Papá, ayúdame, estoy enamorada
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Isabella estaba sentada en la litera superior del camarote que compartía con Sue, que ya estaba durmiendo. El mobiliario consistía en una mesa pequeña, dos sillas, y un lavabo. Los hijos de de Masen dormían en el camarote adyacente, que era mayor y estaba mejor amueblado, pero a ella le daba igual el alojamiento.
Estaba a punto de amanecer. Cuando de Masen había decidido irse a descansar un par de horas a su camarote, ella había accedido a que la acompañara al suyo y había fingido que estaba cansada, a pesar de los nervios que la atenazaban y de que no quería apartarse de él. Acababa de pasar las horas más maravillosas de su vida navegando a su lado de noche. A pesar de que no le gustaba hablar del futuro que la esperaba en Inglaterra, la compañía de aquel hombre era como el opio… dulce, potente, y adictiva, y nunca le parecía bastante. Desearía haber seguido en cubierta junto a él.
Rozó su pequeño petate con los dedos, sacó el precioso camisón, y se quedó mirándolo. De Masen era muy diferente a los hombres que había conocido hasta el momento. Era guapo y fuerte, poderoso e instruido, generoso y de buen corazón. La había tratado con una amabilidad increíble. Como sabía que tenía miedo de Inglaterra, había intentado convencerla de que todo saldría bien cuando conociera a su madre, pero ella sabía que no iba a ser así. Su padre le había dicho que su madre la quería cuando era pequeña, pero habían pasado muchos años desde entonces; además, en el caso de que siguiera queriéndola, tenía miedo de que se decepcionara al ver a la mujer en que se había convertido su hija.
Siempre que se cruzaba con damas elegantes en Kingston, se quedaban mirándola con altanería y susurraban entre ellas a sus espaldas.
—¡Mira, es la hija del pirata! ¡Es una verdadera salvaje, hace honor a su nombre!
En ese momento, deseó ser una dama de verdad; si lo fuera, seguro que su madre la recibiría con los brazos abiertos.
Suspiró profundamente. Pensar en aquello era una tontería, además de peligroso. Estar con de Masen había hecho que olvidara lo que iba a pasar en cinco semanas, cuando se presentara en casa de su madre. Seguro que en cuanto la viera se mostraría impactada, después horrorizada, y finalmente condescendiente. Tenía tanto miedo, que prefería no pensar en el asunto… como cuando de niña se escondía bajo cubierta mientras los piratas se mataban los unos a los otros, cerraba los ojos, se tapaba las orejas con las manos, y luchaba por no pensar en lo que podría pasar.
Pero de Masen había conseguido que sonriera. Cuando estaba junto a él, tenía los pies bien plantados en el presente, y el futuro parecía tan lejano, que se sentía segura; de hecho, nunca se había sentido tan a salvo en toda su vida, ni siquiera con su padre.
Aun así, en su corazón se escondía algo más, ya que era dolorosamente consciente de su masculinidad. Su atractivo y su virilidad eran patentes, pero al principio, cuando lo veía a bordo de algún galeón español que había capturado, era una niña a la que le parecía un dios. Cuando lo había conocido una semana atrás, la angustia que sentía por la ejecución de su padre había prevalecido sobre la atracción natural que sentía por él. Nunca dejaría de llorar la muerte de su padre, pero la tristeza era cada vez más llevadera; además, ya no era una niña.
Una niña no podía sentir aquel anhelo desbocado e imposible, ni estar dolorida en lugares de lo más íntimos, ni empezar a tener los sueños que ella tenía. Sentía un deseo nuevo y sin embargo familiar que iba acrecentándose, y verlo emerger aquella mañana de las aguas como Poseidón no la había ayudado en nada.
—Por favor, que no me enamore de él —al oír el susurro, se dio cuenta de que había hablado en voz alta y se tensó, pero como Sue no contestó, supuso que estaba profundamente dormida.
¿Acaso estaba enamorándose de aquel corsario apuesto, rico y de noble cuna? Le pareció verlo ante sus ojos… su sonrisa, su mirada directa, su cuerpo firme y musculoso chorreando agua. Se preguntó con desesperación cómo podía evitar enamorarse de él cualquier mujer, aunque se tratara de una joven de diecisiete años.
No intentó engañarse. Aunque se mostraba bastante afectuoso, sabía que prefería a las damas elegantes, y que jamás sentiría nada por ella; aun así, estaba convencida de que la deseaba. Tenía ojos, y se daba cuenta cuando él se sentía tentado.
Apretó el camisón contra su pecho. Tenía los pezones endurecidos, y el cuerpo frío y caliente a la vez. La forma en que la observaba la dejaba acalorada, pero a pesar de que le había lanzado muchas veces la mirada que un hombre reservaba para la mujer con la que estaba a punto de acostarse, de Masen no había querido que le pagara el pasaje con su cuerpo. Ella le había insinuado que seguía dispuesta a hacerlo, y aunque él no había picado el anzuelo, su corazón y su cuerpo anhelaban sus atenciones.
