Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo mismo aplica a la Enciclopedia de Chicas Monstruo y las 30 franquicias de las Grandes Ligas de Béisbol, incluyendo sus afiliados dentro de la pelota organizada. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 7: Propuesta
El teléfono de Amanda Lennox-Whitmore, cuya luz de mensajes sin escuchar parpadeaba como si no existiera un mañana, sonó con estruendo un par de segundos después de que su ocupante regresara con un café de vainilla francesa. Dejando su taza amarilla, decorada con un dragón rojo de lengua y garras azules perfilado hacia la izquierda, a un lado de los papeles a revisar antes de la reunión del mediodía con los representantes de Procter & Gamble, cogió el auricular con mano firme.
-Amanda -contestó; su voz era sedosa y de estupenda modulación, algo esperable de una mujer recién entrada en la cincuentena de años.
-Jefa, tiene una llamada en la línea tres -dijo la recepcionista, cuyo tono era más joven y positivo.
-Qué raro -la publicista miró su agenda-: hoy no tenemos nada antes del asunto de P&G. ¿Quién es?
-Un tal John Crawford. ¿Lo conoce?
La hermana de Stella se detuvo un momento, aprovechando de percibir los suaves toques de la vainilla en sus labios. Era una mujer de cabellera rubia corta y fulgurantes ojos castaños con toques anaranjados. Apenas maquillada y con los labios pintados de nácar, el fino rostro exudaba confianza y dominio de los enrevesados caminos asociados a la venta de productos y la generación de sensaciones duraderas. La mirada, franca y elegante, le confería un aire señorial, acentuado gracias al conjunto de blusa escarlata, pantalones azul noche y zapatos con tacones de una pulgada que llevaba puesto. En la muñeca, un discreto reloj Raymond Weil con correa plateada y dial cuadrado afinaba exquisitamente su apariencia; su muñeca derecha iba desnuda. Algo más baja que su pariente dedicada a la alta cocina, tenía un físico esbelto a la vez que fuerte.
-¿John Crawford? -preguntó con curiosidad-. No, no me suena. ¿Trabaja, por casualidad, para alguno de nuestros clientes?
-No me lo dijo, señora, pero insiste en hablar con usted. De hecho, llamó la semana pasada poco después de que usted tomara el vuelo a San Francisco y Emily tomó el recado. Ella misma le dijo que estaría de vuelta en la agencia hoy en la mañana.
Amanda miró el calendario de la pared. La hoja del día anterior, según las instrucciones que diese antes de partir a su conferencia cerca de la bahía, había sido arrancada y arrojada a la papelera, mostrando que ahora mismo era 6 de junio, día martes.
-¿Vino Emily hoy?
-No, jefa. Hoy, según consta en mi registro de llegadas y salidas -pausó un momento para buscar el dato correcto-, es su día libre a modo de compensación por haberse quedado el miércoles pasado hasta casi la medianoche.
-Ahora recuerdo que lo aprobé antes de irme -la elegante mujer suspiró con exasperación-. Ya hablaré con ella mañana. Pásame al señor Crawford de inmediato, Patricia.
-¡Marchando!
Sonó el característico beep asociado a los teléfonos intraorganización y la conexión quedó hecha de forma prácticamente instantánea. Antes de hablar, volvió a suspirar y tomó la mitad de su café caliente de un solo trago. Mientras su esófago acusaba el golpe y la vainilla bailaba en su paladar, la voz del otro lado se manifestó.
-¿Señora Lennox? -el tono era de alguien que sabía que pisaba huevos en esos mismos instantes.
-Lennox-Whitmore -retrucó ella-. Y sí, soy Amanda. ¿Qué desea, señor Crawford? Comprenderá usted que soy una mujer muy ocupada.
-Lo tengo muy claro, señora -replicó el hombre con absoluto respeto-. Espero que no le moleste saber que conseguí su número directo desde el sitio web de su agencia.
-No es ninguna molestia -ella miró el reloj-. Está de suerte; puedo concederle unos minutos antes de volver a trabajar. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿Desea contratar algunos de nuestros servicios para una ocasión especial?
-En realidad… -pausa incómoda- es algo más privado.
-¿Más privado? -el tono de Amanda pasó a la sospecha-. No será usted uno de esos voyeristas acosadores, ¿verdad?
-¡Oh, no! ¡Por supuesto que no! -la voz del otro lado apenas suprimió una risita-. Se trata de Brian. Soy uno de sus compañeros de equipo y…
-¿Qué pasa con mi sobrino? -interrumpió ella en un arranque de furia-. ¿Dice usted que es parte de los Medias Rojas?
-Tan lanzador como él, nada menos. Quizás me habrá visto en los periódicos alguna vez.
-Leo el Boston Globe y el resto de la prensa nacional tanto como cualquiera por estos rumbos -retrucó ella-, pero la sección de deportes no es precisamente mi prioridad. Volveré a mi pregunta. ¿Qué pasa con mi sobrino, señor Crawford? ¿Tiene algún problema con él? ¿Por qué no se lo dice directamente en vez de usarme como intermediaria?
Otra pausa incómoda. Al parecer John Crawford quedó sobrecogido ante tal arranque de defensa. La publicista, al haber tenido al submariner en casa durante sus épocas de preparatoria y universidad, lo sintió y aprendió a amar como el hijo que nunca tuvo, llegando a ser incluso más sobreprotectora que la misma Stella. Cuando se enteró del ascenso de Brian a la MLB, casi se desmayó de la pura emoción y, para celebrar, lo llevó a comer al restaurante más exclusivo de la ciudad; ya había hecho lo mismo tras su selección en la sexta ronda del draft amateur hace cuatro años desde las filas del Boston College, donde destacó por su polifuncionalidad en la lomita y fue punto alto en un equipo que sólo ganó, a lo largo de tres temporadas, 51 de 157 partidos. Estuvo con él en sus altas, bajas y peores, llamándolo casi todos los días por teléfono o videoconferencia durante sus periplos por las ligas menores, enviándole algo de dinero para sus gastos de emergencia y ofreciéndole de inmediato su habitación extra al ser subido desde Pawtucket en abril de 2017. Siempre preocupada de su bienestar y reputación, guardaba cada artículo de diario o revista hablando del lacónico chico en una caja sellada con dos candados que descansaba en el último cajón de su escritorio.
Al igual que su hermana, Amanda Lennox-Whitmore vivía sólo con dos motivaciones en mente: los emocionantes desafíos de su profesión y el muchacho al que dispensaba todo el cariño que una tía podía sentir por su sobrino favorito. Le importaba un soberano pepino si la consideraban demasiado melosa o excesiva por ello.
-No es nada de lo que usted cree, señora Lennox.
-Lennox-Whitmore -volvió a corregir ella, impaciente.
-Como sea -acotó Crawford-. Desde ya le digo que puede quedarse tranquila: sólo deseo hablar con Brian para preguntarle cómo está después de salir del hospital. Lo dieron de alta cuando andaba por la costa oeste con el resto del equipo. Pensé que mandarle un SMS era demasiado impersonal, así que pasé a verlo a su casa y…
-¡¿Que hizo qué?!
-Señora, tranquila -el extraño comprendió que había abierto la jaula separándolo de la fiera-. Sólo toqué el timbre un par de veces. No entré ni nada; de hecho, uno de sus vecinos me dijo que no había nadie en casa, así que me fui y decidí contactarla para ver si podía darme una pista de su paradero actual.
-Aún así, señor Crawford -mencionó el apellido de su contraparte con un dejo de asco innegable-, creo que usted está yendo mucho más lejos de lo que se espera de un simple compañero de trabajo -ahora subió el tono una o dos octavas-. ¿Sabe lo que es la privacidad o necesito explicárselo con manzanitas?
-De verdad, señora…
-¡No, ahora escúcheme usted! -Amanda estaba siendo dominada poco a poco por la cólera-. Mi sobrino está destrozado por dentro, apenas recomponiéndose luego de ver su sueño abortado nada más comenzar. Lo que menos desea ahora es ser molestado por gente como usted, que sólo le recordará todo ello como si fuese una bofetada en el rostro. ¡Y así tiene el descaro de llamarme a mi oficina…! ¡¿Quién se cree que es, imbécil?!
No hubo respuesta del otro lado de la línea.
-Ahora se queda sin habla, ¿no? Pues permítame aprovechar la ocasión de decirle un par de verdades, señor lanzador: lo que mi sobrino esté haciendo ahora mismo, esté donde esté, no es ni será nunca de su incumbencia -el tono de la mujer destilaba veneno quemante y puro-. ¡Vaya a practicar sus bolas curvas o lo que sea que lance con su brazo y deje a mi familia en paz, maldito imbécil!
-Señora, contrólese…
-¡Cállese, ridículo idiota! -rugió ella, sin importar que el resto de la oficina la escuchara-. ¡Sólo cállese la boca y deje en paz a mi familia! ¡Y si llama de nuevo, voy a reportar su patético trasero al departamento de policía por acoso! ¡¿Lo ha entendido?!
Colgó con tanta fuerza que casi mandó el teléfono al piso; a escasos milímetros se quedó de completar la tarea mediante una pasada de manos. Respiraba entrecortadamente, sintiendo aún esa furia irrefrenable controlando cada uno de sus movimientos. Bebió la otra mitad del café y arrojó violentamente la taza al suelo, quebrándola en mil pedazos. Después hundió la cabeza entre sus manos y comenzó a sollozar. Esa impertinente llamada había reflotado sus visitas al Hospital General durante el pasado mes, donde apenas podía contener las ganas de llorar tras separarse de un Brian que se aferraba a sus conversaciones como el único antídoto contra las redes de la locura. Si el chico de ojos grises había partido de vuelta a Bermuda en el primer avión era para olvidarse de la opresión de esa jaula que las enfermeras, en su eterno cinismo, llamaban "habitación preferente". "Son sólo tres o cuatro meses, tía", le dijo él cuando se separaron en la zona de embarque. "Pasarán rápido y, cuando inicie mi rehabilitación, podrás ir a verme a Fort Myers".
-Florida… -susurró de una forma sólo audible para ella-. Ojalá tengas razón, mi niño. Ojalá octubre llegue pronto y podamos volver a ser tú y yo, como siempre.
