¿Qué? Pero... ¡¿Qué es esto?! ¿Dos capítulos en menos de... un mes?
Así es amiguitos y amiguitas, he decidido imprimirle velocidad a esto, así que he estado exprimiendo mi cerebro para poder actualizar con mayor regularidad. No sé decirles si logre mantener este ritmo pero... bah, ya veremos como va saliendo.
Por favor, no dejen de hacerme llegar sus comentarios, opiniones y felicitaciones (uyuy) que siempre serán bien recibidos.
Sin más, los dejo continuar con la lectura. Que la disfruten.
-Su majestad, esto es todo lo que encontramos sobre el niño-dijo un mozo extendiéndole un par de pergaminos.
Elsa los extendió y leyó con ansia los papeles; en el primero encontró el registro de nacimiento de Friederick, llevando solamente los apellidos de su madre. El segundo era el acta de defunción de esta.
-Pobre y desafortunada mujer-musitó Elsa justo antes de escuchar los berridos del pequeño-¿todo bien?-preguntó poniéndose en pie y caminando hacia donde un par de doncellas lo vestían con un elegante pero ligero trajecito color azul rey.
-¡No quello!-gritó negándose a permitir que le abotonaran el chaleco de terciopelo guinda.
-¡Pero mírate nada más! Luces muy apuesto Friederick-dijo Elsa a la vez que se inclinaba a cerrar el chaleco. El niño se lo permitió, aunque sin dejar de hacer pucheros.
-Oh, vaya, pero si es un guapo principito el que tenemos aquí-dijo la mayor de las doncellas, y lo giró hacia el espejo.
Al principio miró su reflejo con desaprobación pero después de echar un vistazo al rostro de satisfacción de la reina, sonrió.
-Majestad-llamó un lacayo desde la puerta de la habitación-los baúles con las pertenencias del niño ya han sido subidas al barco, y me piden que la informe de que el almuerzo está servido; su majestad y el resto de la familia real esperan contar con su presencia en el comedor una última vez.
-¿Sólo la mía?-preguntó la chica levantando una ceja. El hombre miró de soslayo al pequeño con cierta repugnancia, gesto que indignó a la joven reina-¿Y bien?-insistió.
-A ambos.
Elsa sonrió complacida.
-Excelente, en un momento bajamos.
Comenzó a dar nuevas instrucciones respecto a los juguetes y ropitas que quería a la mano en el camarote, y escuchó con atención las sugerencias que algunas de las doncellas le hicieron al respecto.
-Majestad, cuando la… madre del niño yacía frente a las puertas del palacio, llevaba esto con ella.
La mujer le tendió una especie de morral hecho con tela vieja y medio podrida.
-Oh, pues… gracias-dudó un momento antes de tomarlo-¿qué hay en él?-la dama sólo se encogió de hombros.
El personal comenzó poco a poco a abandonar la habitación. La rubia se sentó en la cama dispuesta a vaciar la bolsa pero la idea de invadir la privacidad de alguien más (por muy muerto que estuviera) la detuvo. Sin embargo, la curiosidad le ganó.
Lo primero que encontró fue un costalito con apenas cuatro monedas de baja denominación; había también un broche dorado y un pañuelo color púrpura. Hasta el fondo de la bolsa quedó una cajita de aproximadamente diez por diez centímetros envuelta en una mantita azul ya muy raída. Se disponía a abrirla cuando otra doncella le dijo:
-El barco con el correo está por zarpar, ¿hay algo que desee enviar?
Miró con nerviosismo los papeles que dejara sobre una de las cajoneras de la habitación al llegar. Se fijó específicamente en el sobre con la carta que pasara toda la mañana escribiendo a su hermana.
-Mmm, no, no hay nada, gracias.
Después de una pronunciada reverencia la doncella salió.
Elsa se quedó pensativa, dudando si lo que había hecho sería correcto. Moría de ganas por contarle a Anna sobre el pequeño pelirrojo que vería bajar del barco a su lado, pero a la vez temía por la reacción que tendría al enterarse de su procedencia.
