Capítulo 07
Sherlock se quedó bloqueado en mitad del salón unos minutos, luego se fue a dormir.
Mycroft volvía a huir de los problemas, como siempre. No sabía cómo había llegado al puesto en el que estaba cuando en los problemas personales no se le ocurría otra cosa que salir corriendo.
Sherlock estuvo días en su cuarto tocando el violín. Ni siquiera comía, a veces John lo escuchaba ir al baño pero nada más. Escuchaba su móvil sonar en el salón y cuando comprobaba que era Mycroft, iba a llevárselo pero Sherlock solo gruñía y decía que lo dejara sonar.
A los cinco días, John entró en su cuarto con un humeante plato de macarrones con queso.
—Sé que me vas a odiar por esto, pero piensa en algo: no quiero líos burocráticos con los forenses. Así que para que no te mueras de inanición: come.
Sherlock le miró alzando una ceja y se incorporó un poco. La pequeña barba de varios días y la ropa arrugada le daba aspecto de yonki aunque John no comentó nada, le dejó la bandeja sobre las piernas y se sentó en el borde del colchón.
—¿Por qué estás así desde que te dije que Mycroft quería mudarse de país cuando tuviera al niño? Pareces más afectado que yo —dijo John confuso.
—Es complicado —respondió Sherlock mientras pinchaba los macarrones y se los metía en la boca.
—Cuéntamelo Sherlock, no soy tonto —dijo John.
El detective miró pensativo los macarrones y luego alzó la vista hasta los ojos de John.
—Va sonar ridículo que diga esto con 30 años, pero no quiero volver a quedarme solo.
—No sabía que estuvieras tan apegado a tu hermano.
—No es eso —dijo Sherlock antes de lamerse el labio inferior —. Está relacionado con nuestra infancia y eso.
—Cuéntamelo Sherlock. Por favor.
Sherlock se terminó el plato de macarrones y apartó la bandeja para poder cruzarse de piernas.
—Verás. Nuestra relación siempre fue muy difícil con nuestros padres y ellos nunca apoyaron la decisión de Mycroft. Y básicamente, dejamos de existir para ellos desde que mi hermano les contó lo que quería hacer.
John le miró confundido.
—Exageras, ¿no? —preguntó alzando las cejas
—No. Verás, desde entonces mi hermano y yo, porque al apoyar a Mycroft también me convertí en algo malo para ellos, éramos tratados como si no existiéramos. Nos dejaron de hablar y nos dejaron de servir la comida, es por ello que tuvimos que comer en las cocinas de la casa con los cocineros.
—Vaya, eso es duro —murmuró John.
—No creas. Tenía a Mycroft y me llevaba bien con él así que me daba igual que mis padres me ignoraran. El problema llegó cuando falleció mi abuela.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Al morir nos dejó la herencia a mí y a mi hermano. Era bastante cuantiosa, así que Mycroft vio la oportunidad perfecta para irse de casa. Se pagó la universidad y vivió en Londres. Y cuando yo le pedí que me llevara con él, me dijo que no. Que era menor y que no quería cargar conmigo vaya que pasara algo.
—Entonces, ¿tuviste que vivir con tus padres? —preguntó confundido.
—Durante siete años más, hasta que pude usar mi parte de la herencia. Me molestó porque me quedé sin quien hablar, y pensé que no me afectaría pero, joder… Fue muy duro, en serio. Creo que por eso soy más solitario y demás.
John asintió.
—Aun así, estás con él ¿no?
Sherlock se pasó la mano por la barbilla.
—Cuando descubrí que jamás había tenido una hermana, que tenía un hermano desconocido, le regalé unos vales que podrían ser usados cuando quisiera. Daba igual si estábamos enfadados o no, si Mycroft necesitaba que estuviera allí estaría. No éramos cariñosos así que era una manera de pedirlo sin hacer preguntas.
—Eso es muy bonito.
Sherlock se encogió de hombros.
—Sé que tengo 30 años y que ya no necesito a Mycroft, pero me he comprometido con esto. Quiero comprometerme con mi futuro sobrino y joder, que no se va a Irlanda, se va a otro continente y… Odio que huya de los problemas. Eso no es muy inteligente.
John asintió.
—Vamos —dijo poniéndose de pie —. Toma una ducha y vamos a ver a tu hermano. Tiene que saber esto. Por Dios, yo estaba dispuesto a que ese niño no supiera que era su padre, no sé, una especie de "Tío John". No quiero que tu hermano haga esto… Vamos.