Sacó una caja de pañuelos desechables del primer cajón y se secó los ojos. Sintió un toque en el hombro y levantó la vista, encontrándose con la preocupada mirada de Agatha, su colaboradora más cercana, fija en ella. Los demás empleados mantenían una respetuosa distancia de su jefa, de quien conocían tanto la alegría de las felicitaciones como su brutal temperamento cuando se enfadaba.
-Malas noticias, ¿verdad?-dijo la recién llegada, apuntando al teléfono.
-Sólo molestias de la peor especie -ahora Amanda se sonó su nariz y echó ambos papeles usados al cesto-. Hay cierta gente que no respeta nada.
-No quiero ni imaginarlo -retrucó la otra mujer, quien usaba gafas e iba vestida con un sobrio conjunto gris y negro-. Si quieres, puedo cubrirte en la reunión del mediodía. Lo mejor será que salgas a tomar aire, caminar un poco por el río, esa clase de cosas…
-¿De verdad lo harías por mí, Agatha? -Amanda la miró con sorpresa.
-Sabes perfectamente que nunca te dejaría tirada, especialmente en asuntos cuya sola mención te ponen así -dijo la otra fémina con una mirada que parecía aprobar dicha opción-. El trabajo no lo es todo en la vida, Amanda. Sé lo mucho que adoras a tu sobrino y también que sufres tanto como él por culpa de esa condenada lesión. Despéjate cuanto necesites y luego nos juntamos a almorzar a las dos, ¿te parece?
-No es mala idea -la rubia se puso de pie y buscó su suéter delgado color blanco invierno-. Los apuntes de P&G están en la carpeta azul a la izquierda, junto a mi portalápices. Échales una mirada -ahora caminaba hacia la puerta dando a la escalera principal- y luego me dices qué te parecen.
-Como quiera, jefa -Agatha rió un poco ante ese asomo de formalidad.
Tal vez tuviesen la misma edad, pero las jerarquías se respetaban, incluso en un mundo tan disruptivo como el de la publicidad. El fresco aire, trayendo consigo las delicias de los restaurantes del barrio comercial, fue como un envión de ánimo para Amanda, quien miró al cielo donde apenas correteaban unas pocas nubes. Puso su teléfono móvil en silencio (dejando la vibración activada) e hizo repiquetear sus siempre fieles tacones contra el pulcro pavimento de Storrow Drive. Casi al otro lado de la calle, el parque fluvial abrazado al río Charles se extendía ante sus ojos, invitándola a perderse en sus hermosos confines por un ratito.
Posemos nuevamente los ojos en Bermuda…
La electroterapia bien podría haber sido peor. Al menos eso pensó Brian cuando llegó a las 16:45 horas de ese martes a su primera sesión.
Tal como dijera a Adamina, Ashley y Angela durante ese almuerzo en la terraza del Rosewood, Mazara no era de aquellas liminales que buscaban lo que despectivamente se conocía como idle chatter. Lo único que le había dicho antes de pedirle que se quitara la bota y tendiera cuidadosamente en la camilla era la longitud del tratamiento, considerando la ausencia de lesiones anteriores: serían al menos ocho semanas, tras lo cual lo sometería a una evaluación física a fin de determinar si debía extenderse por otras cuatro o seis más. Ni siquiera devolvió el cortés saludo del lanzador, quien decidió, a esas alturas, dejar a la anguila con el timón de la situación. Estaba vestida con el mismo uniforme blanco forjado de esa tela especial, pero ahora llevaba una falda gris marengo que, de una forma curiosa, hacía juego con sus brillantes escamas azul petróleo.
-¿Estás cómodo? -preguntó Mazara; él se limitó a asentir-. Bien, ahora vamos a ver qué tal va tu tobillo…
La chica monstruo utilizó todos sus conocimientos de medicina para examinar la zona hinchada. Se veía casi igual que cuando el doctor Bentley lo trajera en silla de ruedas; señal clara de que se había cuidado y tomado las medicinas todos los días después de cenar. "Punto a tu favor, Brian", pensó ella con algo de gusto en su interior. "Si hay algo que no aguanto, aparte de los hipocondriacos, son los pacientes que no saben cumplir órdenes".
-Empezamos bien -mencionó ella en tono profesional, sin permitirse siquiera sonreír-. Ahora voy a aplicarte el gel conductor.
-¿Doctora?
-¿Sí, Brian?
-¿Puedo preguntarle algo? -dijo él, desviando momentáneamente la mirada hacia la pared. La extraespecie entendió de inmediato el fondo de su intervención y apenas pudo suprimir las ganas de reírse.
-Ya entiendo lo que quieres decir -mantuvo el tono cordial; algo así no justificaba enfadarse-. Te estás preguntando por qué voy a usar gel médico en vez de mi propia mucosa, ¿verdad?
Otra expresión de asentimiento en absoluto silencio. Por un momento la terapeuta se sintió incómoda. Sabía que era intimidante por fuera, pero lo menos que deseaba era poner a su paciente nervioso y acabar así con cualquier posibilidad de evaluarlo mejor.
-Me limitaré a decir -continuó Mazara- que esta barrera, al permitirme vivir en tierra firme por un lapso indeterminado de tiempo, también impide que electrocute por accidente a otros seres con los que entro en contacto. Aprovecharé de decirte, Brian, que la mayor parte se concentra en mi cola y cintura, dejando el resto para mi parte humana. En todo caso -sacó un trozo largo de toalla de papel del surtidor junto al muro-, puedo quitármela de las manos temporalmente y así hacer pasar la corriente por el gel hacia la zona lastimada.
-Gracias por la explicación -respondió Brian, mirándola por un lapso ínfimo antes de volver a cerrar los ojos y respirar hondo-. Debe pensar que soy un completo idiota por no saber estas cosas.
-En absoluto. Tus dudas son propias de todo quien nunca se ha sometido a esta clase de terapia -ella buscó tranquilizarlo-. Ahora necesito que te relajes -dijo Mazara, sus manos ya libres de la mucosa-. Vamos a hacer estas sesiones en dos tandas: 20 minutos de una corriente algo más intensa que bloqueará la transmisión de dolor a tu cerebro y el resto en baja intensidad. Así el alivio durará hasta nuestra próxima cita. ¿Te parece bien?
-Usted es la experta, doctora Mazara -el rubio siguió con los ojos cerrados y movió un poco sus dedos-. Me pongo en sus manos.
Concentrándose en el tobillo cubierto con gel, Mazara comenzó a contraer y liberar sus músculos en intervalos regulares tras tocar la zona, liberando pequeñas descargas eléctricas acompasadas con su propia respiración. Al principio, Brian quiso retorcerse debido a la súbita sensación de calor inundando su pie izquierdo, pero se contuvo y eventualmente logró dejar de pensar en la energía siendo transferida desde el cuerpo de la anguila al suyo. Junto a la chica monstruo, un cronómetro digital cuya precisión andaba en el rango de los relojes atómicos (dos segundos de error cada tres siglos) medía cada instante del tratamiento; otra consola mostraba los signos vitales del tratado, como su frecuencia cardiaca y la intensidad de la corriente pasando por el vecindario de los ligamentos cuya regeneración recién comenzaba.
-¿Te sientes bien? -inquirió ella tras el primer cuarto de hora pasado en absoluto silencio.
-Al principio molestaba un poco, pero ahora no tanto.
-Bien. ¿Podrías rotar tu pie izquierdo un par de centímetros hacia adentro? Necesito llegar a la zona exterior.
-Claro.
Y se acabó la conversación hasta el primer tercio. Mazara separó sus manos de la piel del muchacho, abrió los ojos y concedió a ambos un momentito para descansar. Quitó la mucosa restante de sus manos y luego limpió el tobillo antes de aplicar una ración fresca de gel.
-Sentí un hormigueo extraño -esbozó él-. Es como si me hubiesen aplicado hielo.
-Es normal luego de la primera estimulación -otra vez la terapeuta sacó a relucir su faceta más impersonal-. Te sentirás algo incómodo hasta que te acostumbres. Ahora vamos a trabajar con el ciclo bajo. ¿Has pasado antes por un salón de acupuntura en el continente, aunque fuese por pura curiosidad?
-No, doctora. ¿Por qué? -inquirió él, genuinamente sorprendido por la pregunta de Mazara.
-Porque lo sentirás como un millón de pequeñas agujas penetrando tu piel -contestó ella con algo de timbre-. No te preocupes; al igual que la primera parte, pasará rápido y luego no sentirás nada. Sólo cierra los ojos, relájate y piensa en cosas agradables. Es lo que digo a todos mis pacientes, incluso a quienes llevan años tratándose conmigo.
-¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
La última intervención de Brian fue arrastrada por el suave toque del aire acondicionado y la indiferencia. "Se ve que mantiene su vida personal totalmente separada de la profesional", razonó el humano. "Creo que pequé de optimista al pensar que me contestaría. También puede ser que no fuera lo suficientemente específico en mi interrogante".
Los primeros toques de la corriente de bajo voltaje tocaron la puerta, haciéndole apretar levemente los dientes. Tal como la doctora dijera, la sensación de calor sobre su tobillo parecía amplificada por la presión simultánea de millones de microscópicas puntas que, cual cama de fakir, buscaban recostar sobre ellas el peso de su cuerpo entero. En este caso, claro, el principio operaba en reversa, haciendo más palpables las quejas y la hinchazón en vez de neutralizarlas. Volvió a verse bajo el cielo estrellado de Boston mientras era llevado en camilla al vestuario bajo la mirada de preocupación de los asistentes y el preparador físico de los Medias Rojas. El recuerdo, cuando entraron al túnel, se difuminó al punto de hacerse irreconocible, quedando finalmente silenciado cuando las descargas de Mazara bajaron en intensidad, sumergiendo su pie en una confortable anestesia. Tal vez tardara un poco más en hacer efecto, pero el alivio se esparcía como la luz solar al amanecer, arrastrando temporalmente los mágicos toques de la luna al olvido temporal del verano en el hemisferio norte.
-Rota tu pie hacia afuera un par de centímetros, por favor -vino la orden mecánica de la boca de la especialista.
