La visita de una sílfide en Navidad

"La visita de una sílfide con cabellos de sol y fuego, ojos celestes, piel marmórea y con un caminar danzante y pausado que envidié. A veces era alegre y en ocasiones reservada, en otras profería tantas preguntas que me hicieron pensar y dudar del mundo en el que construí mi grandioso y exclusivo reino. ¿Dónde había dejado sus enormes alas iridiscentes? ¿Dónde las guardó para que no las viera y se las pidiera prestada? ¿Las desplegó cuando se marchó para siempre en aquella Navidad de 1904?"

*1 La palabra imposible no existía en su vocabulario y tampoco el no como respuesta a sus insólitas peticiones. Siempre tuvo lo que quiso y no le significó ningún esfuerzo más que expresárselo a su madre y a los días siguientes lo tenía ante sus marrones ojos. Lo mismo regía para su hermano, sólo que a él todo se le rompía o lo dejaba tirado por ahí. ¿Ella? No, era muy cuidadosa.

Sus exigencias llegaron a tanto que tuvieron que habilitarle un cuarto especial para guardar todos esos objetos que fue coleccionando a lo largo de sus seis años y que nunca desechó. Muchos de ellos se exhibían como piezas de museo, permitiendo sólo el contacto del polvo y muchos otros, seguían sellados en sus respectivos envoltorios en espera de esos juegos inexistentes. Nada se movía de su lugar y nada era tocado sin que ella no se diera cuenta. Cada día antes de bajar a sus quehaceres de niña de bien, abría la puerta a ese mundo mágico para cerciorarse que todo seguía intacto y sólo así se marchaba tranquila. Para Elisa Leegan era: "la habitación de Santa", fue como le llamó un día cualquiera de verano. En su imaginación creía que así debía ser el taller de Santa Claus; aunque después de la repartición de juguetes por todo el mundo en una blanca Navidad, de seguro, terminaba desierto. Eso a ella por supuesto, no le pasaría: nunca. Ante sus ojos de niña, superaba con creces a Santa y en esa carrera por tener y tener comenzó a guardar también los juguetes que le regalaban amigos y parientes para el cumpleaños, viajes y variados premios por sus excelentes calificaciones en sus estudios o buenas acciones del mes.

Aquella soleada tarde dejó de entretenerse en la fiesta de cumpleaños de su hermano y decidió irse a ese cuarto a jugar a solas.

—¡Hola! —saludó la voz de una grácil niña de su misma edad.

Ya la había divisado en la fiesta, era imposible no verla por su llamativo cabello rubicundo, piel marmórea y esos enormes ojos celestes que la hicieron destacarse entre las cabezas de los demás pequeños de abolengo. Elisa, respondió el saludo y obstaculizó la puerta, como no la conocía no sabía cuáles eran sus intenciones ocultas.

—¿Qué haces? —preguntó empinándose para ver.

—Vine a ver mis juguetes —dijo la pequeña Elisa y cerró la puerta impidiendo que la intrusa viera.

—¿Puedo ver? —pidió con una tímida sonrisa.

—No, por supuesto que no —respondió con desdén y la empujó para que se apartara de su camino.

—¿Por qué?

—Porque es privado —explicó alarmada ante la intromisión de esa molesta desconocida.

—Sólo echaré un vistazo.

—¡No quiero! —exclamó volviendo a obstaculizar el paso.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Ah, ya veo. De seguro ése es tu lugar favorito —dedujo la chica con una sonrisa amable y comprensiva.

—Sí, porque están todas las cosas que me gustan. Por eso no quiero que nadie entre aquí, para que no se cambie nada de lugar. N- a- d- a —moduló moviendo sus rizos con cada uno de sus gestos.

—De acuerdo —dijo la pequeña dando la media vuelta.

Elisa examinó su sencillo vestido, peinado y hasta sus opacos y raídos zapatos. Nada era mejor que el vestido de muselina blanco que ella llevaba puesto, así que de inmediato cambió de parecer.

—¡Espera!… ¿Quieres ver? Haré una excepción contigo.

