La calesa de Cross llegó a la casa de la bahía aproximadamente una hora y media después de que abandonara el Apricot, un lapso de tiempo suficientemente amplio para que la joven pudiera planificar su encuentro con el viudo Ainsworth, pero también para que el día cambiara de forma casi siniestra; unas espesas nubes grises se habían apoderado de la inmensidad del cielo, cubriendo con su oscuro manto el radiante azul propio de la primavera y negándole al mundo la cálida caricia del sol que tanto necesitaba. El aire se había vuelto húmedo y denso, tanto que hasta algo tan sencillo como respirar se había convertido en una tarea dificilísima, y traía consigo un olor repugnante a excrementos y sal que provocaba una intensa sensación de ardor en las fosas nasales del joven Bonham. De pronto era como si hubieran abandonado la civilización para adentrarse en un territorio todavía por explorar, pensó Matthew horrorizado, «como si hubiéramos viajado en el tiempo o tal vez llegado al mismísimo fin del mundo ».
—¿En qué tonterías estáis pensando?—Se regañó el muchacho al tiempo que alejaba aquellos absurdos pensamientos de su cabeza. —Se supone que sois un adulto, no un bebé que todavía toma el pecho, ¿acaso os vais a dejar amedrentar por unas cuantas nubes?
—¿Habéis dicho algo, Matthew? —llamó de pronto la joven Lena desde dentro de la calesa, algo inquieta por haber llegado a su destino y por la repentina quietud del lugar. Ahora que sabía que no encontraría a su hermana, la casa le parecía menos luminosa y quizá algo lúgubre.
«Veis, solo lográis inquietar a la pobre señorita Cross con vuestras tonterías »volvió a reprenderle la voz de su conciencia. —Mi señora, se avecina tormenta —gritó el chofer, haciendo caso omiso de la regañina que estaba recibiendo y tal vez con la esperanza de que la noticia hiciera cambiar de opinión a Cross. —Quizá deberíamos volver o buscar un lugar para refugiarnos —añadió mientras se apeaba de un salto del asiento del conductor y se abanicaba el rostro para alejar aquella infernal peste de sí. —No me gusta nada el aspecto de esas nubes, pareciese que una fuerza divina trata de alejarnos de este lugar y empiezo a pensar que eso sería lo más sensato, mi señora.
El muchacho le concedió unos instantes a Lena para que pudiera replicar y al no recibir respuesta decidió cesar en su empeño de marcharse de allí.
—Si aun así insistís en llevar a cabo vuestra empresa, deberíamos buscar un lugar seguro para dejar a los caballos o de lo contrario podrían huir espantados por el temporal —iba diciendo mientras se acercaba a la puerta del carruaje para abrirle la puerta a la joven.
—En tal caso buscad a la bondadosa señora Heinz, —dijo la heredera con tono resuelto desde su cómodo asiento de piel, mientras cerraba su bolso de viaje y se deslizaba hasta la puerta. —Ayer me fijé en que tenía un pequeño establo junto a su casa. Preguntadle si tendría a bien dejar que cobijáramos nuestros caballos en su propiedad y decidle que, por supuesto, su amabilidad será recompensada como es debido.
Lena, que a ojos de Matt no parecía afectada en lo más mínimo por el hostil cambio de clima y paisaje, bajó del vehículo a toda prisa y casi sin esperar a que el muchacho le replicara, caminó hasta la puerta principal de la mansión Ainsworth. Había decidido, mientras trataba de alejar sus pensamientos de las calumnias de la vieja bruja del Apricot, que no iba a ocultar su rostro nunca más y que por mucho miedo que le diera enfrentarse al asesino de su hermana, hacerlo era la decisión más correcta, ¿acaso había alguien más en el mundo dispuesto a hacer justicia?
No hacía falta tener muchas luces para darse cuenta de que Lysandre debía de haber comprado el silencio de la policía de Cardiff, ¿cómo podía explicarse sino, que gozara de completa libertad cuando la lógica apuntaba a que el principal sospechoso era él? Lo normal en cualquier caso habría sido encerrarle en prisión unos días como medida preventiva o tal vez haberle tenido vigilado muy de cerca por algún detective, sin embargo saltaba a la vista que el viudo hacía vida normal, podría incluso decirse que no parecía afectado en lo más mínimo por su reciente pérdida, que incluso parecía aliviado ahora que no tendría que compartir sus bienes con Valerie.
