Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar n.n

Siguiente escalón en la historia de esta pareja, espero que les guste. Saludos a los anónimos MargoM, me alegra que sigas disfrutando de esta historia, siempre sos muy generosa y afectuosa en tus palabras. Jeje, Ichigo está un poquitín idealizado -un poquitín (?)-, pero bueno, alguien tiene que tomar la iniciativa en esta relación. Gracias por seguir leyendo, beso grande :D Guest, muchas gracias por leer y comentar, he aquí cómo sigue la historia n.n

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


VII

Cómo seguir la trama


Promediando el otoño, el jardín se llenó de abundantes hojas secas. Rukia lo había notado, pero sumergida aún en la labor de revisión apenas si pudo hacer algo más al respecto. Podría haberle pedido el favor de limpiarlas a su siempre tan atento inquilino, pero bastante hacía ya el hombre dejándole todavía las viandas.

Además, la visión de ese panorama le traía la conciencia del transcurso de los ciclos, y semejante manifestación de la naturaleza la ponía irremediablemente melancólica. No podía permitirse esa sensación en la etapa en la que se hallaba. Si iba a su novela con esos sentimientos, correría el riesgo de imprimirlos entre las líneas y sería contraproducente para el argumento original. Así que, entre pausa y pausa, se limitó a observar el estado de su jardín con cierta dosis de culpa.

Los ciclos… Desde hacía cierto tiempo se sentía en el medio de algo, aunque le costaba entrever en medio de qué. Tal vez se debiese a la instancia laboral por la que transitaba, o a una etapa más de los pocos años que distaban de la muerte de Renji. Sea lo que fuese, la ponía de una clase de humor que sólo en la escritura podía dominar.

En determinado momento, no obstante, concluyó la revisión. La tensión acumulada por tantos días de concentración cedió sobre ella y se manifestó en una extraña mezcla de alivio, alegría, satisfacción y agotamiento. En ese punto podía permitirse parar para descansar y procesarlo, al menos ese ciclo podía darlo por terminado.

Una tarde de sábado, entonces, recordó el jardín cubierto por aquella bastedad de hojas secas. Los árboles frutales que lo circundaban habían sido generosos, pensó Rukia con ironía. Después de desprenderse de aquel lastre, aparecían despojados, esqueléticos y algo tenebrosos contra el gris lúgubre del cielo de la jornada, como si se hubieran liberado de algún peso. En cambio ella, para su fastidio, tendría que hacerse cargo del arduo corolario.

Dado lo inevitable, decidió asumirlo desde la perspectiva contraria. Ya era hora de ocuparse de una faena más corporal, pensó, a fin de cuentas sería una buena forma de despejarse del estrés acumulado. Entonces se puso un abrigo y salió al patio. Respiró el aire fresco, contempló una vez más el panorama y suspiró con resignación. Bonita tarea tenía por delante y vaya día elegido para decidirse a realizarla.

Se encogió de hombros y fue hasta el cobertizo a buscar el rastrillo. En su mente dividió el jardín por sectores para facilitar el trabajo, o al menos para organizarse mejor, y se propuso cumplir con cierta cantidad de etapas antes del anochecer. Tal vez no hiciese a tiempo con la última, pero al final del día habría logrado avanzar bastante.

Había conseguido despejar casi la totalidad de la primera parcela, reuniendo a un lado el cúmulo de hojas acopiado, cuando vio a Ichigo dirigiéndose a su encuentro.

Otra vez él.

-¿Te ayudo? –se ofreció.

Ni Hola ni Cómo estás, sólo su novedoso y últimamente demasiado frecuente acto de aparición oportuna. El muy idiota.

-Ahí vas de nuevo con tus afanes socorristas –se mofó Rukia en un murmullo.

-¿Perdón?

-Nada. En el cobertizo hay otro rastrillo.

De nada le serviría decir lo que pensaba y la verdad era que, aunque la descolocase su exagerado altruismo, le venía muy bien algo de ayuda. Ichigo fue por él y se ubicó a unos metros para barrer las hojas desde otro sector. A Rukia le alteró los planes, pero ni modo, ya no podía quejarse.

