7
Me encierro en la habitación, cierro con llave y me tiro en la cama. Me hago un ovillo, tratando de esconderme de todos mis problemas.
Mañana es el día en el que el contador del tiempo de vida que me queda, empezará a correr.
No nos han dicho nada, se han guardado ese dato durante todo este tiempo, no he podido entrenarme ni comer todo lo que debía, tenía un plan para las próximas dos semanas que ahora no sirve para nada.
Salgo de la habitación y bajo hasta el comedor, cuando llego, entro en la sala privada del Distrito 12 y me lleno de todo lo que encuentro. Me empiezo comiendo un caldo de pollo, de segundo me pongo un plato de pasta con queso fundido y nata. En eso, entra Craven, que parece haberme estado buscando.
─Te vas a manchar el vestido.─Dice él manteniendo las distancias, y la verdad, es lo mejor que hace. En este momento no estoy cómo para sonreírle a todo el mundo.
─Lo sé.
En ese mismo momento, se corta la conversación, él va a su habitación y yo me quedo allí, comiendo absolutamente de todo.
Cuando ya me he llenado lo suficiente, subo también hasta mi habitación, el día de mañana me aguardan los esperadísimos septuagésimo séptimos Juegos del Hambre, debo descansar todo lo posible. Me recuesto en la cama, tratando de coger el sueño, pero las imágenes de lo que me esperará en la arena me lo impiden, sólo puedo ver a los veintitrés tributos matándose los unos a los otros, dejándome a mí para el final. Vuelvo a cerrar a los ojos y me hago a la idea de que si la única forma en la que puedo descansar, es teniendo pesadillas, que así sea.
Me despierto sudorosa y aterrorizada, efectivamente, he tenido pesadillas toda la noche; toda la noche soñando con las muertes de todos nosotros, sintiendo el miedo de cada uno en mí.
Me quito la colcha de encima y levanto de la cama, veo que ni si quiera son las cinco de la madrugada. Me voy al cuarto de baño y me comienzo a desvestir, me meto en la ducha y pongo el agua lo más fría posible, para estar segura de que ésta no es otra pesadilla. Cada gota es cómo un gélido punzón clavándose en mi cuerpo, haciendo que se cohíba y se encoja. Se me pone el vello de punta, cómo respuesta al chorro de agua fría. Por fin, consigo acostumbrarme y trato de disfrutar del baño, me aplico el champú, el jabón corporal, lo aclaro y me quedo al agua un rato más. Sigo sin poder creer que, tal vez, hoy sea el día de mi muerte, la impotencia que siento es demasiada para poder contenerla, suelto mi agresividad en unos incontrolados sollozos y unas lágrimas que salen como se de un río se tratase. Me quito el rastro del llanto en el gran chorro de agua, que me deja la cara y el cuerpo limpios. Salgo de la ducha y me pongo un albornoz verde, dejando que mi cuerpo se escurra.
Sólo ha pasado una semana, ninguno de nosotros está completamente entrenado, no hemos podido aprender a hacer más cosas a parte de usar armas.
Oigo por el interfono que los exámenes comenzarán en unos quince minutos y todos los tributos debemos reunirnos en la sala de entrenamiento.
Esto debo tomármelo muy en serio, si consigo una buena nota conseguiré patrocinadores. Mi madre siempre que me hablaba de los juegos, decía que era muy importante conseguir patrocinadores, me decía que amigas suyas que estuvieron en los juegos y no tenían patrocinadores, no duraban más de dos días.
Me pongo el traje para entrenar. Salgo corriendo y bajo hasta la sala de entrenamiento. Hay una cola en orden de distritos, me sitúo la última, justo detrás de Craven, cómo siempre. Veo salir a Daniel, algo disgustado, no debe de haberle ido muy bien por la cara que trae.
─Suerte.─Me susurra al oído antes de marcharse.
Han pasado ya todos los tributos, Craven ya está dentro haciendo el examen.
