TSUKIAKARI NI MABOROSHI

-por Jinsei no Maboroshi-

parte VII

Fecha de publicación: 13 de agosto de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.


La adolescente despertó, tras la infiltración molesta de un par de rayos de sol. Intentado escaparse de ellos, buscó resguardar sus ojos de aquella luz, pero su movimiento fue impedido por unos brazos y un cuerpo que descansaban a su costado. Reconociendo el hecho, abrió sus ojos de súbito y los clavó en el techo de aquella habitación tan diferente de la que le habían asignado en el departamento de Tetsu. El aroma sensual, femenino, intenso de aquella mujer, estaba impregnado en las sábanas, y en su propio cuerpo. Un aroma epicúreo, que le tranquilizaba.

Giró su rostro hacia el otro lado, para contemplar el semblante de su amiga, quien ya despierta, le miraba con una sonrisa pícara.

-¿Aeh?

-Buenos días... ¿eso es acaso lo primero que dices cuando te despiertas?

-Bueno días... ¡No…! –miró hacia la ventana, ocultando la vista del sol con su otra mano, la que no estaba presa de aquel delicado cuerpo-. ¿Qué hora es?

-Las seis.

-Tengo que irme... mi tutor...

-Mn. Está bien... –susurró Mika, levantándose un poco de la cama, para liberar el cuerpo de Nijiko. Ésta, rápidamente tomó su ropa, para vestirse dándole la espalda a su compañera. Mika, esfumando la sonrisa que tenía, se quedó en su cama, que compartía ahora aquel extraño aroma juvenil.

-Yo... –interrumpió el silencio que se había instaurado. Aún de espaldas, sentada en el borde de la cama, miraba por la ventana-... no sé... Mika... no quisiera confundirnos... pero...

-Mn. Lo sé. Sólo fue una noche, Nijiko. Estoy acostumbrada.

Por un segundo, Nijiko giró su rostro y miró de reojo a su amiga. Aquello había sonado muy frío, muy contradictorio, muy diferente.

Mika, aún recostada sobre la cama, cerraba sus ojos. Misteriosa mujer que creyó, por un segundo, le estaba engañando. Sin embargo, la muchacha abrió sus párpados y contempló fijamente el semblante intrigado de Nijiko.

-¿Pasa algo?

-¿Ahora estás acostumbrada? –le replicó con el ceño fruncido. La situación le comenzaba a molestar.

-A los hombres no me acostumbro –le respondió con seriedad.

¿Acaso significaba que esa misteriosa mujer podía jugar con toda chica que deseara, sin sentir por ello un ápice de calidez, de pena, de cariño? Nijiko se levantó, y a paso rápido, abandonó el lugar. A pesar de que había aceptado aquello como una forma no durable de relación, a pesar de que nadie le había prometido nada, en el fondo, ingenuamente, había creído en la posibilidad de un nuevo comienzo. Sólo dudas de su edad, sólo deseos insatisfechos productos de su mala experiencia en Yokohama, sólo búsqueda de sensaciones que apagasen el fuego que con lentitud marcaba su alma.

Rápidamente salió a la calle, cargando su mochila al hombro. Mientras hacía el camino hacia el departamento, comenzó a advertir los pequeños restos de sensaciones que aún su cuerpo recordaba: las caricias que se resbalaban por su piel, labios que jugueteaban con los suyos provocándole un suave hormigueo que creía, era sólo producto indudable de Akimi, pero ahora, aquella mujer se imponía de entre las memorias de la concertista de koto, e imprimía huellas más profundas, que sabía, no atesoraría de igual forma si su casi amante, en Yokohama, las hubiera realizado. Nada tenía el gusto que hubiera deseado. Y de repente, recordó aquellas cinco sensaciones seguidas que le habían arrebatado la respiración. Se detuvo en medio de la acera, y suspiró liberándose de una suave necesidad que crecía en su abdomen. Se sonrojó avergonzada, y negando con su cabeza, reinició el camino a su habitación con un paso más acelerado.

Utilizó sus llaves para abrir la puerta de entrada, esperando que el amanecer no hubiera despertado a sus tutores.

Ingresó con lentitud, sujetando el manojo de llaves con su llavero, para que el sonido no despertara a nadie.

-Mmnn... ¿Nijichan…? ¿Eres tú? -preguntó un soñoliento japonés que, recostado en el sillón, frotó sus ojos con las manos, y aclaró su vista, posándola en la adolescente.

-¡Ah! Kenchan... sí, soy yo. Otra vez me quedé dormida en un banco... –se excusó rápidamente. Su tutor, bostezando, frunció el ceño y la miró con intriga.

-No me mientas, Nijichan... –le suplicó, levantándose del sofá.

-Nunca me crees. Me voy a tomar un baño e iré a dormir...

Y antes de que el alto japonés se acercara a la joven para percibir su aroma en un intento disimulado de abrazo, la muchacha abandonó el recinto, encaminándose a su habitación. Ken la contempló curioso, y a pesar del cansancio que tenía, movió su cabeza de un lado a otro provocando un sonido seco y consecutivo, que alivió la tensión de su cervical, acumulada por la mala postura en la que había descansado durante horas.

Buscando recuperar un poco de su energía, se dirigió a la cocina, y encontró a su amigo dormido sobre la mesa, entre papeles de contratos y pentagramas. Sonrió. Tetsu aún se empecinaba en continuar aquella excusa musical para ayudarle a sentirse mejor. Ese dúo que no alcanzaba ni la cuarta parte del éxito que había obtenido raruku en la mitad de su trayectoria.

Esa noche, ambos preocupados, habían decidido esperar a Nijiko despiertos. Tetsu se había recluido en la cocina, para analizar esa burocracia discográfica, sin que el TV le interrumpiera, pues Ken, en el salón, se había propuesto ver un conjunto de películas para esperar a su damita.

Sin embargo, aquella batalla contra el sueño la habían perdido.

Ken pasó por detrás de la silla de Tetsu, y puso agua en el fuego, mientras preparaba dos cafés, sin dejar de bostezar en ningún momento.

Su mente repasaba exactamente el problema que le aquejaba: Nijiko.

Prendió un cigarro y lo fumó con parsimonia. Cuando el tamaño del tabaco amenazaba extinguirse, sacó el agua de la hornalla, preparando los cafés. Colocó una taza al lado del adormecido Tetsu, quien apoyaba su cabeza en los dos brazos, que cruzados, estaban sobre los papeles.

El guitarrista sólo tomó su taza, aquella que se negaba a abandonar, aquella con la graciosa inscripción de 'Ken-hentai', y se sentó al lado de Tetsu, prendiendo un nuevo cigarrillo.

