¡Saludos de fin de semana, lectores!
Espero la lluvia no los tenga en sus casas y se encuentren muy bien. Les comento que por mi parte, tuve un poco de gripe, pero nada que unas cápsulas no puedan llevarse. Pongo a su consideración este último capítulo en lo que respecta al maestro de Albafica, Lugonis de Piscis. A partir del próximo, el cual creo que publicaré en unas tres semanas, pues el tiempo está siendo insuficiente y mis adelantos se acaban, la historia se centrará en el bello y pequeño Albafica (desde ya anuncio que subirá bastante el nivel de crueldad; fans, por favor no me linchen, nadie me acuse con Shiori, Albafica, no practiques conmigo al tiro al blanco).
Liluel Azul: Muchísimas gracias por ir leyendo y por comentar. No te preocupes, no hay otra Athena, Saori sí murió a causa de la flecha. Saldrá poco ese Lienzo Perdido, pero tiene su explicación, nunca encontraron a la reencarnación de Athena hace dos siglos y a causa de ello Hades venció, y bueno, también se irá viendo por qué ocurrió esto. Espero no quedes muy confundida con los siguientes capítulos. De nuevo muchas gracias, amiga.
Tot12: También Ikki juega conmigo al tiro al blanco, jajajaj, este caballero no sabe que hay un proceso de revisión y relectura… Es Ikki, qué le vamos a hacer. En cuanto a Lugonis, no va a hacerte caso y se desencadenará la tragedia para el pequeño Albafica, ya lo verás. Muchas gracias por ir leyendo y por tus comentarios.
Geminisnocris: Gracias, amiga, por asomarte a este rincón de tragedia. Espero te vaya gustando, todo tierno y trágico, ya verás lo que ocurre en este capítulo, el último de ese "hombre extremadamente sexy que cambia pañales", jajajajaj.
Muchas gracias a quienes se asomen a leer en este rincón trágico. Copyright a Shiori Teshiroji por sus hermosos e infinitamente atormentables personajes. Pueden pasar a disfrutar de la tragedia (en este capítulo, como en el anterior, hay una escena cruel entre maestro y alumno… Pobres), buen provecho.
7.- 1738, octubre 15, hora tercia (9: 00 A.M.) Lugonis, el intruso
Desde que expulsó a Albafica, hace más o menos año y medio, el caballero de Piscis ha sentido en varias ocasiones el leve cosmos de su antiguo aprendiz. Hasta ahora, Lugonis lo creía resultado de esa enorme molestia que le causó el hecho de golpearlo, de echarlo del Santuario usando aquellas palabras tan duras.
Pero no. No es la culpa. Uno de los soldados que tienen la obligación de vigilar el coliseo y sus alrededores acaba de decírselo. Por temor a un castigo, quizás, porque ya no era posible ocultarlo más tiempo. Albafica nunca abandonó el Santuario.
–¿Y dónde ha estado viviendo?
El guardia inclina la cabeza, guarda silencio unos instantes y respira hondo antes de responder.
–En mi cabaña, señor.
El caballero frunce el ceño, se cruza de brazos.
–Lo siento mucho–, el soldado prosigue. El polvo que arrastra el leve viento se adhiere a sus mejillas, ensuciándolas todavía más, el sol las alivia del frío de una noche completa de rondines. –Me dio tanta lástima verlo cuando… Cuando ustedes… Luego de…
El trastabilleo del hombre trae hasta esta fecha aquel día de 1737. Eran finales de marzo, abril quizá, Lugonis no está seguro; sólo sabe de los ruegos del pequeño para quedarse, para atender el jardín y realizar las labores de limpieza en la cabaña y en el templo del caballero: por favor no me eche del Santuario, maestro, no tengo otro lugar a donde ir, quiero quedarme con usted, se lo suplico… Maestro…
–Le pido perdón, señor Lugonis, sé que no debí aceptar que permaneciera dentro del Santuario siendo alguien ya ajeno. Pero lo vi tan indefenso luego de que usted regresara a Piscis que… No, no me malinterprete, no digo que su decisión no haya sido la correcta, eso nada más usted lo sabe, señor, yo…
Lugonis detiene las palabras del soldado levantando la mano derecha.
–Está bien, no te preocupes. El Patriarca no va a enterarse, no le diré nada. Pero es necesario que me lleves a donde está ese niño. Debo verlo, hablar con él. No puede quedarse más tiempo en territorio de Athena, eso podría perjudicarte.