La aterraba lo mucho que deseaba ir a buscarlo. Sabía que sería una insensatez entregarle su corazón, porque él se lo rompería sin miramientos. Entregarle su cuerpo sería más fácil, pero no parecía interesado en saciar sus necesidades masculinas.
Cerró los ojos, y deseó saber cuál era el camino correcto. Se imaginó a de Masen posando la mano en su mejilla, igual que antes, y tembló al sentir de forma casi palpable el contacto de su piel. No podía entender el comportamiento de aquel hombre, pero no era de extrañar, porque era la primera vez que conocía a un caballero de verdad. A lo mejor se contenía porque preferiría acostarse con una dama.
Contempló el camisón. Cuando lo llevaba puesto, la hija del pirata desaparecía y daba paso a una mujer que parecía tan elegante como las que paseaban por Kingston.
Al darse cuenta de lo que tenía que hacer, su miedo se acrecentó. Sabía que los hombres podían portarse como unos necios cuando se trataba de fornicar. Su padre se había dejado guiar un montón de veces por la verga en vez de por el cerebro. Le debía mucho a de Masen, mucho más que unas cuantas noches en la cama, pero al menos la deseaba desde un punto de vista primario. Quizás estaba intentando actuar como un caballero, a lo mejor no la deseaba demasiado debido a su falta de modales, pero era posible que se dejara guiar por la verga al verla con aquel camisón. Valía la pena intentarlo, ¿no?
A lo mejor no estaba enamorándose de él, y lo que ocurría era que no se diferenciaba tanto de las rameras que entretenían a los marineros. Quizás había llegado a la edad en la que deseaba satisfacer su cuerpo, tal y como hacían todas ellas abiertamente.
No pudo evitar sonrojarse, pero empezó a quitarse las botas, los calcetines, el cinturón, la camisa y la camisola. Se lavó en silencio para no despertar a la armenia, y entonces se puso el camisón y se peinó a toda prisa.
El corazón le retumbaba con tanta fuerza en el pecho, que el sonido la ensordecía. Miró a Sue, que seguía dormida… o eso pensaba, hasta que la mujer abrió los ojos y la miró. Se volvió hacia la puerta antes de que pudiera articular palabra y se apresuró a salir a cubierta, que estaba bañada por la luz grisácea que precedía al amanecer.
Se detuvo al llegar al camarote del capitán. Estaba actuando sin pensar, dejándose llevar por su determinación. Sabía que quizás cambiaría de opinión si se paraba a reflexionar, así que llamó a la puerta con cierta vacilación y susurró:
—¿De Masen?
Al ver que no contestaba, lo intentó de nuevo. Estaba convencida de que la puerta estaba cerrada con llave, pero en caso de que no fuera así, entrar sin autorización era una falta grave. Intentó abrir, y se sobresaltó al darse cuenta de que no estaba cerrada por dentro. La abrió con cuidado, y entró en el camarote sigilosamente.
Las lámparas estaban apagadas, pero la luz del amanecer entraba por las portillas. Lo vio tumbado de espaldas en la enorme cama carmesí, con las sábanas de seda subidas hasta la cintura. Estaba desnudo. Se sorprendió al ver que seguía dormido, ¿cómo era posible que no la hubiera oído entrar? Había supuesto que era un hombre que permanecía alerta incluso estando dormido.
—¿De Masen?
Él permaneció inmóvil, mientras su pecho ancho y salpicado de vello oscuro ascendía y descendía rítmicamente. Le pareció increíble que siguiera durmiendo, pero se acercó a la cama con cautela. Levantó un poco la sábana, y alcanzó a vislumbrar su cadera estrecha y su muslo firme antes de tumbarse a su lado.
El corazón le latía con tanta rapidez, que pensó que iba a desmayarse. Sintió una humedad creciente en la entrepierna.
Antes de que pudiera reaccionar, él se colocó encima de ella, la agarró de las muñecas, y se las sujetó por encima de la cabeza. Soltó una exclamación ahogada, y su mirada se topó con la expresión de furia que brillaba en sus ojos verdes.
—¿Qué está pasando aquí? —le preguntó él con indignación.
Isabella se quedó sin habla al darse cuenta de que durante todo ese tiempo había estado despierto, esperándola. A pesar de que no tenía el cuerpo apoyado en el suyo, su peso parecía transferirse hasta ella a través de la firme presión de sus manos y sus piernas. La tenía agarrada de las muñecas y había colocado los muslos entre los suyos, así que se veía obligada a mantener las piernas abiertas. Como el camisón se le había subido, sentía el contacto de su piel. Tenía razón al pensar que estaba desnudo, porque su miembro permanecía erguido entre los dos.
La recorrió una oleada de placer.
Él inhaló con fuerza, y exclamó tembloroso:
—¡Contestadme!
Isabella seguía enmudecida, y no pudo controlarse al notar que su erección se endurecía más y más. Soltó un jadeo, y gimió mientras su cuerpo se arqueaba hacia él. Cuando su sexo húmedo rozó aquel miembro resbaladizo, el placer se intensificó.
Él gimió, frotó la mandíbula contra su mejilla, y cerró los ojos.
