Advertencias: Unas cuantas malas palabras y cachorros desnudos.

Disclaimer: No me pertenece nada que reconozcas. Todo le pertenece a J.K Rowling.


Septimo capítulo


—¡Y después los cabellos de todos se volvieron del color de sus casas! —exclamaba Sirius cuando Remus entró a la pintura donde estaba.

Al otro lado de retrato, en el mundo real, media docena de estudiantes estaban atentos a cada palabra que decía y se reían fuertemente ante la última historia de las hazañas de los Merodeadores.

—Así que aquí es donde te estabas escondiendo —comentó Remus, acercándose a Sirius.

Sirius se volvió hacia él para sonreírle brevemente, antes de volver nuevamente donde los estudiantes.

—Y aquí tenemos a la mente brillante que planificó esa broma —anunció—. Vamos, Lunático, haz una reverencia.

Remus rodó sus ojos y se sentó en el césped a su lado. Sirius, claramente sabiendo que no haría nada, lo jaló de tal forma que quedó sentado entre sus piernas, apoyando su espalda en su pecho, mientras que él se apoyaba en un árbol de roble que siempre estaba en florecimiento.

—¿Realmente fuiste tú, profesor Lupin? —preguntó de repente una de los estudiantes.

Remus, algo distraído por como Sirius succionaba el lóbulo de su oreja, murmuró un "sí" en voz baja.

—Te lo dije —le dijo la joven que había preguntado a su amiga que estaba a su lado—. ¿Qué piensas ahora de mi amor platónico?

Remus se sonrojó y Sirius detuvo lo que hacía lo suficiente para susurrarle al oído que más le valía no hacerse ilusiones.

Las dos amigas se despidieron con la mano y siguieron su camino, aun debatiendo los mejores aspectos del ex-profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

—¿Profesor? —preguntó uno de los chicos que quedaban.

—Ya no soy profesor —le recordó Remus.

—Lo sé, pero nuestro nuevo profesor es un.. ehm...

—Maldito inútil —interrumpió un estudiante de Ravenclaw.

Remus se frotó la parte posterior de su cuello y se inclinó hacia adelante.

—¿Uhm, tanto lo es)?

—Si solamente pudiera explicarnos un par de cosas, sería de gran ayuda.

Remus asintió y se inclinó lo más que pudo contra el marco para poder ver el libro que el estudiante había abierto.

De vez en cuando volvía la mirada hacia Sirius.

—Si deseas puedes ir a buscar otra cosa que hacer —le dijo.

—Estoy bien aquí —respondió Sirius con una sonrisa.

—¿Estás seguro?

—Bastante —le aseguró Sirius, estirando su pierna para recorrer con el pie descalzo su espina dorsal.

Remus se estremeció y trató de concentrarse en lo que hacía. Si solamente Sirius no estuviera haciendo lo mejor que podía hacer para distraerlo.

-o-xXx-o-

—Realmente te gusta enseñar, ¿verdad? —comentó Sirius mientras viajaban a través de varias pinturas más tarde esa noche.

—Sí.

—Siento mucho que no durase.

—No fue tu culpa. El puesto estaba maldito; lo sabía antes de tomarlo.

Sirius asintió pensativamente y pasó un brazo por la cintura de Remus.

—¿Aún no me dirás a donde estamos yendo?

—No —se burló Remus—. Ya lo verás cuando lleguemos allí.

Sirius se quejó un poco, pero sabía lo terco que Remus podía llegar a ser cuando decidía algo. Solamente le quedaba ser paciente.

—Aquí estamos —dijo Remus finalmente cuando llegaron a una pintura de un sombrío castillo sobre un páramo de aspecto lúgubre—. La siguiente es nuestro destino.

Sirius dejó escapar un suspiro de alivio.

—Por un minuto pensé que era este.

Remus rió y dieron unos pasos para llegar a la siguiente pintura.

—¡Una playa! —dijo Sirius con una sonrisa de alegría al sentir sus pies hundiéndose en la arena.

Remus sacó su brazo de alrededor de Sirius y se agachó para quitarse los zapatos. Sirius hizo lo mismo, y empezaron a caminar juntos por la arena.

