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EL DRAGÓN DORADO
Escrito por El Palabragrís
Libro Primero
La Gema del Cecile
Capítulo V ~ La Elfa y el Dragón
Cuando Lina y Gourry levantaron la mirada, con el sol del mediodía sobre sus cabezas, se encontraron ante una visión sobrecogedora, pues por mucho que las ilusiones de Celes hubieran intentado ilustrar de la forma más gráfica posible el destino del antiguo reino de Cecile, dichas imágenes creadas quedaban pequeñas cuando se les comparaba con la verdadera destrucción que se erigía en toda su magnitud ante los mercenarios. Pues Cecile era, en efecto, un reino fantasma, un lugar solitario, ya sin guerreros orgullosos, sin mujeres dedicadas y sin sonrisas de niños. Sus edificaciones, que en algún momento fueron el reflejo de la gloria de un lugar próspero, estaban esparcidas por el suelo como escombros de diversos tamaños y formas. Ahora sólo servían para hacer de hogar a la frondosa maleza que las había conquistado durante los largos años de abandono; era, sin duda, el escenario de la decadencia de los hombres, donde la naturaleza comenzaba a ocupar espacio, como en un ciclo de vida y muerte.
Los ojos de los aventureros, si bien cansados tras la huida y la noche en el bosque, cuando corrían escabulléndose entre las sombras, vigilando por sobre el hombro ante la inminente amenaza de Celes y los Hijos de Cecile, a quienes Lina aún consideraba como hostiles, se hallaban llenos de estupor y recorrían lentamente cada resquicio de ese reino devastado hacía ya tantos años.
—Es terrible... —exclamó Gourry casi en un susurro, con la tristeza pesándole en el corazón. No podía evitar recordar a ese chico al que le había lanzado el balón dentro de la ilusión de Celes. Se había visto tan real, pero ya llevaba muchos años muerto. Sólo le quedaba orar en silencio por su alma, pidiendo que dónde fuera que estuviese, pudiera descansar en paz.
—Sí... —fue lo único que respondió Lina, a igual volumen, el que parecía magnificado por el profundo silencio, casi reverencial, que era amo y señor de aquel lugar. Parecía que hasta el lánguido susurro del viento había abandonado a Cecile.
Caminaron lentamente, sin ir a ningún punto fijo, contemplando la ciudad sin pronunciar palabra, cada uno encerrado en sus propios pensamientos. Pero Lina sabía que, a pesar de la desgracia que la guerra traía consigo, tenían un objetivo y debían cumplirlo.
—Vamos —dijo, golpeando el brazo de Gourry de forma amigable, tratando de animarlo y también de animarse a ella misma—. Debemos buscar la gema.
El espadachín le dirigió la mirada y sonrió, asintiendo en silencio. Su compañera no sospechaba que aunque Gourry se mantenía a su lado como de costumbre, caminando de aquí a allá en su búsqueda de la gema por la que los habían contratado, rodeando muchos edificios que en sus días fueron altos y que ahora les llegaban un poco más arriba de la cintura, su mente se hallaba perdida en otro lugar, en otro tiempo, pues la destrucción vívida de Cecile le recordaba sucesos que había presenciado en años que ahora parecían muy, muy lejanos, durante aquella época de guerras amargas, cuando recién había dejado de ser un niño.
Soltó un suspiro triste y esperó que Lina no lo notara. Era un mercenario, era el estilo de vida que había escogido, pero había muchos aspectos en esa vida que no lo enorgullecían en nada, pues en su pasado él mismo había contribuido a que muchos edificios cayeran hasta sus cimientos y a que muchas sonrisas de niños se perdieran en el olvido. Él no lo había querido así, muchas veces trató de evitarlo, pero era uno de los grandes costos de ser un mercenario. Ese peso lo llevaría de por vida.
Ignorante de todo aquello, Lina parecía haberse repuesto rápidamente del impacto inicial que Cecile había supuesto en ella, pues ahora todo su ser sólo se concentraba en la única e importante tarea de encontrar la gema. Además, deseaba salir rápido de ese lugar, ya que Celes conocía su misión a la perfección y cualquiera podría deducir con suma facilidad que estarían en ese reino, dando vueltas por todos lados sin una pista clara que los condujera a su objetivo.
El peligro aumentaba con cada segundo que pasaba. Pero la hora avanzaba rápidamente y también lo hacía la impaciencia de la hechicera, quien, presa del calor de un sol inclemente y ya hastiada de la monotonía del lugar, se encontraba molesta, y peligrosamente callada.
—¿Dónde está esa maldita cosa...? —preguntó al cabo de un rato, mordiéndose los dientes mientras daba la vuelta en lo que parecía ser una avenida. Otra más, de tantas en las que habían caminado.
Gourry se quedó callado. Había estado mirando hacia las casas destruidas fingiendo acompañar a Lina en su búsqueda, pues su cabeza se mantenía atrapada en sus pensamientos, haciéndole más difícil que de costumbre el concentrarse. Sin embargo, cuando Lina le habló, bajó la mirada para contemplar su nuca pelirroja, ya que caminaba a unos pasos de ella, y se permitió una sonrisa mientras la observaba sin que su compañera lo supiera, agradecido que Lina estuviera tan concentrada en buscar esa gema que no se percatara de que sólo su cuerpo la estaba acompañando, aunque su mente estuviera perdida.
Mientras la miraba, permitiéndose salir de sus recuerdos por unos segundos, no pudo evitar reflexionar en algo que ya se le había hecho costumbre, pero que en momentos como ése salía a la palestra como un bálsamo que lo curaba: por alguna razón, estar junto a Lina lo hacía sentir tranquilo, como si ella fuera capaz de desvanecer todas sus culpas con algún hechizo desconocido. Acentuó su sonrisa y en su rostro se dibujó una mueca casi solemne, aunque con algo de pesar oculto en el fondo. Lina nunca le había preguntado acerca de su pasado, pues ella vivía el presente, y eso la hacía tan especial. No importaba que hubiese hecho él en su más temprana juventud, ya no volvería a destruir; ahora protegería. La protegería a ella.
—Eh, ¿sigues ahí? —Lina le preguntó casi en un grito, notando por fin que Gourry no le había respondido.
—Ah, sí —contestó él, centrando sus pensamientos. Se llevó una mano al mentón y miró a la ciudad, preguntándose por primera vez dónde podría estar la gema—. ¿Ése que nos contrató no te dijo dónde podíamos encontrarla?
—¡¿Crees que estaría dando vueltas como una tonta si lo hubiera hecho?! —le respondió la hechicera, casi indignada.
—No, supongo que no —Gourry se alegró de que Lina no volteara para mirarlo, pues de haberlo hecho, la sonrisa elocuente que tenía en la cara le habría costado un fuerte golpe. Sí, ciertamente ella era la llave para dejar su pasado atrás; la persona a la que él más atesoraba en el mundo.
Con ambas manos en la nuca, aceleró el paso para ponerse a su lado, sin dejar de sonreír gustoso, con los ojos clavados en su compañera. De pronto, Lina volteó a él con una mirada furibunda, pues su paciencia ya se había agotado por completo, y con un fuerte "¡¿Por qué te estás sonriendo si todavía no encontramos la gema?!" recibió un golpe en la cabeza y nuevamente, como de costumbre, quedó tumbado en el piso... Y, sin embargo, seguía sintiéndose alegre. En paz.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
La armadura plateada de Altair brillaba ante la luz del sol como si se tratase de una estrella en pleno día, y el brillo continuó hasta que su portador se adentró en las sombras de la casa de curación, donde sólo unas velas humildes y escasas iluminaban con desgano las camillas donde aún quedaban soldados heridos por el combate contra los Hijos de Cecile, unos cuantos días atrás.
No era la primera vez que iba ahí, sino que todo lo contrario. Desde que habían sufrido el ataque, a pesar de no tratarse de algo nuevo para los soldados, visitaba a los heridos dos o tres veces al día, algo que no pasaba desapercibido para los ciudadanos de Galdabia, quienes mantenían en gran estima a su General, guardando dentro de sí la esperanza de tenerlo para siempre bajo el cobijo de su Reino, para así sentirse más seguros ante los ataques del exterior; de ese mundo ajeno y hostil que se negaban a conocer. Altair conocía muy bien los rumores que hablan de él. Los oía en la guardia y en los barracones, los escuchaba al pasar en las calles, los leía en los escritos de los ciudadanos, en sus periódicos y panfletos, y los escuchaba en las sirvientas que cuchicheaban dentro de Palacio y en los miembros de la Corte Real... Y, sin embargo, no podía evitar detestarlos. Conocía muy bien su posición y el amor que el pueblo de Galdabia le profesaba, pero no podía evitar sentirse desgraciado por su vida, por lo que pudo ser y nunca fue.
