"Black Mirror"


Cap. 07: Compañera entre compañeros.


Nunca antes la pequeña boca de piñón de la insurrecta joven Farlong había conocido un diámetro tan prominente como el que ahora sus finos labios descoloridos dibujaban en su rostro abarcando la afilada hilera de dientecillos de tiburón de entre los que se escapó un nada delicado bostezo.

Amie observó alelada con los párpados entrecerrados, contagiada del mismo cansancio del que su amiga hacía gala sin decoro alguno, la siempre fascinante dentadura que ahora se abría de par en par ante sus ojos. De toda la vida le había resultado curioso a la par que extrañamente estético el hecho de que la planodeudo, además de tener absolutamente todos sus dientes perfectamente alineados e impolutos, poseyera únicamente cuatro incisivos en toda la boca mientras que el resto fueran variaciones más o menos acusadas de caninos. Dos incisivos romos centrales tanto en la parte de arriba como en la de abajo y luego, en el lugar donde tendría que haber habido otra pareja de incisivos laterales, premolares y molares, todos habían sido sustituidos por caninos anchos, cortos y afilados.

En lo tocante a los caninos propiamente dichos... aquellos eran ligeramente más largos y protuberantes que el resto, estrechos, en forma de lanza, ideales para masticar carne y muy poco recomendables en lo que a manías infantiles de morderse los labios respectaba. De niña, Desdémona siempre había llevado un amplio muestrario de pupas en los mismos a causa de su manía persecutoria por mordérselos cada vez que se ponía nerviosa o la pillaban in fraganti haciendo alguna travesura. Por fortuna, los años de estarse lamiendo las heridas para que cicatrizaran más rápido le habían enseñado a encauzar su nerviosismo en tics menos nocivos para su persona... en teoría.

- Uah... - exhaló la pequeña diablilla echando los hombros hacia atrás y girando el cuello en varias direcciones con objeto de que éste se le destensara – No sé vosotros, pero yo estoy rendida. Tengo más sueño que once viejas en columpio.

Kipp a su lado asintió pesadamente con la cabeza al tiempo que también bostezaba con poca o ninguna delicadeza y los ojos se le llenaban de lagrimillas del propio sueño.

- Deben de ser más de las nueve, mira. - informó Amie alzando un dedo índice para señalar el sol crepuscular hundiéndose a lo lejos en el impreciso horizonte que la frondosidad y las neblinas del Estero desdibujaban a lo lejos – Y es bastante normal que estemos cansados. Llevamos todo el día andando y despiertos desde las tres de la madrugada tras la Feria de la Cosecha... han pasado tantas cosas en menos de un día que todavía creo haberlo soñado. - y retirándose la capucha marrón, dejó a la vista al pequeño murciélago que había estado durmiendo sobre su cabeza arrebujado en la sedosidad de los cabellos dorados que la coronaban – Volo... - llamó con suavidad llevando una mano hacia la criaturilla para despertarla, pasándole un dedo por el lomo peludo – Despierta, perezoso...

Desdémona le dio una mirada somnolienta al mamífero mientras éste movía con lentitud sus alitas membranosas sobre la cabeza de la aprendiz de maga y la olisqueaba el pelo.

- Para tu murci la vida es sueño, como el libro, Amie.* - observó enarcando una ceja entretanto observaba a la criatura emprender el vuelo y ponerse a danzar en el aire de aquí allá, siempre siguiéndolos pero con un patrón de vuelo aparentemente nervioso y caótico - ¿Qué hace?

- Desayunando. - replicó la joven humana encogiéndose de hombros – Los murciélagos son cazadores nocturnos, comen insectos y ésas cosas. A Tarmas le venía que ni pintado que mi familiar fuera un murciélago ya que las noches de verano podía dormir con la ventana abierta sintiendo la tranquilidad de que ningún mosquito le picaría. - rió para, inmediatamente, suspirar casi con arrepentimiento – Por Mystra... seguramente se habrá enfadado un montón al leer la nota...

Sin decir nada, Desdémona enlazó su brazo sano al de su amiga y siguieron caminando cargadas con sus gigantescas bolsas de viaje no añadiéndole nada más al particular ya que, algunas veces, mejor era no darle demasiadas vueltas a las cosas. Lo hecho, hecho estaba. Se habían ido del pueblo, se habían literalmente independizado. Todo inicio es duro, tanto para los que se quedan como los que se van. Es ley de vida.

El camino frente al trío venía siendo desde que lo comenzaran a patear al inicio del viaje muy estrecho, rudimentario, apenas sobresaliendo de entre el fango y las pequeñas piscinas opacas de los remanentes de las intermitentes lluvias que les habían andado acompañando a lo largo de aquella jornada. No era una caminata fácil la que les conducía kilómetro tras kilómetro a través del pantano, mas no obstante las jóvenes y el niño vivían aquello, si bien con sueño, también con una tremenda ilusión al visualizar ya el simple hecho de hallarse tan lejos de casa como una gran aventura. Y no habría explicaciones que dar a nadie, mayores ante los que responder, normas de higiene y buenas costumbres que observar, horarios a los que plegarse...

La vida de aventuras ofrecía un desconcertante y maravilloso abanico de opciones que ya creían apenas estar paladeando brevemente... aunque sólo fuera dentro de sus cabezas, claro...

- ¿No había una posada o algo así al final del pantano, por el Este? - consideró la aprendiz de maga tras un minuto de silencio, reprimiendo un bostezo – No sé qué le oí decir yo a Georg una vez... acerca de que los mercaderes de las afueras que vienen al Estero suelen hacer parada allí.

- Sí, la posada de "El Sauce Llorón". - informó Desdémona consultando su mapa pensativamente, no sabiendo muy bien cómo manejar aquel enorme pedazo de papel desdoblado y carcomido con una sola mano y que no se le volara en el proceso – Mi padre me ha señalado aquí una serie de puntos en el mapa... vamos, el camino que yo entiendo quiere que recorra. - añadió mostrándole el plano a su amiga no sólo para que también lo viera, sino para que le sujetara el otro lado del papel con una mano y así pudieran leerlo mejor - ¿Ves? En teoría deberíamos tenerla casi en los morros. - y estrechando los ojos oscuros, suspiró – No tengo ni idea de cuánto pueden cobrarnos por alojamiento... en todo caso pediremos una habitación y dormiremos los tres a piñón. Y si alguno se tiene que quedar en el suelo con una manta porque no cabe en la cama, se aguanta y tira con lo que hay.

Más bien la que acabaría en el suelo sería ella. No cederle a Amie la cama se le antojaba feo y, por otra parte, el dejar a Kipp, que sólo tenía ocho años, como un perro arrebujado entre mantas sobre la fría superficie del suelo le parecía inaceptable.

Además de que los dos eran más pequeños que ella y era su obligación cuidarles... eso sin mencionar que ahora era, al parecer, la líder del grupillo que los tres conformaban. Y el deber de un líder es velar por el bienestar de aquellos a los que dirige, ¿no? Al menos eso era lo que hacían los héroes de los cuentos y los grandes Señores de los Cantares de Gesta, claro...

Mira, la cuestión es que le tocaba a ella y punto. Sin más discusión.

Así pues, tras un tiempo, cuando las sombras del crepúsculo ya iban alargándose como viscosos tentáculos de una criatura abisal sobre el camino frente al valiente trío, los ojos sobrenaturales de la planodeudo vislumbraron finalmente a lo lejos el mortecino resplandor verdoso de dos diminutos puntos luminosos que la creciente oscuridad comenzaba a devorar inexorablemente. Y asiendo a sus dos amigos, a una de la manga de la túnica con la diestra y al otro de la cintura con la cola, encaminó sus pasos hacia aquel difuso destino antes de que éste le desapareciera del rango de visión.

La calima circundante comenzaba a crecerse más densa, casi como si una fuerza oculta la conminase a hacerlo, y pronto la malevolencia del Estero comenzó a hacer presa de los tres viajeros nocturnos, quienes además de empezar a ponerse nerviosos por la acechante penumbra que los iba envolviendo, también apretaron el paso dirección a la exangüe luminosidad que guiaba sus inquietas pisadas en el silencio de la ciénaga.

Y sus esfuerzos se vieron pronto recompensados una vez atinaron a distinguir la forma nítida de los faroles que iluminaban la fachada exterior del anhelado edificio, una especie de caserón, mucho más grande que cualquiera de las granjas de Puerto Oeste, de madera ennegrecida y vieja que se alzaba orgulloso e indómito por encima de las hiedras asfixiantes del pantano.

El sendero, a apenas cincuenta metros de llegar al emplazamiento, se ensanchaba abruptamente, escindiéndose en la ruta comercial ordinaria, que continuaba dirección Norte, y el corto caminito primorosamente empedrado que giraba a la derecha para acceder al terreno de la posada, el cual poseía, además de un vallado a medio construir, una nada desdeñable parcela de cultivo, un corral y un par de vacas; seguramente para ahorrar en gastos relativos a compras a proveedores de tránsito en lo que a provisiones de carne, huevos, leche, frutas y verduras que surtieran parte del menú del local pudiera referirse.

Suspirando aliviados al verse por vez primera en demasiadas horas cerca de un punto de civilización humana, los tres rodearon el vallado con una cierta prisa ansiosa que fue inmediatamente frenada en seco en el momento en que se toparon a las mismas puertas de la posada con un intercambio nada amistoso o civilizado.

Tres hombres evidentemente nada sobrios y con no muy buena predisposición e intenciones hallábanse plantados de brazos en jarras en cuadrilla, tratando de parecer amenazadores e intimidantes, rodeando a una cuarta figura, si bien casi la mitad de alta que ellos, también el doble de ancha y, por ende, el doble de compacta y pesada: un enano.