Ahora mismo me siento muy presionada, todo sucede demasiado deprisa, es cómo si le hubieran dado a la cámara rápida para pasar cuanto antes a los juegos. No estoy preparada, todavía no, necesito mucho más tiempo para hacerme a la idea de que moriré en la arena.
Craven sale y me dedica una mirada, parece ser que a él tampoco le han salido bien las cosas, ya que ha salido suspirando y se lleva las manos a la cabeza.
Me dirijo a paso lento hasta la puerta, me lo pienso varias veces antes de girar el grisáceo pomo, todavía sigo aterrada y el pulso me está temblando, así no voy a poder usar bien el arco. Respiro profundamente y suelto poco a poco el aire, así seguidamente, para tratar de bajarme las pulsaciones. Pongo la mano en alto y la extiendo, ya no me tiembla tanto cómo antes, así que abro la puerta y entro con decisión. Todos me miran algo molestos, seguramente sea por la tardanza.
─Perdón por haber tardado.─La voz me sale temblorosa.
Cojo rápidamente el arco y el carcaj, saco la flecha, la coloco y me sitúo frente a las dianas, que están mas lejos que nunca, por lo menos a unos treinta metros de distancia. Levanto el arco y me aseguro de que tengo bien fijado el centro de la diana, tenso la cuerda llevando el brazo hacia atrás y aguanto así un rato hasta que el arco deja de moverse y me deja de temblar la mano.
─¿Vas a tardar lo mismo que para entrar? ─Dice uno de ellos elevando el tono de voz, eso me hace desconcentrarme y disparar la flecha fuera de la diana. Me doy la vuelta y les miro enfurecida, pero me controlo y vuelvo a colocar otra flecha, vuelvo a apuntar y justo cuando voy a disparar, me vuelven a desconcentrar otro grito, la flecha sale disparada en la dirección opuesta que había marcado. Ya está, me han hecho perder los estribos.
─¿¡Les importaría callarse y dejarme un poco de tiempo para concentrarme!? ─Les grito.
Nuevamente, coloco la flecha, tenso la cuerda y apunto, aprovecho la furia que llevo dentro y disparo. La flecha se clava en el centro con tal precisión que derrumba la diana.
─Les aconsejo que si vuelve a tocarles otra persona con mi paciencia, no se la agoten, ya que a mí me han dado ganas de dispararles entre medio de los ojos. Gracias por su tiempo.─Tras haber hablado, tiro el arco y el carcaj al suelo y salgo de aquella sala.
Craven me estaba esperando fuera, me lleva rápidamente al comedor privado del Distrito 12.
─Ahora van a publicar las notas que hemos sacado. Kenitra me ha dicho que te avisara.
Realmente todo lo están haciendo demasiado rápido, incluso me dan jaquecas de lo deprisa que sucede todo.
Entramos en la sala y Kenitra y Marcus ya están sentados en el sofá, con la vista pegada a la televisión.
Sale el sello del Capitolio y suena el himno, ésta parte me repugna inmensamente.
Pasan todas las fotos de los tributos por orden de distrito, abajo sale la puntuación, en la cual el máximo es un doce.
Veo la foto de Daniel y abajo sale un nueve, está bastante bien. Luego sale la puntuación de Rebecca, que ha conseguido un once y a Brock le han dado un doce, increíble, ha conseguido la puntuación máxima, en la arena trataré de evitarle. Aparece la cara de Craven y le han puesto un diez, me giro a ver su reacción y no parece muy contento, le doy una palmadita en la espalda y el me mira con resignación. Ahora me toca a mí, ya veo mi foto y estoy preparada para que me pongan un cero por lo insolente que fui, pero… no me lo puedo creer… me han puesto un doce, es imposible.
Todos a mí alrededor comienzan a saltar de alegría y me felicitan, pero me parece demasiado, demasiado para ser tan solo mediodía. Me levanto del sofá y me voy corriendo a mi habitación a descansar un poco, la puntuación que me han puesto realmente no me importa, el que haya sacado un doce no quiere decir nada, no demuestra nada.
