SÉPTIMA PARTE:
HOSTILIDAD
Agnes movía la cabeza de un lado a otro con amable testarudez mirando a María, que se encontraba acurrucada debajo de las sábanas, apretando entre las manos un pañuelo usado que a cada momento se llevaba a la nariz para ahogar sus estornudos.
-Missis Mary, insisto en que llamemos a mister Jones o al menos a un médico. –susurró por cuarta o quinta vez la sirvienta.
-¡Nada de… ACHÚ… médicos! –chilló María, limpiándose la nariz. –Estoy bien, sólo estoy resintiendo el… -enmudeció de pronto, por poco y olvidaba que Agnes, por muy buena disposición que tuviera, no sabía que sus patrones eran representaciones de países, y decirle con toda calma que estaba resintiendo el matrimonio hubiera sido una frase controversial.
-¿Resintiendo… el accidente de ayer? –concluyó la mujer con candidez.
-Sí… ¡sí! Eso mis… ACHÚ… mismo. –respondió aliviada la mexicana. –Ahora, en serio, tráeme un té de canela cargado con limón. Y endúlzalo con miel en vez de azúcar.
-¿Un té con la fiebre que tiene, missis?
-Esa es la intención, sudar la enfermedad, ¿qué no?
Agnes no entendía qué podía tener de sano sudar cuando uno ya padecía fiebre alta, pero se encogió de hombros y salió; María aprovechó para arrebujarse a su antojo, despatarrada en la cama, y apoyando la cabeza en los mullidos almohadones. Algo que tenía que admitir, muy a su pesar, era que las camas en casa del odiado gringo eran más cómodas que los duros camastros de paja en que tuvo que acomodarse por muchos años durante su primera gran guerra.
Ya estaban cerrándosele los ojos cuando la puerta se abrió de nuevo. Sin moverse de su postura de recién nacido dijo:
-Pon la taza aquí en el buró, Agnes, gracias.
-Hey… -María dio un fuerte respingo al reconocer la voz que le saludaba, y salió de su cómodo nido dando un salto. Frente a la cama y apoyado contra una de las columnas del dosel estaba Alfred, con expresión indescifrable en sus ojos celestes.
-Ah… eres tú. –contestó con indiferencia la mexicana, volviendo a hundirse en los almohadones. -¿Qué quieres?
-Ver cómo estabas. –repuso Alfred con la misma naturalidad. –Te resfriaste.
-No, ¿cómo crees? –dijo ella con sarcasmo.
-Temí por un momento que te rompieras un hueso o te hirieras con las rocas cuando caíste.
-Pos ya viste que estoy perfectamente bien, así que puedes retirarte, a menos que quieras quedarte aquí y dejar que te contagie de mi resfriado.
-No puedes hacerlo. Sé que no es un… resfriado común. –el norteamericano dejó escapar una leve risotada mientras se sentaba en el borde del lecho. –No soy tan idiota como crees, you know?
-Ya sé que no eres un idiota. En realidad lo que tú eres es peor que un idiota. Eres un desgraciado abusivo y cruel, y sabes bien que no te soporto. –le espetó María. Alfred se redujo a volver a repetir el sonido extraño.
-I know. Es por eso que me complace tenerte aquí, Mary.
-¿Para qué, para torturarme con tu odiosa presencia?
-No. Más bien para demostrarte que estás equivocada y que no soy lo que tú aseguras que soy.
-Nada en tu actitud ha indicado tal cosa. –la mexicana cerró los ojos y se acurrucó bien, cubriéndose con las mantas. –Hazme un favor y déjame dormir, si empeoro no te haré ningún bien, y lo sabes.
El norteamericano se puso tan bruscamente de pie que la cama crujió.
-Quisiera recordarte antes de irme que tú tienes un pacto conmigo, y más te vale cumplirlo por las buenas.
-¿Qué pacto? Me casé contigo, ¿no? Y sigo aquí, ¿no es verdad?
