5.

Rima XXXIV


De siete de la mañana a cuatro de la tarde, George dejaba libre a Candy, aunque nunca se alejaba de los alrededores de la clínica. Conocía todos los rincones del vecindario y ya había probado cada caramelo que en las tiendas se veían, y acostumbrado a la monotonía, no dejaba de comprarlos. Era lo único que podía entretenerlo durante su camino solitario. De vez en cuando se detenía en una cafetería y leía el periódico completo. Su mente no era tan ruidosa como la de un artista, por lo que con facilidad se entretenía leyendo hasta la noticia más ridícula e inútil del diario. La sección de espectáculos nunca le agradó por completo, pero siempre creyó que si tenía lugar en el periódico, entonces sería porque era un poco interesante. Leyó del compromiso de Terruce Grandchester ahí, además de la noticia de su boda, pero en un mes, el británico no volvió a aparecer en primera plana. Con frecuencia aparecían anuncios de la compañía Stamford para las audiencias que se presentaban cada mes. En varias ocasiones, George fue testigo de los motivados jovencitos que ansiaban la fecha de la audición para presumir su talento artístico, pero por las insistentes promociones a dichos eventos, George asumía que ninguno de éstos tenía el talento suficiente. Lo cierto es que nunca había visto actuar a Terry, pero las críticas siempre lo aludían como una estrella nata, igual que su madre Eleonor Baker. Cuando la noticia llegó a los periódicos, los rumores no tardaron en llegar a todo el país, pero como ambos involucrados eran muy discretos y cerrados respecto a su vida personal, no hicieron caso a los mismos, por lo que terminaron derrumbándose en el olvido.

Un miércoles George realizaba su usual caminata con un caramelo de cereza en la boca, cuando vislumbró a lo lejos a una mujer de cabello rubio recogido en alto que caminaba con rapidez hacia la calle en donde vivía Candy. No le tomó importancia, pues no veía a la dama sospechosa. No hasta que ella giró el rostro unas grados y entonces él se percató de sus gafas oscuras y su bufanda rosa. Era un atuendo bastante incoherente. Apretó el paso con discreción. Por fin su trabajo comenzaba a darle algo de qué pensar que no fuera la constante mirada de Jeffrey Northeng sobre Candy. Una sonrisa interna lo animó a continuar su pequeña persecución.

Sin quitar los ojos de la espalda de la mujer pasó al lado de casas, locales y personas; sin percatarse de a dónde caminaba en realidad. No fue hasta que un presentimiento familiar lo obligó a alzar la vista que reconoció a su protegida enfrente del portal de los Grandchester. Se detuvo un segundo, olvidándose de la rubia de gafas oscuras. Negó con la cabeza antes de acercarse a Candy. De nuevo no se percató de lo que sucedía a su alrededor: la mujer a la que perseguía también se acercó al mismo lugar que Candy.

— Señorita Candy. — llamó detrás de la pecosa. Ésta saltó ante el susto y se dio la vuelta con rapidez para enfrentarse a la mirada de su protector. — ¿Ocurre algo?

— ¡Candy! — exclamó la dama de gafas antes de quitarse el disfraz.

Tanto la enfermera como su amigo voltearon a verla. La reconocieron de inmediato. La aludida, apenada, se cubrió medio rostro. No esperaba encontrar a la madre de Terry en esas circunstancias. Y George se insultaba por creerla una sospechosa. Esa mujer tenía la fama de ser tan afable como un ruiseñor.

En ese momento, una voz igual de asombrada, se unió a ellos. Era esa voz que todos conocían y ambas mujeres ansiaban tanto escuchar.

— ¡Candy! — repitió igual que su madre. George suspiró, sus cuidados volvían a dirigirse a los sentimientos de la tan aludida enfermera. — ¡Madre! ¡¿Qué hacen ustedes dos juntas?! — preguntó Terry con evidente consternación.

— No estábamos juntas. — aclaró Candy utilizando todas sus fuerzas para no mirar esos ojos azules con matices verdes que aún la enloquecían. Su protector notó el esfuerzo que hacía para mantener el tono profesional que utilizaba al hablar con los pacientes o sus familiares. — He venido a ver a Su-Susana. — tartamudeó.

Todos los ojos la miraron con sorpresa. Esa noticia era aún más extraña que el hecho de que ella estuviera de pie frente a la casa del amor de su adolescencia. La joven, dándose cuenta del impacto de su respuesta se apresuró a aclarar.

— Su madre tuvo un accidente a una calle de aquí. Está en la clínica con Jeffrey. — carraspeó con el entrecejo algo fruncido y aún sin mirar a Terry, enfocando su vista a los árboles del jardín de la mansión. — Creí conveniente avisarle a Susana.

— ¡Santísimo cielo, ¿está ella bien?! — cuestionó Eleonor ignorando la mirada furtiva que a Terry no le importaba lanzar hacia su antigua novia.

— ¿Qué? — preguntó Candy algo distraída, desviando sus ojos hacia Eleonor. — Ah, sí, está bien. Tiene una contusión en la cabeza y una costilla rota, pero fuera de eso, se encuentra en perfectas condiciones. Despertará en unos minutos, quizá en un par de horas.