Y no un enano nervudo, deforme y gris como los duérgar que habían atacado la noche anterior Puerto Oeste, sino un enano de los que venían ilustrados en los cuentos. Con cota de malla y un hacha doble de batalla que daba miedo ver colgándole a las espaldas.

Musculoso hasta decir basta, pero a su vez panzudo y tosco, aquel enano era descendiente inconfundible de los antiguos clanes de horadadores de montañas. Mineros entregados, herreros legendarios y luchadores natos; así eran descritos en los libros los belicosos enanos escudo.

Y éste en particular lucía una nada desdeñable cantidad de cicatrices tanto en el rostro como en el afeitado cráneo, único símbolo éste último un tanto desconcertante entre los de su raza, pues de sobras era sabido el orgullo que éstos desplegaban no ya sólo por sus barbas, sino por sus largas, densas y rizadas melenas.

Su barba, por otra parte, era tupida y abundante, de un marrón rojizo con una cualidad similar al pelaje de un oso, hermosamente peinada y trenzada junto con los larguísimos bigotes hacia abajo en intrincados patrones que resultaban en última instancia remachados por un grueso aro de oro labrado.

Aquel hombre, al menos en apariencia, era la más pura expresión del esplendor de los de su raza, con un cuello prácticamente inexistente tras tanta musculatura desarrollada, la mandíbula fuerte y poderosa y las mejillas redondas y llenas... en aquel momento teñidas, por otra parte, de un intenso rojo que denotaba las no pocas jarras de cerveza que ya debía de llevar en su haber.

- Y ahora que estamos fuera, tal vez os gustaría repetirme otra vez lo que me habéis dicho... - estaba diciéndoles a los tres brutos que tenía frente a sí, muy ufano y tranquilo, en un tono de voz oscilante entre la chufla y la amenaza cuyo volumen, a aquellas horas y rodeados de semejante silencio, rozaba peligrosamente lo inaceptable – Pero hacedlo despacio ésta vez, para que así os podáis pensar dos veces vuestras palabras.

- Eres demasiado canijo para ir tú solo por éste camino, enano. - escupió uno de los tres matones alzando un puño de dedos gruesos como morcillas en el aire - Tal vez vayas buscando problemas... a no ser que lleves encima el dinero suficiente para convencernos de lo contrario.

Aún resguardadas sus pequeñas siluetas en la umbría nocturna, Desdémona y sus amigos arribaron en mitad de la discusión como espíritus menores del Estero que permanecieron fijos en el sitio, boquiabiertos y curiosos, ante la escena que se gestaba frente a sus narices.

- ¿Eso es un enano? - inquirió Kipp en voz baja señalando al susodicho con los ojillos negros insolentes - ¿Como los que salen siempre acompañando a los héroes en los libros?

Desdémona le chistó inmediatamente.

- Es de mala educación referirse a la gente como si fueran cosas, mico. - replicó en idéntica voz baja sin apartar la vista sobrenatural de los hombres que confrontaban al enano escudo. Mientras que él parecía la mar de tranquilo, los matones tenían prácticamente las manos reposadas en los cintos, listos para desenvainar los alfanjes que portaban en los mismos. Y el alfanje es arma de piratas y bandidos.

Amie, a su vera, apoyó ambas manitas blancas sobre el vallado a medio construir que rodeaba la posada. En su rostro constelado de pecas podía leerse claramente la preocupación que aquel encuentro suscitaba en su ánimo.

La profunda, gutural y escandalosa risa del enano les hizo pegar un bote a los tres en el sitio.

- Oooh, qué miedo... - se burló ante la anterior bravuconada que el portavoz del trío de borricos le había soltado segundos atrás. Su voz era algo digno de oír, pues poseía quizás el acento sureño más cerrado que el trío de porteños hubieran podido escuchar en sus vidas – Mucho ruido y pocas nueces, me parece a mí. Habláis mucho, golpeáis poco y me estoy empezando a aburrir esperando a que hagáis algo, ¿no tenéis nada más impresionante que mostrarle a un Puño de Hierro?

- ¡Cierra el pico, enano del demonio, o te...!

- ¡Eh, tíos, para demonio ya estoy yo aquí! - exclamó Desdémona depositando su mochila en el suelo, no pudiendo contenerse, y ganándose prontamente dos miradas completamente distintas: una de absoluta adoración procedente de Kipp y otra de absoluto reproche por parte de Amie, quien había estado rezando a Mystra hasta el momento por pasar desapercibidos ante lo que, evidentemente, eran ladrones.

Completamente turulatos, tanto el enano como los grandullones aquellos giraron sus respectivas cabezas en dirección a la procedencia de tales palabras y, de ver tan sólo dos diminutos puntos rojos flotando en medio de la oscuridad; las luces mortecinas de los faroles exteriores revelaron, cuando se puso bajo ellas, la encapuchada figura de Desdémona quien, haciendo un dramático gesto con la mano sana, se retiró la capucha de la cabeza revelando sus espiraliformes cuernos cabríos y su muy indómita melena negra como la pez.

Tirando un momento las cabezas para atrás de la impresión, los matones recuperaron rápidamente las composturas y el cabecilla, de brazos en jarras, se adelantó unos pasos para encararla. Desdémona se fijó en que el tipo tenía cada ojo de un color distinto, uno verde y el otro marrón; un claro ejemplo de heterocromía, algo muy raro de ver en seres humanos.

- ¿Quién o qué coño eres tú? - expelió el tipo con la lengua pastosa. Evidentemente aquellos tres iban también muy mamados... y soportaban bastante peor el alcohol que el enano.

- ¿Tú qué crees? - replicó Desdémona enseñando los dientes en una especie de sonrisa que pretendía mezclar la dulzura con la amenaza – Soy la respuesta a tus plegarias. Venías suplicando que alguien te cerrase el puto pico y aquí estoy yo. - y al ver al individuo llevarse una mano al mango del alfanje, conjuró rápidamente una esfera ígnea en la diestra – ¡Ché, ché, ché!, ¡quietecito o sales de aquí bien churruscado! - y, señalando al enano escudo con un movimiento de cabeza, prosiguió - ¿He oído mal o queríais robarle?

El matón inclinó la cabeza hacia un lado, intrigado. Su mano aún posada sobre el cinto.

- Esto no va contigo, demonio. - replicó repasando a su interlocutora de arriba abajo con los ojos, sopesándola - Esto es entre nosotros y el enano... y cualquier tipo de oro que pueda llevar encima.

- Ah, por poder, podéis intentar llevároslo. – se recochineó el susodicho enano mesándose la barba, aparentemente entretenido de la inesperada compañía que se le presentaba; indistintamente de si ésta fuera aliada o, como todo buen medio demonio que se precie, ladrona, oportunista y cortacuellos – Será pan comido para vosotros... ¿o acaso os asusta un pequeño enano?, ¿eh? Pero si lo que en realidad os asusta es ser humillados en frente de la camarada aquí presente, bueno, eso es otro cantar. Hasta ella puede ver que os faltan narices.

Aquello sí que era emoción, aquello sí que era adrenalina. Cualquier pretexto de evitar una confrontación innecesaria le parecía a Desdémona una deslealtad a sus principios morales cuando la vida o la integridad de alguien evidentemente inocente estaban en juego.

Además, aquella triada de borrachines eran humanos. Si entre Amie, Bevil y ella habían podido en su momento con duérgar de la Infraoscuridad entrenados y bien pertrechados de armamento infinitamente más peligroso que las ridículas espaditas de aquellos botarates, quienes ni tan siquiera iban protegidos por armaduras de ninguna clase... ¿por qué no iban a poder espantarles tras un par o tres de ráfagas de fuegos artificiales? Además, el enano parecía en excelente forma. Tres contra tres era una pelea más... equilibrada.

- ¡Cierra la bocaza, medio metro, si no quieres una hoja directa a tu gaznate! - amenazó el cabecilla girando la cabeza un instante para gritarle y regresar su atención hacia la inesperada invitada de los Planos Inferiores - ¿Qué es lo que quieres, demonio?, ¿una parte del botín? He oído que los de tu especie sois muy avariciosos... - calibró, volviéndola a repasar perezosamente con los ojos bicolores inflamados por el alcohol - … y también muy buenos follando. Te diré qué: nos deshacemos del enano, tú te quedas ahí quietecita y... puede que te invite a un par de rondas si sabes usar la boca para algo más que para amenazar. - dicho lo cual, creyéndose muy gracioso, se echó a reír siendo inmediatamente secundado por sus dos compinches.

La mirada de Desdémona refulgió peligrosamente y las luces rojas de su vista sobrenatural tomaron al asalto cada rincón de sus globos oculares. Lo odiaba, odiaba cuando otros asumían que, por el simple hecho de tener sangre de los Planos Inferiores fluyéndole por la venas, eso la transformaba automáticamente en una especie de súcubo, una tentadora errabunda ávida de sexo.

Y aquel pensamiento, tan insultante como doloroso, le hizo recordar toda su adolescencia plagada de insinuaciones y de rumores acerca de cuántos chicos decían haberse liado con ella, muchos de ellos aduciendo que les había intentado robar el alma y cosas por el estilo. Su leyenda urbana particular había estado servida desde que cumpliera los trece, justo cuando le había venido el período y su cuerpo comenzaba a cambiar; casi como si... lo olieran o algo. Y la cosa había sido tan sumamente altísona que hasta Daeghun, quien era el primero en descartar con abierto desprecio los cotilleos locales, le había venido un vergonzoso día a preguntarle hasta qué punto lo que se decía por el pueblo era verdad.

¿Por qué la mayoría de los hombres jóvenes tenían que ser tan sumamente imbéciles? Salvo el tímido y débil acercamiento de Webb Mossfeld, ni uno solo de los muchachos de la aldea se había dignado nunca a dirigirle siquiera la palabra, con que mucho menos hacer todas las asquerosidades de las que se jactaban haber hecho con ella.