Abrió la puerta que en su fachada tenía una corona de acebo y un cartel que decía: "Habitación de Santa Claus". Orgullosa de ser la feliz dueña de los artículos que atiborraban el cuarto: miles de muñecas de todos los países ―desde porcelana hasta de trapo―, caballos de madera, baleros, un castillo enorme, exclusivos guiñoles, tres hermosas calesitas musicales, cinco juegos completos de tazas de porcelana china, cajitas musicales, fanales, etc. Una juguetería completa era el mundo que le pertenecía. Sonrió satisfecha al ver el rostro estupefacto de la intrusa, tratando de decidir cuál juguete admirar de cerca.

—¡Wow! Son muchos juguetes. Creo que son más de veinte muñecas ¿no? —dijo por fin la pequeña.

Giró ansiosa como una mariposa, admirando muy emocionada el hermoso cuarto que le parecía de ensueño.

—¿Crees? Já. ¡Son más de veinte! —respondió colocando los ojos en blanco —. De seguro es hasta ahí donde sabes contar.

—¿Alguno se ha repetido? ―preguntó sin apartar la vista de una muñeca de Jumeau.

—No los tengo acá.

—Es decir, ha pasado.

—Hmmm. Sí, pero ésos los desecho. Acá no hay nada repetido —aclaró molesta con sus preguntas.

—¿En qué parte de la casa está la basura? —dijo la pequeña sonriéndole.

—No me parece divertido —espetó mirándola de soslayo.

—¿Y esto?…¡Qué lindo! ―exclamó la chica corriendo a tocar un fanal con mariposas de vívidos colores.

—¡No! ¡No toques nada! —gritó deteniéndola con brusquedad.

—¿No lo puedo tocar? Entonces… ¿cómo juegas tú?

—Jugando.

—¡¿Cómo?!

Elisa le dirigió un desprecio y se recostó en el sofá Cleopatra frente al ventanal. No respondió. La pequeña pudo entender que muchos de esos juguetes ni siquiera habían pasado por sus manos. Extraño. "Cuán triste podía ser el destino de un juguete sin uso" pensó.

—Ah, ya veo. Tú tampoco tocas nada de lo que hay aquí.

—¡Cállate! Tú qué sabes —espetó furibunda.

—¿Y de qué te sirve tener tanto, sino usas nada? —preguntó sentándose en un escabel frente a Elisa, sin ser invitada.

—¿Cómo de qué me sirven? Son muchas muñecas, es decir, los juguetes son muchos y no tengo tiempo para todos ellos. Los guardaré para cuando quiera jugar —justificó acomodando la tacita de té sobre el platillo.

—Pero hay algunos que ni siquiera les has sacado de sus cajas ―dijo indicando un muñeco de porcelana vestido con ropas de juglar.

—¿Y? —preguntó alzando sus hombros.

—¿Crees que tendrás edad para jugar con ellos toda la vida?

No sabía responder a tantas preguntas ya que era algo que nunca pensó. Había escuchado, por su padre, que existían coleccionistas que dedicaban su vida a buscar objetos que fueran exclusivos y de su gusto. Coleccionistas de servilletas, estampillas, monedas, relojes, calendarios, autos, vestidos, zapatos, etc. "¿Existirían coleccionista de juguetes?" se preguntó. De seguro ella sería una y la más famosa. A pesar de habérselo comentado a esa chiquilla, insistía en el interrogatorio.

—Por ejemplo, esa muñeca de allá. ¿Cuándo jugarás con ella? —indicó una sencilla muñeca de trapo con enormes trenzas y vestidito de muselina café.

—Mañana.

—Mañana jugarás con 3 ó 4. ¿Y qué harás con todas ésas? —preguntó indicando a todas las demás que dormían expectantes en los estantes.

—Pasado mañana.

—Pasado mañana vendrán otros. ¿No se acerca tu cumpleaños?

—Sí, recibiré alrededor de doscientos regalos —respondió mirándola con altivez.

—¿Y si ya no tienes espacio acá? ¿Qué harás?

—Ampliaré la habitación, hay muchos cuartos en esta mansión —aseguró ante algo que ella no había pensando.

—…

—¿Te impresiona no? —preguntó ella al verla guardar silencio y acabar con su molesto interrogatorio.

—Sí, aunque… ¿Por qué le has puesto a esta habitación Santa Claus?

