5. La decisión de Elsa

"¡Ya estoy harta de andar por bosques y llanuras, trepar montes y seguir ríos! Ya son muchos días que hacemos preguntas y parece que no llegamos a ningún lado. Me duele el cuerpo de tanto viajar. Anna, hermanita ¡Cómo me gustaría encontrarte y terminar con esto de una vez! Ya me importa poco el reino: sólo quería sentirme tranquila entre la gente, pero ellos sólo han sido crueles. Pero en cuanto te encuentre, nos iremos todos a vivir en paz, seremos una familia de nuevo y viviremos sin temor."

Esto pensaba la Reina de las Nieves mientras caminaba a un costado de Sven. Había montado durante tantos días que ya sentía calambres en los muslos y la espalda; trató de caminar, pero sólo la había ayudado los primeros días, después de otros días se le habían formado ampollas en los pies. Hace tiempo que Elsa había dejado atrás las prendas reales y vestía sencilla, como una joven provinciana. Con el recuerdo constante de lo que había sucedido en su reino, prefería ocultar sus poderes mágicos, no fuera a ser que alguien se diera cuenta y tratara de hacerle daño.

Kristoff estaba más acostumbrado a largas caminatas que Elsa, por lo que aguantó el viaje de mejor manera. Aún así, resultaba desesperante en de poblado en poblado o encontrarse con otros viajeros y no saber a dónde continuar. Anna era una chica que se distinguía entre las demás, ya fuera por su hermosa figura, su energía o su actitud encantadora. Cuando preguntaban por ella, se guiaban por esos indicios. Pero muchas veces recibieron la misma respuesta: "No hemos visto a ninguna chica como la que me dices, tal vez en el siguiente pueblo te puedan ayudar". Cuando esto sucedía, Kristoff pensaba: "O vamos por muy buen camino o alguien nos está jugando una mala pasada", entretanto, Elsa se impacientaba más con cada día que pasaba.

Desde que llegaron al otro lado de la costa, continuaron mundo adelante hacia el sur, así como las rosas les habían mandado. A esas alturas, los altos y tupidos bosques habían quedado atrás, cedían el paso a praderas extensas de pastos verdes, colinas bajas con pequeños bosquecillos de olivo, pino y encino junto arbustos de flores blancas que, al calor de mayo, despedían un dulce y suave perfume parecido al azahar.

Pero, sucede que en muchas ocasiones, cuando ya no esperamos que ocurra nada nuevo, la vida nos despierta con algo inesperado. Esto les ocurrió en el momento en que los dos viajeros se encontraron a un pastor cuando conducía pasiblemente su rebaño, a pastar al fresco verdor de un prado. Ellos dieron por sentado escucharían las mismas palabras de siempre, y le preguntaron casi de manera mecánica, sin pensarlo, sobre Anna. Gran sorpresa fue la que se llevaron cuando el pastor les respondió:

— Hace poco, pasó por aquí una muchacha bonita como nunca había visto: de piel blanca que casi brillaba, cabellos rojos y hermoso rostro. Iba con dos sujetos de aspecto extraño, no parecían de estos rumbos y no me dieron buena espina. Apenas me miraron y me dio mucho miedo, pensé que me harían daño. Pero siguieron su paso por ese camino y cruzaron al otro lado de esa cumbre. Si se apresuran, los alcanzarán y, quién sabe, tal vez sea la muchacha a quien buscan.

Al escucharlo, un nuevo ímpetu se apoderó de Elsa y se puso de tal manera que correteaba, alegre y ansiosa, por todas direcciones. Abrazó al pastor, lo llenó de besos y el pobre no supo si temblaba por frío o sonrojo. Sin pensarlo dos veces, Elsa montó al reno y le mandó, enérgica, a Kristoff:

— ¿Qué esperamos entonces? ¡Vamos, ya estamos cerca!

—Vamos amigo, un pequeño esfuerzo más. — Dijo Kristoff con una sonrisa amable a Sven. Tomó las riendas y espoleó su lomo. El reno bufó y salió a trote rápido.

