MIS BEBOS! lo siento mucho, he tardado decadas en actualizar xD pero ahora que tuve un pequeño descanzo en la escuela me he tomado la libertad de hacerlo :D espero les guste este cap (solo me faltan dos de traspasar a la compu) y pues si quieren saber algunos adelantos de la historia pueden visitarme en mi pagina de facebook y nah, se crean xD aunque si tengo una pero no voy a andarles presumiendo...ok ya lo hice xD, pero si les entra curiosidad, me pueden encontrar como Kennistar. bueno, solo espero les guste el cap y no me odien xD
kennistar, cambio y fuera.
El anuncio había despertado el interés de todos. Noviembre estaba a punto de terminar y no faltaba mucho para navidad. Pero, aun así, a Sirius le sorprendió aquello.
–Oigan, ¿Ya se enteraron? – Era hora del desayuno y el Gran Comedor ardía en bullicio.
–Canuto, está bien que estoy miope pero no exageres. El anuncio está pegado por toda la escuela. – Peter asintió con la cabeza, apoyando la respuesta de James, y comentó.
–Se me hace un poco extraño que Dumbledore decidiera hacer un baile de máscaras para navidad.
–Tal vez quiere recordar la época de cuando era joven, ¿no crees, Remus? – Sirius miró al mencionado, pero esto no le respondió. Estaba más pálido de lo común y tenía aspecto de estar enfermo. Los tres chicos reconocieron los síntomas de inmediato.
Esa noche habría luna llena.
–¿En qué tipo de estupideces estará pensando Dumbledore? – Exclamó Snape. Casi por instinto, volteó a ver a su amiga pero esta estaba absorta en sus pensamientos. – ¿Lily?
–¿Mande?
–¿Sigues pensando en lo de ayer? – Lily tardó un poco en reaccionar y, cuando lo hizo, sonrió para tranquilizar a Severus.
–No. No es eso. Solo estaba pensando en que máscara debería de usar. Tú sabes, para el baile de navidad. – Severus no respondió. ¿Qué tenía de emocionante ese baile? Era cierto que siempre se quedaba en Hogwarts cuando eran las vacaciones decembrinas. Y disfrutaba de la tranquilidad que se respiraba en el colegio, puesto que esos cuatro idiotas no se encontraban. Ahora su tranquilidad se vería arruinada por el hecho de que casi todos los alumnos se quedarían en el castillo, haciendo ruido y molestando. Desde ese momento, a Severus Snape le habían arruinado las vacaciones.
Lily y Severus siguieron caminando por los largos pasillos para llegar a su primera clase del día: pociones. Lily se percató que su amigo había guardado silencio y frunció el ceño e intuyó porque.
–No te parece buena idea lo del baile, ¿verdad?
–No.
–Mmmmm ¿por qué será? – Lily sabía que las vacaciones de navidad eran las favoritas de Severus. No había muchas personas en el colegio y su cumpleaños lo pasaba tranquilo y haciendo lo que más le gustaba. Eran casi dos meses sin Potter ni Black y eso, para Severus, era lo mejor que podía pasarle. Así que Lily se compadeció un poco del chico y trató de darle ánimos.
–Sabes, no están malo. El baile será divertido. Además, puedes aprovechar del anonimato para encontrarte con esa persona. – La expresión de Severus no cambió. Pero dentro de él se creó el caos. Lily tenía razón. Por fin podría saber quién era la persona con quien compartía esas cartas. Pero, ¿en realidad quería descubrirlo? El juego consistía en el anonimato. ¿Sería lo mismo después de ese posible encuentro? ¿Los sentimientos de Severus estaban lo suficientemente ordenados para conocerlo? Era verdad que él o ella le parecía muy interesante. Su forma de pensar, de ver las cosas le era fascinante. Jamás había conocido a alguien así. Siempre que leía sus catas una fuerte emoción lo embriagaba, y cuando eran cartas llenas de deseo carnal y lujuria no podía evitar el tocarse y llegar al orgasmo para luego responder con la misma lasciva que su compañero.
Pero, por otro lado, estaba Lily. Snape quería mucho a Lily. Era su mejor amiga y, además, era muy hermosa. Lily siempre lo ayudaba y cuidaba. Sobre todo, ¡se preocupaba por él! Era tan dulce y amable que con una simple sonrisa le alegraba el día.