"Puedo omitir ese pequeño detalle ¿no?" se preguntó, pero la conciencia de inmediato se lo recriminó; aquella a la que le había guardado un terrible secreto durante tantos años y que casi terminara matándola. Aquella a la que le había prometido jamás volver a hacerlo. Con prisa tomó el sobre y corrió hacia la puerta.
-¡Espera, chica, espera!-gritó a todo pulmón.
"Que no voltee, por favor que no voltee" se dijo, guardando la leve esperanza de verse obligada a no entregar la misiva.
Para su mala suerte, a pesar de ir ya bastante lejos, la doncella dio media vuelta y regresó veloz.
-¿Sí… majestad?... Dígame-jadeó la chica frente a ella.
Elsa estaba petrificada. "¿Y ahora qué hago?".
-Reina Elsa, desea…
Pero ella sólo la miraba con los ojos como platos y la carta fuertemente apretada contra su pecho.
-¡NOOO, NO, NO QUELLO!-escuchó a lo lejos gritar-¡en el cacallo yo!
-Por favor joven Friederick, va a arrugar su traje.
Ambas se asomaron a la habitación para ver a un par de doncellas tratando en vano de bajar al niño del caballo de madera en el que se mecía con una enorme sonrisa.
Entonces encontró la mejor forma de escapar de la situación.
-Hágame el favor de decirle al rey Klaus que también nos llevamos el caballo.
La chica la miró con sorpresa.
-Majestad, con gusto pasaré su mensaje, pero me tomaré el atrevimiento de advertirle que probablemente su petición será negada; ese caballo ha estado en la familia desde que el rey Klaus naciera.
-Pero aquí ya nadie lo usa.
-Seguro alguna de las princesas parirá otro niño, pareciera que es lo único que saben hacer-agregó en un susurro- Además, todavía queda el príncipe Hans-y al decir eso apareció un leve color rojizo en sus mejillas-creo que aún esperan que él, al regresar, en algún momento contraiga matrimonio y engendre un…
-No-le interrumpió Elsa-dile lo siguiente: que la libertad de Friederick sólo le ganó el derecho de usar las aguas de mi reino, pero mi silencio aún no lo ha comprado, así que espero que al terminar el almuerzo ese caballo ya esté en el camarote del niño.
La doncella no dijo más; le dedicó una leve reverencia, dio media vuelta y se marchó.
Elsa respiró profundo. Aun no estaba segura de que su proceder fuera correcto, e incluso comenzaba a sentir la punzada de la culpabilidad… ¿o era del hambre? Caminó hacia Friederick, que seguía ignorando a las damas a su alrededor, y con tono animado le preguntó:
-Hey, ¿tienes hambre pequeño?
Por primera vez en muchísimos años el comedor del palacio de las Islas del Sur no estaba lleno de risas, gritos, quejas sobre los platillos y chismorreo; lo único que interrumpía el silencio era el tintinear de los cubiertos, el ruidoso masticar del quinto príncipe, Elvis, y las instrucciones que Elsa daba a Friederick al comer. Después de tratar en vano de que el niño probara el puré de patatas ("yug, es popó" dijo en cuanto lo cubrieron con una espesa salsa marrón) decidió dejarlo maniobrar a él solo con el tenedor, después de todo ¿qué tan complicado podía ser comer zanahorias y un poco de pasta? Sin embargo no pudo evitar soltar una carcajada al voltear a su derecha y verle las pecosas mejillas cubiertas de aderezo.
-¡Mírate nada más Friederick!-le dijo a la vez que tomaba una servilleta y se acercaba a él-ven acá para limpiarte.
Le pasó el pedazo de tela por el rostro con delicadeza maternal, sin caer en cuenta del desconcierto con que la pequeña princesa Lya la miraba. Aún no terminaba de limpiar al niño cuando por fin la pequeña se animó a hablar.