La colina resultó ser más empinada de lo que pensaron en un principio. Elsa pensó que tal vez podría hacer una escalera de hielo para treparla. Pero de nuevo temió ser descubierta por algún ojo curioso y tuvieron que desmotar al reno para subir. Cuando al fin llegaron a la cumbre, sintieron el golpe de una brisa cálida y húmeda. Frente a ellos, bajo el cielo azulado, extendiéndose decenas de kilómetros hasta donde alcanzaba la vista, el paisaje se esparcía vasto, como un juego de luces plateadas y azules que cambiaban constantemente.

— ¡Caray, de nuevo el mar! —Exclamó Kristoff. — Supongo que las flores no te dijeron cómo seguir desde aquí.

En la orilla del mar, alzado sobre un peñasco, había un castillo de paredes blancas y gruesos baluartes donde ondeaban banderines al viento. Más abajo, un muelle recibía y despedía las embarcaciones que se tambaleaban gráciles al vaivén de las olas espumosas. El castillo estaba rodeado por casas aún más blancas y tejados rojos adornados con enredaderas que era una delicia verlos. Los repiques en la iglesia anunciaban el mediodía. Se detuvieron y observaron aquella preciosa escena; conmovidos, pensaron en Anna y cuánto le gustaría visitar un pueblo como aquel.

—Vamos. —Dijo la Reina, cuya sonrisa brilló como hace mucho tiempo no lo hacía. — Estoy segura que encontraremos a Anna.

Montaron Sven y se dirigieron a la villa. Pasaron frente a un pequeño lago y Elsa miró a las muchachas pueblerinas que lavaban sus manos, pies y caras, jugando alegres en el agua. Y aunque ninguna de ellas podía igualar en hermosura a la Princesa Anna, reflejaban la misma alegría y aire infantil que tanto extrañaba de ella: Apenas lograba contener la emoción en su pecho y diminutos copos de nieve delataban tras de sí el estado de su corazón.

Al ver a los forasteros, una posadera los invitó a su establecimiento y les ofreció un vaso de vino. Era la hora de la comida y el salón principal de la posada estaba lleno de gente. Los dos viajeros vieron cómo la multitud se reunía alrededor de una mesa en particular. Un hombre viejo y gordo sostenía con la mano una cuerda atada a un enorme perro de presa con apariencia de auténtica fiera; en la otra agitaba acaloradamente un pedazo de papel con letras impresas, de modo que su rostro y sus manos se ponían colorados. La pobre Elsa quedó espantadísima cuando escuchó decir: "¡No podemos permitir que brujas como ella anden entre nosotros!". Miró alrededor, atenta a algún dedo que la señalara. Pero todos veían al hombre, demasiado ocupado en sus agitados pensamientos;

—Miren lo que Arendalle ha hecho, tal vez deberíamos tomar su ejemplo— Dijo él, se paró sobre una mesa y declamó con voz potente y firme lo que decía aquel papel:

Habla el Rey Leopoldo de las Islas del Sur:

Un vasto espectro llega a nosotros, se sacude el olvido y amenaza con muerte: Es el espectro de la magia y la hechicería. Desde el primer día en que la Reina Elsa tomó el mando de su nación, conjuró un hechizo que casi condenó a su país a una muerte congelada. Pero, ante la inminencia de la fatalidad, el pueblo de Arendalle nos ha demostrado que se puede vivir sin miedo: En su buen corazón, perdonó a su reina y le permitió gobernar sin más. ¡Triste pueblo, pronto lamentaría su inocencia! Pues una bruja siempre será una bruja, y la Reina, traicionando su confianza, decidió conjurar un nuevo hechizo para perpetuar el crudo invierno.

Contrariamente a lo que ella esperaba aquel acto no atemorizó, sino que terminó por infundir valor en el corazón de hombres, mujeres y niños para levantarse contra su cruel tirana y hacerla huir despavorida. No obstante, sería muy ingenuo en pensar a la Reina Elsa como la única hechicera que amenaza su porvenir, o que el invierno es la única magia que les puede arrebatar la tranquilidad. Mágicos resurgen en todos lados y se empeñan en sembrar terror y ruina a donde sea que se presenten.