Caminó entre los heridos sintiendo compasión por ellos, arrastrando unos dedos por los bordes de metal de las camillas mientras los observaba con ojos inescrutables. Tantos buenos hombres heridos por la locura de algunos.
Siguió caminando hasta que de pronto sintió un escalofrío que le escosó el alma y le heló la sangre, pues ante él yacía el cadáver de alguien sin nombre, con el rostro cubierto por una tela, de ropas manchadas por sangre seca y de manos tomadas sobre el pecho. Levantó la tela levemente, le miró el rostro y no lo reconoció, como a tantos que luchaban fervientemente bajo su mando, peleando por él como si fuese un hijo o hermano aunque él los desconociera por completo. Pero no importaba conocer a los soldados que sólo se convertían en cifras al final de la batalla; todos luchaban por lo mismo y seguían las órdenes del mismo Monarca. Eso, y sólo eso, importaba. Las palabras del Rey eran absolutas y deberían seguirlas aunque aquello significara la destrucción de sus cuerpos y de sus almas.
De haber creído en algún ser supremo, Altair hubiese elevado una plegaria por aquel soldado anónimo, pero su fe en las deidades llevaba muerta mucho tiempo y ahora sólo los tenía por seres poco confiables que podían volver como enemigos en cualquier momento. De todas formas, agachó la cabeza y cerró los ojos, mostrándole sus respetos a aquel difunto, y deseó que esa alma que había blandido su espada para él descansara en paz en dondequiera que llegasen los caminos que tomaban los muertos, si es que iban a algún lado tras abandonar la carne.
Sin decir más, ya agotado por tanta miseria oculta al resto, se encaminó fuera de la casa de curación, pero antes de siquiera cruzar la puerta, se encontró con la pequeña anciana que siempre cuidaba de los heridos.
—Señor Altair —le dijo ella, no tan sorprendida de volver a verlo, aunque siempre agradecida de tenerlo cerca—, ¿le sucede algo?
Altair la escrutó como lo hacía con cualquier persona, sin cambiar su semblante y ocultando todo sentimiento que pudiera expresar su rostro, siempre estoico. De haberlo sentido, hubiera reído, pues hasta una anciana como ella, tan insignificante en comparación con la grandeza del mundo, de Galdabia y de su Rey, se habían percatado de su estado de ánimo.
—No —respondió con voz seca—, todo está bien.
—Ya veo... —la anciana no dijo más y sólo se le quedó mirando por un momento. Luego, le entregó una dulce y agotada sonrisa—. Espero que vuelva pronto por aquí, señor. Los soldados siempre parecen mejorar mágicamente cuando usted está cerca.
La imagen del cadáver que recién había visto se le apareció en la mente en un instante. Esa anciana jamás se imaginaría lo ridículas que sonaban sus propias palabras, por mucha buena intención que hubiera puesto en ellas.
—Ya veremos —concluyó, endulzando su voz en la medida de lo posible antes de reanudar su camino fuera de la enfermería.
Al salir, luego de que los ojos se le acostumbraran a la luz del sol, levantó la mirada para ver a Galdabia, a sus grandes edificios pálidos, a sus orgullosos y valientes habitantes, al gran Palacio que se levantaba a lo lejos, protegido por su propia ciudadela. De pronto, sintió una punzada un su interior y no supo identificar qué era, pero lo hacía sentir molesto. Con los ojos clavados en el Gran Palacio Real, sintiendo ese ardor en sus entrañas, concluyó en algo que él ya sospechaba: quizás era cierto eso de que el camino al infierno estaba pavimentado de buenas intenciones.
Sacudió la cabeza levemente y continuó caminando. Su Rey le había ordenado nuevas tareas y él debía obedecer.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
—Lina, esa casa ya está destruida, ¿podrías dejarla en paz?
—¡Cállate!
Lina estaba furiosa, más furiosa de lo que había estado en mucho tiempo. ¡Se sentía tan cerca de su premio gordo, de sus diez mil monedas de oro, y resultaba ser que Cecile era un lugar tan grande que llevaban horas caminando y aún no había rastros de la gema! El edificio ya destruido que estaba ante ella era la única manera que tenía para liberar su rabia, y con cada hechizo que le lanzaba se sentía un poco más... enfurecida. Ya ni siquiera golpear a Gourry la tranquilizaba, y ahora su compañero espadachín, que la miraba aburrido desde la piedra en la que estaba sentado, sólo contribuía a alimentar el fuego de la ira que incendiaba todo su interior.
—¡¿Por qué no le pregunté a ese rey de pacotilla dónde estaba cuando tuve la oportunidad?! —maldijo en un grito furibundo y dejó escapar otro hechizo rápido. El polvo se levantaba descontrolado y los peñascos volaban por todos lados, pero a ella no le importaba, la destrucción le hacía sentir bien; enfurecida, pero a su vez, liberada.
Gourry simplemente soltó un suspiro, otro de tantos que había dejado escapar a esas alturas, y miró hacia el horizonte: el cielo estaba teñido de rojo y unas gruesas nubes lejanas parecían amenazar con tormenta. Si no salían de ahí rápido y encontraban refugio, quedarían atrapados bajo una húmeda noche.
—Lina, ¿podrías dejar de hacer eso? Se está haciendo tarde.
Pero el espadachín no calculó que al decir esas palabras, sólo volcaría la ira de su compañera contra él, otra vez. Lina se volteó de súbito, como un espíritu maligno que había encontrado a quien atormentar, y encaró a Gourry, caminando lentamente hacia él. Sus propias pisadas levantaban el polvo por la fuerza con la que las propinaba.
—Entonces, dime —lo amenazó con una voz de mando, de tono bajo y marcado. Gourry sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y lamentó el momento en que se le ocurrió abrir la boca. Sin embargo, por un momento pareció que Lina no iba a decir nada y que se quedaría eternamente en esa posición, con su índice señalando al muchacho, con una mano apoyada en la cadera con fuerza y con el ceño tan fruncido que sus cejas parecían volverse una, pues a pesar de que su aura amenazante continuaba invadiéndolo todo, no pronunciaba palabra... Hasta que, de pronto, lo tomó por el cuello y comenzó a zamarrearlo como a un estropajo—. ¡Dime dónde podemos encontrar esa maldita gema! ¡¿Acaso no importan las diez mil monedas de oro?! ¡En vez de estar sentado viendo cómo crece el pasto en este estúpido lugar, ayúdame a buscar, ahora!
—¡Entiendo, entiendo! ¡Ya, detente! ¡En serio, Lina, detente!
A pesar de sus súplicas, las que lanzaba con voz asfixiada, Lina no se detenía, exclamando improperios que el pobre espadachín no lograba comprender por todo el movimiento. El mareo lo estaba desbordando y la falta de oxígeno producto de la fuerte presión con la que su compañera le oprimía el cuello lo estaba venciendo. Pero de pronto, vio a lo lejos algo que no habían visto antes, por muchas vueltas que hubieran dado alrededor de la destruida ciudad.
Gourry tomó las manos de su compañera con fuerza, deteniendo el movimiento sin mayor esfuerzo.
—¡Lina, mira hacia allá!
Lina no le hizo caso de inmediato, pues se sentía sorprendida por el movimiento de su compañero, un claro y directo atentado contra su derecho de expresar su ira, y también avergonzada por haber sido detenida con tanta facilidad. Su ira no hizo más que crecer.
—¡No intentes desviar el tema, cerebro de...! —pero sus griteríos se acallaron cuando Gourry la tomó de la cabeza y la giró hacia donde estaba señalando.
Y entonces, sorprendida, contempló algo que parecía muy fuera de lugar con todo el escenario que representaba Cecile: a lo lejos, en una de las zonas que habían revisado ya muchas veces antes sin ver nada nuevo, se levantaba un edificio que parecía estar intacto. Tenía una forma rectangular y unos cuantos pisos de altura, con un techo de tejados de un verde muy opaco y de paredes pulcras y pálidas que brillaban de un carmesí profundo ante el crepúsculo. Podían distinguirse en él incrustaciones de metales preciosos que lo decoraban aquí y allá, como si un pedazo de la ilusión que Celes les había mostrado el día anterior se hubiese hecho real ante ellos.
Lina se sonrió grandemente y golpeó a su compañero en el brazo. Su ánimo completamente restituido.
—¡A veces resultas ser muy útil! —le dijo, contenta.
Gourry se sobó el lugar en que Lina le había dado la palmada y la observó ofendido.
—¿A veces?
