Capítulo 7: 'Shiver'
Era una casa pequeña y en su mayoría estaba hecha de madera. El techo con tejas americanas bastante viejas le daba un aspecto más campestre a la vivienda. Las perfectas tablas de oscura madera, con un brillo de barniz reciente, contrastaban con las aplicaciones de ladrillos en lo que, supuse, parecía ser el conducto de la chimenea o el tubo de salida de la campanilla de la cocina. El porche era amplio y tenía una mesita en medio de dos mecedoras. Había algunos maceteros con plantas de hojas largas y delgadas colgando desde el techo del porche gracias a unas trenzas de lana de colores.
Quité la llave del contacto del coche y me quedé observando la casa asombrada por el gesto de Jacob. Apenas me conocía, se había tomado la molestia de darme un pequeño recorrido por La Push y me traía a su casa para almorzar. Dentro de mi impresión, no pude evitar sentir dos contradicciones: alegría por su gesto de confianza e inseguridad por beneficiarme de su buena disposición, casi sintiéndome una aprovechadora de la situación.
Coloqué nuevamente la llave en el contacto para dejar el coche en modo neutro y presioné el botón para bajar mi ventanilla.
-¡Jacob, no tienes que hacer esto! –grité, estirando mi cuello para que pudiera oírme bien, aunque estaba en una posición muy desagradable-. ¡No es una obligación, en serio!
Se giró cuando ya subía la pequeña escalinata del porche.
-¡Por favor, no seas ridícula! –rodó los ojos-. Hazme el favor de bajar, eres mi invitada de honor.
-¿Por qué te tomas la molestia? –susurré, rechinando los dientes y asumiendo mi derrota, preparándome para salir.
El ambiente en el bosque de La Push era radicalmente distinto al centro de la pequeña ciudad: un calorcillo húmedo rondaba por el aire y el delicioso aroma del mar estaba disuelto en un olor a pino y madera.
Al caminar hacia la casa me di cuenta que por fin estaba conociendo La Push como yo quería. Podía sentir allí que había algo diferente; no era como el centro donde se veían locales, consumismo, escuelas; actividades normales. En el bosque percibía una energía más relajada e intensa a la vez, entregándome un nuevo concepto de lo que era La Push. Eso era lo que no conocía ni podía imaginar que existiría en la pequeña ciudad.
-¿Estás bien? –me preguntó Jacob al verme un poco distraída.
-Sí… -cerré los ojos volviendo a jugar con el aroma del bosque en mi olfato-. Me gusta como huele aquí –dije, sonriendo-, mi aroma favorito es el del mar. Pero aquí el mar se combina con el aroma del bosque, y me gusta –expliqué en mi tono divagador.
-A mí también me gusta el olor del bosque… Por algo vivo aquí –giró la llave en la cerradura de la puerta.
La casa lucía por dentro tan sencilla como se mostraba por fuera.
Me quedé en el umbral observando el interior mientras él dejaba la llave en una mesita alargada y angosta donde reposaba el teléfono y la figura de un hombre tallada en madera.
-¿Y qué te parece? –inquirió, dirigiéndome una mirada insegura.
-Pues… -no había ningún corredor que conectara el salón y el comedor, sino que inmediatamente se entraba al salón. Los sillones de una tela verde raída se veían gastados, la mesa de centro entre los sillones estaba vacía y enfrente se encontraba un televisor de tamaño considerable. Podía ver una pequeña porción del comedor, pero aprecié el mantel con diversas manchas en él cubriendo la mesa y unos estantes con un par de vasos y copas dispuestos en desorden-. Se nota que sólo viven hombres –dije en voz alta y me sonrojé al instante-, digo… Lo siento. Me gusta, es muy acogedora, pero…
-Bueno, mi padre no puede hacer el aseo y yo no soy muy diestro en las tareas domésticas –se justificó luciendo feliz por mi respuesta-. ¿Piensas quedarte allí todo el bendito día?
-Creo que me gustaría que a veces editaras un poco tus palabras –reí dando un paso.
