Capítulo 7: El hombre del año
Boquiabiertas, las dos mujeres escanearon el interior del hotel, admirando cada rincón del amplio espacio que únicamente conformaba la recepción. Desde que habían ingresado, sus ojos no habían parado de moverse de un lado al otro. La decoración era ostentosa, por no decir que de muy buen gusto. Dos grandes lámparas de cristal, colgando del alto techo, muebles tallados en roble e incluso, finos pisos de mármol negro. Fue inevitablemente no sentirse, de algún modo, insignificantes, inclusive como proveedoras de flores. Era prácticamente impensable que una pequeña florería como la suya hubiera firmado un contrato con tan magnífico lugar.
—Bienvenidas a mi humilde Hotel-Casino —les sonrió Miroku a sus invitadas especiales como buen anfitrión—. Siéntanse como en su casa —añadió, a lo que las dos chicas parpadearon, pasmadas.
—Bromeas, ¿verdad? ¿Cómo que nuestra casa? —la joven castaña fue la primera en hablar—. Tu hotel es todo menos humilde.
—Lo dijo sólo por hospitalidad, Sango —susurró Kagome cerca del oído de su amiga, no dejando de contemplar los lujos de la recepción, ciertamente intimidada. Si así se veía la entrada, no quería ni imaginar cómo sería todo lo demás.
—Ya sé que lo dijo por hospitalidad. Sólo lo decía por...
—Qué bueno verte, Hachi. ¿Cómo ha ido todo durante mi ausencia? —interrumpió el oji-azul, sólo para dirigirse a uno de sus más fieles subordinados (además de asistente personal); un hombre de baja estatura y figura redondeada.
—Felicidades por la nominación al hombre del año, señor —congratuló el asistente, sintiéndose orgulloso de su empleador—. Ah, y sólo ha habido una novedad.
—¡¿Hombre del año?! —exclamaron Sango y Kagome al unísono, evidentemente asombradas.
—No es nada, sólo un pequeño nombramiento en una revista —comentó Miroku, restándole mayor importancia al asunto—. Ahora, Hachi, lleva a estas bellas señoritas al comedor principal del aérea VIP, por favor.
—Por supuesto. Pero, señor, antes debo decirle que…
—Ahora no, Hachi. Dímelo luego. Las señoritas no pueden esperar —dijo el oji-azul de manera tajante. El asistente hizo una leve reverencia, dando por entendida la orden—. Enseguida estaré con ustedes, debo ir al baño primero.
—¡Espera! ¿Qué hay con las flores? Aún no hemos hecho el desembarque del camión —se excusó Sango inmediatamente, no queriendo acceder tan fácilmente a tanta amabilidad sospechosa.
—Descuida, mi gente se encargará de eso —bastó una mirada de Miroku, para que varios empleados se apresuraran al exterior y comenzaran a ingresar nuevamente con los arreglos florales en sus manos—. Ustedes son mis invitadas especiales el día de hoy, así que despreocúpense de todo lo demás.
Algo consternadas por el excesivo buen trato, finalmente, las dos mujeres accedieron a seguir al asistente llamado Hachi, siendo guiadas al elevador del final del pasillo. Una amplia cabina contorneada de espejos y un tablero con varios botones iluminados, les dio la acogida, hasta llegar al decimoquinto piso.
Tomando en cuenta la categoría del Hotel, era de suponerse que en su camino se encontrarían con muchas más decoraciones de lujoso parecer. Nada de qué sorprenderse realmente. Algo a lo que tarde o temprano terminarían acostumbrándose por la frecuencia con la que ingresarían allí, aunque fuera en calidad de empleadas externas. Y, sin embargo, el salón que las recibió, las cautivó.
Un espacioso comedor de exquisito ornamento y suave iluminación se mostró delante de ellas. Los amplios ventanales que contorneaban el lugar, les ofrecieron un vistoso paisaje de la ciudad, además de un cielo azul naranja, cuyos colores vivos se filtraron magníficamente a través de los transparentes cristales, dando un hermoso espectáculo visual del inicio del atardecer de ese día. La música clásica en vivo resonó suavemente desde el centro del salón, acompañando a los bien vestidos comensales durante su estancia.