Miró detenidamente el rostro dormido del bajista, y suspiró. Torció sus labios lentamente, y sin darse cuenta, extendió su mano en dirección de la mejilla de su amigo, pero se detuvo antes de hacer contacto. ¿Acaso tenía derecho? ¿Acaso era verdadero lo que sucedía? ¿No era que simplemente se satisfacían como animales? Y, renegando de la intención inicial, apoyó sus dedos en el bazo del hombre dormido. Aquello les estaba dañando a ambos, a sus espíritus y a la amistad que compartían. Deberían hallar una solución. Pero antes que eso, Ken tenía en mente un problema de mayor urgencia.

Sacudió con suavidad a su adormecido compañero.

-Neee, Tetchan. ¡Arriba! Ya te hice un café... –dijo con su acento osakeño, mientras lo zarandeaba un poco más. Tetsu, lentamente abrió sus ojos, y se incorporó en la silla. Miró adormilado a Ken, y bostezó un par de veces, estirando sus brazos, provocando un estruendoso sonido de huesos–. ¡Mierda, Tetchan! Ya estás viejo, ¿ne? –comentó mordaz, obteniendo una cariñosa mirada de reproche de su amigo.

-¿Vino?

-Hace 15 minutos... está bañándose, y se irá directo a dormir.

-Oh, bien... ¿se divirtió mucho?

-Ya lo creo –susurró irónico, tomando un sorbo de su café, tras el cual dio una calada a su cigarro.

-¿Mn? –le miró curioso.

-¡No pongas cara de idiota, Tetchan…! ¡Mira qué horas son…! –respondió un poco molesto, un poco irritado, un poco traicionado. Nijiko había cambiado. Su pequeña damita, su ahora dama, no le había confiado nada... su promesa había sido rota.

-¿Y qué con eso? ¡Kenchan! Nijichan no hace estupideces...

-¡Por favor! ¡Tetchan! ¡Mira! ¡Es evidente!

-¿Te explicó? ¿Qué te dijo?

-Que se había dormido en un banco de la plaza... ¡por favor…!

-¡Ken! Nijichan no es como las chicas normales. Es muy astuta, y confía en nosotros, como nosotros en ella. No hizo nada malo...

-Ni me dejó abrazarla...

-¿Mn?

-No quiere que le sienta el aroma... Tetchan, no necesito que nadie me enseñe tretas para disimular esas cosas... –replicó molesto consigo mismo. Su experiencia le dolía.

-Tú sólo ves con tus ojos. Nijichan es una niña... –sonrió amable.

-¡No, Tetchan, eres tú quien nunca ve con ojos claros…! ¡Nijichan, YA no es una niña! –dijo, elevando un poco su voz; no mucha, pero sí lo suficiente como para imponerse en el silencio de la cocina.

-¡Nijichan no hará esas cosas! –susurró necio.

-Es una adolescente... además, ¿tú no habías dicho que está extraña?

-Sí, pero...

-Prestemos atención, Tetchan. No mires lo que quieres ver –le comentó con tono amable, dando una última calada a su cigarro.

Tetsu le contempló en silencio. Tomó la taza que le había ofrecido, y le dio un sorbo largo y lento, quemándose un poco la garganta, no importándole mucho.

Cuando acabó el líquido, fijó su vista en los papeles esparcidos sobre la mesa, y casi instintivamente, sin percibir su propio movimiento, llevó su mano a la cadena que colgaba de su cuello.

Ken advirtió de inmediato el gesto, y dando un suspiro molesto, se levantó de la mesa, dejando su taza vacía en ella.

Nijiko salió del baño, renovada, y sin intenciones de dar explicaciones, ingresó rápidamente a su habitación.

Corrió las cortinas para oscurecer el ambiente, y con el único deseo de dormir, se arrojó sobre la cama. Suspiró un poco fastidiada. Las sensaciones no se habían ido con el baño, sino que el agua, escurriéndose por zonas prohibidas, le había enardecido más, generándole una sed que pedía más de lo que había vivido.

Sin embargo, no pudo mantenerse enajenada en el recuerdo de aquella noche, pues el sonido del picaporte de la habitación se evidenció, dando inicio a una situación que había querido evitar.

Se giró un poco sobre la cama y contempló a su tutor, que con aire serio le miraba desde el umbral, aún dejando su mano apoyada en el picaporte.

-¿Kenchan? –cuestionó para romper el silencio molesto del ambiente.

-¿Conque habías dormido en un banco de una plaza y ahora sólo vienes a descansar tu espalda? –dijo mordaz, sin nunca mostrar una sonrisa. Nijiko parpadeó varias veces, encontrando un rasgo extraño en su antiguo y querido tutor. Levantó una ceja, pues por un segundo, había sentido la presencia de su madre en aquella actitud del guitarrista.

-¿Qué? ¿Vienes a hacer inspección de mi vida?

-Nijichan, no me mientas...

-No lo hago.

-Nijichaaaan.

-¡Déjame en paz, Kenchan! ¡Si no me crees, es tu problema!

-¿Qué es lo que está sucediéndote, linda?

-Nada.

-Eres igual que tu padre, ¿no?

-Kenchan. Quiero dormir –le pidió evasiva.

-Y yo quiero que me digas la verdad.

-Siempre creerás lo que quieres. Te estás pareciendo a Tetchan –susurró, dándose la vuelta, hundiéndose en las sábanas.

Ken suspiró una vez más, y negando con su cabeza, cerró la puerta con suavidad.

El día se presentaba demasiado pesado como para pasarlo en el departamento, por lo que, resignado, prendió un nuevo cigarrillo, y salió de la vivienda, en dirección al único lugar que siempre le calmaba: el cementerio.


Las noches pasaban, una tras otra, y Nijiko, lentamente se sumía en el mar de los placeres.

Todas las veces, empezaba en el club, sentada en el mismo lugar de siempre, tomando su inocente limonada, comiendo aquellos cigarros graciosos, simulando mirar una banda que ya no escuchaba.

Luego de un rato, Mika aparecía, y con una sonrisa, le presentaba una de sus amigas. Todas diferentes, todas bellas, todas dentro del mismo negocio perverso del que Mika renegaba.

Irónicamente, aquella mujer, encerrada en esa trampa que el sistema la obligaba a caer permanentemente, arrojaba a otras de sus amigas al mismo negocio. Todas universitarias, todas con problemas económicos. *24

Luego de un rato de aquella presentación, Mika se retiraba, en busca de sus clientes nocturnos, y Nijiko, junto con la nueva joven, charlaban amenamente de sus gustos, de sus actividades, y cuando la hora era la apropiada, salían del club, e ingresaban al departamento que Mika tenía preparado para sus otras compañeras de oficio.