Pero la hechicera no le dio tiempo a decir más. Lo tomó fuertemente y tras invocar el hechizo indicado, ambos se elevaron en el aire, volando a gran velocidad hacia ese edificio. Ignorando las protestas de Gourry, quien sinceramente odiaba el volar de esa manera, Lina estudió la construcción a medida que se acercaban a ella, preguntándose por qué no la habían visto antes, si estaría protegida por algún hechizo y, lo más importante de todo, si podrían encontrar la gema dentro de ese misterioso lugar. No pudo evitar sonreírse por las mariposas que sentía en el estómago. El día había sido malo, realmente horrible, pero parecía mejorar.
Cuando por fin llegaron, pasados sólo unos minutos, Lina descendió a unos cuantos metros de las puertas del lugar, consciente de que podrían haber barreras que de ser tocadas de forma imprudente podrían causarles un gran daño, y estudió el pórtico del edificio. No tardó mucho en percatarse de que éste tenía una decoración muy particular y que le era muy familiar: la fachada de la pared sobre las puertas se levantaba más arriba del borde del techo, como deformándolo, y erigido ahí había un escudo que Lina ya conocía.
—Es una Asociación de Hechiceros —concluyó, sorprendida, pues no sabía que hubiera una en un lugar tan lejano.
—¿Una qué? —preguntó Gourry, en pie detrás de ella, aliviado de volver a estar en tierra.
—Olvídalo —respondió Lina sin darle mayor importancia y tragó algo de saliva.
Si antes había sido cautelosa, ahora debía serlo aun más. Ya no le extrañaba que no hubieran visto el edificio antes, pues si era una Asociación, debía estar rodeada de protecciones mágicas de toda índole. Por un segundo, su mente imaginó una escena de muchos hechiceros protegiendo ese único edificio de la destrucción que Galdabia había traído consigo, y si eso había ocurrido realmente, lo habían logrado. Pero ahora se veía obligada a enfrentar un peligro que no esperaba. Quizás lo único bueno de todo eso era que de entre todo Cecile, no había mejor lugar para esconder una gema mágica que ése que tenía en frente.
—Muy bien —dijo, convenciéndose mientras se relajaba un hombro moviendo el brazo—, si algunos hechiceros del rey de Galdabia ya lograron acercarse a la gema una vez, no veo por qué yo no pueda hacerlo. Es imposible que unos debiluchos como ésos sean mejores que yo, ¿no crees?
Tras eso, comenzó a caminar lentamente hacia las puertas que se levantaban inocentemente ante ella. Tenía una mano extendida, aguardando el sentir en cualquier momento esa presión y ese cosquilleo que le indicarían la presencia de una pared invisible y mágica que quisiera detener su avance.
—Ten cuidado —le dijo Gourry, presintiendo el peligro.
Lina no lo vio, pues su mirada estaba fija en las puertas y su mente estaba concentrada en sus sensaciones, pero de haberlo hecho, hubiera visto la enorme preocupación en el serio semblante de su compañero.
—Tranquilo —le dijo casi por reflejo y siguió caminando, dando un paso a la vez, lentamente, como si se acercara centímetro a centímetro a una bestia peligrosa.
Pero de forma contraria a todos los pronósticos, y habiendo transcurridos un tiempo que se les hizo muy lento, Lina se descubrió con la mano sujeta al picaporte de una de las puertas. No había ocurrido nada. Se sonrió, confiada, y tomó el picaporte de la otra puerta con su mano libre. Sin pensarlo mucho, sospechando que no había peligro cerca, abrió ambas puertas de par en par y fue recibida por la oscuridad del vestíbulo principal de la Asociación, la que en otro tiempo hubiese estado repleta de hechiceros ataviados con ropajes de todos los colores y formas, y de recepcionistas y de bibliotecarios esperando las peticiones de aquéllos con deseos de aprender más y curtirse en el arte de la magia.
Lina puso un pie dentro del edificio y volteó a Gourry, quien ya se encaminaba hacia ella con una sonrisa en la boca.
—Podemos entrar —le avisó la hechicera.
Gourry continuó caminando hasta que estuvo a su lado, contempló el vacío lugar junto a Lina y, para sorpresa de ésta, le puso una mano sobre la cabeza, acariciándosela delicadamente, aunque de forma juguetona.
—Recuérdame nunca dudar de ti.
Lina hizo un esfuerzo por evitar sonrojarse ante la mirada complacida y aliviada de su compañero. La mejor respuesta que halló para salir de tan repentino aprieto fue darle un leve golpe en el costado.
—Eso ya deberías saberlo, idiota.
Sin decirle más, y dándole la espalda para no mirarlo, pues sabía que el espadachín no había borrado la sonrisa de su cara, levantó una mano y gritó:
—¡Lighting!
Entonces, una esfera de luz blanquecina se formó sobre su palma, flotando dócilmente dondequiera que ella la dirigiese, iluminando toda la oscura habitación.
Ciertamente, ese lugar llevaba mucho tiempo abandonado, quizás desde que Galdabia arrasara con Cecile. A diferencia de su apariencia externa, las paredes del interior estaban agrietadas y sucias, no poseían ventanas aunque por fuera sí se veían algunas, el polvo se había amontonado en todos lados, los muebles se mantenían en pie casi de milagro y los pocos libros que quedaban en las estanterías se encontraban rotos o chamuscados por un fuego que debió alcanzarlos en algún momento.
—¿Crees que esa gema esté aquí? —le preguntó Gourry.
—Si no lo está, no se me ocurre otro lugar.
Investigaron el interior de la Asociación dejando que la hora pasara con paciencia, pues el lugar había resultado ser más grande de lo que aparentaba por fuera, pero sólo se encontraron con recámaras vacías, habitaciones sucias y desamobladas, y con un silencio rotundo y monótono que sólo era interrumpido por sus propios pasos. No importaba dónde miraran, dónde escudriñaran, no hallaban nada.
Sin embargo, cuando las esperanzas ya parecían perdidas, y cuando el agobio volvía a dominar a Lina y a su ira, Gourry tropezó descuidadamente con la respuesta:
—Lina, mira esto —la llamó tras aguantarse un quejido de dolor.
—Maldición, ¿ahora qué? —fue la respuesta que recibió.
Lina se acercó a su compañero y lo descubrió mirando sospechosamente una pared que se veía tan sólida como una roca. También se quedó mirando a la estructura oscura y lisa, y lo comprendió.
—¿La tocaste? —le preguntó al espadachín, quien sólo levantó una mano para que fuera visible ante la luz de la esfera mágica y Lina vio que tenía todos los dedos enrojecidos e hinchados. Por toda respuesta, dio un salto y le dio un golpe en la cabeza—. ¡Idiota, debes tener más cuidado!
—Lo siento —murmuró él, sobándose—, ¿cómo querías que lo supiera?
Pero Lina lo hizo callar con un shh. Alzó una mano con cuidado, igual como lo había hecho en las puertas, y no tardó en percibir la sensación de una pared mágica. Se quedó quieta un momento, sin pronunciar palabra ni emitir sonido, escudriñando en los secretos de esa protección, y se sonrió.
—Hazte atrás —le advirtió a su compañero, quien obedeció en el acto, hizo desaparecer la esfera de luz para concentrarse en lo que debía hacer, dejando todo a oscuras nuevamente, y pronunció palabras en un idioma extraño que Gourry desconocía por completo. Entonces, de manera casi inmediata, la pared ante la hechicera comenzó a desvanecerse en el aire, los muros que los rodeaban modificaron su forma, permitiendo que ventanas recién aparecidas dejaran entrar la luz natural de la tarde que de a poco se iba convirtiendo en una noche cubierta de nubes de lluvia, el piso pareció limpiarse un poco para decorarse con baldosas rojizas y el techo demostró ser de un blanco puro, adornado con candelabros pequeños y elegantes. El efecto pareció esparcirse por todo el edificio, el cual, de no haber permanecido vacío y silencioso, hubiera reflejado en plenitud su gloria de antaño.
—No sé qué se proponían los hechiceros de Cecile —dijo Lina, volviéndose a Gourry—, pero se ve que les preocupaba mucho la estética.
—Sí... —respondió su compañero, que continuó mirando a su alrededor casi maravillado.
Lina estudió lo que la pared ante ella había dejado expuesto al desaparecer, pero no se movió de donde estaba, siendo precavida. Había nacido ante su persona una escalera un tanto profunda, decorada a ambos costados con varios candeleros de velas aún encendidas que iluminaban la bajada, y al fondo, a los pies de la escalera, se hallaban dos nuevas puertas de madera que parecían conducir a un sótano.
—Vamos —le dijo a su compañero, sacándolo de su asombro, y comenzó a caminar, descendiendo los peldaños uno a uno y con cuidado, seguida de cerca por Gourry.
Cuando llegaron a los pies de la escalera, Lina se detuvo de golpe, sin dar un sólo paso más. Los vellos se le habían erizado y en su estómago sentía una sensación de peligro que se mezclaba con las ansias que le daba el estar tan cerca de su objetivo, pues podía percibir un gran poder más allá de las puertas. Debía ser la gema.