—Por aquí, señoritas —indicó Hachi, ofreciéndoles una pequeña mesa para cuatro personas, junto a uno de los ventanales—. ¿Puedo tomar sus abrigos? —preguntó cortésmente, recibiendo las dos sencillas y nada refinadas prendas.
Ambas mujeres tomaron asiento, sintiéndose casi inmediatamente fuera de lugar por su inadecuada vestimenta. Unos jeans viejos en conjunto con una camiseta de estampados, así como una falda igualmente de tela jean y una blusa sencilla de mangas largas, no eran precisamente trajes de etiqueta.
—¿Crees que debimos cambiarnos de ropa antes de venir aquí? —inquirió Kagome, insegura, encogiéndose en su asiento al creer sentir las miradas de varias personas sobre ella, como si fuesen un montón de depredadores.
—Pues no hubiese sido mala idea —dijo Sango con cierto tono de sarcasmo en su voz, sintiéndose igualmente incómoda.
—Tal vez… ¿sea mejor irnos? —Balbuceó la azabache, descendiendo su achocolatada mirada a su regazo.
—¡De ninguna manera! —La contradijo la joven de castaños cabellos, bebiendo el agua de su recién servida copa de un solo trago. La idea de salir corriendo como un conejito asustado no le hacía la más mínima gracia—. Si nuestra presencia desprestigia la sección VIP del hotel, será culpa del hombre del año, no nuestra.
—Pero…
Antes de poder continuar discutiendo y profundizar en el controversial asunto, el mesero de turno llegó a su mesa, trayendo consigo un par de exquisitos platillos que en ningún momento habían ordenado. Las dos mujeres se miraron, preguntándose silenciosamente si alguna de ellas había pedido alguna cosa sin que la otra se diera cuenta. Pero, el movimiento de negación de sus cabezas y el encogimiento de sus hombros, sólo les afirmó que ninguna de ellas había sido.
—Perdón por la espera. Ah, veo que ya les trajeron la comida—. Respondiendo automáticamente a sus inquietudes, un sonriente Miroku se sentó de improvisto junto a ellas—. Me tomé la libertad de ordenar por ustedes. Por favor, no sean tímidas, adelante —las invitó para que comenzaran a degustar sus platillos, pero Sango únicamente se limitó a observarlo fijamente—. ¿Qué?
—¿No crees que afectaremos la imagen de tu hotel si comemos aquí?
—¿Por qué lo dices, Sango? ¿No les gusta la comida? —preguntó algo inseguro—. Si quieren puedes pedir otra cosa.
—No, claro que no. Todo se ve delicioso —argumentó Kagome enseguida, antes que su amiga respondiera—. Es sólo qué…
—¿Acaso ha habido algún problema? —inquirió, moviendo sus azulinos orbes de una mujer a la otra, con curiosidad.
—Pues…
Sango no estaba segura de cómo exponer la situación. Dudaba mucho que Miroku fuese del tipo de persona distraída que no se diera cuenta de todos los ojos que estaban puestos sobre ellas. Empezaba a pensar seriamente que, tal vez, podría ser algún tipo de treta de su parte para ponerlas en ridículo. Después de todo, un hombre tan adinerado como él, coqueteando continuamente con una chica de clase media como ella para —según él— conquistarla sinceramente, parecía demasiado bueno para ser cierto. No sería de extrañar que éste fuese algún tipo de desquite por todos los rechazos que le había dado desde que se conocieron.
—Si las personas empiezan a juzgar a otras sólo por su apariencia, entonces no han aprendido lo que es el respeto —soltó el hombre repentinamente, juntando sus dos manos delante suyo y enfocando sus penetrantes ojos azules en sus dos invitadas—. ¿Cómo sabrían ellos si soy o no, un jeque o un actor importante que le gusta vestir de manera sencilla para no llamar demasiado la atención en los medios, pero que se le antojó comer algo delicioso en este hotel? Sería algo tonto discriminarme por mis gustos en ropa, ¿no lo creen? —opinó en un tono lo suficientemente alto para que lo escucharan las mesas contiguas.
Recostándose casualmente en el espaldar de su silla, les devolvió la mirada al montón de curiosos estirados que no habían dejado de observarlos. Éstos, al verse vergonzosamente descubiertos, se volvieron rápidamente a sus propias mesas y fingieron ignorancia.