En un principio, la joven Takarai había renegado de ello, pero el tiempo, la insistencia de Mika, y la propia necesidad de repetir esas intensas situaciones, doblaban su voluntad, y se dejaba sumir en los toques de la desconocida, a la cual aceptaba, porque sabía que ella era aceptada. Sin dinero, sin obligaciones, sin compromisos de por medio. Sólo satisfacción. Sólo un deseo profundo de opacar el sonido del koto con aquella banalidad.

Y es que en medio de los suspiros, de los jadeos, de aquella fricción impetuosa entre su cuerpo contra el de la ajena, buscaba descubrir la voz suave y delicada de Akimi, intentando imaginarse -mixturándolo con esa realidad- aquella vez que le había sido vedada, que había sido arrancada por la estupidez de las tradiciones, de las reglas sin sentidos, de una inimaginable estructura divina dictada a los humanos.

Pero aquel deseo se esfumaba siempre que el éxtasis la vapuleaba con crueldad, arrancándole gritos incontrolables, mezclándose con los de su compañera casual, tensándose ambas, rasguñándose, lastimándose, más hondo que nunca, más profundamente que de costumbre.

Y Nijiko, comenzando su adicción a aquella forma extraña de consuelo, se liberaba de su madre, haciendo justamente lo que, sabía, más la lastimaría, se liberaba de Akimi, porque renegaba de sus sentimientos, tapándolos con la suciedad de la insinceridad de las palabras dichas en medio del apogeo exquisito, y se liberaba de aquellos restos de inocencia, de infantilidad que aún podían restarle. Sólo ahogarse en perfumes ácidos, para olvidarla. Sólo gimiendo superficialmente para renegar de las reglas. Sólo alcanzar el éxtasis para demostrarse a sí misma que aquello era lo que debía hacer: continuar tapándose las heridas.

Y luego de horas de sexo, descansaba al lado de su compañera hasta que ambas recuperaban su aliento. Sólo en ese momento, se levantaban con indiferencia de la cama, y arreglándose nuevamente sus ropas, Nijiko regresaba al departamento de sus tutores, mientras la joven, ya inmunizada por la sensación del uso, retornaba al club, donde clientes podrían ayudarle a solventar su carrera. La carrera que le estaba costando demasiado.

Así eran todas las noches de Nijiko, quien buscaba nuevas sensaciones, más intensas, más violentas, para olvidarse de lo que realmente estaba haciendo en su vida, para olvidarse de las palabras de su tutor, que desde hacía un tiempo, parecían prevenirle de algo que no sabía distinguir. Pero ella sólo quería fuerza, violencia, intensidad, potencia, libertad...

Sin darse cuenta comenzaba a ver su libertad extrañamente coartada, sin poder saber cómo.

Sólo quería liberarse del recuerdo.

Sólo deseaba liberarse de Akimi.


-¿Nijiko? –cuestionó Mika, acercándose a la joven que miraba el espectáculo.

-¿Mn?

-¿Recuerdas lo que me dijiste la otra noche? –le preguntó sentándose a su lado, mirándola con una sonrisa falsa, con una sonrisa triste, con una sonrisa que ya Nijiko no podía percibir o interpretar. Mika no era su ser especial. No era más que la quimera rota de haberla creído Akimi.

-Mn –le extendió el paquete de cigarrillos.

-Oh, gracias –tomó uno, y sacándole el papel que lo recubría, lo mordió sensual delante de Nijiko–. Aún está en pie lo que te propuse la otra noche. ¿Tengo tu misma respuesta? -dijo con un tono juguetón.

-¿Estarás conmigo?

-Claro. No pienso perdérmelo.

-Mn. ¿Conseguiste a alguien que aceptó?

-Sí. Ella es muy bonita, y me ha dicho que es muy violenta. Te agradará. ¿Vienes?

-Mn.

Mika dejó escapar una risilla, y tomando de la mano a Nijiko, la miró a los ojos. Ésta, ya no sorprendida, pasiva, dejándose llevar, aceptó esa mirada, con tristeza. Nunca encontraría a Akimi en ninguna de ellas. Y cerró sus ojos, para aceptar el beso hambriento de la joven mujer que ya tan sólo con su primer gemido la enardeció.

Rompieron el contacto, y en silencio, se retiraron.

Presurosas, llegaron al departamento de Mika, y siguiendo el camino que habían recorrido la primera vez, alcanzaron aquella habitación en la cual la joven mujer dormía diariamente, alejada del recinto de trabajo. Sin embargo, allí había una persona más.

Una joven, que apenas las vio, se les abalanzó. Mika sonrió, divirtiéndose, dejándose arrancar la ropa con esa violencia prometida, para luego hacer lo mismo con Nijiko, a la que arrojó de inmediato a la cama. Sólo allí comprendió la adolescente que aquello formaba parte del acuerdo que había realizado en una de esas noches de ceguera.

Un grito de dolor emergió de su boca, cuando un lazo lastimó su espalda desnuda, expuesta completamente en el instante posterior a aquella sacudida que la había tumbado sobre la cama. Sólo escuchó la risilla de Mika. Y cerró sus ojos, sintiendo la intensidad, la violencia, la potencia de aquellos movimientos que lentamente la lastimaban, la enardecían, y la confundían. Sólo se aturdía en aquellas sensaciones, que intentaban a toda costa ocultar el nombre que aparecía en su mente: Akimi.

Pero ya sus gritos de placer le arrebatan la conciencia, mientras Nakayama lastimaba su piel, y la desconocida le daba placer con su lengua en sus zonas más ocultas.

Sintió que Mika la ataba a la cama, y luego de ello, no recordó más que dolor y placer, sexo y sangre, violencia y banalidad, vacuidad e intensidad.

Gritaba atropellando sus sílabas con los jadeos, se contorsionaba luchando por liberarse y por atarse más fuertemente, intentaba levantarse de esa cama endemoniada, buscaba profundizar esas sensaciones, pero a su vez, quería alejarlas, y sólo sumirse en una caricia que relajaba sus hombros, cuando dos delicadas manos se posaban sobre ellos.

Una punzada le hizo percibir el sonido de un desgarro interno, permitiéndole alcanzar el éxtasis, mientras derramaba lágrimas de dolor.

Sólo advirtió la sucesión de orgasmos violentos que la atacaron, al compás de sus gritos.

Cerró más fuertemente los ojos, apretó sus dientes, y sintió el golpe potente de su cuerpo, que sólo se manifestó en un sonido gutural, tras el cual, perdió el conocimiento por un par de segundos.

Dolor. Placer. Olvido. Inutilidad.


Nijiko llegó a la puerta del departamento de Tetsu. Miró el picaporte, sujetándose el estómago. Su cuerpo entero le dolía, sus ropas, rotas y arrancadas, se manchaban levemente de sangre. Sus piernas temblaban y sus muñecas estaban quemadas por las sogas que habían usado para sujetarla. Pero no estaba arrepentida. O al menos, no se permitiría arrepentirse.

