Capítulo V – Consecuencias

Christa guardó silencio.

Era de noche. Habían pasado ocho minutos exactos desde que la supervisora Leonhardt les dio la orden de marchar a la explanada de formaciones y, como era obvio, ella seguía en el mismo lugar; era un mandato general, por lo que cada preso —sano o enfermo, vivo o muerto— debía estar ahí, ante la temible orquesta creada a partir del ladrido de los perros, el rugir de los motores y los gritos amedrentadores de los recién llegados.

De hecho, sólo quedaba ella en medio de una barraca vacía. Ella y la presencia que le impidió avanzar.

—¿Llegaron más?

Levantó la mirada, observó de soslayo como la pálida luz de la luna se escabullía a través de las ventanas altas, permanecía inmóvil un momento y desaparecía otra vez. No respondió.

Estaban a solas, de frente, pero en esa ocasión no hubo sonrisas, abrazos o besos forzados que complacían eventualmente a ambos. No había más que una extraña tensión. Christa jugó con las hebras sueltas de su suéter gris, escuchó el roce producido por los pliegues del uniforme del comandante e imaginó que debía estar masajeándose la sien, como lo hacía cada vez que juzgaba algo como una pérdida de tiempo.

¿Eso es lo que soy para ti? Pensó, pero prefirió no decirlo en voz alta.

—No tiene nada que ver contigo.

Sus manos se convirtieron en puños a sus costados. Esa era su respuesta. Siempre era su respuesta. Afuera, bajo el cielo nocturno, el escándalo se incrementó. Ordenes. Gritos. La marcha de siempre.

—Pero la supervisora Leonhardt…

—Te recuerdo —interrumpió Ymir— que la supervisora Leonhardt está bajo mi cargo. Significa que, si le doy una orden, ella obedece. Y si yo te doy una orden a ti, debes obedecer sin cuestionar.

—¿Pero por qué soy la única…?

—Ya deberías saberlo.

—Pero…

—¡Sin cuestionar! —el comandante estrelló su puño contra la pared. Ella retrocedió atemorizada, le vio desviar la mirada y acariciar su sien como si no lo hubiera hecho antes— ¿Por qué eres la única que consigue sacarme de mis cabales? —preguntó, acercándose como quien intenta acariciar a un cachorro asustadizo. Sonrió— Ven aquí.

Ella obedeció. Tomó su mano y se dejó guiar en silencio a uno de los muchos catres vacíos donde el soldado, mucho más tranquilo que antes, la invitó a tomar asiento en su regazo. Sus frentes se unieron, pero en esa noche tan extraña, Christa notó que algo estaba fuera de lugar: no había vida en una mirada que siempre demostraba seguridad, sólo cansancio y, si no se equivocaba, miedo.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella, arrancando una sonrisa al soldado nazi.

—¡Oh, no! Esto —señaló su propio rostro cubierto de pecas— es lo que me gano por dejarte entrar en mi cabeza.

—Señor…

—¿Ves? ¡Ni siquiera me obedeces cuando te ordeno llamarme por mi nombre! Es Ymir. Ymir.

—Lo siento —con algo de timidez, ella también sonrió—, señor.

—Sólo cállate.

Abrazó su cintura, elevó su barbilla unos centímetros y la besó, como si un emblema en forma de calavera no estuviese bordado sobre el cuello de su abrigo. Ella, en plena adolescencia, nunca había probado un cigarrillo por sí misma —el Doctor Jaeger decía que eran muy malos para la salud—, pero fue capaz de distinguir su sabor en la saliva ajena que entraba a su boca. Era amargo.

—Eso es —le sintió murmurar—, buena chica.

Sus dientes atraparon su labio inferior y, entonces, todo desapareció. Ella misma no habría sido capaz de explicarlo, pero cuando estaban juntos, así de cerca, podía olvidarse de todo: de los gritos, del miedo e incluso de la muerte. Olvidaba por completo la selección. Lo único que debía hacer era aferrarse a su pecho, sentir su cruz de hierro y dejarse llevar. A Ymir no le molestó, de hecho, cuando le obligó a recostarse sobre el catre, pareció disfrutarlo.