Kagome y Sango se sorprendieron por la destreza con la que Miroku había mandado a todos a su lugar, sin dirigirles la palabra directamente. Increíble. No cabía duda que el peso del dinero hablaba por sí solo.
Sin decir nada más, los tres comenzaron a comer y a compartir un agradable tiempo, juntos. La charla trivial que mantuvieron, les permitió conocerse un poco más y a limar algunas asperezas. Algunas bromas y comentarios galantes ayudaron a relajar el ambiente, haciéndoles sentir a las dos jóvenes confortables.
Hubo un par de ocasiones en las que el fiel Hachi trató de llamar la atención del joven Hoshi para decirle algo de suma importancia, pero cada intento fue fallido. No cabía duda que, cuando se trataba de hermosas mujeres, su jefe perdía la noción del tiempo, e incluso, el sentido de la responsabilidad. Bueno, sería mejor irse preparando, puesto que la temida hora había llegado y sin una aparente solución para enmendar el venidero suceso.
—Señor, lamento mucho interrumpir —el asistente se acercó nuevamente a la mesa, haciendo una pequeña reverencia.
—¿Qué ocurre, Hachi? —preguntó Miroku. Ahora sí parecía estar un poco más dispuesto a prestarle atención.
—El editor de la revista Cosmopolitan solicita audiencia con usted —informó, a lo que Sango y Kagome parpadearon con sorpresa. ¿Habrían escuchado bien?
—¿Qué? ¿La cita era hoy? —levemente consternado, el oji-azul extendió su mano sobre la cual fue puesta la agenda digital. Viendo la hora programada sobre la pantalla, inmediatamente consultó su reloj de pulsera—. Lo olvidé por completo.
—Su encuentro está programado para las siete, señor —indicó el asistente de redondeada figura y ojeras tan profundas como las de un mapache—. Pero antes que se reúna con él… ha surgido un problema.
—¿Un problema? ¿Qué pasó?
—Las modelos con las que se iba a tomar la foto de la portada… cancelaron el contrato.
—¡¿Qué?! —Alterado por el reciente comunicado, Miroku prácticamente saltó de su silla y encaró a un asustado Hachi—. ¡¿Y por qué me lo estás informando apenas ahora?! —su elevada voz hizo respingar a todos los presentes.
—Traté de advertirle desde temprano, pero todas las veces rehusó a escucharme —se justificó el pequeño hombre, atreviéndose a enfrentar a su empleador con sus ojerosos ojos.
Éste, al escuchar aquello, suavizó su crispada mirada, cambiando su rostro a un gesto de perplejidad. Pensativo, comenzó a analizar y a recordar todas las veces en las que el buen Hachi trató de hablar con él desde que había llegado. Fueron vagas imágenes, pues su atención había estado mayoritariamente puesta en cierta mujer de castaños cabellos que lo acompañaba el día de hoy, pero efectivamente, la culpa había sido suya por no escucharlo antes. ¡Vaya problema!
—Lo siento, amigo, fue mi error —se disculpó finalmente el joven Hoshi, soltando un pesado suspiro. Levemente preocupado, se llevó una de sus manos a la cabeza, deslizándola entre sus cabellos.
—Señor… ¿qué hacemos? —inquirió Hachi, nervioso. No podían plantar al editor de tan importante revista, así que había que pensar en una solución y rápido.
—¿Qué ocurre? —se aventuró a preguntar Kagome con curiosidad, después del inquietante silencio. Al parecer, el importante nombramiento como el hombre del año podría estar en riesgo.
Tanto Miroku como Hachi giraron sus rostros hacia las dos mujeres, quienes los observaban, interrogantes. Ambos parpadearon a la vez, se miraron mutuamente y como si hubiesen tenido algún tipo de conexión, la misma idea cruzó por sus mentes. ¡La solución a sus problemas estaba justo delante de ellos!
El regordete asistente asintió con su cabeza, únicamente para confirmar los pensamientos del joven Hoshi y claro, para animarlo a realizar la probablemente difícil petición. El oji-azul entendió el mudo mensaje y se volteó hacia las consternadas mujeres. Se detuvo a lado de Sango, carraspeó y se arrodilló delante de ella.
—¿Q-qué haces? —inquirió ella, nerviosa por el repentino movimiento del hombre.