En eso que voy a entrar a la habitación, una mujer me dice por el interfono que todos los tributos debemos reunirnos en el escenario de las entrevistas. Genial, a tan solo unas pocas horas de que comiencen los juegos y en vez de utilizarlo en seguir entrenando, lo malgastamos en una estúpida reunión, cada día que paso en este maldito Capitolio en proceso, me pongo enferma, sus estúpidos juegos, la manera en que se aprovechan de la gente, y, sobretodo, el Presidente Snow, quien me ha obligado a participar en sus juegos y amenaza de muerte a mis amigos. Se le nota el apellido Snow en la sangre.
Tras el mensaje, Jacques aparece por la puerta, y por supuesto, con una pila de ropa encima, ni siquiera puedo verle la cara.
─¡¿Qué haces ahí parada?! Rápido, ponte esto que te he escogido.─Dice él dándome unos vaqueros negros, junto con una camisa azul oscuro y unos tacones a juego. Me desvisto y pongo la ropa todo lo deprisa que el cuerpo me permite. Lo único que me queda por ponerme son los tacones, tardo un rayo, ya que son un poco molestos de poner, pero finalmente, lo consigo.
Jacques tiene que cogerme del brazo para que no me caiga. Me ayuda hasta que llegamos al escenario que hay montado en la calle, otra vez, lleno de gente que chilla nuestros nombres.
Los cegadores rayos de sol me iluminan la cara, haciéndola brillar ante los ojos de todo Panem, las cámaras de televisión se me pegan y me impiden moverme con total libertad. Un agente me coge del brazo y me pone junto con las tributos femeninas, a Craven le hacen lo mismo y lo juntan con los chicos. Todas parecen estar algo asustadas, no me extraña, es cuestión de tiempo el que nos manden a la arena a matarnos entre nosotros.
La unión lo ha hecho increíblemente mal, han adelantado demasiado los juegos, deberían haber dejado un margen de tiempo, y, por lo menos, esperar las dos semanas que se nos dan a los tributos para entrenar.
Kenitra comienza a subir los escalones que la llevarán hasta el escenario, una vez arriba, se acerca al atril que hay en él.
─Buenos días, Panem. Hoy, tendrán lugar los septuagésimo séptimos Juegos del Hambre. Hoy, el esperadísimo evento que tantos años llevamos esperando, por fin, podrá ser visionado por todos nosotros.─Comienza diciendo ella. Lo sabía, hemos venido a que nos den el discurso del día, el alentador discurso que supuestamente debería animarnos a querer estar en la arena cuanto antes.─¡Felices Juegos del Hambre! Y que la suerte siempre, siempre esté de vuestro lado.─Trinó la femenina voz de Kenitra.
Los aplausos del público son ensordecedores, los tímpanos me palpitan con tanta fuerza, que pienso que se me van a salir en cualquier momento, seguido por la cadena de huesecillos.
La idea de huir todavía me sigue rondando la cabeza, pero, ¿qué probabilidades tengo de escapar ilesa? Tengo que ir a la arena, me guste o no me guste, si no… mi cadáver se juntará con el de mi hermano y mis amigos.
Arrastro los pies hasta llegar al edificio de los juegos, Marcus y Craven me siguen por detrás, no parecen tener mucho ánimo, nadie parece tenerlo en el día de hoy.
Cuando estoy en mi habitación, Jacques me estaba esperando dentro para darme el uniforme de tributo, por lo visto, los juegos están a punto de comenzar.
─Jacques, ¿cuánto tiempo queda? ─Le pregunto mientras él me ayuda a ponerme el uniforme; se compone de una chaqueta negra que por fuera no parece ser nada protectora, pero luego, por dentro, proporciona calor y protección. La camisa, también de color negra, es cómo una segunda piel, ya que se adhiere al cuerpo, lo mismo pasa con los pantalones, también negros, se pegan a las piernas, permitiendo total movilidad y lo último que me pongo son unas largas botas negras que me llegan hasta las rodillas.
─No mucho, dentro de poco comenzarán los juegos, digamos que… una hora ─me dice, con la voz un tanto apenada.