-Yes, pero ayer trataste de huir y ya descubriste que no puedes hacerlo. –le recriminó.
-Tú no puedes saberlo, cualquier día de estos amaneces y descubres que ya me fui. –contestó María sonriendo maliciosa, deseosa de molestar tanto como fuera posible a su esposo.
-Para eso… tendrías que matarme, porque no pienso permitir que huyas de nuevo. Y, sinceramente, dudo que puedas hacer eso. –contestó el estadounidense con una voz aún más insidiosa que la de ella. María le miró en silencio con una mueca de contrariedad que provocó una sonrisa en la boca de su esposo. –You see? Ni siquiera te atreves a negarlo. En fin… farewell, sweetheart, recupérate pronto.
Sin mediar otra palabra, Alfred salió de la habitación dando un portazo. María esperó, silenciosa por algunos segundos hasta que estuvo bien segura que los pasos de él se habían perdido, y sólo entonces se atrevió a hacer una cosa que no había hecho desde el día de su compromiso: llorar. Llorar amargamente a causa de su infortunio, su rabia y su impotencia al verse encerrada, consumiéndose lentamente bajo los ojos inquisitivos de aquél que sólo buscaba su destrucción.
Alfred, por su parte, estaba agazapado a dos escasos metros de la habitación mordiéndose un puño con fuerza. Las cosas no estaban saliendo como él planeaba… ni mucho menos como él deseaba. Una parte de él, tal vez demasiado fuerte aún, se manejaba con astucia y maldad y sentía el deseo demente de reclamar la sangre de su enemiga y torturarla tanto como pudiera, pero la otra parte, la más noble y dulce de él sufría con gran dolor al ver el desprecio y el repudio en el rostro de la persona por la que más debilidad sentía en el mundo.
-Debí dejarla irse. No debí buscarla siquiera, ¡que se largue! Como si me importara… -pensó con enojo. -... No. I can't. No puedo dejarla irse… si se va me quedaré solo otra vez. Si tan sólo ella fuera distinta… si al menos supiera cómo llegar a ella…
Dando un puñetazo a la viga de madera en la que se apoyaba, echó a andar furioso consigo mismo. Bajó hasta la entrada sin mediar palabra con nadie y tomó un caballo que ensilló por su cuenta antes de echar a andar por los amplios terrenos que rodeaban su casa.
Agnes subió a la recámara, llevando consigo la taza humeante de té que María recibió gustosa. Apenas darle un sorbito sus mejillas se colorearon.
-Ah qué rico está… Hmm… oye Agnes… -preguntó antes de dar un segundo sorbo. -¿Qué van a hacer de comer hoy?
-Estofado tal vez, missis, mister Jones no nos dejó órdenes de nada.
-¿Qué, se fue otra vez?
-Parece que salió a cabalgar a sus terrenos, missis. –Agnes no notó la cara de rencor de la mexicana. –Le subiré un plato cuando esté listo.
-Espera. –María la retuvo con un gesto de la mano. –Hazme un favor… ¿saben hacer caldo de pollo?
-¿Caldo de pollo? ¡Oh, debe estar hablando de la sopa de pollo con fideos!
-Agh, no, qué asco. –María hizo un brusco gesto de desdén. –Mira, te daré la receta y quiero que lo preparen tal como digo yo, ¿entendido?
-But, missis… mister Jones…
-Si se pone roñoso van y le dicen que les apunté con un mosquete pa' que me prepararan el caldo. Es buenísimo pa' los resfriados, además. –repuso María. –Mira, te consigues uno o dos pollitos bien gorditos, los preparan y le echan los trozos a un caldo con zanahoria, calabaza…
-¿Calabaza amarilla o calabacín, missis?
-Calabacín, por Dios. Bueno como te decía… y le ponen chayote y cebolla… ¡ah y arroz, no se les olvide el arroz! Segurito estará listo antes de que Alfredo regrese de… donde sea que se haya largado.