«¿De verdad creéis que puede haber sido por dinero? »la joven se mordió el labio inferior pensativa y agitó la cabeza de inmediato. «Imposible, hasta donde yo sé Ainsworth es un hombre bien situado, es imposible que le diera muerte por algo tan nimio como el dinero, incluso sin la herencia de Val, el dinero nunca habría llegado a ser un problema».
Lena giró ligeramente la cabeza para cerciorarse de que Matthew iba en busca de la vecina Heinz y tras comprobar que se hallaba sola ante la puerta de Lysandre, tocó el timbre con pulso firme. Sabía que si le daba tiempo a Matt para alcanzarla, seguramente arruinaría su plan, tal vez no intencionadamente, pues no le cabía duda de que el chofer le era leal al 100%, pero seguro que acabaría delatándola con sus nervios, y ese era un lujo que no podía permitirse, no si quería investigar al siniestro viudo por su cuenta.
La respuesta desde el interior de la enorme edificación no se hizo esperar demasiado y en cuestión de pocos minutos, un hombre extremadamente delgado, de cabello plateado y cara enmarcada por profundas arrugas, vestido con el típico uniforme de mayordomo abrió la puerta para darle la bienvenida.
—Buenos días mi señora, ¿qué se os ofrece?
Cross le examinó de pies a cabeza, maravillada por lo bien que le quedaba el uniforme; el impecable chaqué color negro parecía hecho a medida y le caía con una elegancia más propia de la alta sociedad que de la clase trabajadora, la parte trasera, como era de esperar, era más larga que la frontal, pero a diferencia de los sirvientes de sus padres, aquel hombre lo vestía con tanta dignidad que parecía un tipo de traje completamente distinto. Llevaba la correspondiente camisa blanca tan limpia que daba la sensación de ser nueva, la corbata negra alrededor del cuello le daba un aire de intachable rectitud, el chaleco gris plateado había sido confeccionado con algodón puro, sus zapatos de cordones habían sido enlustrados con tanta minuciosidad que casi podía verse reflejada en ellos y sus guantes, de tela suave color blanco, hacían que sus dedos parecieran más largos, como los de un pianista.
«¡Vamos, reaccionad! Si no decís algo pronto acabaréis siendo vos misma quien arruine vuestro propio plan »le regañó en silencio la voz de su razón, al sentirse blanco de aquella desconfiada mirada esmeralda escondida tras las redondas lentes de los anteojos del mayordomo.
—B-buenos días, mi nombre es Lena Bonham he hecho un viaje bastante largo para llegar hasta Cardiff, aunque eso no es relevante en este momento, ¿no es cierto? —Soltó una delicada risita que más tarde le parecería del todo inapropiada y continuó hablando —Si fuera posible, me gustaría hablar directamente con el señor Ainsworth.
El mayordomo la miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza, la cara de aquella joven le resultaba algo familiar, pero no lograba descifrar por qué. Si la dama no era de Cardiff, era poco probable que se conocieran aunque claro, no podía descartar que fuera la esposa de alguno de los socios de su señor y que la hubiera visto en alguna comida o baile de máscaras.
El hombre dio un paso hacia atrás para poder ver mejor a la muchacha, aunque en ningún momento apartó el brazo que sujetaba la puerta para permitirle el paso.
—El señor es un hombre muy ocupado, me temo que no podrá verla hoy —dijo en tono seco. —No obstante vuestra visita no será en vano, yo mismo le transmitiré cualquier mensaje que queráis hacerle llegar y si me facilitáis una dirección de contacto-
—No soy una niña, aunque os pueda parecer una descerebrada por haberme presentado aquí sin previo aviso, os puedo asegurar que comprendo perfectamente las mecánicas de este mundo. Me hago cargo de que vuestro señor es un hombre con una agenda apretada —le interrumpió Lena al tiempo que estiraba el brazo y apoyaba la mano sobre la superficie de la puerta para evitar que le dieran con ésta en las narices. —Pero resulta que al pensar en mí como en una muchacha insensata sois vos quien pecáis de ingenuo pues resulta que mi visita no es en absoluto fortuita. Si me concedéis unos minutos de vuestro tiempo os explicaré mi situación.
