Hola mis queridos lectores;
Las personas que tan amablemente se han incorporado a mi grupo en Facebook "Stefania Bloom Fics" saben el porqué de tan larga ausencia y también saben que más temprano que tarde regresaría, así que extiendo la invitación a todos la invitación de unirse al grupo para que estén al tanto de las noticias.
Reitero nuevamente que este fanfic no tiene nada que ver con la obra de Tolkien. El Thranduil de esta historia lo único que tiene en relación con el de Tolkien es el nombre y que porta el físico de Lee Pace, pues viva por siempre el jefe de casting de Peter Jackson.
Las personas que esperan lineamientos tolkinianos acá no los encontrarán así que pueden ahorrarse la crítica mal sana y el infarto emocional por las cosas que en este fic hace Thranduil y los elfos en general.
Un millón de gracias a todos estos lectores hermosos y hermosas que me dejan tan magníficos rw y que me llenan de emoción y motivación para ser mejor.
Un besote a todos
Stef.-
Obligación y Seducción
Capítulo 7
Thranduil profundizo el beso, se sentía excitado, habían algo en ella que le encendía una pasión que por siglos había estado extinta, pero el beso no fue respondido. Con delicadeza se separó de Cybele y la vio dormida, lejos de molestarlo lo hizo sonreír, pobre niña, estaba débil, algo deshidratada y él pensando en cosas que no venían al caso.
Se levantó sobre las palmas de sus manos para así retirarse y una mano cálida y femenina lo detuvo por la pretina de su pantalón.
— Quédate —pidió en un susurro, los ojos dorados no lograban mantenerse abiertos—. Hazme el amor —la mano rodó de la pretina hasta la entrepierna, acariciando la erección del rey.
— Cybele, no creo que…
La joven se humedeció los labios y lo interrumpió.
— Quédate —con ambas manos tomó su dormilona y la abrió dejando a la vista sus atributos—. Tócame —demandó pellizcándose los pezones.
El Rey trago saliva, no sabía qué pensar, acaso ¿aquello era una trampa? Cybele estaba delirando, eso era, eso tenía que ser pues que le pidiese tener intimidad cuando él sabía que ella lo odiaba, no podía ser real.
— No piensas con claridad.
La mepherdiana abrió los ojos de par en par y lo tomó de la chaqueta impidiendo que se retirara.
— ¿Me harás rogarte?... por favor —ronroneó como un gatito y se movió como una serpiente sobre la cama— Tócame aquí —agarró la mano del elfo y la llevo hasta su entrepierna—. Ámame…
Thranduil no estaba por la labor de hacerse de rogar o de poder pensar con cabeza fría a qué se debía ese cambio de actitud tan repentino. Su mano como con vida propia la asió con firmeza y ella gimió, esa era la reacción que le daba carta blanca.
Ella le gustaba, le gusta mucho, esa piel dorada, las piernas torneadas, las caderas anchas y redondas para sujetarse con fuerza, el abdomen plano que gritaba por ser acariciado con la lengua, las montañas firmes y voluptuosas de sus pechos jóvenes decorados con pezones rosados que ahora mismo estaban duros y esperando por un chupetón.
A medida que la piel se iba mostrado el pulso del rey se iba disparando a más y más velocidad. Odiaba que su cuerpo reaccionase de forma instintiva, casi animal pero así era como la joven lo ponía, con una erección de campeonato que amenazaba con reventar el pantalón.
Cybele le tomó una mano y se la colocó sobre el pecho.
— Tócame… te deseo.
El momento era tan irreal que Thranduil estaba bastante convencido de estar soñando y si eso era un sueño, pretendía disfrutarlo hasta sus últimas consecuencias. Apretó con adoración una de esas doradas montañas para luego chuparle con deleite el pezón, quería saborearla por completo, palmo a palmo y lo haría sin dudarlo.
La mente de Cybele estaba completamente nublada, era como si el raciocinio la hubiese abandonado y sólo el deseo quedase en ella, un deseo casi enfermizo de ser poseída, amada. Abría los ojos por segundos y veía a Thranduil sobre ella, acariciándola, poseyéndola y no podía sentir desprecio, lo admiraba, era increíblemente hermoso, rubio, sexy, varonil, eso le gustaba de él.
El rey había removido todo la ropa que estorbaba y se afincaba dentro de ella con todo su poderío, así se lo exigía su amante con cada gemido que salía de su boca. Le apretó los senos mientras le lamía el cuello y hacía chillar la cama con las embestidas.
Cybele le clavó las uñas para desahogar un poco el estruendo que ese elfo le estaba haciendo sentir.