—Isabella, estoy a punto de perder la cabeza y el control y poseeros —le dijo con voz ronca—. ¿Es eso lo que queréis?, ¿de verdad deseáis que os use y que abuse de vos, como si no fuerais más que la hija de un pirata?
Lo sacudió un espasmo, e Isabella soltó un gemido mientras se debatía entre el placer físico y el dolor emocional. Cuando él alzó la cabeza y sus miradas se encontraron, luchó por aclararse las ideas.
"Claro que no quiero ser la hija vulgar y barata de un pirata, al menos para ti…"
Él leyó la respuesta en sus ojos.
—Lo suponía —apartó a un lado las sábanas, salió de la cama, y la recorrió abiertamente con la mirada.
Isabella se apresuró a sentarse, y se bajó el camisón mientras él arrancaba la sábana de la cama y se la colocaba alrededor de la cintura para ocultar su enorme erección. Cuando la miró con furia, ella cerró los ojos con fuerza y luchó por calmarse, pero había estado al borde de un precipicio y parecía imposible recobrar algo de cordura.
Sus palabras crueles le facilitaron la tarea.
—No quiero tener una aventura con vos, Isabella —le dijo con brusquedad.
Ella parpadeó, y estuvo a punto de echarse a reír como una histérica al ver el abultamiento que se ocultaba tras la sábana.
—Sí, sí que queréis.
Él retrocedió hasta quedar a medio metro de la cama, señaló su propio cuerpo, y le dijo:
—Esta es la reacción que tendría ante cualquier mujer que se metiera en mi cama.
La risa histérica se desvaneció. Cada vez más dolida, se dijo que lo que estaba diciéndole no podía ser verdad.
—Esta mañana me deseabais —susurró, con la mirada centrada en su rostro.
Él soltó una carcajada carente de humor.
—¡Soy un hombre, un hombre viril! Siempre quiero tener sexo.
El dolor del rechazo fue tan certero como un alfanje rebanándole el pescuezo a un enemigo.
—Lo que mi cuerpo desea es irrelevante, porque no soy un animal. Lo que quiere mi mente es totalmente diferente, y no quiero acostarme con vos. ¿Acaso debo ser más claro?, ¿queréis que me explaye?
Isabella no sabía lo que significaba «explaye», pero pudo hacerse una idea. Sintió el escozor de las lágrimas, y bajó la mirada hacia el camisón antes de murmurar:
—No soy una dama elegante.
No iba a cambiar nada poniéndose una prenda bonita, lavándose y peinándose. Él no la deseaba. Era muy diferente a los hombres que había conocido hasta entonces… educado, un caballero de verdad, un noble. Seguro que iría a ver a alguna de sus amantes de sangre azul en cuanto llegaran a puerto.
—No, no lo sois.
Alzó la mirada al notar el cambio en su tono de voz. Ya no parecía furioso, pero seguía tenso. Ninguno de los dos apartó la mirada.
—Sabía que no podía ser cierto, que no era posible que fuerais amable de verdad —bajó de la cama y fue hacia la puerta, mientras intentaba controlar las ganas de llorar y luchaba por mantener la compostura. Aquel hombre había sido muy cruel con ella.
—Isabella…
Ella se detuvo en seco al oír su tono de voz casi normal, y deseó que le pidiera que volviera, que la abrazara con fuerza, que la mirara con una sonrisa y le dijera que todo iba a salir bien, que podían seguir siendo amigos, y que lo que acababa de pasar no iba a cambiar nada.
Él estaba rígido, y su expresión era impenetrable.
—Si hubiera querido disfrutar de vuestros favores, ya me habría acostado con vos.
Isabella soltó un gemido, y salió corriendo de allí.
Él se volvió, y estampó un puñetazo en la pared.
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Edward estaba en la zona de estribor del alcázar, con los brazos cruzados, mirando sin ver hacia el mar. El agua tenía un pálido tono plateado que reflejaba el del cielo nublado, y estaba bastante revuelta. A pesar de que sólo navegaban con las velas mayores y la gavia, avanzaban a una buena velocidad que en condiciones normales le complacería, pero estaba irritado y molesto.
Se volvió a mirar a su pasajera. Era poco más de mediodía, y los niños e Isabella tenían un pequeño descanso. Rennesme había bajado a su camarote a leer, y Anthony estaba en la arboladura con sus hombres. Cada día estaba más orgulloso de él, ya que se mostraba ansioso por aprender todo lo posible sobre el barco y la navegación. A pesar de que no era demasiado buen estudiante desde un punto de vista académico, era un marino brillante.
Pero su pasajera era un caso aparte. Michelle le había dicho que estaba progresando con rapidez en los estudios. El francés no dejaba de ensalzar poéticamente la inteligencia y la dedicación de su nueva alumna, y afirmaba que cuando llegaran a Londres sería capaz de leer el London Times. Estaba claro que el hombre había sido presa de su encanto, pero era comprensible. A pesar de que apenas acababa de salir del cascarón, era toda una hechicera de larga melena, exóticos ojos marrones, y delgado pero voluptuoso cuerpo.