Un silencio sepulcral llenó el ambiente. George quiso alejar a la pecosa del portal, pues los ojos del actor no dejaban de escrutarla, como si quisiera desentrañar un misterio que guardaba en su corazón. ¿Acaso no conocía la discreción o la vergüenza? Sin embargo, sólo se acercó un paso a ella y le lanzó una mirada de advertencia al muchacho, quien al sentir esa presión, apretó los ojos con fuerza y asintió levemente.

— Iré por Susana. — se limitó a decir antes de darse la vuelta y caminar por el jardín.

Por fin Candy se atrevió a alzar el rostro y dejarse llevar por sus sentimientos, al seguir el camino que Terry había tomado. Su amor era más que evidente en esas esmeraldas. El caballero a su lado se preguntó de nuevo cómo era que Albert estaba tan seguro de que Candy se casaría pronto. Claro, de seguro era porque ya no pasaba tanto tiempo con ella como antaño. Tosió para llamar la atención de la enfermera y ésta volvió a dirigirle la mirada, esta vez acompañada de su deslumbrante sonrisa.

— Perdóname, George, te he ignorado mucho, ¿verdad?

— En realidad, señorita, lo que quería preguntarle era si vamos a esperar a los señores Grandchester o podemos irnos ya. — respondió con un dejo de desconfianza que si bien Candy no notó, Eleonor no dejó pasar.

— Él no sabe en dónde está la clínica. — contestó la actriz dando un paso hacia ellos. — Lo más prudente sería esperarlos.

La pecosa asintió algo ruborizada. No se había percatado hasta ese momento que tendría que caminar a un lado de ellos, para ser testigo del amor que seguramente se profesaban, para ser testigo de las miradas de ternura que Susana le lanzaría, y recibiendo a cambio una sonrisa intensa. Su corazón presintió el futuro dolor y latió con más fuerza. Cuando escuchó unos pasos firmes detrás de ella, tomó el brazo de George y se pegó a su cuerpo, sin atreverse a mirar la escena.

George alzó el rostro preparado para la mirada llena de odio del actor y frunció los labios. En definitiva, no sabía si era él o el médico el mayor peligro para la rubia.

Terry abrió el portal y empujó la silla de ruedas en donde su esposa estaba sentada sin dedicarle un vistazo a la enfermera que le daba la espalda o a su acompañante. Por dentro lo envidiaba a mares, pues nunca podría disfrutar de la sensación que sería sentir la piel de esa muchacha en la suya. Sintió una mano en su hombro derecho y sonrió un poco más tranquilo. Su madre, ella era su analgésico temporal. Eleonor cerró el portal y Candy percibió el aroma a vainilla de Susana. Sus labios se resecaron de inmediato y sus piernas comenzaron a flaquear. La mano izquierda de George se posó con suavidad en la suya y entonces recuperó el aplomo. Giró el rostro con su inigualable sonrisa y asintió.

— Síganme.

A partir de ese momento, George alargó su margen de percepción hasta la pareja de casados al mismo tiempo que cuidaba los pasos nerviosos de la enfermera a su lado. Ahora entendía porqué Albert lo había mandado a él. Dado su carácter reservado y su aura relajante, podría tranquilizar a la muchacha sin necesidad de hablarle. En definitiva, era como un tío para ella. Quiso jactarse de ello frente al actor, pero sus modales severos borraron ese deseo.

Notó que los Grandchester permanecieron callados durante todo el trayecto y sólo se escuchaba el susurro de las ruedas de la silla en el pavimento. No eran muy comunes, mucho menos al ser unos recién casados. Aún al tener en cuenta el carácter arrogante de Terry, eso no era normal. Se palpaba en el aire un problema muy grande. Apretó los dientes adivinando cuál era.

Y aunque pareció eterno el camino, por fin llegaron a la clínica de Jeffrey, quien ya atendía un ligero resfriado en el consultorio. Había adivinado a dónde fue su enfermera minutos atrás y, a pesar de que no le agradó, sabía que era imposible detenerla. Eso era una de las cosas que más le agradaban de ella, la fidelidad a sus impulsos caritativos. Si él tuviera el mismo poder de abandonar su orgullo y egoísmo… No, era imposible. Toda su vida lo había llevado a ser quien era. Terminó de escribir las indicaciones que Red Yein llevaría durante una semana antes de escuchar la puerta de la clínica abrirse. Le entregó la receta al paciente y lo encaminó a la salida. Ignoró de momento al gentío que se encontraba en la sala de espera y despidió a Red Yein. Suspiró, cerró la puerta y se dio la vuelta para enfrentarse a la multitud. Sus ojos negros se cruzaron de inmediato con los turquesa del actor. Desde que lo vio en el restaurante, dos días atrás, indagó sobre él a través de los periódicos que encontró arrinconados en su habitación. No era una persona que leyera los diarios completos, pero aún así, los tomaba para leer el encabezado principal, esperando ver noticias de su pueblo. En su búsqueda encontró el compromiso y matrimonio de Grandchester, sus anuncios para las audiciones a la compañía en donde trabajaba y alguna nota respecto a los rumores de una nueva aparición en escena. Nada interesante. Pasó por alto la evidente ira del británico y le sonrió a la rubia que estaba en silla de ruedas. Sus mejillas estaban mucho más pálidas de lo que creyó y sus pómulos más marcados. ¿Qué clase de vida le estaba dando Grandchester? No era gran fanático del teatro, pero conocía de los rumores que de ahí salían, así que al escuchar que Susana y Terry contraerían matrimonio, creyó que serían la pareja del año. Como en cualquier otro tema, desechó su curiosidad y carraspeó, ignorando a Terry. Además de la enfermera, no le importaba la presencia de los demás.

