El día parecía la más sombría de las noches. Las personas que se paseaban por los pasillos de aquella casa sucia y ruinosa, se movían presurosos de un lugar a otro y sus rostros denotaban anticipación. Sólo unos pocos parecían no compartir el frenesí general: aquellos demasiado valiosos o torpes para arriesgarse a participar en una misión como aquella, planificada por un inexperto y joven mortífago.

Sin embargo, nadie se encontraba estático. Todos debían ultimar detalles pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría fallar. No era una opción.

Bellatrix llevaba días meditándolo, meses o quizá desde el principio. Desde que el niño había nacido había confirmado el enorme impedimento que representaba para ella y aún más para Rodolphus. Definitivamente su Señor no iba a aceptar que sus más fieles seguidores fueran impedidos por una criatura absolutamente inútil y dependiente. Rodolphus caía peligrosamente cada vez a mayor profundidad, pero ella tenía un plan para que las cosas volvieran a la normalidad. No muy elaborado la verdad, pero era mejor que morir en manos de un amo como el suyo por culpa de un mocoso.

Un amago de sonrisa se dibujó descuidadamente en los labios de Bellatrix y Rodolphus, que caminaba a su lado la miró extrañado.

- Pareces confiada.

El rostro de Rodolphus tenía un expresión interrogante y cansada.

-Lo estoy. Todo va a salir bien hoy: la muerte y la liberación.

La sonrisa de Bellatrix se convirtió en un gesto sombrío que terminó de confundir a su marido.

-¿Qué te hace pensar que tu sobrino podrá con esto? Fue muy inteligente al encontrar una manera suficientemente segura e impensable para entrar a Hogwarts, pero ¿realmente crees que tiene las agallas y el poder para matar a Dumbledore?

Ella captó la mirada escéptica de Rodolphus y su sonrisa se descompuso.

-Yo misma lo preparé para es momento, a demás es la voluntad de nuestro Señor, la cumplirá si no quiere morir de forma indigna.

- No digo que quiera morir, pero ni siquiera el Lord ha podido ¿Crees que un mocoso...?

- ¡Tenemos un plan!¡No tienes derecho de juzgar al Lord! Sabes que Dumbledore siempre ha estado prevenido de él. El viejo no es idiota, pero no sospecharía de un alumno. Sería demasiado malo para su mente senil.

Con una última mirada enojada se dirigió con paso rápido por el largo pasillo de baldosa roja que conducía a su habitación. Tenía que ser prudente y rápida.

Abrió la sólida puerta de madera con cuidado para no despertar al niño; lo que menos necesitaba eran lloriqueos delatores. Efectivamente no lo había despertado. El pequeño dormía en la cuna y al lado suyo el elfo que Rodolphus había adquirido.

-Tú, no te necesito aquí, vete.

-El Señor Lestrange le dijo a Gwyr que no debía separarse del pequeño.

Bellatrix lo miró analíticamente por unos segundos, para torcer el gesto y hablar con dureza después.

-Bien. Sígueme entonces.

El pequeño elfo se retiró del banco en que había estado vigilando el sueño del pequeño, al lado de la cuna de madera oscura. Agradecido quizá de poder estirar las piernas, caminó unos pasos hasta donde se encontraba Bellatrix.

Ella por su parte permanecía observando a la criatura con las manos sobre la baranda de la cuna, que a diferencia de las polvorientas ventanas rebosaba de limpia. El pequeño se revolvió un poco. Bellatrix pareció salir del trance y tomó al niño en brazos. Por supuesto no sabía como hacerlo, así que maniobró un poco antes de poder reproducir la forma exacta en que Rodolphus lo hacía. Esperaba definitivamente, no verse como él.

Miró nuevamente al niño y se sintió extraña. Lo sentía muy pequeño y caliente en sus brazos, contra su pecho. Le dedicó una pequeña sonrisa contrariada mientras veía la fragilidad del cuerpo que sostenía y se encaminó por el largo pasillo hacia la salida de la casa, con el elfo aún renuente tras sus talones.

Cuando tomó la manija para abrir la puerta hacia los desvaídos jardines y tiró de ella para salir, el elfo se interpuso en su camino lleno de una especie de seguridad contradictoria y cobarde.

-El niño no debe salir de la casa Señora.

Haciendo caso omiso de la voz temblorosa de la criatura, lo apartó de una patada.

-Puede. Soy su madre.