—Uf…porque de seguro él tiene uno parecido. Con sus duendes hacen los juguetes de todos los niños del mundo. ¿No?

—Sí, pero esos juguetes se van todos en Navidad —concluyó su nueva amiga.

—Mal entonces, porque los míos no se irán jamás de aquí.

—¿Y si mañana te sucede algo?

—Algo cómo qué —respondió con una mueca.

—Algo que te impida venir al cuarto.

—Ah, bueno, eso puede pasar. Siempre que yo quiera —respondió con arrogancia y continuó —. De hecho a mi madre y a mí, nos gusta irnos en el verano, a Lakewood y otras veces hemos pasado meses en Europa.

—Entonces nunca tendrás tiempo para jugar con todo. Para cuando creas que puedas ya no te gustará jugar con nada, porque no serás niña toda la vida.

—Qué cosas raras dices. ¡Eres muy extraña! —exclamó molesta.

La chica no se marchó, se quedó entretenida admirando el balanceo de unos móviles que estaban ahí desde que Elisa nació. Su madre había comenzado con esa habitación cuando decidió guardar los numerosos regalos que le dieron antes de su nacimiento, y ella, continuó aumentando la colección.

Elisa no necesitaba amigas. De hecho no las tenía, nadie quería sentarse a observar sin tocar nada. "¿Para qué venir aquí si ya existen los museos y son tan aburridos? Al igual que tu habitación y tú… son muy aburridas" dijo la última amiga que llegó a esa casa y de eso ya había pasado más de un año. Cuando sus padres le preguntaban por sus demás amigas, ella les decía que eran un montón de niñas envidiosas que no soportaban ver su riqueza. "¿Quién las necesitaba si podía pasar horas admirando todo lo que tenía?" se dijo. En este cuarto siempre sería Navidad y nunca se iría.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

*2 A pesar de que esa habitación tenía una vista maravillosa hacia el tupido boscaje donde la despedida de la primavera, perfumó el viento por última vez, y el imponente manto de nieve fulguraba ante el tímido sol, ella no lo notó. Cuatro veces a la semana e inclusive dos veces en el mismo día venía esa niña, a la que nunca le preguntó nombre ni de dónde era. Aparecía en momentos específicos y de la misma forma desaparecía batiendo su pequeña mano y dándole las gracias por ese nuevo día. Su visita se convirtió en imperceptible rutina: en silencio se quedaba junto a ella observando los juguetes nuevos; en otras llevaba un libro, se sentaba en el escabel junto al ventanal y leía, en alguna ocasión, simularon tomar el té en esas exclusivas tacitas Dresden. Ella una princesa de un país lejano y su amiga una condesa de Italia.

Elisa, llegó a creer que era una amiga invisible, ya que nadie le prestaba atención y cuando preguntaba por ella no podía dar detalles porque no sabía su nombre. Tenía presente que se lo preguntaría, pero se distraía en sacudir y reorganizar sus juguetes. De lo único que fue consciente al mirar el calendario que colgaba detrás de la pared, era de la cercanía de la Navidad. Quedaban sólo semanas, ese cuarto crecería y su amiga tendría mucho para admirar e envidiarle.

Esa tarde la vio llegar y ésta vez sentarse en el sofá Cleopatra frente al ventanal; la luz que se colaba a través del manto de cortinas oscuras llegaba a su faz, su piel marmórea destellaba haciéndola lucir como una etérea sílfide. Ella quería brillar así. Con la duda rondándola, se acercó y con un dedo tocó su cabeza.

—¿Qué haces? —preguntó arreglándose el desorden del cabello y apartando la vista del libro.

—Me cercioro de que eres real.

—¿Qué? Por supuesto que soy real.

—Físicamente sí, tiene orejas normales y una estatura similar al de una persona, pero tu forma de ser es… extraña —dijo mirando con detenimiento lo que describía.

—No te entiendo.

—Tengo mis teorías.

—¿Qué son teorías?

—Bien podrías ser un elfo o algún otro ser mitológico. Tal vez algo peor que eso, como una silfi… no sé cuánto —dijo Elisa pensando en lo que su padre le había leído hace unas semanas atrás.

—¿Sílfide?

—Exacto.

—Somos distintas sólo eso, pero te aseguro que soy una niña común, como tú. Humana.