— Su madre se encuentra estable. — le dijo a Susana. — Despertó hace unos diez minutos, pero se alteró al darse cuenta de en dónde se encontraba; balbuceó algo que sonó a "va a matarme con su mirada" y luego volvió a desmayarse. Recuperará la consciencia en unos momentos. Puede aguardar aquí o si lo desea, la señorita Andley puede llevarla con su madre. — habló como si Terry no se diera cuenta del tono tan cariñoso que falsamente le dedicaba a su esposa.

Tal y como adivinó, al británico no le importaba Susana, pues al tener en cuenta lo posesivo que se comportó en el restaurante, ya lo habría matado si se tratase de Candy. Por algún motivo, ese hecho lo enfureció en su interior.

Susana enrojeció al escuchar el tono tan amable del doctor. Candy también enrojeció, mas ella lo hizo por coraje, dándose cuenta de la razón de su actitud tan hipócrita. Pero Terry no le dio importancia, sus ojos seguían las expresiones de la pecosa, le enfermaba que ella mirara al médico con tanta fijeza cuando no se atrevía a mirarlo a él. Parecía que su relación era muy estrecha. Si antes sintió celos por George, ahora que veía la atención que le dedicaba a ese médico, su sangre hervía y sólo la presencia de Susana podía contrarrestar sus deseos por asesinarlo. Ahora creía ridículos sus antiguos celos por Anthony, pues en efecto, Jeffrey estaba vivo y él sí que podía arrebatarle lo que ya había perdido años atrás.

El médico le lanzó una rápida sonrisa a la enfermera tratando de relajarla. No funcionó, pues ésta se dio la vuelta cruzada de brazos y con los ojos apretados para evitar la mirada de Terry.

Susana apenas había mirado a la enfermera. La falda blanca de su vestido entallaba su estrecha cintura con sutileza, mientras que su cabello se mantenía recogido detrás de su nuca, como si quisiera ocultar que en una larga etapa de su vida sólo utilizaba dos coletas que amarraban sus bucles dándole un aire bastante infantil. Ahora, a sus veintiún años, no se veía rastro de la chiquilla que jugueteaba entre los árboles y se reía de cualquier objeto a su alrededor. La profesionalidad y elegancia eran desbordadas de ese cuerpo tan delicadamente contorneado.

— Quiero ver a mamá. — dijo Susana interrumpiendo los pensamientos de todos los presentes.

Terry colocó las manos en las manijas de la silla de ruedas, dispuesto a seguir a la enfermera, mas Jeffrey caminó antes que Candy para evitar que el británico pudiera disfrutar de un minuto de su presencia. La rubia los miró alejarse con un asomo de melancolía en los ojos. Percibió en su nuca el vistazo de Eleonor Baker y George. Sus sentimientos eran transparentes para ellos dos pues la conocían como pocos lo hacían.

— Señorita Candy. — la llamó George al notar cómo se abrazaba taciturna. — ¿Está usted bien? ¿Se le ofrece algo?

— Señora Baker, ¿puedo confiar en que si le pregunto algo me responderá con total honestidad? Dígamelo. — dijo la enfermera apenas en un susurro.

— Por supuesto, Candy. Pregunta lo que quieras, yo seré sincera.

— ¿E-es feliz?... ¿él es feliz?

La aludida retrocedió un paso ante aquella pregunta. Estaba claro que Terry no era feliz, incluso parecía ser obvio. No entendía porqué ella se atrevía a preguntar, sus ojos lo delataban, la manera en que sus manos se movían de manera automática sin rasgo de cariño. ¿Acaso existía algún indicio de felicidad en la actitud de su propio hijo? Tragó saliva, esa mujer ya estaba sufriendo, también era bastante evidente. No necesitaba cargar con otro dolor en su espalda. Después de su última separación de invierno el actor no volvió a sonreír y no era como si antes abundara mucho ese gesto, por lo que varias personas a su alrededor no notaron el cambio. Sin embargo, al ser su madre identificaba el dolor en su corazón con sólo darle un vistazo. Su hijo no quiso revelarle lo sucedido al instante, pero después de unos meses, le contó lo que Candy había hecho por Susana. No lloró al explicar su breve despedida o su desagradable promesa, aunque Eleonor adivinó que no eran necesarias las lágrimas, pues ya no tenía nada que derramar. Su corazón estaba vacío sin su Candy.

— Él está bien. — se limitó a decir.