Lo que en realidad le molestaba era que en el último tiempo Ichigo se le apareciera con tanta asiduidad. Se había inmiscuido en su vida de formas inusitadas: primero con su familia, después con sus viandas y ahora con la limpieza, irrumpía con más frecuencia de la que podría considerarse normal y le trastornaba la rutina con una facilidad pasmosa. ¿A qué se debería semejante actitud?

-Y tú siempre con tus aires de autosuficiencia –dijo él de pronto.

Ella estaba tan ensimismada que apenas pudo registrar sus palabras. De modo que antes la había oído murmurar…

-¿A qué te refieres? –indagó, fingiendo indiferencia.

-A que te gusta aparentar independencia, te place demostrar que puedes hacerlo todo sola.

-Es que efectivamente puedo, idiota. Y no aceptaré sermones de alguien que lleva una camiseta del Capitán América –le dijo, señalándola con un gesto.

-Lo dice alguien que lleva una de las tortugas ninja –masculló el otro, haciendo otro tanto-. Una cosa es que puedas y otra es que alardees de ello.

-¡Yo no alardeo! –exclamó Rukia, ceñuda, con el rastrillo detenido.

Él también se detuvo.

-Me refiero a que te esmeras para que las personas no adviertan debilidades en ti.

-Y tú te esmeras para que las personas se ofendan fácilmente.

-Nunca dije que no puedas barrer por ti misma este jardín –prosiguió Ichigo sin hacerle caso, mientras retomaba la tarea-. Lo único que digo es que puedo hacerlo contigo, eso es todo.

Rukia abrió la boca, contrariada, y volvió a cerrarla sin emitir vocablo. No sabía qué responder a eso, sobre todo cuando eso había sonado tan tierno.

-Tonterías –farfulló al final, y también retomó el trabajo.

Él sonrió de lado disimuladamente. La había visto desde la ventana cuando empezó a barrer y se preguntó por qué diablos nunca pedía ayuda. Era una mujer muy singular, algo completamente fuera de los parámetros femeninos que había conocido. Y si le atraía tanto era precisamente por eso, porque lejos de disgustarle su poca necesidad de él, le intrigaba y le admiraba por igual.

Tenía que admitirlo, ya no podía desentenderse de la atracción que experimentaba. Lo cierto es que era él quien la buscaba, la abordaba o iba en su ayuda a la primera señal de su presencia. De hecho, los últimos días sólo esperaba el momento adecuado. Estaba seguro de que ella había notado el cambio y se divertía interiormente viendo el desconcierto que le generaba.

-¿Tienes planes para hoy? –le preguntó Rukia de repente.

-¿Planes?

-Es sábado.

A Ichigo nunca le había preocupado demasiado la distinción entre los días.

-No tengo nada que hacer –contestó.

-Y por eso te pones a barrer hojas secas.

A él le disgustó una conclusión tan poco considerada.

-¿Y tú no tienes una novela en la que progresar?

Rukia rió, no pudo evitarlo. Lo dicho: habían desarrollado un código bastante peculiar que, lejos de fastidiarle, le entretenía sobremanera. Al menos así ocurría en el presente, cuando ya había verificado que de ese modo se entendían mejor. Es decir, provocando al otro, y quizá berreando, pero se entendían bastante bien.

-Decidí tomarme un par de días libres.

-¿En serio? –Ichigo en verdad se asombró de eso.

-Así es. A menos que descanse un poco –explicó ella-, correré el riesgo de trabarme o, peor aún, de bloquearme. Ya me ha pasado antes y sé que de esta forma la escritura fluye mejor.

-¿Has tenido que desechar mucho material? ¿Alguna vez te has echado para atrás en un proyecto y has tenido que recomenzar?

Rukia dejó de barrer para meditar en ello por unos instantes.

-La respuesta a la primera pregunta es con frecuencia. La respuesta a la segunda es sólo una vez.

-Eso significa que nunca te has arrepentido de la historia que has iniciado.

-Procuro que no. Por lo general es una idea que escojo después de una cadena interminable y desesperante de ellas, así que si ya me decidí por una me aferro a ella hasta el final.

-¿Y cuando no sabes cómo seguir?