Tras de tan heroica hazaña, Arendalle ha concebido la idea de asociarse, de cooperar, en una palabra, de buscar un mando fuerte y capaz de enfrentar esta deplorable realidad. Pues aunque su pueblo ha demostrado ser valiente y fiero, también es respetuoso de la ley. Hoy Arendalle nos ha dado un voto de confianza y aquello nos carga de gran responsabilidad. El Príncipe Johannes y la casa de Westegard pondrán todos sus esfuerzos en cumplir con las demandas que su gente nos exija para vivir en paz.

Exhorto así a los reinos del mundo civilizado: Los horrores de éstos hechizos, las miles de vidas en peligro, vidas de seres absolutamente inocentes que son brutalmente amenazados con el frío, el hambre y la destrucción por el capricho de unas cuantas personas; conmueven los sentimientos de todos los que, a todos los niveles, entienden la terrible amenaza que por su propia naturaleza representa. Así pues únanse, secúndense y junten su vigor para dar punto final con las bocas que conjuran en nuestra contra y los ojos que nos lanzan hechizos funestos, hechos odiosos que son una desgracia para nuestro siglo. Pues sólo cuando las fuerzas de la ciencia y la razón hayan barrido la hechicería y la barbarie, la humanidad entrará en una era de luz y progreso.

Cuando terminó, mucha gente elogiaba al anciano con entusiasmo y exclamó cosas muy poco agradables a los oídos de Elsa:

— ¿Ustedes creen que el Rey Eric quiera unirse a Leopoldo contra la amenaza mágica? —Comentó un hombre.

—Lo dudo mucho, a nuestro rey sólo le importa navegar. — Respondió otro.

Y debo aclarar que no todos estaban de acuerdo con estas personas. Pero muchas veces, cuando alguien habla mal de aquellos que los gobiernan, su opinión no suele ser puesta en duda: Cuando la gente habla mucho de una cosa, hay que darles la razón.

— ¡Eso es basura! — Musitó Kristoff, furioso, aunque nadie lo escuchó. Volteó hacia Elsa: estaba pálida como una hoja de papel y apretaba con fuerza el vaso de vino, de modo que comenzaban a formarse pequeños cristales de hielo sobre el vidrio; temió que ella misma se delatara ante personas tan poco amigables. Elsa se paró de inmediato y salió a prisa del lugar. Kristoff la siguió, pero afuera se había formado la tempestad más horrorosa de la que cualquiera allí hubiera tenido memoria. El cielo se oscureció en un manto gris, cayó granizo como piedras sobre las cabezas y rugió un viento gélido que cortaba como pequeñas agujas. Elsa entretejía angustiada sus cabellos entre las manos, presa de su desesperación: Era más fuerte la tormenta en su alma que aquella que azotaba al pueblo.

— ¡Elsa!— Gritó Kristoff, frotándose los brazos por el frío.

— ¡Aléjate de mí! — Contestó la Reina. — Escúchalos ¡Ya lo he intentado todo, pero no dejan de verme como un monstruo! ¿Qué tal si tienen razón? Será mejor que te apartes; si no soy yo, serán ellos los que te hagan daño.

El océano se agitaba furioso y amenazaba con estrellar los barcos contra los muelles. El aire helado y húmedo sacudía los árboles con violencia; las puertas y ventanas crujían y chocaban; y las nubes se deslizaban tan rápido que parecían bandadas gigantes de aves, desesperadas por huir del mal clima. Las pobres gentes que había en la calle sostenían con fuerza sus sombreros y bolsas para que no se los llevara el viento. Los libros y periódicos de las estanterías se abrieron y se arremolinaban en las corrientes de aire. Nadie sabía qué pasaba y todos estaban asustadísimos.