Sherlock le miró un segundo antes de levantarse rápidamente e ir al baño a ducharse y afeitarse.
Media hora más tarde partían hacia la casa de Mycroft. Hacía una calor sofocante y tuvieron que pedir al taxista que encendiera el aire para no quedarse pegados al sillón.
Cuando salieron del coche, John fue directo a la puerta principal pero Sherlock le cogió del brazo y se metió en el jardín para ir detrás de la casa.
—¿Crees que con la calor que hace estará en algún lugar de la casa? —preguntó Sherlock alzando las cejas.
—¿Piscina?
Sherlock asintió y señaló a la piscina. Mycroft estaba saliendo en ese momento del agua, se pasó las manos por la cabeza para despeinarse.
—Cinco días, todo un record Sherlock —dijo Mycroft antes de abrir los ojos —. Hola John —saludó en un gruñido.
El médico saludó con la cabeza y le miró. Llevaba unas bermudas de color azul, las piernas eran delgadas cosa que hizo que John se preguntara porque Sherlock se metía con su peso. El torso tenía una capa de vello de color naranja, también era delgado aunque el vientre estaba ligeramente hinchado.
—¿Ya? —gruñó Mycroft moviéndose rápidamente hacia la tumbona.
—Disculpa —dijo John —. Pero… Ya se te nota —dijo sonriendo tontamente.
Mycroft alzó una ceja, bajó la vista y se miró el vientre, luego lo acarició.
—Los vómitos ya se me han pasado—dijo Mycroft antes de tumbarse en la tumbona bajo la sombrilla.
Sherlock se quitó la chaqueta y se sentó en la tumbona de al lado, mirándole.
—¿Es verdad lo de que te marchas? —preguntó Sherlock.
Mycroft miró de reojo a John antes de volver a mirar a su hermano menor.
—En cuanto nazca, sí —dijo Mycroft.
—No te puedes ir —dijo Sherlock.
—Sí que puedo. Ya he hablado con el gobierno británico y es posible tener un puesto allí, así que no habrá ningún problema.
—¿Y qué pasa conmigo?
—Tienes más de 30 años y el dinero suficiente como para venir a verme las veces que quieras así que no tienes por qué preocuparte.
—Mycroft, por el amor de Dios te vas a otro continente. ¿Por qué? ¿Porque John es el padre de tu hijo?
—Quería criarlo solo y lo voy a criar solo. John no va a formar parte de esto en ningún momento.
—Estoy aquí —dijo John ofendido.
Mycroft bufó y agitó la cabeza.
—Mira, lo tengo decidido. ¿Queréis quedaros a comer? Hace calor, daros un baño.
Sherlock agitó la cabeza y miró a la piscina.
—Mira —le dijo John —. Si no quieres que sepa que soy su padre me parece bien, puedo ser un tío, el amigo de su tío, lo que sea. Pero es mi hijo Mycroft, ¿qué problemas tiene con eso? Nos acostamos, ninguno de los dos lo recordamos, ¿por qué pareces avergonzado?
—No me siento avergonzado.
—Pues pareces estarlo. ¿Qué te da más vergüenza Mycroft? ¿Qué te gusten los hombres después de lo que has pasado o haberte acostado conmigo en particular?
Mycroft tragó saliva y miró a otro lado.
—Mira esto no fue fácil para nadie, menos para mí y…
—Mycroft —dijo Sherlock —. Cuando te fuiste me quedé sin alguien con quien hablar, y es cierto lo que dicen todos, siempre es bueno tener a alguien.
—Podías haber hablado cuando nos veíamos —dijo Mycroft en un susurro.
—¿Cuándo Mycroft? —preguntó Sherlock —. ¿Cuándo empezaste con tu tratamiento? Estabas tan asustado de cómo reaccionaría tu cuerpo o si no reaccionaría que no me atreví a contarte que no podía ir a gimnasia porque siempre me quitaban la ropa cuando salíamos de las duchas. Luego hablamos cuando te hiciste la mastectomía. Al tener tanto pecho estabas asustado por si no superar la operación, que por eso no te conté que el equipo de rugby se había burlado de mi cuando creí que una de las chicas más guapas del curso había quedado conmigo.
John miró sorprendido a Sherlock, que estaba imperturbable.
—¿Y me necesitas? —murmuró Mycroft.
—Eres mi hermano. Eres de la familia. No te puedes ir sin más.