La joven gesticuló denotando que ese era un problema en verdad complicado.

-Me tomo estas pausas –terminó por decir. Ichigo asintió con la cabeza, comprendiendo-. ¿Qué haces tú cuando no sabes cómo sacar un equipo adelante?

Ahora fue él el que se detuvo unos instantes para descansar y considerarlo.

-Siempre hay una manera –respondió.

-¿Y si no funciona?

-Creo que siempre hay una manera –ratificó él-. A veces lleva tiempo, cambios, retrocesos y rodeos que parecen trabar aún más el camino. Sin embargo, en algún punto del trayecto el equipo empieza a funcionar. Es como haber hallado el nudo y lograr desenredarlo.

-¿Y si de todas formas pierden?

-Todos los entrenadores deseamos que nuestro equipo gane –repuso Ichigo, reflexivo-, pero eso no significa que nos preocupe perder. Perder es parte del deporte y del proceso, y si lo piensas, ocurre con más frecuencia que ganar –señaló-. Un auténtico deportista lo sabe, porque sabe también que es la motivación más importante para seguir esforzándose, para no estancarse en una falsa sensación de suficiencia.

-Entiendo.

-Perder o ganar son instancias similares, incluso duran lo mismo a lo largo del tiempo. Sólo se distinguen por las emociones que experimentamos. Hayas perdido o hayas ganado, al día siguiente tienes que levantarte temprano, volver a entrenar y volver a lidiar con la vida cotidiana.

-Ichigo, el sabio –lo pinchó ella.

Él le dirigió una sardónica mirada primero, dispuesto a contraatacar, e inmediatamente después su semblante se puso lívido. Rukia se extrañó por ese súbito cambio de expresión y siguió la dirección de su mirada, pues evidentemente había divisado algo conmocionante.

Se giró y vio acercarse por el sendero desde el portón a una joven de llamativa belleza, aunque de sencillo atuendo. Incluso ella permaneció estática durante algunos instantes, impresionada con su presencia. ¿Quién sería y a quién estaría buscando?

Se acercó hasta ellos y sonrió con timidez.

-Kurosaki-kun –saludó.

Rukia se volvió hacia él con interrogación. Ichigo todavía se veía perplejo, hasta que conminado por la situación logró retomar las riendas de la realidad.

-Inoue –saludó.

-Tiempo sin vernos –dijo ella con voz tan baja que Rukia apenas si pudo escuchar-. Espero no estar importunando, necesito hablar contigo.

-¿Hablar?

-Sí, hablar –repuso la joven-. Sólo serán unos momentos.

Ichigo entendió por fin en dónde estaba y quién lo requería. Se forzó a recuperar el autodominio y procuró comportarse acorde al contexto.

-Rukia, ella es Inoue Orihime. Inoue, ella es Kuchiki Rukia –las presentó-. Rukia es la dueña de la casa que estoy alquilando.

Orihime se volvió hacia ella y saludó con educación. Rukia le correspondió algo alelada con la novedad, cayendo en la cuenta de quién se trataba y de lo movilizado que debería sentirse su vecino con su repentina visita. Vaya forma de terminar el sábado.

Después de algunos segundos más de irresolución, Ichigo se disculpó por no poder seguir ayudándola y Rukia le aseguró que no había problema. A continuación le hizo un gesto a Orihime con la cabeza para que lo siguiera y ambos enfilaron hacia la casa en absoluto silencio. La escritora se les quedó viendo con un gran signo de pregunta dibujado en la mente.

.

.

Ichigo le tendió la taza de té y Orihime la tomó entre sus manos, aferrándose a ella casi como a una balsa. Se sentía cohibida. Observó en derredor con aire casual y luego le sonrió con dulzura cuando se sentó frente a ella.

-Hermosa casa –comentó.

-Lo es –repuso Ichigo con aspereza. También él estaba nervioso, no la había visto desde que terminaron de dividirse las cosas que antes habían compartido y, de sólo recordarlo, le acometía el maldito puntazo de dolor otra vez. ¿Por qué diablos se le aparecía de modo tan sorpresivo?

-Te ves bien.

-No tanto como tú.