—Es cierto, Elsa— Exclamó Kristoff, severo. — Tu poder es grande y he visto los desastres que puede hacer ¡Pero mírame, aquí estoy! A tu lado y no me pienso separar: ¿Peligrosa? Puede que sí, pero también eres buena, siempre te preocupa la felicidad de otros antes que la tuya.

El muchacho se acercó lentamente hacia ella, realizaba grandes esfuerzos por dar cada paso, cubriéndose el rostro para no ser golpeado por el granizo: "Por favor, aléjate", repetía Elsa; pero Kristoff no dio un paso atrás. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para apenas rosarla con los dedos, volvió a hablar:

—Escúchame: Sólo los tontos piensan que algo no puede ser bueno y terrible a la vez ¡Buena y terrible, eso es lo que eres! No importa, Anna te ama así como eres y yo también.

Ambos se miraron fijamente. Y aquellas palabras llegaron al corazón de Elsa, de forma que le hizo bien. Poco a poco, la tempestad empezó a menguar: el viento se detuvo y los granizos dejaron de caer; en el pueblo reinó entonces una callada e inmensa tranquilidad. Kristoff tomó a Elsa y la envolvió en sus brazos, ella se recargó sobre su tibio y ancho pecho, y aunque sollozaba, por primera vez en todo el viaje, la Reina respiró una auténtica sensación de paz.

—Yo sé donde está la chica que buscan. —Dijo una voz a sus espaldas.

Ambos voltearon a ver a la posadera que sonreía, pícara, y con la rienda de Sven en la mano. Les contó cómo dos sujetos que no le habían dado buena impresión cargaban con una hermosa joven. Habían doblado hacia el este y no se encontraban lejos del pueblo: "Si se apresuran, los alcanzarán hoy".

Elsa la abrazó con tal energía que a la posadera le tronaron varios huesos: "¡Es Anna, está cerca!". Agradecieron a la ventera y, en un santiamén, montaron al reno y emprendieron a todo galope. El animal corría como si la tierra le quemara las patas, parecía saber hacia quién se dirigía. Subieron y bajaron a lo largo de colinas con árboles de pocas hojas, casi desnudas y muy delgadas, olivos, sauces y otros árboles que comenzaban a dar frutos. Pronto escucharon el murmullo de un riachuelo cercano. Entonces Sven alentó el paso y escucharon, débil, el sonido de voces humanas.

—Debemos tener cuidado, no sabemos qué tipo de personas pueden ser. — Advirtió Kristoff.

Ambos bajaron del reno y se aceraron atentos de no hacer ruido. Estaban cansados, aunque no exhaustos, parecida a la sensación tú que tendrías si hubieras pasado todo el día jugando afuera. Se escabulleron detrás de un arbusto y miraron tres caballos atados en la veda del riachuelo; uno de ellos de magnífica estampa, digna de la realeza. También había cuchillos, espadas e incluso una pistola regados en el suelo, pero ninguna persona. Elsa quiso escabullirse más adelante para ver mejor. Pero segundos después, escuchó un grito que le erizó la piel: volteó y miró a Kristoff forcejeando furiosamente con un enorme hombre negro que lo sometió en pocos instantes y lo alzó en el aire.

Entre el susto y la sorpresa, Elsa sólo atinó a exclamar: "¡Déjalo!". Entonces el hombre soltó a Kristoff y se dirigió hacia ella. La reina alzó sus manos contra él y aprisionó todo su cuerpo, menos su cabeza, en un bloque de hielo. Detrás, otro hombre, más joven que el primero, cargó contra ella y exclamó algo que Elsa no logró entender. Elsa se dispuso a congelar el suelo donde se hallaba y hacerlo resbalar, pero el hielo jamás toco al joven que rodó con los puños llameantes. Si Elsa no hubiese estado tan furiosa que se limitaba a tender los brazos de forma amenazante y gritar hasta que se le desgarró la garganta, hubiera congelado a los bandidos al instante.

