Disclaimer: Ni Hetalia ni sus personajes me pertenecen.


Desde que todo había terminado para nosotros en el sentido de que todos ya sabíamos que el optimismo era inservible, lo único que me mantenía fuera de la completa angustia definitiva era el pensar en Alemania y Prusia, y cuál sería su destino.

Pero ese día, el 2 de mayo, fue un día especial en el sentido neutro de la palabra. Realmente, desde que los soviéticos habían llegado todo había sido como baldazos de agua fría a nuestra realidad, pero esto había sido lo peor. Nada dolía más que ver la verdad ante tu ojos, algunos, desfigurados ante tal cruel verdad, preferían aferrase a la dulce mentira y seguir oponiéndose a ella. Todos ellos eran fusilados. Era el momento de hacer ver la verdad y erradicar la mentira, decía Rusia.

Todo el 2 de mayo fue un día denso y de transición para todos, la transición definitiva entre la ilusión y la realidad. Con la Sra. Schneider nos pasamos el día con las vecinas cociendo harapos y compartiendo algunas palabras para aliviar el ambiente, aunque cada palabra en el fondo estaba cargada de profundo dolor. Yo, particularmente ese día sentía como si tuviera algo atascado en mi pecho, como un aire que me ofuscaba, pero no podía hacer nada.

A diferencia de nosotros, los rusos festejaban y cantaban por las calles, felices de que la guerra hubiera terminado por fin. A muchos eso les molestaba. No faltaban las personas a que les hubiera gustado creer que solo ellos sufrieron, pero no, ahora era evidente, que los soviéticos sufrieron tanto como nosotros, o incluso…

Fue un día horrible, aunque sorprendentemente tranquilo, nadie nos molestó, hasta que llevó la noche.

Cuando cayó la noche, alrededor de las nueve, se desató un suceso de lo más hilarante. Desconcertada, fue hasta la puerta en donde alguien había tocado. Al abrirla, solo recibí unos gritos de festejo y un abrazo incómodo. Rusia y los suyos se instalaron en nuestro salón a festejar y fin de la guerra, el fin de Alemania. Todo su pelotón entró con Vodka, acordeones, y un tocadiscos. Entraron y siguieron entrado. Para antes de que me diera cuenta ya habría armado una fiesta en el edificio.

De un momento para otro ya estaban todos bebiendo vodka, riendo y cantando. Yo y la Sra. Schneider nos quedamos estupefactas y quietas, en el fondo temerosas. Por el ruido que hacía la reunión había atraído a los demás tímidos vecinos, que se quedaron viendo con ojos cansados como los rusos festejaban nuestra propia caída en nuestra propia casa.

Por un rato, para nosotros fue una situación muy incómoda, completamente estáticos mirando la escena, pero pronto, al notarlo, sucedió lo que nos descoloco a todos: los rusos comenzaron a acercarnos y hablarnos, los hombres se acercaban a los demás y les convidaban vodka y hablaban, como podía, apaciblemente. No todos hablaban alemán, pero por primera vez vi realmente un intento amistoso de comunicación. Claro que todo esto nos sorprendió, y no sabíamos bien cómo responder.

Y de repente, el imponente Rusia se acercó a mí. Levanté mi mirada para encontrar la suya, y vi una sonrisa amigable y en sus ojos, una mirada con la cual nunca me había mirado. La música del tocadiscos ya sanaba, y de ella salían canciones típicas rusas y melodías aterciopeladas. Y Rusia sin desarme nada, expendió su mano para sacarme a bailar. Sin muchas energías acepté, y en estado de alerta salía a bailar lentamente con él.

-Tienes unas ojeras terribles- me dijo divertido.

-Tú te vez feliz, por primera vez no tienes cara de perturbado- le dije apática

¿Por qué me tratas así? La guerra ha terminado. Creí que ustedes estarían igual de feliz que nosotros-me dijo, y yo solo pude sentir una enorme ira recorrer mi sangre. ¿Estar feliz? ¿De qué? Nuestros hombres habían muerto de todas las maneras, nuestro país había sido invadido y violado, y tal vez, ya nunca sería libre. Habíamos vivido una mentira perversa. ¿De qué estaríamos felices? La guerra, terminada o no, había destruido todo en nosotros. Rusia no podía entenderlo, nuestras situaciones eran muy diferentes. Pero no dije nada, solo bajé la cabeza enojada mientras sabía bailando sin ganas. Él seguía sonriendo. A nuestro alrededor todos reían y cantaban, y por fin, se había roto el hielo entre nosotros, los hombres hablaban tranquilamente e incluso la Sra. Schneider se había puesto a hablar con un viejo soldado sobre como preparan un platillo típico de no sé dónde. Y aunque el hielo se hubiera roto, aún se sentía el dolor y rencor en el aire.