—Te has vuelto muy osada últimamente —acarició sus muslos, uno a cada lado de su abdomen, aprisionándole. Christa deslizó sus dedos por el cuello de su camisa—. Me agrada…

—¿Pero…?

—Pero —recalcó— temo que hayas caído en la insensatez.

Sus posiciones fueron invertidas en un instante. De pronto, Christa se encontró a su merced, con ambas manos aprisionadas sobre su cabeza. Ymir besó el centro exacto de su frente, el mismo lugar donde colocaría el cañón de su revolver segundos después; sus ojos, repentinamente húmedos, se abrieron como platos.

—¿A dónde fue, querida Christa, tu osadía?

Quizá al mismo lugar a donde fue el color de su rostro. El comandante se puso en pie, lento como se había acercado en primer lugar; ella, por su parte, permaneció en su sitio, con sus muñecas libres descansando sobre su cabeza.

—¿Por qué…?

—Porqué hoy —dijo— más que nunca, necesito que recuerdes tu lugar.

Sintió como el sudor cubrió su frente en una noche particularmente fría. Memorizó cada grieta en el arma, inclusive la más grande que iba desde la recamara de las balas hasta llegar al mango, y tampoco se movió cuando ésta regresó a su funda. Ymir no la miró, ajustó su corbata, recogió su gorra del suelo y se alejó a grandes zancadas.

—Yo...

—Vendré a verte al final de la noche y más vale que te encuentre aquí —un discreto brillo llenó sus pupilas mientras cerraba la puerta tras de sí—. No puedes hacer nada por ellos.

Y se fue, dejándola sola, asustada, a merced del réquiem entonado por el nuevo cargamento que, para esas alturas, debía estar atravesando la verja del campo. Su rostro fue recuperando poco a poco el color. Se recostó y, con su corazón latiendo con la fuerza de un tambor de guerra, murmuró para sí misma.

—Siempre se puede hacer algo al respecto.

Hace mucho tiempo, en una infancia que creía olvidada, la pequeña Historia le hizo una pregunta muy peculiar a un espejo, el único que había en su olvidada habitación del desván.

¿Qué es la muerte?

Esperó y esperó, fue a dormir y siguió esperando al día siguiente, pero el objeto no hizo más que mostrarle una imagen de sí misma, deformada a través del cristal que su madre había roto en un ataque de ira. Preguntó otra vez, buscó otra respuesta, pero su reflejo la obligó a condenar aquella interrogante al lugar más oculto de sus pensamientos: el olvido, donde nada muere, sino que espera paciente el momento en que estemos listos para recordar.

El «momento» de Christa llegó aquella misma noche, con los convoyes militares que entraban a Dachau en una hilera perfecta. Ganó equilibrio en las cajas apiladas a sus pies, echó la capucha sobre su rostro a toda prisa y supo que, luego de tantos años, por fin había encontrado la respuesta.

Esa era la viva imagen de la muerte.

—¡Oye! —gritó un guardia desde abajo— ¡Ven aquí o tendré que bajarte a golpes!

Era alto, de cabello rubio, ojillos verdes y nariz puntiaguda; no lo reconoció y él tampoco pareció conocerla. Lo obedeció, regresó a tierra firme y se las arregló para alejarse antes de recibir un golpe de garrote. En lo personal, se sorprendió de conservar la agilidad suficiente para aterrizar en pie.

—¡Si te veo otra vez, estarás muerta!

Si alguien la reconocía, quienquiera que fuere, lo estaría de todos modos.

Christa ocultó un mechón rubio dentro de la capucha. Estaba temblando, bien por el frío o por el llanto amedrentador de una madre que llamaba al hijo del que se separó al inicio de la travesía. No había luna, lo que antes entraba por las ventanas de la barraca era la luz de los reflectores trabajando a su máxima potencia, atrayendo de paso a cientos de polillas inquietas que se movían en torno a ella como los presos alrededor de los recién llegados. Sin orden, formación o propósito, sólo miradas curiosas presenciando, lo que parecía, un espectáculo de circo.

Debían —en teoría— observar el progreso del Tercer Reich, entender que mientras el ultimo fascista estuviese en pie, nunca tendrían descanso, pero para ellos, el extraño desfile servía para recordar que ahí afuera, en algún lugar, existían más colores además del gris.