El guardia asiente y empieza a caminar hacia las viviendas de los soldados. El caballero de Piscis lo sigue a poca distancia, los ojos en los talones de ese guardia que acogió a un huérfano sin lugar en el mundo. Gracias, piensa como si se tratara de un reflejo. Pero el agradecer la compasión del hombre no borra la curiosidad.
–Disculpa–, Lugonis acelera el paso, caminando ahora a la par del otro. –¿Cómo fue que lo encontraste? –Después de ese día no volví a verlo, agrega para sí.
El soldado mira por el rabillo del ojo a Lugonis, ¿cuántos años tendrá?, piensa. En este momento la edad del mundo, se dice al ver la tristeza en los pliegues que rodean los ojos del caballero.
–Terminaba de hacer mi ronda, señor–, empieza el hombre, temiendo que al llegar a su cabaña, Albafica se asuste o, peor aún, que lo crea un traidor por delatarlo. –Iba hacia las cabañas para desayunar y dormir un par de horas cuando escuché sus voces, la suya y la del niño. Me acerqué a los alrededores de su jardín en cuanto usted se fue y entonces lo vi. Su aprendiz lloraba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas. Pensé alejarme de inmediato; además de la advertencia sobre el veneno de las flores, el reglamento dice que los soldados no deben meterse en asuntos de aprendices. Pero el llanto seguía y yo no tuve corazón para regresar a la cabaña. Así que fui a preguntarle qué tenía.
Lugonis imagina la escena, entretejida con el relato del guardia como si en ese momento volviera a suceder. El niño niega con la cabeza. Nada, dice apenas, y vuelve a llorar, a encogerse como si recibiera el golpe de un ser invisible. El soldado insiste. ¿Qué tienes?, repite. Y el niño, ya sin fuerzas para negar, rodea al hombre con los brazos y sigue llorando. Llora con un llanto calmo y constante, tanto que el guardia piensa que ningún consuelo alcanzará para tranquilizarlo. Ven, vamos, ¿tienes hambre?, responde el mayor al abrazo. El niño dice no con la cabeza para después levantar la mirada, sonrojado. Sí, tiene hambre. Vamos por un poco de té, por pan, invita el guardia, una mano en el hombro del pequeño aprendiz.
Lugonis da un respingo. Si no te importas tú, que por lo menos te importe Albafica, vuelve a escuchar del Patriarca. En ese momento el caballero llevaba días casi sin comer. Poco se había acercado a la cocina. ¿Y su aprendiz? ¿El día que lo corrió le dio algo antes? No recuerda; seguro no, o el niño no habría acompañado al guardia ni bebido el té casi con desesperación. Tampoco se habría terminado el trozo de pan de dos o tres bocados, como le dice el hombre ya a la vista del conjunto de chozas que habita junto con los demás guardias.
Lugonis de Piscis se detiene un instante. Observa la espalda del hombre desaparecer en la penumbra de una vivienda muy estrecha, quizá fresca. Hasta ahora se le ocurre: no sabe qué pensará Albafica al verlo. El caballero quiere al niño cual si fuera su hijo. Cómo no iba a hacerlo, si lo recogió del campo de rosas y lo cuidó cada día. Lo quiere, sí, ¿pero el niño seguirá creyéndolo?
–Albafica–, susurra Lugonis sin acercarse al dintel. No se atreve.
La duda se despeja cuando una silueta fina, vestida aún con las ropas con las que lo recuerda, corre hacia él con los brazos extendidos.
–¡Maestro!
El antiguo aprendiz se abraza al caballero. Lo extrañé mucho, susurra, el rostro hundido en la túnica un poco polvosa de Lugonis quien se resiste a corresponder al gesto del niño.
–Yo también, estaba preocupado–, dice a su pesar, en voz muy baja, y voltea. El guardia ha preferido dejarlos en soledad para que hablen.
–Maestro, yo…
–Albafica, ¿no te advertí que un extraño no podía permanecer dentro de los límites del Santuario?
Las palabras suenan a una sentencia. El niño se separa un poco, mira el suelo y después hacia la entrada de la cabaña.
–L-lo siento–, dice –es que no sabía a dónde ir. No hay otro sitio para mí, a no ser…
–Podrían castigar a ese guardia por causa tuya.
La respuesta del niño es negar con la cabeza, fruncir el ceño. Por favor, no le diga nada al Patriarca, maestro, ruega Albafica, él me ha ayudado mucho y no quiero que por mi culpa…
–En ti está el remedio–, lo interrumpe Lugonis. –Debes irte. Ya.