Vyjadila, piesnyu zavadila

Pra stipnova, sízava arlá,

Pra tavo, katórava liubila,

Pra tavo, chi pisma bieriglá.

Oy, ty piesnya, piésinka dievichia,

Ty lití za yásnim sólntsim vslied,

I baytsú na dálnim pagranichie

At Katiushi pieridái priviet.

Pust on vspómnit diévushku prastuyu,

Pust uslýshit, kak aná payot,

Pust on ziemliu bierizhiot radnuyu,

A lyubov Katiusha sbierizhiot.

Cantó Rusia cerca de mí, la canción Katyusha, y no pude no sentir admiración. Tenía que reconocer que la voz de Rusia era hermosa, de un potente tenor.

-¿Quieres volver a casa verdad?- le pregunté.

-Claro que sí. Nada me haría más feliz el ver a mis hermanas y volver a las frías calles de Moscú. Pero aún quedan cosas que hacer- me dijo finalmente. Yo no dije nada, aunque me hubiera gustado, no lo hice.

De repente, del tocadiscos salió una melodiosa y aterciopelada voz que captó mi atención, y la escuché atentamente aunque no supiera que era lo que decía.

-¿Te gusta verdad? Es Mark Naumovich Bernes, sus canciones han sido nuestro espíritu todo el camino hasta aquí.

La jornada pasó hasta altas horas de la noche, y pronto el ambiente se volvió verdaderamente festivo. Pronto llegó el momento en donde todos los soldados y Rusia hicieron el famoso baile de los cosacos, y todos aplaudimos. El vodka, el baile, todo era como un calmante a un dolor terrible, un dolor que cuando amaneciera, perdería su sentido. Y yo no lo soporté más. Disculpándome con quién fuera que estaba, salí de la sala al pasillo y luego a otra habitación. Cerré la puerta, acabando con la música de fiesta que embadurnaba la casa, y finalmente, rompí en llanto. Había querido hacerlo todo el día. Todo era tan cruel.

De repente, la puerta se abrió, y apareció Rusia evidentemente molesto. Al verme llorando, se enfureció verdaderamente.

-¿Es que nada te viene bien? ¿No te alegra que todos bailemos y reímos juntos? Para ti todos deberíamos sufrir y odiarnos- me gritó.

Aún con lágrimas en mi cara, y que no cesaran de caer, lo enfrenté sin miedo.

-¿Y qué esperabas? ¿Qué olvidara todo? ¿Crees que es fácil haberlos odiado tanto, tanto tiempo para luego tenerlos en casa bailando con nosotros, sonriéndonos? ¿Crees que puedes hacerme feliz? Me violaste ¿lo olvidas?

-Yo no soy una persona, actuó como una, pero no lo soy, soy una idea humana, y en ese momento era lo único que podía hacer, lo único en lo que me sentía capaz.

-Eso no cambia nada. Te odio con dolor ¿sabes? Nos hiciste daño, y nosotros a ti, me gritaste a la cara lo horrible de nuestra ideología, destruiste nuestro mundo.

-¿Quieres hablar de ideologías?- me dijo enfurecido, y yo solo puede pensar "Por favor no".

-No, ya lo sé, me lo has explicado. ¡No quiero oír nada! ¡Ni a ti, ni a tu ideología, ni a tus estúpidas canciones!- le grité.

-Pero seguro quieres oír esto- me dijo con una expresión de lo más perturbadora, se acercó bruscamente a mí, con en sus ojos violáceos una luz horrible.- Seguro yo asesiné a tu prometido- quedé paralizada.

-Es probable que yo le haya asesinado en Stalingrado, no lo sé, maté a tantos. Como es posible que él haya asesinado a los míos, a los niños, y violado a las mujeres. ¿Quién sabe? Nadie esta impune. No tiene sentido alguno, pero sucedió, y todos fuimos tontas víctimas de un perverso suceso.

Escuché cada una de sus palabras con ojos bien abiertos, estáticas. Lágrimas cayeron y un profundo dolor y tristeza me invadieron, y Rusia, mirándome con cierta compasión, se marchó. No me moví, no podía hacerlo. Todo era tan irreal. ¿Podía existir un mundo tan horrible, y al mismo tiempo, tan hermoso? Rusia tenía razón, no tenía sentido.

Moví mi cabeza cuando los primeros rayos del sol tocaron mi rostro, y observando el nuevo amanecer, supe comenzaría un nuevo siclo para todos, para bien o para mal, pero un nuevo ciclo. Supe que Rusia y yo ya no pelearíamos, ya no habría rencor, nos entendíamos por primera vez. Y aunque ya no tuviera nunca más optimismo, si tenía esperanza. Esperezas para mí, para Alemania, para Rusia, para todos, incluso para mí amado Hans y todos aquellos que había muerto en un completo sinsentido.


He aquí el nuevo capítulo. Repito, la historia está cerca de su final.