-¿Así está bien?
-Perfecto. Ahora relájate y sigue con lo tuyo.
-Claro, doctora.
Mazara miró el monitor y se permitió una sonrisa física al ver que el pulso, la respiración y la presión sanguínea de su paciente seguían estables. "Has empezado de la mejor forma, chico", pensó, dándole otro punto en su aún desconocida escala de apreciación. "La mayoría de la gente se pasa un montón de películas con la electroterapia y demora mucho más en calmarse". Examinó su rostro por un momento, notando una evidente veta compuesta por tres ingredientes clave: concentración, calma y resignación a partes prácticamente iguales. La suave cadencia de su respiración, otorgándole un aire de placidez que capturó de inmediato la atención de la liminal, constituía la única muestra separándolo, a ojos de un observador poco detallista, de un muerto embalsamado o de un paciente comatoso. En algo de tan poca importancia, ella creyó percibir los asomos de algo más que le agradó en extremo.
"Disciplina", se dijo mentalmente la anguila de escamas azul petróleo. "Autocontrol. Qué escasas son esas virtudes en nuestro loco mundo". El cutis medianamente bronceado se adornó con una expresión de aprobación sincera, su estima por Brian creciendo poco a poco, a cada pinchazo de esas agujas imaginarias con las que había descrito su corriente más tenue.
La restante media hora pasó casi sin hacerse notar. El cronómetro había pasado apenas de los diez minutos en marcha atrás cuando ella lo detuvo.
-Por hoy es suficiente, Brian.
-¿Eh? ¿Ya se acabó? -preguntó el muchacho de ojos grises, abriendo los ojos como si hubiese dormido una pequeña siesta y estirando los brazos con ganas.
-Mi estimación inicial se pasó de la raya -retrucó la anguila mientras le quitaba el gel conductor con más toallas de papel-. Además, tus reacciones iniciales fueron mejores de lo previsto. Podrás ponerte la bota una vez que termine de limpiarte. ¿Sientes en tu tobillo un hormigueo similar al de los calambres?
-Sí, ahora empiezo a sentirlo.
-Durará cinco a diez minutos -ella lo miró con satisfacción pero negándole, una vez más, la sonrisa-. Para cuando salgas de aquí, habrá pasado. ¿Cómo lo llevas con tus actividades normales?
-Descontando el hecho de caminar más lento, doctora, no hay gran diferencia -respondió Brian con franqueza tras incorporarse y escuchar el eco plástico de su pie izquierdo-, aunque sí me he vuelto algo más receloso cuando me muevo, vigilando cada paso que doy desde mi caída tonta de la semana pasada. Cuando se trata de ir al baño o la cocina, me agarro de donde puedo y de ahí sigo.
-Haces bien -Mazara registró en su computador los datos de la primera sesión-. Por increíble que suene, el 80% del éxito de un tratamiento depende de lo que el paciente haga fuera de estas paredes -extendió un poco los brazos y abarcó toda la oficina-. Hemos terminado, muchacho. Te veré este jueves a la misma hora.
-Gracias por su tiempo, doctora -el chico le hizo una reverencia, único gesto disponible ante la imposibilidad de estrecharle la mano o besarla en la mejilla-. Estaré aquí puntualmente.
No había hecho más que comenzar a caminar hacia la puerta de la oficina cuando la anguila levantó nuevamente la voz.
-¿Brian?
El hijo de la chef Stella se volteó de inmediato, mirándola con una mezcla de respeto y curiosidad.
-¿Sí, doctora?
-Cuídate. Sólo cuídate -replicó ella, su voz teñida de empatía.
Logro desbloqueado
50G - Alto voltaje, bajo voltaje
Asintiendo de forma tan cortés como el gesto anterior, el muchacho desapareció por el pasillo hacia la salida, saludando a cuanto enfermero y auxiliar (ya fuese humano o liminal) se cruzó en su camino antes de llegar a la cafetería donde lo esperaba una inquisitiva Canatella, trabajando con gusto en un suculento emparedado de huevos revueltos con tocino y jamón, especialidad del King Edward desde tiempos inmemoriales. "¿Qué tal te fue? ¿Dolió mucho? ¿Es la doctora Mazara tan intimidante como dicen? Me han contado algunas cosas de ella… ¿Puedes caminar bien? ¿Prefieres la ruta escénica o la más directa? No importa cuál elijas; no te voy a cobrar de más". En preguntas de ese estilo se fue el breve periplo hasta el Peugeot 406, que partió desde el estacionamiento con la radio satelital apagada para no interrumpir la frenética ronda de cuestionamientos y respuestas.
Mientras tanto, en la quietud de su consulta, la sobria terapeuta aplicó los cambios respectivos y sincronizó el fichero con la base de datos del hospital, no sin antes imprimir una copia cuyo destino fue una carpeta de la papelería estándar. Tras guardarla en el segundo cajón de su escritorio, suspiró con alegría y sonrió de oreja a oreja. Bebió un poco del agua mineral con toques de limón que tenía junto a su lámpara de lectura, se puso de pie y luego revisó la lista de pacientes que le quedaba por atender esa tarde.
-Nada muy complicado -murmuró, haciendo un par de marcas en la agenda de su escritorio con un bolígrafo rojo-. O al menos nada que me impida intentar desarmar el interesante puzzle que tengo ante mí.
Volvió a abrir el segundo cajón y tocó levemente el cartón delgado con solapa, teñido de blanco, celeste y azul. Sus ojos castaños brillaron con una innegable anticipación.
"Ya estoy deseando que llegue la tarde del jueves".
-22/P-
Las dos primeras semanas de tratamiento pasaron prácticamente volando para el oriundo de St. George. Sus tres sesiones de partida con Mazara no atravesaron la barrera de la charla protocolar y las órdenes que daba la anguila de cuando en cuando. Sin poder hablar, se dedicaba a cerrar los ojos y pensar en esa calma que, aunque forzada, parecía amoldarse poco a poco a su corazón. Trazó un paralelo inmediato entre su comportamiento actual y el que exhibía estando en el diamante, donde si ponchaba a un rival para acabar la entrada lanzaba un fist pump de manual y se ganaba más de una mirada de desprecio de la otra banca por violar las llamadas "reglas no escritas". Cuando inducía una doble matanza, especialmente las que partían por él tras un chopper, tapper o comebacker directo al montículo, saltaba de alegría al completarla y/o le estrechaba con ganas la mano a sus compañeros mientras volvía a sentarse en la banca. Estar allí mientras los demás tomaban sus turnos al bate era una sensación extraña, casi lejana desde que se parara en la caja por última vez en sus días de preparatoria. Como los circuitos universitarios y las divisiones menores de los clubes de la Liga Americana usaban la regla del bateador designado, no tuvo más opción que concentrarse exclusivamente en lanzar; sólo insinuar algo así en el cricket de su infancia, donde nadie se salvaba de coger el cuero, era un sacrilegio digno de excomunión. Esos exabruptos suyos, por los cuales ganó algo de fama siendo más joven, simplemente constituían un modo de botar adrenalina y nivelar sus propias energías internas.
Ya sin el uniforme, la cosa cambiaba radicalmente. Encerrado en sí mismo, pasaba noches enteras sentado en el patio trasero de Chatham Circle, acompañado por brebajes calientes o una sencilla agua mineral mientras leía o miraba las estrellas que el cielo de Massachussetts libraba, en raras muestras de generosidad, del toque de queda lumínico. Las únicas instancias en que abandonaba la quietud hogareña eran cuando su tía Amanda, a quien consideraba una segunda madre luego de todos los sacrificios que hizo para tenerlo en su casa tanto tiempo, lo invitaba a cenar fuera o ver una película; en contadas ocasiones iban a los festivales de verano o una exhibición de publicidad donde la agencia tenía participación. Los viajes a otras ciudades dejaban al rubio cara a cara con su soledad, apenas combatible mediante mensajes de voz o texto transmitidos por WhatsApp. Adoraba Boston tanto como Bermuda y detestaba estar demasiado lejos de ambos sitios, pero la vida del deportista profesional exigía sacrificios notables. Si deseaba cumplir su sueño, aprendería a vivir de ellos y ganar con ellos. ¿Qué otra opción tenía?
Para la semana del 17 de junio no se sentía tan incómodo en presencia de la estricta liminal, quien le lanzaba en contadas ocasiones preguntas alusivas a su estado de salud. "¿Cuántas horas duermes en promedio cada noche? ¿Controlas tu colesterol con regularidad? ¿Aparte de nadar, haces algún otro tipo de actividad física?" Eran interrogantes escuetas con respuestas aún más escuetas, si cabe, pero al menos el espectro de la socialización se movía en la dirección correcta. Con excepción del lunes, llovió casi todas las tardes y la naturaleza respiraba con ganas bajo esas benditas lágrimas, cuya buena parte iría a parar a los tanques de agua sobre cada propiedad erigida en las islas. Canatella, tan servicial que era, llegó al punto de guardar un paraguas extra en la guantera y prestárselo cuando posaba los pies en el asfalto empapado, las gotas repiqueteando con el objetivo de crear ecos tan únicos como breves.
-No te vayas a resfriar, ¿eh? -le dijo en una ocasión con un nada disimulado toque de instinto maternal.
-Ni que estuviera loco -contestó él-. Lo que menos deseo es pasar dos semanas en cama con gripe.
-Y lo que menos deseo yo -apuntó la Kobold, moviendo uno de sus dedos de lado a lado- es perder a mi mejor cliente. Te esperaré aquí, Brian. Como siempre.
-Gracias, amiga.
Esos pequeños diálogos iban tejiendo, punto a punto, una experiencia nueva en su vida. Cada mañana iba a la playa puntualmente para compartir con Lide, ya fuese mediante conversaciones, juegos, pequeñas bromas o, en momentos más serios, echando mano a todos los recursos que tenía para ayudarle a superar su problema de hablar en público. Además de hablar ante el espejo cada mañana y ejercitar su memoria con diversas variantes del discurso de bendición (total, nada podía ser más aburrido que repetir lo mismo cada vez), ella le contó que estaba buscando respuestas incluso en el lado más científico del asunto, indagando en las teorías del comportamiento social y cómo las emociones influían en los seres racionales. Brian quedó gratamente satisfecho ante dicha faceta de la sacerdotisa; pocas cosas le causaban mayor agrado que una mujer inteligente y resuelta a voltear hasta la última piedra en su camino.