"Déjate llevar por tus instintos sólo con aquellos que sean más débiles que tú."

De tal modo que, recordando todo aquello, la mente se le nubló un instante y, prácticamente sin avisar, envió la esfera de fuego que aún reposaba en el aire a escasos centímetros de la palma de su mano derecha al rostro de aquel... bastardo cochino y despreciable.

"Glaaki hupadgh y'glaaki, glaak'bthnk hupadgh y'glaak'bthnk."

El alarido que le siguió al impacto del proyectil contra la faz del individuo no se hizo esperar y Desdémona, regresando bruscamente a la realidad, se percató estupefacta, mirándose un momento la mano con absoluta incredulidad, de lo que acababa de hacer.

- ¡Será zorra! - exclamó uno de los tipos que respaldaban al imbécil de los ojos bicolores, yéndose a abalanzar, arma en ristre, contra la pequeña figura de la diablilla hasta que se encontró a medio camino con un puño cuadrado del tamaño de la cabeza de un bebé incrustado en mitad del estómago que le hizo doblarse hacia abajo, permitiendo con ello al dueño del susodicho puño alcanzar su objetivo usando el otro puño contra su mandíbula, dejándole en última instancia reventado en el suelo.

No obstante, mientras aquella maniobra se había llevado a cabo, el tercero de los ladrones también había ido derecho a por Desdémona quien, aún perpleja por lo que acababa de suceder, no atinó a reaccionar hasta que...

- ¡Fuera! - chilló la voz de Amie, varios tonos más aguda de lo normal, adelantándose unos pasos al frente tras haber prácticamente arrojado su bolsa de viaje en el suelo, alzando la diestra en el aire - ¡Me'urramya ar' sul!**

Y la ráfaga eléctrica que salió despedida de las yemas de sus dedos bastó para tumbar al furioso beligerante alcoholizado, quien acabó, junto con el otro, chupando suelo en menos de lo que canta un gallo.

En lo referente al cabecilla, allí permaneció arrodillado en el suelo, gimiendo de puro dolor y rabia mientras se tapaba el rostro quemado con ambas manos y su cuerpo se sacudía con intermitentes temblores.

El enano escudo acabó prontamente con sus desdichas acercándose a él y limitándose a asestarle un medido golpe en toda la nuca que lo dejó inconsciente de cara sobre el barro.

- Meh, siempre la misma historia: la lengua muy larga y horchata en las venas. - rezongó desencantado, observando primero al ladrón inconsciente, luego a las dos jóvenes frente a sí – Podría haber estado bien si no hubieran recurrido a las armas... aunque supongo que si querían igualar las cosas no les quedaba otra, ¿eh? - expresó súbitamente risueño, mostrando su fuerte dentadura, en la cual se podían advertir claramente varios huecos donde otrora hubiera grandes dientes, gruesos y romos como los de una vaca.

Amie y Desdémona enarcaron una ceja al unísono.

- Esto... ¿estás bien? - se decidió a preguntar la diablilla finalmente.

- Sep. - asintió el enano solemnemente con su nada desdeñable cráneo afeitado, que tenía aspecto de ser macizo como una roca – Iba a procurarles a éstos tres cachorros la tunda de su vida, que lo estaban pidiendo a gritos. ¿Y no van y sacan los aceros en mitad de lo que debería haber sido una honesta y vigorizante pelea? Se ve que hay gente que no sabe jugar limpio, supongo. - añadió con una risotada que hizo que ambas muchachas pegaran nuevamente un bote en el sitio.

Aquel era el tipo, con diferencia, más raro que se habían encontrado de los que venían de fuera del pueblo. Pese a cómo le habían insultado y amenazado con matarle si no les entregaba su bolsa, el enano demostraba un cierto grado de honorabilidad y hasta inclusive caballerosidad en lo concerniente a la pelea que se había desarrollado con los tres ladrones.

No obstante también era cierto que, además de pavonearse, les había estado provocando con la clara intención de cabrearles e iniciar la contienda que, de un modo u otro, había acabado dando a lugar. Y lo más irónico de todo es que el asunto no había sido precisamente a cuenta de él.

- Uh... pensábamos que tenías problemas o algo, lo siento. - se disculpó la planodeudo, no teniendo tampoco muy claro por qué pedía perdón, mientras se llevaba la diestra a la nuca y se la rascoteaba nerviosamente – Como decían que les dieras tu dinero y eso... me parecía muy injusto tres contra uno.

- ¡Ja! - exclamó el enano cruzándose de brazos, imprevisiblemente complacido – ¡Injusto dice! - rió - Te digo que ésos humanos no tenían nada que hacer, iban muy borrachos y no tenían ni media torta... aunque reconozco que me ha sorprendido que una chavala tiefling como tú haya venido a "socorrer" a un enano. Los de tu especie por lo general no sois precisamente almas caritativas o desinteresadas que vayan por ahí impartiendo justicia con extraños. Y menos en lo que respecta a los de mi raza.

Desdémona le miró extrañada. Ni siquiera se había sentido insultada ante los aparentes (y, en cierto modo, esperables) prejuicios de su interlocutor.

- Bueno, yo es que no soy racista, tío. - replicó automáticamente, aún procesando en su cabeza la extraña palabra con la que el enano acababa de denominarla – Oye, ¿qué movida es ésa que me has llamado?

El tipo la miró sin comprender.

- ¿El qué? - inquirió frunciendo el marcado ceño. Tenía unas cejas gruesas y oscuras de largos pelos tiesos que a las jóvenes les recordaron a las de Georg Redfell.

- Tif... no-sé-qué.

Ahora le tocó el turno al hombre de no entender nada.

- ¿Tiefling? - repitió anonadado – Pues lo que eres tú, chavala... - y al observar la cara en blanco de la chica, trató de explicarse – A ver... vosotros, los tiefling, sois... sí, hombre, los tipos ésos con cuernos y cola. - comenzó, inseguro, señalando con la vista las visibles características físicas de la muchacha – Sois medio demonios o algo así... yo qué sé... - en esto que, dada su aparente falta de inventiva en la elocuencia, cambió bruscamente de tema – A todo esto, mi nombre es Khelgar, del Clan Puño de Hierro. - y las observó un instante, expectante, hasta que, al no advertir la reacción que esperaba, frunció el ceño de nuevo - ¿No habéis oído hablar de mí o de los míos?

- No, lo siento. - dijo Amie amablemente, abriendo la boca por vez primera. Desdémona la respaldó con un vago movimiento de cabeza.

Khelgar, el enano, pareció ligeramente decepcionado hasta que su semblante trocó de nuevo en una sonrisa dentuda.

- Bueno, pues ahora ya me conocéis. - resopló alegremente – Llevo cierto tiempo recorriéndome la Costa de la Espada y me detuve aquí en "El Sauce" para ver si pescaba de paso una peleílla o dos.

- Amie Helecho, mucho gusto. - se presentó la aprendiz de maga con una sonrisa.

- Desdémona Farlong. - dijo la planodeudo alzando levemente la cabeza con gesto chulesco hasta que, notando el familiar tirón de la cola, sonrió y arrastró al micarraco responsable con la misma hasta el frente de la conversación – Y éste es Kipp.

- Ey. - dijo el niño simplemente, imitando el gesto de cabeza de la diablilla.

Khelgar enarcó una ceja.

- Espera, ¿un crío? - dijo sorprendido - ¿Lleváis de viaje a un crío las dos solas sin escolta ni protección ni nada?

- Eh, por si no te has dado cuenta, entre las dos han podido con ése par de idiotas. - replicó Kipp ferozmente señalando con una mano a los hombres inconscientes y con el otro brazo asiendo la cintura de Desdémona – Somos de Puerto Oeste y no necesitamos escolta. - añadió casi ofendido indicando a las chicas con los ojillos brillantes – Y ellas son tías duras que saben hacer magia, así que ándate con ojo.

Con los ojos castaños abiertos como platos, Khelgar les dio una rápida mirada para, inmediatamente, regalarles otra tirada de risotadas graves y escandalosas.

- ¡Por las pelotas de Cyric! - rugió encantado de la vida - ¡Sois el trío de chavales más gracioso que he visto en toda mi vida! - exclamó una vez terminó de reírse – Demonios, me caéis bien. - añadió con una genuina sonrisa de colegueo y buen rollo – Decidme entonces, ¿qué hacen dos humanos y una tiefling de una aldea pantanosa tan lejos de casa? Los caminos no son precisamente seguros ahora y sólo van a peor, ¿sabéis?

Amie y Kipp dirigieron sus miradas inmediatamente hacia Desdémona, y éste simple gesto le indicó al guerrero enano quién mandaba allí.

Tampoco es que fuera muy descabellado, pese a que no era la más alta (algo, al parecer, relativamente importante en la sociedad humana), sí era la más fiera y decidida. Eso le gustaba.

- Vamos camino Neverwinter. - respondió la planodeudo tras dudar apenas un microsegundo. El tal Khelgar parecía sincero y, aunque fuera un enano, claramente no tenía nada que ver con los duérgar que buscaban el fragmento. Y algo de compañía, en éste caso un adulto, nunca estaba de más a la hora de meterse en una tasca desconocida en la cual no sabían cómo proceder ni cómo desenvolverse. Con un enano fornido tenían menos probabilidades de ser el blanco de algún indeseable.

- Pues al parecer es vuestro día de suerte entonces. - replicó Khelgar dándose un golpe de puño en el pecho con satisfacción - Resulta que yo también voy a Neverwinter. - y, como tocado por una repentina inspiración, continuó - ¡Ey!, ¿qué me decís de meternos a beber un algo?, y así me contáis qué gaitas hacéis aquí... u os cuento qué rayos hago yo aquí... Lo que sea, pero necesito una cerveza.