—Por aquí —dijo Remus, tirando a Sirius de la mano y guiándolo hacia el mar.

Subieron por encima de las dunas y se dirigieron playa abajo.

—No sabía que había esto aquí —dijo Sirius al mirar un picnic extendido ante ellos.

—Lo puse aquí antes. Una de las ventajas de las pinturas es que la comida nunca se acaba.

—Me pregunto a que sabrá —dijo Sirius, cogiendo una regordeta uva verde y mirándola dubitativamente.

—No lo sé —replicó Remus—. Obtuve esto de diversas pinturas. Es realmente extraño; si tomas algo de una pintura, el original se renueva tan pronto como te muevas a la siguiente.

—Sólo hay una manera de descubrir a que sabe —dijo Sirius, lanzando la uva hacia su boca.

—¿Qué tal está? —preguntó Remus—. No sabe a pintura, ¿verdad?

Sirius negó con la cabeza.

—Sabe a uva, sólo que no me parece muy satisfactoria.

—Bueno, solamente has comido una.

—No es eso, es sólo que… no puedo explicarlo. Prueba una y entenderás lo que quiero decir.

Remus asintió y tomó una uva del montón. La masticó y tragó, intentando pensar qué era lo que resultaba tan extraño.

—¿Entiendes a que me refería? —preguntó Sirius.

—Creo que es así porque no necesitamos comer, solamente es una acción, no hay satisfacción porque no hay que aliviar el hambre.

—No importa —le aseguró Sirius—. La intención es lo que cuenta, y hay un montón de otras formas de pasar nuestro rato aquí además de comiendo.

Remus le sonrió y se puso de pie.

—Me alegra que pienses así —dijo mientras se desabrochaba su túnica—. ¿Te apetece un baño?

—No traje un bañador conmigo.

Remus sonrió ampliamente cuando sus ropas cayeron a la arena, revelando que no llevaba nada debajo.

—Yo tampoco —dijo.

Sirius lanzó una cautelosa mirada hacia el marco que daba hacia el mundo real, dándose cuenta en ese momento que no podía ser visto desde donde estaban.

—Estamos fuera de vista —le confirmó Remus—. Aunque debo decir que esta es la primera vez que te veo tan prudente.

—No es ser prudente —le dijo Sirius, removiéndose apresuradamente su ropa—. Es sólo que no quiero que nadie más que yo te vea así.

Remus sonrió y comenzó a correr hacia el mar.

—¡El que llegue último es un huevo podrido! —gritó.

Sirius, quien tenía más ropa que Remus, aún estaba tratando te quitarse la camisa mientras le gritaba:

—¡Tramposo!

Remus rió y se zambulló en el agua, que estaba iluminada por una luna llena perfecta.

Sirius se le unió un par de minutos después, y se salpicaron el uno al otro por un rato, poco después su juego se convirtió en algo más, y sus respiraciones se volvieron cada vez más cortas debido a los intensos besos que se daban en lugar de zambullirse en las olas que pasaban.

Si alguien pasara cerca de la pintura de la playa solitaria, tendría que escuchar con mucho cuidado para oír el sonido de la risa distante de dos jóvenes divirtiéndose en las olas.

Si alguien pasara tendría que mirar con mucho cuidado para poder ver las distantes figuras de dos hombres jóvenes desnudos, sus brazos entrelazados el uno alrededor del otro, emergiendo del mar y dirigiéndose hacia la playa, antes de desaparecer de vista entre las dunas de arena.

La única testigo de las actividades que sucedían dentro de la pintura era una inquisitiva, y no del todo agradable, gata, que respondía al nombre de Sra. Norris. La gata en cuestión rondaba los pasillos, y con su aguda audición de animal, claramente oía los sonidos de un acto sexual proveniente de algún lugar cercano. No le tomó mucho tiempo descubrir a la Sra. Norris de dónde venían los sonidos, pero las pinturas no eran parte de su jurisdicción, así que siguió su camino.

-o-xXx-o-

El amanecer en la playa era una vista espectacular. Sólo una pintura podía producir un cielo perfecto sin nubes.

Sirius y Remus estaban sentados el uno junto al otro en la manta, disfrutando de la vista y la tranquilidad.

