Capítulo VII: Hallazgo afortunado

Se trataba de la crónica de una sentencia anunciada.

Lo que era extraño, sin embargo, era el lugar donde cumpliría condena. Porque Ginny Weasley no iba a ir a Azkaban. Su hogar era su prisión: la habían condenado a diez años de arresto domiciliario, lo que al menos aseguraba la comodidad de la chica. No obstante, no le estaba permitido salir de su casa, ni siquiera para las compras ni visitar a sus amigos, si es que los tenía. Porque tenía serias dudas acerca de la confianza que sentían su familia y demás gente hacia ella: no había olvidado que había sido acusada de homicidio y las pruebas eran demasiado abrumadoras como para poder soslayarlas.

Eran las tres de la tarde. Ginny paseaba por el vestíbulo de su lujosa prisión, una jaula sin barrotes. Las entradas y salidas eran vigiladas tanto por guardias como por encantamientos de impasibilidad y sensores de ocultamiento. Era virtualmente imposible escapar por la fuerza ni por medios mágicos tampoco.

Pero no era esa sensación de encierro la que más la angustiaba.

Era el sentimiento de desamparo. Una agobiante soledad pesaba sobre ella, como si las paredes de la casa se cerraran poco a poco a su alrededor, las puertas se burlaban de ella y las ventanas parecían tentarla a ser libre, sabiendo que no se podía. Sin nada que hacer a una hora tan temprana, Ginny se sentó en un sillón del vestíbulo, pensando en su situación, la cual le recordaba mucho a la leyenda de Tántalo, el famoso semidiós que fue condenado por Zeus a permanecer en una isla, rebosante de agua cristalina y un prolífico árbol con deliciosas frutas, las cuales se alejaban cada vez que el desdichado prisionero se acercaba a aquellos placeres. Era por eso que aquella práctica de mostrar cosas tentadoras que estaba fuera del alcance de uno se le llamara "Tortura Tantálica".

Ginny sospechaba que el juez había decidido castigarla con una estadía de una década en su casa, sin derecho a salir de ella, para que ella fuera torturada con los placeres del mundo exterior, estando a un palmo de distancia de él. Pensaba que era la peor forma de castigar a alguien por un crimen en el que ni siquiera había tenido participación, otra persona era la culpable pero, debía andar suelta por allí, quizá a simple vista de la gente, ignorando que era la asesina de su prometido. Aquel pensamiento le hervía la sangre, su cuerpo se tensaba sólo de recordarlo y era tan arrolladora la sensación que el sueño parecía no afectarla en lo absoluto. Se paseaba de aquí para allá, recorriendo la casa, tratando de calmarse, de disciplinar su mente, no perder el control. Se trataba de una técnica que usaba siempre antes de desfilar en las pasarelas, ante las miles de lentes de cámaras y miradas perdidas de cientos de hombres que la veían caminar con elegancia y sensualidad, sin poder siquiera tocarla. Ginny sonrió un poco al saber que esos pobres chicos también pasaban por lo mismo que el desgraciado Tántalo.

La alegría duró tan solo un fugaz instante. Una sola mirada a las ventanas bastó para que la sonrisa desapareciera de su cara. Se mofaban de ella, transmitían la luz del sol, invitaban a abrirlas para que el aire se colara en las habitaciones y le dieran la utópica sensación de estar en un extenso campo, con miles de jazmines y cientos de árboles embelleciendo la vista. Volvió a sentarse en el dichoso sillón, inclinándose y cubriendo su cara con las manos. No había pasado ni seis horas recluida y ya sentía desesperación y añoranza por la libertad. Era peor que estar en Azkaban… y pensar que había sonreído con triunfo cuando le dijeron que iba a pasar diez años de su vida encerrada en su casa en lugar de una celda en la prisión de los magos.

Ninguno de los suyos había asistido al juicio, ninguno había clamado por su inocencia, ni siquiera una sola palabra de aliento. Todos, sin excepción, la creían una homicida, una persona incapaz de sentir o de razonar, alguien que había tenido los redaños para matar al hombre responsable de la relativa paz que reinaba en la nación, una persona a la que supuestamente amaba y juraba lealtad eterna. De una chica emprendedora, reconocida y, por qué no, deseada, pasó a ser una delincuente sin corazón, inmisericorde y codiciosa, alguien cuya ambición no conocía fronteras, ni con el poder ni con la ley. De ser una chica modelo, pasó a ser una especie de cáncer, porque el vil asesinato de Harry Potter no era cualquier delito: se trataba de la muerte de un líder, de un héroe para la comunidad mágica.