¿Esos sentimientos eran amor o deseo? ¿Amor o amistad? ¿En una amistad había un amor más profundo del necesario? ¿Desear a alguien significaba amarlo? ¿Qué era amor? ¿Realmente el amor existía? Si era así, Severus Snape nunca lo había experimentado. O tal vez sí, pero no lo sabía. ¿Cómo se sentía ese sentimiento? ¿Se sentía?
Remus estaba más pálido que de costumbre. Incluso más pálido que en otras ocasiones en que había habido luna llena. Sirius lo observaba. Antes que terminara el desayuno, los cuatro chicos se dirigieron con madame Pomfrey. Sirius ayudando a Remus para que no se cayera. Entrando a la enfermería, madame Pomfrey nada más le hecho una ojeada para saber que los síntomas de la licantropía volvían a atacar a Remus. Y antes de que los chicos llegaran a la cama, madame Pomfrey ya había colocado las pociones que le daría a Remus en la mesita que estaba junto a una de las camas. Como hacía cada mes, Remus se fue tomando una por una. Aunque no lo ayudaban a controlar su lobo interno, las pociones mitigaban el cansancio y los dolores que aparecían en su cuerpo. Incluso le quitaba un poco la expresión de enfermo que tenía.
–Lunático, ¿sirvieron las pociones? – El profesor Slughorn aún no llegaba al salón y esté se encontraba ardiendo en bullicio. Sirius, que no había dejado de observar a Remus ni por un segundo, se percató de las expresiones de dolor que el chico trataba de ocultar. Había ocasiones en que las pociones sí funcionaban y Remus se veía más animado. Pero también había ocasiones en donde su efecto no era muy bueno. A pesar de eso, Remus aparentaba que se sentía mejor y se sobre esforzaba para que nadie se preocupara. Eso molestaba a Sirius.
–Claro. – Sirius lo miró escéptico.
–Güey, tienes una cara de enfermo que hace que comience a sentirme mal. – Remus rodó los ojos. – Deberías descansar.
–Estoy bien, Sirius.
–Sirius tiene razón, – intervino James. – la cabeza comienza a dolerme solo con verte.
–¡Chicos estoy bi…! – El profesor entro al aula y Remus se interrumpió. Ignoró a sus compañeros y abrió el libro en la página que Slughorn había indicado. Sirius estaba a punto de hacer lo mismo cuando se percató de un par de ojos negros que los miraban con desconfianza. Sirius le sostuvo la mirada y Snape, al verse descubierto, la apartó rápido.
–Pequeña sabandija. – Murmuró enojado. No era la primera vez que lo veía observando a Remus cuando estaba en ese estado. Incluso, en una ocasión, logró leer la duda en sus ojos. Sirius sabía que Snape era lo suficientemente inteligente como para atar los cabos sueltos. Era hora de que Sirius le demostrara que no era bueno andar de listillo y las consecuencias que eso podría causar.
Severus observaba el entrenamiento de quidditch a través de la ventana en la biblioteca. Lily había ido a la lechucería a enviarles una carta a sus padres, dándoles la noticia del baile; por eso Severus estaba solo y aburrido. Había terminado toda su tarea y no tenía ánimos para leer. Es más, no tenía ánimos para hacer nada. Lo único en lo que pensaba era en ese desgraciado y estúpido de James Potter. Recordó lo que le había hecho hacia cuatro días atrás, dentro del salón de pociones. Aun sentía como las manos de Potter lo tocaban y se preguntó como no le había dado asco. Pero, en ese momento, al recordar la expresión de Potter cuando llegó al orgasmo, las piernas de Severus se movieron inconscientes, tratando de ayudar a estimularlo. Por eso optó por dejar de pensar en Potter y prestar más atención en lo que hacía el equipo de su casa.
A Snape no le gustaba mucho el quidditch. Tenía la idea de que quienes lo jugaban era gente estúpida y presumida (idea que se había creado por culpa de Potter y Black), pero su casa estaba en el primer lugar y se propuso a tratar de comprenderlo un poco.
–¿Anhelando ser capaz de saber como tomar una escoba, quejicus? – pegó un brinco al escuchar la voz de Sirius a su espalda. Dejó de mirar hacia la ventana y se giró para toparse con el arrogante de Black. Este estaba recargado en el estante más cercano a su mesa. Tenía una sonrisa burlona en el rostro y se veía agitado.
Snape puso una expresión de disgusto y espetó:
–¿Qué quieres, Black?