¿Cuánto tiempo había pasado?

No, no podía detenerse a pensar en eso, sin importar lo sorprendente que era ver objetos tan comunes como bolsos, relojes o juguetes de madera. Por supuesto, estaba prohibido que Christa asistiese a la selección, pero nadie le impidió tomar prestada la capa de una de sus compañeras —ya se la devolvería luego— y ver por sí misma la verdadera magnitud del asunto.

Traicionas a Ymir. Le susurró su consciencia al oído. No ordenó a nadie vigilar tu puerta porque confía en ti. ¿Cómo se sentirá cuando sepa que le has defraudado?

Y le ignoró.

Los motores de los vehículos rugían y el olor del humo de sus escapes era perceptible incluso sobre el perpetuo hedor a carne quemada que infestaba la prisión a un grado enfermizo. Christa se las arregló para llegar al epicentro, andando a gatas más de una vez y pidiendo más de una docena de disculpas. Ella había llegado a Dachau tres días después de su captura, en un convoy de una docena de vehículos, sin embargo, siempre deseó saber lo que había pasado en el tiempo que estuvo atrapada en esa enorme lata de sardinas.

¿Cuántos convoyes le precedieron? ¿Con cuántos camiones contaba cada convoy? ¿Había algún amigo suyo en ellos?

Aquella no era la kristallnacht y ciertamente no había ocurrido otro acontecimiento de su calibre desde noviembre, por ese motivo se sorprendió al ver docenas, centenas de personas, unas a pie, otras bajando de camiones que de inmediato partían en busca de más pasajeros. Hombres y mujeres, niños y ancianos, judíos y pocos arios. Los soldados no habían escatimado en crueldad.

—A estos los traen en tren —dijo alguien a sus espaldas que claramente no se dirigía a ella—, los camiones deben ir a buscarlos a la estación.

—¿Y qué con los otros? —le siguió otra voz, una mujer— ¿No es un desperdicio traerlos a pie? Los rieles deberían llegar hasta aquí mismo.

—Pronto se les ocurrirá, aunque cuando eso pase no tendremos ni en donde pararnos.

—De igual modo, dudo que muchos sobrevivan la noche.

Esa frase fue tan… Maliciosa, tan sincera. Al final, Christa se deslizó hasta el otro extremo del gentío, tan lejos de los murmuradores como le fue posible. En lo personal, el estado de los deportados no le pareció tan crítico como el de las personas que llegaron con ella hace mucho tiempo: estaban sucios, enfermos y exhaustos, pero al menos la mayoría podía caminar. Junto a ellos, los soldados de la SA marchaban petulantes con la cabeza en alto.

—¡Si no caminan no habrá agua para nadie! —gritó uno de ellos a una mujer que suplicó por algo para apagar su sed, antes de dar un golpe de fusta a su rostro. Los más empáticos —ella incluida— desviaron la mirada.

La Sturmabteilung, la fuerza de asalto del Tercer Reich, guiaba a las víctimas con brutalidad, gritando obscenidades de aquí para allá, entre gruñidos que los hacían ver como hienas ojerosas. A su lado, los tranquilos SS irradiaban cordialidad. Uno incluso le dio un trago de su propia cantimplora a la mujer que aún trataba de parar el sangrado de su nariz.

Todo era un circo. Una mentira. El grupo parecía tranquilo, inquieto, mirando hacia todos lados, pero tratando de guardar la calma mediante respiraciones profundar. ¿Pensarían acaso que esa era sólo una escala en su largo viaje a tierras mejores? ¿Una cárcel, un hospital o un manicomio? Ella misma, de haber estado del otro lado, habría pensado que la última era muy buena opción.

Por un momento se olvidó de su plan — si es que tenía uno—, permaneció inmóvil, una mancha gris entre un paisaje monocromático; su cabello, lo único que la distinguía del resto, permaneció oculto. Los SA les rodearon en una especie de elipse y sólo así, las tropas de las SS se desplegaron frente a ellos. Quietos, con la espalda recta, como buitres a punto de robar el botín de las hienas pardas.

