"Saborea el Renacimiento"

Capítulo VII

Adiós, Granger.

Arrojado en el sillón, intenté buscar alguna excusa que justificara mis acciones. El recuerdo calzaba perfectamente con las circunstancias en las que me veía envuelto, con cada palabra de Granger, pero sin embargo, no conmigo. No con mi manera de ser, con mi fisonomía. No entendía bajo que situación se pudo haber dado tal vesania. No alcanzaba a comprender la naturalidad que percibí -ahora que podía recordarlo, y definirlo, y casi contemplarlo como un tercer ente- en cada beso de Granger, en cada movimiento de caderas, en cada respiración ahogada por más besos, y abrazos y caricias abrumadoras. Fue lo que se llama una demencia, producto del más asqueroso deseo lujurioso, tan propio del humano.

Por un momento abracé la idea de hablarlo con Granger, puesto que era evidente que lo sabía, pero lo pensé un poco mejor: ¿Que ganaba yo? Además de una sonrisa de de la niña, considerando que estaba realmente deseosa de que yo me enterara, nada. No me intereseba en absoluto su felicidad. Decidí que no le diría nada, mayormente para evitar el peligro que correría si alguien ajeno a la situación se enteraba. Pero ciertamente, también para no complacer a Granger, a modo de venganza. Y con lo que me gustaba verla en el estado más débil e insignificante... Sí, definitivamente el no contarle nada, no conllevaba más que beneficios para mí. Estaba decidido, no hablaría jamás, ni con ella ni con nadie, de lo ocurrido.

Esa noche no pude conciliar el sueño. Una mocosa de apoderó de mi pensamiento y no me dejó dormir.


El día siguiente transcurrió normalmente, hasta que el reloj dio las 3 de la tarde. Tenía hora con los de sexto año, y eso implicaba a Granger, que -pese a mis esfuerzos por omitirla de mi vida- había estado presente durante toda la jornada escolar, desde el recuerdo del recuerdo, en mi maldita cabeza, que daba vueltas sobre su eje miserablemente. Estaba verdaderamente mareado. Verla me hizo recordar, y muy a mi pesar, su piel lechosa y suave. Ella no estaba en las mejores condiciones: Sus ojeras desafiaban la magnitud de las mías, y su cabello estaba más alborotado que de costumbre, como si no hubiera dormido y hubiera olvidado peinarse. Di gracias, por que su deplorable estado ayudaría al olvido de la criatura. Estaba realmente fea.

¿Fea? De repente esa palabra me supo a incorrección absoluta. Fea no podía estar, por que fea no era. Me torturó que, en contra de mi propia voluntad y como una reacción completamente involuntaria, me hubiera puesto a meditar la belleza de Granger. No tenía sentido, por que no me importaba. Nunca me importó tampoco.

Lo que sí me hizo arder de curiosidad, fue el saber si aquella apariencia física tan asquerosa tendría que ver algo conmigo. Decidí no darle más vueltas, por que el fuego que se apoderaba de mis pupilas al momento de observarla, era tan obvio, que hasta el imbécil de Weasley pudo haberlo percibido. Y como bien sabía yo, el peligro de la situación corría si se enteraba otro personaje. Esa semana evité a Potter y a Weasley, y tuve algo de éxito, pero estaba imposibilitado de hacer aquello con Granger, por la simple razón de que estaba castigada... por mí. Lamenté el haber sido tan duro con ella.

Recorría impaciente mi oficina, dando vueltas inconclusas, tirando libros, pociones, y exámenes a mi paso. Eran las siete de la tarde, y yo estaba esperando la llegada de Granger, de que me sirve mentir. Aunque la decisión estaba tomada, me resultaría sumamente difícil disimular el conocimiento de los hechos. El solo verla a lo lejos, sentada en su pupitre y con la boca cerrada -por que durante la clase de ese día permaneció increíblemente callada- me hacía recordar, y sentir, cada terminación nerviosa que provocó en mí esa maldita noche. Tocaron a la puerta y no lo dudé un segundo: Era ella.

Tomé aire y abrí la puerta. No me había equivocado; ahí estaba Granger, con una pila de tomos fuera del alcance de su fuerza, que se escurría entre sus brazos y dejaba en evidencia su debilidad física. Buscó con la mirada, media obstruida por los libros de más arriba, mis ojos. Cuando los alcanzó, me fulminó con sus pupilas densas, muy seguramente buscando algo de ayuda. Hice caso omiso y le indiqué que pasara. Ella suspiró de una manera exagerada, con la intención de hacerme saber que estaba exhausta.

-Puede dejar los libros por ahí -le dije indicándole mi escritorio, y luego me volví hacia al frente, donde el mismo pupitre en el que había pasado su anterior castigo aguardaba dispuesto, con los exámenes encima- Siéntese, y prosiga con su castigo ¿Que está esperando?