-I hope so, missis. Mister Jones no acostumbra a pasear mucho, pero imagino que fue a ver sus plantaciones. Normalmente no lo hace.
-Qué descuidado.
-No, missis. Lo que pasa es que mister Jones rara vez viene por aquí.
Aquella revelación desconcertó a María. Sabía que Alfred era el epítome de la hiperactividad y del ocio combinados, pero de eso a jamás poner un pie en sus propia casa se le antojaba extraño, poco natural del patriotero rubio.
-¿Y porqué no está en su casa? –preguntó muerta de curiosidad.
-Oh, missis, es que mister Jones tiene otra casa en Nueva York, y creo que desea comprar otra en Washington. Esta es su casa de campo, pero como le dije, casi no la usa.
-Pos no parece, todo está muy vivo y arreglado.
-Fue porque mister Jones nos encargó días antes de su boda que lo limpiáramos y arregláramos todo. –explicó Agnes.
-Mira… ¿y porqué?
-Porque dijo que a su futura esposa la encantaban los paisajes, el cielo abierto… y que quería que tuviera todo eso.
María por poco se atragantó con el té ante tal revelación. ¿Que Alfred había ordenado arreglar su casa menos querida y visitada por… ella? Tenía que ser un error, o tenía que haber alguna trampa… pero no se le ocurría ninguna en ese momento. El desconcierto la hizo estremecerse visiblemente.
-¿Se siente mal, missis?
-¿Ah? ¡No! No, sólo… me dio un poco de frío. –mintió arropándose rápidamente. –Bueno pos… ve a hacer eso por favor, y en cuanto el caldo esté listo súbeme un plato, ¿sí?
-Como desee, missis. Excuse me…
Agnes se marchó, dejando a María con la cabeza hecha una enredadera.
Los terrenos de Alfred eran enormes, aún antes de la anexión de los territorios de México. Casi toda la extensión a espaldas de su casa estaba dedicada a una agricultura sencilla, destinada más para el comercio que para el uso personal, y además del extenso algodón y del dorado trigo había una avenida de árboles frutales, a campo abierto, que parecía un pequeño paraíso terrenal. Toda aquella explanada resultaba solitaria y triste a pesar de que su proximidad al sur le permitía ser bañada por la luz del sol más cálido; el norteamericano recorría el campo a paso de trote, mirando el horizonte dibujado con cañones y montañas lejanas que se perdían con el tenue brillo de las nubes y sonrió, orgulloso, recordando que no muy lejos, en un valle parecido a ese, Arthur lo encontró siendo pequeño. Era una estampa celestial para él… pero de un vistazo comprendió que no lo sería para María. Recordó, como entre sueños, los paisajes que dominaban la casa de México; extensos valles profundos y misteriosos, selvas llenas de vida y de secretos, sierras y volcanes que embellecían los pueblitos, llenos de casas con tejados colorados que eran a su vez engalanadas por enredaderas con florecillas de colores y por los pájaros que bajaban a las plazas a beber de las fuentes de cantera gris. Nada de esas magníficas sencilleces existía en el mundo más avanzado y tal vez un poco frívolo de Estados Unidos.
Luego recordó el día anterior, cuando se topó con María a lomos del caballo en su intento de fuga. A pesar de lo molesto y herido que se sentía no pudo dejar de notar cómo la naturaleza parecía conspirar para engalanar un cuadro de belleza única; primero, el verde destellante de los árboles y de los arbustos, luego el azul cristalino del río que reflejaba en profundo cielo, y en medio de esas dos visiones salvajes y divinas, una criatura igualmente indómita y preciosa.
Alfred se pasó una mano por la frente, enfadado consigo mismo, y decidió seguir andando, sin rumbo fijo, tratando de olvidarse de los valles, los pueblos y de México.
