pensó que, si Darien había dicho la verdad, era ciertamente triste.
—Hay mucha gente con problemas. Sin embargo, él los superó.
—Pero ya no tiene que estar solo. Ahora nos tiene a nosotros.
Serena le acarició el pelo.
—Claro.
Cabía la posibilidad de que la historia de Darien Chiba fuera una estratagema para ganarse su simpatía, pero a falta de elementos de juicio, Serena había decidido concederle el beneficio de la duda.
Un minuto después, salió del dormitorio, cerró la puerta y bajó a la cocina para llenar una jarra de agua. Cuando entró en su habitación, dejó la jarra junto a la jofaina y miró a Darien, que dormía en la cama con los ojos cerrados.
No tenía derecho a estar allí. Había entrado en sus vidas sin que nadie se lo pidiera. Su presencia era una extorsión porque no podían decir la verdad y desacreditarlo sin exponer a Alexander a las consecuencias de aquella mentira.
Cerró los ojos y respiró a fondo varias veces para mantener la calma.
Se sentía atrapada y culpable. De día, el trabajo y el cuidado de su hijo le permitían escapar de aquella situación, dejar de pensar en ello. Pero al final siempre tenía que enfrentarse a la dura verdad de compartir su habitación con un desconocido que había descubierto su secreto.
De no haber sido por el niño que dormía a pocos metros, habría guardado sus cosas y se habría marchado lejos de allí.
Se miró las manos, vio que temblaban y decidió que no permitiría que Darien Chiba la acobardara. A continuación, se cambió detrás del biombo, se aseó un poco, sacó el edredón y la manta que él estaba usando por las noches y los extendió en el suelo. Pensó que su madre desaprobaría lo que estaba haciendo; pero su madre no sabía que aquel hombre era un desconocido para ella.
—Por favor, levántese de mi cama —dijo, desde una distancia prudencial.
Darien no movió ni un músculo.
Serena se acercó, le dio un golpecito en el hombro y repitió la frase.
—Levántese de mi cama.
El siguió sin reaccionar.
Harta, alcanzó un cojín, le sacudió con él en la cabeza y ordenó:
—¡Fuera!