Candy advirtió la mentira, pero no alegó. Prefería vivir creeyendo que tan siquiera uno de los dos había conseguido cumplir con la promesa. Quería creer que tan siquiera él era feliz; Susana se lo había prometido, lo haría feliz.


El sol entró por el ventanal de la enorme casa. Elisa Leagan apenas abrió los ojos, indispuesta a levantarse ese día. Ya no tenía sentido hacerlo. Antes lo hacía para jugarle una broma a Candy o para coquetear con algún caballero de buena familia, pero ahora que ambas cosas le eran imposibles, no tenía motivos suficientes para abandonar la comodidad de la cama. Cerró de nuevo los ojos y suspiró. Permanecería dormida un par de horas más, desayunaría algo ligero y volvería a su habitación a darse una larga ducha hasta la tarde. Después dormiría y dormiría exigiendo que nadie la despertara hasta la hora de la cena. Y pobre de aquél que se atreviera a desobedecerla. Esos eran los planes que llevaría a cabo en ese día. O mejor dicho, eran los planes que seguramente habría cumplido de no haber sido por un silbido conocido en los jardines. Cada mañana era el mismo silbido, la misma tonada, a la misma hora y en el mismo lugar. Como cada mañana, Elisa se prometía deshuesar al creador de tan molesto sonido.

Se puso de pie en menos de un segundo y desistió a su rutina de llamar a su doncella. Se sentía tan harta de ese silbido que no estaba dispuesta a esperar más tiempo para detenerlo. Se calzó sus pantuflas, se amarró la bata a la cintura y salió de la habitación hecha una fiera. Ahora sí la escucharía.

Él se encontraba plantando en un metro cuadrado de tierra y con el cabello oscuro revuelto en su cabeza. Sus labios estaban fruncidos en la perfecta posición para crear un sonido particularmente agradable ante los oídos de la mayoría de las personas que habitaban la mansión Leagan. Sólo existía una persona que no lo toleraba. Y esa persona estaba de pie justo detrás de él, con los brazos cruzados y el entrecejo fruncido. A pesar de que su atuendo no era el indicado para un sermón de la alta sociedad, sus ojos eran lo suficientemente fríos como para atemorizar a una familia de leones salvajes. Norman era la única excepción. Desde que la conoció supo que no sería fácil convivir con ella, mas el recuerdo de su tío consiguió que lograra ignorarla lo mejor posible. Notó que le molestaba que él silbara por las mañanas, así que, ante todo pronóstico, decidió no deshacer su rutina. Era divertido verla enojada.

Escuchó la voz de la pelirroja regañándolo por enésima ocasión. No le prestó atención, siguió silbando la melodía en su cabeza y apenas asintió a las palabras de la chica. No se dejaría intimidar sólo por el inusual color en sus ojos, ni por la sed de sangre que escondía en éstos.

— ¿No te he dicho antes que no me gusta que me despiertes en la mañana, jardinero? — espetó Elisa justo detrás de Norman.

— Sí, señorita Leagan, y a menos que tenga mala memoria, no he ido a su habitación a desadormecerla. — respondió con tranquilidad sin dedicarle una sola mirada.

Elisa apretó los dientes y refunfuñó. Pocos eran los que conseguían hacerle perder los estribos de ese modo. Le resultaba increíble que ese joven lograra enfadarla sin esforzarse o siquiera ponerle atención. Quizá era eso lo que más le molestaba. Detestaba ser ignorada. Y ese empleado de tercera no debía ignorarla. No lo volvería a hacer.

— Estás despedido. — dijo casi en un grito.

Norman no se inmutó. Colocó una última planta en la tierra, se sacudió las manos y giró el rostro unos grados para enfrentarse a la mirada carmesí de la menor de los Leagan. No parecía preocupado o asombrado. No existía nada que cambiara su carácter relajado y tranquilo. Sin embargo, en su interior armaba un plan para deshacerse de esa acusación, no podía perder el trabajo, su familia no lo merecía.

— Usted me está corriendo porque yo silbo cada que comienza el día, ¿verdad? — preguntó el muchacho metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones.

— Así es. No tolero que me despierten tan temprano o me obliguen a levantarme en estas fachas.

— De acuerdo, hagamos un trato. Yo dejaré de silbar y usted permitirá que me quede aquí. Prometo que seré tan silencioso que no se dará cuenta de mi presencia. — prometió esbozando una sonrisa.

Elisa desvió la mirada con aire arrogante y se cruzó de brazos. Era inútil, ella no hacía tratos con los sirvientes, nunca se codearía con alguien así. Negó con la cabeza. El jardinero sonrió aún más, sabía que no sería sencillo tratar con una víbora como ella. Su tío se lo advirtió, era mejor ignorarla o asentir con monosílabos ante todas sus palabras; se le conocía como una humana muy peligrosa y desagradable. Una caza fortunas que le cebaron la llama de la coquetería al obligarla a permanecer soltera por el resto de sus días.