—Sí, eso es evidente.

La inspección de Elisa, no cesó. Cada detalle de sus gestos, apariencia y hasta pensamientos le hacían dudar de qué lugar era que provenía. Si era humana "¿Cómo era posible que no se hubiera marchado ya, sino la dejó jugar con nada? ¿Por qué se conformaba con observar, sonreí y oler el aroma de los juguetes?" Pensó. No, no podía ser una chica normal.

—Esa muñeca es la más linda —dijo señalando una en particular.

—Claro es alemana. Ésa también es linda aunque tiene otro color de piel —indicó la hermosa muñeca de piel morena.

—Mhhh, no lo había notado.

—Realmente eres muy tonta. ¿Qué eso no es evidente?

—…

—Se acerca Navidad y estaba poniendo mi lista de regalos dentro de un sobre —contó batiendo la carta en la cara de la pequeña sílfide.

—¿Lista? ¿Y a pesar de que tienes todos esos regalos quieres más? —preguntó sorprendida.

—¿Y qué pasa si alguno se rompe?

—Siempre tendrás otro.

—¿Y si se rompe el otro?

—Tienes de sobra para reemplazarlos —respondió sin mirarla.

—Nada sobra, puede que se me acabe lo que "sobra" —replicó angustiada ante la idea.

—Tú te pareces, en cierto modo, al gigante egoísta del cuento, pero además eres avara.

—¿Cuál cuento?

—¿No lo tienes entre tu colección de juguetes?

—Creo que no.

—Desde hoy te llamaré la gigante egoísta – avara —dijo tocando con su dedo índice la frente de Elisa, esa era la forma de bautizarla.

—No me parece divertido —espetó limpiándose.

—Lo siento, pero… ¿No has pensado en lo que puede suceder con esos juguetes si se viene un incendio?

Eso no estaba dentro de sus planes. Nunca lo había contemplado siquiera y la sola idea le generó una creciente angustia al punto de desvelarla y tener recurrentes pesadillas nocturnas. Dos días después tomó la decisión de trasladar la mayor cantidad de juguetes a la casita del árbol que hace dos años construyeron para ella. Convencida de que ahí todo estaría seguro. Demoró en llenar el espacio, de no ser por su nueva amiga que apareció justo para ayudarla a sostener la escalinata circular del árbol y también acarreó el resto de juguetes que estaban sobre el césped. Cuando terminaron, ella se marchó.

Elisa, observó sus pertenencias dentro de la casa del árbol, ya no quedaba espacio ni siquiera para sentarse y la decoración que tenía se perdió entre tantos regalos apilados. Pensó que debería comenzar a coleccionar libros y cuentos, ya que los juguetes no eran suficientes o mejor dicho ya casi no existía nada nuevo creado que ella ya no tuviera. Lo primero que se le vino a la mente fue el cuento que la chica le mencionó, ni siquiera sabía que significaba "egoísta". Así que camino a casa se desvió al cuarto de Neal y le preguntó y éste le respondió no tener la menor idea. La duda siguió. Mientras desayunaba junto a su madre, se lo preguntó, pero recibió una respuesta poco clara. La duda no se disipó. Sólo le quedaba una última alternativa: su padre y lo buscó en donde siempre se encontraba trabajando, la biblioteca.

—Papá… ¿puedo hacerle una pregunta?

—Dime, hija.

—¿Qué significa ser egoísta?

Se dirigió a la biblioteca y sacó un diccionario, leyó la definición en voz alta: "Excesivo aprecio que tiene una persona por sí misma, dejando de lado al resto".

—Hmmm. ¿Y qué es ser avara? —preguntó otra vez.

También buscó la palabra en el diccionario y la leyó: "Se aplica a la persona que acumula gran cantidad de dinero y no lo utiliza".

—Ya lo imaginaba, no puedo ser así —dijo con un tono de alivio.

—¿Qué cosa?

—Que no puedo ser egoísta - avara, como me lo dijo esa chica sílfide.

—¿Alguien te llamó así? —Elisa asintió—. Ya veo, entonces tiene sentido. Porque creo que lo que ha querido decirte es que tú acumulas muchos juguetes y no los compartes con nadie. ¿Comprendes?

