Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.


El guardián de los recuerdos


Para HikariCaelum

¡Feliz cumpleaños!


-VII-

Pase lo que pase, te reconoceré por tus ojos, siempre.

La propia voz de Hikari volvió a oírse con claridad dentro de su cabeza, incluso si se trataba de un recuerdo que apenas acababa de recuperar. Se mezcló con las palabras dichas por Takeru minutos atrás.

El día en que nuestras memorias fueron borradas. Fueron borradas. Borradas. Borradas. Borradas.

La castaña dio un respingo en cuanto sintió la puerta corrediza deslizarse hacia un lado, provocando que emergiera abruptamente a la realidad. Takeru ingresó a la sala de estar cargando una carpeta cerrada debajo de uno de sus brazos.

Luego de que le dijera que alguien borró sus memorias, le pidió que se cambiaran a la sala de estar para terminar de contarle todo. La convenció diciendo que allí estarían más cómodos, aunque luego la dejó varios minutos sola, primero mientras preparaba el té, y después por irse a buscar algo que no especificó y ahora suponía que se trataba de esa carpeta.

Su taza de té seguía frente a ella sin que le hubiera dado ni un solo sorbo. Cuando quiso acercársela a los labios, recordó que Takeru nunca preguntó cómo lo bebía y, sin embargo, desde el primer día que puso un pie en esa casa lo preparó igual, tal como ella lo tomaba, demasiado dulce para cualquier japonés promedio que se preocupara de su salud. A Hikari nunca le preocupó porque su salud siempre fue frágil, de niña tanto que no creía que pudiera empeorarla realmente, o no le importaba hacerlo. Amaba vivir, pero ciertas cosas, pensaba, no deberían estresar tanto a la gente; vivir con tantas reglas al final no era vivir.

Podía ser que el chico se hubiera fijado en la cafetería en la cantidad de cucharadas de azúcar que le echó a su té. Es más, era capaz de dar fe de que era atento a esa clase de detalles, quizá por su faceta de escritor. No obstante, su cabeza seguía dando vueltas luego de la revelación acerca de sus recuerdos y eso causó que un regusto amargo de bilis le subiera por la garganta, impidiéndole beber el líquido por mucho que se le antojara.

No quería sugestionarse ni recordar la voz de Miyako. Pero no podía evitarlo. Todo era demasiado extraño. Por más sentido que intentaba darle a las palabras de Takeru, no lo conseguía.

¿Les habían borrado la memoria? ¿Cuándo? ¿Por qué? Y más importante todavía, ¿quién?

¿Quién sería capaz de algo así? ¿Quién tenía el poder y podía ser tan desalmado para dejar a una persona incompleta?

¿El gobierno?

Se sintió tentada a reír cuando la propia voz de sus pensamientos le sonó a Miyako. Ella sin duda le diría algo así, y Hikari evidentemente había pasado demasiado tiempo escuchando sus teorías.

Todas las dudas que la carcomían salieron disparadas de sus labios en cuanto Takeru se sentó al frente.

—Tranquila. Sé que debes estar confundida, pero prometí que te explicaría todo y eso es lo que haré.

Hikari asintió con la cabeza. Sus ojos se desviaron hacia la carpeta que el chico puso sobre la mesa. Lo vio abrirla y extraer de ella con toda la calma del mundo un set de fotografías que puso una al lado de la otra en una línea horizontal para que la chica pudiera verlas, igual que si fuera un policía preguntándole a una víctima o testigo si reconocía alguno de esos rostros.

Ella lo conocía. A todos.

En la primera imagen estaba Taichi, en la siguiente aparecía Yamato y después estaba Sora, una ex novia de secundaria que tuvo su hermano.

A continuación, identificó a Koushiro, su buen amigo Koushiro al que había conocido gracias a Miyako. Igual que a la chica de al lado, una chica de la universidad que era más grande que ellas y se llamaba Mimi.

Después se encontró con la seria expresión de Jou, el chico que estudiaba Medicina y trabajaba voluntariamente en la enfermería. Era amable, atento y muy profesional, aunque a veces un poco torpe. A Hikari le caía bien.