El teniente Reiner Braun, segundo al mando, estaba de pie en la primera hilera, inmóvil como una montaña y con sus pequeños ojos fijos en algún punto del horizonte; Christa se aseguró de no entrometerse en su rango de visión. El siguiente de la jerarquía, Bertolt Hoover, estaba más nervioso, con la mandíbula temblorosa y un ligero rastro de sudor bajando por su cuello.

Cuando vio a Annie Leonhardt frente al grupo de supervisoras del campo, no pudo evitar ocultarse tras el preso más robusto a su alcance. Estaba absorta, ajena al momento y parecía más pequeña de lo que era en realidad, pero no había necesidad de correr riesgos.

Los apóstoles estaban en su sitio, sólo hacía falta el mesías.

—Ymir.

Apareció de pronto, de la nada, como un actor detrás del telón, sólo que eso no era un escenario y no había un telón a miles de kilómetros a la redonda. Llevaba su uniforme de gala, abrigo largo hasta las rodillas, botas tan limpias que se podía comer sobre ellas y un sable largo sujeto a una cadena que colgaba de su cinturón. Cabello recogido como siempre.

—En nombre de la administración —comenzó y Christa no pudo evitar notar lo apuesto que se veía— les doy la bienvenida al que será su nuevo hogar.

Su voz era potente, firme, tanto que ni el más apartado del grupo tuvo problemas para oírle. Los perros callaron por primera vez en toda la noche. Todos, en silencio, le vieron caminar de un lado a otro, muy despacio, con las manos tras la espalda y sus alargados ojos marrones fijos en la multitud. Hubo murmullos, pero sólo necesitó alzar una de sus manos para que se apagaran.

—Sé que muchos de ustedes tienen dudas —prosiguió—, pero les aseguro que hasta la más insignificante será aclarada con el tiempo. Por ahora, sólo puedo responder a una de ellas: ¿Por qué están aquí?

Todos se miraron entre sí.

—Hace algunos años, los pueblos del mundo se alzaron contra Alemania. Quizá algunos de ustedes tuvieron la desgracia de vivirlo —algunas personas, especialmente los ancianos, asintieron—. En aquel día nos fue arrebatado todo: nuestro territorio, nuestras armas, nuestra riqueza. ¡Incluso yo tuve que mendigar por una pieza de pan!

¡Heil! —gritó un soldado de las SA desde el fondo. Ymir respondió el gesto alzando una mano.

—No les mentiré, eso iría en contra de mis principios —sus ojos destellaron—. No los hemos traído a un centro vacacional, es un campo de trabajo. Aquí, mediante nuestro esfuerzo, prepararemos el camino para que Alemania, a manos de nuestro Führer, vuelva a ser el grandioso imperio que una vez fue. ¡Sieg Heil!

Los SA respondieron —¡Heil!—, las SS permanecieron inmóviles y algunos deportados se permitieron incluso liberar suspiros de alivio. Ymir sonrió y el ascenso de sus pómulos desplazó sus pecas ligeramente hacia arriba. Era tan perfecto, tan hechizante que Christa casi olvidó que era un lobo bajo la piel de un cordero. Anticristo. Nada, salvo sus ojos, evidenciaba sus mentiras.

—Al principio será un poco incómodo, lo sé —suspiró—, incluso yo tuve que pasar tiempos muy difíciles cuando era un cadete. Pero comprendí, mediante mucho dolor, que era necesario para alcanzar un bien mayor. ¡Pero también encontrarán muchas oportunidades, se los aseguro! —se apresuró a decir— Un buen sueldo, tres comidas al día y una cama. Si se esfuerzan lo suficiente, incluso podrían ser contratados por alguna de las más grandes industrias del país.

—¿Y qué es lo que haremos, exactamente? —se atrevió a preguntar un hombre calvo, tozudo, como esos mercaderes a los que nadie puede regatear— La gente aquí no se ve en buenas condiciones.

—¡¿Quién te dio derecho para hablar, basura?! —le reprendió un guardia— ¡¿Quién te ha dado permiso para…?!

—Yo lo he hecho —el hombre retrocedió ante la mirada atenta del comandante. Sin saber por qué, Christa sonrió—. Le ruego disculpe, debí haber tocado ese punto de inmediato. Fabricamos armas y munición, cosas simples que puede hacer cualquier persona. ¿Y la gente? Bueno, hemos debido traerlos primero al pabellón médico, eventualmente los trasladaremos al campo de verdad.