-Pues yo diría que…

-¿A qué has venido, Inoue? –indagó él sin ambages, cortando por lo sano. Las formalidades le importaban un comino en esas circunstancias.

Dudaba de que hubiese ido simplemente a conversar, lo más probable era que hubiese quedado algún asunto en el tintero de su vida en común. ¿Deudas? ¿Trámites? Ichigo se devanó los sesos tratando de entender su presencia allí y cualquier excusa material le convenía psicológicamente más que cualquier otra de índole sentimental.

Orihime no pareció afectada por su actitud. Ella lo conocía y sabía bien cómo conducirse con él.

-Hace unos días me topé con tu padre en la calle –le contó después de beber un sorbo de té-. Parecía preocupado por ti.

Ichigo se sobresaltó. Ese sujeto sería su ruina.

-Ya conoces a mi padre y sabes bien que no deberías…

-Más allá de tu padre –lo cortó ella-, creo que en verdad debía venir a hablar contigo.

Él bufó, molesto.

-¿Es que nos quedó algo para hablar aún?

Ella dejó la taza sobre la mesa y volvió a mirarlo con sus ojos grandes y transparentes, los ojos que todavía, en algún punto de su voluntad, podían doblegarlo.

-Quisiera dejar en claro la razón por la que terminamos.

Ichigo la encaró con incredulidad. Lo único que le faltaba.

-No necesito que…

-Pero por sobre todo –volvió a interrumpirlo ella, paciente y decidida como pocas veces la había visto-, quiero que quede claro por qué debemos seguir adelante.

El joven vislumbró por dónde venía el asunto.

-Estás con alguien –afirmó. Orihime asintió con la cabeza-. Vaya… Bien por ti –ironizó.

A la joven tampoco le afectó ese comentario.

-Estoy bien, me siento feliz –murmuró.

Él la miró con rostro ceñudo. Le molestaba sentirse, precisamente, molesto.

-Ahórrame los detalles, ¿quieres?

-¿Por qué? –lo confrontó ella-. Antes de ser mi pareja eras mi mejor amigo. Hasta hoy sigo creyendo que si nos pusimos de novio fue porque cultivamos esa amistad.

-Pues ya no somos ni lo uno ni lo otro.

-Habla por ti. Aún te considero mi mejor amigo, y siempre será así. –Orihime se enfrentó a su recriminadora mirada con resolución, Ichigo comprendió que no se arrepentía de nada y esa seguridad, tan poco habitual en ella, lo descolocó por completo. ¿Desde cuándo era tan decidida?-. Eres mi amigo, no pienso ceder en eso –continuó ella-, y en nombre de esa amistad he venido a finiquitar nuestros asuntos.

Ichigo quería aparentar indiferencia, demostrarle que ya no tenía influencia sobre él o sobre sus sentimientos, pero la verdad era que apenas podía controlarse. Lanzarle ironías y mostrarse desagradable constituían la prueba de ello. Tendría que haberse comportado a la inversa, como si ya nada relacionado con ella lo afectase, pero al parecer todavía no podía.

-Creo que hemos hablado de todo lo que teníamos que hablar.

-Eso pensé, hasta que tu padre me recordó lo testarudo que puedes llegar a ser. Kurosaki-kun, no quiero que nuestra experiencia se convierta en una dificultad.

-Me niego a escuchar esto de ti, Inoue.

-Ni quiero que se convierta en una traba para tu vida –agregó ella sin hacerle caso.

-No es una traba –masculló él, conteniendo apenas la irritación. Además de seguridad Orihime había desarrollado determinación, y eso lo desanimó todavía más. ¿Era el tipo de evolución que se conseguía con una pareja nueva? ¿Por qué él nunca había podido motivar tal crecimiento?

Desde luego, ella no le creyó ni medio.

-¿Al menos sabes por qué hemos terminado?

-Porque te cansaste.

-No, no porque me haya cansado de ti, sino porque nuestra relación había dado todo lo que podía darnos. Llegamos al tope.

-¿De qué demonios estás hablando?