—¡No te muevas! —le gritó de pronto a Gourry, quien no se había percatado de nada e iba a continuar caminando como si todo fuese de lo más normal del mundo. El espadachín se detuvo en acto, instado por el brazo que Lina había puesto ante su pecho para frenar su caminata.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Una gota de sudor se deslizó por su frente ante el esfuerzo de no mover un músculo y quedarse estático en esa posición, con un pie a medio levantar y una mano tomada a la empuñadora de la espada.
—Esto —dijo la hechicera.
Rebuscó entre sus ropas y sacó una moneda de un metal lo suficientemente barato como para sacrificarlo. Lanzó la moneda hacia las puertas y antes de tocar la madera, pareció ser rodeada por cientos de rayos de tonalidades azules que acabaron por convertirla en un polvo inservible que cayó a los pies de ésta.
Gourry tragó saliva pesadamente, imaginándose lo que hubiese ocurrido con él.
—¡Creo haberte dicho que tuvieras más cuidado, pedazo de tonto!
Lina volvió a golpearlo, provocando que Gourry trastabillara, cayendo hacia las puertas, pero un rápido movimiento de su compañera, quien lo tomó por los cabellos jalándolo hacia atrás para que cayera hacia la escalera, lo salvó de una muerte horrible.
Gourry respiró agitado y se volvió hacia Lina.
—¡Si no me mata esa puerta, vas a terminar haciéndolo tú! —reclamó, pero Lina lo silenció con otro golpe en su cabeza.
—¡No te quejes, que me debes la vida!
El espadachín pensó en responder, pero al final sólo apretó los dientes, se cruzó de brazos, soltó un bufido y giró la cabeza hacia otro lado, haciéndose el ofendido. En parte, Lina tenía razón. Tras un momento, dirigió los ojos hacia la puerta, sabiendo bien que su espada sería inútil en esa situación. ¡Cómo extrañaba su Espada de la Luz!
Soltó un suspiro y alzó la voz:
—¿Podrás abrirla?
Lina se volteó sonriéndole y guiñándole un ojo.
—Por supuesto, recuerda con quién hablas.
Gourry también sonrió.
Sin embargo, eliminar la protección mágica de esa puerta no sería tarea fácil. Lina podía darse cuenta de eso fácilmente, pues ya había hecho caer muchas protecciones a lo largo de su vida. Pero ésta era muy poderosa, mucho más que la mayoría de a las que se había enfrentado. Sin embargo, en lugar de desanimarla, eso no hacía otra cosa que otorgarle más convicción a su deseo de deshacer ese sello, pues su meta estaba cada vez más cercana.
Se acercó a la puerta con mucho cuidado, cerró los ojos y alzó una mano, sintiendo su poder, intentando internarse en los recónditos secretos de aquella magia.
«Según esa Celes —pensó Lina—, Vasch envió a muchos de sus hechiceros a buscar la gema, pero hasta él mismo admitió que ninguno de ellos había regresado. ¿Habrán sucumbido ante este sello? —Lina, entonces, recordó un extracto de las ilusiones que Celes le había mostrado—. No, por fuerza mayor alguien debió haber liberado este sello, pues vi claramente a Vasch intentando coger la gema con sus propias manos. En ese caso, esto será pan comido. Si alguien más pudo hacerlo, no caben dudas de que también podré yo».
Entonces, concentrándose completamente en la protección que detenía su avance, sintió como si su propio poder mágico se expandiera, alcanzando límites insospechados, como si recorriera largos kilómetros en un plano muy distinto al que ella habitaba. Contempló en su mente estructuras informes y sintió poderes de diversos calibres que se alzaban contra su magia, siendo aniquilados uno por vez, como en un dominó en el que ninguno podía quedar en pie luego de que el otro sucumbiera ante la fuerza de la hechicera. Sin embargo, y a pesar de su triunfo aparente, de pronto Lina comenzó a sentir que su magia menguaba y que un gran cansancio hacía presa de ella. La lucha estaba comenzando a agotarla, y aún quedaba mucho trecho por andar, muchos poderes que domar, muchos candados que abrir. Y así, cuando pensaba que ya no podría más, cuando las fuerzas a las que se enfrentaba la instaban a dar lo mejor de sí, se sintió invadida de pronto por una paz y un regocijo enorme. Las fuerzas que la habían abandonado durante esa batalla mental regresaron a su cuerpo como en un fluir del néctar de la victoria.
Cuando abrió los ojos, habiendo perdido la noción del tiempo, un brillo celestino se apareció ante ella y múltiples rayos parecieron chocar entre sí, desapareciendo en un segundo. Tras eso, las puertas se abrieron, dándole acceso completo al espacio que custodiaban.
Lina sonrió orgullosa de sí misma tras tan larga batalla y se volvió hacia Gourry esperando recibir las felicitaciones que merecía, pero sólo se encontró con la decepcionante sorpresa de ver a su compañero dormido en el peldaño en el que estaba sentado. Sin poder resistir la rabia de ver que todos sus esfuerzos no estaban siendo valorados, levantó un puño y lo dejó caer pesadamente sobre la cabeza del espadachín, despertándolo por completo, de forma brusca y eficaz. Y antes de tomarlo por la solapa para arrastrar al confundido Gourry a través de las puertas, le gritó:
—¡Yo jugándome el pellejo por nuestro dinero y tú durmiendo!
El espadachín, sin comprender nada de lo que estaba ocurriendo, pues Lina había tardado tanto en abrir las puertas que acabó quedándose dormido, hizo el ademán de defenderse, pero ante la potente aura maligna que despedía su compañera, dedujo que la mejor respuesta sería el silencio.
Cruzaron las puertas con cuidado e ingresaron en un pasillo largo donde Lina se vio obligada a invocar nuevamente la esfera de luz para no golpearse contra nada, pues la oscuridad era total.
—¿Dónde crees que nos lleve esto? —le preguntó Gourry.
—Tendremos que caminar para averiguarlo —respondió Lina—, pero si no me equivoco, la gema está cerca. Ten lista la espada, no sabemos con qué nos encontraremos más adelante.
—A la orden —respondió el muchacho, regalándole una sonrisa confiada y tranquilizadora, y se llevó una mano a la empuñadura de su arma. Luego, ambos se adentraron en el pasillo.
El tiempo ahí dentro parecía no avanzar, y por más que caminaban parecían no llegar a ninguna parte. Nuevamente, no se escuchaba otro ruido que los pasos de ellos dos y la tensión en el ambiente era tan densa que los sofocaba. Lina se puso automáticamente a la defensiva, preparada para atacar en cualquier momento; Gourry aferró la empuñadura con fuerza, listo para desenvainar y acabar con cualquier enemigo en un segundo. Pero nada más ocurría. Las paredes homogéneas quedaban atrás mientras ellos avanzaban y nada más cambiaba. Esa monotonía parecía una tortura.
Hasta que, tras lo que fue para ellos una eternidad, divisaron a lo lejos un minúsculo punto de luz. Se miraron y caminaron hacia él sin saber lo que era, y con cada paso que daban aquel punto iba creciendo en tamaño hasta que la cercanía le otorgó un color detectable: era un brillo dorado.
—¡La gema! —exclamó Lina y echó a correr riendo como una niña entusiasmada, lanzando a la basura toda precaución.
—¡Oye, Lina, espera! —Gourry sólo atinó seguirla, en parte preocupado, en parte tan entusiasmado como ella.
La hechicera dejó de correr cuando la visión de la gema fue clara y nítida: se encontraba dentro de una suerte de habitación, o eso creyó, pues la oscuridad impedía ver paredes o estructuras semejantes que la rodearan, y estaba sobre el mismo pedestal dañado que había visto en las ilusiones de Celes, emitiendo el mismo brillo dorado que había visto tantas veces. Sin embargo, había algo más junto a la gema, algo que no había aparecido en ninguna ilusión y que Gourry hizo notar apenas alcanzó a su compañera, poniéndose de pie a su lado:
—Mira, Lina, son estatuas.
La hechicera volvió la mirada y se sorprendió ante lo que veía. En su interior sintió una extraña mezcla de sentimientos, desde la sorpresa, pasando por la lástima, hasta llegar al desprecio por la debilidad.
—No son estatuas, Gourry —dijo, caminando hacia uno de los objetos que el espadachín había visto—. Son los hechiceros que estuvieron aquí antes que nosotros.