- Yo tengo hambre. - fue la inmediata respuesta de Kipp, quien le dio una mirada esperanzada a su chica demonio favorita.

- Algo calentito no nos vendría nada mal al estómago. - apuntó Amie discretamente – Además, tenemos que cambiarte ésas vendas. - señaló refiriéndose al brazo herido de su amiga.

Desdémona meneó entonces la cabeza de lado a lado con una media sonrisa colmilluda adornándole el rostro.

- Capisco, gente, para la taberna que nos vamos. - rió para, acto seguido, fijar la vista en los tres hombres inconscientes y desperdigados por el suelo embarrado – Esto... ¿qué hacemos con ellos? - y observando el rostro quemado del cabecilla, un súbito aguijonazo de culpabilidad la pegó de pleno. El individuo tenía media cara en carne viva – Oh, joder... no pretendía...

Amie a su lado se encogió, empática su naturaleza al dolor ajeno.

Siguiendo la dirección de los ojos de las chicas con la mirada, Khelgar produjo un rápido gesto de restarle importancia al asunto.

- Eh, él se lo buscó después de lo que te dijo, chavala. - opinó con firmeza – Si tratasen a mi madre o a una de mis hermanas de ésa manera, no dudaría en abrirle la cabeza a golpes hasta que dejara de moverse. Las cicatrices que le queden le servirán para recordarle que tiene la boca demasiado grande. - no obstante, al ver los aún preocupados semblantes de la diablilla y de su amiga la maga, suspiró – Bah, estad tranquilas. Le diré al posadero que los recoja y se los lleve adentro. No será la primera vez que trata con ésta clase de cosas, os lo aseguro.

Algo más relajadas por las palabras del guerrero, Desdémona y Amie tomaron sus respectivos macutos de viaje donde los habían dejado tirados durante el enfrentamiento y siguieron, ambas con la mano asida a la de la otra, al rubicundo y alegre enano entretanto Kipp iba detrás a la zaga con la cola de la planodeudo sobre los hombros.

- Y ahora cuéntame. - comenzó Khelgar sin perder la sonrisa dándole una mirada fija a su brazo vendado - ¿Cómo se le ocurre a una tiefling con un brazo malo meterse en medio de una pelea? Que tu coraje está entre mis más altos respetos, todo sea dicho, pero tengo curiosidad.

- Larga historia, Señor Enano, larga historia. - fue todo lo que respondió la joven Farlong – Me interesa más que, con tu permiso, oigamos primero la tuya.


- … Y así pues, le arreé un mamporro en toda la cara por preguntar y, cuando el tipo estaba buscando sus dientes por el suelo, su amigo decidió hacer una serie de desafortunados comentarios acerca de MIS antepasados. - iba relatando Khelgar, encendido, mientras Kipp se ponía hasta las cejas de tortilla con cecina, Amie apuraba su vaso de leche caliente y Desdémona le iba dando sorbos de tanto en tanto a su jarra de aguamiel, mucho más suave y empalagoso que el que hacía Lazlo Buckman, con diferencia - Así que le aticé a él también. - había reído el enano, animado, mientras se metía al gaznate otro trago de aquel brebaje que pasaba por la dudosa denominación de "cerveza negra de doble malta", la cual la joven Farlong, por muchas ganas que tuviera de llenarse el estómago con algo más consistente, se veía incapaz de consumir pese a la previa invitación del hombre a que tomasen lo que quisieran. Aquel bebedizo olía raro y ella no tomaba cosas que olieran raro – Y bueno, para resumir, me enorgullezco de hacer lo que hago: pelear. Es algo de lo que nunca me canso y siempre hay posibilidad de mejorar. Aplicaos el cuento, chavales: manteneos centrados y seguid repartiendo leña. - explicó a toda velocidad, la boca llena de alcohol y saliva que, cuando se emocionaba demasiado al hablar, escupía sin querer de tanto en tanto en formato de lluvia sobre la superficie de la mesa a la que estaban sentados los cuatro - Y ése es el motivo por el cual voy a Neverwinter: he oído que hay una casa de monjes allí... un monasterio de ésos, ¿no? Dicen que te entrenan si se lo pides. No creo que pueda pedir una mejor oportunidad.

Amie se limitó a asentir en silencio educadamente, el murciélago Volo reposando quieto y contenido con las alas replegadas sobre su hombro, mientras que Desdémona y Kipp se quedaron mirando al guerrero enano con caras de no creérselo.

- ¿Monje? - inquirió el niño enarcando una ceja mientras aún masticaba; sus ranas tranquilas y silenciosas dentro de sus bolsillos, probablemente dormidas - ¿Te imaginas a éste orando de rodillas como el Hermano Merring? - preguntó girando la cabeza en dirección a Desdémona – Yo le veo más aplastando cráneos, rollo Bruenor "Martillo de Guerra". Ése tío también era enano, ¿no?

- No hables con la boca llena, mico. - le reprendió ella para fijar de nuevo la vista en un ceñudo Khelgar, quien contemplaba al insolente retaco sopesando muy seriamente en si dispensarle o no unos bien merecidos azotes. Pese a ser tan joven, el crío era demasiado atrevido para su propio bien – Me parece guay que persigas tus sueños y todo eso, Khelgar... pero, ¿no es una elección un poco rara para un enano escudo lo de hacerse monje? - porque, y para ser sinceros, de lo que había observado en el carácter del enano hasta el momento, poco podía aprovecharse para hacer de él un monje propiamente dicho. Contraria a la naturaleza impulsiva, beligerante y bebedora de la que Puño de Hierro hacía gala, la vida de un monje se basaba en la meditación, en el aislamiento y en el poder de la mente sobre el cuerpo para manejar éste último según la voluntad de su dueño resistiendo el dolor y alcanzando estados de dureza físicos superiores que rozaban casi la perfección a través de ejercicios ascéticos. Y Desdémona dudaba mucho que aquel hombre que tenía sentado delante tuviera la disciplina necesaria para adiestrar su mente de aquella forma, pues no por nada las figuras de los auténticos monjes eran poco menos que legendarias, al alcance de muy pocos.

No obstante, ignorante a todos aquellos pensamientos de la muchacha, el aludido se encogió de hombros por toda respuesta.

- ¿Y qué? - replicó - La mitad de las cosas que pasan en Faerûn son aún más raras, chavala, te lo aseguro.

Tomando un nuevo sorbo del extremadamente dulce aguamiel de la posada, Desdémona paladeó el trago pensativamente. El agradable ambiente de queda conversación entre viajeros y mercaderes a su alrededor cargado de magníficos olores a hierbas, condimentos y puchero combinado con el cansancio y el sueño que tenía encima tras la larga jornada a pie le estaban dificultando mucho el poner sus cinco sentidos en pos de los intereses personales del enano, y no quería pecar de grosera. El hombre había sido simpático y muy decente con ellos interesándose por sus vidas e invitándoles prácticamente a cenar.

Y Daeghun le había enseñado desde que era pequeña que la cortesía se paga siempre con cortesía.

- ¿Y por qué Neverwinter? - inquirió con la vista fija en los intrincados patrones vegetales, sinuosos y elegantes, que había trazados en las paredes del establecimiento a modo de imitar las ramas y hojas del sauce que daba nombre al lugar. Muy en la línea de lo que se entendía por estética élfica, cuidada, imaginativa y poco frecuente de ver en locales de tales cataduras – Quiero decir... monasterios los tiene que haber a patadas a lo largo y ancho de toda la Costa de la Espada, ¿no?

- Si conoces otra manera más cercana de entrenar gratis, soy todo oídos. - contestó Khelgar a la defensiva alzando ambas manazas, enormes y bastas, en alto – De todos modos no es que haya querido desde siempre ser monje, lo que ocurre es que... - y deteniéndose bruscamente, el enano se levantó de su asiento a una velocidad insólita en alguien de su contextura, y su enorme diestra fue directa al mango de su hacha de guerra, la cual había permanecido en el suelo reposada contra uno de los laterales de la silla en la que había estado reposando instantes atrás - ¿Oís eso?

Embutiéndose el último pedazo de cecina de cerdo en la boca, con los carrillos hinchados Kipp prestó oídos a lo que el hombre señalaba. Amie por su parte se echó la capucha de la túnica sobre la cabeza y se levantó con cuidado de su silla, su mascota se limitó a alzar el vuelo para ir a colgarse cabeza abajo de una de las vigas de madera del techo.

Y Desdémona, guiada por su oído sobrenatural, idéntico en percepción que el de cualquier elfo, comenzó a sentir un retumbar profundo contra los tímpanos que, asombrada, se percató era el latido de su propio corazón.

"Recuerda, recuerda, que la Infraoscuridad y sus Amos van en pos de tus pasos, niña mía. Mientras descansabas, a tus espaldas se dio la conspiración, la persecución y la traición. Y aquellos que ambicionan lo que tú portas no ven la demora, ya que siempre es hora de evocarlas sin dilación."***

El escalofrío gélido que ascendió desde la punta de su cola hasta la nuca le puso inmediatamente la piel de gallina y, durante un fugaz instante, en la cálida estancia su aliento se transformó en denso vaho producto del violento descenso de temperatura que aquel remoto lugar de aquella Dimensión experimentó brevemente.

Acto seguido, regresando el mundo a su cauce habitual de tiempo, la puerta principal de la posada, de gruesa madera de arce, se abrió con tal violencia que el más alto de sus goznes cedió con un sonoro chirrido una vez ésta golpeó estrepitosamente la pared.

Y ahí estaban otra vez, implacables como una tormenta.