— Thranduil —jadeó hundiendo más sus uñas hasta sacarle un poco de sangre.
Ese gesto junto con su nombre, lejos de sentir dolor, lo volvió loco. Ella sabía cómo enloquecerlo de deseo o disgusto, esa jovencita tenía la llave que abría todas las puertas del amargado rey y al parecer Cybele estaba consciente de eso, o eso creía él.
Le tomó ambas manos y se las colocó sobre la cabeza, apretándola con algo de rudeza, si no estuviese tan febril, Thranduil ya la tendría boca abajo y dándole de nalgadas con gusto, ella lo encendía, lo incitaba, perdía por completo su control y desataba a una bestia que llevaba milenios dormida.
La reina estaba literalmente enterrada en la cama y gemía agradecida por eso, volvió abrir los ojos estando ambos en el abismo del orgasmo de la década, pero esta vez no era la melena platinada que la bañaba sino una roja intensa, no habían ojos azules mirándola, sino unos verdes como las esmeraldas. Cybele sonrió y grito abatida por el nirvana.
— Gilas.
El rey que también había alcanzado la cúspide perdió por completo el goce del momento al escuchar el nombre de otro hombre en semejante momento de intimidad. La miró compungido y asombrado, ella aún convulsionaba de placer, un placer que él le había dado.
— Thranduil —dijo volviéndolo a mirar y le sonrió. Liberó una de sus manos ya que él había aflojado por completo el agarre, y le acarició en rostro—. Fue sublime.
Se quedó dormida en el acto sin poder decir o hacer nada más. El elfo se tendió junto a su mujer y se quedó mirando el techo mientras pensaba en lo ocurrido. Hacia unos días atrás hubiese saltado de la cama y herido de muerte al capitán pero luego de lo sucedido con los guardias de Cybele se pensaba mejor el darle muerte a alguien, más si ese alguien era un elfo de su ejército. Era obvio que ella no estaba en sus cabales al hacer el amor y que pudo estar alucinando al decir el nombre de Gilas.
Yendo contra todos sus instintos Thranduil decidió no hacer nada al respecto, mejor esperaría a ver si se confirmaban semejantes sospechas. Se levantó y tomo varios lienzos húmedos para limpiarla a ella y a sí mismo.
Lo que desconocían ambos amantes en ese momento era que la medicina elfica que el rey le había dado, inofensiva para los elfos, en los humanos sobre estimulaba el hipotálamo y la testosterona en sangre, incrementando el deseo sexual a niveles casi peligrosos, de allí la irracionalidad que se apoderó de Cybele y sus alucinaciones mientras hacía el amor con el único que tenía el derecho de poseerla, su detestado esposo.
La mañana llegó y el sol bañó con su luz a elfos y humanos por igual. Cybele abrió los ojos y miró el astro rey junto con la fresca brisa de la mañana y el cantar de las aves. Al ser la reina su habitación gozaba de una pequeña ventana que le permitía ver el exterior y no vivir por completo en una cueva que no se sabía cuándo era de noche o de día. Se sentía muy bien, radiante y alegre, por instinto apretó la mano que la tenía sujeta de su cintura, el pecho que estaba aferrado a su espalda le proporcionaba un calor extremadamente agradable, el respirar acompasado de su acompañante dormido la invitaba a seguir en brazos del dios del sueño.
Pero, su conciencia asaltó a su mente y salió disparada de cama encontrándose desnuda y viendo el cuerpo de su esposo en igual condición sobre el lecho.
— ¡Oh, por dioses! ¿Qué has hecho? ¿Qué me has hecho?
Podía sentir sobre su cuerpo las manos que la acariciaron, los labios hinchados por los besos al igual que su entrepierna inflamada y humedad por el amor. No podía recordar nada, trato con fuerzas pero fue inútil. Lo que si recordaba a la perfección era el odio, el deseo de venganza y la ira que sentía por el hombre que estaba en su cama.
— No te he hecho nada que no me hayas pedido de forma explícita —respondió Thranduil de mal humor, ella lo había despertado de golpe y lo miraba igual de retadora que siempre.
— ¿Cómo has podido? —las lágrimas se deslizaron por sus ojos ambarinos—. Lo has hecho otra vez, me has forzado otra vez —se llevó las manos a la boca, el desagrado que sentía fue tal que casi volvió el estómago.
El rey se levantó de la cama como un vendaval, la tomó de los hombros y la devolvió a la camastro de un empujón, se le echó encima y se enterró dentro de ella; Cybele gritó pero no un gritó de asombro, o rabia, o disgusto, había sido un gritó de placer y Thranduil comenzó a entrar y salir de ella como el pistón de una locomotora a toda velocidad.