Miroku tomó galantemente la suave mano femenina entre la suya y posó sus profundos ojos azules sobre los cafés de ella, mirándola con intensidad. Un adorable sonrojo decoró las mejillas de la mujer de castaños cabellos, lo que provocó una leve sensación de satisfacción en él. Después de todo, a Sango no parecía serle tan indiferente como ella siempre solía afirmar. Ésta podría ser la oportunidad perfecta para hacerla confesar ese hecho de algún modo; sin embargo, en estos momentos, lastimosamente había un asunto más importante que resolver. Concentración, enfoque y auto-control, eso era lo que necesitaba ahora.
—Mi querida Sango… —comenzó, finalmente. La atención de todos estaba, repentinamente, puesta en ellos. Los ojos chocolates de Kagome habían comenzado a brillar con un tinte de emoción—. Desde el día en que te conocí, no he podido apartar mi mente de tu hermosa figura y sentirme cautivado por tu carácter indómito. ¡Eres la mujer perfecta! Es por eso que, en esta ocasión, quisiera preguntarte si quieres ser… —pausó para tomar aire. La tensión podía sentirse en el ambiente; todos habían guardado absoluto silencio, incluyendo los músicos. La espera por las tan esperadas palabras se estaba prolongando tortuosamente—. ¿Quieres ser una de mis modelos para aparecer en la portada de la revista Cosmopolitan del mes de Mayo? —soltó de golpe y sin una sola pausa de por medio.
—¿Eh?
Kagome, Sango y todos los demás presentes abrieron sus ojos de par en par. La repentina pregunta los había tomado a todos por sorpresa, por no mencionar la enorme desilusión que provocó en la mayoría de los espectadores. ¿Tanto escándalo sólo para una oferta de trabajo? ¡Qué tontería!
—¿Dijiste modelo? —preguntó Kagome, anonadada.
Ciertamente decepcionados, todos volvieron la atención a sus respectivas mesas y se dedicaron a sus propios asuntos, tal como debió ser desde un principio. El constante murmullo de conversaciones ajenas se hizo nuevamente presente en el lugar, así como el sonido de la suave música en el trasfondo, dando por olvidado el interesante suceso de hace menos de un minuto.
A Sango le costó un poco salir de su inicial conmoción. Su corazón había estado a punto de salírsele del pecho de tan fuerte que había comenzado a latir. Por un instante, había podido jurar que Miroku se le iba a proponer... su mirada azulina tan intensa y decidida pareció hablar algo completamente distinto a lo que había salido de su boca. ¿Por qué? ¿Habría sido sólo su impresión? No es que se sintiera desilusionada ni nada por el estilo, por supuesto que no. Tan sólo la había tomado con la guardia baja, eso era todo. Es más, estaba sumamente aliviada de que no se tratara de una verdadera declaración amorosa. Alguien como él, jamás pensaría en mantener una relación seria y formal.
—Así es. Tuve un pequeño incidente con las chicas que se supone se tomarían la foto de la portada conmigo y… —un suspiró escapó de la boca de Miroku, mientras explicaba brevemente su apurada situación—. ¡Necesito su ayuda! —pidió, dirigiéndose ahora a Kagome.
—¿Qué? ¿Yo también?
—¿Por qué nosotras? —inquirió Sango, una vez recuperada de su conmoción. El oji-azul no tuvo que pensarlo mucho para responder.
—Bueno, ustedes son prácticamente unas modelos; son hermosas. Además, son mis amigas y ahora socias de trabajo. Así que pensé que, tal vez… no sé, ¿podrían prestarme sus bellos cuerpos por una media hora?
El sonido de un fuerte golpe resonó en el lujoso comedor. Tal vez fue por lo mal e indecente que había sonado aquella petición o, quizás, fue por la atrevida mano que se había deslizado a la parte baja posterior de la anatomía de Sango, de cualquier modo, a cualquier descarado había que darle su merecido. Antes que el oji-azul lo viera venir, la castaña tomó la primer bandeja que se atravesó en su campo visual y la estrelló precipitosamente contra la cabeza del dueño del prestigioso Hotel-Casino Hoshi.
—¡Pervertido!