–Que va. No tengo nada que hacer y decidí matar un poco el tiempo.
–¿No tienes que atender a ese licántropo asqueroso? – El rostro de Sirius se crispo. Una rabia empaño sus ojos y en dos zancadas acortó la distancia que lo separaba de Snape. Este no pudo evitar que lo tomaran por el cuello de la túnica y lo levantaran de la silla hasta quedar a la altura de Black. Los ojos grises penetraban a los negros y Snape, débil, no podía con ellos.
Parado de puntitas, respirando con dificultad, Snape se sentía atemorizado por la ira que destilaba Black. Había oído que los Black eran magos que imponían, que te hacían temblar con tan solo echarles una mirada. Los Black nunca se doblegaban ante nadie, exceptuando al señor tenebroso. En ese momento, Severus afirmó los rumores.
–Nunca, escúchame bien gusano, nunca en tu vida le vuelvas a decir así a Remus. – Pero a pesar de que Severus comenzaba a temblar de lo asustado que estaba, su orgullo latía ansioso por salir.
–Eres su niñero, ¿verdad? ¿Creen que no me he dado cuenta? Solo un estúpido no podría notarlo. Cada luna llena, los cuatro salen a hurtadillas del castillo y yo regresan hasta el día siguiente. Lupin tiene un aspecto de enfermo a morir. Se detectar los síntomas, Black. No me subestimes. – El agarre de Sirius se hizo más fuerte. Sus ojos llamearon malicia pura.
–¡Pruébalo!– Con mucha fuerza, Sirius aventó a Snape de nuevo a su asiento. Este tardó un poco en recuperarse del ataque. – ¡Sal esta noche y demuestra que tienes razón! ¡Síguenos y busca al hombre lobo que no vas a encontrar! – Snape supo que algo no andaba bien cuando Sirius sonrió ampliamente mientras decía: – Intérnate en el bosque prohibido y espera hasta el amanecer. Mañana me contaras si nos viste ahí o no. – Black se alejó con elegancia. Snape, perturbado, aun no procesaba las intenciones que estaban detrás de las palabras de Sirius, cuando ya había tomado una decisión.
¿Era posible que la persona que más te odiaba comenzara a quererte? Esa pregunta era lo único que rondaba por la cabeza de James Potter mientras estaba en su habitación, vigilando a Remus para que descansara.
A pesar de que ya había tomado una decisión, no estaba seguro de lo que hacía. ¿Cómo demonios iba a averiguar si Snape era el remitente anónimo? ¿Cómo ponerle una trampa? ¿Y si no era Snape? ¿Ya no realizaría el plan de conquista? ¿A quién realmente quería? Si el remitente anónimo no era Snape, ¿James detendría el juego? Tal vez, pensó.
–¡Argh! – Tomando su cabello entre sus manos, lo jaló con más fuerza de la necesaria. Ayer había creído que el asunto de las cartas estaba resuelto. Se olvidó por un momento de eso cuando se reunió con sus amigos en la casa de los gritos. Pero las dudas volvieron a asaltarlo en la mañana.
–¿Algo te molesta, James? – Remus lo observaba desde la orilla de su cama. Estaba sentado y su color aún no regresaba. Incluso precia que había palidecido más. James negó con la cabeza.
–No es nada, Remus.
–Puedes contar conmigo. Si algo te molesta puedes platicarme sobre ello. – Remus sonrió débilmente. James lo pensó un rato. Sería bueno hablar de eso con alguien, y Remus parecía ser la persona indicada. Siempre analizaba todo con minuciosidad y era certero con sus decisiones. Además era compresivo. No quería decir que Sirius y Peter no lo fueran, solo que para ese tipo de cosas Remus era el más adecuado.
–Estoy confundido. – Lupin lo observó con paciencia. – Digamos que hay una persona que llama mi atención. – James guardó silencio. No sabía como explicar su problema de una manera que Remus entendiera. – Pero… no estoy seguro quien es. – Remus frunció el ceño y lo miró sin comprender.
