Por un momento sintió que el mundo a su alrededor se hacía pedazos poco a poco. La chica que ocupaba la cama no era otra más que Milk pero a pesar de encontrarse a tan pocos centímetros de su cuerpo era incapaz de percibir su energía. ¿Acaso había llegado demasiado tarde? Goku se inclinó y acercó su rostro al de ella hasta casi sentir sus labios sobre los de él. Con cuidado puso sus manos temblorosas sobre sus mejillas y sintió cómo todo a su alrededor comenzaba a tener sentido de nuevo. Pudo sentir la calidez de su existencia en las palmas de sus manos. Su piel era tan suave como la recordaba.

—Estás viva —susurró aliviado, mientras pegaba su frente con la pequeña frente de su esposa. Antes de poner distancia entre ellos besó sus labios con un movimiento rápido—. Pero no lo entiendo..., tu ki no está.

Dormía y parecía que respiraba con mucha dificultad, pero seguía con vida y eso era lo único que importaba. Cuidadosamente quitó la delgada sábana blanca que cubría su cuerpo. Tenía la intención de cargarla en sus brazos y llevarla a casa. No iba a permitir que estuviera ni un minuto más en esa habitación que tenía tan peculiar aroma que le hacía pensar en la muerte, él mismo se encargaría de brindarle todos los cuidados que necesitara. Fue en ese momento cuando se percató de las heridas que la chica tenía repartidas por todo su cuerpo: raspones y hematomas adornaban su pálida piel. No parecían tan graves, a excepción de una debajo de su pecho, en el lado derecho. Las vendas que la cubrían estaban empapadas en sangre fresca. Después de pensarlo por un par de minutos llegó a la conclusión de que aquella herida era la que le impedía respirar con normalidad.

—Con una semilla del ermitaño bastará para curarlo todo —reflexionó—. Pero no entiendo por qué Uranai Baba dijo que se estaba muriendo si no parece tan grave. Tal vez lo dijo por la falta de ki en su cuerpo, que por cierto en es algo que no termino de comprender. Todo es muy raro... Bueno, no hay tiempo que perder. La llevaré a casa y después iré con el Maestro Karin.

Cubrió el menudo cuerpo de su esposa nuevamente con la sabana. Lentamente pasó un brazo debajo de su cabeza y otro por debajo de sus piernas, para así poder cargarla y llevársela inmediatamente de ahí pero sus planes se vieron interrumpidos por la puerta de la habitación que se abrió de golpe, dejando entrar a un hombre desconocido.

—¡¿Quién es usted?! —preguntó el hombre, exaltado por la imagen que se le presentaba justo delante de sus ojos. Un chico desconocido con una paciente en brazos, dispuesto a irse—. ¡¿Y qué es lo que pretende hacer con mi paciente?!

—Pues yo soy Goku —respondió como si fuera lo más obvio del mundo—. Y me voy a llevar a mi esposa a casa.

El Doctor se quedó paralizado ante la respuesta del muchacho.

—Usted no puede hacer eso, ¡su bebé aún corre peligro!