Darcy solo tuvo unos segundos para recomponerse… Toda una vida ocultando sus emociones tras una máscara de seriedad y dignidad le había enseñado a esconder generalmente su desagrado, y en algunas ocasiones, como hoy, su sorpresa. Pero claro, solo alguien como Richard, su primo, prácticamente un hermano, y probablemente la persona que mejor lo conocía en el mundo (de lejos, más que su propia tía, por mucho que ella se preciara de hacerlo), hubiera podido advertir esas pequeñas señales: el leve indicio de desconcierto al hacer alusión a las primas del señor Collins, o la disimulada alarma al saber que una de las Bennet se había desposado con el párroco. Pero sobre todo, el desconcierto en sus ojos al revelarse quién fue la (des)afortunada. Richard observaba el encuentro con una sonrisa cordial en el rostro, y se mantenía firme, con la espalda recta y las manos a la espalda, en esa postura marcial que le corresponde a un oficial de alto rango. Pero en sus ojos danzaba la risa, y lo que era peor: la curiosidad.
El señor Collins se retorcía en alabanzas, como siempre. Puros despropósitos de adoración y servilismo… A diferencia de su esposo, ella, Elizabeth —no, se corrigió… La señora Collins— mantenía la compostura, con respeto, sí, pero sin falsas humildades, y Darcy cometió el error de mirar sus ojos y vio en ellos ¿diversión? No, no era exactamente eso… Era más bien ese brillo de inteligencia, de espíritu. Sí, el mismo espíritu que le había atraído a sus ojos como un imán.
—Señora Collins… —saludó él, con una inclinación de cabeza, mientras se pregunta por qué le sabía la boca a cenizas…
—Señor Darcy… —replicó ella, con la cortesía y la reverencia debidas.
Los saludos y presentaciones fueron hechos, y el Coronel pareció sumamente complacido con la señora Collins.
Darcy hubiera jurado que durante la cena su tía lo sentaría junto a su prima una vez más, como había estado haciendo desde que Richard y él llegaron, en un inútil intento de favorecer su relación e incitar un compromiso. Pero por azares del destino, o del protocolo para la disposición de los comensales, acabó sentado junto a Elizabeth Collins.
Él le transmitió sus condolencias por la muerte del señor Bennet y preguntó —como la cortesía dictaba— por el estado de su familia. La señora Collins le ahorró el sufrimiento de tener que escuchar sobre los nervios de su madre o la excesiva vitalidad de su hermana menor, Lydia, constreñida por el luto, y hábilmente llevó la conversación a temas comunes que acabaron en Charles Bingley. Él apretó la mandíbula un instante, pero eso no escapó a la mirada de ella, que ladeó la cabeza, intrigada por la razón que podría haber ocasionado esa reacción en el señor Darcy. Él, por su parte, se preguntaba si la señora Collins —Elizabeth, susurró su mente traidora— aún trataba de emparejar a su hermana Jane con su amigo, siguiendo tal vez los dictados de su casamentera madre al respecto. Pues bien, sí, lo hacía, pero lo que Darcy no sabía es que la señora Bennet no tenía nada que ver con este interés, sino tan solo la genuina preocupación de hermana por las ilusiones y esperanzas arrancadas de raíz de la joven Jane.
Mientras su tía ponderaba por enésima vez las virtudes de su persona, Darcy reflexionaba sobre cómo le afectaba a él el que Elizabeth —Collins, añadió en su cabeza, corrigiéndose— ya no fuera una amenaza para su pertinaz soltería. Bien, se supone que debería sentirse aliviado, y ciertamente, él creía haber superado esa fascinación por la antes señorita Bennet, y un matrimonio dejaba a Elizabeth Bennet fuera del campo de las potenciales señoras de Pemberley.
Collins. Nunca más Bennet. Elizabeth Collins, se repetía bajo la vivaz mirada de ella.
Ahora bien, quizás fuera por la iluminación de las velas o por los cuatro meses que llevaba sin verla, pero Darcy no había decidido aún si a Elizabeth —la Señora Collins, se reprendió una vez más en esa noche— le sentaba bien el negro del luto. La hacía más pálida, y le robaba todo el color y la vivacidad que siempre habían caracterizado su rostro. Pero extrañamente, a la vez le favorecía, porque no era esa palidez gris y mortecina, como la de su prima Anne, y más propia de enfermos, sino otra, de diferente naturaleza y que la hacía parecer alguna clase extraña de criatura mística —feérica se atrevería a pensar— que hubiese accedido a mezclarse con simples mortales.
Tras la cena, a los caballeros y al párroco se les sirvió una copa de brandy mientras las damas se refrescaban. El señor Collins se remueve inquieto bajo la persistente mirada de Darcy. Él se pregunta qué clase de marido es, y qué clase de matrimonio tan desigual pueda ser el suyo. Le intriga, porque Collins se ha casado con una mujer superior a él en más de un sentido y a la que probablemente no alcance a comprender cabalmente nunca…
Cuando se reúnen con las damas en el saloncito familiar, ve a la señora Collins apretar los labios con algunos de esos cumplidos —a todas luces preparados con antelación— con los que obsequiaba a su tía y a su prima, mientras ella sorteaba las entrometidas e irrespetuosas preguntas de su tía. Su ingenio sigue ahí, constata él con alivio.
Pero también la vio sonreírle a su primo, una de esas sonrisas verdaderas, radiantes y luminosas, que nunca estuvieron destinadas a él. Darcy prefiere ignorar la punzada de envidia en su pecho.
Esa noche, cuando yazga acostado en el lecho, a oscuras en su habitación, tratará de no pensar en sus ojos castaños. Se repetirá, de nuevo, que él hizo su elección y Elizabeth Bennet la suya. Y que así se pone fin a sus dudas sobre un matrimonio con una muchacha del campo, ¿verdad? A fin de cuentas, ella ya está casada. No más huir de ella ni evitarla por verse tentado a hacerla su esposa. Ni por enamorarse y tirar por la borda todas las expectativas puestas en él para desposar una señora Darcy digna de su estatus social, ¿cierto? Porque él, Fitzwilliam Darcy, definitivamente no está enamorado.