— De acuerdo, entonces el jardín lucirá terriblemente mal en su siguiente cumpleaños, señorita Leagan. Mi tío no volverá a trabajar aquí y yo no seré bienvenido. Espero que encuentren un jardinero a mi nivel. O todas sus esperanzas por contraer matrimonio en su próxima fiesta se verán opacadas por medio jardín descuidado y sucio. — atacó Norman levantando sus herramientas de trabajo. Una vena en la sien de la pelirroja palpitó con peligro. — ¿Eso es todo, señorita? ¿Puedo pasar por mi último pago?

— ¿Quién te dijo de mis escasas oportunidades de matrimonio? — preguntó Elisa arrastrando las palabras.

— Casi nulas, querrá decir. — aclaró él antes de guiñarle el ojo. — Todos lo dicen, se escucha en el pasillo. Además, debo confesarle que más de la mitad de la servidumbre es capaz de escuchar las frecuentes discusiones en la familia. — dijo con un dejo de lástima.

Si bien él no poseía la fortuna de los Leagan, su familia era mucho más unida que ellos. Estaba agradecido por no tener que luchar por casarse con alguien que no fuera de sangre azul o tuviera la misma fortuna que él. Era agradable ser un simple jardinero.

La muchacha dejó ver un atisbo de tristeza en sus ojos antes de darle la espalda al empleado y esconder una lágrima que se resbalaba en su mejilla. Sabía que sus secretos pocas veces eran ignorados por la servidumbre, pero hasta ese día nadie se atrevió a recalcárselo. Ese hecho la entristeció aún más. Necesitaba que su hermano regresara pronto de su paseo matutino en caballo. Necesitaba abrazar a la única persona en la que todavía confiaba. Ella estaba sola, sus progenitores la trataban como un pajarillo al que debe encerrarse en una jaula de hierro para evitar que saltara de sus manos. Era sólo un títere de la sociedad. Al igual que su hermano, su libertad estaba disfrazada de las decisiones de sus padres. Neil tampoco deseaba contraer matrimonio con Jane Essex, pero sabía que no tenía escapatoria. Era la imposición de los señores Leagan lo que realmente importaba. Quizá por eso envidiaba más a Candy. Ella no tenía a nadie que le impidiera hacer lo que quería. Poseía la suerte de que su tutor fuera tan liberal que le permitiera incluso vivir sola y trabajar. Candy era libre.

— ¿Entonces podré quedarme? — preguntó Norman dando un paso hacia ella.

A Elisa, que olvidó el tema de la despedida del jardinero, le bastó con asentir una sola vez con la cabeza y luego echarse a correr de regreso a su habitación. Norman suspiró y regresó a su trabajo. No solía meterse en los asuntos de las familias con las que trabajaba, aunque tampoco era su costumbre encontrar familias tan desechas como los Leagan.

— De seguro se lo han buscado. — susurró para no sentir más lástima por la pelirroja que tanto lastimaba a los que la rodeaban.

Él, como todos los sirvientes, conocía la historia de la pecosa que de ser una simple empleada pasó a ser la hija adoptiva del magnate William Andley. Era como un cuento de hadas. El único detalle era que la dichosa pecosa aún no encontraba a su príncipe adorado, pues el muchacho del que se enamoró en Lakewood murió tras una caída en el caballo. Algunos aún afirmaban que ella seguía enamorada de aquel jinete, otros decían que su independencia llegaba al grado de no querer vivir con nadie más, y otros cien rumores daban motivos para la soltería de tan agradable jovencita. Nadie conocía la verdadera historia del británico y la americana. Y la malvada en la historia era la señorita Leagan, encargada de crearle falsas acusaciones y arruinar su reputación en algunos lugares. Elisa era la culpable de muchas lágrimas derramadas en el ático de la mansión. Mas Norman no creía que Elisa sufriera menos que esa pecosa.


Al abrir los ojos, Olga vislumbró una bata blanca que cubría una espalda masculina. Los cabellos negros del hombre apenas rozaban sus hombros, al caer con un suave mechón casi invisible. Le daba la espalda y hablaba consigo mismo, utilizando términos que Olga no entendía. Reconocía ese tono de indiferencia en su yerno, pero estaba segura de que él nunca se pondría una bata blanca, pues recordaría a esa enfermera suya que una vez amó con todo su corazón. La paciente intentó incorporarse, pero un fuerte dolor en la espalda la obligó a regresar a la almohada con un leve gemido de dolor. El médico se dio la vuelta, permitiendo que Olga descubriera unos ojos del mismo color que el azabache. Al igual que Terry, no había emociones en ellos, sólo un desinterés y una monotonía típica en los consultorios. No imaginaba que en realidad al médico le apasionaba su trabajo como a Terry. Era su pasado el que nublaba su vista y su estado de ánimo. El doctor se acercó a la paciente y sin una sonrisa le preguntó acerca de su estado. Mientras ella le contaba acerca del dolor en su espalda, él revisó sus ojos con una pequeña lámpara y asintió.

— ¿Y la cabeza no le duele? — cuestionó colocando una de sus manos en el cráneo de Olga.

— No… — arrugó el entrecejo y sintió una fuerte punzada de dolor en el lado derecho de su cabeza. — Ahora sí. ¿Qué me pasó?

— De acuerdo, es una contusión. ¿Qué es lo último que recuerda? ¿Sabe por qué está aquí?