En efecto, entre ellos había gran cantidad de figuras de piedra con forma humana, todas rodeando al pedestal de la gema. Algunas tenían los brazos extendidos, como si aún quisieran invocar un hechizo, otras se encontraban en poses más solemnes y otras en poses que podrían considerarse como de huída. Sin embargo, todas tenían algo en común: los rostros de los humanos que fueron alguna vez, algunos de los cuales se hallaban ocultos bajo capuchas, estaban marcados por el semblante del miedo. O quizás más que eso, del terror absoluto.
—¿Hechiceros? —Gourry preguntó retóricamente, observando las estatuas con cierto aire de inocencia. Pero de pronto comprendió el significado de todo aquello y en su interior nació un miedo semejante al que demostraban las figuras de piedra—. ¡Pero, Lina, espera, ¿eso significa que todos estos sujetos quisieron tomar la gema?! ¿Eso quiere decir que tú...? —pero no pudo seguir hablando; la sola idea de imaginar a Lina convertida en otra figura de piedra dentro de esa habitación le resecaba la garganta y le cortaba el aliento.
Pero Lina respondió a su preocupación con una sonrisa. A veces no sabía si Gourry era un completo idiota o si su inteligencia sólo se ocultaba hasta que el momento lo ameritara, pero en esa ocasión había dado en el clavo con lo que ella misma estaba pensando.
Le dio a su compañero un golpecito juguetón en un costado, muy distinto a todos los golpes que le había dado antes, y le dijo:
—Te recuerdo que nunca debes dudar de mí.
Entonces, Gourry se tranquilizó, sintiendo que todo el peso de su preocupación se difuminaba gracias a esas palabras que él mismo había pronunciado antes. Por un momento se sintió como un tonto, pero cuando levantó la vista a Lina, la vio como siempre: fuerte y confiable.
—Buenas palabras —le respondió, una sonrisa de calma se había dibujado en su rostro.
—Lo sé —concluyó Lina como quien no quiere la cosa y relajó el cuello, ayudándose con una mano. Luego, observó a Gourry y le devolvió una sonrisa codiciosa—. Muy bien, vamos a los negocios.
—Claro que sí —contestó el espadachín y ambos dieron los pasos que faltaban hacia la gema, hasta que estuvieron de pie ante el pedestal que la albergaba.
La piedra preciosa brillaba ante ellos, ignorante de todo lo que ocurriera a su alrededor, y ahora que estaban tan cerca de ella, se percataron de que en realidad no estaba apoyada sobre la superficie del pedestal, sino que flotaba a unos cuantos centímetros por sobre éste, iluminando a los mercenarios con su brillo dorado como el sol.
A Lina la gema le recordó algunos objetos mágicos que ya había visitado anteriormente, pues no era la primera piedra flotante que yacía ante sus ojos, pero por algún motivo recordó un objeto, si es que así podía llamársele, que había visitado hacía mucho, mucho tiempo, durante su larga travesía previa a la batalla contra Phibrizzo, el Amo del Infierno: la Biblia Claire.
«Ni en mis peores sueños diría que la Biblia Claire era una piedrecita —pensó con sorna por la comparación que se le había aparecido en la cabeza—, pero en cierto sentido, se parecen».
No sabía por qué había anexado ambas cosas en su mente, quizás fuera por algo tan simple como que ambas emitían un brillo o que ambas tenían una forma circular, o al menos ella creía que la legendaria Biblia poseía tales atributos, pues quizás todo había sido una construcción de su mente. Pero más allá de eso, dudaba que la pequeña Gema de Cecile pudiera equipararse al contenedor de todos los recuerdos del Rey Dragón de Agua.
De cualquier forma, como ya tenía esa idea en la mente, ya estando frente a la gema, bajo la mirada de Gourry y de las silenciosas estatuas que los rodeaban, Lina hizo lo mismo que había hecho en esa ocasión: posicionó ambas manos a unos cuantos centímetros de la gema, flanqueándola por los costados, y se aprestó para sacarla del pedestal, sabiendo que donde los demás hechiceros habían fallado, ella triunfaría.
Sin embargo, y aunque Lina ya esperaba algo de resistencia de parte de la gema, se sorprendió al sentir que su cuerpo se había quedado entumecido y que ya no respondía a las órdenes de moverse. Sus ojos quedaron atrapados en el brillo dorado y pareció como si la piedra le absorbiera la consciencia, pues de un momento a otro sintió como si su ser se elevara, siendo tragado hacia las profundidades de aquel objeto. Todo desapareció a su alrededor: la oscuridad, las estatuas, incluso Gourry; y tras lo que pareció un viaje largo, en el que ella sólo era una pasajera, contempló ante sí la aparición de un escenario que ella ya conocía bien, pues lo había visitado el mismo día en que conoció la Biblia Claire.
Sin poder explicarlo, observándolo todo desde las alturas, pues su cuerpo flotaba alto bajo el cielo azul, donde el viento jugueteaba salvajemente con su capa y su cabello, escuchó una voz dentro de su cabeza, una voz masculina y anciana, la que con tono solemne, pero que estaba teñida de nostalgia y dolor, le narró una historia que, aunque lo ignorara, marcaría su destino; una historia que mientras le era narrada se aparecía como imágenes muy vívidas ante ella, como si su cuerpo perteneciera a ese lugar, como si se encontrara dentro de la mejor de las ilusiones.
La voz le dijo así:
"Hubo una ocasión en que la raza de los Dragones Dorados fue destruida casi por completo. Ocurrió hace mil años, cuando resucitó la primera parte del Rey Demonio de nuestro mundo, Ojos de Rubí Shabranigdú, en lo que hoy se conoce como la Guerra de Resurrección.
Muchas leyendas se cuentan de aquel conflicto, narraciones heroicas de hermosos Elfos guerreros que levantaron sus arcos contra el mal y de Hombres mortales que entregaron su vida para otorgársela a quienes sólo esperaba la muerte. Sin embargo, pocas leyendas narradas se equiparan a ésta, a la que comenzó durante la última gran batalla de la Guerra, en las lejanas Montañas de Kataart, donde el dolor y el llanto aún pueden sentirse en el susurro del viento.
Los Dragones Dorados, fieles sirvientes de Ceiphied, con furor en sus ojos y el calor del bien en sus corazones, alzaron sus alas a los cielos, arremetiendo contra el mal encarnado en un solo y poderoso demonio. Pero el mal más oscuro que el crepúsculo y más rojo que la sangre que fluye fue más fuerte, y en lo que pareció un abrir y cerrar de ojos, fueron derrotados. Pocos sobrevivieron a la masacre, pero Él logró levantarse.
Las leyendas rezan que su nombre era Gabranth, descendiente de un gran y noble linaje.
Valiente como pocos, aunque testarudo como todo joven, quiso regresar al combate inmediatamente, clamando venganza por los caídos, por los que habían sido despojados de su lado, mas fue detenido por los demás Dragones sobrevivientes, mayores en sabiduría y poder. Algún día su juventud podría ser la salvación de su raza, no podía perder la vida ahí. Obligado por ellos, Gabranth se vio forzado a abandonar el campo de batalla, alzando sus alas hacia cielos nuevos, enterrando en su corazón el dolor del grito de los muertos.
Voló muy lejos, más allá de donde nacía el alba, deseando algún día regresar a los suyos para defenderlos como en esa ocasión no había podido, pero llegó el momento en que sus fuerzas se agotaron, conspirando contra aquel vuelo imperecedero. Hasta que ya sin poder resistir más, Gabranth se desligó del cielo, incapaz de continuar aquella travesía que no había deseado. Mientras su mente se perdía en la noche, su cuerpo inerte se dejó caer pesadamente contra un bosque expulsado de los recuerdos.
Al despertar, la Luna reina de lo alto, con su espíritu agotado y con las heridas ardiéndole en la carne, descubrió que ante Él había muchos seres que lo observaban cautelosos desde las sombras de los árboles. Eran Elfos. Y de entre todos ellos, la mirada de Gabranth fue capturada por la de una joven de belleza inconmensurable, aquélla que sólo los Descendientes de los Árboles poseen. Ella lo contemplaba desde la distancia, con tanta cautela como sus Hermanos, pero en sus ojos no se mostraban rasgos de miedo ni desconfianza. Con sus últimas fuerzas, sintiéndose seguro en aquel lugar extraño, el Dragón invocó lo poco que quedaba de su poder y tomó forma de Hombre. La observó con sus ojos del color del fuego y le sonrió; ella devolvió el gesto. La imagen que el uno guardaría del otro esa noche quedaría grabada en sus corazones con el mismo fulgor de las llamas.
Los años pasaron hasta convertirse en décadas, y las décadas transcurrieron hasta volverse siglos, y las heridas del pasado fueron cicatrizando con el andar del tiempo.