-¿Es el niño que se va a llevar?-le preguntó. Su madre dejó caer el tenedor sobre el plato y la miró con horror.
-Mjum-respondió la rubia sin descuidar su tarea-su nombre es Friederick.
-Y él… es decir… ¿se va a llevar a uno de mis primos?
-¡LYA, POR DIOS!-gritó su madre.
Elsa se detuvo y miró a la niña de unos diez años con los ojos muy abiertos.
-Eso mismo pensaba yo-dijo su hermana melliza, Leila, sentada a su lado-pero ¿de cuál de todos los tíos es hijo? ¿Es tuyo tía Melinda?
La aludida negó vigorosamente con la cabeza.
-No-terció un jovencito no muy lejos de ellas-le encuentro más parecido con Zach y Michel, pero la verdad-entrecerró sus ojos, examinando al pelirrojito-es que creo que jamás lo había visto en mi vida.
-Lo mismo pensé al principio-respondió Leila-pero es que tenemos tantos primos que sinceramente ya he perdido la cuenta.
-Basta Leila-la reprendió su padre, el príncipe Abraham.
-¿Por qué?-preguntó ofendida la niña.
-Porque no es el primo ni el hijo de nadie.
-Entonces, ¿quién es?
-¿E… eso importa?
-Pues… ¡sí!-respondieron los tres niños a la vez.
-No, no importa. Y ahora coman.
Nuevamente se hizo el silencio. Todos volvieron la atención a su plato, incluso Friederick, pero Elsa fue incapaz de probar otro bocado. Las palabras de los chicos habían calado hondo; miró a Friederick, devorando con delicia los trocitos de ternera que ella cortara antes para él, y luego miró a sus acompañantes a la mesa, específicamente a los hijos de los doce príncipes. Casi hiperventiló, sintió que la cabeza le daba mil vueltas al caer en cuenta del tremendísimo parecido que tenía su compañerito con el resto de los Westergard. Eso no podía ser nada bueno.
-Lamento mucho que la reina madre no pudiera acompañarnos esta mañana, reina Elsa-la voz de Leonor la volvió a la realidad-pero no se sentía muy bien.
-Es entendible majestad-respondió con voz trémula-supongo entonces que tampoco la veré cuando llegue el momento de nuestra partida.
-Me temó que está en lo correcto.
-Oh, vaya, pero que tragedia-lo dijo sin inmutarse, incluso atreviéndose a pinchar una verdurilla verde de su plato-por favor mándele nuestros recuerdos y el más sincero de los agradecimientos por su maravillosa hospitalidad.
Leonor frunció el ceño, incómoda con el evidente sarcasmo de la reina de las nieves. Miró a su marido, quien no había pronunciado ni una sola palabra o despegado su vista del plato desde que este le fuera puesto enfrente.
-Tenga por seguro que le haré pasar su recado majestad, si es que ese es su genuino deseo.
Elsa la miró directamente a los ojos. Contaba los segundos para salir por fin de ese horroroso lugar y poder regresar a casa, con los suyos. Así que sin descaro alguno respondió:
-La verdad es que no.
Los viajes en barco la estresaban, muchísimo. Más bien, la aterraban. Por el contrario a Friederick parecía encantarle la experiencia, y se sorprendió sonriendo de oreja a oreja al ver al niño correr por toda la cubierta, saludando a la tripulación, asomándose por la borda y señalando a las gaviotas que pasaban sobre ellos. Un marinero se inclinó frente a él y le puso su sombrero en la cabeza, la pieza era demasiado grande y le cubrió los ojos, pero Friederick emocionado la levantó un poco y llamó a Elsa a gritos.
-¡Mila, moma, mila!
Ella le sonrió. El chiquillo siguió jugando bajo la atenta mirada de la rubia. "Moma" pensó, "me llama moma. Mamá". Eso la confundía, ¿podría llegar a ser una madre para Friederick? Era obvio que desde el primer momento que se conocieron eso fue lo que pensó él. Recordó lo que le contaron las indiscretas mucamas sobre su madre, una mujer menuda, de piel pálida y cabello casi plateado. "Él también está confundido, eso es todo, sabe que yo no soy su madre pero me parezco a ella… lo que es sólo una casualidad".