Si había una sensación parecida a la que un oceanógrafo sentiría al sumergirse a más de diez mil metros de profundidad, ésa era una de ellas.

Se sentía agobiada, rodeada de barrotes invisibles y una inmensa presión ejerciendo sobre ella: la presión de la sociedad, del acto maléfico que todos atribuían a la desdichada pelirroja. Pese a que era consciente de su inocencia, se sentía sucia, indigna, maldita por un poder desconocido, corrompida por tiranos invisibles que no se dejaban ver. La impotencia la hacían hervir de odio en contra de todo y de todos, nadie le creía, nadie se preocupaba por ella, nadie movía un dedo para revelar la verdad acerca del deceso de su único amor.

No pudo más.

—¡NOOOOOOOOO! —exclamó Ginny con todas sus fuerzas, tensando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, incapaz de seguir razonando por más tiempo. Pese a que hace horas había derramado lágrimas, en ese momento lloró como si nunca en su vida lo hubiera hecho, cayendo de rodillas sobre el piso cerámico, importándole un rábano el dolor subsiguiente, porque no era nada comparado con el sufrimiento por el que pasaba ahora. Y los minutos pasaban, las sombras se alargaban a paso de tortuga y las lágrimas eran interminables. Era como si todo el llanto acumulado en lo que iba de su vida lo desatara en esos instantes, cortos para los demás pero angustiosamente largos para ella, como si el tiempo también creyera que ella era la asesina de su amado Harry. Era demasiado castigo para ella, para alguien que no había matado ni una mosca.

Después de estar como diez minutos llorando (para ella fueron como diez días) se puso de pie y se secó las lágrimas, mirando hacia el gran espejo del vestíbulo, como animándose a si misma a ser fuerte y soportar la tempestad que ya la atacaba sin resuello.

Tú puedes, Ginny.

Sí, ella podía.

Empuñando las manos y murmurándose palabras de aliento, entró a su dormitorio y cerró la puerta, innecesariamente, con llave. Se tendió sobre la cama y allí se quedó, tratando de contagiarse con pensamientos positivos, que los verdaderos culpables iban a caer tarde o temprano y que se haría justicia al final.

Y seguía mirando al techo, sin darse cuenta que se llevaba la mano derecha a una zona de su cuerpo que jamás había tocado. Mientras pensaba en la mejor manera de sobrellevar la condena, sintió que la susodicha mano estaba en un lugar que no solía visitar y la retiró de allí, pensando de repente en qué la había motivado a tomar una acción como aquella. Después, se convenció que había imaginado cosas y se levantó de la cama, rumbo a la biblioteca, para escoger un libro con el cual distraer la mente.

El lugar era espacioso, de estilo victoriano, lleno de candelabros de oro empotrado en las paredes y madera de caoba barnizada. Un escritorio renacentista se alojaba en el extremo de la sala y, cubriendo las paredes, decenas de estantes con cientos de libros forrados en cuero, tapa dura y de bolsillo. Muchos de ellos eran novelas de toda clase de géneros, aunque ella jamás tocaba los de terror, suspenso, thrillers, acción, ficción o fantasía. Tenía un estante completo para ella misma, lleno de novelas románticas que la distraían o la hacían llorar a raudales. En particular, le encantaba un libro de tres volúmenes en donde los protagonistas se odiaban a muerte y, después de muchas peleas y agresiones, descubren que el odio no era más que un disfraz para ocultar lo que realmente sentían y hablaba de la conspiración del mundo para separarlos. Aquella historia siempre hacía lagrimear a la pelirroja, por lo que sacó el primer volumen, le quitó un poco de polvo y abrió la tapa.

Cada vez que abría el libro, le daba cierta risa ver aquella rara nota en la contratapa, escrita con una caligrafía que no conocía. Eran palabras casi místicas, como un pequeño acertijo. No sabía quién lo había escrito porque, para ser honesta, no sabía quién le había mandado el libro. Cuando recibió el paquete, no salía consignado el remitente, sólo el destinatario. Sin embargo, no sabía por qué le daba tanta importancia al asunto ahora, siendo que en todas las ocasiones que abrió el dichoso libro, había pasado por alto la anotación.

Ayer en la mañana, descubrí un cofre con una rara gema dentro.

¿Qué hice?

Le era irritante encontrar, cada vez que tomaba el libro, esa frase que parecía tan simplona y sin ningún chiste. Era un acertijo tal que lo hacía ver fácil pero que no lo era tanto. Su propósito era desviar la atención de la frase por medio de la frustración y anegar la mente de quien leyera el problema.

O al menos eso creía.