- ¡El Kalach-Cha! - chirrió imperiosa la voz rota de uno de aquellos seres cuyo cuerpo se hallaba completamente plagado de pinchos semejantes a los de un rosal, un "afilante" según los había denominado Daeghun - ¡Encontradlo! - ordenó con un brutal zarpazo en el aire para dar paso inmediatamente a un pequeño pero bien armado grupo de duérgar.

Y, a partir de aquel momento, se hizo el caos. El dueño del local y los clientes del mismo salieron disparados en todas direcciones gritando para ponerse a cubierto, la mayoría empujándose en tropel por alcanzar el segundo piso del edificio, donde estaban las habitaciones, para encerrarse en ellas.

Siendo la más rápida de los cuatro en reaccionar, Amie musitó una serie de encantamientos que tejió cual red alrededor de los cuerpos de sus camaradas para protegerles un mínimo de cualquier tipo de golpe contundente... sin embargo los cortes ya eran harina de otro costal. Tras aquello, con un estentóreo bramido, Khelgar cargó hacha en alto contra los atacantes sin darle muchos pensamientos al asunto, haciendo absoluto caso omiso del bosque de filos curvos que se le vinieron encima como un tornado.

A un grito de Desdémona, Kipp salió corriendo como un gamo a saltar la barra del bar y esconderse tras ella, encajonado bajo el mostrador del otro lado.

Y la pequeña diablilla, sudando frío al ver de nuevo a aquellas cosas arrasar con cada mueble transformándolos en sendas trizas voladoras mientras Khelgar daba de bandazos casi ciegos, abrumado y encendido con tanto enemigo rodeándole sin tregua... al no poder procesar debidamente aquello, volviéndole a la mente una vez más la penosa imagen de Puerto Oeste en llamas con tantas familias destruidas y esperanzas rotas... la vista se le nubló de lágrimas de rabia y, mientras gritaba con una voz que no era la suya, se unió al intempestivo enano escudo agarrando con la mano sana por banda un taburete y estrellándoselo a un nervudo duérgar en toda la cabeza según lo pilló a la carrera. Varios hombres de armas que custodiaban la seguridad de la taberna, tras reponerse también de la impresión, se unieron acto seguido a ella.

Amie respaldó inmediatamente tan caótica contienda proyectando de su mente a la realidad el mismo lobo gris que había usado para ganar el Torneo de Talentos, el cual inmediatamente unió sus colmillos al filo de las armas y al taburete de los escasos combatientes que habían salido en defensa de todo el local. El uso de hechizos de Destrucción estaba completamente descartado; una bola de fuego mal dirigida podría significar la diferencia entre local intacto y local en llamas.

El afilante que comandaba aquella tropilla de enanos grises sucumbió más pronto que tarde bajo el acero de Puño de Hierro mientras que los susodichos sirvientes, sin nadie que los manejara, comenzaron a desperdigarse por todo el edificio, buscando sangre que derramar.

- ¡Volved aquí, malnacidos! - ladró Khelgar indignado - ¡No merecéis llamaros enanos si huis de un combate!

Estrellando los miserables restos de lo que quedaba del taburete contra la cabeza del enésimo duérgar, Desdémona se limitó a lanzar desdeñosamente la pata de madera que había resistido en su mano, tomó otro taburete del suelo y se unió a la desesperada persecución de su compañero guerrero por todo el edificio en pos de los asaltantes. No sentía miedo, no se sentía vulnerable... no con la energía y los gritos de batalla de Khelgar respaldándola, bañándola de una sensación de seguridad absoluta, como si... de alguna manera, ambos fueran invencibles. El fuego combativo de aquel hombre también era ahora su fuego.

Y entregada como se encontró de pleno en aquellos sentimientos de seguridad y de poder, Desdémona Farlong se abandonó por vez primera a la violencia, a la tormenta que le palpitaba en las venas pidiéndole más, pidiendo absoluto sometimiento, absoluta victoria. Y no tuvo idea de hasta qué punto su cuerpo y su espíritu se placieron en la dominación, en la certeza inconsciente de dónde estrellar los golpes, dónde clavar las astillas del taburete para que la sangre discurriera negra y abundante.

Mas en realidad, de haber sido consciente de lo que hacía y habiendo podido analizar fríamente éste comportamiento, la muchacha se hubiera espantado. Daeghun desde siempre le tenía dicho que un enfrentamiento se realizaba metódicamente y con la cabeza bien fría, sabiendo dónde están los límites de uno y de aquello, animal o persona, a lo que te vayas a enfrentar.

Sin ir más lejos, a la hora de cazar, en vez de una persecución el medio elfo la enfocaba como un acto de supervivencia y misericordia hacia la presa, convirtiendo su muerte en una acción rápida y lo menos dolorosa posible, pues tales eran los caminos de los elfos salvajes, antepasados de su padre adoptivo entre los cuales éste se había criado rechazando su parte más primitiva e irracional. Su parte humana.

Y en aquellos momentos, contradiciendo todas aquellas enseñanzas ancestrales de equilibrio y responsabilidad, las acciones de Desdémona no mostraban el más leve atisbo de supervivencia o misericordia, sino más bien... deleite.

Un peligroso y perverso deleite que contagiaba indirectamente a sus compañeros, pues no sólo Khelgar, sino también en Amie y su lobo había entrega y pasión a la hora de esquivar y neutralizar aceros duérgar: apoyados por la planodeudo y el guerrero, uno mordía y desgarraba con la rabia primordial de los animales impulsando su fuego de invocación y la otra mantenía su conexión invocacional con ojos febriles, prácticamente con la lengua fuera, agotada y consumida por la cantidad de energías espirituales que estaba gastando y de las que su cuerpo se resentía con dolorosa alarma a cada segundo que pasaba.

Y así fue como acabaron subiendo escaleras, pasando entre restos de puertas astilladas, sorteando muebles caídos y... al toparse con el dantesco espectáculo de apenas sólo dos hombres de armas conteniendo malamente a la ola de enanos grises, tratando por todos los medios de defender a los aterrorizados clientes de la taberna, los cuales se apelotonaban juntos contra las paredes tras muros de mobiliario; Khelgar, Desdémona y el lobo de Amie se lanzaron a lo bestia como una tonelada de ladrillos en mitad del fragor de la batalla y, con las mentes totalmente en blanco, repartieron tanta leña con tanta saña... que, al caer el último de los enanos grises bajo el hacha de su semejante, los dos beligerantes y la aprendiz de maga, una vez la invocación animal expiró, quedaron jadeando sin resuello en mitad de aquella vorágine de destrucción mirando a ninguna parte en concreto.

Había sido increíble, increíble y aterrador.

- ¡Por Tymora! - exclamó una voz de mujer entremedias de los confusos viajeros y mercaderes que salían en aquellos instantes de detrás de sus relativamente defensivas posiciones - ¿Qué eran ésas cosas?

Sin responder, Amie y Desdémona se lanzaron entre sí una rápida mirada circunstancial que no pasó desapercibida ante los decididos ojos de Khelgar.

- Por los dioses, chavalas... - resopló una vez la gente comenzó a dispersarse para empacar sus cosas y salir de allí lo más prontamente posible - ¿Estáis bien? - preguntó escaneando rápidamente a las jóvenes con los ojos en busca de heridas - ¿De qué conocéis a éstos nuevos "amigos" nuestros de la Infraoscuridad? ¡Hacía mucho tiempo que no veía yo enanos grises en la superficie!

Amie, procesando para sus adentros un dolor de cabeza brutal que, según transcurrían los segundos, iba en aumento, le dio una mirada de duda a su amiga. En su mano no estaba precisamente el qué querría o no revelar al hombre ya que, tras el arduo día de viaje en el que la planodeudo había tenido tiempo de sobra de ponerle al tanto acerca de qué iba todo aquello... en fin, verdaderamente no era una cosa que debieran ir proclamando a los cuatro vientos.

- Atacaron nuestra aldea la pasada noche. - dijo la joven Farlong tras vacilar un instante.

- ¿Os persiguen entonces?

Frunciendo el ceño, incómoda, Desdémona se limitó a mirar al suelo, deseando interiormente que el mundo se desvaneciera a su alrededor y las preguntas no prosiguieran. No quería pensar en ello, no quería volver a revivir las imágenes de sus vecinos muertos tal y como le había pasado minutos antes de perderse en el coma blanco de la batalla. No lo soportaba, no soportaba ser la portadora... de poco menos que un imán para las desgracias.

Y ella que había pensado hacer de aquello una estimulante excursión aventurera a tierras distantes...

La manaza enorme de Khelgar sobre su fino antebrazo derecho la sacó de sus miserias de vuelta a la realidad... una realidad plagada de mobiliario roto, sangre y cadáveres. No era ningún consuelo, ciertamente.

- Eh, tranquila, tiefling, no te estoy juzgando, ¿vale? - aseguró el enano – Sé de buena tinta que mis congéneres de la Infraoscuridad se pliegan muchas veces a la servidumbre de Amos poderosos que o bien les esclavizan o bien les pagan largamente sus servicios. Y no creo que ni unos ni otros sean precisamente hermanitas de la caridad. Cualquier cosa que les hayáis hecho o dicho para que os ataquen, seguro que se la merecían por triplicado.

Los ojos de tinta de Desdémona se posaron entonces sobre el guerrero con cándida incertidumbre.

- Además. - sonrió inmediatamente éste mostrando su basta dentadura con huecos - Hasta ahora me lo he pasado pipa con vosotros. Y eso de que atraigáis los problemas... No lo pasaba tan bien desde la taberna del Paso de Bogen, donde usé una mesa de borriquetas como ariete. - y dándole un rápido vistazo al medio destrozado taburete que aún obraba en poder de la diablilla, añadió guasón – Y te aseguro que hasta el momento jamás había conocido a una tiefling herida que pudiera pegar tan duro y con tanta entrega armada con una simple banqueta. Me inclino ante tu maestría, chavala.