-¡La magia moma, la magia!-miró hacia abajo y lo encontró frente a ella, con el cabello alborotado, las mejillas rosadas y una capita de sudor sobre la frente.
-Oh no corazón, aquí no, podría ser muy peligroso.
Friederick quedó decepcionado.
-Pelo quelo la magia-susurró triste.
-Te prometo que cuando lleguemos a Arendelle te…
Un destello seguido de un ensordecedor trueno la interrumpió. Tembló de pies a cabeza justo cuando sintió las manitas de Friederick rodearle las piernas.
-Tranquilo pequeño, todo está bien-trató de consolarlo, acariciándole la cabeza-¿en dónde está el almirante Friele?-alzó la voz, preguntando a nadie en concreto.
-Una tormenta majestad-respondió el almirante-es grande, pero no peligrosa, no representará amenaza para su seguridad, pero retrasará un poco nuestra llegada al reino.
-¿Qué tanto?
-No más de dos días quizás. Pero si encontramos buen tiempo más allá y los vientos siguen a nuestro favor, seguro lograremos recuperar algo de camino.
Ella asintió. Confiaba ciegamente en sus hombres, quienes en más de una ocasión habían demostrado su valentía, lealtad y honor. Lástima que no pudiera confiar de la misma manera en la naturaleza. Miró hacia el cielo, asombrada del azul claro que había en ese momento sobre ellos y que poco a poco iba transformándose, conforme miraba a lo lejos, en una mullida capa de nubes negras e intimidantes. Otro relámpago seguido de inmediato por un trueno la hizo saltar.
-Me la mello, ¿tú no?
La vocecita débil y temblorosa del niño la conmovió. Miró hacia abajo y se encontró con la mirada húmeda y aterrada del infante. No, las tormentas no le daban miedo, ¡le daban pavor! Pero ¿cómo le iba a decir eso a un niño?
-No te preocupes-se acuclilló para quedar a su altura-yo estoy aquí contigo, y no voy a permitir que nada te pase-abrió sus brazos y el pelirrojito corrió a refugiarse entre ellos. Elsa lo apretó con fuerza contra su cuerpo.
Miró la ya no muy lejana tormenta que se cernía sobre las aguas, alterándolas y provocando unas feas y espumosas olas oscuras. Se obligó a tragarse su miedo de una vez por todas y se prometió velar por la seguridad de Friederick costara lo que costara.
Esa noche le fue imposible conciliar el sueño, y a Friederick también. El barco se balanceaba violentamente y los truenos y golpes del agua en el casco no hacían más que alterarles los nervios a ambos. El pequeño se había rehusado a apartarse de Elsa, y se acurrucó muy pegadito a ella en la cama. Trató de tranquilizarlo, cantándole las canciones que su madre les cantara a ella y a su hermana cuando eran chiquitas. Finalmente sus esfuerzo dieron frutos y Friederick se quedó dormido. No sabría decir que hora era, pero apenas se percató de que el niño había cerrado los ojos, sintió un tremendo peso en los suyos, por lo que resignada se dejó arrullar por las impetuosas olas hasta quedarse dormida.
Cuando volvió a abrir los ojos la deslumbró la cantidad de sol que entraba por la única ventanita del camarote; la tormenta había pasado y a su parecer, ahora navegaban con muchísima calma. Miró a su lado y sonrió al ver el hermoso rostro cubierto de pecas que la acompañaba. Poco a poco Friederick fue despertando también, y cuando sus orbes azules se fijaron en las cerúleas de la reina, le sonrió adormilado. Le acarició los cabellos rojizos con ternura, a lo que él suspiró complacido.
-Hola moma-saludó con voz ronca y bajita.
-Hola, corazón mío.
