El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
Capítulo VII
De aquello que nunca fue real y el recuerdo que permanece
Kouji Minamoto tenía los ojos abiertos incluso antes de escuchar la voz de Satomi, instandolo a que bajase a desayunar. Era un ritual diario que él no comprendía del todo pero que había terminado por aceptar, aunque negase a admitirlo en voz alta. De todas las cosas que podía decir de su madrastra, ninguna podía alegar contra su amabilidad permanente.
Si bien no era demasiado tarde, estuvo levantado mucho más pronto de lo que hubiese sido posible y esperó a escuchar los pasos de su padre, o su voz, para salir de su habitación. No le molestaba esperar, aunque podía perder fácilmente su paciencia cuando sentía algunos detalles exasperantes. En ese caso, sin embargo, prefería —una y mil veces— que estuviesen los tres presentes para no protagonizar una de esas incómodas escenas que le desagradaban a él y entristecían a la mujer que su padre había desposado.
Se sentó en la silla giratoria que tenía en su habitación y sonrió a la fotografía de su madre, que lo miraba desde su escritorio. Le dio los buenos días con algo parecido a la nostalgia.
En aspecto físico, Kouji se le parecía en demasía a la difunta mujer que le había dado a luz. Los ojos, el cabello, la forma de su nariz… En muchos rasgos, eran muy parecidos. No sabía si se parecían en carácter; poco sabía realmente de lo que ella era, de cómo se comportaba. ¿Cómo sería su voz? Hacia tiempo que había dejado de fantasear con ello… Pero las preguntas, a veces, se colaban en sus pensamientos sin dejar espacio para una respuesta.
Lo que sabía era por otras personas. Por su padre, esencialmente. En el sentido estricto de la palabra, él no la recordaba.
Lo que tenía muy presente era que la había amado mucho. Y que ella también a él. Pero, ¿qué madre no ama a un hijo? Kouji se obligó a pensar que esa pregunta, lamentablemente, tenía respuestas diversas. Algunas no muy agradables.
Preguntas sin fin acerca de lo que podía haber sido.
Quizás, por eso, cuando contemplaba la imagen que descansaba en el escritorio, siempre sentía unos brazos cálidos y reconfortantes, emergiendo de lo más profundo de su memoria.
Ya no solía preguntarse sí era sobre la última vez que la había visto. Era demasiado doloroso pensar que había sido así, que nunca iba a tener otra oportunidad para reunirse con ella y que el abrazo imaginario ni siquiera había sido real.
Ajustó su bandana con tranquilidad mientras cerraba la habitación de su dormitorio, dejando atrás los recuerdos y la sensación de nostalgia que siempre llenaba su pecho.
Bajó con pasos ligeros y volvió a fruncir el ceño cuando vio a su padre, ya vestido y cambiado, en el umbral de la puerta. ¿Acaso ya pensaba marcharse para trabajar? No sabía porque se sorprendía, en realidad. Su trabajo era más su familia de lo que él y su esposa resultaban ser.
Quizás, seguramente, le generaba menos disgustos.
—Hola, Kouji —él saludó. Adivinaba que estaba despidiendose—. Espero que tengas suerte en la escuela hoy…
Ojalá hagas nuevos amigos, quiso decir y eso entendió el más joven. Kouji se encogió de hombros después de devolver un saludo.
Hacia tiempo que se había resignado a ser solitario, no tenía caso buscar amigos en mundo donde las personas estaban destinadas a terminar solas. No tenía sentido encariñarse con una persona cuando podía perderla al día siguiente. No tenía sentido, no, cuando ya tenía bastantes recuerdos de personas que nunca volvería a ver.
Había aprendido la forma más sencilla de no echar de menos a una persona, no era difícil de adivinar: no encariñarse, no permitirle traspasar el muro que había alrededor de su corazón.
Eso lo protegería, había resultado hasta el momento. Quizás tenía que recibir alguna mención honorifica por ello.
—Bien... Tengo una reunión —su padre no se veía sorprendido por su actitud de indiferencia—. Debo marcharme ya —Kousei aseguró, después de lanzarle una rápida mirada al reloj de pulsera.
Satomi lo acompañó hasta la salida y se despidieron, cuando él se retiró hacia la habitación contigua a desayunar. No solía comer demasiado por las mañanas, pero no le gustaba desairar a la esposa de su padre.
Al menos, intentaba no hacerlo.
Satomi preparaba el desayuno cada día, sin queja alguna y esperaba a que todos estuviesen en la mesa para servir. Kouji tenía que reconocerle algo, era una mujer paciente.
Comieron en silencio, la mayoría de las respuestas que dio eran monosílabicas, pero ella parecía estar bien con que sólo las respondiese. Kouji nunca había sido muy hablador. Ni siquiera de niño. O eso le había dicho su padre.
