Zhanna comenzó a cerrar los ojos una vez comprobó que su madre por fin había conseguido conciliar el sueño, tras pasar una buena parte de la noche dejándose la voz llorando y suplicando a gritos sin que ello ablandara el corazón de los guardas. Yana tenía mucho sueño pero, al igual que Bronislava, no podía dejar de pensar en su hermano. Qué le estarían haciendo aquellos monstruos, era algo que no podía quitarse de la cabeza y le hacía estremecer más que el frío de la celda. Bronislava aún tenía los ojos húmedos por mucho que luchara por detener las lágrimas. Aún le parecía oír en su cabeza los disparos del pelotón de fusilamiento que acabó con la vida de su padre; tal vez aquella noche su hermano mayor, el único hombre que quedaba en la familia, correría su misma suerte, o incluso peor. A él la muerte no le recibiría a la puerta de su casa, sino en una prisión, golpeado y torturado como un perro. Aquello no podía ser cierto, era demasiado duro de aceptar. Ambas niñas estaban abrazadas en un rincón, intentando darse calor y consuelo mutuamente, sin hablarse pero conscientes de que pensaban en lo mismo.

Un grito desgarrado hizo abrir los ojos a Zhanna. Los gritos eran tan frecuentes que se podría decir que era la música con la que dormían todas las noches, y no importaba cuánto tiempo llevaran ahí, aún les ponía los pelos de punta. No era seguro que fuera de su hermano pero aquella remota posibilidad no las tranquilizó en absoluto. Afortunadamente, su madre no lo oyó, ya que hubo un momento en que pensaron que su corazón no iba a soportar ver al hijo de sus entrañas arrastrado por el corredor; era mejor que descansara en la inopia, aunque fuera por un par de horas.

El silencio volvió al gulag, de modo que las niñas bajaron sus cabezas de nuevo, aunque Zhanna no volvió a tratar de dormir y permaneció acurrucada sobre sí misma.

Apenas dos minutos después, un nuevo grito resonó, esta vez no de una sino de al menos tres personas, seguido de un tremendo golpe que hizo levantarse instintivamente a Yana y despertar a su madre. Unas voces de alarma hicieron eco en los pasillos, y ella, pronto espabilada, corrió a reunir a sus hijas en torno a sí misma, rodeándolas con sus brazos.

- ¡Corred!

- ¡Deprisa!

Las luces del pasillo se encendieron y los demás presos comprobaron enseguida, pegados a sus barrotes, que algo grave ocurría. Un pelotón de guardas armados pasó por delante de las celdas, gritando y corriendo.

- Mamá, ¿qué está pasando?-preguntó Bronislava, su voz siendo apenas un susurro.

- ...No lo sé...-respondió ella. Era evidente que no lo sabía y la incertidumbre la estaba aterrorizando, porque cada vez apretaba más fuerte a las niñas contra sí.

¿Una invasión extranjera? ¿Un motín? Fuera lo que fuera, tenía que ser algo terrible, ya que otro grupo de soldados cruzó el pasillo a toda prisa.

Unos cuantos disparos se unieron a los gritos. Después, los gritos que venían del ala contigua al corredor se intensificaron, sonando angustiosos, doloridos. No sólo las niñas estaban asustadas: los otros presos se temían lo peor. ¡Si al menos pudieran ver qué pasaba!

- ¡Fuego!

Aquel fue el último grito que se oyó y la voz que lo profirió era de uno de los presos. Una pequeña nube de humo no tardó en mostrar a la madre y sus hijas que era verdad: se había desatado un incendio. ¿Dónde estaban los guardias? ¡Si nadie les sacaba de allí, morirían todos abrasados o asfixiados! La mujer cerró sus ojos con fuerza y recitó para sí una rápida oración.

Como si Dios hubiera respondido a su súplica, primero se oyó un tintineo metálico en la distancia seguido de un chirrido. Unas voces alteradas intercambiaron unas palabras rápidamente antes de que se oyeran pasos acelerados y los mismos sonidos otra vez. Entonces, una figura grande y corpulenta apareció ante su reja, cosa que hizo que Zhanna reprimiera una exclamación.

- ¡Misha!

Heavy no dijo nada y se apresuró a abrir la puerta con una llave que ninguna de las niñas vio que estaba manchada de sangre, aunque sí que la vieron salpicando su camisa. Apenas había abierto la reja cuando su madre se lanzó a sus brazos y lo besó una y mil veces en la mejilla y la frente.

- ¡Misha, hijo mío!

- Dejemos eso para más tarde, tenemos que irnos ya-fue todo lo que dijo Heavy, tomando del brazo a Yana para sacarla de la celda y haciendo gestos con la cabeza a sus hermanas para que hicieran lo mismo.

- ¿C-Cómo irnos? Misha, ¿qué...?

- No hay tiempo para explicaciones, ¡haz lo que te digo!

Ninguna de ellas insistió más. Cuando salieron de la celda y miraron a su alrededor, todo empezaba a verse bien claro: los presos ya liberados estaban ayudando a salir a los que aún quedaban atrapados en sus celdas. Decenas de personas salían corriendo en tropel hacia la salida más cercana, mezclando gritos de júbilo con exclamaciones de apremio. Aunque el humo se estaba volviendo cada vez más denso, era aún posible ver las huellas de sus zapatos manchados de sangre en el suelo. Su madre le miró con horror. Había conseguido deshacerse de los guardas, pero, aunque tenía algunas magulladuras, parecía estar en buen estado. Pero no podía estar segura.

Las niñas habían comenzado a correr y Heavy iba a ir con ellas cuando notó el miedo en los ojos de la mujer. Se detuvo y su mirada se ablandó por un momento mientras le decía, tomándole la mano:

- Todo saldrá bien, te lo prometo.

Y tiró de ella, no dándole tiempo a que respondiera. No tardó en sentir la dulce mano materna apretando la suya con fuerza mientras atravesaban el pasillo entre otros tantos presos rezagados, los últimos que quedaban en la prisión.