—Pero usted dijo que los avaros son personas que acumulan gran cantidad de dinero, yo no lo tengo, sólo tengo muchos juguetes que me son regalados. Entonces, no es lo mismo.

—Sí, pero la definición se puede acomodar a ti con tus juguetes.

Con una mueca en sus labios se cruzó de brazos, no le gustaba para nada que esa definición se aplicara a ella, pero meditó en ambas y sacó sus propias conclusiones. Miró a su padre y le hizo un reproche a su conducta de los últimos meses:

—Mhhh. Entonces… ¿Por qué usted nunca me hace regalos? —preguntó sondeando en su rostro.

—Te los hice hasta aquel día en que entré a esa habitación que le llamas Santa Claus y desistí de darte más, porque ya tienes muchos —respondió él sentándose frente a su hija.

—Entonces usted también es egoísta porque no piensa en mí. ¿No es ésa la definición que me ha dado sobre el egoísmo?

—Sí, pero…Elisa, porque pienso en ti es porque no te hice más regalos. La Navidad no es eso que ves en esa habitación —respondió su padre tomando de sus manos con dulzura.

—¿En Navidad no se hacen regalos?

—Sí, pero tienen otro significado. Tienes que tener en cuenta que es el cumpleaños de alguien: Jesús. —respondió acariciando la pequeña cabeza de su querida hija.

—Cierto, pero es una tradición los regalos. No tenerlos no sería Navidad.

—Navidad es compartir lo que tienes con otros. Espero que tú algún día lo entiendas y ojalá sea antes de que seas mayor —dijo dándole un beso en su frente y volviendo a trabajar.

No comprendió, pero no importaba para eso estaba Santa Claus y no conocía a nadie en la historia que le dijera que no le hubieran traído algo para Navidad. Corrió al cuarto y al abrir la puerta la rubicunda sílfide no la esperaba sentada en la silla como siempre, en su lugar había un pequeño paquete envuelto con una cinta roja y una nota: "Te dejo mi obsequio para ti, para esta Navidad" - Florence Shields.

¿Debería abrirlo? Aún no era Navidad, de hecho faltaban varios días. Decidió esperar si bien eso acrecentaría las ganas de saber qué tenía ese paquete, bien podía entretenerse en otras cosas y olvidarse del regalo. Lo analizó por enésima vez, un envoltorio vulgar y una cinta mal armada era la evidencia de que ella misma lo había envuelto, por lo mismo no podía pedir que fuese algo exclusivo. Intentó distraerse para no pensar pero resurgían las curiosas ideas de qué cosa estaba bajo ese envoltorio: una corona de flores especiales que no se marchitaban, un conjuro mágico para verse siempre linda aunque ella sintiera que no lo necesitaba, unas enormes alas iridiscentes, aunque nunca le vio tener unas. Muchas cosas podía imaginar.

Al notar que la sílfide no vino en los días siguientes, a pesar de haberla esperado, decidió preguntarle a la servidumbre y su asombro fue tal que no podía creer lo que le confidenciaron. Florence, era la hija de la cocinera de la casa. Ya no debería vincularse con ella porque si alguien se enteraba de que dejó entrar a la hija de una sirvienta, sería una vergüenza por no saber escoger sus amistades. Decidido, no se acercaría a ella y tampoco la dejaría volver a entrar a su casa y mucho menos compartir juegos en la habitación de Santa, si llegaba a hablarle sería para devolverle el regalo.

Por largas horas el paquete sobre la silla la distrajo de su rutina, llamándola y despertando su curiosidad; ni siquiera la luz de la luna y las velas hizo que temiera quedarse en esa habitación, admirando de lejos el regalo. Hasta que su curiosidad ganó la batalla y lo rasgó apurada por desenmarañar el enigma.