Mycroft tragó saliva, y agitó la cabeza.
—Ya veremos —dijo lo más claro que pudo —. Y por Dios, ir a poneros un bañador y meteros en la piscina, os dará una insolación.
Sherlock le hizo un gesto a John para que se metieran en la casa, al rato, salieron, cada uno con un bañador y una toalla. Sherlock estaba tan pálido que a John le daba incluso miedo, así que lo mandó sentarse bajo una sombrilla como preinscripción médica. Él en cambio estaba moreno y musculado, y en cierto modo la cicatriz del hombro no era tan peligrosa como Mycroft se había creído.
—¿Qué es eso? —preguntó John señalando a un papel que había sobre la mesa.
Mycroft las miró unos segundos.
—Las ecografías de tu hijo —informó antes de cerrar los ojos.
John dejó la toalla inmediatamente sobre el suelo y se lanzó a la mesa. Cogió las ecografías y sonrió.
—Es… Pequeño —dijo sonriendo.
El mayor de los Holmes le miró también y sonrió. Luego miró a su hermano menor.
—Me lo pensaré, te lo juro —le dijo con una sonrisa.
Sherlock asintió y puso las manos sobre su vientre.
—¿Me cuentas lo de esa chica? —preguntó.
—Ya no tiene importancia. Han pasado años —dijo Sherlock cerrando los ojos y moviendo los dedos de los pies.
—Lo siento.
Sherlock se encogió de hombros y suspiró. John dejó sonriente las ecografías sobre la mesa y se movió nervioso.
—¿Me ensañarás las demás? —preguntó sentándose en la misma tumbona en la que estaba Mycroft.
—Supongo. Aunque sigo sin querer que estés delante.
—¿Y qué más da?
—No sé, el médico se podría pensar mal…
—Enséñamelas al menos —pidió John —. Ya sabes, cada vez que te las saquen… Quiero ver su progreso.
—Está bien —murmuró Mycroft.
—Me voy a dar un baño —anunció John antes de tirarse al agua.
Mycroft le observó fijamente durante unos minutos. Quizás Sherlock podría tener razón, quizás John era un buen partido al fin de cuentas.
Cuando Mycroft llego a las 18 semanas de gestación, las náuseas se eliminaron completamente y la fatiga fue desapareciendo, así que no dudó en trabajar desde su casa. Podía pasear, pero esa opción la descartar cuando su vientre creció considerablemente.
Ya era visible, y era obvio que no iba a usar ropa de premamá así que se quedó en casa. Solo salió para hacerse su segunda ecografía. El feto iba creciendo y aunque ya se podía saber su sexo Mycroft y Sherlock se negaron. Mejor solo tratarlo como una persona, no con un género determinado.
Al día siguiente, Mycroft le envió un mensaje a John. Le invitaría a cenar en su casa para enseñarle la ecografía. Relajar la relación era lo mejor que podía hacer.
John llegó tarde a la cena por 25 minutos. Avisó a Mycroft de que el trabajo lo había retenido, aunque dudaba que lo esperara. Aquel hombre era puntualidad personificada y tenía un poco de miedo.
Llamó a la puerta y poco después Mycroft, que parecía sudoroso y con las mejillas sonrojadas, le abrió la puerta.
—¿Estás bien? —preguntó John confuso.
—Perfectamente. Sí —murmuró le hombre abriéndole la puerta y dejándole pasar —. La cena está en el comedor, sigue caliente eso está bien.
John entró en la casa y tras dejar su chaqueta en el perchero fue hacia donde Mycroft le había indicado.
—¿Seguro de que estás bien? Estás sudoroso y… Rojo —comentó el médico al verlo a la luz.
Mycroft se sentó a la mesa y asintió.
—Debe de ser la calor… —comentó mientras comenzaba a comer.
—No tendrás fiebre, ¿no? Porque podría ser peligroso y…
—Te aseguro yo que no es fiebre —le respondió Mycroft sin pensar mientras sonreía forzadamente.
John alzó las cejas sorprendido. Acababa de entender lo que le pasaba y era algo sorprendente. No en su estado si no proviniendo de Mycroft. Siempre lo había considerado reservado, con autocontrol.
Sonrió de medio lado mientras cortaba la carne. Sabía lo que Mycroft necesitaba y Dios sabía que estaba dispuesto a dárselo.
—¿Qué tal este tiempo? —preguntó John mientras cortaba la carne —. Te veo muy bien.