Su cerebro enseguida reprodujo la última escena durante su estancia en el hogar de su hija y se estremeció ante la frialdad de los turquesas ojos del actor. Aún se aterrorizaba por eso.

— Salí de la casa de Susie, mi pequeña. — resumió la señora sin dejar a la vista la razón.

— Debió salir muy distraída. Sufrió un accidente a dos calles de aquí, aunque tuvo suerte, ¿sabe? Por suerte la caída sólo le provocó este golpe en su cabeza y apenas el roce de una de las patas de los caballos le rompió una costilla. Pudo ser mortal, pero el conductor logró detener el carruaje justo a tiempo. Se recuperará en cuestión de días. Estará aquí sólo esta noche. Mi enfermera se encuentra en la sala de espera, ¿quiere que entre su familia?

— ¿Susana está aquí? ¿Quién la trajo?

Jeffrey guardó la lámpara en uno de los bolsillos de su bata y le dedicó una corta inspección a la mujer que estaba recostada en la camilla. Parecía como si de verdad hubiera olvidado que Susana estaba casada con Terry Grandchester. ¿Quién más la traería si no fuera su marido?

— Su yerno, su consuegra y su hija están aquí. — respondió dando explicación implícita.

— ¿Mi consuegra también?... Ah, está con ese actorcillo, va con él a todas partes. Me pregunto si todavía tiene empleo. — comentó molesta. — Como sea, sólo quiero a mi hija aquí. No dejen pasar a Terry ni a su madre. — el médico asintió y le dio la espalda, aún pensando en qué habría hecho el actor para ser tan rechazado por su suegra. — ¡Doctor! Dígame su nombre, por favor.

— Soy el médico Northeng. Sólo eso. — respondió antes de dejarla sola.

Con un rápido vistazo se dio cuenta de que su enfermera no estaba en la sala de espera, aunque los Grandchester seguían esperando noticias. Susana estaba algo adormilada recargando su cabeza en el brazo que su marido colocó a la derecha de la silla de ruedas. Incluso el británico estaba algo agotado, sus ojos ya no tenían ese signo de vivacidad e ironía. A su escasa expresión en el rostro se le anidaba el cansancio de lo que era un día largo y pesado. Eleonor Baker estaba sentada a un lado de su hijo, intentando concentrarse en el libro que tenía en sus manos, mientras George, el fiel servidor de Candy, seguía de pie sin despegar la mirada de la ventana. Era el típico escenario de un hospital. A Jeffrey le desagradó esa comparación, por lo que ignoró el hecho de la desaparición de la rubia y comunicó la petición de la paciente sin un atisbo de emoción. Dentro de él nacía un odio inútil hacia el señor Grandchester, no podía olvidar su pequeña discusión en el restaurante ni la fijeza con la que estudiaba a Candy. No tenía derecho, ya no tenía derecho de hacer todo eso. Era un hombre casado, tenía que encelarse de las atenciones que recibiera su esposa, no su ex novia. Es decir, por algo había cortado a Candy, ¿no? Por algo estaba casado con Susana.

— Yo la llevaré, señora Grandchester. — dijo Jeffrey acercándose a la silla de ruedas.

Por primera vez, Terry le lanzó una advertencia de celos en la mirada al notar cómo deslizaba sus dedos en el hombro de la antigua actriz, causando que ella se estremeciera un poco. Entonces era posesivo, quizá no la amara, pero finalmente sólo él podía hacerle ese tipo de caricias. Sin embargo, Jeffrey estaba seguro de que lo habría golpeado si ese mismo gesto lo aplicara en Candy.

Eleonor despegó los ojos de su libro al escuchar la voz del médico. También le sorprendía el parecido que existía entre su hijo y ese hombre. Quizá no tenían similitud en su físico más que la complexión y la fría mirada, pero su carácter era casi idéntico. Casi le sorprendía que Candy pudiera soportar esa semejanza al trabajar con el doctor Northeng. Podía jurar que hasta ellos dos se darían cuenta de sus características tan parecidas.

Terry suspiró y se levantó. No estaba dispuesto a soportar ese ambiente tan pesado. Sí, Candy estaba a sólo unos metros de él. Sí, Susana estaba en el cuarto de al lado. Sí, ese endiablado muchacho estaba coqueteándole a las dos. Sí, lo hacía en la cara del actor. Sí, eso lo encelaba a mares. Y sí, no haría nada para contrarrestar ninguno de estos sucesos.

— ¿Vas a algún lado, hijo? — le preguntó Eleonor cuando él abrió la puerta de la clínica.

Él dudo unos momentos antes de responder.

— Eso quisiera, madre. Sólo voy a dar un paseo, y si éste me lleva a algún lado, seré el hombre más feliz de la tierra.

George sonrió en su interior. Él deseaba hacer lo mismo, pero su deber lo mantenía cerca de Candy, quien todavía no salía del cuarto de baño. Ahora que estaba a pocos metros de los dos hombres a quienes les tenía cierto afecto, no podía dejarla a su suerte.