Jacob había preparado puré de patatas con carne, o mejor dicho, su padre había cocinado por la mañana antes de salir a casa de unos amigos. En el intervalo en que él recalentaba la comida en el microondas, me dediqué a dar una vuelta por la casa absorbiendo cada detalle de la misma: en las paredes de las esquinas del salón, las tablas de madera tenían marcas de dibujos roñosos en los que pude ver las figuras de tres personas y un sol con el trazo descoordinado de un niño; las cortinas tenían bordadas figuras de objetos naturales como hojas o flores, haciendo juego con los bordados de los paños que colgaban en la pared. Había una pintura hermosa de las olas rompiendo en las rocas de La Push y reconocí que se trataba de First Beach, con una arena pálida y fina, y de pequeñas llamas azules que sólo se podían lograr en ese lugar. Un jarrón, el cual yacía en una esquina escondida tras un sillón, decorado de pequeñas piezas de cerámicas, recordándome un poco a la forma en que los griegos adornaban sus manualidades.
-Está listo –anunció, y escuché sus pasos ligeros aproximarse hacia mí por la espalda-. ¿Qué ves?
-El jarrón… Y la pintura –respondí, dirigiéndole una fugaz mirada al cuadro en la pared-. ¿Quién lo hizo? No está la firma del pintor.
-Mi madre. A ella también le gustaba mucho el arte –dijo con una pizca de nostalgia.
Era la primera vez que mencionaba a su difunta madre.
-No me da pena. Murió cuando tenía cuatro años… Tengo vagos recuerdos de ella –no me sorprendí que supiera lo que pensaba, ya que entre nosotros teníamos esa extraña capacidad de sentir lo que el otro almacenaba en su corazón y mente-, es sólo que me pregunto cómo hubiera sido tener una madre.
-Te comprendo, pero tienes un excelente padre. Al menos eso creo, porque cuando hablas de él lo haces con cariño –le tomé la mano en un gesto de consuelo-. No puedes siempre pensar en lo que hubiera sido, ya que, de ese modo, no vivirás el presente que tienes. La vida se nos iría en un pestañeo si nos dedicáramos a soñar en los condicionales…
De lo que sí me sorprendía era del calor de su mano. Aún no me acostumbraba a que siempre irradiara calor, produciéndome un cosquilleo extraño en la piel. No me incomodaba, sólo que no podía saber si me gustaba o era simplemente una reacción natural a su temperatura corporal. Y eso era lo que realmente me intrigaba. Jacob tenía sus secretos y tenía la certeza que, entre ellos, debía estar su constante estado febril.
-El almuerzo está listo –su mano se escurrió de mi apretón y temblé ante el frío que envolvía mi palma.
Nunca me había demorado tanto en almorzar como ese día. No probaba bocado en más de quince minutos por estar hablando con Jacob del tema que se nos antojara. Y me mantenía muy ocupada haciéndome reír hasta que el estómago me doliera.
Sin saber cómo, llegamos a una pregunta que cambió brevemente el panorama relajado y amistoso:
-¿Qué hiciste luego que me fuera? –preguntó en tono insinuador, sacándome una carcajada. Se refería al día anterior, luego que nuestra pequeña reunión hubiera terminado.
-Fui al cine con Ben –mascullé sintiendo la palabra novio bastante amarga en mi boca. Él me miró perplejo, sin entender-. Ben, mi novio… Te hablé de él ayer, en las tantas preguntas que hicimos en la cafetería –hablé con rapidez, tratando de aligerar un poco la situación. O más bien tratando de hallar una explicación que hiciera que mi relación con Ben no me produjera rechazo.
Su barbilla se alzó en un burdo intento de ocultar su quijada rígida. Vi en sus ojos que pensaba muchísimo, pero que se abstendría de decir la verdad para dar paso a una de sus mentiras con gotas de verdad.
-Sí, creo que lo mencionaste –dijo sin su tono afable-. ¿Y qué tal te fue? –desaliento y decepción se camuflaban casi a la perfección en su voz.
-No sé. No presté atención a la película –tomé el tenedor con un poco de puré, así me distraería brevemente de la tentación de confesarle que mi distracción se debió al estar pensando en que nos veríamos hoy. Tragué con parsimonia antes de volver a hablar-. Ahora que lo pienso, no me has dicho si tienes novia… Apuesto a que eres todo un rompecorazones.
-No, la verdad es que me rompen el corazón –me sonrió con tristeza-. Pero para que quedes tranquila, soy soltero.
-Y yo que creí que podías tener escondida a una chica en tu armario… -me burlé, queriendo desesperadamente borrar la expresión de su rostro aflicción.
-Jacob Black jamás trae a una chica a su casa cuando tiene escondida a otra en su armario o debajo de la cama. Se tienen horarios para satisfacerlas a todas –no pude evitar reírme.
