Palabras: 1,180 (aprox)
Formato: One shot.
.
Seventh song:
Melkor's successor.
.
Sauron:
El campo está perdido, todo está perdido. El negro ha caído del cielo y las torres están en ruinas. El enemigo está dentro, por todas partes. Y con él la luz. Pronto estarán aquí. Váyase ahora, mi señor, mientras haya tiempo. Hay lugares, debajo.
Morgoth:
Y tú también los conoces. ¡Te libero, ve! Serás mi servidor por todos los tiempos.
Sauron:
Como usted lo ordene, mi rey.
Blind Guardian- War of wrath.
.
Puede oír, lejanos como cuando el feroz y fuerte viento sopla a través de las copas de los árboles, con ese silbido, ese rugido (sin embargo) parecido a un susurro, los alaridos de batalla, el barbullo de la multitud, los choques de espadas y de escudos. Inclusive allí, en el resguardo de su agujero, de aquel refugio donde la luz apenas ha osado tocar, inclusive (a lo mejor) jamás ha tocado. Está acorralado. Ya todo ha terminado. Su última esperanza derrumbada. Ancalagon ha caído.
Melkor sólo puede escuchar lo último del enfrentamiento, y de hecho sólo quiere escuchar, únicamente eso. Porque no se levanta de su trono, no tiene planeado hacerlo ya más, por cierto. ¿Por qué? ¿Por qué la actitud del vala? Incluso él mismo se lo llega a plantear, y la simple y llana respuesta que llega, ha sido más burda de lo que presagia. Con el peso de su corona, con el peso de los silmarils amenazando con derrumbarlo constantemente; con las manos ennegrecidas, calcinadas y siempre tortuosamente con la sensación de estar ardiendo; con el pie eternamente cojo y malherido, resultado de su gran pelea contra el elfo Noldo Fingolfin; atrapado en aquella terrible y gutural forma física, hasta la eternidad. Todo su poder y todo su ejército desaparecer. Desvanecer. Absoluta e innegablemente derrotado.
Sí, la vana verdad es que ya está cansado. Solamente eso. Hastiado. Agotado. Se halla igualmente con miedo, aunque el miedo siempre lo ha sentido y siempre está oculto bajo una máscara de creíble ira, de irrefutable odio, de magnifica indiferencia. Pero ahora, ahora es el cansancio el cual gobierna su estado. Raro. Bastante extraño. Es la primera vez que se resigna, que el cansancio lo posee. No planea huir. Se acaba, se acabó. Y no le queda de otra que afrontar y recibir con agobio y dolor, con desilusión y rabia, su inapelable y maldito destino.
Y piensa en todo lo obrado en todos esos años, largos, muy largos y eternos años y ríe, y se queja, y llora en silencio. En el momento, se dice así mismo que ya es suficiente. No hay salida. Al menos no para él. Tan cerca, se lamenta; tan cerca de saborear la infinita victoria, la ansiada y deseable gloria. Cerca. Y ya nunca y jamás lo será. Exhala aliento frío, los miembros se adormilan allí mismo. Los parpados pesan tanto. Allí aguardará el final hasta que todos sus soldados caigan, hasta que todos sus comandantes perezcan, hasta que las llamas de los dragones y los balrogs se atenúen y casi se extingan. Allí se quedará, solo, aguardando finalmente la eventualidad de la existencia. Inclina apenas la cabeza, los ojos dejan de enfocar, dejan de ver…
Pero entonces, la descomunal puerta se abre. Da paso al magnífico. Mairon, logra apreciar. Veloz, nervioso, agitado.
— Mi señor, el campo está perdido, todo está perdido. El negro ha caído del cielo y las torres están en ruinas. El enemigo está dentro, por todas partes. Y con él la luz. Pronto estarán aquí. Váyase ahora, mi señor, mientras haya tiempo. Hay lugares, debajo.
Melkor apenas hace caso, se fija (fuerza de nuevo la vista) en la criatura que yace arrodillada enfrente. ¿Por qué no le sorprende que sea él? Eso es (rememora) dado a que siempre ha sido el más fiel, el más adepto. Cual perro faldero tras el atroz amo que pese a que lo patee, el tonto animal aún persigue. Sonríe. Tonto, tonto fue el maia aquel al haber caído en su garra. La sonrisa poco a poco se pierde. Se disipa.