El mayordomo dudó unos instantes, apenas unos segundos, pero finalmente accedió a escuchar lo que Lena tuviera que decirle.
—Os agradezco vuestra paciencia y tened por seguro que cuando llegue el momento, sabré mostrar mi agradecimiento como es debido —la heredera Cross le ofreció una sonrisa sincera, tal vez la primera desde que descubriera lo acaecido en aquella horrible casa y siguió hablando. —Como ya he dicho, mi nombre es Lena Bonham y hasta hace poco trabajaba al servicio de la familia Lancaster de Leeds. Mi madre, que el señor tenga en su gloria, —la muchacha se santiguó del mismo modo que hacía la tata cuando hablaba sobre algún difunto —trabajó para la señora Lancaster durante años como ama de llaves y al retirarse, yo me incorporé como doncella—mintió. —Al caer enfermo mi padre, me vi con el deber moral de dejar mi empleo en Leeds para poder cuidarle, pero como ya sabrá, hoy en día sin dinero no se puede cuidar a nadie y mucho menos a un anciano enfermo, así que además de acortar distancias mudándome a Cardiff, debía conseguir una fuente de ingresos. Fue así como empecé a buscar empleo y un día, por una de esas casualidades tan maravillosas del destino tuve el honor de conocer a la señora Ainsworth, que en paz descanse —volvió a santiguarse —La señora tuvo la bondad de escucharme del mismo modo que vos hacéis ahora y me prometió verse conmigo para hablar sobre trabajo —hizo una pausa para respirar, había estado esperando a que la interrumpieran en algún momento, pero aquel cruel mayordomo era mejor oyente de lo que ella había esperado.
—Soy consciente de que la pobre señora ya no podrá recibirme, sin embargo habría sido una falta de respeto no haber acudido a la cita, ya que probablemente ella avisara a su marido sobre ésta y él podría haber estado esperándome.
Lena notó como el brazo del hombre se relajaba y aquello la alentó para continuar con su retahíla de mentiras. —Le ruego que avise al señor Ainsworth, tal vez no consiga nada con esta visita y menos en un momento tan lamentable, no obstante debo al menos intentarlo.
El anciano bajó la vista un instante, daba la sensación de que las palabras de Lena habían logrado conmoverle, sin embargo seguía sin regalar ni una sola sonrisa a la muchacha y desde luego, la desconfianza seguía estando bastante presente en el aire.
—Señorita Bonham, le transmitiré sus palabras a mi señor. —asintió el hombre. —Comprendo que venir hasta aquí para nada sería algo lamentable, no obstante no os prometo que el señor vaya a consentir en verla.
—Sea cual sea su respuesta me daré por satisfecha y si debo marcharme de aquí con las manos vacías que así sea. Os doy mi palabra de que no seguiré importunándoos. —Lena trató de humedecerse los labios en vano, los nervios le habían secado la boca de tal manera que incluso le dolía al tragar.
Por mucho tiempo que hubiera tenido para pensar durante el viaje, no había considerado la posibilidad de que no le permitieran ver a Lysandre y ahora ese repentino imprevisto hacía que se sintiera como una niñita estúpida y alocada. ¿Cómo había podido obviar lo más evidente?
El sonido de la puerta al cerrarse fue el toque de atención que logró sacar a la muchacha de su ensoñación.
—Tranquilizaos, no podéis dejar que los nervios os venzan la partida y menos cuando ésta acaba de empezar —se dijo a sí misma en un susurro, todavía sin darse cuenta de que cierto muchacho avanzaba hacia ella a paso ligero y con expresión victoriosa en el rostro.
Sin hacer prácticamente ruido, Matthew, que finalmente volvía de casa de la señora Heinz, se situó junto a Cross y se quedó en silencio unos instantes, a la espera de que ésta le preguntara por su "misión", pero al ver que de nuevo su señora prefería quedarse en silencio, decidió ser él mismo quien tomara la iniciativa y le informara sobre los caballos.
—La buena de Heinz ha consentido —habló con inusual suavidad. —¿Queréis que haga algo más?