Al terminar tuvimos una pequeña discusión de quién lavaría los trastes sucios –o mejor dicho, si yo podía ayudar en algo, porque me quería alejada de la cocina- y llegamos al mutuo acuerdo de que él lavaría y yo secaría todo. De todas formas, como le dije a Jacob, mi pequeño gasto en la cafetería no se comparaba a su hospitalidad por traerme a su casa.
En la tarde hicimos una pequeña excursión al bosque y a un museo de arte que adoré. Había una pequeña exposición de los artistas locales más conocidos que plasmaban en miles de técnicas lo que La Push significaba para ellos, y había otra colección de esculturas traídas de México –de las cuales no pude despegarme hasta que Jacob me tomó del brazo y me dijo que hasta babeaba por las antiquísimas figuras creadas por los aztecas-, que dentro de pocos días se llevarían a Los Ángeles, por lo que estuve muy contenta por la oportunidad de contemplarlas.
He aprendido que los temas tabúes para hablar con Jacob son: Bella y los relacionados con extrañas características personales, como su estatura o el calor de su cuerpo.
-¿Qué piensas? –me preguntó cuando regresábamos a su casa de una larga caminata por el bosque.
De hecho pensaba en esos detalles que me intrigaban sobre él y decidí no mentirle, en parte. Podía ser honesta sin serlo completamente.
-Que conozco aspectos tuyos muy profundos, pero no sé los hechos esenciales –dije, arrugando la boca. ¿Cuándo podría preguntar sobre los temas tabúes? Alzó una ceja sin entenderme-, como película favorita, color, tu comida predilecta. Lo típico que se preguntan las personas normales cuando se conocen.
-Bueno, no es que yo sea precisamente normal –esbozó una sonrisa irónica-. Pero si quieres saber aquellas trivialidades, te las diré… No tengo película favorita, pero me gustan las de acción o suspenso. Mi color favorito es el negro y me gusta muchísimo la hamburguesa con queso.
-Es extraño que te gusten las de acción o suspenso… En general esos géneros se oponen. ¿Aunque te refieres a "acción" por películas de bombas explosivas o superhéroes?
Vamos, sabía que las comparaciones eran malas, pero…
-Bombas explosivas, espías, policía. Para superhéroes veo las caricaturas en televisión.
Pero no puedo privarme de comparar. A Ben le gustaban los superhéroes y a él no tanto.
-¿Y qué hay de tus hechos esenciales? –inquirió confuso por mi repentina sonrisa plena. Así que a Jacob no le gustaban mucho los superhéroes, curioso.
-Soy fanática del director Quentin Tarantino y adoro "Pulp Fiction". Mi color preferido es el verde, odio el blanco; y me encanta la lasaña o cualquier tipo de pasta en general.
-Interesante.
-¿Tan interesante por tu gusto por la Física y Matemática? –exploté de risa al ver su expresión maliciosa y le di un pequeño codazo en el estómago-. Aún no te puedo ver como el chico que le gusta esas materias y no tiene novia. ¿Quién sigue en tu ocupado horario, Casanova? No querrás que me tope con otra de tus chicas.
-Reservé el día para ti –contestó en voz baja y sonrojándose.
Antes de regresar a Forks, le prometí a Jacob que lo llamaría para que nos viéramos de nuevo. No puedo evitar mencionar que él se mostró muy contento por la idea, y me dio su número de teléfono.
Ya conduciendo por la autopista coloqué uno de mis discos de música en la radio y comencé a cantar las letras. No sé si es un buen hábito el que cante cuando estoy sola, ya que mi voz no es tan privilegiada como la de muchas personas, pero me gusta hacerlo. No me aburro tanto en la conducción, por ejemplo.
Mis pensamientos eran diversos, los temas tabúes y los secretos que Jacob me ocultaba eran un ejemplo importante. Sin embargo, la mayoría canalizaron en un punto: Ben.
Sin realmente desearlo, me pregunté qué diría si supiera que me estoy viendo con Jacob. O con cualquier chico que he conocido en menos de tres días y voy a su casa a almorzar. A solas. Siendo ése el factor más importante de todos los anteriormente mencionados. Porque Forks, mi cultura, las personas de este país, mi novio o quien quiera que fuera, no apreciarían con buenos ojos lo que estaba haciendo; ya sea si sólo hablaba con el chico en cuestión o me llevaba a pasear. El hecho de juntarme a solas con un chico que él ni sabía de su existencia me ponía en una situación difícil.