Cuando sus ojos se encontraron y la vio fruncir el ceño, permaneció serio y se negó a apartar la mirada. Isabella llevaba cinco días sin dirigirle la palabra; de hecho, se limitaba a fulminarlo con la mirada o a ignorarlo como si no existiera.
Sabía que estaba castigándolo por su crueldad, pero ¿acaso quería que la sedujera y la deshonrara? ¿No sabía que podría haberla poseído sin más al tenerla casi desnuda y enloquecida de placer y de pasión? ¿Tenía idea del control y la disciplina que le habían hecho falta para poder apartarse de ella? ¿No entendía que quería tratarla con nobleza?
Había hablado con crueldad de forma deliberada. Había sido una estratagema para apartarla lo máximo posible y evitar que volviera a intentar seducirlo, porque sabía que, si volvía a intentarlo, cedería ante el deseo avasallador y aberrante que lo atormentaba.
Aun así, ya había tenido más que suficiente. Se sentía fatal y culpable, lo lamentaba profundamente, ella tenía razón. No quería volver a sacar a la luz la camaradería previa que habían compartido, ya que era demasiado peligrosa, pero no soportaba que lo tratara con desprecio.
Ella lo fulminó con la mirada antes de darle la espalda y saludó con la mano a Anthony, que estaba sentado en un peñol. El niño sonrió, y le gritó:
—¡Sube, Isabella!
¡Qué locura! Las mujeres no subían por los mástiles… aunque en una ocasión la había visto hacerlo años atrás, en la balandra de su padre.
Isabella se volvió hacia él, y le lanzó una mirada desafiante antes de echar a correr hacia el palo mayor. En cuanto llegó, dio un salto hacia los obenques, y subió hasta su hijo con tanta agilidad como el mejor de sus hombres mientras él bajaba del alcázar hecho una furia.
Los marineros se miraron sin saber cómo reaccionar y de inmediato fijaron los ojos en el suelo, como aparentando que no se habían dado cuenta de que había una mujer hermosa cerca.
—¡Es verdad que puedes subir por un mástil! —Exclamó Anthony con sorpresa—. ¡Creía que estabas tomándome el pelo!
—Llevo subiendo a los mástiles desde que era más joven que tú —Isabella miró hacia abajo, y se apresuró a apartar la mirada al ver a Edward.
—Bajad, por favor. Me gustaría hablar con vos —le dijo él.
Ella sonrió a Anthony, y comentó:
—Hace un día perfecto. Si el viento continúa así, nos ahorraremos varios días de viaje.
—Espero que el viaje no se acabe nunca, Inglaterra no me gusta —le dijo el niño.
Edward apenas podía creer que estuviera haciendo caso omiso de una orden directa. A lo mejor pensaba que se trataba de una petición.
—Isabella…
Ella se tensó, y le lanzó una mirada beligerante.
—Bajad ahora mismo, os espero en mi camarote —Edward dio media vuelta, y se alejó de allí. Si no le obedecía subiría a buscarla, la cargaría sobre los hombros, y la bajaría a la fuerza, aunque se suponía que los capitanes no subían a los mástiles.
La oyó bajar con el sigilo de un gato. Lo siguió a una distancia prudencial, como si tuviera miedo de que la atacara de repente como un peligroso depredador. Lo cierto era que ya lo había hecho, al decirle que no quería acostarse con ella… ¡maldición, no había tenido otra opción!
Se detuvo en el centro del camarote, y cuando ella entró decidió fingir que no pasaba nada, que no se había pasado los últimos cinco días esperando verla sonreír mientras ella lo miraba con una hostilidad palpable. Se volvió hacia ella, y le dijo sonriente:
—Tengo entendido que habéis alcanzado el segundo nivel de lectura.
Isabella se limitó a mirarlo en silencio, con la boca firme y un brillo acerado en los ojos.
—¿Disfrutáis de los estudios?
Ella se cruzó de brazos, y siguió sin hablar.
—Me parece que acabo de demostrar que no sois una mujer hecha y derecha. Jamás he visto a un adulto comportándose de forma tan infantil —al ver que ella se limitaba a esbozar una sonrisa, le preguntó con incredulidad—: ¿Pensáis ignorarme durante las próximas cuatro semanas?
—¿Acaso estoy ignorándoos, capitán?
Edward no supo cómo reaccionar. No podía culparla por enfadarse, pero sabía que el enojo era una fachada para ocultar lo herida que estaba. Al querer evitarle más dolor, sólo había conseguido lastimarla aún más.
—Lamento haberos hecho daño, Isabella —le dijo con sinceridad—. Está claro que mi comportamiento previo os confundió. Al menos, ahora los dos sabemos a qué atenernos. Si seguís mirándome ceñuda y negándoos a hablarme, el viaje se va a hacer muy largo.
—Ya es demasiado largo.
—Me temo que no puedo hacer nada al respecto.
—Bueno, al menos podréis volver a vuestras rameras elegantes en cuanto lleguemos a Inglaterra.
Era obvio que estaba muy dolida, y Edward fue incapaz de responder.
—¿Eso es todo?, tengo que volver a clase.