Un rústico libro: "El gigante egoísta". Lo ojeó, tenía ilustraciones muy lindas y anotaciones, todas hechas por su puño y letra. Corrió con eso en sus manos, sabiendo que demoraría en leerlo, fue directo a los brazos de su padre que luego de arroparla, accedió a leerlo. "¿Por qué Florence la comparaba con ese gigante?" pensó. A medida que el señor Horace avanzaba en la historia, ella no encontraba que se parecieran, porque no tenía un jardín tan grande. En realidad si lo pensaba mejor…sí, pero no le importaba y mucho menos cuidaba de él ya que para eso estaba el jardinero. Consideraba que si el gigante invertía su tiempo en cuidar del jardín era evidente que no quisiera que nadie estropeara su trabajo, estaba completamente de acuerdo en que espantara a esos zarrapastrosos chicos que sólo sabían arruinar el esfuerzo de otro; sin embargo el desenlace la dejó dudosa. "¿El gigante había tenido una visión con el chico herido que estaba sobre una rama?" Tal vez ella también al creer que esa chica era una sílfide. "¿Si no lo era? ¿Qué era? ¿Por qué era tan distinta al común de chicos que frecuentaba?" Pensó.

—¿Quién te ha dado este lindo regalo? —dijo su padre cerrando el cuento que recién le había leído y sacándola de sus cavilaciones.

—La sílfide.

—¿Te refieres a Florence?

—Sí… yo… yo no sabía que ella era…

—La hija de la cocinera —dijo terminando la frase. Suspiró y continuó —: Eso no es lo importante. Ella ha sido tu única amiga por muchos meses.

—No quiero que nadie, pero nadie… se entere que ha frecuentado la casa. Me avergonzaría y mucho —pronunció en voz baja.

—No deberías, no cualquiera tiene una amiga así.

—…Por eso. ¡Nadie la tendría! Yo tampoco de haberlo sabido.

—Te ha hecho un regalo hermoso y lo hizo con sus propias manos. ¿Sabes el tiempo que debe haberle tomado reescribirlo para ti? Y mira estos dibujos los hizo ella...

—¡No me importa! —respondió molesta.

—Debería importarte. ¿Sabes por qué no ha venido a jugar contigo?

—Porque debe haberse aburrido de ver mis juguetes.

—¿De verdad eso crees?

—Podría ser… aunque también pensé que tal vez le dio vergüenza dar la cara después de que descubrí quien era. ¿No?

—¡No! Nada de eso —respondió molesto—. ¡Ella está en un hospital!… está muy enferma.

Elisa no respondió. El rostro de su padre, al despedirse y desearle buenas noches, se veía muy preocupado. Antes de cerrar la puerta le extendió una invitación, mañana por la mañana iría a ver a Florence y si quería acompañarlo debía levantarse temprano. No respondió. Durante la noche se sentó sobre la silla mecedora y miró las estrellas, meditó mucho sobre si debía ir o no, hasta que tomó la decisión. Visitaría a Florence para devolverle su regalo, reprocharle sus mentiras y esa confianza irrespetuosa al cruzar la barrera que las separaba. Florence, como la hija de la sirvienta y ella como la hija de una familia de alcurnia, no podían convivir, era inaceptable y eso se lo dejaría en claro mañana mismo.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

*1 Ingresó al edificio rojo óxido remodelado hace unos años, era el Hospital Mary Thompson… y algo más que no alcanzó a deletrear en esa placa dorada al costado derecho. Primera vez que conocía un hospital por dentro así que observó cada detalle que se presentó ante sus ojos: enfermeras apresuradas, médicos de blanco, todo tipo de pacientes, familias en una larga espera, insumos médicos en un rincón; incluyendo aquel olor entre alcohol y su perfume que se mezcló en su nariz.

Esperó frente al retrato de su fundadora, en la estación de enfermeras, mientras su padre consultaba donde estaba la habitación de Florence. Cuarto piso. Subieron las escaleras y al llegar al extenso pasillo blanco no pudo evitar mirar las habitaciones que dejaba a su paso. Muchos niños postrados, enfermos, demacrados y delgados que apenas le miraban, enojados, adoloridos y tan atribulados. No quiso mirar más y se fue contando las baldosas del suelo para no grabar esas imágenes nunca vistas en su mundo de fantasía.

Su padre se detuvo y la miró, ya habían llegado al cuarto donde estaba Florence. Un lugar compartido con otras seis personas, la separación entre una y otra cama sólo se la otorgaba un desvaído biombo. Se acercaron y junto a ella se encontraba su fiel madre, que se levantó a saludarles apenas notó su presencia.