Y no es que me preocupara lo que dijeran de mí. Forks era un pueblo pequeño donde mantener un secreto dependía de una gran astucia. Tampoco lo que mis padres opinaran si llegaran a saber que me estaba llevando demasiado bien con Jacob, aunque supiesen que no cometería una estupidez.
Lo que me hacía sentir una opresión en la garganta era la culpabilidad. Lo pasaba mejor con un chico que conocía hace dos días que con mi novio de mucho tiempo; me reía más con Jacob que con Ben, me sentía muchísimo más cómoda con Jacob que con Ben, sentía una especie de conexión natural entre el primero y no con el segundo. ¿Acaso no era para sentirme culpable? Todo lo que me hacía feliz en cuanto a relacionarme con personas se dirigía a Jacob y de Ben no me acordaba, ni siquiera me gustaba denominarlo como mi novio.
Me cuestioné si debía decirle que me juntaba con Jacob, si debería perseverar en seguir adelante con nuestra relación, si fuera sincera con él y decirle la poca afinidad que nos unía, si me quedaba callada… Si esto, si lo otro... Ben era un buen chico, no podía hacerle daño. Él era tierno, muy preocupado y colaborador. Si me enfermaba, él era la clase de chico que me iba a ver a casa y me traía los deberes de la escuela, se ofrecería a ayudarme a hacerlos y hasta se quedaría conmigo toda la noche haciéndome compañía. ¿Cómo podía no sentirme feliz con alguien así? Muchas chicas reclamaban que sus novios no las sabían escuchar, salían demasiado con sus amigos y a ellas las abandonaban; no las acompañaban a comprar, no las entendían, se sentían como objeto de deseo y un sinfín de motivos más. Y con Ben no me sentía así. Él me escucha, me entiende, me apoya… Me ama.
Una pequeña voz en mi cabeza murmuró que la pregunta de vital importancia era si yo lo amaba a él.
Llegué a casa alrededor de las siete de la tarde.
Mi padre aún no estaba en casa y mi madre estaba leyendo sobre las tendencias orientales en la moda cuando abrí la puerta y anuncié mi llegada.
-¿Cómo lo pasaste? –me preguntó mi madre desde el salón, cerrando su libro.
-Muy bien –una sonrisa apareció en mi rostro al hablar de Jacob-. Recorrí el bosque, la playa, la plaza de La Push… ¡Había una exposición de arte! Fue increíble. Había esculturas de una galería mexicana, eran hermosas. Y unas pinturas espléndidas de artistas locales. Tan inspiradoras.
-Me alegro muchísimo –me miró radiante y le pregunté qué ocurría-. Usualmente no hablas tanto, ni tan contenta. Hace tiempo no te veía tan chispeante, hija. Es bueno ver que mi Angela vuelve.
-Siempre he estado aquí, madre –bufé rodando los ojos, aunque sabía a lo que se refería.
-No de la forma en que me gusta y la que realmente eres.
-¡Ang! –escuché el grito de uno de los gemelos desde las escaleras-. ¡Menos mal que llegaste, porque necesitamos a alguien que nos arregle la consola de videojuegos!
-Anda a ayudar a tus hermanos –dijo volviendo a abrir el libro; y se acomodó en el sofá-. La cena estará en una hora.
Esa noche no quise llamar a Jacob, ya que me criticaba por estar tan emocionada en verlo nuevamente. Debía dejarlo respirar un poco de mi presencia.
El día siguiente fue bastante calmado. Hice unas llamadas a la universidad –mi madre me miraba muy seria cada vez que se asomaba por el umbral de la puerta en un intento fallido de disimular con la excusa de pasar la mopa en los cuartos, siendo que tenemos alfombra en el segundo piso- y vi en Internet algunos mapas climatológicos de Utah para saber aproximadamente cuántos días serían soleados, y me di cuenta que necesitaba comprarme ropa. Apenas tenía un par de ropas ligeras, ya que en Forks era inservible tener más.
Mi madre me informó antes del almuerzo que se iría con mi padre a casa de unos amigos por el aniversario de matrimonio. Me preguntó si tenía planes y le dije que no, así que estaba en plena disposición de cuidar de los gemelos.
-Pensé que podrías salir con Ben –me dijo mientras la ayudaba a colocar los cubiertos en la mesa. Los gemelos entraron al comedor con las servilletas en la mano-. Es raro que no tengas planes.