Al menos estaba hablándole, se dijo con resignación.
—Sí, eso es todo.
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Isabella despertó de golpe, y se tensó al oír el sonido inconfundible de un enfrentamiento con sables. ¿Estaban atacándoles? ¿Cómo era posible que no se hubiera despertado durante el abordaje? Se levantó de un salto, sacó la pistola de su petate, y se la puso a la cintura después de cargarla a toda prisa. Agarró su espada, y abrió de golpe la puerta.
El camarote daba a estribor, y no vio a ningún enemigo; de hecho, sólo alcanzaba a ver el océano grisáceo, pero alguien estaba luchando con espadas en la cubierta principal. De repente, oyó la voz de de Masen.
—Estocadas rectas, firmes y directas. No tuerzas la muñeca.
Isabella empezó a entender lo que pasaba. Se apresuró a rodear el camarote, y se detuvo en seco al verlo practicando esgrima con su hijo. Estaba dejando que Anthony se pusiera a prueba, y era obvio que el muchacho era muy ágil para tener ocho años.
De Masen era un buen profesor, ya que presionaba lo justo para que su hijo no se cansara ni se desmoralizara. Sintió una punzada de angustia, y aprovechó que estaba ocupado y no podía darse cuenta de su interés para observarlo a placer. Tenía que dejar a un lado el dolor que sentía. Lidiar con la rabia era mucho más fácil, mucho mejor… justo lo que se merecía aquel hombre.
Era un mal nacido, un sinvergüenza, un estirado con aires de grandeza. No era amable, sino mezquino y cruel. Lo odiaba.
Si se repetía aquello a menudo, quizás llegaría a creérselo.
Él le indicó a su hijo que parara en cuanto la vio. El niño, que estaba jadeante pero sonreía de oreja a oreja, bajó la espada de inmediato. Antes de mirarla a la cara, de Masen pareció tomar buena nota del hecho de que estaba armada con una pistola y una espada.
"Lo odio. Está dispuesto a acostarse con una dama finolis, pero no quiere tener nada que ver conmigo. No soy lo bastante buena para él". Se acercó a ellos, y comentó:
—Anthony llegará a ser un buen espadachín.
—Sí, así es. ¿Qué es eso? —le preguntó él, con una expresión impenetrable.
Isabella alzó el sable poco a poco, y le contestó sonriente:
—Mi espada —sabía manejarla muy bien, incluso podía ganar a su padre. En la esgrima no sólo contaba la fuerza, también había que tener equilibrio, agilidad y destreza.
—¿Queréis enfrentaros a mí?
—He oído las espadas, y pensé que estaban atacándonos. —Se sacó la pistola de la cintura, y la dejó a un lado sobre la cubierta.
—¿Habéis salido para ayudar a defender la embarcación?
—Claro que sí. No soy una noble blandengue de las que se desmayan ante una buena pelea. Pero estoy un poco desentrenada, hace bastante que no uso la espada. ¿Os importaría practicar un poco conmigo? —sin darle tiempo a responder, avanzó con una estocada.
Él bloqueó el golpe de forma instintiva, y le dijo con cautela:
—Vuestra espada está afilada, Isabella.
Ella sonrió, y volvió a atacar con otra estocada que él esquivó.
—No voy a heriros, de Masen.
Se planteó hacerle un pequeño corte para ver su reacción, y sintió una excitación enorme avivada por la rabia. Él bloqueó su siguiente estocada, pero al ver que retrocedía un paso, se sintió envalentonada y pasó al ataque. Él pareció asombrarse, pero paró cada estocada y permitió que lo acorralara contra la barandilla de babor.
Isabella soltó una carcajada triunfal, y le dijo:
—¡Podéis hacerlo mucho mejor, de Masen! No le tendréis miedo a mi hoja desnuda, ¿verdad?
—Seguís muy enfadada conmigo. Es comprensible.
Aquellas palabras la enfurecieron aún más. ¡Aquel hombre no entendía nada! Lanzó otra estocada, y él la bloqueó. Hizo un amago, consiguió superar sus defensas, y rasgó su elegante camisa de lino. Retrocedió de inmediato, y disfrutó del embriagador sabor de la victoria inminente.
—¿Esto también es comprensible? —le preguntó con fingida dulzura.
Él contempló atónito el largo desgarrón antes de alzar la mirada hacia ella poco a poco.
—No os he herido —estaba tan entusiasmada, que se echó a reír.
—Habéis tenido suerte —comentó él, ruborizado.
—No, lo que he tenido es cuidado de no heriros, de Masen.
Le atacó con tanta rapidez, que le arrancó tres botones de la camisa antes de que él pudiera reaccionar. La prenda se abrió, y dejó al descubierto los gruesos músculos de su pecho.
Alguien se echó a reír por encima de sus cabezas.
De Masen la miró con incredulidad.
—Luchad, de Masen —le dijo, jadeante. Estaba decidida a luchar sin cuartel—. ¿Acaso queréis que vuestros hombres se enteren de que una niña puede venceros?