Las últimas fotografías pertenecían a ella y Takeru.

Sus ojos vagaron por la mesa de vuelta a los ojos del chico.

—¿Qué es todo esto?

—Te dije que nos conocíamos, ¿no? Y que nuestras memorias fueron borradas. Cuando hablé en plural no me refería solo a ti y a mí, sino a todas las personas que ves en estas fotos.

Hikari volvió a mirarlas y las contó, a pesar de que sabía exactamente cuántas eran. Mientras tanto, el recuerdo en el que Takeru y ella hablaban frente a un río parpadeó con más fuerza dentro de su cabeza. Imágenes fugaces se atravesaron en su visión, como si en lugar de ojos estos fueran los lentes de una cámara encargados de proyectar fotografías y vídeos.

—Son ocho... —dijo lo evidente—. Ocho fotos, ocho... ¿niños elegidos?

El chico asintió ceremonialmente, con un gesto mortalmente serio en el rostro.

—Tú lo dijiste, que ese mundo existe. Entonces el protagonista de tu libro eras tú y yo...

—No fui muy original con los nombres, lo admito. Hubiera querido llamarte Hikari, porque ningún otro nombre en este mundo te queda tan bien.

Hikari calló. Sus ojos de nuevo buscaron las fotografías, como si esperara encontrar las respuestas en ellas.

—¿Comprendes ahora por qué nunca te lo dije? Creerás que estoy loco, y tal vez tengas razón. Tal vez me trastorné y todo lo que dicen de mí es cierto.

—No. —Negó tajantemente—. No estás loco.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque yo también creía que lo estaba. Cuando leí tu libro, sabía que no era normal. Por las noches tenía sueños, sueños que no podía recordar. Comenzaron a intensificarse desde que te conocí y mientras más te veía más frecuentes se volvieron. Salvo porque ahora sí los recuerdo. Yo estuve ahí, contigo y otras personas.

Takeru sonrió. Fue una sonrisa extraña; no era feliz ni triste, solo era.

—Lo sabía.

—¿Qué?

—Que debí mantenerme lejos de ti. Eres demasiado intuitiva. Ellas me lo advirtieron.

—¿Ellas? —preguntó con extrañeza.

—Las Homeostasis.

—Hablas de aquella entidad digital que se preocupa por el equilibrio de ambos mundos. —Aquello lo recordó por el libro—. ¿Ellas nos borraron la memoria? ¿Por qué?

—Porque era necesario.

—Esa no es una respuesta —le reprochó.

—Lo sé —dijo soltando un suspiro—. Pero es la única que tengo para darte.

Hikari lo miró en silencio. Tardó en comprender lo que intentaba decirle, y cuando lo hizo tuvo que llevarse las manos a la boca.

—Tú... ¿no lo sabes?

—Solo recuerdo lo que ellas quieren que recuerde. El mundo estaba devastado. Enfrentamos una batalla más grande de la que podíamos librar. Y ellas tuvieron que intervenir. Tomaron tu cuerpo como habían hecho antes. Nos dijeron que esto tenía que parar, que ellas podían hacerlo, pero que corríamos el riesgo de perder nuestros recuerdos.

—Por eso te dije que pasara lo que pasara, te reconocería por tus ojos —dedujo—. Ese día, el día que nos tomaron la fotografía que encontré y que me llevó a ese recuerdo, fue justo después de que ellas nos lo dijeran, ¿cierto?

Mientras hablaba, la imagen que tenía dentro de su cabeza comenzó a desteñirse. No era solo el césped el que estaba marchito. Todo a su alrededor estaba muriendo. El cielo parecía caerse a pedazos y no era del color que debía ser, sino de un púrpura oscuro e insano, muy distinto al del atardecer; la tierra estaba partida y el río, el sonido del río tuvo que ser creado artificialmente por ella, por su mente, porque casi no quedaba agua. No solo el mundo real se estaba derrumbando, sino también el de los digimons, y tal revelación le produjo la sensación de que una especie de muro comenzaba a resquebrajarse dentro de ella. La sensación resultó de lo más inesperada e incómoda, molesta. Ocurrió solo en segundos.