Mentía. Por fuera parecía una persona bondadosa, pero por dentro sólo veía al soldado que apaleaba judíos durante el día y se acurrucaba a su lado al ocultarse el sol.

—¡Pero antes! —dijo, extendiendo sus brazos de forma teatral— Hay asuntos más importantes que atender. Lo primero es tratar a nuestros enfermos.

Chasqueó los dedos y dos hombres ataviados con batas blancas y uniforme de las SS se acercaron a la multitud, pidiéndoles amablemente que formaran dos hileras frente a ellos, una de hombres y otra de mujeres. Los judíos, sorprendidos por el trato cordial, obedecieron sin chistar. Christa vio al comandante y recordó el tacto de sus guantes de cuero, el roce de su cuerpo contra el suyo y deseó que el espectáculo terminase lo antes posible.

—¿En qué estoy pensando? —se dijo, tratando de borrar el rubor de su rostro. No era el momento ni el lugar.

En realidad, aunque sabía que mentía, esa figura risueña dejaba de parecerse al comandante para asemejarse un poco más a Ymir, la persona a quien ella conocía y que, en el fondo, había comenzado a tener cierto aprecio. La forma en la que llevaba sus manos a los bolsillos, alzaba ligeramente el rostro y suspiraba como si todo a su alrededor fuera un fastidio: en noches como esas, Christa le obligaba a tomar asiento en el borde de la cama, a quitarse su abrigo y dejar que sus pequeñas manos paseasen por sus hombros.

Para este punto, las sienes deben estar matándole. Se arropó en la capucha e hizo una nota mental: definitivamente tenía que darle un masaje esa noche.

—Se separarán, pero les ruego que no se asusten —explicó a su ahora un poco más nerviosa audiencia—. Es menester que niños y ancianos acompañen a los enfermos a nuestras instalaciones para un chequeo de rutina. Cuando todo haya terminado, nuestras bellas supervisoras les ofrecerán café y algo de pan, seguro están hambrientos luego de un viaje tan largo.

Pero nunca había suficiente pan.

Sin decir más y con la eterna bendición del dirigente del campo, los afamados doctores comenzaron con el proceso. La selección. Ambas hileras avanzaron rápidamente y a Christa no le tomó más que un par de segundos comprender un proceso que nunca antes había presenciado. Era, de hecho, bastante sencillo: si se le consideraba joven, sano y fuerte, el deportado era enviado al grupo de la izquierda, destinado a trabajos forzados en el campo o en fábricas aledañas, pero si se consideraba demasiado viejo o enfermo, era inmediatamente enviado a desinfección.

Ella lo sabía y los más perspicaces a su alrededor debieron sospecharlo en algún momento: el hedor a carne quemada que los rodeaba día y noche, la luz en los crematorios, el sonido de los disparos en la lejanía…

La ausencia de niños.

No. Se dijo mirando hacia atrás y descubriendo que, efectivamente, la luz de la hoguera eterna continuaba encendida. Debe haber una buena explicación para ello.

Un vacío llenó, irónicamente, la totalidad de su vientre. Eran los niños los que llamaban a sus madres conforme eran divididos y ellas suplicaban a los soldados que se les permitiese acompañarlos al hospital. Los nobles alemanes no lo impidieron.

Ymir permaneció indiferente. Se paró en la punta de sus pies, observó a la multitud un momento y contuvo un bostezo. Los recuerdos de las semanas anteriores volvieron a ella como una tormenta; como, en ocasiones, se reunían sólo para hablar. Mientras tanto, el número de condenados crecía a una velocidad asombrosa.

—A la derecha, con el resto —le escuchó decir de frente a una mujer de mediana edad que era sostenida por ambos doctores—. Está demasiado cansada para trabajar.

Christa miró disimuladamente su dedo pulgar, ahora cubierto por una pequeña tira de tela blanca que le servía de venda. Ella misma podía haber pertenecido a ese grupo, de hecho, con cada preso que era juzgado, una parte de sí misma lo era también. Demasiado débil para trabajar; demasiado ingenua para ser útil. Lo único que podía hacer era llorar y correr al cálido abrazo de su amante.