-Si quieres -apuntó él mientras posaba sus lentes mentales en otra retrospectiva reciente- puedo prestarte una frase que me ayuda, o debería decir ayudaba mucho, al momento de lanzar.
-¿Una frase?
El talante de la chica monstruo era de curiosidad absoluta, escuchándolo cual alumna aplicada ante el profesor de su materia favorita. Conocía de sobra el poder de las palabras, especialmente las bien puestas.
-Clear the mechanism -continuó el beisbolista con tono didáctico-. Es una táctica de concentración. Te fijas en el objetivo -apuntó a un lugar cualquiera de la playa-, lo polarizas y todo lo demás queda mudo o derechamente desaparece, sólo para volver cuando la secuencia ha terminado.
-Clear the mechanism -repitió ella, internalizando todo-. Despeja y concéntrate. Ahora lo voy a intentar.
La extraespecie tomó aire, cerró los ojos y luego los abrió, mirando fijamente al chico de ojos grises. Todo a su alrededor se difuminó en un amasijo silencioso de azules, blancos, turquesas y amarillos, siendo la alta figura del humano el único punto nítido en su campo visual. Apenas él movió una mano hacia la izquierda, ella la atrapó con un latigazo de su muñeca derecha.
-¡Te tengo! -exclamó, casi dando un saltito en el agua-. ¡Funciona, Brian! -después se arrojó a sus brazos con alegría y ambos terminaron en el suave manto turquesa-. ¡Realmente funciona!
Por un momento ella no quiso soltarse, saboreando su victoria por todo lo alto. Que el calor corporal del chico generase una deliciosa sinfonía con el suyo al compás del agua tibia era meramente secundario. Se sentía viva, más viva que nunca, más capaz que nunca de destrozar esa enorme pared de roca separándola del éxito.
-¿Ves? -él le sonrió-. Basta apartar la basura y dejar sólo lo que importa. Esa es tu mejor arma, Lide. Úsala bien.
Logro desbloqueado
20G - El secreto está en las manos
Volvió al presente justo cuando ella le dio un enorme beso en la mejilla, sonrojándose ligeramente y sin hacer el más mínimo esfuerzo por ocultarlo. La muchacha peliazul era ciertamente única, parte crucial del esfuerzo conjunto por dar vuelta la página en ambos lados del tablero. Pero la doctora Mazara, a pesar de sus limitadas interacciones con él, también había logrado ganarse una casilla importante en el mapa de su conciencia. Usando sólo su experiencia médica y los materiales de la oficina donde reinaba sin contrapeso alguno, la adusta anguila consiguió convertir el concepto de terapia, largamente asociado a malas noticias y admisiones de impotencia, en algo agradable. Allí, acostado en la camilla blanca y con el tobillo cubierto de gel, podía esconderse temporalmente del mundo, desfragmentar sus propios archivos, saborear por cincuenta largos minutos el elusivo placer del descanso absoluto.
No fue hasta la octava sesión, el día 20 de aquel mes veraniego, que ella salió con algo totalmente inesperado. Afuera llovía parejo, pero con menos intensidad que en las jornadas anteriores.
-Cuéntame algo, Brian -dijo Mazara tras pasar de la corriente alta a la baja-. ¿De casualidad tienes relación alguna con la chef titular del Rosewood?
-Es mi madre -dijo él, intentando incorporarse para mirarla a los ojos-. ¿Por qué?
-Déjame ajustar el respaldo -ella lo inclinó hacia adelante unos treinta grados gracias a una palanca adosada al costado izquierdo del armazón-. ¿Así está mejor?
-Sí, doctora. ¿Me permite una pregunta?
-Adelante -la anguila secó sus manos y esparció un poco más el gel conductor antes de aplicar una nueva descarga.
-¿A qué viene ese repentino interés por mis parientes cercanos? -inquirió él con absoluto respeto-. Si mal no recuerdo, usted misma me dijo que me ahorrara la historia, cito textualmente, en siete tomos de fácil lectura.
-Sólo estaba probándote -retrucó la terapeuta, su cabello azul petróleo brillando bajo las luces fluorescentes-. Ya sabes que no soporto a los hipocondriacos y tampoco, si me permites decirlo, a los pacientes indisciplinados. Por eso es que decidí, hace algún tiempo, dejar de trabajar con niños; eran más problemas de los que mi temperamento podía tolerar.
-Oh…
-No te preocupes -Mazara hizo chocar su mirada con la de él mientras seguía pasándole corriente-. No es algo de lo que tengas culpa. Volviendo al tema de tu madre, leí un artículo sobre ella en la sección de crítica culinaria de The New York Times el año pasado y su apellido me quedó dando vueltas -ahora adoptó un tono agradable, casi increíble considerando su reputación inicial-. Sin duda tienes un aire muy parecido. ¿Hay algún otro hermano o hermana en tu vida?
-Soy hijo único, aunque sí tengo varios primos y primas en Somerset a los que considero, dentro de lo que cabe, hermanos.
-¿Has ido a verlos?
-Quizás lo haga más adelante, cuando mi tobillo esté en mejores condiciones -intercaló él, suspirando levemente-. Por el momento, sólo deseo cuidarme y disfrutar del clima de mi hogar.
-Me gusta tu actitud.
Brian quedó de una pieza al notar que la anguila, esa temperamental liminal a la que conociera en compañía del doctor Bentley, no sólo le estaba sonriendo, sino que también ¿expresándole admiración? El submariner quedó algo incómodo. ¿Acaso esta chica monstruo dejó salir al lado que empecinaba en ocultar?
-¿Ocurre algo?-preguntó ella.
-No, es sólo que… su reacción me tomó por sorpresa. Nada más.
-No seas tan modesto, Brian -ella rió en un tono cristalino, precioso, idéntico al de una cascada-. Los cumplidos hacen bien de vez en cuando. Y lo anterior es sincero: me gusta tu actitud -ella puso la mano derecha en su cintura; la izquierda seguía sobre el tobillo hinchado-. El mayor regalo que la medicina puede dar a una profesional como yo es un paciente disciplinado. Y ahora lo tengo ante mí -ahora parecía declamar-. No haces preguntas ridículas al punto de merecer la trituradora. No cuestionas tus tratamientos. No faltas a una sola sesión. No te expones innecesariamente. No trasnochas y duermes nueve horas entre un día y otro. ¿Eres de verdad? -inquirió, acercándose un metro más a él.
-Tan real como usted, doctora -se limitó a devolver la pelota con una jugada de manual.
-Si hubiesen pacientes como tú en cada consultorio, en cada clínica, en cada hospital de este ancho y loco mundo, la vida sería más vivible -sentenció la liminal eléctrica-. Lo he pensado mucho estos días y creo que te mereces… un premio.
-¿Un premio? -el rubio pasó automáticamente a modo defensivo-. Doctora, si va a…
-Tranquilo, chico -la mujer exquisitamente bronceada lo silenció con un movimiento de manos-. Estaba pensando en algo que nos permita alejarnos un poco de las paredes del hospital. Dado que tu madre trabaja en el restaurante del Rosewood, ¿qué te parecería si nos juntamos a cenar este domingo, a eso de las ocho?
-¿Cenar?
Ahora sí que él no entendía nada. ¿Estaba atrapado en una pesadilla o era presa de alucinaciones causadas por las pastillas recetadas? Lo que menos deseaba era dar señales de hipocondría.
-¡Claro! Ya sabes, sentarse a la mesa, comer algo fuera de la rutina en un ambiente agradable…
-El concepto lo tengo bien claro, doctora -Lennox aguzó su suspicacia-, pero, si no la conociera mejor, diría que está interesada en otras cosas, cosas impreguntables en el contexto de una sesión de electroterapia. ¿Estoy en lo correcto o no?
-Quizás. Quizás no -ella apartó la mirada, ligeramente sobrepasada por el rubor-. De cualquier modo, existen pocas formas mejores de acabar una semana que mirando el mar en compañía de deliciosos platillos y música en vivo.
-Veo que conoce bien la reputación de The Point. Sin embargo, la banda local sólo actúa de lunes a sábado.
-¡Anda…! -exclamó ella, casi sin poder contener las ganas de reír-. ¿Otra vez me vas a dar un cuarto de punto?
-¿Para qué? No me gusta restregar las equivocaciones ajenas -él la miró con una pincelada cómplice-. Un punto sería demasiado, pero tres cuartos valen por esta vez.
La anguila le devolvió el gesto con una peculiar muestra de coquetería antes de volver a liberar ese millón de diminutas agujas sobre el tobillo del muchacho, quien se reclinó apenas sintió las puntas calentándole la piel. Suspiró y luego llenó sus pulmones con el aire acondicionado antes de tomar la palabra; el aparato seguía ronroneando suavemente en su rincón del techo.
-Me merezco un cero por partida doble, ¿sabes? -esbozó con total arrojo-. Siento, al mismo tiempo, que te debo una disculpa -otra vez sus ojos chocaron-. Fui muy descortés la primera vez que te vi. Me dejé llevar demasiado por mi propio estrés y los problemas del trabajo…
-No es necesario que se disculpe -ahora Brian la dejó con las palabras en la punta de la lengua con otro movimiento de manos igualmente sutil-. Todos tenemos días malos. Cierto es que yo no puedo juzgarla en mi actual situación, pero…
-No, está bien -Mazara posó su vista en la pantalla; sólo quedaban cinco minutos para que él se fuera-. A veces yo misma no dimensiono lo agresiva que puedo ser. Te reitero mis disculpas por eso y también por las seis primeras sesiones, en las que no hicimos más que un patético remedo de charla.
-¿Por eso sacó a colación lo de asistir al Rosewood?
-Exactamente -la extraespecie movía sus manos en círculos sobre la zona dañada-. A propósito, ¿cómo era que se llamaba esa película donde dos tipos se pasaban un par de horas comiendo y charlando en un café de Nueva York?