—Sí, nos dieron la oportunidad de elegir y todos estuvimos de acuerdo.

—¿Cómo pudimos hacerlo sabiendo lo que arriesgábamos? —preguntó.

—Queríamos salvar nuestro mundo y el Digital. Estábamos dispuestos a hacer lo que fuera. Sé que si lo piensas un poco, te darás cuenta de que volverías a tomar la misma decisión.

La chica tuvo que admitir que él tenía razón.

—Entonces... si lo entendí bien, solo desapareció la parte de nuestra vida en que viajamos al Digimundo. Quiero decir, yo aún recuerdo mi infancia completa, aquel campamento de verano en el que enfermé y mi hermano volvió lleno de raspones. Dijo que hubo una tormenta de nieve.

—Exactamente...

—Pero algo no me cuadra. ¿Cómo es que tú lo recuerdas? Me refiero a que dices que solo recuerdas lo que ellas quieren que recuerdes, aunque sabes la verdad, sabes lo que pasó, que nosotros estuvimos ahí.

—Porque es la misión que se me encargó. Yo tenía que ser el guardián de nuestros recuerdos y asegurarme de que nadie recordara, a pesar de que yo mismo era incapaz de recordar lo que había sucedido. Solo sabía que era importante, por eso me encargué de vigilarlos desde lejos sin que ninguno me notara, hasta que un día tuve un sueño. A la mañana siguiente lo primero que hice fue comenzar a escribirlo en mi computadora, y así surgió mi novela. Mientras más escribía, más recordaba. Estoy seguro de que ellas no se imaginaron que sería posible.

—Sigo sin entender... ¿por qué tú?

—Porque yo lo decidí así.

—¿Decidiste cargar con ese peso por tu cuenta? —preguntó con los ojos más abiertos de lo normal producto de la impresión—. ¿Por qué harías algo así?

—Esa respuesta... preferiría no dártela —murmuró aparentemente incómodo. Y a pesar de que Hikari no pudo evitar sentir compasión por él, quería saber la verdad. Lo necesitaba.

—Lo lamento, pero es un poco tarde para eso. Dijiste que me contarías todo...

—Terca como tu hermano —suspiró él—. Está bien. De todos modos, no tenía mucha esperanza de que aceptaras quedarte en la ignorancia. Nunca fuiste esa clase de persona. —Hizo una pequeña pausa, que cualquier otro podría haber interpretado como un gesto para añadir dramatismo al asunto, pero ni el asunto del que hablaban requería más dramatismo del que tenía, ni Hikari pensó eso. Ella, por el contrario, fue capaz de verlo tratando de armarse de valor para decirle lo que fuera que tuviera que decirle a continuación—. Si decidí ser el guardián de nuestros recuerdos fue porque ellas querían que tú lo fueras.

—¿Y-yo?

—Sí, tú. Suena lógico, ¿no? Eras la más sensitiva y receptiva del grupo. Por algo ellas siempre se manifestaron a través de ti. Pero para hacerlo debías renunciar a todo. A tu familia y todo tu entorno. Yo... no podía soportar la idea de que lo hicieras. Que te separaran de Taichi. Por eso las convencí de que no eras una buena opción, porque eras curiosa y en algún momento querrías averiguar la verdad por tu cuenta.

—Probablemente lo hubiera hecho —admitió Hikari, entre sorprendida y anegada por un montón de emociones que no conseguía delinear del todo—. Una vez dijiste que tuviste un hermano. Yo no quise preguntar. Pensé que podía ser que ya no se hablaban o estaba muerto.

—No está muerto.

—¿Es Yamato? —Ahora lo entendía. Entendía por qué a veces le parecía ver otro rostro en el del novio de su hermano. Entendía esa atracción inexplicable que se desvaneció en cuanto rozó sus labios. No era él a quien añoraba ni buscaba encontrar en su boca, sino a su hermano, alguien a quien ni siquiera recordaba.