—Es mi utilidad, ¿eh?

¿Eso era? ¿Una amante? Recordó el rostro de su madre, la madre de Historia, y esa palabra lanzó saetas directo a su pecho. Llevó una mano a su frente y descubrió que estaba temblando. Quizá fue por la desesperación o el aislamiento, pero en todo ese tiempo le pareció haber encontrado algo más en el sarcástico militar…

Le pareció haber encontrado un amigo.

Es inútil. Se dio la vuelta y estuvo a punto de abrirse camino hasta su barraca, pero una voz rugosa, claramente la de uno de los doctores, la obligó a quedarse en su sitio.

—¡Mire, señor! Creo que ésta le gustará.

Y un pequeño bulto fue arrojado a los pies de su superior. Su corazón, abatido por las reflexiones, subió a su garganta y regresó de golpe a su pecho. El bulto de cabello rubio gimió de dolor, tosió un poco y levantó el rostro con mucho esfuerzo.

Todos los ojos, incluso los del apático comandante, se posaron sobre ella. Era una niña, demasiado pequeña para la adolescencia y demasiado mayor para a niñez, delgada hasta los huesos y con las manos y los brazos cubiertos de ampollas. Su vestido blanco, de corte sencillo, estaba rasgado en varias partes.

Pero fueron sus ojos los que la impresionaron: brillantes, enormes y tan azules como los de ella.

—¿Qué hará, señor? —preguntó uno de los SS sonriendo—. Se parece mucho a su chica.

Christa pudo ver como muchos de sus compañeros desviaron la mirada, avergonzados. Ymir suspiró, dejó atrás a sus hombres y se acercó a la pequeña, cientos de ojos siguiendo cada uno de sus pasos. Se acuclilló a su lado y la chiquilla se encogió como si la fuesen a devorar.

—¿Dónde están tus padres? —le preguntó, pero el pequeño ángel negó con un gesto— Ya veo.

Sus temblores eran perceptibles incluso en la distancia; en la oscuridad. El público completo, incluso aquellos cautivados por la oratoria del comandante, contuvieron el aliento. Levantó su barbilla y ella no opuso resistencia; sus deditos se aferraron a la tierra. Sus ojos infantiles se abrieron y un sentimiento de horror recorrió el cuerpo de Christa desde sus talones hasta la cima de su cabeza.

Haz algo, sálvala como me salvaste a mí. Pensó, pero Ymir continuó observando en silencio a esa replica de Historia, aria igual que ella, y tan asustada como lo estuvo ella durante su primera noche. Demuéstrame de una vez por todas que no eres un monstruo.

Se paralizó. ¿Así es como le veía? ¿Cómo un monstruo? Si era así, entonces no eran tan diferentes después de todo.

—No tengo los mismos intereses que ustedes, degenerados —el soldado se puso en pie, se encogió de hombros y se encaminó al fondo de la formación—. Hagan lo que quieran, el espectáculo terminó.

Entonces los SS, tranquilos hasta el momento, sonrieron. Hubo murmullos escandalizados cuando uno de esos doctores atrajo a la niña hacia sí, pero todos fueron callados por las fuerzas de asalto que empujaron al rebaño judío como una jauría de perros pastores. Escuchó el suave roce de un cuchillo al ser desenvainado de su funda de cuero y su corazón se rompió en piezas incontables.

Ella era una prisionera y esa noche, más que nunca, debía recordar su lugar: Ymir la dejaría morir tarde o temprano.

—¡Alto ahí!

Quizá fue la impotencia o su profunda decepción, pero en menos de un segundo dejó caer su capucha y derribó a los guardias —dos, para ser más exactos— que se interpusieron en su camino. Recordó vagamente el tacto del arma que trató de robar hace tiempo y el fantasma del metal contra su palma le infundió valor. Su cabellera rubia cayó sobre sus hombros, despeinada, tan discreta como una luz de bengala. Poco le importaron las miradas sorprendidas de Reiner, de Annie y del noble Bertolt, mucho menos las maldiciones del soldado al que apartó bruscamente para llegar a la niña cuando este la reconoció.

Pero el rostro de Ymir… No, no tuvo el valor necesario para mirarle a los ojos.