-Mi Cena con André -retrucó el muchacho-. Creo que la vi estando en el continente a principios de año. No la entendí mucho, a decir verdad. Los intrincados caminos del teatro experimental nunca han sido mi fuerte.
-Ni el mío; también la vi hace un tiempo, pero cuando me la prestó una amiga para pasar una tarde de sábado presa del resfrío -otro choque de ojos-. Y sí, las anguilas nos resfriamos -enfatizó con seriedad-. Velo de esta forma, Brian: tal vez lo que ambos necesitamos es comer y charlar durante un par de horas. Yo invito, ¿eh?
-Mejor paguemos a medias -razonó él, intentando apagar el incendio antes de que ocurriera-. Total, como André y Wally, sólo somos dos conocidos.
-Hecho. ¿El domingo a las ocho, entonces?
-Si le parece bien, doctora Mazara…
-¿A ti sí?
Cinco segundos de pausa, de nada más que el aire flotando entre ellos.
-Sí.
El cronómetro llegó a cero y posteriormente siguió el ritual de quitar el gel con las toallas, calzar nuevamente la bota y arrojar los desperdicios al papelero. Mazara pasó las notas al sistema y luego las copió a lápiz en su su carpeta especial sin que su paciente se diera cuenta de nada. Cerró el cajón con absoluto sigilo antes de ordenar su escritorio y volverlo a mirar.
-Hasta el jueves. Y cuídate, ¿vale?
-Usted también.
La puerta volvió a separarlos. El eco de la bota ortopédica contra el piso rebotaba de forma incómoda en las almohadas de vacío llenando cada rincón del blanco pasillo. Dio la vuelta dos veces antes de pasar por el Box donde lo habían ingresado el día de su caída. Justo antes de salir hacia la zona principal, se topó nuevamente con la linda Houri, quien ahora tenía un semblante más tranquilo en el rostro y caminaba en dirección opuesta. Le abrió la puerta con caballerosidad y la dejó pasar, recibiendo una sonrisa divina como recompensa. Su ánimo comenzó a girar hacia lo positivo mientras seguía poniendo metros en el retrovisor en su búsqueda del taxi.
"Cierto es que sólo he salido a cenar con la familia, pero supongo que cambiar el escenario un poco tampoco está tan mal", se dijo al tiempo que saludaba a la astuta conductora Kobold y la acompañaba al cómodo vehículo que lo llevaría a casa. "Total, sólo somos conocidos y nada más".
La lluvia se había marchado hasta nuevo aviso y en el cielo la naturaleza, esa insigne artista de infinita creatividad, regalaba un arcoiris a los habitantes de Bermuda. La noche, con humedad y todo, aún podría salvarse.
Una hora y media después, en la comodidad del Hotel Rosewood…
-¿Buscas a la signora Stella, Brian?
El beisbolista se dio vuelta para mirar de frente a quien lo había encarado. Era Ciro Sabbatani, uno de los pinches de cocina bajo comando de su madre. De casi la misma estatura que el primogénito, tenía la cabellera color canela oscuro, ojos negros, barba rala y la típica mirada picaresca asociada a los italianos. Nacido en Trieste allá por los setenta, pasó por Bermuda en 1995 como parte de la tripulación del Caribbean Princess… y se quedó. En sus propias palabras, "ni de coña volvería a Europa; el frío mediterráneo me convertiría en un viejo cascarrabias". Hablaba fluidamente cinco idiomas, aunque el inglés seguía teniendo el típico acento de la bota.
-Ah, Ciro. Me pillaste con las manos en la masa -dijo el muchacho, su mano apoyada en la puerta metálica dando a la cocina-. ¿Anda mi madre por estos lados?
-Hace como una hora y media que salió -replicó el aludido-. Todavía no vuelve. ¿Probaste en su despacho?
-Pensaba ir para allá, aunque sabes bien…
-Que no te gusta molestarla, bambino. Si no lo supiera, no llevaría tantos años en este hotel -el pinche se apoyó en el dintel, simétricamente dividido entre el metal y la madera de las paredes-. ¿Sabes?
-¿Qué, viejo perro?
-Anda, estás motivado. ¿Te ocurrió algo bueno hoy?
-Puede decirse que sí. No entraré en detalles; es algo privado.
-Bien que haces, chico. Me gustaría estar en tu situación ahora mismo -suspiró el otrora europeo-; tenemos la noche oriental hoy y aún no puedo entender cómo hay que moler los huesos del pato pekinés para la sopa.
-¿De verdad los encalilló con comida china? -Brian no podía creer que Stella fuese capaz de semejante acto de "crueldad".
-Y no es porque venga una delegación de ese país a cenar aquí, aunque en comparación a esos rusos ridículos sería una mejora sustancial -otro suspiro-. Simplemente fue una sugerencia del pez gordo; dijo que necesitábamos "variar un poco más nuestros menús".
-Incoherencias de la profesión -corroboró el lanzador.
Con un gesto se despidió del triestino y salió del comedor. Myron Heathcott, dueño del Rosewood, era ciertamente un millonario tan visionario como excéntrico. Heredó el hotel de su padre y lo había manejado durante casi tres décadas con la misma mano, abierta a la innovación y a la tradición por igual. Suyas habían sido las ideas de abrir puestos de trabajo a liminales y adaptar las experiencias y servicios a fin de que sirviesen tanto para humanos como para extraespecies. No era anfitrión, pero ciertamente apreciaba a quienes se arriesgaban a emprender la hermosa, complicada y emocionante aventura de la integración.
Saludó a la siempre atenta Trisha con una inclinación de cabeza, pasando por la puerta batiente llevando al área administrativa. Tocó tres veces en el segundo panel del lado derecho, sus golpes suaves acariciando el ébano pulido bajo la etiqueta con el nombre de su madre.
-Adelante -dijo una voz medio ahogada por el grueso de la barrera.
Entró con sumo cuidado en la estancia decorada de forma clásica, con los mismos paneles de madera del comedor, un escritorio amplio que dejaba más o menos un metro por lado para pasar, la clásica alfombra gruesa traída de Oriente Medio (teñida con pigmentos naturales) y dos sillas cómodas a disposición de los visitantes. Por detrás, dos ventanas de metro y medio por cincuenta centímetros dejaban entrar la escasa luz natural que quedaba ahí fuera.
-¿Te cierro las persianas, mamá?
-¡Ah, hijo! -Stella se puso de pie de inmediato y le dio un gran beso en la mejilla-. Debería haberlo hecho yo misma, pero he estado ocupada todo este rato con el papeleo. Ya sabes cómo son estas cosas.
"Tan o más tediosas que el pato pekinés, diría yo", pensó el chico, manipulando hábilmente los cordones y poniendo una barrera de metal blanco delgado entre ambos y el curioso exterior.
-Hecho.
-Gracias, querido -Stella volvió a sentarse y bostezó de forma muy elegante-. Ha sido un largo día y estoy exhausta. ¿Qué te trae por estos rumbos?
-Necesito pedirte consejo sobre un tema… sensible.
La chef dejó caer de inmediato su bolígrafo sobre los papeles, apartando posteriormente todo el conjunto con una sencilla pasada de mano. Ahora tenía toda su atención disponible para Brian, quien parecía no saber por dónde comenzar.
-¿Y bien? -preguntó la mujer rubia y aún hermosa-. ¿De qué se trata, mi niño?
-Este… Es algo complicado de abordar -pausa incómoda-. ¿Qué harías tú… si alguien con quien no llevas más que un par de semanas interactuando te propone salir a cenar?
La última parte de la pregunta salió tan rápido de la boca del chico de ojos grises que su contraparte casi no la entendió. Se permitió procesar todo durante medio minuto, en el cual no hizo más que tamborilear sus dedos contra la suave cubierta de madera del escritorio. De repente y como si nada, sus ojos se abrieron como si alguien accionara un interruptor interno, iluminándose con el típico brillo de alegría desbordada.
-¡Tienes una cita! -exclamó Stella, alcanzando a su retoño y abrazándolo con ganas-. ¡Por fin, Brian! Ya era hora de que rompieras un poco tu burbuja -lo besó en la frente.
-Mamá, esto es embarazoso -el submariner trataba de recuperar, sin mucho éxito, su espacio personal.
-No, no lo es. Nadie nos está viendo ahora mismo -eventualmente lo soltó y le permitió respirar; parece que se había pasado un pelito en la efusividad del gesto-. Desde ya digo que no te preocupes; Adamina, Angela y Ashley no sabrán un ápice de esto y las mantendré lejos de ti de cualquier forma posible.
-Eso te lo agradezco -resopló él al tiempo que cogía una botella de agua de manos de su progenitora-. Sé que las intenciones de ese trío son buenas, pero hay momentos en que me gustaría -bebió- manejar esto por mi cuenta.
-Ya sabes que ellas te aprecian mucho, especialmente Adamina -le guiñó el ojo con complicidad-. Entonces ¿es una cita romántica?
El tono ilusionado de Stella no hizo mucho por aliviar la incomodidad del habitante de la lista de lesionados de 60 días.
-No, nada de romántica -se defendió él-. Sólo voy a juntarme a comer aquí este domingo con alguien. Ya sabes, charlar durante un par de horas sobre temas ligeros mientras disfrutamos de una comida de tres platos más el postre y el café. No es necesario que hagas una carta especial ni nada de eso, ¿eh?
-¡Me has matado, hijo! -retrucó la mujer de forma teatral, haciendo como si la hubieran apuñalado-. ¡Me has matado!
-Mamá, por favor…
Brian no dijo esto último en tono ofensivo. Nunca se enfadaría con su querida madre, de quien apreciaba enormemente sus esfuerzos por darle lo que necesitaba.
-No pasa nada, hijo -la chef volvió a su talante agradable luego de su miniaturizada catarsis-. Es sólo que deseo estrenar el nuevo menú sudamericano dentro de poco y quería una opinión experta. Ya sabes que no confío en esos críticos que creen sabérselas todas por libro. Nos habrán dado la estrella Michelin, pero igual tengo mi orgullo -hinchó levemente sus mejillas.