No obstante (y lo que ocurrió fue con tanta rapidez que apenas tuvo tiempo para pensar), la reina arremetió contra él y trató de atraparlo igual que a su compañero, pero cuando el hielo comenzó a cubrir su cuerpo, este clavó sus dedos en su trampa helada con enorme fuerza. El hielo se quebró al instante y estalló hacia todas direcciones, como cuando se arroja una piedra contra el cristal.

Elsa retrocedió y miró absorta al joven envuelto en llamas de pies a cabeza quien, sin embargo, no parecía sentir ningún dolor ni se le quemaba un solo cabello. La miró profundamente entre el llamaradas rojas y ardientes, con los puños tensos y sin dar un paso adelante o atrás.

— ¿¡Te parece si detenemos esto antes que alguien salga lastimado!? — Exclamó él.

Se produjo un momento de confusión, muchas cosas pasaron la mente de la Reina y sólo acertó a asentir con la cabeza. Las llamas que envolvían al hombre se apagaron de inmediato: No había sufrido daño alguno, sus ropas no estaban chamuscadas, ni siquiera había olor a humo. Kristoff miraba a ambos aún más sorprendido; se preguntó cuántos mágicos más podría haber en el mundo y qué otros poderes podrían manifestar.

— ¿Qué hace aquí la Reina de las Nieves y por qué está atacando a mi gente? —Le reprendió el bandido mientras sacaba a su compañero de su prisión congelada.

—Me dijeron que tienes cautiva a mi hermana. — Respondió Elsa.

— ¿Y sólo porque lo dice la gente ya crees que es verdad? — Contestó, molesto.

Estaba tan ocupada ordenando sus pensamientos que apenas percibió cuando una tercera persona se ciñó a su cuello; un joven sumamente esbelto, blanco y hermoso. Tardó unos segundos en darse cuenta que se trataba de la Princesa Anna, con ropas de hombre. Entonces la apretó fuertemente contra su pecho, sus ojos empezaron a derramar lágrimas saladas mientras en sus labios se dibujó una sonrisa.

— ¡Anna, hermanita! ¡Aquí estás! —Exclamó Elsa que no cabía de la felicidad.

— ¡Anna! — Exclamó Kristoff, y la muchacha se arrojó inmediatamente en brazos del joven, acarició su nuca y encendieron sus labios en un tierno beso de amor.

—Vaya, creo que te debo una disculpa. —Declaró Tárek.

—Te dije que vendrían por mí. — Le reprochó Anna, alzando la frente orgullosa.

—Tú debes ser el famoso Kristoff. —Dijo el bandido, adoptando un aire mucho más amigable. — Mi amigo, debes saber que tu chica es un tesoro, cuídala mucho o te la van a robar. Y tú, Reina de las Nieves ¿Te parece bien que se cruce medio mundo por tu causa? Me gustaría saber si vales la pena.

Elsa se quedó examinándolo, extrañada, tenía un sinfín de preguntas para aquel hombre, pero aquellas últimas palabras bastaron para que despertasen en la reina sentimientos no muy cordiales hacia él. Así que decidió ignorarlo, volteó a su hermana y la abrazó.

— Oh, Anna, ya no importa nada— Gemía la Reina mientras le acariciaba sus cabellos y besaba cariñosamente su frente, y Anna sentía de nuevo esas corrientes que recorrían todo su cuerpo. — Te tengo a ti y eso es lo que importa ¿Qué hubiera hecho si te hubiese pasado algo malo? ¡No quiero ni pensarlo! Por mí Arendalle y Leopoldo pueden hacer lo que ellos quieran. Ahora vámonos, hermanita, encontré un lugar donde podremos vivir felices y en paz.

— ¿De qué hablas? ¿Qué pasará con Arendalle?— Preguntó la princesa.

— La gente en Arendalle ya no me quiere allí, lo tengo muy claro, incluso prefirió entregarle el reino al Rey Leopoldo.