-De nuestra historia, Kurosaki-kun –respondió la joven sin dejar de mirarlo a los ojos. Su tono de voz seguía siendo pausado, sereno-. Contigo he sido más feliz de lo que pueda explicar con palabras. He crecido, he sido mejor, y sé que tú también. Eso ha sido nuestra relación. El final llegó porque ya habíamos dado todo lo que podíamos dar. No obstante, más allá de eso, aún nos queda un largo camino que recorrer.

-Tonterías –se ofuscó él, empezando a comprender el punto que, de alguna forma, respondía a sus anteriores cuestionamientos. Sin embargo, le irritó saberlo, ponerlo en palabras-. Podríamos haber seguido juntos por ese camino o comenzar uno nuevo. Yo lo quería, estaba dispuesto.

-Pero yo no –dijo Orihime con firmeza, aunque con dulzura-, y esa es señal suficiente de que las cosas están tocando a su fin. No se puede sobrellevar una relación de forma unilateral, con que uno de los dos decline alcanza para reconocerlo. Había vivido mi historia contigo, y había acabado. En adelante, tenía que continuar en otra dirección.

-Habla por ti.

-Sí, hablo por mí. Tú, por tu parte, siempre has sido totalmente incapaz de registrar los finales.

-¡Pues discúlpame!

-Ya te he perdonado –repuso ella cortando la ironía, e Ichigo entrevió una carga tal de sinceridad que ya no pudo retrucar, ni siquiera enojarse-. Ya te he perdonado por no haberte dado cuenta, porque casi arruinas lo que teníamos al forzar la situación. Ahora espero que tú hagas lo mismo: perdóname, Kurosaki-kun, perdóname y sigue adelante.

Sacudido en lo más profundo, Ichigo se levantó y caminó nerviosamente por la habitación. Una ingobernable mezcla de sensaciones se agitaba dentro de sí y fue la única manera de procurarse un poco de sosiego. Por su parte, Orihime permaneció pacientemente en su lugar, dándole tiempo a acomodar las ideas.

Afuera se hizo de noche. Una lluvia fina había comenzado a caer, el murmullo se oía con claridad en medio de la tensión que los envolvía. Ichigo apoyó el antebrazo en el marco de la ventana y la frente en él para observar el oscuro panorama, esperando aliviar así la carga que creía haber dejado atrás, el lastre que, al parecer, todavía arrastraba consigo.

Orihime tenía razón. Diablos, ella siempre la tenía, era lo suficientemente sensible para entender las tribulaciones ajenas cada vez que las percibía. Permanecer tercamente a su lado cuando la historia ya no daba para más… Típico del idiota convencido de que la vida es tan sencilla como eso, cuando en realidad le estaba faltando el respeto a lo más auténtico de la relación.

Qué necios podían ser los hombres, ¡qué necio había sido él! Divisó algunas luces en la casa de Rukia y se preguntó qué pensaría una mujer tan inteligente de un insensato de su calibre. Aunque, en realidad, ya se había dado cuenta y se lo había señalado más de una vez: su maldito complejo protector, la obcecada idea de que sólo él podía sostener lo insostenible. Suspiró con desaliento, enfadado consigo mismo.

Se volvió hacia su ex novia. Dolía, de repente se le atoró en la garganta un cúmulo de palabras para decir, o que tendría que haberle dicho. Sí, ya lo sabía, sólo que no había podido –o querido- asumir su parte de la responsabilidad. Hubiera querido decírselo, pero ya era tarde para los dos. Sin embargo, no para él ni para ella por separado.

-Entonces con esa persona… ¿eres feliz?

Ella afirmó con la cabeza, sonriendo con timidez.

-Estoy escribiendo una nueva historia, pero sé que no podría hacerlo ni pretenderlo de no haber vivido antes la nuestra. Estoy agradecida contigo.

Ichigo asintió en silencio, entendiendo. Dolía. Se trataba de crecer, de vivir su propia historia de amor. Orihime ya había iniciado la suya, sólo que él no era el protagonista y había que bajarse del pedestal de una buena vez por todas. Titubeó antes de convenir:

-También estoy agradecido.

-Entonces ya puedes seguir –le aseguró ella-, ya puedes ir por la historia que te toca transitar.