El muchacho salió de la clínica con su gabardina puesta. A pesar de que el cielo prometía una lluvia a cántaros, no planeaba regresar pronto. Sólo quería despejar sus pensamientos, salir del mundo de Susana y del matrimonio. Ser Terry, sólo Terry. Olvidarse del molesto apellido que lo había seguido desde su infancia. Ese apellido que una vez quiso quitárselo de manera legal, pero que una carta de su padre le impidió hacerlo. Maldijo a su linaje real más de una docena de veces antes de aceptar que ese molesto apellido lo perseguiría por el resto de su vida. Al igual que su padre. El bolsillo derecho de su gabardina le pesaba como si tuviera cuarenta kilos en él. Aún tenía en la memoria las palabras de aquella carta. Las palabras que le suplicaban una nueva oportunidad, pues partiría a un viaje del cual no sabía cuando regresaría. Ya llevaba dos días cargando con esa hoja de papel, aún indeciso ante su respuesta. Le había ocultado la existencia de esa carta a su madre y a su esposa, pues de sobra entendía que Eleonor no quería saber nada del duque y Susana no haría nada más que sonreírle con un dejo de lástima. Sabía que era lo que necesitaba. Sólo suplicaba en sus sueños que un par de ojos color esmeralda lo regañaran por su debilidad y cobardía. Tenía más de diez años con esa enemistad hacia su padre, era hora de aclarar las diferencias como lo que eran: hombres maduros e inteligentes. Cada noche se maldecía a sí mismo por seguir escuchando en la cabeza esa molesta voz que le aseguraba que todos sus sueños eran una estupidez infantil, pues era evidente que ella ahora pensaba en otro hombre. Lo más ridículo y más le dolía era el hecho de que ese desgraciado tenía demasiada similitud con él. Su carácter de los mil demonios era idéntico al de él y, para su mala suerte, tenía el mismo gusto en las mujeres. Seguramente estaban locos el uno por el otro.

Se detuvo frente a un bar. Miró a los hombres que estaban recargados en la barra, exigiendo un trago más, mientras el dueño le sugería que saliera del local antes de que no supiera el camino de regreso a su casa. Él pasó por esa misma etapa durante un largo tiempo, cuando bebía hasta no reconocerse a sí mismo antes de volver a la compañía de teatro más mediocre que en su vida había conocido. Aún se sorprendía de su estupidez al trabajar con esos actores de quinta que sólo querían ver manoseadas y frases ridículas. En su mente aún retumbaban los gritos que exigían más pasión y más lujuria en cada escena. En definitiva, fue la peor época de su vida. Incluso fue peor que los primeros años en el colegio de Londres. Incluso era peor que ese primer año de matrimonio con una sola noche de sexo. Aún se avergonzaba por haberle hecho eso a Susana. Desde esa noche ella había creído que él la amaba, y si bien durante dos años él le repitió esa frase, nunca esperó que ella creyera de verdad que lo hacía. Era obvio para todos los que lo rodeaban que si algo sentía por Susana, no era amor. No podía amarla, no podía siquiera quererla un poco más. Demonios, por más que la miraba, por más que se esforzaba no podía siquiera desearla en su cama. Incluso una noche se descubrió mirando la silueta de su esposa al dormir. La estudiaba centímetro a centímetro, jugando con la regla en sus pensamientos que adivinaba sus medidas. Después de cinco minutos, su imaginación lo llevó a otro camino. De repente tenía esas mismas dudas basándose en el cuerpo de otra mujer. De esa mujer.

— Debo irme de aquí. — se dijo antes de darle la espalda al bar. — Si me quedo un minuto más estaré perdido.

— ¿Terruce? — preguntó la voz que tanto había soñado. Él giró el rostro sólo un poco para asegurarse de que ahora no era una simple ilusión. Con una sombrilla roja se cubría de la pequeña llovizna una mujer de cabellos dorados y pupilas verdes. Era ella. — Estás empapado, ¿a dónde vas?

— ¿Qué haces aquí? — contestó él mirando los desnudos y temblorosos brazos de su interlocutora. — Y sobre todo, ¿qué haces sin un suéter? ¿Acaso no estás viendo el clima?

— Es curioso que digas eso cuando no llevas ni una sombrilla para protegerte. — observó con una pequeña sonrisa en los labios. — Yo iba de camino a casa, Jeffrey necesita una venda más grande para cubrir la herida de una mujer que acaba de llegar.

— Jeffrey… — repitió Terry sin ocultar su molestia. — ¿Qué no puede ir él? ¿Por qué necesita mandarte a ti?

— De hecho, yo me ofrecí. Necesitaba dar un paseo a solas; debo admitir que no me gusta que George esté pegado a mis talones.

— ¿Qué hace él aquí? ¿Albert lo acompaña? ¿Dónde está?

Candy supo de inmediato que esas preguntas indicaban el deseo implícito de querer charlar con el único amigo que le conocía. Sus ojos presentaron un dolor casi tangible. Ella también necesitaba de Albert, a veces odiaba que tuviera que viajar tanto. Un día estaba en Chicago y al otro en San Francisco. Necesitaba escuchar las palabras que le prometerían que la presencia de ese hombre no afectaría su fortaleza. Necesitaba sentirse fuerte, necesitaba que Albert le infundiera fortaleza. Lo necesitaba tanto.