Elisa, curioseaba en cada espacio de esa habitación y sus ojos giraron descubriendo la precariedad compartida por tantas personas, la tenue luz que ingresaba por la ventana enmohecida, hasta que se detuvo en la faz de la que para ella fue, la sílfide rubicunda. Una pequeña delgada, ojerosa y dormida. No, no era ella. Fue lo primero que pensó, pero al acercarse abrió los ojos, reconociéndola.

—V- viniste a…verme —dijo volviendo a cerrar los ojos y con una sonrisa en sus labios mustios.

—Sí… yo…

Pudo decirle que venía a reprocharle sus mentiras, a devolverle el libro que llevaba en las manos y todo lo que ensayó la noche anterior que haría; pero decidió guardar silencio, y el libro lo escondió detrás de sus manos.

—¿Ya… es… Navidad? —preguntó la pequeña apenas abriendo sus ojos.

—Todavía no, faltan unos días —respondió sentándose en la orilla de la cama.

—Q- q- quería… que fuera Navidad… luego… ahora… —balbuceó con dificultad.

—Si esperas un par de días… lo será. Verás mis nuevos juguetes que recibiré este año —contó Elisa, ansiosa por volver a la casita del árbol.

—Me… encantaría… ver eso… pero…No creo que pueda… —dijo en un suspiro lastimoso.

—¿Cómo que no puedes?

—Estoy… muy enferma…

—¿Qué tienes?

—Al - go… que…los… médicos…no pueden curar. Es…imposible.

No conocía lo imposible en su mundo y nunca había visto una niña enferma con la apariencia de un anciano. "¿No eran los ancianos los que enferman y se marchan primero?" pensó.

La ronda de médicos les hizo salir a esperar afuera y no pudo apartar de su pensamiento el cruel panorama que estaba viendo. Florence, como la hija de una sirvienta, era seguro que ignoraba muchas cosas que a las personas ricas se les permitía saber por tener educación en el extranjero y dinero de sobra. Sí, era muy probable que ella exagerara su condición y por lo mismo se animó a preguntar.

—¿Es muy grave lo que tiene Florence? —preguntó sentándose al lado de su padre.

—Lamentablemente, sí.

—¿Tendrá cura?

—No, no la tiene —respondió su padre mirando al suelo.

—Es que… acaso… ¿Puede morir? —interrogó con temor a la respuesta.

—…

—Papá, yo creí que los niños éramos irrompibles, como decía la tía abuela Elroy a Stear cuando resultaba herido en sus inventos.

—Es una forma de decir, pero la realidad es distinta, hija.

—¿Llegará a ver la Navidad?

—No lo sé…

Por un momento pensó que su padre diría alguna palabra alentadora, siempre lo hizo, la excepción fue esa mañana. Cuando entraron, la observó dormir, su respiración era rápida y en ocasiones pareciera que se detuviera. Se animó a tocar su mano todavía estaba tibia y ella se removió.

Los ojos curiosos de otros pequeños de la misma habitación, miraban con atención su elegante vestido y lindo peinado. Incomoda le pidió a su padre irse. No habló en todo el trayecto, mirando a través de la ventana. Cuando llegaron a casa corrió a la habitación de Santa y allí se quedó largas horas sin dirigirle la palabra a nadie.

Ese día conoció otro reino donde había cabida para el dolor y las más infinitas tristezas en el rostro no sólo de los niños, sino que también en el de sus desalentadas familias. Aquel reino desconocido, a pesar de que en apariencia era blanco como la luz, para ella era sombrío y le daba mucho miedo transitar. Entonces… ¿Debía volver?

A la mañana siguiente estaba en pie, con un vestido sencillo y una discreta maleta en su mano. Sorprendiendo a su padre y a los sirvientes de la casa.

—¿Por qué te has levantando tan temprano?

—¿No iremos a ver a Florence?

—¿Quieres ir de nuevo? —preguntó y Elisa asintió —. Pensé que te había impresionado lo que viste.

—No, ella no me impresionó. Los zarrapastrosos con los que comparten el cuarto sí —respondió atando la cinta en su cabello.

—Elisa.

—Papá, entonces ¿me llevará?