Él lanzó una estocada repentina que Isabella alcanzó a bloquear a duras penas. Fue obligándola a retroceder por la cubierta con un ataque tras otro, y la tuvo de espaldas contra la barandilla y sudorosa en cuestión de segundos.
Al verla hecha una furia, sonrió y le dijo:
—No tengo ganas de enfrentarme a vos, sobre todo teniendo en cuenta que vuestra espada está afilada; además, los dos sabemos que no podéis vencerme.
Pero al menos iba a intentarlo, porque estaba decidida a llamar la atención de aquel hombre. No era una dama, pero estaba a su altura en todo lo demás. Lanzó una fuerte estocada, y él la bloqueó antes de retroceder y dar un paso hacia un lado. Empezaron a moverse con rapidez en un círculo mientras las estocadas se sucedían, e Isabella sintió el escozor del sudor en los ojos. Sabía que era un espadachín experto, y aunque no esperaba ganarle, quería hacerle daño de alguna forma. Era lo que más deseaba… ¡maldición, quería que sufriera tanto como ella!
Tenía los brazos doloridos y estaba llegando a su límite físico, pero no estaba dispuesta a rendirse.
—Maldito seáis… —masculló.
Fingió que estaba exhausta y dispuesta a someterse a su clemencia, y se detuvo de repente. Él se tragó el anzuelo, y esbozó una sonrisa.
—Bien hecho, Isabella…
Ella fintó, lanzó una estocada, y le arrancó los botones que le quedaban en la camisa. Él se sorprendió tanto, que se quedó mirando boquiabierto la prenda desgarrada; cuando alzó la cabeza, la miró con un brillo ardiente en los ojos y sonrió.
Era obvio que no estaba enfadado. Isabella leyó el deseo en su mirada, y se sintió triunfal. Aunque estaba decidido a rechazarla, lo había provocado hasta tal punto, que en ese momento la deseaba. Era obvio que la razón había cedido ante la lujuria.
—¿Qué pasa, de Masen? —le preguntó con tono seductor—. A lo mejor lo que queréis no es una dama finolis.
Él atacó antes de que acabara de hablar, y atrapó el borde de su camisa y su camisola con la punta de su espada; a pesar de que el arma no estaba afilada, con un simple movimiento de muñeca podía rasgar las dos prendas. Isabella se quedó inmóvil. Estaba jadeante, y su cuerpo entero vibraba con una excitación frenética.
—Hacedlo, rasgadme la ropa.
Él se tensó, bajó poco a poco la punta de la espada hasta colocarla entre sus senos, y le dijo con voz ronca:
—Me parece que hemos acabado.
Tras contemplar la punta de la espada durante unos segundos, Isabella lo miró y le dijo:
—Yo no.
—Mi espada está contra vuestro corazón, querida. En una batalla real, estaríais muerta.
—La mayoría de los hombres me preferirían caliente y viva en sus camas —le espetó ella, desafiante.
Él apartó la espada, y la lanzó a un lado.
—Habéis ganado, Isabella. Admito mi derrota.
Empezó a dar media vuelta, pero se detuvo en seco cuando ella le arrancó con la espada los botones de arriba de los pantalones.
—A lo mejor mi oponente se habría dejado engañar con tanta facilidad como vos, y habría arrojado a un lado su espada al creerse fuera de peligro. Quizás, en una batalla de verdad, la destreza tiene poco que ver con la victoria. Volveos.
Él obedeció, y la miró con incredulidad,
Isabella no pudo mantener la mirada en su rostro, porque tenía los pantalones medio abiertos y una parte muy interesante de su anatomía había quedado al descubierto. Pero lo más interesante era la línea rígida que iba hinchándose visiblemente bajo la tela.
Estaba acalorada, y el deseo le corría como un torrente por las venas. Al darse cuenta de que estaba ruborizada, posó la punta de la espada contra su pecho y consiguió alzar la mirada hasta su rostro.
—Sí, yo gano —le dijo con firmeza.
De Masen tenía la respiración acelerada, e Isabella se sintió inmensamente satisfecha al ver que había conseguido enfurecerlo.
—Me habéis vencido, ¿y ahora qué? ¿Pensáis arrancarme el corazón porque os hice daño? Lo único que pretendo es llevaros sana y salva hasta lo que queda de vuestra familia.
Parte de la tensión del enfrentamiento se desvaneció, e Isabella empezó a debatirse entre la indignación y la culpa.
Él dio media vuelta, pero sólo se alejó varios pasos antes de volverse de nuevo. Regresó hacia ella, y la agarró de la muñeca antes de que pudiera reaccionar.
—Soltad la condenada espada. Quiero hablar a solas con vos, y no es una petición.
Isabella se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Su excitación iba evaporándose rápidamente. Cuando bajó la espada, él la soltó y le indicó con enfado que fuera hacia el camarote del capitán. Le obedeció cada vez más inquieta, y de pronto se dio cuenta del completo silencio que imperaba en el barco.
La tripulación en pleno había subido a cubierta. Casi trescientos hombres habían presenciado cómo atacaba como una desquiciada al capitán.