Desdémona entonces rió entremedias del temblor que el miedo y la adrenalina aún pulsaban por sus venas.

- Estás... como una puta cabra, ¿lo sabías? - resopló tan divertida como profundamente tocada de que, pese a todo, pudiera seguir sonriendo.

- ¿Como una cabra?, nah. - se choteó el hombre - Quizá haya recibido muchos golpes en la cabeza, pero ya se me ha endurecido.

Riendo entonces ambas muchachas nerviosamente, Desdémona soltó el taburete y Amie la asió del brazo. Ante cualquier adversidad o problema, momento de chicas. Como estaba mandado y homologado.

- Vamos abajo a pedir una habitación. - dijo la joven Helecho haciendo un suave gesto con la cabeza del que, dada su jaqueca, inmediatamente se arrepintió – Con un poco de suerte, a la vista de los destrozos causados, nos harán un descuento o algo.

Acompañando entonces a las dos chicas al primer piso, Khelgar también reconoció estar cansado y que una cama blanda y caliente no le vendría ahora mismo nada de mal.

- ¡Maldito mocoso...! - escucharon exclamar a un hombre en cuanto hubieron bajado las escaleras y girado a la izquierda, dirección al mostrador - ¡Ésa botella era un Cormeriano del 53 muy caro!

- ¡Por tu culpa casi nos matan, viejo! - replicó a su vez la conocida vocecilla rasposa de Kipp con absoluta soberbia - ¡Si no fueras tan metepatas y no hubieras hecho tanto ruido cuando estábamos los dos aquí escondidos...!

- ¡¿No podías haber pillado por banda otra botella?!

- No tendría que haberla usado si no fueras tan cagón y no te hubieras venido aquí a esconderte con los niños.

- ¡Pequeña rata, te voy a...!

- ¡Eh, eh, EH! - bramó Desdémona plantándose de tres contundentes zancadas frente al furibundo tabernero antes de que éste le fuera a levantar la mano al niño - ¡¿Qué coño te crees que haces, tío?!

Tras ella, Kipp se agarró inmediatamente de su cola.

- ¡Ése... ése crío maleducado! - exclamó el hombre señalando al pequeño culpable con el índice, todo su rostro violeta de la rabia pero su temperamento echado para atrás ante los cuernos cabríos y la mirada insondable de su infernal clienta - ¡Ha agarrado una de las botellas de mi reserva vintage y la ha echado a perder!

- ¡Mira, mira! - le dijo Kipp a la chica desde atrás tirándole de la cola insistentemente - ¡Lo he hecho yo! - declaró señalando a un caído duérgar en cuya cabeza había, además de un reguero de alcohol borgoña que se le mezclaba con demás fluidos orgánicos negros procedentes de boca y nariz, un cuchillo incrustado a mala baba en su desprotegido cuello - Luego él le ha clavado el cuchillo... ¡pero yo he dejado medio tonto al enano gris ése con el golpe que le he dado con la botella cuando casi nos mata! ¡Y me quiere pegar por romperla!

Inmediatamente seguido al pequeño relato del niño, las tres miradas furibundas de los compañeros se clavaron sobre el súbitamente lívido posadero.

- ¿Qué pasa, eh? - le desafió Desdémona al hombre pinchándole el pecho con un dedo afilado, sintiéndose segura de estar respaldada por más gente - ¿Ibas a pegar a mi hermanito?, ¿por una botella de vino? - y le enseñó los dientes - Inténtalo si tienes huevos.

- ¿Her... hermanito? - replicó el hombre, acobardado - ¿T-también es un...? Oh, dioses, no... no quiero enemistarme con los de vuestra raza, ¿de acuerdo?

- Muy bien. - aceptó Desdémona fingiendo condescendencia, cazando la jugosa oportunidad que se le presentaba al vuelo – Danos habitaciones gratis a mí y a mis amigos y olvidaremos que has intentado levantarle la mano a una criatura de la Prole de Bhaal. - mintió inmediatamente, nombrando la primera locura que se le ocurrió tras recordar uno de los libros de Tarmas donde se hablaba de la susodicha Prole, descendientes directos del caído dios del Asesinato, escondidos entre mortales y cuya existencia tenía como único objetivo, en teoría, revivir a su progenitor – Pórtate bien y no sólo te ayudaremos a despejar las habitaciones que nos proporciones de cadáveres y demás, sino que mañana nos iremos a primera hora y no te molestaremos más.

El hombre entonces puso cara de encontrarse muy enfermo. Tiefling descendientes de un dios oscuro... Cuando él había abierto la posada camino al Estero unos años atrás sólo había tenido en mente paz y tranquilidad y un negocio seguro... no tratar con aquella clase de gentuza demoníaca y peligrosa.

- ¿G-gratis...? - balbuceó – P-pero... mi negocio... casi todos mis clientes se han ido tras el ataque, ¡estoy arruinado!

- ¡Tienes suerte de tener aún un negocio! - bramó Khelgar, metido de pleno en la jugarreta de la chica que, si bien no era muy legal, sí que era, bajo su punto de vista, perfectamente lícita dadas las circunstancias. Y su bolsa, por cierto, tampoco estaba lo que se dice muy boyante. Si podía ahorrarse ahora unas monedillas... más cervezas en el futuro para su gaznate, vaya.

- Es cierto. - apuntó la joven aprendiz de maga a su lado con su huidiza mascota voladora que había venido a asentarse de nuevo sobre su hombro – Si no llega a ser por nosotros su local a éstas alturas andaría envuelto en llamas a manos de ésas criaturas, creo que merecemos una recompensa.

Y toma ya, de amenaza infernal el asunto había trocado en recompensa aventurera. Bendita fuera Amie y su don para la diplomacia.

Con tantos argumentos en su contra, el dueño acabó cediendo finalmente a las demandas de quienes eran, por otra parte, de los pocos clientes que todavía pisaban su local. Si le ayudaban a despejar el sitio de cadáveres le ahorrarían mucho trabajo y, con un poco de suerte, a la mañana siguiente se levantarían tan hambrientos que no omitirían un buen desayuno. Y un buen desayuno era dinero para su bolsillo.

De tal modo que, tras recoger cada uno sus bártulos de la mesa donde antes habían estado sentados, los cuatro subieron arrastrando los pies escaleras arriba y, tras ayudar pertinentemente a despejar las habitaciones de molestias innecesarias, cada uno se deseó las buenas noches y marcharon directos a las habitaciones que les habían asignado.

- Oye... - el tirón de una de las correas de su "armadura" de cuero, hizo que Desdémona bajara el rostro una vez Amie, Kipp y ella fueron a entrar en el cuarto – Cuando le has dicho al viejo ése que yo era tu hermano, ¿iba en serio?

La joven Farlong se mordió un carrillo, tratando de no reírse.

- Vamos a ver una cosa, renacuajo, ¿no decías que me habías adoptado? - replicó como si el asunto careciera de importancia alguna – Oficialmente soy tu hermana mayor, así que cierra el pico y no preguntes chorradas.

Los bracitos flacos rodeando su cintura y el suave cabezazo que el crío le dio entre las costillas le hizo saber inmediatamente la excelente acogida que tuvo el denominativo.


Con la suave luz de una candela derramando su calidez sobre el pequeño escritorio que aquella habitación compartida tenía en su haber, los ojos almendrados de Amie recorrían pensativos una y otra vez las cuantiosas líneas sesgadas de tinta que su mano acababa de trazar sobre el primero de los muchos folios color crema que se había traído en su mochila junto con un par de plumas y un tintero de casa de Tarmas.

Su sueño había dado comienzo con la inesperada despedida de su amiga y se había puesto en marcha en el mismo momento en que había abandonado el pueblo en mitad del chaparrón ataviada con una de las viejas túnicas de su Maestro en pos de los pasos de lo que parecía la oportunidad de su vida la cual, si la desperdiciaba, no volvería a presentársele jamás.

Y aún no se habían ido a dormir y ya había algo que relatar, una experiencia que recordar... un acontecimiento que registrar.

No es que Amie tuviera delirios de grandeza pensando en que lo que fuera a escribir fuese a quedar para la posteridad como los Cantares de Gesta, las Crónicas de Nasher Alagondar, las aventuras del explorador drow Drizzt Do'Urden (aventuras, según las propias palabras de Desdémona, infumables de un Don Perfecto insoportable y empachoso que a todos/as camela con sus oh-ah-súper-guays-de-la-muerte habilidades legendarias, las cuales sólo pueden ser comparadas con las de Artemis Entreri, clásica antítesis cansina, oscura y trágica del también trágico héroe pedorro citado líneas arriba) o las infames "Guías de Volo", sin embargo...

Si algún día quería convertirse en una medianamente respetable historiadora y cuentacuentos de Candelero, debía empezar por lo básico: tener algo que contar y documentarlo.

Porque podría parecer una chorrada, pero lo que Desdémona y ella tenían entre manos no era la típica historia de "dos pueblerinas salen de aventuras; por el camino cantan y bailan en locales para ganarse el sustento, se agarran unas cuantas cogorzas memorables y entremedias se lían con algún que otro mozo de buen ver; encuentran de casualidad un par de artefactos medianamente valiosos en una cueva, los venden, se retiran, se casan cada una con el mercenario/soldado/cazador/marinero de turno y fin del asunto". De ésas las había a patadas.

No.

Aquello era algo más... y que no le dijeran lo contrario ya que, si hay de por medio un fragmento de metal mágico y fuerzas de la Infraoscuridad persiguiéndote, la cosa es de todo menos común.

Tampoco es que fuera la eventualidad más interesante del mundo teniendo en cuenta el alto standing de las aventuras que los bardos cantaban por ahí... pero algo es algo.