Por toda respuesta, el abridor diestro lanzó una carcajada que terminó siendo contagiosa. Arrastró consigo a Stella y ambos se desahogaron durante casi un minuto, terminando en los brazos del otro. Si no se cayeron de sus asientos fue de puro milagro.
-¿Te sientes mejor? -preguntaron al unísono. Para evitar más cacofonía innecesaria, se limitaron a asentir. Bebieron algo más de sus respectivas botellas de agua y continuaron la conversación.
-El asunto es que nunca antes, con excepción de la familia, he salido a cenar con una chica. Por eso necesito que me asesores, por ejemplo, en qué debería decir para no quedar como un completo idiota.
-Una chica, ¿eh? -Stella arqueó las cejas-. ¿Humana o extraespecie?
-¿Tiene eso algo de importancia?
-No. Sólo me gusta tener todas las piezas del puzzle antes de armarlo, cariño.
-Es una liminal -acotó Brian-. Una anguila, concretamente.
-¿Una anguila…? -algo pareció hacer click en la mente de la mujer-. ¿La doctora Mazara? ¿Tu terapeuta?
-La misma.
-¡Mira que eres pillín! -otro abrazo del oso volvió a dejarlo clamando por aire; por suerte fue más corto-. Se nota que no pierdes el tiempo, ¿eh? Por algo eres mi hijo. ¿Y qué tal? ¿Es bonita?
-Mamá, estás actuando igual que la Triple A -Brian le bajó los humos con la mayor educación que pudo sacar ahí mismo-. Partiré por dejar varias cosas en claro: esto es sólo una cena de conocidos. Ella quería invitarme al principio, pero eventualmente acordamos pagar la cuenta a partes iguales. Ni siquiera sé si tomaremos una mesa adentro o afuera.
-Habrá que ver cómo estará el clima para… ¿qué día?
-El domingo. Acordamos juntarnos a las ocho en punto en el comedor.
La mujer movió un poco su cabeza de lado a lado mientras pensaba en ese día. "Ahora mismo no tenemos muchas reservas, pero es apenas martes y no pocas cosas pueden cambiar", pausó momentáneamente para beber otro trago de agua. "Sumémosle a eso los huéspedes que están ahora mismo y tenemos más o menos un 90% del comedor ya tomado. Es bien sabido aquí en el Rosewood que las mesas más populares del restaurante son las cercanas a la terraza y las de la misma terraza; la vista a la bahía, incluso de noche, es incomparable".
-Entonces, eso nos deja…
-¿Perdón? -atajó el chico.
-Nada, cariño -ella sonrió con esa ternura típica de una madre querendona-. Sólo estaba considerando qué mesa sería mejor darte. Dado que no quieres nada especial, ¿te parece si dejo para ustedes una en las esquinas junto a las puertas?
-La tomo -respondió el beisbolista en el acto-. Esas pasan prácticamente desapercibidas cuando los accesos están abiertos de par en par.
-Bien, respecto al menú y los precios, la idea es evitar problemas, así que operaremos con ustedes como si fuesen cualquier otro cliente o huésped.
-¿Podrían darnos boletas separadas, si no es mucha molestia? Así evitamos los típicos problemas a la hora de pagar.
-Considéralo hecho. Adoptamos ese régimen oficialmente a principios de año -recordó la chef- y ha sido todo un éxito. Ya ni echamos de menos los dolores de cabeza por las discusiones, especialmente cuando la gente andaba sólo con efectivo o esos insufribles cheques.
-Eso lo recuerdo bien -mencionó Brian-. Solía pasar mucho con los clientes más ancianos, quienes "no confiaban en las tarjetas de crédito" y preferían todo en dinero contante y sonante. Hagamos un salud por los nuevos medios de pago -chocaron sus vasos y bebieron tras rellenarlos nuevamente.
-Justo y necesario -añadió Stella, más entusiasmada que nunca con tanta planificación-. Creo que estamos listos con la logística, hijo. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?
-En el diálogo.
La mujer entendió, como siempre en lo que concernía a la luz de su vida, al instante. Brian siempre había sido muy reservado cuando estaba en las islas, incluso con el resto de la familia, optando la totalidad del tiempo por mantener un perfil bajo y no dejarse ver. Cuando no estaba en el hotel o recorriendo los caminos para ir a los sitios de su interés, pasaba el tiempo restante con ella, acompañándola con un libro o una cena. A pesar de liberar todas esas emociones en la cancha (Stella había visto las tres salidas de su hijo ese año y todas sus actuaciones en anteriores pretemporadas), aún se sentía algo distanciado de esas actividades tan típicas de los deportistas profesionales: dar autógrafos, conversar con sus compañeros de lo humano y lo divino o arrojar pelotas a los fanáticos esperando expectantes en las gradas, ya fuese en Fort Myers, Lakeland, Jupiter (la ciudad del sur de Florida, no el planeta) o la misma Boston.
-Bueno, mi niño… -evidentemente le costaba un poquito comenzar a hilar su argumento-. El mejor consejo que puedo darte es simple: sé tu mismo.
-Ser yo mismo -apuntó el rubio en voz alta-. No puede ser tan complicado, ¿verdad? No soy ejemplo de la extroversión, pero de algo tendrá que valer. Gracias, mamá -le dio un beso en la mejilla-. Me has ayudado como no te imaginas. ¿Te parecen bien unos omelettes a la francesa para la cena de esta noche?
Logro desbloqueado
20G - Sabiduría materna
-Brian, me vas a malacostumbrar a tantos mimos -retrucó ella medio en broma, medio en serio-. Si te decides por eso, hay media botella de tinto chileno en la licorera.
-Gracias por el dato, mamá -otro beso en la mejilla-. Pensaba pasar al SulVerde para comprar un poco hasta que me lo dijiste.
-Hasta luego, corazón -ahora ella le devolvió el beso, pero esta vez en la frente-. Te veré apenas logre escaparme de aquí.
Stella se puso a trabajar frenéticamente en los formularios pendientes; terminarlos antes significaba marcar tarjeta antes e irse a casa con la perspectiva de uno de sus platillos favoritos del mundo mundial. El muchacho, por su lado, subió al carrito de golf con una sonrisa en los labios, la misma que había abortado por poco tras abandonar el hospital e irse conversando con Canatella sobre un popurrí de temas. Echó a andar colina abajo y dedicó una última mirada al sol reposando sobre el mar. Automáticamente pensó en Lide y su mente, a pesar de haber estado más dedicada a Mazara aquel martes 20 de junio, se iluminó.
-Puede decirse que hoy fue un día bien aprovechado.
Aceleró hasta las eternas y programadas 20 millas por hora, ansioso de llegar a casa para encargarse de la parte del plan maestro que sí podía controlar.
-23/C-
Miércoles 21. Lide se sentía incómoda. A su lado, Brian flotaba, como lo había hecho casi toda la mañana, mansamente y con la mirada perdida en algún punto del firmamento. A diferencia de sus reuniones anteriores, el chico no la había desafiado a una carrera ni preguntado por mayores detalles de su oficio, limitándose a seguirla mientras nadaba de un punto a otro de la playa.
"Esto no es normal", se dijo, acercándose a él para intentar leer sus emociones; lo único que obtuvo a cambio fue una respuesta comparable sólo a la estática de las antenas mal colocadas.
"A simple vista no hay nada raro, pero el problema pareciera esconderse apenas me doy la vuelta, sacándome la lengua cuando mis ojos no pueden encontrarlo".
Decir que estaba perpleja era poco. La incomodidad de la hermosa chica peliazul tenía dos ramas, extendiéndose como una intersección de tres vías desde el corazón de su conciencia. Por un lado se trazaba el camino del orgullo, del instinto natural por interpretar esas ondas tan sutiles y acceder, mediante ellas, a la bóveda donde se guardaban las semillas de la amistad, el cariño y la confianza para preparar el amor eterno e indivisible. Por el otro lindaba el mismo significado del chico de ojos grises para ella: un amigo, un confidente, una persona fantástica y receptiva, siempre dispuesta a escuchar sus descargos y maravillarla con relatos de sus propias andanzas. El humano llevaba en su vida menos de un mes, pero la etapa anterior a conocerlo parecía borrosa, lejana, incluso hostil al lente de sus recuerdos.
"¿Qué te pasa, Brian?", se preguntó con una leve cuota de congoja y posesión. "Vamos, dame una pista. Déjame ayudarte".
-La mesa del hotel…
Antes de que la agente de Poseidón pudiese indagar más sobre ese pensamiento en voz alta, su emisor se dejó caer por completo en el agua, sumergiéndose casi cinco segundos antes de salir a flote. El agua refulgía sobre él, confiriéndole una apariencia similar a la de esos photoshoots que modelos de alta gama hacían en el Caribe. Cruzó su mirada con la de ella y le sonrió tenuemente, casi a modo de disculpa. De ahí volvió a reinar el silencio hasta que Lide tomó la palabra.
-Brian, ¿te sientes bien?
-¿Eh…? -nuevamente el hijo único parecía distraído-. Me siento estupendamente, amiga; no estarlo con este día tan magnífico sería un insulto de la peor especie. ¿Pasa algo?
-No, es que… te noto bastante menos activo de lo usual -ella juntó sus índices, formando una expresión muy coqueta-. ¿Me contarías tus pensamientos a cambio de un centavo?
-Nunca te cobraría ni una fracción por ellos, Lide. Ahora ven aquí.
Nadaron casi cinco metros mar adentro, recostándose bastante más cerca del risco superior dando forma a la boca de Windsor Beach, cuyos afilados dientes parecían esperar una presa imaginaria para triturarla con fruición. La liminal pensó de inmediato en las traviesas chicas tiburón que rondaban en aguas más cálidas, haciéndose un banquete con los peces más pequeños y llevando a los humanos que confiaban en ellas al límite de la adrenalina. Sentándose en una roca plana donde el agua les llegaba a la cintura, Brian cargó sus pulmones de aire salado a todo lo que daban antes de arrojar la primera carta a la mesa.
-Partiré por decir, Lide, que lo siento si te he preocupado más de la cuenta con mi actitud el día de hoy -se sinceró-. Sé que esta mañana no ha sido como las otras y, mal que mal, a nadie le gusta cuando le cambian la rutina, especialmente si se trata de un par de limitados como nosotros.