Apoyó su mano en el picaporte, y lo giró con la poca fuerza que le restaba.

El ímpetu con el que había realizado tal acción, provocó que la puerta golpeara contra la pared, generando un alto sonido. Maldiciéndose por el descuido, ingresó sujetándose del marco, y cerró a tientas.

Quiso correr hacia el baño, y limpiar su cuerpo, pero no pudo dar ni dos pasos, que la puerta de la habitación de Tetsu y de Ken ya se había abierto.

Allí, parado en el umbral, estaba el alto japonés, que la miró despierto, sorprendido, curioso, con un dejo de reprobación. La atención con la que la miraba demostraba que no había dormido en toda la noche, como no estaba haciendo desde que Nijiko se había empecinado en contestar a todas sus llegadas tardías con excusas simples, de plazas y bancos en los que dormía. Ken ya lo sospechaba, pero quería darle la oportunidad a su alumna. Sólo Nijiko podría decir basta a algo que Ken nunca había podido hasta la llegada de Yukihiro.

Ya Ken advertía su maligna esencia contagiada en aquella pequeña, que Hyde había ayudado a pervertir aún más, cuando era infante. En una infante ya hecha mujer, que le miraba con osadía, y que, sabía, el orgullo heredado de su madre le impedía hacerle hablar de sus errores.

-¿Nijichan? –preguntó temeroso, cambiando radicalmente su expresión al notar el rostro cansado y la espalda encorvada de su alumna, quien se sujetaba de la pared.

-Kenchan... nunca duermes... –sonrió disimuladamente, pero su labio lastimado le impidió alargar mucho más allá su expresión.

-¿Qué te sucedió? –preguntó de inmediato al notar que la joven se sujetaba el estómago. A paso ligero, alcanzó a su alumna, quien intentó alejarlo, siéndole imposible por causa de su adolorida condición. Fue esa cercanía que provocó el fruncimiento de ceño de Ken, y la miró con desconcierto, entre terror y curiosidad-. ¿¡Qué te sucedió, Nijichan! ¡Por favor, no me digas que te atacó alguien!

-No, Kenchan… estoy bien... sólo quiero tomar un baño... –respondió con rapidez, intentando caminar en aquella dirección, pero sus piernas fallaron, y trastabilló, siendo atajada inmediatamente por Ken, quien la abrazó. El movimiento, en un primer momento protector, se deshizo ante el grito de dolor de la chica. El guitarrista abrió sus ojos, y expectante esperó una respuesta que la joven no se animaba a dar.

-Nijichan... ¿Qué pasó? Al menos dime que has consentido lo que sea que haya ocurrido... –le rogó insistente.

-Sí, Kenchan... sólo ayúdame a ir al baño.

Ken negó con su cabeza, más aliviado por la respuesta, pero no menos compungido por la segunda significación de aquello. Tomó el bazo de Nijiko, y rodeando su propio cuello, ayudó a la joven a ingresar al baño. Por pedido expreso de la chica, le alcanzó las ropas limpias, y esperó frente a la puerta del mismo, hasta que una vez aseada, saliera y la ayudara a llegar a la cama.

Cuando la sentó en el lecho, volvió a fijar su vista en ella, preguntando, casi rogándole, una explicación diferente de la tan gastada mentira de la plaza y el banco. Nijiko sólo se ubicó en la cama con lentitud, e intentó darse vuelta, pero un quejido emergió de su boca. Su espalda la estaba matando.

Ken no dijo nada, sólo la observaba en el fútil intento por hallar una posición que no la dañara, pero sólo cuando finalizó, ubicándose boca abajo, Ken abrió sus ojos. Observó la tela del pijama de la espalda nuevamente ensangrentada.

-¿Qué rayos tienes en la espalda? –preguntó impulsivo, y sin esperar la respuesta de la joven, tomó la camisa de la chica, y la levantó de un sólo movimiento, para contemplar las largas heridas de látigo que se abrían en su espalda, entre rayas de uñas, mordidas, y algunos cortes provocados por, tal vez, un cortaplumas–. ¡Mierda! ¡Nijichan! ¿Qué es lo que has hecho?

-Kenchan... ya no soy una niña... ¡estoy desnuda bajo el pijama! ¡Bájalo! –evadió el tema.

-¡No! –le exigió, y con movimientos deterministas, hizo que la joven elevara un poco su torso de la cama, para despojarla por completo de esa camisa. Avergonzada, Nijiko se apegó aún más a la cama, escondiendo sus pequeños senos, avergonzada.

-¡Kenchan! Por favor... ¡no quiero que me veas! –le pidió, pero Ken sólo tocó con su mano la frente de la joven, para verificar la presencia de fiebre.

-No me importa, Nijichan. Estas heridas hay que curarlas. ¿Tienes idea de que se infectan con facilidad? Más si has dejado que te...

-¡Kenchan! –le rogó, pidiendo que detuviera su incipiente explicación gráfica. Ya le bastaba haberlo pasado como para que le explicara con detalle lo que había saboreado y sufrido.

-No te muevas. Ahora traigo el botiquín.

Ken salió de la habitación, y en menos de dos minutos, regresó con la pequeña caja blanca y roja. Se ubicó a un lado de Nijiko, del otro lado de la cama, para verle el rostro. La adolescente no escondió su cara, pues sabía que ya no tenía excusas. Tarde o temprano, debería hacer efectiva la promesa que por semanas estaba destrozando: Ken debía ser su confesor. Y sabía que aquello, también estaba lastimándolo. Ambos recordaban la promesa, pero el tiempo les había cambiado, y la distancia les había hecho dudar de su lazo.

El guitarrista sacó de la caja un antiséptico que aplicó sobre toda la espalda de su alumna, dándole su mayor atención a las heridas más profundas, curándolas. Aplicó sobre las mismas las gasas que extrajo del botiquín, y las adosó con la cinta de tela. Sólo estaba concentrado en provocar el menor dolor posible a su damita... a su dama, ya toda una mujer.

-¿Kenchan?

-¿Mn? -le miró curioso.

-No le digas a Tetchan. Sabes que él…

-No te preocupes. No le diré nada... pero... quiero que me hables, Nijichan. Me estoy preocupando mucho por ti.

-Lo sé. Perdona, Kenchan. Es que... Tetchan... Tetchan me ve como una niña, y... no quiero lastimarle…

-Mn. Descuida. Sé lo que temes. Pero entiende que Tetsu debe comprender que ya no lo eres.

-Mn.

Silencio. Ken finalizó su curación, y guardó las cintas dentro del botiquín, mientras daba espacio a la recapacitación del problema en la cabeza de su damita.

-¿Nijichan?

-¿Mn?

-Realmente te estoy esperando -susurró ansioso y preocupado, cerrando por completo la caja del botiquín, y dejándola a un costado de la cama, en el suelo.