Y tenía que irlo escribiendo sobre la marcha con todo lujo de detalles, anotaciones y observaciones personales antes de que se le olvidase nada. Ya tendría tiempo de ir puliéndolo y añadiéndole florituras y figuras estilísticas según avanzaran dirección Neverwinter.

- ¡Pssst!, Amie, ¿qué escribes?

O también podía pedirle a Desdémona que se lo retocase. Su amiga de la infancia desde siempre había tenido ésa gracia y soltura para las palabras. Tendría que ir espabilando si quería llegar algún día a su nivel.

Dándose la vuelta y colocando un antebrazo sobre el respaldo de la silla donde estaba sentada, la joven aprendiz de maga sonrió brevemente al contemplar la singular estampa que se pincelaba ante sus ojos: medio recostada en la cama, ataviada con una camisa de manga corta y unos pantalones de lino desteñidos estaba su planodeudaria amiga observándola a su vez con gesto perezoso. Y tenía a Kipp tumbado al lado con la cabecita despeinada sobre su estómago y los bracitos escuálidos abrazando su cola como si ésta fuera algo vagamente similar a un peluche. Tras tanto traqueteo, el crío había caído redondo.

- Documento nuestro viaje. - respondió Amie sencillamente a su anterior pregunta – Si supiera dibujar, os haría un retrato ahora mismo. Estáis los dos súper tiernos ahí abrazaditos.

- Meh. - resopló la diablilla dándole una mirada divertida al chiquillo dormido – A éste bicho, asado y con una manzana en la boca, me lo como yo con patatas. - y pasándole al susodicho "bicho" la mano sana por el cabello revuelto, el semblante de Desdémona se iluminó fugazmente - ¿Sabes que, según él, me tiene "adoptada"?

- Le gustas mucho. - observó la muchacha rubia con expresión pensativa – Creo que para él significa mucho el estar viajando a tu lado. En Puerto Oeste todos menos el Hermano Merring se desentendían de él salvo para zurrarle por ladrón, y lo sabes. Pero desde que te has hecho amiga suya se le ve feliz. - y sus ojos almendrados se entristecieron levemente – Yo ya sabía que pasaba hambre y tal, pero tampoco sabía qué hacer con él. Empecé dejándole comida en los alféizares de las ventanas como hago con los gatos ya que, cada vez que intentaba hablar con él, salía huyendo. - suspiró - Un día se me ocurrió hacerle una gracia y le dejé una botellita con leche que, al destaparla, salía la forma de una mariposa.

Desdémona asintió. El encantamiento de embotellar formas de humo vivientes incluso con alimentos dentro era un clásico de las primeras lecciones de alquimia para principiantes, totalmente insípido e inocuo, de mero uso estético.

- Y debió de gustarle mucho, ya que ahí es cuando empezaron las desapariciones de viales y otros ingredientes en casa. - explicó la joven Helecho para, tras quedarse un momento en silencio, darle una mirada ligeramente alarmada a su amiga – Si volvemos algún día al pueblo, no se lo cuentes a Tarmas. Como mínimo le daría un ataque.

La otra chica asintió de nuevo, procurando contener la risa para no despertar al niño.

- ¿Qué tal el brazo? - preguntó Amie girándose un momento con objeto de anotar un par de cosillas más, soplar el papel para que la tinta se secase y, finalmente, tras apagar la candela, levantarse de la silla para ir derecha a la cama de matrimonio en la que iban a dormir muy convenientemente los tres juntos - ¿Te ha hecho efecto ya el calmante?

Desdémona de encogió de hombros despreocupadamente.

- Picar ya no me pica, desde luego. - admitió tras un momento – Pero yo sigo flipando en colores con el apaño que el Hermano Merring me hizo anoche, ése hombre es la rehostia consagrada.

- Debo reconocer... - comenzó Amie metiéndose bajo la fina manta de la cama y haciéndose un ovillo de lado mientras hablaba con la diablilla - … Que estoy desconcertada. Nunca había leído acerca de nada igual en tan poco tiempo. Tú sabes que una cosa es cerrar heridas y otra muy distinta regenerar quemaduras y abrasiones.

Porque antes de ponerse a escribir, como buena aprendiz de maga, Amie había retirado las vendas del brazo a su amiga con cuidado para cambiárselas y, de paso, examinar la evolución de la quemadura para encontrarse... que no sólo las zonas carbonizadas se habían disuelto, sino que el brazo, a excepción de las uñas, estaba sano y entero, sin erosiones ni nada, totalmente curado. El picor y las molestias que Desdémona había sentido a última hora habían sido consecuencia de que la extremidad aún no tenía epidermis, y el mínimo roce irritaba a los altamente sensibles nervios ya regenerados de la dermis.

- ¿Crees que me quedarán cicatrices? - preguntó la planodeudo distraídamente.

- En teoría no. - respondió Amie – Tú nunca has tenido cicatrices que yo recuerde, ni siquiera cuando te intentaste cortar la cola... - sin embargo, dándole un segundo pensamiento a la cuestión, añadió – Bueno, salvo la que tienes en el pecho y tal, pero ésa te la hiciste con dos años, ¿no?

Desdémona suprimió con cierta violencia la ola frígida e inexplicablemente desagradable que le sobrevino ante aquel infame recordatorio. El tema de la cicatriz del pecho que de niña siempre había procurado ocultar bajo la ropa y que de mayor le había impedido ponerse buenos escotazos (no ya sólo por pudor ante el qué dirán, sino por pura vergüenza de otra parte de su cuerpo que consideraba deforme y poco atractiva) era de ésa clase de asuntos íntimos que una chica no hablaría ni tan siquiera con su mejor amiga.

No porque el tajo blanquecino que discurría entre sus dos esmirriados senos fuera particularmente feo, que lo era, sino porque le producía... malestar incluso recordar que lo tenía.

Al haber sido tan pequeña no recordaba cómo se lo había hecho, pero las memorias inconscientes y sensoriales que le venían a la cabeza en referencia al evento en cuestión y a las cuales era incapaz de poner palabras, eran de todo menos gratas.

- Con lo de la cola también fue el Hermano Merring quien me curó en aquella ocasión. - desvió el tema la diablilla con agilidad adquirida a base de años de práctica.

Con Amie era mejor no sacar a relucir temas misteriosos y plagados de incógnitas o la aprendiz de maga seguiría dándole vueltas hasta que alguien le chillase que parase de una vez.

Y a aquellas horas a Desdémona le apetecía de todo menos ponerse a chillar y discutir.

- No tiene nada que ver. Tu manera de regenerar es bastante más sofisticada que la del mortal medio... o al menos eso fue lo que me dijo Tarmas hace unos años para que me callara y no siguiera dándole la murga preguntándole a todas horas lo mismo. - los ojos almendrados de Amie se fueron cerrando lentamente, agotados – Está... en tu naturaleza. - dicho lo cual se rindió finalmente al sueño y comenzó a respirar por la nariz, asida a la almohada de su lado con la misma vehemencia con la que Kipp achuchaba la cola de la diablilla.

Desdémona quedó entonces sola y despierta en la penumbra, observando detenidamente las facciones de sus durmientes amigos, vagamente preocupada por los suministros e inquieta ante otro posible ataque a lo largo de la noche. Las yemas de los dedos de su mano sana trazaron ausentemente la blanca y suave cicatriz que el numerito con los hombres-lagarto le había dejado remanente en la palma.

Y, durante aquellas horas de oscuridad, le costó un mundo conciliar el sueño.


Pese a haber sido la última en acostarse, Desdémona amaneció la primera, permaneciendo unos minutos de perezosa contemplación admirando la belleza de la luz matutina filtrarse, lenta pero segura, a través de las cortinas del ventanal.

Siempre le había resultado fascinante el tema de la luz y la oscuridad. Cómo la naturaleza era sabia y dotaba de capacidades de supervivencia a los seres que, contrarios al superior porcentaje de entidades que florecían y vivían y se amaban bajo los rayos solares, preferían la penumbra como medio de existencia.

Además de la mascota de su amiga, el murciélago Volo, ella misma era un ejemplo de perfecta armonía en lo que a las horas noctámbulas respectaba: veía en la oscuridad, podía ser extremadamente silenciosa si se lo proponía con ganas igual que un depredador de las sombras, cuando podía se acostaba a las mil... y, lo más importante, le encantaba dormir de día.

Encontraba el placer de la siesta de media hora diaria infinitamente más confortante que las siete u ocho horas de rigor nocturnas.

Recordaba de niña haber tenido sus más y sus menos con Daeghun por el tema de dormir a deshora hasta que, a base de tenerla bajo horarios inhumanamente rígidos que no admitían más tiempo del "decente" en la cama, acabó por forzar a su cuerpo a dormir cuando, supuestamente, "tenía que dormir".

Y recordando precisamente aquellos horarios de pesadilla, si bien gentilmente, fue despertando primero a Amie, luego a Kipp mientras ambas se cambiaban de atuendo y preparaban sus macutos con los ojos hinchados y las bocas bostezantes de sueño.

Medio dormidos los humanos, medianamente despejada la planodeudo, bajaron en cuadrilla a paso lento y sin hambre observando de pasada el aún en proceso trabajo del posadero de volver a dejar su establecimiento en condiciones para los siguientes viajeros que arribaran.

Con ayuda de ellos, el hombre aquella noche se había librado de los cadáveres de los enanos grises y de su comandante confiándolos a las llamas afuera mientras que el resto de muertos habían sido enterrados con lo puesto tras la taberna. La buena noticia es que las bajas habían sido mínimas... la mala es que, a excepción de ellos y un par de guardias, al parecer no se había querido quedar nadie ni siquiera hasta el amanecer.

Viajar de noche no es que fuera el epítome de la prudencia por aquellos lares pero, dado el cuantioso número de inquilinos que habían abandonado el establecimiento, podían perfectamente viajar juntos y así, quizás, protegerse mejor de los peligros del camino... en teoría...