Takeru no respondió, pero no hizo falta que lo hiciera. La respuesta estaba tatuada en la desolación de su mirada. Lucía como un niño a la deriva en lugar de un adulto solitario o ermitaño.

—Pero Yamato... él dijo que su madre y su padre se separaron cuando era un niño. Se quedó con su padre porque era quien más lo necesitaba. Él nunca... mencionó a un hermano. ¡Ni siquiera te recuerda!

—Por supuesto que no. Como te dije, para ser el guardián tuve que renunciar a mi vida completa.

—Es injusto. Que renunciaras a todo solo para que yo pudiera quedarme con mi familia. Que sufrieras solo y en silencio.

—No me tengas lástima, Hikari —pidió Takeru; su voz adoptó un tono serio que a la chica le era desconocido. Ya no había risas escondidas en las comisuras de su boca u ojos, ni el indicio de una travesura bailando al fondo de sus pupilas—. Todo eso me dolió, no lo niego. En especial cuando escribir me llevó a recordar más cosas de las que hubiera querido recordar por mi cuenta. Pero a quien más me dolió perder fue a ti...

Sus miradas temblaron juntas, sin perder el contacto en ningún momento. La castaña pensó que en cualquiera otra circunstancia esa le hubiera parecido una de las declaraciones de amor más bellas que se le podía ocurrir, pero en la situación en la que estaban la emoción que la invadió por dentro y coloreó sus mejillas estaba combinada y diluida por demasiadas emociones como para predominar sobre las demás.

—¿Por qué no me buscaste? A ninguno de nosotros...

—Ya te lo dije, no podía. Quise hacerlo muchas veces. Incluso más de alguna estuve a punto de acercarme a ti, pero no podía ser así de egoísta.

—¿Y no te parece egoísta habernos dejado fuera cuando tu historia también era nuestra? —preguntó de forma más brusca de lo que hubiera querido—. Cuando todos estuvimos ahí, cuando... —suspiró—. Es que no lo entiendo, Takeru. ¿Qué ocurrió ese día? ¿Qué pudo ser tan terrible para que fuera necesario sacrificar nuestros recuerdos?

—No lo sé. Ellas sellaron mi memoria también. Como te dije, solo recuerdo algunas cosas. Pero...

—¿Pero...? —Sus ojos brillaron con expectativa ante la mínima posibilidad de que él recordara algo que pudiera ser la llave que les sirviera para destrabar el misterio de su pasado.

—A veces... tengo destellos del pasado. Son como sueños o más bien visiones. Aparecen de repente y sin explicación. Aumentaron cuando empecé a verte. Supongo que por lo mismo tú empezaste a soñar también. De alguna manera que estemos juntos debe activar algo...por eso yo no debía acercarme a ustedes, por eso insistí tanto en mantenerme en el anonimato. Temía que el contacto más mínimo pudiera despertarles algún recuerdo.

—¿Y qué viste? ¿Qué había en esos destellos?

—Devastación. Dolor. Angustia. Nunca son imágenes completas, pero las sensaciones que traen son intensas. Creo que el mundo se estaba acabando, Hikari. No quedaba otra salida. Las Homeostasis lo dijeron...esto era necesario.

—¿Qué tal si mintieron?

—¿Qué tal si no? —rebatió enseguida, como si estuviera preparado para ese argumento—. ¿Qué tal si estamos mejor así? Al menos sé que ustedes lo están...tú lo estabas hasta que yo lo arruiné. Siempre que los veía sonriendo o haciendo sus vidas, me decía lo mismo. Esto fue lo mejor.

—No puede ser lo mejor si fue a costa de tu felicidad —murmuró con infinita tristeza—. Estoy segura de que, si Yamato o cualquiera de los otros lo supieran, no lo aceptarían.

Takeru calló, ya sin nada más que rebatir. Había estado demasiado tiempo solo, solo y deprimido. Viviendo en la más completa oscuridad hasta que Hikari apareció.

No podía renunciar a ella. No otra vez.

Ya no había vuelta atrás.