Sí, ésa debió ser la nominación que describiera de mejor manera a Miroku. ¿El hombre del año? Sí, como no. Para Sango, Kagome y, probablemente, uno que otro curioso espectador, el nombramiento perfecto para él hubiese sido "El pervertido del año" o "El degenerado del siglo", daba igual.
Lo bueno, a pesar de todo, era que el susodicho nominado sabía admitir sus errores a tiempo (aunque frecuentemente los repitiera). Después de pedir perdón varias veces por su osadía, las dos chicas finalmente accedieron a ayudar al hombre en apuros. Entre risas nerviosas, malos gestos y comentarios optimistas, ambas fueron dirigidas rápidamente a una habitación privada para cambiarse. Kagome y Sango recibieron dos preciosos vestidos de gala, entallados y generosamente escotados, —azul y verde respectivamente—, siendo arregladas y maquilladas en tiempo récord por un par de ayudantes. Nada de peinados complicados o cosméticos excesivos, pues ya de por sí iban tarde para la cita con el editor de la famosa revista, además que ellas lucían perfectas con un estilo natural.
Completamente boquiabierto, Miroku las observó de pies a cabeza, quedando sencillamente fascinado por la imagen de las dos jóvenes. Si alguna vez pensó que las extravagantes modelos que habían trabajado para él habían sido atractivas, estas mujeres parecían no tener competencia ante sus ojos.
—Se ven hermosas —susurró, no dejando de admirarlas.
—Gracias, pero… ¿no es esto demasiado? —balbuceó Kagome, tímidamente.
—Más te vale mantener tus sucias manos en su lugar —advirtió Sango en cambio, adelantándose al equipo de fotografía.
El editor las vio y después de unas breves presentaciones, las dirigió al espacio que serviría de escenario para la toma de fotos. Algo tímidas al principio, pero relajadas después, Kagome y Sango posaron junto a Miroku, luciendo sus mejores ángulos, mientas los flashes resplandecían en el salón.
—Muy bien, así. Sonríen por favor —indicó el fotógrafo, mientras el editor revisaba al mismo tiempo las imágenes que se proyectaban en el monitor—. La chica de verde… un poco más de soltura y… señor Hoshi, mire a la cámara. Sí, eso es.
El oji-azul tuvo algo de dificultad para concentrarse, pero logró arreglárselas para no dar a notar el revuelo que estaba sufriendo en su interior. ¿A cuál de estas dos bellezas conquistar? Ésa había sido una de las preguntas que se había planteado al poner, por primera vez, un pie en su pequeña florería.
Si por un lado estaba la azabache con su inocencia, determinación y personalidad fuerte a veces, pero amable, por el otro estaba la castaña, dulce, indómita y enérgica. Cualquiera de las dos, podría hacer muy feliz a cualquier hombre que decidiera cortejarlas. No obstante, siempre hubo algo especial en Sango que lo cautivó desde el principio. ¿Qué todo comenzó por diversión? Sí, pero ahora más que nunca, estaba confirmando que aquello ya había quedado completamente atrás. En qué momento había ocurrido exactamente, no lo sabía, pero… ¿podría ser que el condenado Cupido, finalmente lo había flechado?
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Las cuatro y media de la mañana. El final de una aburrida jornada laboral en el club nocturno y el inicio de un intenso y agotador entrenamiento. No había tiempo para descansar, ni tampoco pretexto para faltar a su sesión de maltrato diario. Lo sabía y, no obstante, desearía no tener que ir. Si no fuera porque su propia vida dependía del esfuerzo que impusiera en sus prácticas, de seguro se hubiera fugado en más de una ocasión para dormir o ir a ver su añorada mujer.
«Kagome…»
Un suspiro escapó de su boca y sus ojos se entrecerraron. El pensamiento de su próxima y acordada cita para el domingo cruzó su mente, al tiempo que una mezcla de emociones lo invadía. Tarde había reflexionado sobre su precipitada decisión, y sin embargo, no podía evitar sentirse emocionado. Muy en el fondo de su ser, no se arrepentía de nada. La idea de pasar un día entero junto a la azabache era algo que no cambiaría por nada del mundo. Si tan sólo fuera una persona "libre" y sin una vida desastrosa aún de trasfondo debido a su trabajo, todo podría ser perfecto.