-No te disculpes -ella se arrimó un poquito a él en busca de ese exquisito calor corporal-. Sólo dime quién ha arrojado esos hilos sobre tu mente y buscaremos una solución.
-Sólo espero que no corra sangre.
-Si no queda otro remedio, amigo mío, nos ensuciaremos las manos.
El submariner suspiró, lavándose la cara con algo de agua de mar antes de continuar. Observó la caprichosa forma de las nubes con dirección noreste, hacia Wade y St. George, tratando de hallar en ellas alguna pista para explicarse.
-Tal vez no correrá sangre por estas aguas benditas, pero sí telas y botones.
-¿Telas y… botones?
Ahora ella dejó caer sus cartas, absolutamente descolocada ante una respuesta salida de… de la nada misma. ¿Acaso la electroterapia estaba teniendo consecuencias negativas en el cerebro de su amigo? La chica de la falda como escudo pensó en Mazara y sintió un asomo de furia brotar en su corazón. Fue una suerte que Brian no notara que había apretado sus blancos puños, haciendo surgir un tenue color rojo cerca de los nudillos y casi hundiendo las bien limadas uñas en esas suaves palmas donde hacía reposar los libros que deleitaban sus frecuentes horas de estudio.
-Yo, este… Bueno -ahora trastabilló con la lengua-, yo… yo no sé qué decir.
-Perdón por no haber sido claro desde un principio -él inclinó la cabeza a modo de disculpa-. Lo que quise decir es que estaba pensando en pantalones de vestir.
-¿Pantalones de vestir?
Ahí estaba la chica monstruo de imperfecto registro, en medio del paraíso y conversando con su mejor amigo de ropa idónea para ir a una reunión de negocios o a una partida de skins. El cuadro completo era tan bizarro que parecía no encajar en absoluto con el espectacular ambiente a su alrededor, aderezado con el canto de las aves marinas y el susurro caprichoso de las olas que venían desde el sur a descansar en la arena húmeda.
-Dispénsame, Brian, pero sigo sin entender nada -susurró ella, tentada de tocarle la frente en busca de una hipotética fiebre-. ¿Qué problema tienes con los pantalones de vestir? ¿Te invitaron a jugar golf o algo así?
-Con esta pierna, amiga querida, ni pensar en acercarme a las calles. Tampoco es que vaya a ir al clubhouse a admirar las vistas o escuchar conversaciones involucrando sumas astronómicas de dinero. El asunto es que tengo un compromiso dentro de poco y, por increíble que parezca, elegir una tenida apropiada termina convirtiéndose en un ejercicio más complicado que una ecuación de tercer grado.
-¿De casualidad tienes que ir al Rosewood ese día?
-¿Cómo lo sabes? -inquirió él, abriendo ampliamente sus ojos-. No recuerdo haberlo mencionado.
La peliazul comenzó a trazar poco a poco una idea más o menos clara en su cabeza. Era evidente que su interlocutor, al estar tan inmerso en los caminos de sus propios pensamientos, ni siquiera se había dado cuenta del murmullo lanzado antes de ser catapultado de vuelta a la normalidad tras esa tenue sonrisa salpicada de rebeldes gotas. "Conociendo a Brian como lo conozco, sólo un asunto de extraordinaria importancia podría hacerlo desconectarse de esta forma del mundo que lo rodea". Pensó por un momento en esa dualidad mencionada por el atleta durante una de sus primeras mañanas compartidas, surgida naturalmente del sentido del deber y la imposibilidad de cumplir con las metas originalmente propuestas. "Quizás sea un asunto muy personal lo que le espera, algo relacionado con su madre o con otros elementos de su familia". Aún conectada a él por el puente extendido entre sus hombros, pensó que podía darle una mano sin necesariamente horadar las zonas más… sensibles del asunto.
-Intuición femenina -retrucó ella, guiñándole un ojo y sacando levemente la lengua-. Créeme, Brian; estas cosas vienen solas cuando eres una sacerdotisa.
-No lo dudo ni por un momento, Lide -se movió un poco antes de volver a estar cómodo-. Pues sí, debo estar el domingo a las ocho en el hotel para un asunto importante y, al modo del viejo adagio, las cosas entran por la vista.
-Como te ven, te tratan -corroboró la chica monstruo-. Evitar desentonar es una reacción natural, absolutamente entendible en cualquier sociedad de humanos y/o liminales. Por ejemplo, cuando recibimos a dignatarias de otras colonias o asistimos a ceremonias solemnes, se nos exige preparar nuestras mejores galas, desde el tocado hasta los brazaletes -movió su mano derecha siguiendo un patrón envolvente-. Un solo prendedor fuera de lugar es casi motivo de escarnio. Sonará casi cómico viniendo de una especie como la mía, donde los bikinis y las chaquetas de tela son la piedra angular del armario, pero ya ves. Lo importante, más allá de las apariencias, es sentir agrado con la ropa que llevas.
-Eso no sonó nada cómico -dijo el ojigris- sino todo lo contrario. Fue profundo y a la vez práctico. Tendré que dar vueltas mi guardarropa completo, pero ya encontraré algo -choque de ojos-. ¿Ves cómo se te da muy bien esto de los consejos?
-Espera un minuto, Brian -ella atajó apenas pudo; sus ojos rojos brillaban de curiosidad-. ¿Hiciste esto a propósito para probarme?
-Para nada, Lide -contestó el lanzador-. Sólo necesitaba la experiencia de una buena amiga, pero eso no quita en absoluto que pueda recurrir a ti en busca de una segunda opinión, especialmente en algo como la moda.
-Ah, bueno… Si es así, no tengo ningún problema en ayudarte… con hasta la última cosa que necesites -otra vez sintió sus mejillas dominadas por un tenue y exquisito rubor-. Después de todo, has hecho lo mismo por mí todo este tiempo y lo aprecio.
Los brazos de la sacerdotisa rodearon como pudieron el torso del humano, transmitiéndole la calma tan largamente esperada. El sol estaba ya cerca de la una y la hora del almuerzo, ese momento tan largamente apreciado por ambos, llegaría dentro de poco. Agradecieron su suerte al notar que los muchachos metiches de la otra vez no andaban por ningún lado; lo que menos deseaban era romper este pequeño instante donde, congelado el tiempo, podían ser ellos mismos.
Un par de horas después, tras regodearse con corazones de alcachofa a la vinagreta más la consabida mayonesa casera y agua mineral con toques de limón para bañar la garganta, Lide emergió en la cocina de su modesta vivienda. Sus despedidas mediante beso en la mejilla se habían convertido en un sano hábito que llenaba de ánimo el corazón de ambos de cara al tramo final del día. Tras salpicar un poco y cogerse de las abrazaderas adosadas a las paredes de piedra gris, encontró un mensaje de Maranthea, su madre, pegado a la puerta gris de la nevera.
Hija:
Me pasé por casa a eso de la una para dejarte esta nota. Hoy no me esperes a cenar: la señora Lazalie nos mandó llamar a una reunión urgente hace un rato y, por lo que he podido oír, es poco probable que nos desocupemos antes de las diez de la noche. En las alacenas hay suficientes ingredientes para el té de la tarde y lo que desees preparar antes de darte tu baño y acostarte a dormir en compañía de tus libros.
Con todo el amor del mundo,
Mamá
P.D. #1: Cierra la puerta con toda confianza; tengo mis llaves y puedo abrir sin tocar el timbre.
P.D. #2: ¿Cómo vas con tu empresa personal? Ojalá mañana al desayuno puedas contarme algo. Admito que estoy muerta de curiosidad.
-¿Cómo no podría quererte, mamá? -suspiró la peliazul-. Haces tantas cosas por mí y ni siquiera puedo compensarte… O tal vez sí podría -se sirvió un vaso de jugo de naranja de una botella herméticamente sellada-. Sí, supongo que darle pinceladas de mi amistad con Brian no hará daño. Es un buen chico, así que le caerá bien.
Sentada en la mesa tallada, bebió con calma, acompasando su respiración a la exquisita humedad de ese entorno tan quieto, ubicado en el rincón más oculto de la colonia submarina cercana al anillo de los naufragios. La última oración salida de sus finos labios la hizo volver a esa mañana que, pese a terminar bien, comenzó de una forma tan anormal. Era obvio que algo más que una cita importante donde debía verse bien complicaba a Brian Lennox-Whitmore, pero consideró que actuó de forma prudente al seguirle la corriente con sus referencias al vestuario.
-Sólo somos amigos -esbozó-. Nada más que amigos, pero aún así…
Apretó el vaso de cristal de Murano sin llegar a romperlo, sintiendo cómo se deslizaba y gritaba en silencio ante la presión de los finos dedos. Bebió el resto del contenido de un trago y, por una fracción de segundo, el gusto cítrico y las celdillas arrastraron sus pensamientos hacia los enrevesados pasajes del esófago y el estómago.
-¿A quién quiero engañar? -suspiró, hundiendo la cabeza entre sus brazos; nadie le contestó-. Esa preocupación no es normal y su actitud de esta mañana sólo puede describirse como un mecanismo de defensa -pasó ahora a hablar cual detective exponiendo su teoría-. Brian es notoriamente introvertido y ese compromiso no le agrada, pero ya es demasiado tarde para dar pie atrás. Una cosa es segura: carece absolutamente de relación con el béisbol. Él mismo me dijo que había vuelto a Bermuda buscando olvidarse de ese mundo hasta recuperarse completamente de su lesión.
Sacó la botella de jugo del refrigerador y también un plato con trozos de piña fresca. Rellenando el vaso y probando la fibrosa fruta, siguió tirando líneas en voz alta al compás de la mezcla de sabores tropicales.
-Tal vez esté haciendo el sacrificio por alguien más, como la señora Stella o algún otro familiar. Ahí está, como una mancha indeleble en el cristal de la vida, ese sentido del deber que me define también a mí -acotó-. Yo, sin ir más lejos, por mi madre iría nadando hasta la punta norte de Groenlandia y volvería.
"Supongo que esos son los avatares definiendo a seres limitados, como él y yo", cogitó. "Y ahora que he llegado a este punto del camino, parece que estoy a punto de descubrir algo más".