La lectura quedó prácticamente olvidada. Su concentración estaba dedicada exclusivamente a la frase de la contratapa, hechas con palabras simples pero con un significado elusivo, jabonoso, como quien trata de agarrar humo con la mano. Fue cuando se le ocurrió una extraña posibilidad.

¿Y si no fuera un acertijo?

Lo trató de ver como una pregunta de esas que le hacen a los muggles en sus clases y, la solución se puso solita delante de ella.

Un descubrimiento, un hallazgo.

Sin embargo, quienquiera que puso aquellas palabras allí, parecía haber dejado un punto muerto en la adivinanza. Si la respuesta era un hallazgo, ¿qué venía a continuación? Buscó en todas las páginas del libro, que no eran pocas, no hallando ninguna cosa que no fuera relato que para la mayoría de los hombres era cursi y sin ningún sentido práctico. Fue cuando llegó al final, justo en el momento en que juzgó que toda esa adivinanza era un juego infantil, una clase de broma, el instante en que vio otra frase, escrita con las mismas letras y la misma caligrafía.

Sigue con la historia.

Aquellas palabras no eran ningún misterio para Ginny. Sabía que la próxima pista se encontraba en el segundo volumen de la novela. Emocionada de un modo extraño, como si deseara saber quién había escrito aquellas palabras, la chica guardó el primer libro y sacó el segundo, buscando en la contratapa y, lo primero que halló, fue lo que esperaba, aunque no del mismo estilo que la anterior.

Si tuvieras que elegir una palabra para describir a alguien que murió, respecto a otro que se volvió loco, ¿cuál sería?

Era una pregunta disparatada. Solo a un demente se le ocurriría una interrogante como aquella porque, para ella, la respuesta no existía, porque una persona muerta era equivalente a una que estuviera loca: en ambos casos era como si no existiera en el mundo. ¿Cuál era la diferencia entre un muerto y un loco? Esa pregunta era obvia: un loco tenía el don de la vida al menos, el muerto… ¡estaba muerto! No sabía qué más argumentar.

Y entonces, recordó cuando le contaron sobre el encuentro que tuvo su difunto prometido con los padres de Neville, quienes habían sido torturados hasta la locura por los seguidores de Voldemort. Había oído que la madre de ese joven no podía reconocerlo, tenía una cara como si estuviera asustada de todo y reaccionaba de una forma rara, como si hubiera otras personas alrededor. Era como si no estuviera consciente de los latidos de su corazón, o del hecho de poder ver. ¿Se le podía llamar a eso vivir?

Y unas palabras volvieron a su mente.

Hay cosas peores que la muerte.

Y el problema quedó resuelto. Ginny unió ambas palabras y formó una frase que no tenía mucho sentido en ese momento.

"Hallazgo afortunado"

Aquellas dos palabras se clavaban en sus entrañas. ¿Había su prometido diseñado todo este juego como para recompensarla por algo? Se sentía como un pirata buscando un tesoro, un pirata que en lugar que pelear contra capitanes y otros tiranos, debía descubrir claves, buscar libros y resolver acertijos. Tan concentrada estaba en la frase que apenas recordó buscar en la contratapa posterior, en busca de otra clave. Pero había sólo dos palabras.

Continúa buscando

Ginny guardó el segundo volumen de su novela romántica favorita y sacó el tercero, la razón de todos sus llantos a causa su trágico final. Buscó en la contratapa y halló la siguiente pregunta. Apenas la leyó, supo que iba a tener muchos líos tratando de hallar la respuesta.

¿Dónde fue descubierto el primer triángulo rectángulo?

Ginny sabía que un triángulo rectángulo se caracterizaba por tener uno de sus ángulos con una medida de noventa grados pero nada más. Debía buscar en algún libro de matemáticas, cosa que era imposible de encontrar en una biblioteca de magos. Ellos no necesitaban saber acerca de sumas, factorizaciones, integrales definidas o series de Fourier, porque todo lo resolvían a través de la magia, la cual no seguía patrones numéricos. Su única alternativa era visitar una biblioteca muggle y ver si allí encontraba alguna respuesta.

Sin embargo, no podía salir de la casa. Era frustrante estar a un pelo de descifrar el enigma de las anotaciones en los libros que más le gustaban y, de repente, no poder continuar con la búsqueda. Le daban ganas de patear los estantes, hacerlos añicos y destrozar los libros pero, por un segundo de lucidez, supo que ello no iba a llevarla a ninguna parte. Respiró hondo, dejó que el aire inundara cada rincón de su cuerpo y la indujera a la calma y a la claridad de pensamiento.

Alguien descubrió el susodicho triángulo, alguien de la antigüedad.