El Dragón no había olvidado a los caídos durante la oscura Guerra que ahora parecía tan lejana, pero había encontrado un nuevo hogar y una nueva familia a la cual proteger y por la cual luchar. Había sido aceptado por los Elfos como uno más y en compañía de ellos se sentía en casa, amado y respetado como en los tiempos de su juventud. Sin embargo, de entre todos los Elfos, había uno que lo amaba y respetaba como ningún otro; era un sentimiento pacífico y cálido, un sentimiento que Él regresaba con la misma intensidad.
El amor entre Gabranth y Earis, la joven Elfa que lo había contemplado con pasión en su primer encuentro, había resultado una bendición extraña en aquel lugar. Muchos Elfos miraban con recelo aquel vínculo curioso, pero ninguno podía dejar de admitir que la felicidad que ambos profesaban llenaba de alegría hasta a la más ínfima criatura habitante del verde Bosque. Era, sencillamente, un amor puro.
La Elfa y el Dragón compartían juntos la mayor parte del tiempo, acompañándose en el silencio de aquellos que saben que tendrán vidas largas, otorgándose canciones que hablaban de aventuras de Grandes Reyes de antaño y de amores resguardados en la memoria de eras lejanas. La felicidad de ambos era completa. Sin embargo, dicha felicidad que parecía tan duradera no podría evitar el encuentro con los fantasmas del oscuro pasado.
En una ocasión, Earis rogó a Gabranth acompañarla hasta un oculto monte lleno de verdes y altos pastos en lo más profundo del bosque, y Él, por supuesto, aceptó de inmediato. Caminaron unidos de la mano bajo el cielo azul de la mañana y cuando llegaron a aquel lugar, Gabranth contuvo el aliento, pues era un lugar bellísimo, el más hermoso que jamás hubiera visto. Volteó para contemplar a su amada a los ojos, regalándole una sonrisa que reflejaba la dicha que había en su alma; ella, como lo había hecho durante aquella primera noche, le sonrió con igual intensidad.
Earis, entonces, caminó con la delicadeza de los Elfos hacia la cima del monte y mientras su cabello era mecido suavemente por los vientos de la vida, comenzó a entonar una canción, preciosa como la más bella melodía. Ensimismado, Gabranth la escuchó en silencio, atesorando cada intervalo y cada sílaba. Su corazón se sentía en un sueño y al cerrar los ojos podía ver a los suyos alzando sus alas entre los vastos cielos de las Montañas Antiguas. Cuando su amada acabó su canción, Él no pudo retener el impulso y corrió hacia ella para envolverla en sus brazos.
Entonces, sobrevino el desastre.
El cuerpo de Earis pareció estremecerse de pronto y un dolor agudo se manifestó en su voz. Gabranth no lograba comprender qué ocurría, pero era capaz de sentir la presencia maligna que había dado inicio a su pesadilla. Abrazó a su amada con desesperada fuerza, implorándole que se detuviera, que controlara aquella oscuridad. Pero fue inútil. Una repentina ráfaga lo alejó de ella de un golpe y desde el suelo sólo pudo contemplar como el cuerpo de la Elfa se convertía en el nuevo despertar del Poderoso Rey Demonio.
Ojos de Rubí era inclemente e impaciente, y exigía que su víctima lo aceptara sin quejas, pues todas serían vanas.
Todo era incomprensible para Gabranth. En su cabeza se agolpaban los pensamientos incrédulos de lo que ocurría. Su amada no podía ser víctima del Demonio, pues era una Elfa, y sabía bien que Ceiphied, en su gran sabiduría, había evitado que el Mayor de los Malignos se encarnara en otra criatura que no fueran los Hombres, quienes lo purificarían con cada reencarnación de sus almas. Pero ante sus ojos estaba el hecho de su impotencia.
Se levantó con la ira de un Dragón encendida en su mirada y clamó al mismo origen del mal por una respuesta, pero no recibió contestación alguna.
Sin embargo, a pesar del caos que lo azotaba, de pronto todo fue silencio. Con el cuerpo entumecido, Gabranth escuchó una voz en su mente. La voz de su amada implorándole que acabara con su sufrimiento, que no le permitiera convertirse en el llanto de otros. Él no podía hacerlo. ¿Cómo podría acabar con la vida de su ser más preciado, del que le había regresado los deseos de continuar viviendo? Pero ella insistió, invocando al amor que ambos sentían y el furioso corazón del Dragón se rindió.
Con un grito nacido de siglos de sufrimientos y sombras, Gabranth recuperó la forma original que hace tanto no ostentaba, y como Dragón se alzó, con el corazón desgarrado, en contra del cuerpo aún cambiante de Earis. La engulló con sus voraces fauces, acabando con su sufrimiento y haciéndola suya para siempre, pues ahora serían uno ante la luz y la oscuridad.
Pero el Rey Demonio no abdicaría tan cerca de su despertar.
El Dragón sintió que las entrañas le eran carcomidas desde el interior, un ardor tan fuerte como el odio mismo, y sin siquiera proponérselo, alzó su último vuelo hacia el infinito azul del cielo. Pero llegó un momento en que sus fuerzas flaquearon e incapaz de controlarse, transformándose ahora Él mismo en el mal del Demonio, su gigantesco cuerpo dorado comenzó a caer.
Con la consciencia casi perdida ante las sombras, sabiendo que ya todo estaba acabado, Gabranth decidió obsequiarle un regalo final a la amada a quien Él mismo había dado muerte y desde su boca, con lo que parecía poco más que un susurro agonizante, cantó lentamente la melodía que su amada había entonado…
Vos que nos contemplas desde lejos,
Otorgadnos el nuevo amanecer para cantar al viento juntos.
Vos que nos oyes desde lejos,
Regaladnos aquella melodía que viene y va.
Y si los azares de vuestro tiempo infinito nos separan,
Permitidnos volver a reunirnos en el lugar de tu esperanza.
Vos que reposas en el canto de Elfos y Dragones,
Acompañadnos en la danza de la Montaña y del Bosque,
Y abrazadnos en el arrullo del amor que siento hoy.
Cuando la melodía hubo terminado, el cuerpo de Gabranth se vio rodeado por un brillo tan dorado como el color de su majestuosa Raza y mientras los últimos vientos eran testigos de la derrota del mal, el cuerpo del Dragón se desvaneció en el aire, desapareciendo por completo y para siempre.
Muchas leyendas se cuentan desde los tiempos de la Gran Guerra, desde que Ojos de Rubí Shabranigdú se manifestara intentando destruir nuestro mundo. Sin embargo, la leyenda que he narrado no tiene parangón con ninguna otra. Y si prestan atención, en el susurro de los Vientos Eternos aún podrán oír la melodía de Gabranth el Dragón Dorado, quien lo sacrificó todo para que en esta tierra no se repitiera la tragedia amarga de la Guerra de Resurrección".
Lina abrió los ojos de golpe y se alejó de la gema como si ésta le hubiera quemado las manos. Se miró y descubrió que estaba temblando, y no tardó en darse cuenta que de sus ojos habían brotado algunas lágrimas. Sin que sus piernas pudieran soportar el peso de su cuerpo, cayó sobre las rodillas, con la mirada clavada en el piso, resistiendo el mareo que sentía.
De pronto, escuchó dos golpecitos secos y luego un breve rebote, y la gema, que ya no brillaba, pareciendo una simple esfera un poco más pálida que un carbón, llegó rodando a ella. Había caído del pedestal y, como si hubiese perdido su magia, ahora se aparecía ante ella, inofensiva.
Lina se secó con furia las lágrimas que habían manchado sus mejillas y tomó la gema, controlando los temblores de su pulso. La contempló por un momento con ojos muy abiertos, aunque tenía el ceño fruncido, y en su cabeza apareció una pregunta que expresó en palabras:
—¿Qué...? ¡¿Qué demonios fue eso?!
Mientras miraba a la esfera, llenándose de preguntas nuevas, sintió que sus sentidos, aún entumecidos, comenzaban a recuperarse, y de pronto a sus oídos llegó el sonido del choque de espadas y de gritos monstruosos, los que se mezclaban con la voz casi desesperada de Gourry, que la llamaba por el nombre.
—¿Qué está pasando? —preguntó tontamente y se volteó.
Vio que su compañero se defendía a duras penas del ataque que le propinaban muchas de criaturas extrañas y grotescas que se habían apiñado dentro de la ahora aparentemente pequeña habitación oscura.
—¡Lina, reacciona! —fue lo último que gritó Gourry antes de volver a golpear a una de las criaturas con su espada, evitando que se acercaran a la hechicera, como parecían quererlo con ansias.
El grito de Gourry fue el gatillante para que Lina despertara por completo de su atontamiento. Se levantó de un salto e invocó un Fire Ball que acabó con algunos de los monstruos que los atacaban, pero desde el túnel que los conducía a esa habitación, el mismo por el que ellos habían venido, continuaban apareciendo más y más de aquellas criaturas.