-Kenchan...

-¿Todas las noches que regresabas tarde hacías esto?

-No exactamente esto...

-¿Al menos te has cuidado…?

-Em...

-¡Nijichan! –elevó su voz.

-Kenchan... –susurró angustiada. Su cabeza estaba hundida en el colchón, y Ken, desde arriba, no podía contemplarla, por lo que modificó de inmediato su estrategia. Se sentó en el suelo, y quedando a la altura del colchón, miró directamente los ojos de su damita, con preocupación.

-¡Linda! ¿No me digas que no te has estado cuidando? –le preguntó temeroso–. ¡Por favor, linda! ¡Habla! Me estás matando con la espera...

-No es eso...

-¿Te has cuidado?

-No lo sé...

-¿Qué? ¿Estuviste borracha?

-No... ¡aaaah! ¡Para de preguntar, Kenchan! ¡Déjame decírtelo a mi tiempo! –le dijo molesta, hundiendo su cabeza en el colchón, no mirando a su tutor, intentando ordenar sus pensamientos y decirlos en voz alta. Ken se mordió el labio inferior, y tras una tos ligera que lo tomó de sorpresa, quizás producto de la angustia, se quedó en actitud expectante. Sólo allí se dio cuenta de que hacía semanas que no acariciaba a Nijiko. Quizás la pequeña, como Tetsu lo había advertido, había regresado de Yokohama con algún propósito más oculto, más terrible, que ocultaba a sus ojos por temor, o por el mismo desconocimiento de este hecho para la joven. Ken, recurriendo a su más antigua esencia –la enseñada por su amante- apoyó su mano queda sobre la cabeza de Nijiko, y hundiendo sus dedos en el cabello azabache de la joven, acarició con un suave movimiento el cuero cabelludo.

Un suspiro liberador emergió del edredón en el cual se hundía la jovencita, y lentamente, giró su rostro hasta que sus miradas se encontraron de vuelta. Ken le sonrió, recibiendo en respuesta otra sonrisa amable y triste de la adolescente, que se matizaba con la vergüenza.

-¿Y?

-Kenchan... no estuve con hombres...

El movimiento calmo de sus dedos en la cabeza de su alumna, se detuvo de súbito, abrió sus ojos, parpadeó varias veces, y la miró sorprendido.

-¿Qué?

-Kenchan... estoy pasándola muy mal... no me recrimines tú también...

-No, no, linda... ¡no pienso juzgarte! ¡Qué puedo decir! ¡No tengo limpio mi expediente para ello! –rió con suavidad, calmando la angustia que de un momento se había apoderado de la muchacha–. Sólo que realmente no lo esperaba... ¡oh! ¡No! ¡Espera…! ¡Dime que tu vieja no lo sabe! -susurró cerrando un ojo, arrugando su nariz.

-... –Nijiko sóló suspiro, evadiendo su mirar.

-¿Por eso regresaste aquí? ¿Megumi te echó?

-No...

-Linda, ¿me puedes explicar? Ya sabes, yo imagino historias que no me terminan de agradar para nada...

-Kenchan... en Yokohama... había una chica...

-¡Oh! ¡Linda! ¿Y qué haces aquí haciendo estas estupideces? –le interrumpió dolido, viéndose a sí mismo en el pasado, perpetuado en esa joven.

-¡Déjame hablar! –le pidió levemente molesta. Ken sólo afirmó con su cabeza en un rápido gesto, y apoyó su cabeza en el colchón para ver el rostro de su damita, quien miraba hacia diferentes lados, sin querer fijar su vista en ningún lugar–. El padre de ella nos descubrió... –Ken cerró sus ojos una vez más, torturado por el pasado. Cualquier cosa menos lo que suponía. Maldijo al destino–. El padre me llevó con mama, y le dijo todo. Mama no paraba de pegarme. Si no hubiera sido por papa...

-¿Te pegó? –preguntó de inmediato preocupado.

-Impotencia, Kenchan. Siempre dice que papa y yo somos iguales... irónico, ¿no? –sonrió tristemente.

-... -Ken negó con su cabeza, un poco divertido de la idea-. Sigue contando...

-El padre y ella se fueron a China... mama me quería presentar a un hijo de su jefe... me quería vestir como ella, y me quería ofrecer a un desconocido...

-Megumi tiene un mundo reducido... Nijichan... no es mala mujer, sólo que no percibe las diferencias.

-Di lo que quieras, Kenchan, pero mama me quería prostituir con este tipo. Yo no quiero nada de eso, Kenchan. ¿Acaso tú tampoco lo entiendes?

-No, linda. Sí que lo entiendo. Y está bien... pero... ¿por qué te has metido en esto? –dijo mirando las heridas en los hombros de Nijiko: mordeduras y cortes finos.

-Sólo quiero olvidarla... Kenchan... –se detuvo.

-No es la forma, Nijichan. No lo es.

-Kenchan... no me digas qué es lo que tengo que hacer, porque...

-No sé qué estés buscando Nijichan, pero el olvido o lo que sea que buscas no lo encuentras acostándote con diferentes personas, en diferentes situaciones... lo sé porque lo he vivido –Nijiko le miró con atención.

-No es sólo olvidar, Kenchan... –le aclaró provocando un gesto de pura tristeza en su rostro.

-¿Entonces?

-Quiero a alguien para mí, como lo fue Yukki para ti... –susurró.

-... -Ken se detuvo, reflexionando, callado, mirando sorprendido a la joven, la cual, aún con su mejilla sobre el colchón, miraba un punto lejano de la pared. La misma forma en que muchas veces Yukihiro le evadía. Sonrió melancólico.

-Los recuerdo y me maravillo, Kenchan. Tú y Yukki eran... perfectos –susurró esbozando una triste sonrisa.

-... –Ken se contrajo lentamente, y cerró sus ojos, sabiendo que esa verdad le taladraba el pecho.

-Desde pequeña, los veía y me fascinaban. ¡Vivían tan en paz! Yukki cada vez que te miraba, tenía un suave brillo en sus pupilas. Muy tenue. Y tú, siempre actuabas muy servil con él, permitiéndome advertir el eterno agradecimiento que le profesabas.

-Mn. Fui y soy lo que soy, gracias a Yukki –acotó suavemente, abriendo sus ojos, y mirando el suelo.

-Y aquella vez que los vi en el dormitorio... –sonrió Nijiko. Ken, levantó su vista rápidamente y miró con un suave sonrojo a la chica.

-¡Mierda! ¡Te acuerdas de esas cosas, pervertida!

-Nee... no te culpes. Si no hubiera sido por aquello...

-¿Mn?

-...Yo me habría convencido de que el cariño en una pareja era un cuento...