Resultó que cuando volvió un aroma fuerte como ninguno que recordara inundaba la casa. Estaba tan asustado por esa mezcla en el aire que se precipitó a la cocina, donde halló a todos los criados (cuatro en total: la cocinera, Agnes y dos criados más, incluyendo al mozo de los caballos) rodeando la gran olla donde se preparaba aquello que olía tan fuerte.
-What are you doing? –preguntó tan intempestivo que los tres jovenzuelos dieron un salto y echaron a correr.
-Es… caldo de po… pollo, mister J… Jones… -se apresuró a contestar la cocinera, poniendo un gesto de vergüenza en su regordeta cara.
-¿Caldo de pollo? –Alfred tomó la cuchara y la sumergió en el revoltijo, sacando trozos de verduras empapados en arroz. –This is not chicken soup… ¿dónde está la pasta?
-Mi… missis María dijo que no llevaba fideos.
-Ah, con que María… -replicó con una voz extraña, mitad molesta, mitad intrigada. ¿Era aquello una receta mexicana? Seguramente, aunque le pareció raro no hallar frijoles o chile en la mixtura. A pesar de su desconfianza sostuvo la cuchara soplándole, y luego dio un sorbo al caldo. Un calor imposible se extendió por todo su cuerpo, y sintió la necesidad de probar más de aquélla comida, lo cual seguro habría hecho de no ser porque la regordeta cocinera le quitó la cuchara.
-¡Mister Jones! –le recriminó con esa voz que adoptan las madres cuando regañan a su hijo predilecto. El aludido se disculpó con una dócil inclinación de la cabeza. –De todos modos tenemos que servirle primero a la señora, dijo que esto era idóneo para las enfermedades.
-Oh no. –se lamentó el rubio. -¿Es decir que le puso hierbas extrañas?
-La receta sólo mencionaba orégano, mister Jones. Si a eso le llama usted extraño…
-Good. Entonces sírvanle un plato… yo se lo llevaré.
María estaba relajándose, envuelta bien en las sábanas y respirando tranquila luego de haber pasado toda la mañana estornudando. Al oír los golpes en la puerta musitó un "Adelante" y cerró los ojos otra vez.
-¿Traes el caldo, Agnes?
-Yes. –contestó Alfred, depositando la bandeja sobre el buró. María dio un respingo pero esta vez respondió con más enfado.
-¿Tú otra vez? ¿No te habías ido?
-Fui a dar una vuelta, no me fui para siempre, aunque sé que eso es lo que deseas. –añadió de malas pulgas. María se incorporó sentándose en la cama y tomando la bandeja para colocarla en su regazo; probó un sorbo del caldo y sonrió.
-Muy rico, les faltó un par de cosillas pero no se las iba a decir. Es un secretito ancestral entre papá Antonio y yo. –explicó a la nada mientras degustaba el caldo con sus deliciosas verduras y el pollo desmenuzado. Su éxtasis se quebró al descubrir a Alfred mirándola en silencio. -¿Y tú qué haces aquí?
-Resulta que aquí duermo, my dear Mary.
-Ah, pos entonces tendré que irme de convaleciente a un cuartito aparte, ¿qué te parece? –para su sorpresa, Alfred rió jovialmente. -¿De qué te burlas, gringo?
-It's funny. –contestó.
-¿Qué es gracioso?
-A veces parece que estás de mal humor, y luego de pronto, pum, estás feliz otra vez. Como ahora, primero estabas contenta con tu comida y al verme te has puesto enojada de nuevo, así de golpe.
-Eres muy graciosito, gringo. –le espetó María, mordiendo con más fuerza de la necesaria una zanahoria. –Hazme un favor y déjame comer en paz, sin soportar tu heroica presencia de preferencia.
-As you like, pero eso no impedirá que vuelva en la noche a dormir.
-¿Y crees que sea conveniente dormir con una enferma?
-Creo conveniente dormir con una loca salvaje como tú, un resfriado no cambiará mucho las cosas. –explicó tranquilamente, encogiéndose de hombros antes de dar media vuelta y salir. María torció la nariz y continuó comiendo. Ya fraguaba un plan para salirse con la suya, al menos por unos cuantos días.