La heredera se sobresaltó un segundo, no esperaba oír más voz que la suya, pero pronto se tranquilizó y suspiró aliviada al darse cuenta de que era el bueno de Bonham quien había hablado.
—Entonces tenemos algo menos de qué preocuparnos —le ofreció una sonrisa al joven y acto seguido cogió su mano y la apretó para darse consuelo. —Ahora debéis prestarme mucha atención y hacer lo que yo os diga sin poner objeciones —añadió en un susurro. —Si el señor Ainsworth acepta verse conmigo deberéis acompañarme y seguirme el juego en todo momento.
—¿Seguiros el juego? —Bonham arqueó una ceja confuso y acto seguido bajó la vista para mirar la mano de su señora, algo sorprendido de que una mujer de buena familia decidiera tocarle libremente, pero todavía más sorprendido al descubrir que incluso la gente de alta cuna era capaz de sudar.
—No comprendo.
—Solo aseguraos de no contradecirme en su presencia y diga lo que diga, tratad de actuar de forma natural. No sería conveniente que yo dijera algo y vos replicarais con una de vuestras inoportunas preguntas —Lena volvió a sonreírle, aunque solo para tranquilizarle e indicar que su último comentario no era más que una broma, y continuó hablando. —Pensad que esto es lo mismo que tratar de engañar a mis padres y actuad como ya sabéis, aunque un poco mejor a ser posible.
La puerta volvió a abrirse antes de que Matthew tuviera tiempo de replicar y de nuevo, el mayordomo dio la cara por su señor, aunque en aquella ocasión fue para anunciar que Lysandre Ainsworth había decidido concederles unos minutos de su valioso tiempo.
—Este es Matthew Bonham, mi hermano menor —habló Lena inmediatamente después de que el anciano les informara de la situación. —Es la primera vez que estamos tan cerca del mar, por eso antes se había quedado atrás, quería contemplar el paisaje, no obstante a la cita concertada con la amable señora Ainsworth debíamos asistir los dos. ¿Verdad Matthew?
El chofer se quedó en blanco, a pesar de la reciente petición de su señora, fue incapaz de reaccionar después de escuchar a Lena presentarle como su hermano. Una parte de su ser se sentía dichoso de que le consideraran digno para tal cargo, no obstante su parte más racional no podía evitar pensar que no podía salir nada bueno de aquello. A él se le notaba demasiado su humilde procedencia y además estaba demasiado acostumbrado a dirigirse a Lena con el tratamiento de cortesía que un sirviente le debe a sus señores, por si fuera poco, no se parecían ni en el color de la piel. A él se le notaban las horas trabajando bajo el sol y ella era blanca como el mármol.
La risa de su señora le sacó de su ensimismamiento y lo siguiente que supo fue que el mayordomo del señor Ainsworth les abandonaba en una enorme habitación con la promesa de que Lysandre les vería en breve.
—No estéis nervioso, solo dejad que sea yo quien hable y todo irá bien.
Matthew no sabía qué pensar de todo aquello, no se le daba bien mentir y mucho menos escuchar como lo hacían otros, siempre tenía la sensación de que sus ojos podían delatar las mentiras de su señora.
—No sé qué tenéis en mente, pero si ese hombre ha hecho lo que sus vecinos sospechan, opino que deberíamos marcharnos de aquí cuanto antes.
—¿Queréis iros? —Lena arqueó una de sus finas cejas y se le quedó mirando con semblante contrariado. —¿En serio me estáis pidiendo que nos vayamos de esta casa, Matthew?
El chofer abrió la boca para contestar, pero antes de que pudiera decir nada, se abrió la puerta que tenían enfrente para revelar a un confuso Lysandre Ainsworth.
—Señor Bonham, mi señora —dijo veloz, al tiempo que cruzaba la sala para situarse en el sofá frente a la joven pareja. —Ambrose me ha puesto al corriente de vuestra situación y de lo hablado con mi difunta esposa —los labios del caballero se tensaron al hacer mención a Valerie, pero si hablar de su mujer le inquietaba, no dejó que se le notara más allá de aquel inocente gesto. —Ahora quiero oír vuestra versión, contadme, ¿a qué habéis venido?