Buscó en un libro de historia muggle, de los que había un par en esa biblioteca particular. Ambos estaban en un estante dedicado a hechos históricos, tanto de la magia como de la "no magia", como les gustaba llamarlo a veces Ginny. Depositó ambos sobre el escritorio lustroso y abrió el volumen que decía "Grandes Personajes de la Historia".

Consultó el índice y supo que se iba a demorar un resto en encontrar lo que trataba de hallar. Era demasiado tedio buscar cosas relacionadas con matemáticas o geometría en el índice por contenidos, por que buscó el índice temático en busca de las palabras matemática o geometría. Para horror suyo, había centenares de referencias a ambas palabras, y examinar una por una iba a ser una tarea de chino. Buscó la palabra "matemático" y "geómetra" y, para fortuna suya, encontró sólo veinte referencias a ambas. Al parecer, a los autores de esa enciclopedia no les gustaban mucho los matemáticos. Buscó en todas las páginas de las referencias y, cuando estaba por terminar, encontró algo que la hizo ponerse nerviosa.

Hablaba de un tal Pitágoras, una famoso matemático griego que había descubierto varias propiedades de los números enteros, muchas de ellas aplicadas a la arquitectura y que también había descubierto cosas en el ámbito de la geometría, entre ellas, el famoso triángulo pitagórico, el cual consistía en que los catetos opuesto y adyacente medían tres y cuatro unidades, y la hipotenusa valía cinco unidades. Y era más: aquel triángulo tenía un ángulo que medía noventa grados…

Un triángulo rectángulo.

Pero todavía no cobraba ningún sentido para ella.

"Hallazgo afortunado en Grecia"

¿Se trataba de un descubrimiento providencial hecho en Grecia? Y si así era, ¿qué clase de hallazgo podía ser? Tomó el libro tercero de la novela romántica y buscó en la contratapa trasera donde, como esperaba, había una última frase consignada.

Hermes tiene la respuesta

Y ella te revelará la identidad de quien te regaló estos libros.

La excitación fluyó como savia por el cuerpo de Ginny al saber que estaba a punto de resolver el misterio del remitente de aquellos volúmenes. Ya se había convertido en algo muy personal: no iba a rendirse jamás, por mucho que las respuestas se le escaparan de las manos. Oyó a un guardia pasear por el jardín trasero, examinando los arbustos, haciendo un poco de ruido al hacer el registro. No estoy tratando de escaparme se dijo, algo irritada por el roce de las ásperas hojas del maldito arbusto, porque la desconcentraban.

Volvió a consultar el libro de historia. Sabía que Hermes era el mensajero de los dioses en la antigua Grecia, razón por la cual no hallaba ninguna excusa para que le fuera tan difícil hallar la última pieza del rompecabezas. Examinó el índice de contenidos y buscó en la "h", esperanzada y ansiosa por poner fin al juego de las preguntas.

Hermes, página 776.

Ginny buscó con avidez la página 776. Temblándole las manos, abrió el libro y leyó lo que salía acerca del famoso dios griego.

Ya sabía que era el mensajero de los dioses, y que su equivalente romano era Mercurio. Lo que no sabía, era que era el único dios, aparte de Hades y Perséfone, que podía entrar en el reino de los muertos. Había un montón de información acerca de Hermes, por lo cual era fácil perderse en el laberinto de palabras y revelaciones. Y, como por intervención divina ¿o era el destino?, halló algo de relevancia y tenía directa relación con las palabras "Hallazgo Afortunado" Decía algo que no comprendía bien pero expresaba, en palabras textuales, que "a un hallazgo afortunado se le llamaba hermaion.

Aquel vocablo se le hizo muy familiar. ¿Podría ser…?

Después de pensarlo un poco, debió de habérselo imaginado al menos. La costumbre de regalar libros estaba muy arraigada en una persona que conocía muy bien, porque se trataba de su mejor amiga.

Hermione.

Así que ése era el significado del nombre "Hermione".

"Hallazgo afortunado"

Y eran curiosamente ciertas aquellas palabras. Hermione era la única que le creía, que no pensaba en ella como una asesina y que había sido víctima de una incriminación bastante precisa. Aterradoramente precisa.

No sabía por qué, pero se sintió muy contenta al revelar al fin la identidad del remitente de aquellos regalos. Saber que su mejor amiga en el mundo, Hermione, era un hallazgo afortunado, le hacía sentir de una forma muy curiosa, como atada a ella de alguna forma, como si fueran más unidas después de estar por más de cuatro horas devanándose los sesos en busca de palabras, claves o frases. Y, lo más raro de todo, era que no le molestaba tener esa sensación de poseer una conexión más allá de lo tangible con su amiga.

