(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 6.
Pasaron dos semanas siguientes viajando a través del continente. Las noches se fueron haciendo más frías; los días, más cortos. Una lluvia helada los acompaño durante cuatro días, a lo largo de los cuales Candy paso tanto frio que empezó a considerar seriamente la idea de arrojarse por un barranco y, con suerte arrastrar a Albert con ella.
Todo estaba empapado y medio congelado. Aunque Candy podía soportar el pelo mojado, el calzado húmedo le parecía un martirio. Apenas notaba los dedos de los pies. Todas las noches se los envolvía en la primera tela que se encontraba. Tenia la sensación de que estaba empezando a pudrirse, y con cada ráfaga de viento gélido se preguntaba en que momento se le caería la piel. No obstante, como suele pasar en otoño, la lluvia ceso de repente y un cielo despejado y brillante volvió a extenderse sobre ellos.
Candy dormitaba en los hombros de la yegua cuando el príncipe heredero abandono la formación y, con su castaño pelo rebotando al ritmo del caballo, troto hacia ellos. La capa roa de Terrence se elevaba y caía como una ola carmesí. Sobre la camisa blanca y lisa lucia un refinado jubón azul cobalto ribeteado de oro. Candy estuvo a punto de soltar un bufido, pero debía reconocer que estaba muy guapo con sus botas marrones altas hasta la rodilla. Y el cinturón de cuero le sentaba de muy bien…, aunque el cuchillo de caza era algo recargado, con tantas joyas. Terrence se detuvo junto a Albert.
- Venid – ordeno al capitán, y señalo con un gesto la escarpada colina cubierta de hierba que la compañía comenzaba a remontar.
- ¿Adonde? – pregunto Albert, e hizo tintinear la cadena para que el príncipe reparara en ella. Adondequiera que fuese el capitán de la guardia, tendría que llevar a Candy consigo.
- A contemplar la vista – aclaro Terrence -. Traed a esa con vos.
Candy se enfureció "¡A esa!". ¡Ni que fuera una pieza de equipaje!
Albert se separo de la formación y dio un buen tirón a la cadena. La muchacha agarro las riendas y partieron al galope, con el penetrante olor de las crines metido en las fosas nasales. Subieron rápidamente la empinada colina. El caballo avanzaba a trompicones, y Candy intento no alterarse cuando resbalo de lado de la silla. Si se caía, se moría de vergüenza. Pero entonces el sol del atardecer surgió entre los arboles, a sus espaldas, y Candy se quedo sin aliento cuando una torre apareció ante ella, luego tres, y luego otras seis mas, como agujas que hendieran el cielo.
En lo alto de la colina, Candy se quedo mirando la obra suprema de Adarlan: el castillo de cristal de Rifthold.
Era gigantesco, una ciudad vertical de torres, puentes, cámaras y torreones resplandecientes y cristalinos, salones de baile sobre el catillo de piedra original y su construcción había requerido la riqueza de todo un reino.
Recordó la primera vez que lo vio, hacia ocho años, frio e inmóvil, congelado como la tierra que pisaba el rechoncho poni de su infancia. Ya entonces el castillo le había parecido una obra de mal gusto, un desperdicio de recursos y talento, con aquellas torres como garras que quisieran arañar el cielo. Recordó la capa azul claro que tanto le gustaba, el peso de sus rizos, el roce de sus medias contra la silla, la mancha de barro en los zapatos de terciopelo rojo que tanto la preocupaba, y aquel hombre en el que no paraba de pensar…, el hombre al que había matado tres días antes.
- Una torre más y el castillo entero se vendrá abajo – comento el príncipe heredero, que se había detenido al otro lado de Albert. El ruido de la comitiva que los guiaba hasta ellos -. Aun nos quedan unas cuantas leguas por delante y preferiría recorrer estas montañas a la luz del día. Esta noche acamparemos aquí.
- Me pregunto que opinara de ella vuestro padre – dijo Albert.
- Oh, le parecerá bien… hasta que abra la boca. Luego comenzaran los rugidos y los bramidos y me arrepentiré de haber malgastado estos dos meses intentando encontrarla. Pero… bueno, creo que mi padre tiene asuntos mas importantes de los que preocuparse.
Dicho eso, el príncipe se alejo.
Candy no podía apartar los ojos dl castillo. Se sentía muy pequeña, incluso desde tan lejos. Había olvidado hasta que punto la inmensa construcción empequeñecía cuando se encontraba a su alrededor.
Los soldados desplegaron, encendiendo hogueras y levantaron tiendas.
- A juzgar por tu expresión, cualquiera diría que te espera la horca y no la libertad – se extraño el capitán.
Candy se enrollaba y desenrollaba del dedo una correa de la rienda de cuero.
- Es raro volver a ver esto.
- ¿La ciudad?
- La ciudad, el castillo, los arrabales, el rio – la sombra del castillo se cernía sobre la ciudad como una bestia descomunal -. Aun no se lo que paso.
- ¿Te refieres a cuando te capturaron?
La chica asintió la cabeza.
- Aunque afirmáis que os mueve el ideal de crear un mundo perfecto bajo el dominio del imperio, vuestros gobernantes y políticos se destrozan sin ningún remordimiento. De modo que, en cierto sentido, también son asesinos.