Metiendo la mano en el interior del bolsillo de su pantalón de tela, extrajo el único objeto que mantenía firmemente sus pies sobre la tierra. Lo único que le servía como constante recordatorio de su patética situación y que lo despojaba inevitablemente de su alma. El reloj de Naraku. Un reloj cuyas manecillas se movían a la inversa y que en algún momento marcaría su día y hora final.
Con un rostro casi inexpresivo, InuYasha abrió la tapa dorada y miró la extravagante luna del redondo reloj. Una mueca parecida a una forzada sonrisa se formó en sus labios y un característico resoplido que sonó como un "keh" se escapó de su boca. Su travesía apenas estaba comenzando, así que iría un paso a la vez, y lo primero, sería conseguir un día libre a toda costa.
Sin mayores demoras y dejando el reloj de lado, se desabotonó la blanca camisa y se la sacó, dejando su trabajado torso al desnudo. Su cuerpo atlético se reflejó en el espejo, mostrando algunas magulladuras y raspones de sus previos entrenamientos a los costados. Nada serio, ni tampoco un motivo de preocupación. Instintivamente, se lavó rápidamente la cara para refrescarse un poco, cambiándose de pantalón por uno más cómodo y holgado. Inmediatamente después, abrió la puertecita del espejo y extrajo un rollo de cinta y vendajes, envolviendo sus manos en ellas para evitar heridas serias e innecesarias.
Antes de salir de su pequeño cuarto, tomó una vieja camiseta roja sin mangas del aparador y se la puso en el camino, puesto que presentarse semi-desnudo ante su auto-proclamado entrenador, podría ser un grave error del cual podría arrepentirse.
—¡InuYasha, cariño, al fin llegas!
Y vaya que se alegraba haberse vestido completamente. En cuanto cruzó el umbral del viejo y descuidado gimnasio, Jakotsu lo recibió con una eufórica y chillona exclamación que lo hizo respingar levemente en su sitio.
Con pupilas dilatadas y destellantes debido a la emoción de volver ver a su amado oji-dorado, el afeminado de extravagantes vestiduras ajustadas, prácticamente, se abalanzó sobre él con brazos extendidos. Afortunadamente —y para mala suerte de Jakotsu—, InuYasha se hizo rápidamente a un lado, consiguiendo esquivar el desagradable abrazo.
—¡Ni lo sueñes! —siseó el joven Taishô, frunciendo el ceño con molestia.
—Siempre tan huraño —Jakotsu hizo un puchero de niño resentido, que pronto se convirtió en una sonrisa picaresca—. Pero descuida, esa timidez, pronto se te quitará —dijo, acercándose seductoramente al hombre.
—¡¿Quién está siendo tímido?! —exclamó InuYasha a la defensiva, dando automáticamente un paso hacia atrás—. ¡Me repugnas!
—¿Si? Yo sé que sólo lo dices para no demostrar lo mucho que te agrado —rebatió Jakotsu, paseando juguetonamente sus dedos sobre el hombro del oji-dorado.
—¡D-déjate de estupideces y comencemos de una buena vez!
Con un manotazo, InuYasha apartó rápidamente la indeseable extremidad de su afeminado entrenador y caminó rápidamente al otro extremo del amplio gimnasio, colocándose en posición de pelea. Con una sonrisa, Jakotsu se dirigió al aparador de la esquina y tomó su habitual Sansetsukon1, comenzando a juguetear con él de forma habilidosa. Era impresionante la manera en que ese sujeto lograba, prácticamente, darle vida a un arma tan sencilla como esa, haciéndola parecer como una peligrosa serpiente voraz en el campo de batalla. Tal vez, sólo era ilusión óptica, o quizás no, pero ese Sansetsukon siempre parecía contar con más de sólo tres piezas. Algo que, quizás, nunca lograría descubrir.
—Espero que estés listo, InuYasha lindo —dijo Jakotsu con una seductora voz, tirando varias armas de diferentes tamaños y formas al suelo, de forma desordenada—. Porque después de esto, no te garantizo que puedas moverte del todo bien el día de mañana.
—Keh, eso ya lo veremos —desafió el joven Taishô, escaneando rápidamente su territorio.