— No, él no está aquí. Albert mandó a George para que me cuidara, él afirma que algo o alguien pueden lastimarme en Los Ángeles. — explicó la pecosa sin ocultar su confusión.

— ¿Acaso te persigue un psicópata? — preguntó Terry antes de hundirse en esas pupilas tan verdes. Ella se sonrojó un poco al sentir su mirada.

— No, no. Son locuras de Albert, los negocios le arruinan la cabeza. No entiendo su postura. — admitió desviando el rostro y frunciendo el entrecejo. — Sólo me relaciono con los pacientes y Jeffrey.

— Jeffrey… — repitió de nuevo en un susurro. Odiaba como se escuchaba ese nombre en los labios de Candy.

— ¿Qué dijiste? — preguntó antes de estudiar el rostro del actor. Su indiferencia había desaparecido.

— Me alegro porque al menos eres feliz con ese médico. — respondió entre dientes al mismo tiempo que apretaba los puños.

Candy reconoció esa llama en los ojos del inglés. Era la misma flama que aparecía cada vez que le hablaba de Anthony, era la misma flama que aparecía cuando se encelaba. Ése era su delator. Por un momento se preguntó qué atisbo se veía en su propio rostro cuando la inundaba el mismo sentimiento. Ese pensamiento fue opacado cuando la turquesa iris del muchacho se fijó en ella, helándole los huesos y traspasando su piel como una daga. Sentía medio cuerpo empapado a pesar de que la sombrilla la cubría, sabía que él aún podía controlarla, sabía que con una mirada suya estaba derrotada. Así como sabía que no debía caer de nuevo, menos ahora que se trataba de un hombre casado. Felizmente casado.


Cruza callada y son sus movimientos

silenciosa armonía;

suenan sus pasos, y al sonar, recuerdan

del himno alado la cadencia rítmica.

Los entreabre,

aquellos ojos

tan claros como el día;

y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,

arden con nueva luz en sus pupilas.

Ríe, y su carcajada tiene notas

del agua fugitiva;

llora, y es cada lágrima un poema

de ternura infinita.

Ella tiene la luz, tiene el perfume,

el color y la línea,

la forma engendradora de deseos,

la expresión, fuente eterna de poesía.

¿Qué es estúpida?… ¡Bah! Mientras, callando,

guarde obscuro el enigma,

siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla

más que lo que cualquiera otra me diga.

— Bécquer, Gustavo Adolfo.

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¡Hola!:

Lo sé, tremendo susto que les pegué. No voy a dejar de publicar la historia, pierdan cuidado. Sé que hoy me tardé en subirlo, pero la verdad llegué cansadísima: por fin terminé mi semestre y bueno, siendo honesta me dormí un par de horas. Lo lamento, no toleraba el sueño. Pero no, ni en sus más extraños sueños yo dejaré de publicar una historia.

Éste fue un capítulo muy... raro. No sé, pero creo que no le puse ni una pizca de alegría, lo que más se le acercó fue el silbido de Norman - por cierto, lamento el nombre de ese chico, me vi arrastrada a la adoración del personaje Norman Bates del libro Psicosis- Pero quería que vieran cómo sufre Elisa. ¡Muaja, muaja!... Ya sé, le quiero dar una oportunidad, pero no se lo voy a poner fácil, tampoco sería justo. Y bueno, ¿qué mejor que un jardinero que no le agrade ni un poco por desesperante? Ay, no sé, me encantó escribir eso. Lo sé, lo admito, soy cruel con ella.

Y sí, ya sé que muchas quieren que Terry no sufra, pero por ahora es inevitable. Saben que él es infeliz por mil y un motivos. Aunque les prometo que todo lo que sufre, al final será una cantidad mínima comparada con lo feliz que puede llegar a ser. No sé si han visto, pero el fic está en categoría: "drama". En mi otra vida fui la reina del drama - alguien por ahí me dijo que soy como una escritora maldita... ¡Pido ser Lovecraft!

Por último, quisiera agradecer, creo que esta vez va mucho más en serio, por su apoyo. Esta semana fue algo pesada por los comentarios y objeciones que recibí. Obviamente sí los leí todos y, no lo voy a negar, algunos me afectaron emocionalmente. Sin embargo, les agradezco a todos por leer, si les gusta lo que escribo o no, no se los reprocharé jamás. Las reglas de FF dicen que todos somos escritores en formación y que nadie es perfecto. Estoy de acuerdo por completo, así que por supuesto que tomaré en cuenta cada recomendación que me hagan. Pero no dejaré de escribir ni publicar una historia ni aunque me lancen diez ladrillos. Yo soy fuerte y lo soy por los que me quieren. Gracias, de corazón... Y no, no cambiaré nada de lo que tengo escrito de esta historia. Me gusta como va avanzando y mientras eso siga así, la historia seguirá el curso que yo desee.

Les mando un fuertísimo abrazo y, ¡bienvenidas sean las vacaciones! Nos leemos el próximo jueves.

Andreea Maca.