–¿Desconoces su identidad? – James asintió. Rogó para que su amigo comprendiera la indirecta de que no quería entrar en detalles, y prosiguió:
–Son dos personas. Pero puede ser la misma. La primera es extremadamente interesante y me gusta platicar con ella. Es reservada, pero dice todo con nada. Estoy seguro de que siento algo por ella. El problema es la segunda persona. Es todo lo contrario a la primera, me desagrada y al parecer el sentimiento es mutuo. – James bajó la cabeza, evitando cruzar su mirada con la de Remus. Con ese dato, Lupin sabría rápido quien era esa segunda persona y cuando lo descubriera sería imposible mirarlo a los ojos. – Pero al parecer no se trata de dos personas, como ya había dicho. La cuestión es: averiguar si se trata de la misma persona y respecto a eso que hacer. He estado pensando y ¿qué pasaría si mis conjeturas fueran incorrectas? ¿Me gusta la segunda persona porque se trataba de la primera? Si no resultan ser las mismas, ¿significa que me gustan ambas? ¿Me gusta la primera persona porque creí que era la segunda? ¿Cómo sucedió todo eso? ¿Qué hare para descubrir la verdad? ¿Podré aceptarlo? ¿Dejaré de hablar con la primera persona si no resulta ser la segunda? ¿Por qué tenía que ser la segunda persona entre todas las demás? – Remus observó a su amigo por un largo rato. Ninguno de los dos dio nada y James aún miraba al piso.
–Creo que tienes miedo, James. – El mencionado miró a Remus con el ceño ligeramente fruncido. – Prefieres no jugar a salir perdiendo. Eso no es normal en ti, cornamenta. ¿Tan importante es esa persona?
–No es… importante. – Una pequeña sonrisa se asomó por los labios de Remus.
–¿No eras tú el que alardeaba que eras un rompecorazones mejor que Sirius y que las chicas se morían por ti, incluyendo a Lily a pesar de que ella parecía negarlo?
–Sí, pero…¿Si no se tratara de una chica? – James volvió a bajar la mirada. No le gustaba pensar en la idea de que a James Potter le gustara un hombre, y sobre todo quejicus. Pero, si así era, no podría hacer nada. Tendría que aprender a vivir con ello, lo cual no sería gran cosa para alguien como él.
–Entonces la tendrías más fácil. – De nuevo James miró a su amigo confundido. – Ya sabes cómo piensa un chico, James. Eso es un punto a tu favor.
Antes de que el sol se metiera, Remus comenzaba a sentir los efectos de la luna sobre él. Sirius lo sabía.
Corría por lo más rápido que era capaz hacia la torre de Gryffindor. Llegó al retrato de la Señora Gorda y dijo la contraseña. Cruzó la sala común como una flecha y subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la entrada del dormitorio de los chicos. Abrió la puerta con fuerza.
–¡Llegue! – Anunció exhausto. James lo miró alegré y Remus ni siquiera lo miró. Se encontraba tendido en la cama, camuflajeandose con las blancas sabanas.
–¡Canuto! Pero si vienes todo acelerado. – Sirius entró y se sentó en la orilla de la cama de Remus. Este al sentir el movimiento y el peso de Sirius, ahogó un gemido.
–Bah. Remus, no vayas a vomitar. Ya falta poco para que pase. – El mencionado respondió con un mohín.
–¿Y Pete? – Preguntó James. Sirius se encogió de hombros.
–De colagusano no sé nada, pero tengo una noticia nueva. – James lo invitó a proseguir. – Escuché qué el baño de chicos quedó hecho un desastre. Al parecer dos tipos se pelearon ahí. McGonagall paga galeones como recompensa para quien le lleve los responsables. – Sirius miró a su amigo significativamente.
–Vaya. – James sonrió pícaro. A pesar de que no se había olvidado de la pequeña discusión no hablada que tuvo con Snape, no logró percatarse de las consecuencias que eso traería. O tal vez si lo hizo pero no le dio importancia. Ahora tendría que cumplir con dos castigos. Lo bueno era que no se había topado con McGonagall desde el día anterior. Pero en cuanto la bruja descubriera quién había hecho ese alboroto, le iría como en feria.
–¿Vaya?
–Snape y yo tuvimos una pequeña diferencia.
–¡Y no invitaste! – Exclamó Sirius. Miró a James e identificó que algo no iba bien.
–Qué va. No valía la pena que perdieras tu tiempo con eso. – Si Remus no hubiera gemido alto y claro, Sirius se habría percatado de la expresión que su puso su amigo y las preguntas hubieran comenzado a crecer dentro de él.