-¡Qué estupideces dices! –rezongó evadiendo su vista, clavándola en el suelo.

-Con papa y mama de ejemplos, no tenía otra idea –respondió con rapidez, regresando al tema principal-. Nunca me olvidaré de esa escena nocturna de ustedes dos, Kenchan. Yo quiero a alguien así en mi vida...

-Linda, sólo sabes una parte de la historia. Viste la mejor época que tuvimos... realmente... –comentó con tristeza–… tú no sabes de mi vida anterior a Yukihiro, ni cómo fue nuestro primer tiempo, y... ¿verdad?

-N... no... –respondió dudosa.

-¿Por qué? ¿Nunca preguntaste? ¿No te lo dijo tu padre?

-No. Sólo me dijo que tú y Yukki estaban muy bien complementados, y que les envidiaba.

-¿No te dijo nada del problema de Yukki y de nuestra crisis?

-¿Las drogas? Sí, eso me dijo... pero... ¿Crisis?

-Nijichan, no sabes toda la historia. Creo que es bueno que lo sepas. Yo era un gran nariz larga *25, linda, participaba de orgías como la que has pasado tú hoy...

-¡Oye! ¡Yo no te dije nada! –replicó avergonzada.

-Niégame en la cara que esto te lo hizo sólo una persona.

-... –miró hacia un costado, molesta. Su tutor era experto, no podía negarlo.

-Bien. Yo hacía tu misma vida, Nijichan. No me servía. Te sientes desesperado por encontrar algo que te dé tranquilidad, y lo confundes con el placer del cuerpo. ¿No es así?

-... –miraba a un costado, pensativa. Ken lo tomó como una afirmación.

-Quizás tú quieras olvidar a esa chica de Yokohama... yo quería encontrar algo...

-Tú lo hiciste, Kenchan... a ti Yukki te ayudó... no necesito que me lo expliques... papa me lo dijo... y yo lo recuerdo... -sonrió melancólica–. Yukki era amable, y muy confidente... –Ken tragó en seco.

-Pero nos ha costado, Nijichan... nos ha costado nuestro dolor.

-¿Yukki no te aceptaba? –sonrió divertida por la escena graciosa que su mente había creado, donde aquel baterista se negaba caricaturescamente a un hombre arrodillado a su frente.

-No. No era eso, él no quería ser experimento... –dijo seriamente. Nijiko se tornó grave.

-¿Mn?

-Yo me encontraba en tu misma situación, Nijichan. Sólo quería nuevas sensaciones para encontrar lo que no sabía que buscaba. Años de esa vida. Y fue tu padre quien...

-Es cierto... quien te sugirió el toque de 'agresividad' –sonrió divertida.

-¡Mierda! ¡Te cuenta demasiado ahora! –respondió sorprendido, y sonriendo con nostalgia–. Y Yukki se ofreció en una situación bastante particular... créeme que en ese momento, yo sólo quería experimentar... no vi realmente lo que estaba haciendo Yukki.

-¿Mn? ¡Kenchan! –dijo incrédula. Ken la miró y se sonrojó levemente.

-¡Eres pervertida, Nijichan! ¡No soy estúpido! ¡No es eso! ¡Que yo sabía 'qué' era lo que estaba haciendo! ¡Rayos! ¿De quién aprendiste a pensar tan mal? –rezongó por lo bajo, escuchando una risilla en Nijiko. Continuó su relato una vez que se volvió a instaurar la seriedad–. Yukki se entregó aun sabiendo que podía ser sólo una mala experiencia de mi lista. Él realmente la hubiera pasado mal, si yo... en ese momento... –cada vez se sonrojaba más.

-¿Mn?

-¡No puedo estar contando esto a una adolescente! –se recriminó con suavidad, sabiendo que aquellos datos sólo los había compartido con Tetsu, en sus momentos de mayor debilidad y confusión.

-Kenchan, quiero escuchar... –susurró suplicante, apoyando su mano en el borde de la cama, para rozar la mejilla áspera de Ken. Éste le miró a los ojos, y continuó con el relato sonrojado.

-Percibí lo que me estaba perdiendo con los desconocidos, Nijichan...

-Bien, no me cuentes si no quieres. Pero igual, fue un comienzo raro, mas luego todo fue muy bien.

-No.

-¿Mn?

-Hemos tenido una crisis muy fuerte, Nijichan. Supongo que Hyde no te lo contó porque es muy... duro...

-¿Mn?

-Yukki y yo nos lastimamos por mucho tiempo... pero cuando lo superamos, él había enfermado... recuerdas, ¿verdad?

-Neee, su corazón. Claro, Kenchan, que lo recuerdo –dijo triste.

-Yukki me perdonó demasiado, se enfermó por mi culpa, y murió por mi causa...

-¡Ay! Kenchan, no digas tales cosas. No son verdad.

-No sabes la historia.

-Déjame entenderla.

-No quiero.

-¿Mn?

-Te lastimaría la imagen que tienes de nosotros dos.

-Vamos, por favor... si no me lo dices, lo averiguaré...

-¿Realmente quieres saberlo?

-Con tanto preámbulo más curiosidad.

-Bien.

-Te espero –amenazó con una sonrisa, creyendo que nada de misterio había en tal revelación, pero las palabras de su tutor le demostraron lo contrario.

-Engañé a Yukki por casi un año...

-¿Eh?

-Infidelidad.

-¿Tú? ¿A Yukki? Pero... pero si... eran... yo siempre les vi muy...

-Te dije, Nijichan, había circunstancias que nos excedían.

-Bien, explica 'circunstancias' –dijo ceñuda.

-Los padres de Yukki se habían enterado de... lo nuestro, ya sabes. Gente conservadora, tradicional... por mucho tiempo Yukki no podía... 'jugar'…

-¿'Jugar'? Kenchan... te entendí antes de que dijeras palabra tan ridícula... –resopló ceñuda, haciendo esbozar una sonrisa en su tutor.

-Conocí a una mujer, que realmente... bueno... entenderás, supongo.

-Mn. Ya veo. ¿Sólo por sexo? –preguntó directa. Ken la miró a los ojos, parpadeando un par de veces.

-Algo así, que se profundizó con el tiempo.

-Mn. ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

-No te acostumbres al placer... Nijichan... es adictivo, y si lo haces, de forma tan casual, puedes llegar a provocar daños como el que hice yo.

-Si yo encontrara a mi persona perfecta, no necesitaría...

-Yukki lo era para mí, y sin embargo... –interrumpió con velocidad.

-... –Nijiko le miró a los ojos.

-Cuando te vuelves adicto a la carne, Nijichan, no puedes controlarte. No le encuentres el placer a las relaciones casuales... tarde o temprano te dañarán demasiado. Yukki, por mi culpa, por ese descarado engaño, entró en las drogas.