Alfred subió temprano a acostarse, y descubrió que María estaba profundamente dormida, despatarrada por toda la cama de tal modo que no había forma de moverla sin ocasionar un pandemónium. El norteamericano entendió pronto que aquélla compleja red de sábanas la había hecho ella y estuvo tentado a tirar de algunas de ellas para ver cómo se despertaba de golpe, enredándose en su trampa y cayendo al suelo como fardo, pero luego de varios minutos caminando alrededor de la cama dictaminó que era una empresa peligrosa hasta para él, y se resignó a coger una de las sábanas más sueltas para echársela encima, acurrucándose en un rincón de la habitación para dormirse, cosa que logró luego de un buen rato echando pestes contra la mexicana.
Al poco rato María despertó, en gran parte porque tenía sed. Sin ninguna dificultad libró la red de cobijas y alargó su mano al buró para coger la jarra y el vasito de agua; al terminar miró de reojo distraídamente al pequeño espacio que iluminaba la luna colándose por el cristal, y descubrió al ovillo tembloroso que era Alfred. Había algo de divertido en verlo así abandonado a su suerte, pero cuando se aproximó, silenciosa como un gato, descubrió su cara entornada en un gesto infantil de incomodidad. Aquella expresión le pareció indeciblemente tierna, pese a la felicidad que sentía de haberle ganado una partida pequeña por fin, y la ternura se convirtió pronto en culpabilidad; claro que había pasado noches y días amargos por culpa de aquél hombre, pero ella no era un alma rencorosa, y al final, resignada y fingiendo desinterés, desenredó una cobija gruesa de su nido improvisado y se la echó encima, esperando mitigar un poco su frío. Alfred entre sueños sintió el tibio peso sobre él y entreabrió los ojos. Vio cómo, a pocos pasos, María subía precipitadamente a la cama mascullando en voz baja, y no pudo evitar, desde el fondo de su alma, sonreír antes de entregarse a un sueño más tranquilo y dulce.
…
Aaaaw algo tiernito para mitigar tanta maldad XD naaah, me encanta hacer sufrir a este par. Además como ya falta poco para que llegue Antonia alias Vietnam quiero dejar el terreno algo enredoso, muajaja.
Ahora los comentarios:
NymeriaDirewolf: Bueno, el gringo se encabronó porque el muchachito menso disparó e hizo que el caballitou tirara a su esposa n.n se puso algo yanguire como quien dice. Naaah, el gringoso no es bueno fraguando venganzas a no ser que éstas incluyan sangre, y pues sangre con sangre no va X3 pero tranqui que aquí no acaban las broncas.
Lady Raven Baskerville: Oooh, el plan B de María no es tan extremo, pero de que traeré broncas y mucho drama, claro que lo traerán, espera al siguiente capítulo y verás ;D
KyroNyosama: Fíjate que de verdad me estoy planteando meter un Adolfo, al menos para acrecentar los celos del gringo, que de por sí es celoso, pero un latino no creo, deberá ser alguien mas por quien Alfred se sienta amenazado de veras… huum… ya descubriré mi decisión próximamente.
IxchelKatharaTerrorist: Alfred conocerá su suerte, de un modo o de otro jaja. Sí, Vietnam O_O al fin y al cabo es su otra coff coff novia coff (aunquenomeguste ¬.¬). Saludos.
Jessy88g: Sí ^^ y prepárate porque eso EMPEORARÁ las cosas, muajaja. No te preocupes por el UKMex n.n en cuanto termine el siguiente capítulo lo subiré. ¡Saludos!
Chibisiam: Gracias, espero te siga gustando :D
Bueno hoy no hubo muchos comentarios… jijiji… (feel like alone again). Pero vosotros sigáis comentando, porque el próximo capítulo estará que arderá de… ¿pasión? ¿sufrimiento? ¿o las dos cosas? ¡Adiosito!