Melkor no puede amar. Hace mucho que ese sentimiento se perdió en el tiempo. En la nada. Se lo llevó su padre, se lo llevó su hermano y desapareció con ellos. En su lugar le dejaron el odio. Ya no puede sentir ningún afecto, ninguno sano, por nada ni por nadie. Cree olvidar que era eso. Ya no lo ha sentido nunca. Sin embargo, he allí Mairon, que confirma todo lo anterior, pues no lo ama, no lo quiere, no lo aprecia. No lo hizo, jamás lo hará. No obstante, lo que empezó como una superficial fechoría contra Aulë (placer más grande, arrebatarle a uno de sus más queridos), el maia hurtado se volvió el más grande discípulo. El único que miró más allá de su terrible apariencia, aunque fuera por mero interés. Jamás le tuvo verdadero miedo. No fue el miedo lo que lo mantuvo sometido bajo su señorío todo ese tiempo (como todo ser subyugado a él), sino su propia voluntad y su sed insaciable por aprender, ese deseo ferviente, que veía reflejados en sus ojos cuando le predicaba. Respeto. Adulación. ¿Aprecio? No sabe, porque ya no sabe cómo era eso. Tampoco le interesa. Pero sabe que ese maia es un tonto, pues lo ha tenido todo y lo ha dejado, lo ha despreciado, como si valiese poco y nada, ¿por qué? Sólo por seguir sus propios deseos, por ser diferente, por querer seguir su propia voluntad siendo que jamás lo ha logrado, porque él, Melkor, lo ha sometido hasta que Eä deje ser…Estúpido iluso, se jacta, estúpido ingenuo maia, se ríe para sí.
Mairon levanta la vista. Y nota esa dura cara, esa bella y fría expresión. Incluso enfermo, oscuro, mantiene esa hermosa apariencia. Ennegreció su alma, ennegreció su corazón, pero no su apariencia que sigue hermosamente intacta, casi como cuando lo halló. Ah, Mairon, fiel Mairon, magnífico Mairon, poderoso Mairon. No lo ama, no lo quiere, no lo aprecia… Porque ya no puede. Aún así, es el único que le ha llegado a recordar vagamente aquellos sentimientos por siempre perdidos. Se los recuerda. Nada más eso. Y ve mucho de su ser, reflectado en él. Porque ha sido el único, el único ser existente en Aman y Arda que lo ha llegado a comprender. A entender. Sí, Mairon ha sido el único que sabe e interpreta que piensa, por qué lo que hace, por qué sus deseos, por qué sus acciones, por qué caminos ha decidido transitar. Se siente entonces satisfecho, miserablemente ufano.
— Y tú también los conoces.
Melkor había creído todo perdido, que su fin era definitivo y ni el recuerdo de su triste existencia habría de quedar. Pero he allí el único. El único que puede reemplazarlo, el único que sabe cómo hacerlo. Negro corazón sonríe complacido. Ya puede irse más tranquilo. Sabe que es así.
Mairon es el único.
Al final de todo, después de todo. Fija sus ojos en los suyos, mantiene semblante acongojantemente serio, el maia está inmutable. La perfecta imagen.
— ¡Te libero, ve! Serás mi servidor por todos los tiempos.
La voz, por última vez es estrepitosa, es potente. Señala la salida. Mairon muestra, sólo por esa vez, una tenue curva en sus labios. Lo sabe. Y Melkor lo conoce lo suficiente para saber lo que cruza por la cabeza de su antes discípulo. Porque ha dejado de serlo, de ahora en más. Y curva los labios junto con él.
— Como usted lo ordene, mi rey.
Se levanta. Se retira. Vuelve a cerrar la puerta, oye a lo lejos todavía el barbullo, se atenúa cuando Mairon atraca con un ruido sordo y un rechinido. Y todo vuelve casi como al inicio. Cansado. Derrotado. Pero ahora, tranquilo. Pues ya tiene a su sucesor.
Los parpados vuelven a pesar. Los sella. Y espera al enemigo entrar.
O0O0O
N/A: Primero que nada, un agradecimiento a mis musas Luna y Hekarid, por sus opiniones pasadas y por seguir leyendo esto (ustedes saben que las quiero y aprecio re harto). Por otro lado, igualmente mis más grandes y sinceros gracias a Kyle Saxon por (también) su review pasado, ¡Me alegra te esté gustando! Espero este no sea la excepción tuya o de las geniales personas que me siguen leyendo...Especialmente Luna, que sin ella y su reto lanzado al foro, muy seguramente no existiría este fic. En fin, ¡ya sólo dos caps más y termino! Espero gustara éste, animándome a abarcar y profundizar un poco más los pensamientos de Melkor respecto a Mairon...Eso es lo que hay en mi headcanon respecto a eso, por cierto. Y no digo más, ¡Saludos cariñosos y cordiales de mi parte!