-Mn... ya veo, papa nunca me dijo por qué lo había hecho.

-¿Discreto? ¿Tu padre? ¡Qué rareza! –exclamó irónico.

-Nee, papa está muy cambiado. Estos años lo hicieron muy oscuro. No lo reconocerías –dijo con suavidad, para retomar el tema–. Pero luego papa me dijo que tú lo sacaste de las drogas.

-Casi me arrastra a mí, Nijichan.

-¿Eh? ¿Y tú por qué tomabas?

-... –Ken levantó una ceja, inseguro de contarle algo tan terrible a su alumna, pero en el fondo, intentó buscar el tacto que Yukihiro le había dejado como herencia conyugal, e intentó en un esfuerzo sobrehumano, disimular la escena, pero con el impacto suficiente de hacerle ver a Nijiko el camino erróneo que estaba tomando–: Me las hacía tomar, Nijichan...

-Espera, no estoy entendiendo nada.

-Yukki hacía cosas fuera de sí cuando tenía abstinencia. Él las quería dejar por su cuenta, pero sólo ingresaba a estados hiper-irritables. Cualquier cosa le molestaba, incluso mi ayuda, y entre batallas que teníamos... lograba... reducirme... y...

-¡Oh! ¡Kenchan…! No me digas que hacía todo lo que supongo...

-... –Ken sólo miró hacia un costado, y suspiró profundamente–. Casi me mata, Nijichan. Ya no soportaba ese límite. Un día me apliqué una dosis excesiva de droga, sólo para detener algo: o detenerlo a él, o morirme y detener la situación insoportable.

-Vaya... Yukki...

-No, en realidad, no era Yukki, era la droga, con su imagen... Yukki no era malo... nunca lo fue y tú lo sabes... la desesperación destroza el alma, linda, por eso, no hagas estupideces, no te dejes rodear por la desesperación, y tranquilízate. ¿Entiendes?

-Mn.

-Todos queremos a alguien especial, todos queremos esa tranquilidad. La buscamos como desesperados, pero a veces, nos perdemos en el camino, en otros vicios que no hacen más que cerrarnos en ese círculo perverso de locuras. Aunque no creas lo que te voy a decir, creo que hay una verdad interesante: hay que ser moderados, y nunca perder el rumbo; así, si llegas a encontrar a tu persona especial, la conservarás. Si no la encuentras, al menos, habrás vivido dignamente...

-... -suspiró con tranquilidad, y miró a su tutor.

-Me entiendes, ¿no?

-Mn.

-Bien –sonrió Ken, haciendo el amague de levantarse del suelo, pero la voz delicada de la joven le detuvo.

-Kenchan... perdóname.

-¿Mn? –se volvió a ubicar en el mismo lugar y contempló directamente los ojos de la adolescente.

-Lamento haberte mentido... en este tiempo... no olvidé la promesa... sólo que...

-Está bien, Nijichan. Si de ahora en más me prometes que me consultarás antes de hacer tonterías...

-Mn –sonrió divertida.

-Bueno, creo que debes descansar, y ver cómo recuperamos tu espalda –le dijo suavemente, e intentó un segundo amague de levantarse, pero la joven, estiró su mano y la apoyó en el hombro de Ken.

-Kenchan...

-¿Mn?

-¿Cómo debería... cuidarme…? –susurró enrojecida.

-¡Ah! Ya veo que no piensas desistir de tu actitud –se mofó molesto, y la miró con un gesto de reprobación.

-¡Kenchan…! Aún soy joven... –le guiñó un ojo–… además, puede que no sea casual... ¿quien te dijo algo al respecto? –sonrió picarona. Ken la miró con desconfianza, y negando con su cabeza en silencio, se levantó por fin del suelo.

-Eres como tu padre, más dura que una roca. Tozuda.

-¿Me dirás?

-... –hablaremos de eso otro día, linda... –se resignó tras un segundo suspiro. Nijiko elevó su rostro un poco, protegiendo con sus manos su pecho, evitando quedar completamente expuesta a los ojos de su tutor. Sonrió de costado.

-No sabes, ¿verdad?

-Buenas noches –dijo rápidamente, saliendo de la habitación.

Nijiko ahogó su risita en el colchón –descubriendo la inexperiencia de su tutor en el campo femenino, y más en 'aquel' campo-, y luego, tras un segundo de silencio, recordó el dolor y el ardor que recorrían todo su cuerpo. Suspiró una vez más. Y sin percatarse, se quedó dormida.


Ken se levantó temprano. Su holgazanería mañanera ya no era la misma. Era irregular, no siempre se permitía descansar tranquilamente en la cama compartida. Y es que el sólo hecho de saber que aquel cuerpo a su lado no era lo que él necesitaba, era razón suficiente para levantarse y hacer cualquier cosa hogareña que alejara de su mente los recuerdos de un pasado mejor. Se rascó la cabeza, bostezando sin recato, y se internó en la cocina.

Sólo llevaba los pantalones del pijama. Antiguamente hubiera andado en ropa interior. El calor ya no era el mismo de antaño. Ya no era divertido sudar acompañado de amables caricias, en un vaivén exquisito.

Cerró sus ojos con fuerza, y se apoyó en la mesada, para luego contemplar las sillas. Todavía recordaba demasiados detalles. Todavía recordaba demasiado. Miró el umbral del recito. A pesar de saber que no era la misma cocina del departamento que compartía con su antiguo amante, creyó posible la idea de que su figura se apareciera allí mismo, con sus cabellos largos, y su expresión tranquila, luego de una noche agitada.

Sonrió con tristeza.

Miró el suelo, cerrando nuevamente sus ojos.

Sólo deseaba sentirlo. Y así lo hizo.

En su mente debilitada, se creó brazos iguales, y con el mismo toque de delicadeza, se imaginó siendo rodeado por aquellas finas manos. Creyó que labios amables se posaban en su cuello, haciéndole sonreír con tristeza.

Sólo era el deseo de que se materializara, no era la realidad, lo sabía, pero gustaba jugar con ello.

'Yo no podría fijarme en nadie más'.

Deseaba. Necesitaba. Desesperadamente. Y sin embargo...

Suspiró frustrado, dando fin a su juego estimulante, a esa droga que había generado, creyendo que le ayudaría a superar las ausencias, demostrándole con el tiempo cuán en vano era.

Sacudió un poco su cabeza, y comenzó a extraer varios ingredientes de las alacenas, poner el agua en el fuego, sacar leche fría de la heladera y demás.

Prepararía el desayuno para tres.

Miró la hora con descuido, y haciendo un gesto de fastidio, abrió la gaveta determinada, de la cual extrajo los medicamentos. Sacó una pastilla, y con un vaso de agua fresca que se había servido previamente, la ingirió de súbito. En ese preciso momento, Tetsu apareció por el umbral de la puerta, y lo miró con gesto serio. El alto japonés le observó fijamente, mientras volvía a guardar las pastillas.