Quizá con ellos nunca la hubo. Quizá el lazo que los unió desde la primera vez que fueron al Mundo Digital era tan fuerte como aquel hilo rojo que une los destinos de las personas.

—Antes, cuando estuvimos en la sala de almacenaje, dijiste que no tocara nada. —El chico levantó la cabeza. Era solo cuestión de tiempo para que ella lo dedujera después de todo—. Pero cuando toqué la foto, yo... recordé ese día.

—Exacto. Nuestros recuerdos están sellados en esos objetos. Por eso si los tocamos...

—Sabremos lo que ocurrió —concluyó Hikari.

—Pero, ¿qué tal si es algo demasiado grande para lidiar con ello? ¿Qué pasaría si cuando recuperamos nuestros recuerdos nos damos cuenta de que preferiríamos no haberlo hecho? —preguntó Takeru, y la chica pudo ver en su mirada que él había tenido demasiado tiempo para cuestionarse lo mismo.

—Creo que merece la pena correr el riesgo. Prefiero eso a vivir en la oscuridad. Y si es demasiado grande para los dos, podemos buscar al resto...

—¡No!

—Takeru, sabes que debemos hacerlo. Tú ya sacrificaste mucho. Ahora es nuestro turno. Déjame ayudarte... —susurró al tiempo que extendía la mano por encima de la mesa para tomar la del chico—. Sé que juntos podemos superarlo. ¿Estás conmigo?

La respuesta tardó, pero no dejó espacio a duda alguna.

—Siempre lo estuve.


Llegaron hasta la sala de almacenaje sin soltarse de la mano. Se hincaron juntos, lado a lado y en silencio, frente a los objetos que seguían desperdigados por el suelo. La luz de las primeras horas de la tarde conseguía colarse desde una pequeña ventana ubicada en la parte superior de la habitación y bañaba las pertenencias allí reunidas, pertenencias respecto a las que nadie que no supiera de qué se trataban podría hallar el más mínimo punto de conexión.

—Es el silbato —susurró Hikari—. Ese es mi objeto, ¿verdad?

Takeru asintió mientras ella lo veía por el rabillo del ojo clavar la mirada en el sombrero verde. No tuvo que preguntar para saber que le pertenecía y por un instante, que duró menos que un microsegundo, pudo verlo con él puesto. Solo un niño perdido entre sus recuerdos vagando por el laberinto de su memoria sin hallar la salida.

—Entonces, supongo que lo haremos... —La voz de la chica se tornó vacilante contra su propia voluntad y esfuerzo.

—Si tienes dudas...

—No —dictaminó, echando a un lado cualquier titubeo que pudiera quedarle—. Hay que hacerlo. ¿A la cuenta de tres?

Tres

Dos

Uno

Los segundos se deslizaron demasiado rápido hacia su muerte.

—¡Takeru! —gritó ella en un ataque repentino. Su voz llena de una aflicción palpable que logró detener al chico en mitad de un movimiento—. Lo siento tanto... —Nunca una disculpa había sonado tan sentida; no al menos para él.

—¿Por qué? —La extrañeza ante tal disculpa no fue fingida. Ella pudo notarlo.

—Por haberte olvidado. Por haberte dejado solo.

—No lo hiciste. Fue mi decisión.

—Pero, aun así, nunca más quiero olvidarte. No me dejes hacerlo.

Takeru, como toda respuesta, presionó más su mano contra la propia en un ligero apretón que logró reconfortarla.

—¿Juntos? —Esta vez la pregunta se hallaba desprovista de toda vacilación.

—Juntos.

Y sus manos libres se extendieron a la par, apoderándose cada uno del objeto que les pertenecía.

La habitación se llenó de luz, una luz que se mezcló con los rayos del sol desdibujando sus siluetas y su presente.


Se sintió como si su cuerpo fuera proyectado al pasado. Aun si nunca había vivido una experiencia así, podía decirlo sin titubear. Hikari estaba segura de tener la misma consistencia de un holograma. La liviandad de su cuerpo se lo decía. La forma en que personas y digimons corrían a su alrededor sin notarla ni dedicarle siquiera una mirada, lo confirmaba.