—¿Quieres nadar otra vez? —preguntó Sirius—. ¿Para limpiarnos?

Remus asintió y se puso de pie.

—Hay arena en todas partes —murmuró.

—Bueno, es una playa —señaló Sirius con una sonrisa de lado.

—Sabes a que me refiero —dijo Remus, tomando la mano de Sirius para ayudarle a ponerse de pie.

—Sí, lo sé —replicó Sirius—. Se mete en todos los malditos rincones, ¿no es así?

Remus rió.

—¿Otra carrera? —sugirió con una sonrisa.

Sirius asintió, le hizo una zancadilla a Remus con una de sus piernas y corrió hacia el mar.

—Ahora, ¿quién es el tramposo? —gritó Remus, poniéndose de pie y corriendo tras él.

Limpiarse les tomó más tiempo del que pensaron; era tan fácil distraerse el uno con el otro, pero eventualmente volvieron al lugar de la playa donde habían dejado sus ropas, varitas y manta.

—Bueno, yo no he movido nada —dijo Sirius con el ceño fruncido cuando buscó alrededor del tramo vacío de arena. Ni una de sus pertenencias estaban a la vista.

—¿Quizás desaparecieron porque la pintura se reinició o algo? —sugirió Remus.

—¿O quizás no es algo tan complicado como eso? —dijo Sirius, señalando una marca en la arena.

—¿Qué es eso? —preguntó Remus, ladeando su cabeza a un lado y entrecerrando los ojos ligeramente.

—Creo que se supone que es un asta —contestó Sirius—. Lo que significa que Cornamenta tiene nuestras cosas.

—Ese chico tiene mucho tiempo libre en sus manos —murmuró Remus.

—Necesita ocupar su mente en algo, de eso estoy seguro.

—¿Qué vamos a hacer?

—Encontrarlo y recuperar nuestras cosas.

—Pero... —Remus señaló el cuerpo de Sirius y luego el suyo.

—Por más que esta playa sea encantadora, realmente no quiero pasar la eternidad aquí —señaló Sirius—. Aún es temprano, ¿quizás no hayan alumnos en los pasillos?

—No es tan temprano —replicó Remus—. Y los otros retratos ya deben de estar despiertos ahora.

—¿Qué sugieres?

—Quizá Cornamenta pronto traerá nuestras cosas...

Sirius se rió a carcajadas.

—Es de Cornamenta de quien hablamos. Debe haber llevado nuestras cosas a nuestro retrato, y no debe tener ninguna intención en traerlas de vuelta.

—No podemos movernos a través de las pinturas así. Estamos a tres pisos de nuestro retrato.

—No es como si tuviéramos otra opción.

—Lo voy a matar —gruñó Remus.

—Toma un número y ponte en la cola —dijo Sirius—. Vamos, cuanto más tiempo nos quedemos aquí es más probable que nos vean.

—Podríamos quedarnos aquí todo el día y escabullirnos en la noche.

—¿Y ser gritados en cada retrato que pasemos por despertarlos?

—Creí que no te gustaba la idea de que alguien más me viera desnudo.

—No me gusta —murmuró Sirius—. Y tomaré nota de todo aquel que parezca estar pensando en ti de ese modo.

Remus envolvió sus brazos alrededor de Sirius.

—No tienes nada de qué preocuparte —le aseguró—. No me fijaré en nadie más que en ti de ahora en adelante.

—Más te vale que no —le advirtió Sirius, el tono en broma de su voz quitando la dureza de sus palabras—. Ahora, vamos.

Remus asintió y se apresuraron en subir nuevamente las dunas, dirigiéndose a la pintura de páramo.

Un rápido vistazo hacia el mundo real mostró que el pasillo estaba vacío y Remus soltó un suspiro en alivio.

—Bien —anunció Sirius—. Tenemos el páramo en la siguiente pintura, y luego un par de caballos en una pradera, después esa pintura de la armería con las armaduras encantadas. Nada nos va a molestar en ninguna de ellas.

—¿Tal vez podríamos tomar prestado algunas partes de las armaduras?

—Están encantadas —le recordó Sirius—. ¿Qué hay después de esa pintura?