—Ah, sí. Como más pero me noto más cómodo, creo que mi cuerpo se ha acostumbrado a todo esto.
—Es lo normal con 18 semanas —dijo John —. El cuerpo se habitúa al tamaño, se da cuenta de que estirar sus órganos no le hace daño y deja de ser molesto.
—Ya lo noto. Y ya no me importa tanto engordar, creo.
John le sonrió tímidamente.
—¿Sabes otra cosa que es normal a las 18 semanas Mycroft? —susurró.
—¿Uh?
—La excitación sexual —susurró antes de ponerse de pie.
Mycroft se sonrojó ligeramente y le miró sin parpadear.
—Los órganos sexuales tienen mayor suministro de sangre, se encuentran hinchados y eso provoca mayor excitación ante el roce y… El exceso de lubricación hace mucho más fácil la penetración —explicó calmadamente mientras se acercaba a él.
Mycroft aferraba el cuchillo y el tenedor con fuerza, dejó que John se acercara hasta colocarse justo enfrente y que le acariciara la barbilla.
—Somos adultos —dijo John acercando su rostro —. Recuerda siempre, que somos adultos —recordó antes de inclinarse sobre él y besarle.
Mycroft dejó el cuchillo y el tenedor sobre la mesa y abrió los ojos para mirar a John. El médico había cerrado los ojos y lo besaba como si fuera a desaparecer. Cerró los suyos y se dejó llevar un poco por los labios del médico.
Este, decidió pasar al segundo paso. Recorrió con su mano izquierda el pecho de John, el vientre y finalmente lo acabó metiendo dentro de los pantalones del pelirrojo. Este, no necesitó ningún incentivo más. Se puso de pie y tras morderle el labio para que se separara un poco lo subió escaleras arriba a su habitación.
Dos horas más tarde, ambos se encontraban en la habitación de Mycroft. El primero estaba tendido bocarriba e intentaba recuperar el aire después de haber tenido los mejores orgasmos de su vida. John estaba a su lado, tumbado bocabajo y mirándole con una pequeña sonrisa.
—Eso ha sido… —susurró.
Mycroft negó con la cabeza y se incorporó. Tenía la cintura cubierta por la sábana, pero cogió un poco más de tela para cubrirse las piernas. Luego miró a John.
—Esto no debería de haber pasado. Es horrible.
John refregó su rostro contra la almohada antes de sentarse en la cama. Le dio la espalda a Mycroft y se fue vistiendo.
—No sé qué problema tienes —dijo John.
—No tengo ningún problema —gruñó Mycroft.
—No. Que va —dijo John poniéndose los pantalones y buscando su camisa —. Me gustas, ¿sabes? Parecerás frío o distante pero me gustas porque tienes una cara oculta.
—Ya si —dijo Mycroft rotando los ojos.
John bufó mientras se abrochaba los últimos botones.
—Quiero intentar salir contigo, porque me gustas. Porque eres simpático, inteligente y no me dejas quedar como un idiota como hace tu hermano Pero parece que tú estás tan avergonzado de tu cuerpo que no quieres saber nada de los demás.
—No me da vergüenza mi cuerpo —dijo Mycroft en su defensa.
—¿Ah no? —preguntó John escéptico antes de coger la sábana que le cubría la cintura y tirar de ella.
Mycroft le agarró del otro extremo y la apretó contra él.
—¡Suéltame la sábana!
—Si no te avergüenzas no te importará quedarte completamente desnudo después de habernos acostado, ¿no? —dijo John tirando.
—¡Suelta! —exclamó Mycroft.
John soltó y le miró con enfado.
—Este es tu problema, te da vergüenza. No dejas ni mirar ni tocar, es como si fuera algo incómodo. Por Dios Mycroft, eres hermoso tal como estás, acepta eso de una puñetera vez.
Mycroft se puso de espaldas a John mientras se liaba la sábana alrededor del cuerpo.
—Sobre la mesa del salón tienes la ecografía que me hice ayer, puedes quedártela —murmuró antes de agachar la cabeza.
John soltó un bufido y salió de la habitación. Fue hasta el sitio donde le había dicho Mycroft y cogió la fotografía con sus manos. La observó de cerca y sonrió.
Lucharía por ese bebé, haría todo lo posible porque Mycroft se aceptara y quisiera tener al menos una cita. Intentaría que se convirtieran en una familia. Se la guardó en el bolsillo y salió de la casa. Le daría un tiempo, le pediría salir. Tener una cita normal para variar.