Lo único que parecía desmentirlo era la angustia que la invadió al contemplar lo que estaba sucediendo, como si en lugar de tratarse de algo incorpóreo, la angustia fuese un líquido negro y espeso que le entraba por las venas y ralentizaba sus latidos, haciéndola sentir pesada y consistente.

Todo era caos y destrucción. El mundo se estaba cayendo a pedazos, literal y figurativamente. Trozos de cielo se desprendían de un firmamento sin estrellas. Las calles y puentes que divisaba a lo lejos se encontraban destruidas por completo, o en el mejor de los casos cuarteados.

La angustia y desolación podían olerse. No hacía falta mirar los cuerpos tirados ni escuchar el llanto de las personas.

Pero cuando menos lo esperó, todo se detuvo. Se detuvo y entonces comenzó a retroceder como si toda la gente y ella misma fueran parte de una película a la que alguien antojadizamente acabara de ponermarcha atrás sin preguntarle a nadie más.

Los edificios fueron reconstruidos, piedra por piedra y cristal por cristal, en cuestión de segundos. La sangre encontró su camino de vuelta a las personas de quienes se había escapado, permitiéndoles volver a levantarse como si fuera un milagro. Las heridas se cerraron. Los digimons se marcharon en filas interminables, igual que guerreros derrotados. Salvo porque nadie había ganado esa batalla, y ellos no eran los enemigos.

Lo último que pudo apreciar fue la puerta al Mundo Digital, que era lo único que brillaba sobre sus cabezas, cerrándose con un fuerte chasquido que le resonó en el corazón e hizo que la angustia calara más hondo y enterrara las uñas en sus entrañas, porque supo que sería de manera definitiva. Lo supo.

Algo se perdió ese día. Y ahora que tenía el recuerdo, la parte de su pecho que fue desgarrada para llevárselo para siempre, le ardió como una herida recién abierta que esta vez no cerraría.

Quiso llorar, quiso hacerlo con todas sus fuerzas, pero antes de conseguirlo el tiempo se congeló. No pudo ni respirar. Creyó que solo se trataba de ella. Descubrió que no cuando al mirar a su alrededor se encontró con todo el mundo paralizado en idénticas posiciones; algunos de pie, otros arrodillados, los menos todavía en el suelo, todos sin moverse.

La misma persona que pulsó el botón de retroceso, ahora les ponía pausa como si fueran simples títeres.

—Niños elegidos—. La voz provenía de todos lados y de ninguno a la vez. Hikari no tuvo que pensarlo mucho para saber que pertenecía a las Homeostasis—. El proceso ha finalizado. Cuando me despida, ni ustedes ni el resto de las personas recordará lo que ha pasado o la existencia de los digimons. Estamos muy agradecidas por su ayuda, pero esta es la única forma de restablecer el equilibrio entre ambos mundos. Esperamos que puedan entenderlo. Que sepan en el fondo de sus corazones que esto es lo mejor para todos y nunca quisimos que terminara de esta manera.

En cuanto la última palabra fue pronunciada, el tiempo se destrabó. Por unos breves instantes la chica sintió que se ahogaría producto de la mezcla entre el aire entrando de golpe a sus pulmones y las lágrimas que estallaron en sus ojos al mismo tiempo y bañaron sus mejillas incesantemente.

Hubo un intenso golpe de luz en el cielo y luego nada.

Donde habían estado los digimons, desde el más pequeño al más grande, ya solo quedaban sus sombras. Más tarde, cuando desaparecieran sus recuerdos, no quedaría ni eso.

Nada.

Todo se resumía en y se reducía a la nada misma.

¿De qué habían valido todos los sacrificios si nadie podría recordarlo?

¿De qué había valido tanta destrucción si no consiguieron una lección de ello?

¿Qué eran los humanos sin memoria? ¿La historia sin nadie que la contara?

Nada.

La misma nada que se tragó a Hikari y volvió a escupirla a la realidad, incompleta y devastada.