Esas memorias le parecían ajenas porque no eran suyas. Gran parte de su infancia la había reconstruido con recuerdos de otros...
Tal vez por eso la sentia menos real.
—¿Quieres que te lleve a la escuela? —Satomi preguntó. La pregunta siempre surgía, Kouji siempre la rechazaba. No sólo porque seguirían unos incómodos minutos a esa propuesta sino porque le gustaba caminar hasta la escuela. Aceptaría sólo en caso de ser necesario— podría llevarte, eso haría que no salieses tan temprano.
—Me gusta ir a pie —y eso le quitaba tiempo en su casa, además.
No entendía como es que ella no se había rendido ya. Tenía que admirar su perseverancia o su terquedad. Incluso, muy en el fondo, le agradaba que no se hubiese quedado con su primera impresión... Aunque jamás lo admitiría, claro.
Satomi era la esposa de su padre, una figura materna quizás… pero nunca su madre. No podía siquiera pensar en eso, porque sentía que estaba traicionando a la memoria de la mujer que lo había traído al mundo. Después de todo, su madre había fallecido y no lo había dejado por decisión propia.
Solía extrañarla mucho, su padre le aseguraba que no debía hablar de su ausencia porque eso no llenaria el vacío. Kouji tenía ganas de decirle que Satomi tampoco lo haría.
Quizás algo no estuviese funcionando bien en su interior. Porque conocía la existencia de personas que habían perdido a un ser querido y podía asegurar que nadie se sentía como él, como si algo hiciera falta. Cuando iba dormir, inclusive, Kouji sentía una fuerte tristeza atenazando su pecho. Como si algo muy valioso faltase, como si estuviese incompleto…
Definitivamente, algo no estaba funcionando bien con él.
Satomi parecía resignada cuando lo despidió —Entonces que tengas buena suerte en clase hoy, Kouji.
—Gracias.
Tomó su mochila y la colgó en uno de sus brazos tras una breve despedida.
Solía salir de la casa en el mismo horario que su padre... Aunque esas oportunidades eran cada vez más escasas. Igual no importaba, estaba acostumbrado a que él trabajase de más y a que su madrastra fuera demasiado comprensiva.
Saludó a Okami —su mascota— antes de cruzar el umbral de la puerta, prometiendole dar un paseo luego. El perro había bajado las orejas como despedida y casi sonrió. Lo cierto era que desde que lo habían llevado a la casa Minamoto, no había podido dejar de tomarle afecto. Jamás aprendió a obedecer —ni a él ni a Satomi y mucho menos a su padre— y siempre se comportaba como un cachorro. Le gustaba saltar, correr y era incapaz de quedarse quieto... Pero, por todo eso, siempre terminaba sacándoles una sonrisa. Probablemente a todo eso se debía que hubiese terminado por adoptarlo, incluso antes de darse cuenta.
Su escuela no estaba demasiado cerca pero tampoco era tan lejos como para cansarse del recorrido que lo llevaba hasta allí. Algunos de sus compañeros lo saludaron cuando se cruzaron en la puerta. Hizo un gesto como respuesta y continuó su camino hasta llegar al interior.
—Minamoto-kun —saludó su compañero de pupitre, en cuanto llegó al salón. Era un niño tímido y callado, le gustaba pasar desapercibido. Quizás porque se parecían en carácter, siempre terminaban en el mismo grupo para las muchas actividades escolares desde que él había llegado a esa institución—, buenos días.
—Buenos días —replicó, ocupando su lugar. Solía sentarse junto a la ventana, aunque no es que se deleitase con el paisaje que rodeaba la escuela. En primavera, tal vez, el florecer de los cerezos teñía de rosado los alrededores del edificio y llamaba su atención, pero en el otoño aquello se veía como lejano.
De cualquier manera, solía ser un escape a la realidad monótona.
Sorprendente le resultaba que ya se encontrasen a mediados de septiembre… Las vacaciones de verano habían transcurrido con una velocidad increíble. Su padre y Satomi habían querido viajar a Osaka, donde algunos de los parientes de Satomi residían. No había sido un viaje del todo desagradable y había reafirmado su deseo para poder viajar por su cuenta alguna vez. Desde que tenía memoria, su padre y él habían vivido en distintos lugares, a veces durante muy poco tiempo.
Era interesante la diversidad que encontraba en cada sitio pero, ciertamente, cuando era más pequeño añoraba quedarse en un solo lugar.
Su padre era abogado y, al mismo tiempo, trabajaba como intermediario en la empresa familiar. Para expandir el negocio, había entendido Kouji, solía ir por japón para crear sucursales y firmar acuerdos, cosas de ese estilo. Tenía éxito, Kousei amaba su trabajo.