-Se fue de campamento con Mike Newton y otros chicos al bosque. Al parecer, será su última salida masculina hasta las vacaciones de navidad, ya que Tyler y Mike también regresarán para las vacaciones a Forks –contesté sintiendo ni una pizca de lástima porque no vería a mi novio en tres días. Por supuesto, mi madre lo notó pero no dijo nada.
El almuerzo fue tranquilo, a excepción que los gemelos comenzaron a jugar "el mundo al revés", donde todo lo que se decía se debía interpretar en el sentido contrario. Así que me decían "hermano", "fea", "monstruosa", "estúpida" y otros insultos que debía considerarlos como halagos… Y soporté las miradas duras que nos ofrecía nuestra madre, ya que odiaba que usáramos ese tipo de actividades para ofendernos. Como siempre, un almuerzo tranquilo en mi familia.
Horas más tarde estaba revisando los horarios por Internet del cine en Port Ángeles para ir con mis hermanos a una película de dibujos animados que hace días deseaban ver. Creo que se trataba de una abeja o algo así. Decidía a cuál función iríamos cuando mi teléfono celular comenzó a tocar una suave melodía.
-¿Si? –pregunté, después de verificar que el número era desconocido.
-¿Angela?
La voz insegura de Jacob me respondió.
-Hola –saludé sonriendo y apartando mi mano del ratón del computador-. Lamento mucho no haberte llamado, pero he estado organizando mi vida. ¿Qué tal? –inevitablemente, me pregunté por qué estaba farfullando.
-Todo bien. ¿Tu vida es un desastre para que necesites dedicarle un tiempo de organización?
-Sí… Espera –fruncí el ceño al percatarme de un detalle-. ¿Cómo sabes que éste es mi número de teléfono móvil?
-Me lo diste ayer yendo a la galería de arte. Te burlaste de mí por no tener uno, de hecho…
-Cierto, vives en la prehistoria con un teléfono de casa –me reí.
-Te llamé porque se me ha ocurrido que podríamos hacer algo por la tarde –anunció con duda. Quizás sin saber si me sentiría molesta por su idea.
-¡Oh, me encantaría! –sonreí, complacida. Lástima que ya estuviera ligada a ser niñera de los gemelos-. Pero no puedo.
-Ah, está bien –musitó entrecortadamente.
-Lo siento muchísimo. Mis padres saldrán esta noche y estoy encargada de cuidar a mis hermanos, así que pasaré varias horas atada a ellos –tenía que disculparme, no podía dejar que pensara que era porque no quisiera.
-¿Te refieres atada en el sentido literario o figurativo de la palabra? –se oía más alegre.
-Claro, literario… Mis hermanos adoran llevar sogas y atarme a una silla. De hecho, así es que torturan a sus profesores en la escuela –torcí los ojos, hablando con evidente ironía-. Entonces, nos vemos otro día.
-Ajá. Adiós.
-Nos vemos, Jacob –dejé el aparato reposando en el escritorio y me quedé un rato pensando en Jacob hasta que mis adorables hermanos entraron en mi habitación para preguntarme a qué hora iríamos al cine.
A las cuatro de la tarde ya íbamos por la carretera hacía Port Ángeles. Para demorarnos más en volver a casa, luego del cine iríamos a comer algo, así llegaríamos a una hora razonable a casa para dormir.
No obstante, mis planes se desbarataron cuando, sin siquiera haberlo imaginado, luego sabría que los amigos de Jacob lo convencerían para ir al cine a distraerse. Por la noche. A la misma hora que yo.
N/A: Sus reviews me alegran el día, en serio. Muchas gracias por darse el tiempo de decirme lo que piensan sobre los capítulos.
Bien, respecto a la demora… Er, pues el tiempo apenas me alcanza y recién acabo de terminar el capítulo ocho. ¡Y pensar que tenía adelantada la historia dos capítulos por cada uno que subía! El estudio es el culpable. Tengo que estudiar, y bastante, así que si me queda tiempo, entre todo lo que debo hacer, intento escribir.
Ya me han dicho que los capítulos son muy cortos, pues, en ese caso, les digo desde ya que el siguiente es un pelín más largo :). No pude evitar alargar la extensión porque es… Bueno, ya sabrán.
iris: Debería unirme al foro, pero lo pensaré. No me gusta publicar en muchos sitios, aún así veré si lo hago. Gracias, eres un amor.
¡Hasta el siguiente capítulo!