Un silbato muy agudo sonó y Christa estuvo segura que sirvió de alerta a la unidad canina. Ningún soldado sabía muy bien qué hacer, se veían entre ellos preguntándose en silencio si sería buena idea disparar en contra de la que era, públicamente, la amante de su jefe; por suerte para ellos, controlar a los prisioneros aterrorizados les distrajo de la tarea.

—¿Puedes caminar? —preguntó tomando a la niña por los hombros, esta asintió— Escucha con atención, necesito que corras con todas tus fuerzas hacia la salida, yo te cubriré.

—¡Señor! ¿Qué debemos hacer?

—¡Ahora, corre!

El primer disparo rozó su abdomen.

—¡¿Qué creen que hacen, estúpidos?! —gritó una voz ronca que apenas pudo reconocer— ¡Alto al fuego!

—¿Acaso permitirá que escapen, señor? —Ymir gruñó.

—Yo me encargo.

No hubo disparos, tampoco patrullas que les dieran caza, de hecho, debieron verse muy ingenuas corriendo hacía una salida que, de todos modos, albergaba a un grupo de guardias armados. La luz de los reflectores se posó sobre ellas.

Siempre se podía hacer algo al respecto.

A la distancia, muy lejos, escuchó el chirrido de un arma, un estallido e inmediatamente el silbido que precedió al dolor punzante que se expandió por su tobillo. Emitió un grito ahogado, se arrodilló y revisó la herida: estaba sangrando.

—No me mires —gritó a la pequeña cuando se acercó a ayudarle. Sus manos temblaban contra su pecho. Christa trató de guardar la calma, respiró hondo e intentó tragarse esa sensación de vértigo que casi la hacía vomitar—. Sólo vete, corre lo más rápido que puedas. ¡Ahora!

Ingenuamente, la niña obedeció.

Christa trató de dar un paso, pero el dolor era demasiado intenso. La adrenalina recorría sus venas, pero su condición no le permitió hacer uso de ella. El hambre. El cansancio. Alguien estaba tras ella, un solo individuo que, según parecía, se estaba tomando su tiempo. Miró hacia atrás, pero no pudo distinguir ningún rostro; miró hacia adelante, y sólo pudo ver una verja abierta que guiaba a la libertad.

Esa había sido, quizá, la segunda cosa más estúpida que hubiese hecho en su vida, la primera había sido confiar en Ymir.

—Amante —murmuró a la nada. Ya no sentía dolor, ni siquiera sentía las piernas. Recordó sus labios atrapando los suyos, sus conversaciones triviales o las escasas veces en que la llamó a su oficina para jugar ajedrez. Christa había dudado al principio, detenida por alguna extraña corazonada en la boca de su estómago, pero al final accedió y ganó la primera partida.

No era su perra, ni su juguete y mucho menos su amiga. Era su amante, tal como su madre lo fue para su padre alguna vez.

Su vista se nubló por completo. Tropezó, trató de equilibrarse y cayó hacia atrás, donde un brazo muy fuerte atrapó su cintura; su pecho era cálido, pero el roce de sus medallas contra su cuello le dio breves escalofríos.

—No…

La niña había atravesado la puerta; los guardias le permitieron pasar. Un segundo brazo se alzó al lado de Christa, adornado por una esvástica y un revolver aún humeante por el disparo previo. Unos dedos lagos se posicionaron sobre el gatillo, rozaron vagamente la ranura que iba de la recámara de las balas hasta el mango y disparó.

—¡Buen tiro, comandante! —gritó alguien a lo lejos.

—¡Ja! Como si hubiera tenido oportunidad.

—¡Ahora hay que encargarnos del resto!

Frente a ella, el pequeño cuerpo cayó al suelo envuelto en un rocío que tomó la forma de un par de alas rojas. Débiles. Gastadas. Mostrándole la única escapatoria que poseía, la única alternativa que tuvo Historia desde el momento que nació en una cuna ilegitima: la muerte.

Lo último que Christa escuchó antes de desvanecerse era, precisamente, lo que más temía: el frío susurro de Ymir contra su oído.

—Te lo advertí...

Una lágrima se deslizó por su mejilla antes de que todo se volviera negro.