–No puedo, no tengo otro lugar donde ir–, contesta Albafica, pidiendo ser admitido de nuevo. –Póngame a prueba.
–No.
El "por favor" de Albafica se diluye en los pensamientos del caballero. Si se deja convencer, seguro el niño vencerá no importando las pruebas que le imponga. Entonces no tendré ningún pretexto para echarlo, se dice Lugonis, preocupado, considerando la excelente puntería de su antiguo aprendiz.
–Perdón, pero no puedo aceptar. Vamos, fuera, si no quieres que te corra otra vez.
–Maestro…
–Además, ya tengo otro aprendiz–, miente el caballero y ve cómo el niño aprieta los puños.
–Voy a ganarme mi lugar… Maestro, yo…
–No, no puedes enfrentarte con él–, se le adelanta Lugonis. –Te vencería.
–¿No debería ser yo quien decida eso?–, responde Albafica más como si se tratara de un reflejo. A Lugonis le dan ganas de abofetearlo por su falta de educación, pero desde el fondo de su enojo empieza a subir cierta sensación de orgullo. Tal vez esté equivocado después de todo, empieza a dudar el guardián de Piscis. Pero rectifica:
–No seas impertinente–, responde al desafío del niño mientras esgrime una de sus Rosas Diabólicas Reales.
Hasta entonces Albafica se da cuenta del tono de su pregunta.
–Perdóneme, maestro–, dice, rindiendo la cabeza. –No fue mi intención insultarlo, pero…
–No insistas, Albafica. Te lo dije antes y vuelvo a repetirlo: no creo que estés calificado para pelear por la armadura de Piscis, tus energías no van a alcanzar.
–Voy a esforzarme, maestro, se lo prometo.
–Albafica, no, ¿acaso no entiendes? Ya habíamos discutido sobre esto, estoy seguro que tus capacidades no serán suficientes para resistir los próximos entrenamientos.
El niño mira de frente a Lugonis. No estoy de acuerdo con usted, maestro, susurra apenas, como disculpándose.
–Entonces tendremos problemas, porque no voy a permitirte pasar.
El caballero se aleja varios pasos del niño y le arroja la Rosa Diabólica. Albafica apenas la esquiva, trastabillando, pero sin caer. Lugonis lo observa. Tiene once años y medio y parece un poco más alto, los músculos de brazos y piernas más marcados. Ha estado entrenando con los soldados, piensa el guardián del duodécimo templo. Quizá… Pero no, de cualquier modo sigue siendo un niño frágil, en esos meses no ha habido gran diferencia. Y tampoco la habrá después.
Lugonis convoca una segunda rosa, esta vez negra. –Las Rosas Piraña devoran cuanto cuerpo se les interponga, ¿estás convencido de enfrentarme, Albafica?
El niño responde elevando un cosmos todavía muy débil, lleno de fisuras, y el caballero le arroja esa segunda rosa. Esta vez Albafica termina en el suelo, con heridas en los brazos y un tobillo lastimado. Cuando se levanta, su maestro tiene la segunda rosa negra entre los dedos.
–Largo de aquí, si vuelvo a verte en los alrededores ni tú ni ese soldado saldrán vivos, ¿entendiste?–, en los ojos del niño, Lugonis encuentra una chispa de miedo que impregna dos lágrimas que el caballero no sabe si brotan de la tristeza o del rencor.
Espero que sean rencor, se dice de vuelta en la cabaña, recordando cómo la espalda de Albafica fue haciéndose cada vez más diminuta, cómo con lentitud pero sin hacer alto nunca, el antiguo aspirante a la armadura de Piscis se alejó por el sendero pedregoso que baja a Rodorio. El rencor lo mantendrá lejos y a salvo, y cuando encuentre a otro aprendiz, Albafica habrá desaparecido del Santuario por completo, piensa, repite, mientras llena un vaso de vino hasta el borde, lo apura y vuelve a servirse, observando al mismo tiempo el trozo de jardín que se asoma a la ventana. Es rojo, rojo y venenoso.
–Ojalá que las rosas acojan a ese probable aprendiz, que no se hayan encariñado de más con este niño y lo olviden pronto–, dice y da un breve sorbo al vino.
…Continúa…
La autora se esconde, Manigoldo dice que su compañero de misión quiere encontrarla, que quiere leer lo que viene; le ha dado curiosidad esa frase de "desde ya anuncio que subirá bastante el nivel de crueldad". No sabe a qué se refiere la autora, pero no le da buena espina…