No se percató de que volvía a estar en la sala de almacenaje hasta que Takeru la rodeó con sus brazos y la atrajo a su pecho igual que a una niña pequeña.

Ella no podía dejar de llorar. Lloraba e hipaba, estremeciéndose dentro del abrazo.

—Lo vi. Lo vi todo... —susurró largos minutos más tarde. La luz del sol ya se había desvanecido en el exterior y la luz del cuarto no era lo suficientemente intensa, por lo que estaban en penumbras.

—Lo sé.

—Pensé que me sentiría más tranquila, pero... fue peor. Tenías razón.

—No. Tú tenías razón. No podíamos seguir viviendo en la oscuridad. Después de todo lo que vivimos con nuestros compañeros era injusto que ninguno los recordara. Yo lo he estado haciendo por todos nosotros durante un largo tiempo, y ahora tú podrás hacerlo conmigo. ¿Soy demasiado egoísta por pensar así?

Hikari negó con la cabeza todavía apoyada contra su pecho.

—Creo... creo que los demás merecen saberlo también. Al menos deberíamos darles la oportunidad de que decidieran.

—Probablemente tienes razón. Siempre tienes razón. —Cambió de posición sin soltarla para apoyar los labios contra la coronilla de la chica en un beso inmóvil—. No sabes cuánta falta me hiciste.

—Me haces cosquillas —reclamó ella con una ligera y frágil risa. Tan susceptible a quebrarse en cualquier instante, pensó él—. Tú también. Puede que no te recordara antes, pero me hacías falta, ¿sabes? Solo que no sabía que eras tú lo que me faltaba. —Se separó un poco para mirarlo a los ojos—. Ahora lo sé.

Sucedió en menos de lo que se tarda en decir un te quiero. Él se inclinó y ella fue a su encuentro. Se movieron al mismo tiempo, sincronizados como siempre había sido, igual que las manecillas de un reloj reuniéndose a la hora indicada. Sus bocas se unieron y se deslizaron juntas en un beso que susurraba más palabras de las que ellos hubieran podido pronunciar, de esas que solo existen entre los enamorados y que ningún lingüista ha inventado todavía. De esas que ellos nunca necesitaron para entenderse.


Notas finales:

Seguro que alguien me odiará con ese final. Soy demasiado tendiente a los finales abiertos, lo siento. Y este me costó tantísimo que no quise cuestionármelo mucho. Inicialmente iba a terminar cuando ellos tocan el silbato y el sombrero, pero no me llenó esa sensación de final que siento que debe quedar (más allá de si es uno abierto o cerrado).

En cualquier caso, espero que el recorrido hasta aquí haya valido la pena.

No pude revisar de forma tan exhaustiva como me hubiera gustado, así que disculpen cualquier error o dedazo, y ojalá no se me pasara alguno demasiado grande.

Para terminar, ayer subí un drabble que está un poco relacionado con este fic, en especial con el capítulo tres. Se llama "El secreto de la juventud" y pueden encontrarlo en el capítulo 23 de mi colección "Cuenta regresiva".

Es todo.

¡Gracias por leer y sobre todo a quienes dejaron review: Zarevna13, Lexierk (lo pongo junto, porque si no la página me lo borra) y JoyHime!


Hikari,

Como puse por ahí arriba: ¡Feliz cumpleaños! Espero que tengas un maravilloso día y que este nuevo año que comienzas sea siempre mejor que el anterior (confío plenamente en que así será).

Has pasado cosas muy duras, pero si sigues de pie es porque eres una chica fuerte y valiente, nunca pierdas de vista eso ni dejes de ser como eres.

Si hace un par de años me hubieran preguntado si imaginaba que llegaría a relacionarme tanto con algunas personas del foro, entre ellas tú, hubiera negado sin titubear. Pero aquí estamos, y haberte conocido a través de la página es una de las mejores cosas que me pudo pasar porque me demostró el poder de la escritura y cómo las palabras pueden unir a las personas más allá de lo imaginable.

Ya sabes cuánto te quiero y admiro, ¿no? Pues nunca está demás repetirlo.

Un abrazo muy grande y mis mejores deseos.