—La pintura de unas brujas ancianas en un laboratorio de pociones.

Sirius hizo una mueca al recordar a las brujas.

—¿Tal vez deberíamos probar otra ruta?

—La otra ruta nos aleja de nuestro destino y tendríamos que pasar directamente por el camino de los Gryffindors para llegar al Gran Comedor.

—¿Tal vez podríamos convencer a alguno de otra pintura de que nos presté un poco de ropa?

Remus se encogió de hombros.

—Vale la pena intentarlo.

Con ninguna otra opción, los dos hombres jóvenes cautelosamente dejaron la pintura de la playa y pasaron hacia la del páramo.

—Maldita sea, hace frío en esta —siseó Sirius—. Creo que mis pelotas ya se encogieron.

—Oh, vamos —murmuró Remus, cubriendo sus partes de la mejor forma que pudo, apresurándose en dirigirse a la pintura de los caballos.

—Voy a matar a Cornamenta —murmuró Sirius, agachándose al lado de uno de los caballos que al parecer se había ofendido con su presencia.

—Eso sigues diciendo —replicó Remus.

Llegaron a la pintura de la armería con mínimas complicaciones.

—Tal vez podamos coger un par de esas banderas para usarlas —sugirió Remus, señalando hacia arriba, donde varias banderas se ondeaban por una brisa mágica—. Deberían reponerse como la comida tan pronto como las saquemos de esta pintura.

—Lástima que nuestras ropas no fueron repuestas tan pronto como Cornamenta las sacó de la pintura —se quejó Sirius.

—Eso es porque no pertenecían a esa pintura —señaló Remus—. Ahora, ¿qué hay de las banderas? ¿Se te ocurre como podemos llegar allí o bajarlas?

—No sin mi varita.

—Quizás podemos subir allí usando las hachas y espadas y demás como una escalera...

—Se ven malvadamente afiladas —dijo Sirius—. No se siquiera si sería sensato incluso si tuviéramos zapatos. Estamos descalzos y en parte me gusta tener mis dedos unidos a mis pies.

—Si no conociera la situación mejor, diría que te gusta la idea de exhibirte desnudo por todos los retratos —comentó Remus.

—Bueno, no es tan malo. Simplemente no me gusta la idea de que tú lo tengas que hacer.

—Entonces, ¿se te ocurre alguna idea?

Sirius negó con la cabeza, aunque se movió más cerca hacia una para ver que tan aseguradas estaban. Se estiró para ver si podía coger una de las armas, con intención de probar si podía tirarla hacia el poste que sostenía la bandera con la destreza suficiente para romperlo. Desafortunadamente, sus movimientos fueron detenidos por una de las armaduras, que se ofendió por sus acciones y parecía dispuesta a proteger los contenidos de la pintura.

—Pero reaparecerá tan pronto como nos hayamos ido —señaló Sirius. Por desgracia, aunque las armaduras eran muy buenas guardianes, no eran las más brillantes al conversar y no respondieron a las súplicas de Sirius.

—Creo que mejor lo dejamos —dijo Remus, dirigiéndose a otra pintura, jalando a Sirius con él.

Entraron en la pintura de las brujas en el laboratorio, justo a tiempo de esquivar la maza que el guardián había estado agitando.

—Bueno, ¡no había necesidad de hacer eso! —exclamó Sirius.

Los dos jóvenes se volvieron hacia las brujas con tímidas sonrisas.

—Buenos días —dijo Sirius—. Supongo que no tendrán ni una túnica de repuesto por aquí.

Las brujas sonrieron mientras negaban con la cabeza al mismo tiempo.

—¿No nos prestarían alguna de las que están usando? —intentó nuevamente—. Reaparecerán tan pronto como nos hayamos ido a la siguiente pintura.

Las sonrisas se volvieron incluso más pronunciadas cuando negaron sus cabezas de nuevo.

—Están disfrutando de esto, ¿no es así? —acusó Sirius.

Las brujas carcajearon en respuesta mientras asentían.

—Malditas viejas —murmuró Sirius, apresurándose en pasar a la siguiente pintura con Remus, donde dos magos jugaban ajedrez y no dejaron de reír mientras se negaban a prestarles algo con que cubrirse.