-¿Ken? ¿En serio son para la irritación?

-No. Son para que me crezcan las tetas, y se ensanche mi cadera –dijo irónico y molesto. Aquellas pastillas le irritaban.

-¿Eh? –miró anonadado, y Ken, elevando sus ojos al techo por un segundo, giró su rostro hacia su amigo, y miró con rostro de incredulidad.

-¿¡No me digas que lo has considerado remotamente posible! ¡Tetchan! ¡Era una broma! ¡Mierda!

-¡Ah! ¡Qué sé yo! –dijo sonrojado, haciendo sonreír al alto japonés, permitiéndole olvidar por un momento, sus bronquios, las pastillas, y la próxima visita al médico.

-Nee, levanta a la holgazana esa, y dile que venga a desayunar –comentó. Tetsu salió de la cocina, se dirigió a la alcoba de la joven, y abrió la puerta, encontrando una vacía y pulcra cama. Suspiró resignado, y regresó al salón. Miró la puerta de entrada, a cuyos pies se encontraba unos sobres, y dirigiéndose a ellos, los tomó para regresar a la cocina, sentándose en la mesa.

-No está.

-¿Aún no llega? ¡Mierda! En qué orgía estará metida... –susurró por lo bajo, pero Tetsu, oyéndole, sólo hizo un gesto de protesta.

-¡Oye! ¡Nijichan no es así! –recriminó el bajista, mirando un sobre, luego otro, con desinterés: fans, boleta de servicios, fans, el representante, más fans. Negó con su cabeza, resignado–. ¡Vaya! ¿Cómo hacen para saber nuestra dirección?

-¿Eh? ¿Qué cosa? –se giró para mirarle.

-Miles de cartas de fans. No se conforman con enviarlas a la oficina general... son terribles.

-Y bueno... son las que nos dan el pan de cada día -sonrió suavemente.

-Ah –un seco sonido por parte del bajista llamó la atención de Ken, quien ya disponiendo todos los alimentos en la mesa, se sentó frente a Tetsu, y le miró con intriga.

-¿Qué? ¿Qué ocurre?

-Carta... para... Yukki.

-¿Mn? Pero... ¿si Yukki nunca vivió aquí?

-Es... de... ¿China? –Ken abrió sus ojos, espantado. Por un momento el fantasma de Rena apareció en su mente, pero el dato de que el destinatario de aquello era su antiguo amante, y no él, le detuvo de palidecer por completo. Su corazón había dado un salto de improviso. Sin mediar palabras, Ken le arrebató la carta a su amigo, y miró el sobre con detenimiento. Parecía, en aquel simple papel, que aún el amable japonés podía existir. Aún podía haber un poco de su presencia en el mundo. Todavía no desaparecía del todo. Negó con su cabeza, y abrió el sobre descuidadamente. Desplegó la hoja de papel, y leyó la parte de la misma que se encontraba en japonés, pues la otra se exhibía en chino.

-¿Qué es?

-... –terminó de leer, y sus ojos se abrillantaron demasiado, casi al límite del lloro–. Es... de... China...

-Sí, lo sé... pero sobre qué trata...

-Adopción...

-¿Eh? –frunció su ceño, no entendiendo, pero el rostro de Ken, petrificado, mirando un punto en la mesa le demostraba que el alto japonés estaba comenzando a unir cabos en su mente, mezclando el pasado, con palabras dichas, y entre sus cavilaciones la conclusión emergió finalmente.

-Yukki ya había hecho el pedido antes de siquiera comentármelo... –sonrió amargamente–. ¡Qué bobo! Creyó que de todas formas me convencería... sabía que estos trámites duraban años... y... lo hizo... antes de que yo... ¡oh…! ¡Yukki!

-Ken, ¿estás bien?

-... –Ken dejó que las lágrimas lentamente cayeran por sus mejillas, sin gesticular, sin contraer su rostro, tragando con dificultad, evitando a toda costa lo que indefectiblemente no había podido: llorar. Y es que la impotencia siempre le vencía. Siempre.

Tetsu, asustado en un comienzo, sólo suspiró, y levantándose de su asiento, se acercó a Ken, abrazándole con fuerza, acariciando su espalda, buscando reconfortarlo. Sólo allí Ken rompió finalmente su contención, y comenzó a llorar sin inhibiciones.

-¿Por qué? ¿Por qué…? ¡Yukki, eres un hijo de puta! ¡Te odio, Yukki! ¡Te odio! –dijo en voz alta, sujetándose de su amigo, el cual estaba levemente acongojado. Ken no se recuperaría nunca. No importaba lo que pasara en su vida. Aquel callado japonés le había marcado a fuego.

Tras minutos de descarga, Ken se tranquilizó, y se apoyó de vuelta en la mesa. Tetsu, ahora tomando una silla y ubicándola a su lado, le miró compasivo.

-Ken, sé que esto es duro, pero... mira, es una buena razón para seguir.

-No.

-¿Eh? Pero Ken, tendrías una niña propia que consentir.

-No.

-Pero...

-No, Tetchan. No. Yo quiero...

-Pero Ken, tú mismo siempre me has dicho que sentías ganas...

-No. Sólo con Yukki.

-Pero Ken... es lo que te dejó Yukki, si quieres... puedes verlo de esa forma...

-No. Con Yukki o nada.

-No seas extremista… sabes que te hará bien...

-No lo hará, Tetchan. No insistas. Para ello me alcanza Nijichan... –susurró buscando justificarse, pero Tetsu le miró con curiosidad.

-Nijichan no es lo que deseaste alguna vez...

-No. Pero sin Yukki, es todo lo que deseo.

Tetsu contempló detenidamente a su amigo, por un par de segundos. Aún estaba tan fresca la huella de la muerte en su compañero. Le apenaba.

Pero no podía hacer otra cosa más que aceptar la decisión tomada. Él nunca sería especial para Ken. Ni siquiera podía tener el consuelo de ello.

Quizás durante la semana, Ken retractaría el documento y la petición, tal vez enviaría a un delegado a ponerle punto final al trámite en el país vecino.

Ken nunca aceptaría una vida en familia, porque nunca había tenido una, no sabía cómo hacerlo, y para ello, para aprender a cómo caminar esa senda sin errar demasiado, necesitaba a su maestro y aprendiz. A su amante y apoyo, a su pequeño gran todo: Yukihiro.

Sin él, no tenía necesidades más allá de lo que le rodeaba. O simplemente se había resignado a desear lo único que le rodeaba.

Y Tetsu, en el fondo, comprendía al guitarrista.

Le entendía perfectamente. *26

~Continuará~


Notas:
*) Para ver las notas explicativas, entrad en Notas.


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