El crespúsculo estaba llegando, pronto saldría la luna. Remus podía sentirlo. Y James y Sirius también. Ambos chicos tomaron a Remus por cada lado y comenzaron a caminar hacia la salida del castillo. Ya estaban cerca de la salida, cuando apareció. El odioso hermano de Sirisu: Regulus Black. El chico casi nunca solía molestarlos, y siempre fingía que Sirius no era pariente suyo; pero cuando decidía atacar solía ser en los momentos más inapropiados.
El sol no tardaba en meterse y Regulus caminaba hacia ellos. Miró de reojo a Remus y una expresión de asco surco su rostro. La sangre hirvió en Sirius.
–¿A dónde vas? – Preguntó con esa voz llena de aburrimiento y petulancia. Un poco parecía a la de Sirius.
–No te interesa, peste. – Regulus encarnó una ceja y su expresión fue tan parecía a la de Sirius cuando este se dirigía a Snape que James se sorprendía del parecido. Si Sirius no hubiera estado tratando de quitar esa aristocracia-petulante que caracterizaba a los de su familia, James daría por hecho que Regulus y su amigo serían casi idénticos.
–¿Peste? ¿Yo? Esta más que claro que la peste es otra persona. – Amenazando con golpear a su hermano, Sirius zarandeó a Remus más de lo debido. El rostro de Lupin se contrajo en una mueca de dolor y abrió la boca para soltar un gemido que no se escuchó.
–Hazte a un lado.
–Créeme que no estoy muy deseoso de estar contigo y tus…amigos. – Ladeando la cabeza en un gesto muy familiar para James, Regulus los miró de arriba a abajo. – Pero escuché algo que me interesó. – Sirius observó a su hermano. Su paciencia se agotaba y lo único que quería era estrangularlo hasta que se callara y que dejara de usar ese asentó que él mismo había estado tratando de quitarse sin tener mucho éxito en el intento.
–Habla Regulus.
–Iba caminando cuando escuché a Severus Snape y a su amiga, la sangre sucia.
–¡No le digas así a Lily! – Saltó James. Regulus lo ignoró solo como un Black sabía hacerlo.
–Y oí que tú le habías dicho a Severus Snape que fuera al bosque prohibido esta noche. – Sirius solo se limitó a verlo con odio. James frunció el ceño confundido y Remus comenzaba a perder la conciencia. Los últimos ratos del sol estaban desapareciendo.
–Eso no es de tu incumbencia. – Sirius habló. Regulus detectó el tono de su madre en la voz de su hermano. No pudo evitarlo, se doblegó y se hizo a un lado. No apartó la mirada de Sirius hasta que este hubo salido del colegio.
Regulus sabía que no importaba cuanto esfuerzo pusiera Sirius en hacer de lado todo lo que lo caracterizaba como un Black. Podía cambiar los ademanes, el asentó, las expresiones, la forma de pensar. Podía cambiarlo todo. Todo menos algo que siempre estaría con él. Algo que Sirius jamás podría cambiar. La sangre.
James observaba a su amigo, confundido. Desde el otro extremo de la estancia, Sirius ayudaba a Remus a que controlara su ansiedad. El sol se había metido y la luna pronto estaría en su punto más alto. Entonces, Sirius y él se convertirían en animales y junto con Remus saldrían de la casa de los gritos. Pero James no quería convertirse aún. La duda rondaba por su cabeza- ¿Regulus había dicho la verdad? ¿Sirius le había dicho a Snape que fuera al bosque prohibido en luna llena? ¿Por qué? ¿Sirius era consciente de lo que había hecho? James conocía lo suficiente a Snape como para saber que lo primero que este haría en la noche sería ir al bosque prohibido.
–Sirius. – El aludido movió la cabeza con ligereza. – ¿Lo que dijo Regulus fue verdad? – Su amigo se encogió de hombros.
–Podría ser.
–Canuto, hablo enserio. ¿Tienes idea de lo que hiciste? – Sirius bufó.
–Por Merlín. ¿Te preocupa lo que le pase a quejicus?
–¿Hay algún problema con eso? – Sirius frunció el ceño. – No solo se trata de Snape. Si quejicus se entera que Remus es un hombre lobo se encargará de decirle a toda la escuela.
–¿Alguien le creería? – James no respondió. Observo a Remus. Este se encontraba inmóvil y su mirada comenzaba a nublarse. Cada vez faltaba menos. – Además, quejicus no vendrá. Es un cobarde. No te preocupes, cornamenta. – James no se relajó. Si Snape era el remitente anónimo, estaba seguro de que iría esa noche. Y no se equivocaba.