Era un gran trabajador y, en general, un buen padre.
Sólo le gustaría que hubiese estado más presente cuando lo necesitaba. Le gustaría no tener que ser lo que esperaba de él.
—... escribiesen un ensayo —escuchó que decía su maestra durante la hora intermedia.
Parpadeó mientras su dedos abandonaban el lápiz con el que habían estado jugando desde hacia unos minutos. Se hallaba medio perdido entre sus pensamientos y las palabras sueltas que alcanzaba a percibir. En palabras escritas era más sencillo expresarse, pero no le gustaban los parámetros que le imponían cuando se trataba de escribir. De todas formas, un ensayo para la escuela no debía representar ningún problema.
—¿Y cuál es el tema? —cuestionó una chica que estaba frente a él.
Kouji miró, aburrido, en la dirección de la muchacha. Sólo podía ver su cabello oscuro desparramarse en su espalda. Él estaba esperando que alguien hiciese esa pregunta.
—Lo que desean hacer cuando crezcan —fue la propuesta. Y cuando la mujer que estaba frente a la clase les hizo un gesto, Kouji sólo fue conciente del sonido de los lápices contra las hojas blancas.
¿Lo que deseaba hacer cuando creciera? Sus ojos viajaron hacia la ventana por inercia y pudo ver una bandada de aves atravesando el cielo azul. Pensó en los lugares que verían y los sitios que utilizarían de descanso.
Sin duda, le gustaría conocer nuevos lugares.
Viajar sonaba bien. Le había gustado cuando niño pero veía más prometedora la idea para el futuro. Pensaba, a menudo, en lo mucho que le gustaría crecer y valerse por sí mismo. Cuando tuviese oportunidad, iría por su cuenta.
Viajaria mucho... Eso sin duda.
¿Solo? Probablemente. Era una persona solitaria. O quizás, solamente estaba acostumbrado a eso. No tenía amigos cercanos, conocidos en muchas partes y era hijo único.
A veces se preguntaba si las cosas serían diferentes de estar su madre viva. Sospechaba que sí, pero eso sólo lo volvía doloroso.
No tenía respuesta, no quería saberla tampoco.
Hasta Satomi estaba acostumbrado a que no hubiese nadie más en la casa durante mucho tiempo. Ella trabajaba sí, pero llegaba antes que su padre y se marchaba después. Además, cuidaba firmemente de su hogar. Incluso se había acostumbrado a su presencia. ¿Acaso seguiría insistiendo en ello? Ya había dicho muchas veces que no podría ocupar el lugar de su madre biológica. No había querido sonar cruel, pero eran sus sentimientos.
No le gustaban las imposiciones y cuando su padre contrajo matrimonio con una desconocida, lo sintió como una imposición más en la lista que tenía.
—Adiós Minamoto-kun —saludó su compañero de trabajo.
Levantó la mano y correspondió al gesto. Quizás no fuese de muchas palabras pero recordaba que había recibido una educación y no le gustaba faltar a los modales.
Para su sorpresa, el auto aparcado de su padre lo esperaba a la salida. Se acercó rápidamente, con los ojos dubitativos mientras avanzaba entre el mar de estudiantes que salían de la clase.
—¿Papá? —inquirió confuso cuando abrió la puerta del automóvil, para subirse al asiento trasero—, ¿Qué haces aquí?
—También me da gusto verte, Kouji —él respondió, con una media sonrisa en su rostro—, quería saber que tal está la escuela —Al no tener respuesta, declaró:— Sube, te llevaré a casa.
El más joven cerró la puerta del vehículo y Kousei encendió el motor. Kouji comenzó a considerar las posibilidades de porque su padre lo había ido a buscar a la puerta de su escuela. Había salido temprano de su trabajo, dudaba que solo fuera para platicar.
—¿Vas a salir de viaje? —cuestionó, con voz queda. Esa era la mejor respuesta a ese comportamiento.
Los hombros de Kousei cayeron. Era difícil engañar a su hijo —Solo por un fin de semana...
—Y quieres hablar de tu esposa —musitó el niño, con evidente incomodidad.
Kousei no recordaba como ese tema se había vuelto tan díficil de tratar en su vida. Satomi siempre le decía que era demasiado duro con Kouji en ese aspecto, en particular. Kousei lo sabía, por supuesto. Tenía una causa especial, una que no estaba seguro como develar a su hijo.
Quizás era porque Kouji estaba creciendo... Quizás porque quería hacerle pagar por su descuido como padre, ese que siempre había tenido cuando era más pequeño. Cuando era más pequeño y lloraba pidiendo por su madre… Y por…
Sacudió la cabeza. Si no pensaba en el nombre, lo hacia menos real.