La reina lo tomó con fuerza del cuello o saldría expedida de la cama, su mente hizo cortocircuito una vez más, lo sentía a la perfección, cada vena inflamada de su pene, cada pliego de piel, el infierno estaba desatado entre sus vientres, y el fuego de su falo la atravesaba y la partía en dos sin oposición alguna.
Thranduil la tomó del cabello y la hizo girar la cara, hasta que sus labios se pegaron de la oreja femenina.
— Yo no te he forzado a nada —le susurró con la respiración agitada y la maravillosa voz masculina y sensual que poseía, excitándola hasta los limites—. Así como jadeas, gimes y gritas ahora, lo hiciste anoche —la penetró con más fuerza, entrando en ella hasta lo último y obtuvo lo que quiso un, grito—. No te forzó ahora y no lo hice anoche… anoche me pediste que te tocara… que te amara —le lamió la mejilla y le pellizcó un pezón haciéndola gritar una vez más.
La medicina aún hacía efecto en su cuerpo, no podía detenerse, no quería hacerlo, ni apartarlo, quería más de lo que estaba recibiendo, y aquel pellizco la llevó a los limites. Se estremeció y fue víctima de los espasmos que causaban el placer supremo. Thranduil no la dejaría, no le tendría piedad, no aminoró la velocidad y continuó poseyéndola con la misma pujanza.
Cybele quiso mirarlo, decirle algo, negar de alguna forma que aquello estaba pasando, pero no era tan ciega, ni tan tonta; aquello sí estaba pasando y lo estaba gozando como jamás supuso que podían disfrutar una mujer y un hombre en intimidad.
Las piernas se amarraron a la cintura de él y reforzó el agarre al grueso cuello del rey pues el frenetismo era tal que ya tenía hasta los hombros fuera de la cama.
— Niégalo. Niega que sientes placer, niega que esto te gusta, te encanta y que lo deseas tanto como yo —ahora sí permitió que lo mirara—. Niégalo Cybele y de inmediato me detendré —ella lo miró sin poder articular palabras, ni siquiera podía tener los ojos abiertos por más de un tres segundos, no podía acallar sus gemidos aunque se mordiese los labios—. NIÉGALO —le gritó.
La reina no habló, no negó ni afirmó nada, tenía que mantener aunque fuese una pizca de su orgullo. Se corrió por segunda vez arañándole la espalda al rey y haciéndolo gritar; Thranduil casi llego junto con ella, el dolor incrementaba increíblemente su placer y sí eso le pasaba a él, seguro que funcionaba en ambos.
Casi sin fuerzas luego del orgasmo, sintió como su esposo la puso boca abajo, le mordió una nalga haciéndola maldecir del dolor y luego se enfundó en ella con sus completos 23 centímetros de erección. Cybele creyó que algo se escaparía de ella, quizás sus ojos pues en esa posición sintió que él entro aún más en ella, parecía que con el pasar del tiempo el miembro de Thranduil se podía hacer más grande.
Una nalgada, dos, tres, cuatro, gritó con cada una pues fueron dadas sin clemencia. La haló del cabello haciéndola enderezar, Cybele creyó que se desarmaría, que se caería a pedazos gracias a los estímulos que no le permitían guardar silencio ni siquiera por un instante, pero a pesar de eso no quería que parara, no quería terminar con aquello y descubrió que era cierto lo que le habían dicho durante su crianza, un poco de violencia durante el acto elevaba la experiencia.
— Te gusta así ¿Verdad? —le dijo al oído a la vez que con una mano le apretó el pecho derecho y con la otra le acarició el clítoris.
La respuesta fueron unas uñas clavadas en el muslo y otras en el brazo. Cybele ya no podía pensar, se volteó un poco hasta besarlo con lujuria y para desquitarse le mordió el labio con fuerza hasta rompérselo, esta vez los gritos fueron de él que con rabia la giró y la cargó en peso hasta estamparla contra la pared y empalarla estando de pie.
Las estocadas fueron bárbaras, el sudor los cubría, el cabello lo tenían bañado y sin esperar mucho más ambos llegaron una vez más al nirvana. Fue tan violento el orgasmo y el momento que Cybele no se explicó cómo Thranduil no perdió por completo las fuerzas y la dejó caer al suelo, pues ella había quedado en peso muerto.
El elfo sin soltarla la devolvió a la cama con delicadeza, aún sus respiraciones estaban agitadas, sus cuerpos sudando y la electricidad corriendo por sus venas cuando Thranduil se vistió sin más y antes de salir le dijo:
— No te forcé anoche y no lo hice ahora, espero que te haya quedado claro.