Se vio a sí misma en una partida de Gin Rummy, necesitando una pieza específica para dejar su mano sin sobrantes y golpear la mesa. El pozo de descarte, hasta ese minuto, había privado a Lide de su generosidad, mientras que su oponente sin rostro tampoco daba una mísera pista con las cartas arrojadas ahí turno por turno. ¿Qué podría estar reuniendo bajo la intrincada barrera de los reversos en tonos azul marino?
Tomó el plástico descansando en la parte superior de la pila y, sin el más mínimo asomo que pudiese delatarla, movió el testigo a su mano. Ante ella, personificando al rey de corazones, estaba el mismísimo bermudeño. En ese momento sintió algo aún más raro: dicho soberano de cabellera rubia y ojos grises la miraba y le dedicaba una tenue sonrisa, llegando al punto de hacerle un guiño y mover ese fulgurante par de obsidianas hacia la derecha (al menos desde su propia perspectiva).
"Veamos…", razonó. "¿Aquí está bien?"
Brian asintió, fijando su vista en la reina ubicada a su lado. La sacerdotisa quedó de una pieza al ver que la figura vestida con ese intrincado atuendo era… ¡ella misma! En vez del tocado y la chaqueta llevaba la típica corona y el vestido en tonos rojos, azules y negros con vivos dorados, perfectamente adaptado a su figura y entregándole un aire por el que la misma Lazalie habría matado. Ambos eran parte, ahora que lo notaba mejor, de una escalera clásica: 8-9-10-J-Q-K. El resto del arsenal pasaba por un trío de ases y la última carta, el sobrante que ahora no podría impedirle la victoria, era Mazara, en su papel de la reina de picas y con expresión condescendiente (al menos así se la había imaginado cuando su compañero de andanzas la describiera).
Knock-knock-knock.
Tocó madera con decisión y colocó a la intrusa entre sus dedos índice y medio. Con un rápido movimiento de la muñeca derecha, se deshizo de esos diez molestos puntos de deadwood y luego puso sus combinaciones a vista del rival.
-¡Gin! -exclamó, sintiendo cómo esos 25 puntos de base la impulsaban hacia el paraíso, dejando atrás la mesa con borde de caoba e inmaculada cobertura de fieltro verde. La jugada no pudo caer en mejor momento: el adversario anónimo sólo contaba con un mísero as de tréboles en su canastilla de las sobras.
Logro desbloqueado
40G - Victoria con lo justo
Abrió nuevamente los ojos. Ante ella, inmersos en la plácida atmósfera de la cocina, sólo estaban la botella y el vaso vacíos, así como el plato con un único trozo de piña esperando su destino final. Tras devorarlo, comprendió al instante el mensaje oculto en dicha visión. Reyes y reinas. Amistad. Unión. Victoria. Cálculo, método y estrategia.
Eternidad… Deliciosa eternidad al lado del humano más noble que alguna vez había conocido.
"Brian, te quiero", susurró para sus adentros la peliazul mientras las fibras rojas comenzaban a asentarse en su corazón, desalojando sin apelación a la incomodidad y la inseguridad de las horas previas. "Te quiero mucho, mucho más allá de lo calificable para un amigo". Inundó sus pulmones de aire salado y puso la bandera en la punta de la torre.
-Te amo -susurró, presa total del rubor.
Llevó ambas manos a su pecho, permitiendo a esa deliciosa sensación propagarse hasta la misma punta de sus largos cabellos.
-Así como te has convertido en mi rey -continuó-, yo haré todo lo que esté en mi mano para ser tu reina.
Lavó y dejó secando los implementos que había usado. Volvió a la intimidad de su habitación, el mullido colchón de agua dándole la bienvenida apenas se tendió. Sonrió nuevamente. Ya sabía cuál era el primer paso.
Nota del Autor: Y ahora, algo completamente diferente...
El día se había pasado volando gracias al calor y la escritura, pero recompensó todo el esfuerzo con una noche fresca, ideal para sentarse junto a la piscina y disfrutar la brisa. El relajo fue bien ganado considerando los muchos contrastes traídos a colación por este capítulo. En la primera moneda tenemos a Amanda y Stella, hermanas unidas por la dedicación a sus carreras y el inmenso cariño que sienten por Brian. La publicista, sin embargo, actúa de forma mucho más agresiva y recelosa, cual leona deseosa de proteger sus dominios de malas influencias. Esa parada de carros a John Crawford fue ejecutada con precisión quirúrgica y expuso, al mismo tiempo, su mayor vulnerabilidad. Sabrán, mis queridos lectores, que la compañía es y será una necesidad básica de los seres vivos. La chef sigue por sus fueros, más optimistas y alegres ahora que el beisbolista dará un paso importante hacia los límites no explorados (al menos para él) en las relaciones sociales. ¿Recuerdan cuando les dije que nada se comparaba al amor de una madre? Y ya que hablamos de nuestro protagonista, la teoría de las máscaras surge en gloria y majestad, delimitando de forma clara su explosivo temperamento en el diamante y la actitud low-key fuera de él. Esto, sin embargo, no le ha permitido progresar positivamente en sus relaciones con Lide y Mazara, tejiendo memorias hermosas gracias a pequeños momentos.
La anguila se ha quitado su propia careta, demostrando un lado sorprendentemente civil y amistoso conforme ha avanzado el tratamiento, cuya descripción intenté hacer lo más realista posible. Tragarse el orgullo es difícil y pedir perdón aún más, pero consiguió superar ambos obstáculos a fin de realizar una propuesta poco ortodoxa a su paciente favorito. Sé que aquí estoy tocando peligrosamente los límites éticos asociados a la medicina, pero no pueden hacerse tortillas sin romper huevos. Distintas son las cosas para la sacerdotisa, quien ha hallado en Brian no sólo un gran amigo y confidente, sino también alguien que ha estremecido hasta la fibra más profunda de su ser. Imagino la pregunta que me harán: ¿no se supone que Lide debe priorizar el bienestar ajeno en vez del propio? En teoría eso es cierto, pero ella es un ser viviente y tiene derecho como cualquiera de nosotros a amar, sentir, llorar, sufrir y reír.
-¿Otra semana sin reseñas? -me pregunta Valaika mientras bebe su limonada de menta y jengibre.
-Así es -replico, haciendo lo propio-. No sé si será la presión de diciembre u otra cosa fuera de mi control, pero el vacío es difícil de llenar. Ya me entiendes...
-Lo sé -ella se apega a mí y me besa la mejilla-. En todo caso, recuerda que siempre estaré aquí para ti y del resto de la familia nos separa una llamada o mensaje de texto.
Pensé en la tercera semana de abril, cuando invitamos al clan a cenar y confesamos lo nuestro bajo el atractivo de la comida casera. Mi madre, quien nos ayudó a preparar hasta el último detalle y fue un apoyo moral invaluable, se lo lloró todo pero de alegría. La tía Markia casi se desmayó (tuvimos que repetirle las cosas dos o tres veces) y el resto lo tomó mejor de lo esperado; no faltó quien preguntara si nos íbamos a casar pronto, tener hijas, tal vez ampliar la casa. Nos limitamos a contestar que tomaríamos las cosas con calma. Falk, uno de mis primos, también aprovechó la ocasión para revelar su noviazgo con una chica monstruo: Luna, Nekomata del tipo tigresa y compañera de universidad. Desde ese entonces, "mi familia" pasó a ser "la familia" para mi amada wyvern. Lo que aún me daba vueltas en la cabeza fue la reacción de mi prima Nell, quien nos felicitó pero parecía tener algo enturbiándole la mirada. Algún día se lo preguntaré.
-Por mi suerte no me quejo, ¿eh? -acaricio su cabellera de la forma que tanto le gusta-. Seré un hombre de pocos amigos pero los que tengo valen su peso en litio. ¿Te sirvo más limonada?
Justo cuando ella asiente, el timbre del teléfono nos congela en el acto y hace chocar nuestros ojos. Por nuestras mentes pasa el mismo pensamiento: ¿quién será a estas horas? Está claro que no es nadie de la familia; usualmente ellos llaman más temprano y sólo cuando la situación lo exige. Lleno nuestros vasos y corro a buscar el aparato inalámbrico, trayéndolo de vuelta al jardín.
-El número es desconocido -observo luego de ver la pantalla-. Aún así voy a contestar.
Valaika asiente con seriedad. Presiono el botón y acerco el auricular a mi boca.
-¿Hola? ¿Quién es...? -hay dos segundos de silencio pero después una voz quebrada se deja escuchar-. ¿Madeline? ¿Por qué me llamas a esta hora?
Mi novia levanta las cejas nada más oír ese nombre. Madeline es la asistente de Lawson, el ególatra insoportable que me asignaron para publicar mis obras cuando firmé mi primer contrato con la editorial. La conozco bien: joven, eficiente e increíblemente estoica al aguantar los frecuentes arrebatos de su jefe. Esta vez, sin embargo, sonaba como si fuera a colapsar. ¿Qué podría haberle ocurrido para quedar así? No consigo sacarle respuestas concretas, mas ella insiste en venir a hablar conmigo ahora mismo. Cruzo una mirada con Valaika y ambos aceptamos recibirla; somos bastante recelosos con nuestra intimidad pero esta situación tiene tintes excepcionales y ella se ha portado muy bien con nosotros. Termino dándole mi dirección e instrucciones para llegar aquí.
-Mejor será que preparemos el estudio -digo tras cortar la llamada-, pero primero lavemos estos trastos y cerremos la ventana. Lo único que quiero es evitar las chismorrerías de los vecinos.
-Buena idea, Endel -ella se pone de pie de inmediato-. No estaría de más preparar algo de té caliente. La pobre chica debe estar hecha un manojo de nervios.
Nos ponemos en acción en dos tiempos. Casi no respiramos mientras dejamos todo listo para recibir a Madeline. Incluso el frescor de la noche pasa a segundo plano ante este súbito cambio de escenario. Así llega a su fin este nuevo segmento de ese algo completamente diferente. Ojalá hayan disfrutado esta entrega y recuerden que sus comentarios, seguimientos y favoriteos siempre serán bienvenidos.