Dándoles una fugaz mirada ceñuda, el posadero ni siquiera se dignó a saludar al pequeño trío y siguió frotando a conciencia las manchas de sangre del encerado como si no existieran.

¿Conque sí, eh? Pues ahora, fíjate tú, que por listo no te compro ni una triste hogaza de pan para el camino, capullo... - pensó Desdémona alzando la barbilla con gesto altanero al tiempo que les hacía una señal con el ya completamente sano brazo izquierdo a sus dos amigos de que se largaran derechitos a la puerta principal.

No dijeron ni adiós ni nada. Eran unos aventureros medio sobados y ofendidos, podían permitirse el lujo de ser un pelín groseros.

Sin embargo la somnolencia se les disipó rápido una vez pusieron el pie fuera de la taberna y en la entrada, como si esperase a alguien, se encontraron nada menos que a Khelgar Puño de Hierro armado hasta los dientes y con su propio macuto de viaje al hombro. Y éste, una vez les vio, caminó hacia ellos con decisión.

- Seré breve, chavales. - les dijo con la acentuada voz cargada de intención - Mirad, vamos en la misma dirección y parecéis tener más enemigos que amigos, así que... ¿qué os parece si vamos juntos? Con los problemas que atraéis seguramente me tonifique de camino a Neverwinter y, ¿por qué no?, tal vez podríamos ir aprendiendo los unos de los otros. El saber dar de mamporros no ocupa lugar. - añadió mostrando una vez más su sonrisa con huecos.

Los tres amigos se miraron entre sí alucinados.

- Espera, dices... ¿que quieres viajar con nosotros? - preguntó Amie, confusa.

- ¿Por qué no? - dijo Khelgar encogiéndose de hombros – Sois graciosos y, para ser unos críos, os sabéis defender bastante bien; pero el camino anda peligroso últimamente y... bueno, tal vez podríais agradecer en el futuro un poco de ayuda extra.

Desdémona, por su parte, se cruzó de brazos ladeando la cadera, divertida. Aquella posibilidad de ampliar su grupo jamás se le había pasado por la cabeza y, si lo pensaba detenidamente, no le desagradaba en absoluto.

- Eh, por mí pistonudo si te vienes. - declaró enarcando una ceja y sonriendo – Pero, ¿tú estás segurito seguro de que te conviene viajar con una pandilla de imanes para los problemas?

- Vaya que sí. - asintió el enano, solemne – Como te he dicho, los problemas que atraigáis me vendrán bien para ir practicando. Las peleas son siempre bien recibidas a la vida y milagros de Khelgar Puño de Hierro, eso no lo dudéis.

Soltando la carcajada, Desdémona les dio una mirada a sus dos amigos y, al ver que ellos también parecían entretenidos y hasta algo emocionados con la perspectiva de tener al belicoso enano en el grupo, no lo dudó ni un segundo más.

- De puta madre, tío. - dijo entonces la diablilla extendiendo una mano en señal de compromiso – Bienvenido pues al grupo, Khelgar.

Contento y radiante, el guerrero se la estrechó efusivamente mientras la chica aguantaba el tipo debido a la extraordinaria fuerza que el hombre le imprimió al gesto. Iba a tener los dedos insensibles un ratito hasta que la sangre le volviera a circular por ellos, pero bueno.

A la joven Farlong no le había llevado mucho decidirse en aceptar su oferta básicamente no sólo porque encontraba al tipo muy simpático y útil, sino porque parecía una persona muy cándida y sincera (brutalmente sincera, de hecho), incapaz de nada malo o traicionero. Podría ser quizás demasiado brusco y gustarle quizás un poquito más de la cuenta la cerveza y la camorra... pero nada más. Cada uno tiene sus aficiones, así que...

Además, si aquellas criaturas volvían a emboscarles, con Khelgar la cosa estaba definitivamente no sólo más a su favor, sino hasta entretenida y todo.

- ¿A qué estamos esperando? - inquirió el enano escudo, impaciente y jubiloso. A Desdémona se le calentó el corazón con sólo verlo, orgullosa de poder hacer a alguien tan majo feliz por una decisión suya. Una decisión, por otra parte, bastante acertada dadas las circunstancias - ¿Estáis entonces preparados? - los tres chiquillos asintieron al unísono en perfecta sincronía, ganándose una nueva risotada por parte del hombre - ¡Vamos allá!

Viajar con Khelgar fue ciertamente una agradable sorpresa ya que, además de que el tipo, pese a su estatura, podía ir escopetado si se lo proponía, también siempre parecía tener algo que decir.

De hecho le gustaba hablar MUCHO, y se tomaba los espacios de silencio, fueran o no contemplativos, como un insulto.

- ¡Te veo mejor hoy, chavala! - exclamó al darle un detenido vistazo al brazo izquierdo de Desdémona sin vendajes y sin uñas - ¿Anduvisteis ayer por la noche de magias curativas o algo? - añadió girándose hacia Amie, esperando confirmación. Al fin y al cabo, ella era la maga, ¿no?

Ésta negó con la cabeza, sonriendo. Su mascota sobre su cabeza bajo la capucha se removió inquieta en sueños.

- Digamos que la sangre de Desdémona le permite una regeneración... que ni tú ni yo tenemos, Khelgar. - ofreció con extrema sencillez mas, al ver a su amiga girarse para sacarle la lengua juguetonamente, se echó a reír – Tenemos opiniones divididas. Ella insiste en que fue la magia de nuestro párroco local y yo me remito a hechos comprobados: la sangre tanto celestial como elemental o de los Planos Inferiores tiende a favorecer la regeneración acelerada de tejidos cutáneos y musculares. Emplear magia de Restauración en éstos casos cuando la curación está casi a término es gastar energías espirituales inútilmente. Un filtro de efecto corticoide y listo.

- ¿Uh? - bufó el enano sacudiendo la cabeza de lado a lado como si lo que acabara de oír no le cuadrase en sus esquemas mentales – Disculpa si te sueno grosero, chavala, pero de lo que me has dicho creo que no he entendido ni la mitad. Me quedé en "Planos Inferiores" o algo así... creo.

Kipp, que tampoco se había enterado de gran cosa, rió escandalosamente para ser prontamente secundado por Desdémona.

Amie se enfurruñó un momento por el cachondeíto que no sólo se estaba gestando a costa de la ignorancia de Khelgar, sino de que ella fuese una "cerebrito", como Wyl Mossfeld la había llamado antes de irse. Pero pronto se le pasó y, al ver que las risas iban en aumento, contagiosas a más no poder, se unió a la carcajada general.

Khelgar les observaba atónito, no teniendo muy claro a qué venía tanto pitorreo... hasta que, decidiendo no darle demasiados pensamientos a un asunto que ni entendía ni tampoco tenía ganas de entender, se puso a reírse también con su vozarrón gutural y de pulmón ancho.

Y así discurrió la jornada de aquel día: entre risas, comentarios jocosos y listillos, mucho palique, chistes malos de narices y un poco de todo en general.

Porque el conocerse viajando juntos requiere de unas grandes dosis de sentido del humor y buen rollo.

Y a nuestro entrañable cuarteto, de nombre aún por determinar, le sobraban con creces ambas cosas.


* Referencia literaria a "La Vida es Sueño", de Pedro Calderón de la Barca.


** Referencia al élfico de J.R.R. Tolkien. "¡Me'urramya ar' sul!" literalmente significa: "¡Trueno y viento!"


*** Referencia a "V de Vendetta": "Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre. Conspiración, pólvora y traición. No veo la demora y siempre es la hora de evocarla sin dilación."


Nota de la autora: ... ¡aquí estamos de nuevo!, ¡con mucho texto para que os duela la cabeza con amor! :D Reconozco que el rollo de tanta descripción me lo estoy sacando de Tolkien a tope ya que una amiga me ha dicho que al asunto de la fantasía épica le pega, así que...

Ya tenemos a Khelgar viajando con nosotros, ahora vamos a por Neeshka ^^ El tema de que Amie documente el viaje viene porque, en primer lugar, en el juego dice que ella quiere ser precisamente éso, una cuentacuentos, y luego... reconozco que la expansión Storm of Zehir ha tenido mucho que ver. Los que la habéis jugado ya sabéis a qué me refiero.

Las reacciones de Desdémona a la hora de pelear tendrán su explicación más tarde, de cómo a tener miedo ha pasado en cero coma a disfrutar batallando.

Ah, y para los que no sepáis quién leches es Drizzt Do'Urden: pertenece a las novelas de R. A. Salvatore, del universo de Dungeons and Dragons (o sea, el mismo que NWN2). Es un explorador drow cuyas aventuras circulan por la Costa de la Espada y éso... y nada, que me leí un par de libros sobre él y le tengo un pelín de asco porque es que es Don Perfecto. Artemis Entreri es su antítesis y me es un poco... más "agradable" de leer que Do'Urden (pese a que los dos con sus habilidades de la hostia me traen por el camino de la amargura).

Ghost-03: gracias mil por decirme que no te aburres T_T, significa mucho para una servidora. ¡Ahí, ahí!, ¡los secundarios merecen amor, sí señor!, ya ves que hasta Wyl tenía algo que decir; y sí, la vida en Puerto Oeste es un desafío, no por nada son tan duros :D

Jajajaja, ¿te gustó la despedida? (será porque a Daeghun le llovió el chaparrón de reproches jijiji). Y el nombre del grupo vendrá cuando haya más miembros para decidir ;)

En fin, gente, aquí seguimos. Espero que os guste y bla, bla, blá. Leed y disfrutad, que creo que es lo importante. Cualquier duda, acepto privados, que me encantaría saber qué opináis ^^ Saludossss.