Cybele cerró los ojos con fuerza y se cubrió con las sabanas, estaba arruinada, lo había hecho, lo había hecho con él por voluntad propia, no lograba entenderlo, no comprendía cómo su cuerpo la había traicionado de semejante manera. Aunque no era la primera vez que su sexo la traicionaba, la noche de bodas había sentido placer aunque él sí que la había forzado.
Nuevas lágrimas bajaron por sus mejillas por unos minutos, pero se levantó completamente decidida a superar lo vivido «Sólo ha sido un momento de debilidad» y justo así lo tomó. Se bañó hasta quitar la última sensación de las manos de él sobre su cuerpo y salió vestida como lo que era "Una Reina" y no una cualquiera, era la única princesa humana que ha sido Reina de los elfos.
No continuaría consumiéndose por el odio y la impotencia, habían mil maneras de vengarse de su esposo y las usaría todas y cada una. Reinaría y eso lo enfadaría a más no poder.
Lo primero que hizo ese día fue mandar abrir el despecho de la Reina, el cual tenía siglos cerrado. Ordenó reunirse con quienes llevaban sus funciones pues ya no lo haría más, ella estaba allí y lo estaba para quedarse, le doliese a quien le doliese.
La elfa Irwi era quien de manera meramente administrativa llevaba los que aceres de la Reina de Mirkwook.
— Quiero que se me informe de todo lo que se ha hecho, lo que se está haciendo y lo que se hará —dijo a los presentes.
En el despacho estaba Irwin, el elfo Minwë que como todos los elfos era joven y hermoso, con un cabello largo color chocolate y unos ojos azul claro que casi eran blancos, él era el secretario privado de la reina y otras dos elfas que eran las encargadas de cocina y palacio, entre estas estaba Lotho.
— Además quiero conocer a mis damas, he estudiado este reino, tienen muchos aristócratas, asumo que muchas elfas quieren pertenecer a mi sequito así que espero conocerlas en los próximos días para elegir a las que más me agraden. Como saben soy la nueva reina y no solo las mujeres de Mepherden me deben atender.
— Se hará de inmediato, su majestad —contestó Irwi aunque sabía que la aclaratoria de quién era la Reina iba dedicada a Lotho.
— También quiero que pulan mis joyas y acicalen mis vestidos.
— Mi señora, con gusto se volverá hacer si es su deseo, pero ambas cosas ya están dispuestas para que las use cuando lo disponga —intervino Lotho.
— No me refiero a los vestidos y joyas que traje de Mepherden. Soy la reina de Mirkwood —recalcó una vez más—. Y el cargo viene junto con las joyas de la corona y los trajes de la anterior reina.
Los 4 elfos presentes contuvieron el aliento y abrieron los ojos a más no poder.
— Mi señora, con todo respeto, el rey…
— Lotho, el Rey no tiene nada que decir sobre esto, él fue quien me pidió en matrimonio y sé que me dará absolutamente todo lo que yo desee, además las joyas y vestidos son míos por derecho, nada tiene que opinar mi adorado esposo al respecto. Ahora por favor retírense y Minwë trae toda la documentación que deba revisar, hoy será una día muy largo —todos hicieron una reverencia y se retiraron pero antes de que salieran por la puerta Cybele agregó—. Quédate un momento Lotho.
Al estar solas la reina se le acercó y le dijo mirándola a los ojos:
— Te diré esto sólo una vez y espero que te quede muy claro. La reina, soy yo y lo soy con toda y cada una de las cosas que eso conlleva. Quien se acuesta con el rey, soy yo; su esposa soy yo, su mujer soy yo. No tu Lotho, tú en este lugar no era más que otra moza, así que anda con cuidado pues yo te puedo sacar de este palacio en el momento que me plazca y no volverás a ver a Thranduil sino una vez cada década y ambas sabemos lo que sientes por él. Ahora retírate.
La elfa trago grueso y sin decir nada se retiró. Lotho sabía contra quién librar sus batallas y Cybele era un enemigo muy fuerte, un enemigo que no duraría sino unas cuantas décadas, nada en la vida de un elfo paciente, pero podía causar mucho daño en ese corto tiempo y no perdería la cercaría que tenía con él, ni por ella, ni por nadie.
Quizás Cybele lo tuviese en su cama por los momentos pero jamás sería suyo, así como tampoco era de ella, él siempre sería de su verdadera reina, de la madre de Legolas y de nadie más.
Continuará…