—Ella tiene un nombre, Kouji. Es tiempo que comiences a entender que es tú madre...
Habían tenido está conversación antes.
La memoria de aquello flotó en el aire tenso del automóvil.
Kousei lo había encontrado mirando la fotografía —la única que tenía— de la autora de sus días y eso había generado la discusión. El problema de todo era que Satomi había escuchado como su padre y el discutían. A Kouji no le costaba recordar el ruido de la vajilla que ella dejó caer mientras subía las escaleras.
Quisiera al menos que la llamaras mamá.
No podía decir que estaba orgulloso de ese recuerdo.
—Ella no es —discutió, fríamente. Comenzaba a cansarse de repetirlo y Kousei de escucharlo—. Es mi madrastra.
—Kouji...
—No puedes obligarme a que la llame de otra forma —rechazó el muchacho—, mi madre era Tomoko... Satomi es tu esposa y mi madrastra.
Kousei suspiró profundamente —Lo sé, Kouji. Satomi no quiere reemplazar a tú madre biológica, pero ese es el rol que tiene en nuestra vida.
—Tú esposa y mi madrastra. No es mi madre —repitió.
Era muy difícil discutir con alguien tan terco. Kousei sabía que eso lo había heredado de Tomoko —¿Podrías al menos ser un poco más amable? —pidió, bajando la voz— No estoy pidiendo que la trates como tu madre, sólo que parece que la rechazas en cada cosa que hace. La situación es difícil para ella.
—Ganarse al hijo de su esposo no fue tan fácil como pensaba...
—Kouji —advirtió que estaba pisando terreno peligroso. El hombre lo miró a través del espejo retrovisor, con el ceño fruncido— No quiero que se repita lo del otro día. Tienes que entender que ella sólo quiere ser parte de la familia…
—Nunca hemos sido una familia, papá —discutió el menor y su voz era apenas audible.
—Somos una familia —Kousei discutió, conmocionado por los pensamientos de su hijo— Satomi, tú y yo. Sé que no he sido el mejor de los padres, hijo, pero… No quiero que seas infeliz ni que Satomi sufra más esta situación. Creía que lo habíamos…
—Nunca lo superamos —Kouji replicó. Por primera vez se sentía libre de expresarse. Satomi no estaba a los alrededores para escucharlo y eso era una liberación—... Lo he intentado.
—No lo has hecho —Kousei había aparcado el vehículo y se había girado para mirar a los ojos de su hijo menor. Sintió una punzada de culpa cuando recordó a otras dos personas que tenían esos ojos azules— Sólo te has limitado a no hacer nada ni a opinar sobre esto —lo miró fijamente a los ojos. Kouji le sostuvo la mirada sin vacilar— Hijo, por favor. ¿Puedes tratar de no rechazar a Satomi?
El joven Minamoto miró los ojos castaños de su padre a través de las gafas. Parecían estar cansados y una pizca de amargura los nublaba. Sabía que era una posición desagradable en la que se encontraba, que al organizado Kousei Minamoto le disgustaba no tener en orden todos los aspectos de su vida…
Kouji podía no ser el mejor de los hijos, pero no le agradaba ver esa sombra en la mirada del autor de sus días.
Suspiró, dirigiendo su vista hacia la casa en la que vivían. Satomi los esperaba en la puerta y tuvo que preguntarse cuanto hacia que habían llegado a la calle de su hogar. Ella los miraba con curiosidad, desde su sitio. Podía imaginar su sorpresa, su ilusión al verlos regresar. La fragilidad que no era tal y todo aquello que nunca le agradeció.
Su padre abrió la puerta del vehículo y él siguió sus pasos con la vista. Lo vio caminar hacia ella, para recibir una cálida bienvenida en sus brazos amorosos.
Quisiera al menos que la llamaras mamá.
—Lo intentaré.
Y era lo único que podía prometer.
...
N/A: Un capítulo sobre la no tan sencilla vida de los Minamoto. Espero haber mantenido a Kouji dentro de su personalidad, ya que tenía una muy particular antes de ir al Mundo Digital y, a diferencia de Kouichi, me resulta más complicado escribir desde su perspectiva. El ensayo que tiene que escribir es el que menciona en el CD drama "Cosas que quiero decirte".
Admito que fue aun más díficil fue hablar de como ve a su padre, del que platica tan poco durante su viaje y al que no tengo en un muy buen concepto. Ni siquiera habla de Kousei con su gemelo, ya que el tema más recurrente entre los dos es Tomoko. Necesito darle una oportunidad a Kousei así que pronto aparecerá para contar su historia.