Cuando él la agarró del hombro y la instó a ir hacia el camarote, se tensó y sintió que el deseo resurgía. ¿Por qué le había provocado de forma tan imprudente e impulsiva? ¿Estaba lo bastante enfadado para ceder ante la lujuria?
En cuanto entraron, de Masen cerró la puerta de una patada, se quitó la camisa, y pasó junto a ella. La poca ropa que llevaba encima era más que reveladora, y del todo indecente. Se puso una camisa, y al oírla inhalar con fuerza se volvió hacia ella de golpe.
—¿Qué esperabais? A pesar de vuestra imprudencia y vuestra osadía, sois una mujer. Cualquier hombre se excitaría con un despliegue tan violento, seguro que ése era vuestro plan.
—No tenía ningún plan. Estaba enfadada, y quería haceros daño. Os compraré otra camisa.
—No tenéis ni un penique —se sirvió un whisky, apuró el vaso, y se sirvió otro. Le temblaban las manos—. Tenemos que convivir en un espacio muy reducido, y no podemos seguir así. Os he pedido perdón por mi comportamiento, ya es hora de que aceptéis mis disculpas. Quiero una tregua.
Isabella se dio cuenta de que ella también estaba temblando, y se rodeó con los brazos. No sabía si aceptar sus disculpas, pero lo cierto era que no le gustaba pelear con él. No tuvo más remedio que admitir para sus adentros que no lo odiaba.
—¿Aceptáis una tregua? —insistió él.
—De acuerdo —alcanzó a decir. En ese momento, la verdad la dejó sin habla… se había enamorado de Edward de Masen, estaba perdida.
Él esbozó una pequeña sonrisa, pero no se le acercó; al parecer, quería mantener las distancias.
—Le habéis ofrecido a mi tripulación todo un espectáculo, Isabella —le dijo con más calma.
Ella se mordió el labio. No sabía qué decir, ya que aún no se había recuperado después de darse cuenta de que se había enamorado del hombre más inalcanzable del mundo.
Al ver que no hablaba, él le dijo con voz suave:
—¿Queréis cenar conmigo esta noche? Comeremos mientras me contáis cómo os va con los estudios, y también podemos hablar sobre la logística de la próxima reunión con vuestra madre.
Isabella le había echado mucho de menos, y si él sólo podía ofrecerle un par de horas en cubierta o una cena, que así fuera; al fin y al cabo, era mejor que nada, ¿verdad? Porque no sólo le había echado de menos, sino que le necesitaba.
—Me encantará cenar con vos —vaciló por un instante antes de preguntarle—: ¿Qué significa «logística»?
Su sonrisa se reflejó en sus ojos verdes, y a Isabella le pareció la belleza personificada.
—Tenemos que hablar sobre algunos detalles, como el momento en que os presentaréis en Belford House con mi ayuda.
Isabella no quería hablar de lo que le esperaba en Londres; al fin y al cabo, estaba profunda e irremediablemente enamorada.
—De acuerdo.
—Hoy habéis sido muy osada, Isabella. Sois muy diestra con la espada, jamás había conocido a una mujer capaz de blandir un arma como vos.
Sus elogios la abrumaron. La admiración con la que la miraba era patente.
—Gracias —Isabella rezó para poder conformarse con su admiración, ya que no tenía ninguna posibilidad de conseguir su amor.
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Isabella se retrasaba.
Edward estaba paseándose de un lado a otro del camarote. La mesa estaba elegantemente preparada para la cena íntima que había organizado. Sabía que estaba pisando terreno peligroso, ya que a pesar de que necesitaba la tregua para sentirse tranquilo, cenar a solas con ella iba a poner a prueba su carácter, su honor, y su fuerza de voluntad. No había podido dejar de pensar en lo magnífica que estaba con la espada. Como una princesa guerrera celta de un tiempo remoto en el que las mujeres eran valientes e intrépidas, y luchaban junto a sus hombres. El acaloramiento y la violencia del enfrentamiento habían exacerbado sus instintos masculinos, que ya de por sí eran bastante fuertes.
Deseó haber aceptado su desafío. Después de desnudarla por completo y de obligarla a que se rindiera, la habría tomado en sus brazos y la habría llevado a la cama.
Intentó recuperar algo de compostura, y se pasó una mano por el pelo. Para dejar de recordar la demostración de esgrima sólo tenía que obligarse a pensar en el futuro que la esperaba. Desde que había descubierto la verdadera identidad de Isabella, había estado dándole vueltas a su llegada a Belford House. Ella no tenía ni idea de que era ilegítima, pero él estaba casi convencido de que era así; al fin y al cabo, dudaba que Renée Belford hubiera estado casada brevemente con un joven oficial de la armada y que después hubiera obtenido un costoso divorcio. La verdad de su nacimiento iba a ser un golpe muy doloroso para Isabella.