Después de media docena de pinturas se rindieron en perder más tiempo pidiendo que les presten algo para cubrirse e intentaron una táctica distinta. Intentaron solamente una vez coger unos cojines sin preguntar antes, y eso fue suficiente para convencerles de que era mala idea hacerse enemigos de los residentes de las pinturas de Hogwarts.

Habían logrado pasar dos pisos antes de que vieran una confirmación de que los estudiantes de la escuela ya estaban vagando alrededor de los pasillos.

—¡Mierda! —siseó Remus, escondiéndose detrás de un árbol, esperando que los dos prefectos continuaran su camino.

—¿Qué hacen por acá tan temprano? —susurró Sirius, escondiéndose también detrás del árbol.

—Probablemente se dirigen al baño de prefectos —contestó Remus—. Uhm… Sirius, ¿podrías retroceder un poco?

—¿Por qué? —susurró Sirius, echando un vistazo alrededor del árbol.

—¿Por qué crees? —replicó Remus señalando con su mirada hacia abajo—. ¿Necesitas una clase de biología básica enfocada en lo poco que puedo cubrirme con las manos cuando estoy duro?

Sirius rió entre dientes, pero dio un paso hacia atrás para no estar pegado contra Remus.

—Creo que ya se fueron.

Remus cautelosamente salió de detrás del árbol y vio que, de hecho, estaban fuera de vista.

—Démosle un par de minutos para que continúen su camino —sugirió—. No queremos encontrarnos con ellos en un par de pinturas más adelante.

Sirius estuvo de acuerdo y cinco minutos más tarde se dirigieron a la siguiente pintura.

Casi habían llegado a la Sala de Menesteres sin haber sido vistos por alguien. Sin embargo, no tuvieron en cuenta a los estudiantes que querían usar la Sala de Menesteres. Puesto que no había, técnicamente, un ser vivo en la Sala de Menesteres, podía ser usada con normalidad por el resto de estudiantes de la escuela, muchos de los cuales usaban la habitación para fines furtivos.

Sirius y Remus llegaron al estrecho pasillo que los llevaba a la Sala de Menesteres y vieron que una estudiante se dirigía en dirección contraria a ellos. Como estaba dándoles la espalda, continuaron su camino, sólo para ser descubiertos por la estudiante cuando se volvió para caminar hacia otra dirección.

Remus estaba agradecido de que al menos al chica era una estudiante de más edad, y por la mirada divertida que tenía, no era nada que no hubiera visto antes.

—Buenos días, profesor Lupin —dijo, y Remus la reconoció como ex alumna, amiga de Helen. No tenía duda de que la historia del profesor Lupin desnudo al igual que su pareja sería conocida por toda la escuela antes de que acabara el desayuno.

—Buenos días —respondió en voz baja, apresurándose en pasar a la siguiente pintura, agradecido de que llegaran a casa, por así llamarla.

Cornamenta, quien nunca tuvo mucha cordura cuando se trataba de su propia seguridad, estaba esperándolos en la pintura del dormitorio.

—¡Cabrón! —gritó Sirius, lanzándose sobre James, empujándolo a la cama y sentándose sobre él en el proceso.

James le sonrió de lado.

—No mientras Lunático nos esté viendo, amor —bromeó.

Sirius respondió a eso con otro golpe, sólo deteniéndose cuando Remus lo hizo a un lado para reclamar su propia venganza por la broma.

Riendo y gritando, los tres lucharon encima de la cama. No vieron a un par de ojos observándolos desde la pintura vecina. Y tampoco oyeron la llegada de un visitante a la pintura desde el otro lado, al menos no hasta que una garganta se aclaró anunciando la presencia de Severus Snape.

—Aunque siempre supe que Black y Lupin estaban inclinados hacia esos gustos, nunca pensé que tú también lo estabas —le comentó a James.


NdT: En el próximo capítulo se arma un cuarteto con Snape. Ok no. Sintonicen este canal para ver cómo continua este lío... 3 capítulos más!
Un aplauso para Kristy que me betea los capítulos incluso en semana de parranda jajaja