- ¿Crees que uno de los tuyos te traiciono?
- Todo el mundo sabía que yo recibía los mejores encargos y que podía exigir cualquier suma a cambio – escudriño las serpenteantes calles de la ciudad y los meandros del rio, que brillaban con luz trémula -. Sin mi, habría una vacante de la que podrían aprovecharse. Tal vez fuera uno, tal vez, muchos.
- No puedes esperar encontrar honor entre semejante compañía.
- No he dicho que la hubiera. No me fiaba de casi nadie y sabía que muchos me odiaban.
Candy tenía sus sospechas, claro. Y aunque sospechaba de alguien en particular, aun no estaba preparada para enfrentarse a la verdad. Quizá no lo estuviera nunca.
- Tu paso por Endovier debe de haber sido terrible – mustio Albert.
Sus palabras no escondían burla ni mezquindad. ¿Podía considerarlo compasión?
- Si – contesto ella despacio -. Así fue – el la miro como pidiéndole que continuara. Bueno ¿Qué le importaba a ella contárselo? -. Cuando llegue, me cortaron el pelo, me entregaron harapos por toda vestimenta y me plantaron un pico en las manos, como si supiese que debería hacer con el. Me encadenaron a los demás y soporte los latigazos igual que todos. Pero los capataces habían recibido órdenes de tratarme con un cuidado especial, así que se tomaban la libertad de fritarme las heridas con sal (la misma sal que yo extraía de las minas) y me azotaban tan a menudo que algunos de los cortes nunca se cerraban. Si las heridas no se me infectaron, fue gracias a la amabilidad de uno cuantos prisioneros de Eyllwe. Todas las noches, algunos de ellos se quedaban despiertos hasta altas horas de la madrugada para limpiarme la espalda.
Albert no contesto. S limito a mirarla un instante antes de desmontar. ¿Había sido una estúpida por contarle algo tan personal?
Aquel día, Albert no volvió a hablarle, salvo para darle ordenes.
Candy se despertó sobresaltada. Se llevo la mano al cuello y noto el sudor frio que le caía por la espalda y se le acumulaba en el hueco entre la boca y la barbilla. Ya había tenido aquella pesadilla otras veces. En el sueño, yacía en una de las fosas comunes de Endovier. Cuando intentaba quitarse de encima una maraña de extremidades en estado de descomposición, caía sobre un montón de cadáveres de unas veinte capas. Nadie se había dado cuenta de que estaba gritando cuando la enterraban viva.
Presa de las nauseas, Candy se abrazo las rodillas. Respiro – tomo aire y lo soltó y otra vez – y por fin ladeo la cabeza apoyando el pómulo contra sus puntiagudas rotulas. El castillo iluminando despuntaba sobre la ciudad dormida como un monte hecho de hielo y vapor. Tenía un tinte verdoso y parecía latir.
Al día siguiente a esas horas, estaría encerrada entre aquellas paredes, pero de momento todo era paz y tranquilidad, como la calma que procede a la tormenta.
Se imagino que el mundo entero dormía, encantado por la luz verde mar del castillo. El tiempo iba y venia, las montañas se alzaban y caían, las enredaderas reptaban por la ciudad adormilada y la ocultaba bajo capas de espinas y hojas. Candy era la nica que estaba despierta.
Se envolvió con la capa. Tenía la intención de ganar. Vencería, serviría al rey y luego desaparecería de la nada, y no volvería a pensar en castillo, reyes o asesinos. Candy deseaba volver a reinar en aquella ciudad. La magia había muerto, el pueblo de las hadas había sido desterrado o ejecutado, y ya nunca volvería a tener nada que ver con el auge y la caída de ningún reino.
No estaba predestinada a hacer nada. Ya no.
Con una mano apoyada en la espada, Terrence Grandchester contemplo a la asesina desde el otro extremo del campamento. Despedía un aire triste, allí sentada tan quieta, con las piernas contra el pecho y la luz de la luna bañándole el pelo en plata. Con el fulgor del castillo reflejado en los ojos, su expresión no conservaba el menor vestigio de descaro o arrogancia.
Le parecía hermosa, aunque algo rara y resentida. Su belleza guardaba relación con el modo en el que se le iluminaba los ojos cuando descubría algo bello en el paisaje. Terrence no lograba entenderlo.
Imperturbable, Candy miraba el castillo, una silueta recortada contra el fulgor de la hoguera que ardía junto al rio Avery. Las nubes se agrupaban en lo alto y Candy levanto la cabeza. Por n claro en aquella masa nubosa asomo un cumulo de estrellas. Terrence pensó, sin poder evitarlo, que la estaban contemplando a ella.
No, debía recordar que solo era una asesina que tenia la suerte de tener una cara bonita y una mente rápida. Se lavaba las manos con sangre y era tan capaz de rebanarte el pescuezo como de ofrecerte una palabra amable. Y era su campeona. Estaba allí para luchar por el… y para conseguir su libertad. Nada más. Se tumbo sin apartar la mano del pomo de la espada y se durmió.
Pese a todo, la imagen lo persiguió en sus sueños durante toda la noche: una muchacha hermosa que miraba el firmamento y un grupo de estrellas que le devolvía la mirada.
Continuara…