No le molestaba en lo absoluto.

Era como si ansiara conocer más a Hermione, como si siempre hubiera sabido que había algo más en aquella amistad que nunca pudo salir a flote, ya sea por sus novios, ya sea por incompatibilidad horaria, por la razón que fuere. Y, sabía a un nivel muy profundo lo que significaba ese puente emocional.

Una sacudida la puso en alerta.

Se dio cuenta a tiempo de los caminos por los que discurría su mente y se castigó a si misma por tener ese comportamiento, impropio de una mujer como ella. Era como las demás chicas: le gustaban los chicos, los hombres que fueran de verdad y no meras imitaciones. Había desarrollado algo como un sexto sentido para detectar chicos que no estuvieran a su altura, asimismo para hallar a quienes fueran los mejores para ella. Aunque esa arma tenía falencias, funcionaba en casi todos los casos y, lo que era más importante, era prueba de que era una mujer bella como la mayoría de las mujeres bellas.

La sola idea de mirar a otra chica con los mismos ojos que a un hombre le era escandalosa, de otro mundo, extraña y remota.

No tenía idea que, a varios kilómetros de distancia, su amiga Hermione tenía los mismos dilemas.

Pero ella podía salir a distraerse por lo menos.

Sin embargo, la búsqueda en los libros que su amiga le había regalado había tocado un punto sensible en ella, aunque ella no lo supiera, aunque ella no quisiera aceptarlo. Eso, unido al hecho que nadie la quería, nadie a excepción de Hermione, reforzaba las nuevas ideas y los nuevos sentimientos que comenzaban a crecer dentro de ella, en contra de si misma, en contra de su voluntad…


Los Cuentos de Beedle el Bardo parecían interesar mucho a Ellen Whiteman, quien estaba inclinada sobre la mesa del comedor, con un plato de fideos delante de ella, inmaculado. Hermione se había vestido ya, olvidada por completo de lo que había sucedido en la tarde, y ayudaba a Ellen con las interpretaciones de los relatos. Pero ella parecía particularmente interesada en la historia de las Reliquias de la Muerte y los tres hermanos Peverell.

-¿Tienes alguna idea acerca del paradero de la Varita de Sauco? –preguntó Ellen a Hermione, quien se tomaba una taza de café pasando su mano izquierda por el cabello enmarañado.

-Ninguna –mintió ella, porque sabía dónde estaba pero, le había prometido a Harry guardar el secreto. La razón era obvia.

-Habría sido fascinante descubrir si existe en realidad aquella legendaria varita –dijo Ellen, suspirando. Luego, sacó un pequeño termo para tomar algo de su contenido pero, se había agotado. Los nervios la sacudieron de improviso y se puso de pie de un salto.

-¿Podría volver otro día? –preguntó Ellen, mirando su reloj cada dos segundos.

-¿Se halla corta de tiempo? –interrogó a su vez Hermione, adoptando un ligero tono de sospecha. El comportamiento de la mujer le recordaba a alguien muy familiar para ella, alguien que no resultó ser quien decía.

-Me había olvidado por completo que tengo un vuelo a las siete. Ojalá llegue pronto –respondió ella, con el corazón a mil por hora, agitada y presurosa. Cogió su cartera y recorrió en dos pasos la sala de estar, abriendo la puerta y, sin decir adiós, la cerró con algo de violencia. Hermione, desconcertada, la miró subirse a su vehículo, encender el motor y acelerar a toda prisa por la calle.

Hermione había podido jurar que vio una reluciente mata de intenso cabello rojo antes que Ellen se subiera al automóvil.


Nota del Autor: Gracias por acordarme que existía Ginny también. Lo que sucede es que quería desarrollar bien la transición de sexualidad en Hermione, justificarlo de manera coherente. Pero también es cierto que debo hacer lo mismo con la pelirroja, ¿no creen?

Por cierto, lo de "hallazgo afortunado" lo descubrí en Wikipedia. Mientras leía acerca del castigo de Tántalo, tuve curiosidad por Hermes y pulsé el enlace y me encontré con el término, que de inmediato lo asocié con el nombre de Hermione, y supe que podía usar aquella revelación para fines románticos.

Respecto a la próxima actualización, creo que la haré un poco más tarde de lo esperado, porque pasado mañana viajo a ver a mi pareja (debe de extrañarme mucho) ¡Estoy emocionado! Pero descuiden, la sacaré adelante.

Los saluda desde Abstergo.

Altair… bah… Darth Maul… arrgh… Gandalf… ¡grrrrrr!....

(Media hora después)

… Pablo Mármol… hrrrr… Gilrasir.