Como todos los días, su objetivo era alcanzar cualquiera de esas armas para defenderse y contraatacar a su oponente. Cosa difícil, pues Jakotsu hacía todo lo posible para bloquearlo. Igualmente era una lástima que sus herramientas de pelea durante el entrenamiento no fueran ni la mitad de buenas que las originales… al menos no hasta el día oficial, en que le otorgarían nuevamente su confiable espada, Colmillo de Acero. Una espada de grandes proporciones y gran filo, que le había dado la victoria en muchos de sus sangrientos combates. Nunca creyó tener que volverla a utilizar algún día. Se preguntaba si aún tendría la suficiente habilidad para manipularla.
—Pareces muy confiado, ¿pero realmente podrás ganarme? —lo retó el afeminado, esbozando una sonrisa retorcida.
—¿Qué tal si hacemos un trato? —InuYasha consideró que ésta era la oportunidad perfecta para hacer su propuesta—. Si yo gano, me darás el domingo libre.
—¿El domingo? —Inquirió Jakotsu, abriendo sus ojos con inocente sorpresa—. ¿No me digas que tienes planes para ese día?
—Eso no es de tu incumbencia —lo cortó el oji-dorado, tajantemente—. El domingo no tengo que trabajar de todos modos, así que no estaría nada mal poder descansar de tu horrible cara al menos una vez.
—¿Crees estar lo suficientemente preparado para tu pelea del miércoles si te saltas un día de entrenamiento?
InuYasha apretó los dientes. A decir verdad, él mismo ignoraba la respuesta a esa interrogante. Aún desconocía a su oponente y lastimosamente, no lograba recordarlo tampoco, así que era muy difícil dar un pronóstico concreto. Todo dependería de sus propias habilidades durante el combate y de su afán por no dejarse vencer.
—Ganaré, cuésteme lo que me cueste —sentenció el joven Taishô, firmemente.
—Con que te crees muy rudo, ¿eh? De acuerdo, si tú ganas, estarás libre de entrenamientos por un día, pero si yo gano… —condicionó Jakotsu, relamiéndose los labios lascivamente—. Serás todo mío y harás todo lo que yo te diga, igualmente por un día; sin quejas y sin reclamos.
Completamente asqueado, InuYasha apretó fuertemente los puños a sus costados y frunció el entrecejo. Emitiendo un ligero gruñido, trató de controlar la ira que había comenzado a bullir en su interior.
—Eso no pasará —advirtió finalmente, lanzándose sobre Jakotsu para hacerlo tragar sus obscenas palabras.
Perder, sencillamente, no era una opción. Sin lugar a dudas, cumpliría con su promesa hacia Kagome y estaría allí para ella. El domingo, a las diez de la mañana, en el parque de diversiones.
Continuará…
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1. Sansetsukon: arma marcial que consiste en tres varas de madera o de metal unidas con anillos de metal o sogas. El arma también se conoce como el "bastón del dragón enrollado".
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N/A: ¡Hola a todos!
Lamento mucho esta pequeña tardanza, pero con todo el tiempo que tuve que faltar al trabajo (por cuestiones de salud), se me acumularon muchísimo las tareas en la oficina. Por otro lado, a mi madre se le ocurrió remodelar el primer piso de mi casa también, lo que significó el cambio del suelo y posteriormente pintar las paredes (con nuestras propias manos), así que no he tenido realmente demasiado tiempo libre para dedicarme a escribir.
Como sea, ya ando por acá nuevamente. Espero que el capítulo haya sido de su completo agrado y entretención. Quise darle un poco de protagonismo a Miroku y las chicas también, para formar mejor su historia y demás :P. En cuanto a nuestro InuYasha, ¿creen que obtenga el día libre? Perder no creo que le favorezca demasiado al pobre xD.
Como siempre, muchas gracias por su paciencia y por alegrarme la vida con sus reviews. ¡Me hacen feliz, además que me motivan a seguir escribiendo! Especiales agradecimientos a: Faby Sama, Marlene Vasquez, bruxi, lindakagome, Misheru Taisho, Fanny y adylovebooks.
Aunque algunas chicas ya la vieron en mi cuenta de facebook, las que no, no duden en pasarse por mi perfil, a ver la imagen correspondiente a este capítulo: la portada de la revista Cosmopolitan, en la que sale Miroku y las chicas :P.
¡Besos y hasta la próxima!
Con cariño,
Peach n_n