Tuvo ganas de maldecir a Swan por las mentiras que le había contado a su hija, pero sus motivaciones eran comprensibles; en cuanto a lady Belford, la conocía lo bastante bien para saber que no iba a alegrarse de ver a su hija. Ninguna dama de su categoría estaría dispuesta a aceptar abiertamente a una hija ilegítima, ya que eso comportaba el escándalo y la deshonra; aun así, los bastardos eran una parte más de la sociedad. En todas las familias había alguno, y a menudo convivían con sus hermanos legítimos. Para disimular, se solía decir que eran ahijados o primos, y nadie les daba más importancia cuando los chismorreos iban desapareciendo. Seguramente, Renée diría que Isabella era una prima lejana, ya que así podría incorporarla a la familia sin poner en peligro su posición social.
Había decidido que iba a tener que ir a hablar con ella antes de llevarle a Isabella. Debía asegurarse de que la reunión fuera bien, y de que Renée accediera a reconocerla al menos como prima. Después de alcanzar un acuerdo con ella, le contaría a Isabella la verdad con mucho tacto, aunque sabía que la conversación no iba a ser nada agradable.
Mientras tanto, tenía que animarla a que refinara su comportamiento todo lo posible, porque si no lo hacía, estaba perdida.
¿Dónde estaba?, ¿había cambiado de opinión en lo concerniente a la tregua?
Al darse cuenta de que ya se retrasaba cuarenta minutos, fue a su camarote para averiguar lo que pasaba. Cuando estaba a punto de llamar a la puerta, se detuvo en seco al oírla hablar acaloradamente. ¿Con quién estaba?
—¿Qué voy a hacer? —preguntó, claramente angustiada—. ¡No sé qué hacer!, ¡no tengo ni idea! Ayúdame, por favor.
Edward se sintió perplejo, y hasta celoso. Abrió la puerta con cuidado, y la vio de pie de espaldas a él.
—¡Por favor, papá! Si tú no me aconsejas, ¿quién va a hacerlo? ¡Por Dios, te necesito!
Lo inundó una mezcla de compasión y de pena. Isabella estaba hablando con su padre, ¿acaso podía ver su fantasma? ¿Creía de verdad que iba a responder a sus preguntas?, ¿hablaba a menudo con Swan?
Creía que ella estaba recuperándose paulatinamente de su pérdida, pero era obvio que su dolor seguía siendo igual de intenso. Se sintió como un canalla por no haberse dado cuenta.
Estaba a punto de hablar cuando ella dijo con voz ronca:
—Seguro que estás enfadado conmigo. No he olvidado que querías que fuera la amante de de Masen, pero es un caballero de verdad. Intenté seducirlo, te lo prometo.
Fue como si acabara de apuñalarlo con la pequeña daga que llevaba en la bota. ¿Había intentado seducirlo para honrar una promesa disparatada que le había hecho a su padre? Swan no le había dejado a su hija ni un penique, así que hasta cierto punto podía entenderlo, pero seguía siendo un duro golpe.
—Perdona mi fracaso, papá. Al menos, voy en busca de mamá… no sé qué hacer, estoy tan enamorada…
Edward no había tenido tiempo de recuperarse de la primera sorpresa, no había tenido tiempo de enfurecerse. Apenas podía creer lo que acababa de oír, y luchó por convencerse de que la había malinterpretado mientras abría la puerta del todo.
—Ya lo sé —susurró ella, como si su padre acabara de decirle algo—. Ya sé que soy una tonta, y que me romperá el corazón, pero no había conocido a ningún hombre como él. ¡No hay nadie como de Masen! Oh, Dios… intento convencerme de que me bastará con su amistad, pero es muy duro. Estoy completamente enamorada de él. Si me aceptara, estaría encantada de ser su amante, y me daría igual que no pudiera ofrecerme nada más.
Edward se quedó sin aliento. Fue como si acabaran de darle un puñetazo en la barriga. ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo era posible que Isabella Swan, la indómita y libre, La Salvaje, una mujer tan independiente que no necesitaba a nadie, se hubiera enamorado de él?
Pero él ya tenía sus sospechas. La forma en que lo miraba, unas veces con esperanza y admiración y otras con un deseo ardiente, era muy reveladora. Sólo quería protegerla, pero quizás ella había malinterpretado su comportamiento más de lo que pensaba.
Intentó hablar, pero fue incapaz de articular palabra.
—Al menos voy a Inglaterra a ver a mamá, que es lo que tú querías —estaba temblorosa, y luchando por contener las lágrimas—. No podía negarte algo así, pero tengo miedo —se limpió el rostro con la manga de la camisa, y añadió—: Soy una cobarde. Voy a decepcionarte, porque Inglaterra y mamá me dan mucho miedo. Le tengo más miedo a ella que a los granujas que a veces abordaban nuestro barco y querían matarnos. Ojalá volvieras para decirme que no tengo que ir a Inglaterra.
Edward retrocedió, y cerró los ojos mientras lo recorría una compasión abrumadora. Podía lidiar con el problema de la llegada a Inglaterra, pero lo que Isabella sentía por él era un tema muy diferente.
Volvió a su camarote en silencio.
Creo que a Edward le ha llegado mucha información...jejejeje. el prox. cap. se titula "después de la tormenta, no siempre llega la calma" y como pueden inmaginar... es muy... interesante, jejejeje. nos leemos guapas. besotes.