Cuando Anna escuchó éste nombre se quedó boquiabierta. Se había estado preguntando durante toda su travesía quién habría sido capaz de lanzar un maleficio como aquel que cayó sobre Arendalle. Escuchó lo que había escuchado Elsa y logró conectarlo con lo que sabía: el Rey Leopoldo, pues, era el padre del príncipe Hans, con quien se había comprometido en matrimonio tiempo atrás cuando, en realidad, había intentado asesinarla y convertirse en rey de Arendalle. Supo entonces que, de algún modo, el Rey de las Islas del Sur y sus hijos habían encontrado la manera de combatir magia con magia, expulsando a Elsa de su reino sin necesidad de arriesgarse ellos mismos.

—No, Elsa, no podemos dejar a Arendalle así. — Cortó Anna. —La gente de Arendalle te quiere, lo sé, pero está bajo el poder de un hechizo muy poderoso. —Entonces le relató a su hermana todo lo que sabía acerca del espejo y su poder. Bien sabía que el Príncipe Hans era un hombre malvado y manipulador; pero jamás se imaginó que su padre podría ser mucho más astuto y peligroso. — ¿No lo ves, Elsa? Él fue quien nos tendió esta trampa. Voy hacia Agrabah, donde dicen que hay una gran parte del espejo. Realmente creo que si lo encontramos, podremos hallar una forma de romper su encantamiento.

Anna la miró profundamente, estaba seria, como pocas veces en su vida: Por un instante, pareció que Anna era la hermana mayor y Elsa, la niña asustada. La Reina bajó entonces la mirada, pues conocía la obstinación de su hermana cuando se proponía algo. Sintió una presión que le mordía las tripas y comprendió que aquél no sería el final de su travesía. Pensó en la anciana de las flores, en su pequeña y cálida casita; y vio cómo sus ilusiones de ir a vivir oculta y tranquila entre los suyos se esfumaba.

—Excelencia, permítame facilitarle el asunto. — Dijo respetuosamente Darfur, quien parecía haber olvidado el agravio de hace unos minutos. —Su hermana hizo un pacto de honor con Tárek y conmigo. Hemos vivido como sinvergüenzas, lo sabemos, pero sepa que nuestra palabra es sagrada. Prometimos llevar a su hermana a las puertas de Agrabah y ella prometió que hablaría con el sultán para redimirnos ¿O acaso la hermana de la Reina de no tiene honor? ¿La palabra de la princesa de Arendalle no vale nada?

Kristoff se acercó a Elsa y tocó levemente su hombro:

— ¿Recuerdas lo que hablamos? — Le susurró gentilmente. — Esta es tu oportunidad para recuperar tu reino y demostrarles a todos que eres más buena que peligrosa.

Elsa meditó durante unos instantes. En el ambiente reinaba un gran silencio, sólo se oía el rumor del riachuelo, pastos sacudiéndose y aves a la distancia. Ansiosa, entrelazaba sus finos dedos, agachaba la cabeza y se mordía los labios. Aquella mujer, que podía amarrar los vientos helados y cubrir campos enteros de nieve, que danzaba en las afueras de un páramo congelado mientras todos se calentaban en sus casas, estaba agotada y ya no se sentía tan fuerte: Si le hubiesen concedido un deseo en ese momento, hubiera sido regresar con su familia a aquella casita de vida simple y alegre. Así es, la Reina de las Nieves estaba cansada y tenía miedo. Pero, entonces se le vino a la cabeza: "Has estado huyendo mucho tiempo ¿A dónde te ha llevado ello? ¿Quieres seguir corriendo ahora que puedes hacer algo? No, Elsa, no está bien, si huyes de esta batalla, será mejor que huyas de todas las batallas de tu vida".

Respiró hondamente, y a continuación, se irguió y con la frente alzada. Le ordenó al bandido: "Llévanos a Agrabah", y él mostró una sonrisa que relucía su blanca dentadura.

—Será un placer. —Contestó Tárek, chocando sus manos con energía. — ¿Sabes? a veces me pregunto si Anna tiene valentía o locura, ahora veo que tú estás hecha de la misma madera. Después de todo, no sé si los Siete Desiertos sean lugar para la Reina de las Nieves.