—¡Lina! —exclamó Gourry cuando la hechicera se puso a su lado. En su voz se notaba cierta satisfacción al ver que la hechicera se encontraba bien, aunque eso sólo solucionaba uno de los problemas—. ¿Qué son estas cosas? —preguntó, clavándole la espada a otra que quedó retorciéndose en el piso antes de desvanecerse en el aire.
—¡Son lesser demons! —gritó ella, respondiéndole mientras se unía al ataque. Ya comenzaba a sentir su cuerpo con más normalidad—. ¡¿Qué están haciendo aquí?!
—¡Quizás quieran esa cosa! —sugirió su compañero y, entonces, Lina se miró la mano derecha; no se había percatado de que la gema seguía ahí, oscura y callada.
Mientras continuaban luchando, derrotando a esos mazoku de nivel inferior con cierta facilidad, aunque los superaban por mucho en número, Lina comenzó a buscar con la mirada al que los había invocado, al enemigo que de seguro estaría oculto esperando por el momento preciso para atacarlos. Pero de pronto Gourry soltó un grito, luego un gruñido y unos de los lesser demons desapareció en el aire frente a él. A pesar de su gran habilidad, la desventaja numérica estaba haciendo mella en ellos y hasta Gourry había sido lastimado en un brazo.
—¡Maldita sea! —gritó Lina, insultando al aire—. ¡Quienquiera que seas, aparécete de una vez!
—¿Se puede saber... —Gourry se interrumpió, bloqueando un golpe con la espada para proceder a dar un puñetazo y a enterrar la hoja en su enemigo—... con quién estás hablando?
Lina lanzó otro hechizo, acabando con varios demonios que querían rodearlos, y tuvo que sacar todas sus dotes de contorsionista para esquivar un Flare Arrow que una de las criaturas, que fue derrotada al instante ante la magia de una furiosa Lina, le había lanzado. Sólo entonces, pudo responder:
—¡Los lesser demons nunca aparecen solos, siempre los invoca alguien!
—¡Pero ¿quién?! —exclamó Gourry, dando más estocadas con la espada, aguantando el ardor de su brazo herido.
—¡¿Cómo quieres que lo sepa?!
De pronto, los mercenarios escucharon un estruendo detrás de ellos, el cual parecía provenir del techo, aunque éste no pudiera verse debido a la oscuridad de la habitación. Pasaron sólo unos segundos para que un estruendo aun mayor se hiciera presente, después hubo una suerte de explosión y el techo se derrumbó, levantando una gran polvareda que rodeó tanto a Lina y a Gourry como a los mazoku contra los que luchaban. Una gran cantidad de agua de lluvia entró por el boquete que se abrió en la estructura y sólo un poco de luz natural de una noche nublada penetró en la habitación. En algún momento, una tormenta se había desatado sobre las ruinas de Cecile.
La lluvia ayudó a que el polvo que se había levantado se asentara rápidamente, pero lo que el velo de tierra levantada ocultaba no eran buenas noticias, pues nuevos lesser demons habían entrado a la habitación y más continuaban ingresando desde el agujero, gruñendo como bestias despiadadas. Lina y Gourry estaban rodeados y sin vía de escape; sólo les quedaba luchar.
Gourry se puso a espaldas de Lina, cubriéndole la retaguardia, y entonces comenzaron una lucha desesperada donde los hechizos volaban desde ambos bandos y donde la solitaria hoja del espadachín se enfrentaba a la carne demoníaca de las criaturas, derrotándolas, al igual que como Lina derrotaba a las que estaban ante ella. Aunque, por su cantidad, no importaba con cuántas acabaran; por una que eliminaban, aparecían cinco más. Sus esfuerzos eran vanos, continuaban siendo vencidos.
—¡Esto no pinta bien! —exclamó el espadachín, jadeante.
Lina sólo gritó unos cuantos "¡Maldita sea!" mientras seguía lanzando hechizos a diestra y siniestra. Pero sabía que Gourry tenía razón. No podrían seguir así mucho tiempo, pues ya se sentía agotada y sabía que su compañero tampoco estaba en muy buenas condiciones.
«¡No puedo usar hechizos de un nivel más alto porque podría herir a Gourry! —gritó dentro de su propia cabeza—. ¡Maldita sea! ¿Qué hago? ¡¿Qué hago?! ¡Me niego a morir aquí! He luchado contra criaturas muchísimo más poderosas que éstas; ¡Lina Inverse no va a ser derrotada por unos miserables demonios inferiores!».
Los pensamientos de Lina la distrajeron hasta tal punto que sólo pudo ver el ataque de uno de los demonios cuando ya estaba casi encima de ella, y en un movimiento reflejo saltó a un lado para esquivarlo, pero el cansancio le había restado velocidad y no pudo evitar que la garra de la criatura golpeara contra una de sus hombreras. Afortunadamente, no le hizo mucho daño, pero provocó que perdiera el equilibrio, cayendo a tierra sobre las rodillas.
—¡Lina! —gritó Gourry al percatarse de la caída de su compañera. Se olvidó de las criaturas contra las que estaba luchando y corrió los pocos pasos que los separaban, aniquilando con furia letal a las criaturas que se abalanzaban desordenadamente sobre ella—. ¿Estás bien? —le preguntó cuando por fin encontró un breve momento de calma.
Pero Lina se quedó callada. Avergonzada como estaba por haber sido derribada por un simple lesser demon, sólo contemplaba el suelo acumulando rabia en su interior. Apretó las manos con ira y entonces sintió la solidez de la gema en su mano derecha. De haberla visto en otros momentos, se hubiera sentido encantada, pues equivaldría a sus diez mil monedas de oro, pero en ese instante no pudo evitar mirarla con odio, porque se encontraban en esa situación por culpa de esa maldita piedrecita que sostenía en la mano y que, de haber tenido ojos, la estaría mirando con burla por lo miserable que se veía estando sucia, herida y humillada.
Entonces, Lina perdió la cabeza. Se levantó lentamente, sintiendo que su cuerpo nuevamente comenzaba a temblar aunque por razones distintas, y enfrentó a los mazoku con una mirada aun más endemoniada que la que ellos poseían.
—¿Lina? —preguntó Gourry, olvidándose de la batalla por un momento. Aunque tenía a una horda de enemigos a su alrededor, su instinto lo instaba a escapar de su propia compañera.
—Vos más oscuro que el crepúsculo...
La voz de Lina resonó dentro de la habitación, retumbando claramente contra las paredes, pues de pronto la batalla pareció detenerse y se formó un extraño segundo de silencio.
—Lina, espera, no estarás pensando en... —masculló Gourry, sin poder creer lo que veía.
Pero Lina no se detuvo, al contrario:
—Vos más rojo que la sangre que fluye...
El cabello de la hechicera pareció elevarse en el aire mientras acumulaba poder, apuntando una mano contra la otra, como si quisiera destruir la gema que sostenía con uno de los hechizos más poderosos de todo su repertorio. Miró a la esfera de forma enloquecida, olvidándose por completo de su alrededor, y continuó recitando el hechizo, arrastrando cada palabra con un tono que hubiese llenado de horror hasta al más oscuro de los corazones:
—En vuestro gran nombre, en las corrientes del tiempo sepultado...
Quizás no se percató de ello, pero de pronto Gourry la tomó desde atrás, intentando detenerla mientras suplicaba que no hiciera lo que estaba a punto de hacer. Pero no había nadie capaz de detenerla en ese momento. Entre sus manos nació una esfera que variaba entre los colores rojo y negro, y Lina hizo todo lo posible por dirigir esa esfera contra la gema.
—...juro aquí en la oscuridad...
—¡Lina, detente! ¡Piensa en lo que vas a hacer! —pero por más que Gourry intentara razonar con ella, era inútil. Una gran aura rodeó a la hechicera y el espadachín salió despedido contra los lesser demon que de pronto parecieron recordar que se encontraban en pleno combate y comenzaron a atacarlo—. ¡Maldición, Lina, reacciona!
—...que todos los que osen oponérsenos, por el poder que ambos poseemos, serán por completo aniquilados...
Habiendo acabado con las palabras del caos necesarias, Lina acercó el rostro hacia la gema, viendo su reflejo colérico en ella, y, como si esa piedra pudiese escucharla, le dijo:
—Adiós, gemita. Drag...
Pero de pronto, cuando ya la locura parecía incontrolable y la ira parecía haberse apoderado de la razón, la gema volvió a emitir su brillo dorado, el que lo rodeó todo y sacó a Lina de su trance.