Él volvió a enfocarse en la ventana y, más allá, en las luces de la casa de la escritora, justamente la verdadera inventora de historias en ese lugar. Vaya ironía, vaya maldita ironía que le deparaba la vida a lo largo de esa lluviosa jornada. Pero comenzaba a sentirse extrañamente aliviado.

-Puedes estar segura de que lo haré.

.

.

Barrió las hojas un rato más, pero de pronto dejó de interesarle. Entró, arrojó el abrigo en cualquier parte y se echó en el sofá con la intención de mantener la mente en blanco. Más tarde le dio hambre.

Todo lo que encontró en la cocina fueron las últimas tres rebanadas de pan integral en su empaque, queso untable y mermelada dietética. ¿Desde cuándo se cuidaba tanto? Cierto, desde los tiempos en que ningún hombre venía a perturbarle la ansiedad. En ese momento su cerebro y su corazón reclamaban azúcar, pero tendría que conformarse.

Puso agua a hervir para el té y mientras tanto untó las rebanadas con el queso y la mermelada. De todas formas ese día había comido bien. ¿Se habría ido ya su ex? ¿O seguirían conversando? ¿Y de qué demonios tenían que hablar dos personas que ya se habían distanciado? ¿Por qué maldita razón tenía que ser ella tan bonita?

Aunque, ¿qué tanto le importaba? Bien haría en ocuparse de sus propios asuntos.

Debía admitir que estaba cultivando una relación muy peculiar con su inquilino, tal vez digna de una película de Almodóvar. Una de las viejas, desde luego. No podía calificarse de amistad, pero tampoco ameritaba otro rótulo. En todo caso, era una relación y punto, y al parecer ambos tenían suficiente con eso.

Habían pasado una jornada más haciendo de las suyas: él con su complejo de guardián protector y ella con sus aires de escritora misteriosa e independiente, intercambiando demandas y arrebatos como si se conocieran de toda la vida. Ni siquiera juntando lo mejor de cada uno de esos rasgos conformaban algo parecido a la normalidad.

Quizás estuviesen más averiados de lo que suponían y eso los situaba en un territorio común. Sólo que ese día, en lugar de sobrellevarlo, se lo reclamaron mutuamente, como si uno tuviera más derecho que el otro de estar varado allí. ¿Y con qué autoridad moral podían pretenderlo? Lo mismo habían hecho al finalizar el día de campo y ningún resultado positivo les había traído hasta el momento.

Ambos cargaban con lo suyo, tanto lo bueno como lo dañado, así que, ¿con qué clase de argumentos podían acusar al otro de "ocultar", "disimular" o "sacar a la luz" de acuerdo a propósitos y circunstancias? Para el caso, ninguno de ellos estaba en condiciones de exigir nada, ni de pasarse de la raya, ni de hablar. ¿Qué buscaban conseguir entonces tratándose de esa forma?

Rukia concluyó que tenían un carácter muy similar. Eran tozudos, luchadores y amaban tener la razón, pero se les había escapado un pequeño detalle: el tipo de rival que se habían agenciado. Un testarudo no podía con otro testarudo, tan simple como eso.

Se sirvió el té, se acomodó en la mesa y mordió la primera rebanada de pan con convicción. Le generaba mucha curiosidad el hecho de que a pesar de todo pudiera sentirse tan a sus anchas con un hombre que no era su marido, con un hombre que apenas conocía y con el que ya podía sostener una rencilla como si nada. Era de lo más disparatado… e inquietante.

Cuando terminó de comer apuntó en un papel Reabastecer la nevera y lo sujetó con un imán en la puerta del artefacto. A ver si así empezaba a apañárselas sola y a liberar al pobre tipo de aquel incordioso complejo. Acomodó los utensilios en el fregadero para lavarlos al día siguiente y enfiló hacia su cuarto apagando una a una las luces a su paso.

Después de ponerse el piyama, se arropó en la cama con un libro nuevo para leer. Ya era casi la medianoche, pero estaba desvelada. Entonces, antes siquiera de recorrer media página, se sintió repentinamente abrumada, desanimada, incluso triste, y no podía explicarse por qué. Ni siquiera había estado pensando en Renji.