Ella asintió con la cabeza y tomó asiento. Corrigió los exámenes como si estuviera repitiendo la escena de ayer. Nada especial, y yo me aburría de su monotonía. Tal vez lo hacía a propósito, y forzaba su insipidez para que yo no insistiera más, y la liberara de mis castigos. Tal vez me había descubierto, y sabía que me encantaba descubrirla en una nueva explosión de sentimientos; enojada, indignada, angustiada... a veces romántica, en el sentido idealista de la palabra. Que se enfadara conmigo, eso me gustaba. Pero discutir con ella, y ganar cada batalla sin excepción, por el simple hecho de que yo era su maestro, me fascinaba. Pensé que era suficiente de juegos. Después de ese castigo, adiós Granger. Fue un placer saborear su derrota, pero me conformaré humillándola en clases. Pensé si sería difícil dejar ir aquel recuerdo que no implicaba humillación, sino pasión. Mucho más difícil sería superar ese dulce éxtasis que produjo nuestro beso, que el capricho de burlarme de ella. Pensaba en Bellatrix Lestrange, que en vista de tanta abstinencia, se convertiría -una vez más- en la fuente de la pasión que reprimía en mi interior. Con Granger delante, la trastornada hija de puta (como solía tildar yo a Bella), no parecía suficiente. No parecía nada, en verdad.

-Ya me enteré -dije yo sin apartar la mirada del libro que descansaba en mi regazo. O más bien dijo un rebelde en mi interior, por que me pareció que esas palabras que salían de mi boca estaban totalmente fuera de control. Maldije por lo bajo.

La reacción de ella, sin embargo, valió la pena: Enrojeció tanto, que pensé que la totalidad de su sangre estaba acumulada en su cabeza. Tragó saliva, se mordió el labio inferior y demoró bastante en darme una respuesta. Sabía a lo que me refería, pero no quiso ser tan obvia. Aunque para mí, su lenguaje corporal ya había sido demasiado obvio.

-¿De que se enteró? -preguntó, esforzándose de manera sobrehumana por no tartamudear.

De pronto, toda mi convicción de que el no hablarle a Granger acerca de lo ocurrido sería lo más apropiado, se desvaneció como el polvo. Ahora estaba deseoso de hacerle saber que estaba más que enterado.

-No sea cínica, Granger -repliqué irritado, y sin dirigirle ni la más fría mirada- Usted sabe a que me refiero; creo que viene esperando que lo recuerde hace bastante tiempo.

-Yo pensé... -dijo ella en una voz casi imperceptible.

-Hable fuerte y claro, Granger -la interrumpí con una voz imperiosa, disfrutando el nerviosismo que se apoderaba de ella- ¡No le entiendo nada!

-Yo vine a pedirle que me obliviara justamente de eso... aquella noche... -explicó pensando que yo no lo sabía.

-Ya lo sabía.

-¿Como dice?

-Ya lo sabía. -repetí- Me ha subestimado, Granger. Deduje la totalidad de la información sólo con sus palabras. Se delató a usted misma, debo decir que estoy algo decepcionado. Pensé, equivocadamente, que usted tenía el don de la estrategia.

Ella frunció los labios y adoptó un semblante más serio que asustado. A continuación, preguntó:

-¿Usted lo sabe todo? ¿Absolutamente todo?

-Supongo que así es. -respondí levantándome de mi asiento y dando vueltas al rededor de mi escritorio, mientras reposaba la cabeza en la palma de mi mano- Creo que tengo bajo un muy buen concepto todo lo ocurrido.

Ella me observó con sus enormes ojos marrones, cristalizados por lágrimas que amenazaban con resbalar por sus mejillas. Me pareció que estaba destrozada.

-Usted, ¿No piensa decirme nada? -continuó con la voz temblorosa- Dígame... ¿Fue acaso romántico, a su juicio? ¿Sintió algo más que un deseo impulsivo? Y si fue mera lujuria... ¿Se trata de algo que repitiría? ¿O ha sido algo tan insignificante, que no tendría que esforzarse para olvidarlo?

-No sea ingenua, Granger -respondí, ahora entristecido por la infantil ilusión de la niña. Estaba confundida, y sentí lástima. Sin duda esperaba que le respondiera que no fue puro deseo, que fue algo más parecido al amor. Y más importante, algo que repetiría. Pero no era así... o yo no quería creer que así fuese- Lo que ocurrió fue producto del alcohol y la lascivia que me dominó en ese instante.

Pero luego me atreví a decir un engaño que superaba mi descaro:

-Y no; no demoraré ni un segundo en olvidarlo. Le recomiendo que haga lo mismo.

-Profesor... -insistió ella, descubriendo en mi mirada la mentira que estaba diciendo.

-¡Basta!-la detuve mientras abría la puerta y extendía el brazo a través de ella, señal de que debía retirarse- Adiós, Granger.

Pero ella permaneció ahí, tan terca como una mula.

La contemplé, cerré la puerta resignado, y avancé hasta ella, no muy seguro de lo que iba a hacer.

N/A: Perdonen la demora. Mil gracias por los reviews, y espero que sigan leyendo tan religiosamente como siempre ¡Les debo una a todos, son mi máxima fuente de inspiración!