La muchacha observó la gema con ojos muy abiertos, sorprendida ante el estúpido acto que estuvo a punto de cometer. Recordó que se encontraban en medio de un combate y miró para todos lados buscando a Gourry. Descubrió que él, al ver el brillo que la gema había comenzado a emitir, el que se diferenciaba mucho al que había demostrado tener antes, pues su alcance era mucho más cegador, corría hacia ella para protegerla, guiándose sólo por su intuición.
El espadachín tomó con fuerza la muñeca de la mano con la que Lina sostenía la gema y cuando estuvo a punto de quitársela, al mismo tiempo que todos los lesser demon, viendo una gran oportunidad, se abalanzaban sobre ellos, el gran brillo los rodeó, obligándolos a cerrar los ojos fuertemente mientras se protegían con sus brazos.
Todos los sonidos desaparecieron y ni Lina ni Gourry supieron más.
~ o ~
Lina abrió los ojos lentamente, como si temiera encontrarse con ese brillo cegador al abrirlos, pero su sorpresa fue mayúscula al percatarse de que se encontraba en medio del sendero que había recorrido días antes junto a Gourry. A su alrededor se levantaban los altos árboles del bosque, y de entre las copas de estos podía verse un gran y estrellado cielo nocturno y despejado.
De pronto, percibió en su mano el peso de la gema y la miró. Ésta nuevamente estaba opaca. Su poder, cualquiera que fuera, se había ido.
—¿Qué demonios fue...?
Pero si quiso preguntar algo, no pudo, pues de un segundo a otro sintió un fuerte golpe que le llegaba desde arriba, impactándole en la cabeza. Se volteó rápidamente, presta a darle su merecido a quien la hubiese golpeado, pero se quedó en silencio al ver que Gourry la miraba con ojos que ella muy rara vez había visto. Estaba molesto.
El muchacho sólo camino hacia ella en silencio y puso ambas manos sobre sus hombreras, apretándolas con fuerza. A pesar de la protección que cubría esa parte de su cuerpo, Lina de todas formas pudo sentir la presión en los hombros.
—¡Tonta! —le dijo, finalmente. En su voz se mezclaba una gran molestia unida a un gigantesco alivio—. ¡Nunca vuelvas a hacer algo como eso!
Había muchas cosas a las que Lina se había acostumbrado durante todos esos años en compañía de Gourry, sin embargo, ser reprochada por él no era una de ellas. Pero sabía bien que no podía rebatirle nada, pues en ese momento su compañero tenía razón. Debía tragarse ese enojo que había nacido en sus entrañas en silencio. Aunque también admitía que no sabía cómo actuar en esa situación. No sabía si mantener la mirada de Gourry o si mirar hacia otro lado, si golpearlo o simplemente marcharse en busca de soledad hasta que las cosas se calmaran. De un momento a otro, todo parecía muy extraño.
Pero, de pronto, Lina sintió que Gourry nuevamente le ponía una mano sobre la cabeza, esta vez no para golpearla, sino que para, como ya había hecho antes, acariciársela de forma casi juguetona, revolviéndole levemente el cabello. A diferencia de la vez anterior, el desconcierto de Lina evitó que ella pudiera evitar sonrojarse, pero Gourry pareció no prestarle importancia, pues la miró a los ojos, de los cuales ella no se había despegado en ningún momento, y le obsequió una gran sonrisa.
—Me alegra que estés bien —concluyó, casi de forma paternal.
Lina sólo asintió con la cabeza, sin decir nada. En ese momento su cabeza era un abanico de pensamientos confusos.
Entonces, dando vuelta a la página, Gourry movió el brazo herido para cerciorarse de que estaba bien, y luego miró a su alrededor.
—¿Sabes dónde estamos? —preguntó.
Lina sacudió la cabeza para ordenar sus ideas, intentando con cierto éxito dejar la confusión de lado para volver a ser ella misma, y le respondió:
—Al parecer, estamos en el sendero que nos lleva a Galdabia.
—¿Y cómo llegamos aquí? —el espadachín se rascó la nuca al hacer esta pregunta.
—Tampoco lo entiendo, pero... —Lina levantó la gema hasta la altura de su cara, la movió de un lado a otro con su índice y su pulgar, examinándola, y continuó hablando:—, parece que esta cosa nos trajo aquí.
Gourry volteó hacia ella y también se quedó observando la gema.
—Creo que lo entiendo... o quizás no —respondió.
Lina soltó un profundo suspiro, sintiéndose realmente cansada después de tan largo día. Aún les quedaba algo de camino por delante. Ya tenían la gema y ahora debían volver a Galdabia. Ese simple pensamiento le hizo recuperar el ánimo. Volvió a mirarla y se sonrió. De pronto, el peso de esa piedra parecía ser más agradable.
—Cómo sea —dijo, acentuando la sonrisa mientras miraba al espadachín a los ojos—, ahora podemos ir a buscar nuestras mil monedas de oro.
Gourry le sonrió también. No le importaba tanto el dinero, la verdad, pero si Lina estaba contenta, también él. Se llenó de aire los pulmones, disfrutando del aire nocturno, y exclamó:
—¡A entregarla, entonces! ¡Vamos a...! —de pronto se detuvo, sin saber cómo concluía la frase. Miró a Lina con una mueca de ignorancia y alzó la voz con su calma habitual:—. Eh, ¿cómo se llamaba ese lugar?
A Lina esa reacción no le extrañó en absoluto. Se guardó la gema entre las ropas para mantenerla segura y comenzó a caminar, ocultando una sonrisa gustosa no sólo por el dinero que ganarían. Cuando ya llevaba unos pasos, levantó un puño al aire, victoriosa, y exclamó:
—¡A Galdabia!
Y Gourry, que se había quedado rezagado a unos metros de ella, trotó para alcanzarla, comenzando su caminata en el sendero que los llevaría donde el rey que los había contratado. Mientras corría, levantó su brazo ileso y también gritó, alegre:
—¡Sí, a Galdabia!
Entonces, ambos se perdieron en la noche. Por algún motivo, sabían que el viaje sería tranquilo; ya no había nada que temer.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Era como si la luz hubiese dejado de existir. Tan sólo había un chapoteo, uno que se repetía una y otra vez, no a intervalos regulares, sino que a destiempo, golpeando las aguas según la voluntad de aquella figura femenina que lanzaba piedras a la laguna ante ella, mientras estaba sentada sobre una lisa roca que le servía como el más c ómodo sofá en aquella caverna oscura y perdida en el olvido.
La mujer, de un rostro maduro que, sin embargo, ocultaba toda la edad por la que había cursado su vida, mantenía la mirada fija en las ondas provocadas por las piedras que lanzaba al impactar contra la superficie del agua. Pero sus ojos eran inescrutables. En su rostro no se hallaba el más mínimo resquicio de sentimiento; era como una estatua, un maniquí que vivía sólo para cumplir con su rito de soledad eterna, alejada de todos, sin deseos de aproximarse ni siquiera un poco a sentimientos más poderosos que su melancolía y el gigantesco vaivén de recuerdos que siempre la acosaban, torturándola y amándola a la vez.
Y, sin embargo, esta mujer no estaba sola, pues de pronto una suave brisa entró en la caverna, haciendo bailar levemente el vestido semitransparente que de forma simbólica cubría su desnudez, dejando a viva luz la silueta de un cuerpo que no había visto el pasar de los años, manteniendo la forma de una edad hace ya tanto tiempo pasada; una brisa que, asimismo, mecía su cabello, de color azulado, largo hasta la cintura. La mujer se llevó una mano a él para detener el movimiento, y sin quererlo descubrió una oreja, más larga que la de cualquier humano.
Tomó otra piedra y arqueó un poco el brazo, presta a lanzarla,… pero se detuvo.
En su rostro, impávido hace sólo segundos, como aislado de todo, los labios se torcieron, formando la mueca que precede al llanto, pero logró contenerse, y aunque el brillo húmedo y creciente de sus ojos verdes como las hojas delataban las lágrimas que deseaban derramar, no cayó ninguna. Todo lo contrario. Los labios de la mujer mutaron su forma nuevamente, formando una leve, aunque triste sonrisa y, alzando la mirada hacia el cielo rocoso de la cueva, donde ella podía imaginar las estrellas del cielo nocturno, alzó la voz en un susurro planeado para ella misma, pero que resonó por las cavidades de la roca hasta perderse en el vacío:
—Parece que el dragón ha vuelto a volar…
Acentuó un poco su sonrisa y bajó la mirada de golpe, cubriéndose el rostro con su largo cabello. Entonces, sin siquiera mirar, acostumbrada por los años de práctica en aquel mismo mantra, lanzó la piedra que tenía en la mano hacia la laguna, creando nuevos chapoteos; su sonido, su compañero en la soledad.
Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff
~Escrito entre 2003 y el 19 de julio de 2009 / Revisión final el 2 de agosto de 2014~