─Antes de marcharme a la arena, quería agradecerte formalmente lo de la pulsera ─tras decirle eso, me abrazo a él, para ser alguien que trabaja para el Capitolio, es muy buena persona.
─No tienes que agradecerme nada ─dice separándome de él, busca en uno de mis cajones algo, saca la mano y me entrega la pulsera del sinsajo.─Póntela, llévala mientras estés en la arena, te recordará quién eres y por qué estás aquí.
Jacques me coloca la pulsera en la muñeca, una vez puesta, baja la manga de la chaqueta para esconderla, así nadie podrá quitármela. Jacques se acerca a mí para darme un último abrazo, debe de saber tan bien cómo yo, que no voy a volver de los juegos. Antes de que salgamos de mi habitación, me hago una coleta alta, siempre la llevaba en los bosques, y la verdad, tantos recogidos extraños y brillantes en el pelo, me tienen harta.
Salimos del cuarto y nos dirigimos al ascensor, que tarda un rato en llegar, entro detrás de Jacques, que mete una extraña llave en un compartimiento del ascensor y aparece un botón, lo pulsa y rápidamente, el ascensor nos dirige a una amplia pista. Salgo de allí y todos los tributos están reunidos en ella, me dirijo hacia ellos, que están mirando al cielo, yo en vez de mirar al cielo, miro la ciudad, está preciosa… la luz del sol ilumina cada rincón, los pocos árboles que hay están más verdes de que normalmente suelen estar, una fresca y agradable brisa colisiona contra mi cuerpo, esto no parece el Capitolio, es increíble que algo tan precioso esté dominado por gente cuya única diversión, es la muerte de otras personas.
Un estrépito me hace mirar hacia el cielo, es un aerodeslizador, que se desciende a la pista en dónde nosotros nos encontramos. Las hélices provocan una enorme ventisca, que casi nos hace volar por los aires. Nos ordenan que subamos a él y así lo hacemos. Daniel parece haberse dado cuenta de que me cuesta y me ayuda a subir, cuando por fin estoy dentro, me siento al lado de él, pero sin decir nada. Mientras estamos dentro, me dedico a ver cómo se ve todo desde arriba, las personas parecen hormigas y los increíbles edificios parecen casas de muñecas, ahora si parece un Capitolio en proceso.
En pocos minutos, quizá quince, llegamos a otra pista, aterrizamos y todos los tributos bajamos. Rápidamente, nos separan a todos. Marcus me encuentra y me lleva hasta una entrada cuadrangular y muy pequeña, tenemos que agacharnos para poder entrar en ella. Llegamos al final de esa especie de túnel cuadrado y Marcus me mete en otro ascensor, todo está demasiado oscuro, no puedo ver con exactitud el entorno que me rodea.
─Ahí arriba está la arena, debes esperar en tu puesto sesenta segundos, si sales antes las minas que están colocadas en el suelo se activarán y saldrás volando por los aires ─dice él, vocalizando increíblemente rápido.
─Prométeme que me conseguirás patrocinadores.
─Lo intentaré, pero no le caes muy bien a nadie ─añade riéndose.─Buena suerte. ¡Ah! Casi se me olvida, recuerda que cuando estés ahí arriba, no todo es lo que parece ser.
El ascensor comienza a elevarse y un círculo se abre en medio del techo, la luz comienza a iluminarme, ya no puedo ver a Marcus, ahora me siento más sola que nunca, los juegos van a comenzar y probablemente muera en unos sesenta segundos. El ascensor se termina convirtiendo en una placa, de la cual no puedo salir hasta que suene un cañonazo, cuando me termina de subir, veo a los demás tributos reunidos en un círculo, giro la cabeza para ver el lugar en el que me encuentro, parece ser un bosque normal y corriente, sólo un simple bosque, a lo lejos hay un puesto con armas y mochilas, busco un arco con la mirada y consigo encontrarlo, está justo al lado de un par de mochilas.
─¡Qué comiencen los septuagésimo séptimos Juegos del Hambre!
