Disclaimer: Como siempre, los Winchester pertenecen a Kripke. Lástima...


EXOGÉNESIS

07. Blood brothers

There are times when I feel I'm afraid for the world
There are times I'm ashamed of us all
When you're floating on all the emotion you feel
And reflecting the good and the bad

& & &

Son hermanos de sangre en la noche tormentosa, compañeros en esta vida y en la siguiente (sea cielo o infierno absoluto, si no ha podido separarlos el caos omnipresente de la reciente guerra ni la destrucción que por fin ha terminado, nada lo hará), dioses de su propio futuro y condenados de las leyes que rigen esta tierra de pecado; mundo incauto que juzga a placer, que proclama incesto o tabú a lo que sienten: una etiqueta casi peyorativa que chilla ¡enfermos! como si la moral del hombre fuera sana y razonable, como si no hubiera cadáveres en los armarios de todas las familias y secretos encasquillados en el rincón más polvoriento debajo de cada cama. Son hermanos, sí, y las justificaciones sobran, no hacen falta. En el hipotético caso de que algún día sean sentados frente a Dios en el Juicio Final, podrían poner en un lado de la balanza todas las vidas que han salvado (y son unas cuántas). En el otro lado, el daño que ha hecho su inmoralidad (cero). Por lo que es probable que ganasen, derramando sangre o no, como han ganado las batallas con pólvora y también con palabras. Sam le contó esto a Dean en una ocasión, medio en broma medio en serio, muy embalado, gesticulando con los codos apoyados sobre la mesa, y Dean esperó. Luego dijo: "y si no le gusta, nos quedan balas". Así de simple, así de fácil, así de perfecto.

Pasan dos meses con sus días y sus noches desde aquella conversa y van al cine por primera vez en años; al primer estreno en el nuevo mundo. Pagan con dinero de verdad (solo hoy, no te acostumbres) y miran las películas a escoger con la ilusión infantil en la mirada. Quizá es el instante en que toquetean la entrada entre los dedos cuando se dan cuenta de que realmente las cosas se han arreglado. La vuelta a la normalidad –o en su caso, a la no normalidad, porque no debe ser muy común cazar seres de ultratumba, ni antes, cuando amenazaban con descontrolarse, ni ahora, que vagan sin rumbo, débiles, pequeños y asustados, cacerías que conservan peligro pero nunca jamás hasta el extremo de acabar con nuestra raza–. Hay mucha gente y cámaras de televisión grabando la inauguración; anunciando la restauración del Paradiso, el primer cine después de. Siempre "después de" en las conversas de la gente, una nueva expresión que va a quedarse ahí, obviando palabras como Apocalipsis o fin del mundo porque da mal fario, ¿no crees?, como si de verdad pudiera haberse acabado lo que pisamos. A veces dicen después de la catástrofe o después del suceso. Qué más da. Lo que pasó, pasó, y este es nuestro hogar y lo hemos defendido bien, más que bien.

Dean se acomoda en la butaca tapizada de rojo y Sam sujeta la bolsa de palomitas con una mano enorme. Tiene las comisuras de los labios alzadas, provocándole una sonrisa. Es el ejemplo de supervivencia, piensa, orgulloso, porque la vida golpea duro pero hay heridas que sanan y cicatrices que ya no duelen nunca más (como perdona y no olvides; solo una marca casi invisible sobre la piel para hacerte recordar pero no escuece a no ser que le eches alcohol). La misma sangre que corre por tus venas bombea también en las mías y si alguna vez faltas yo no puedo seguir. Comienzas los anuncios de los próximos estrenos y Sam vuela a mil kilómetros de ahí, recordando una infancia poblada de películas de serie B y debían llegar hasta la Z de lo malas que eran, señor –y Dean seguro que se aprendió los nombres de todas ellas–, pero las paladea en su memoria; las veía mientras tomaba sus cereales favoritos en el sofá. Se ríe entre dientes sin venir a cuento y le da una palmada a su hermano en el pecho, con los dedos extendidos y arrugándole la camiseta, y se muerde la lengua para no besarle. Dean alza una ceja como si supiera exactamente qué está pensando.

Comienza el film: muestra una panorámica sensacional de unas cataratas y la imagen se abalanza hacia delante, perdiéndose entre los bosques frondosos hasta encontrar los protagonistas que huyen de algo. Se nota una cierta incomodidad general –se sienten demasiado identificados– y entonces surge la parodia. Dean no recuerda quién es el director pero verdaderamente es un genio porque, joder, se parte de lo que acaba de pasar, coge la desgracia y hace una bola y juega con ella, apenas unos meses después, con una ironía que no duele sino que hace cosquillas y te hace pensar que no ha sido tan malo (no, no lo ha sido, no siempre). Porque el mundo sale de sus cenizas y vuelve a nacer como un ave fénix; si algo tiene la humanidad es instinto de supervivencia y han sobrevivido a lo largo de la historia: a bombas, a guerras, a cataclismos, a huracanas, a tsunamis… a ángeles y a demonios. Es un poco triste… y al mismo tiempo lo más bonito que se pueda haber hecho.

Dean piensa un rato en lo que hacen, en lo que han hecho, y entonces se lo dice, sin más, cuando se rozan las manos al coger las palomitas; le dice:

—Somos hermanos.

No arrepentido ni culpable (ni lo pienses siquiera); solo la constatación de un hecho, y Sam se encoge de hombros tras echarle un vistazo, con una sombra de diversión tras los ojos. Se queda callado un par de segundos y musita, abstraído: 'no me digas…', sarcástico. Dean le escupe 'imbécil' a media voz y una señora de la fila de atrás le susurra que se calle. Sam se transforma de inmediato: se gira con ojos de cachorrito abandonado y le pide disculpas, formal, y cuando se vuelve hacia él se indigna, 'tío, por favor', sisea, la boca una fina línea pero travesura en la voz y Dean se vuelca hacia él con brusquedad. Sam ladea la cabeza, murmurando que no ahí pero Dean le besa con fuerza hasta que se rinde y todo se vuelve espeso como la miel. Acaba siendo él el que se separa y Sam se humedece los labios antes de rodar los ojos sonriendo.

La segunda mitad de la película no es ni de lejos tan buena como la primera, pero sigue haciéndoles reír. Hay tiros, hay acción. Totalmente a su estilo. Y el sheriff le recuerda a su padre, con las medallas en el pecho y la honestidad clavada entre ceja y ceja.

—Se supone que va en contra de las leyes de la naturaleza y todo eso –dice al cabo de un ratito, en voz baja. Observa la reacción de Sam, que frunce la boca y da un sorbo al Seven Up con actitud pensativa. Lo sigue pinchando, con la seguridad de que va a gustarle la respuesta–. Fuera de la ley, tío. Y de la moral y esas tonterías.

—Mmh –asiente–. Debe estar ahí la gracia –contesta por fin, y sonríe, se ladea despacio, apoya la mano en un lado de su cara y lo atrae posesivo. Le roza la mandíbula con los labios y Dean prácticamente exhala deseo. Sam brilla entero antes de besarle, un beso tan largo que le quita las tensiones y lo relaja hasta deshacerlo; el duro de Dean Winchester se funde a toda pastilla ahí mismo.

Sí, efectivamente… debe estar ahí la gracia.