El señor Horace accedió y volvieron al hospital. Elisa se adelantó y al llegar tocó la mano de la pequeña, para hacerse notar, para cerciorarse que estaba bien. Se sentó frente a ella y sacó de ese bolso una muñeca pelirroja parlante, la noche anterior la libró de su envoltorio y la guardo ahí. De reojo vio como dos pequeñas descalzas se acercaron a mirarla impresionadas. Sonrió. Sacó otra y la dejó a los pies de la cama de Florence y al ver que despertó se olvidó de esa exclusiva muñeca francesa por completo y fue a parar a las manos de esas felices pequeñas. Sacó tres muñecas más, las favoritas de Florence y rodeó la almohada con ellas.

—Adivina qué —dijo Elisa.

—Qué…

—Los días que no apareciste, mi tía política: Helen, me ha traído de Alemania dos muñecas iguales a las que te gustaban —contó arreglando su vestido beige.

—Y…

—Se han repetido. Así que en vez de guardarlas o desecharlas, decidí traerlas —explicó moviendo sus hombros con desdén.

—¿De - dejarás… que las toque? —balbuceó sorprendida.

—Después las desinfecto.

—Gracias, Elisa.

—Vamos, acaricia su cabello… es real. Neal dice que de seguro es de un cadáver. ¿Qué crees tú?

—No lo creo… es suave.

—Es lo que yo digo. Además tiene ojos de cristal y tiene pestañas de verdad.

Elisa no fue consciente de las horas que estuvo entretenida jugando con Florence, pero sí notó la fatiga que la hizo apoyar su cabeza en la almohada y dormitar por unos largos minutos, para luego continuar mirando las muñecas. Cuando terminó el horario de visitas se despidió de ella sin que lo notara.

—¿Así que tía política de Alemania? No tenemos a ninguna tía que haya viajado a Alemania estos días —dijo su padre colocando en evidencia su mentira.

—Padre, usted no sabe muchas cosas que han pasado. Siempre está de viaje —aclaró sin despegar los ojos de la ventana del auto en movimiento.

—Cierto, pero conozco el árbol genealógico de la familia y no tienes ninguna tía Helen.

Su padre sonrió y Elisa no dijo nada. Cuatro días pasaron y en compañía de su padre siempre fue a visitar a Florence, llevando cada día algo nuevo para entretenerse en su "aburrida" ida al hospital.

Esa tarde el semblante de su amiga había cambiado. Su piel que en el ayer era marmórea como el de una sílfide, ahora pareciera que viviesen hiedras oscuras que internas viajaron y treparon hasta sus ojos celestes, volviéndolos sombríos; su frondoso cabello rubicundo que brillaba a la luz de sol, estaba desojándose como el otoño de septiembre. Tuvo miedo de acercarse y la observó en silencio. Dormida abrazada a la muñeca pelirroja y con un vestido de crinolina color mantequilla.

—No… me… tengas miedo —dijo notando su presencia sin abrir los ojos.

—¿Qué? No, yo no te tengo miedo —respondió valiente, acercándose poco a poco.

—¿Afuera… está ne - nevando?

—Sí, como nunca antes. Está todo cubierto de nieve —respondió mirando por la ventana y viendo los copos de nieve danzar con la brisa gélida.

—No creo… que…pueda… ver otra Navidad… —vaticinó con pesar.

—Pero falta un día.

—No importa. Yo… te agradezco… que me hayas permitido… estar… en ese cuarto… de Santa, porque allí siempre… fue Navidad para mí.

—¿Qué? Qué cosas dices, aún falta para Navidad.

—No, gracias… a ti … yo… ya… he vivido… la Navidad… ahí —dijo con una media sonrisa.

—Vi tu regalo —confesó Elisa sentándose a los pies de la cama, rascándose los ojos.

—Sabía que lo verías… antes… ¿Y? ¿Te gustó?

—Lo tengo todo —respondió jugando con un guiñol y sacando un pañuelo de seda para sonarse la nariz.

—Sí, no tengo…duda. Pero… ese… regalo es único. ¿No lo crees? —preguntó abriendo apenas sus lánguidos ojos y jugando con la mano de Elisa.

—S-sí.

Esa mañana no jugaron, tuvo que guardar silencio y esperar. No hubo mejoría y tampoco tuvo ganas de beber líquidos y muchos menos abrir más de medio minuto los ojos para poder ver los nuevos juguetes que ella trajo desde la casita del árbol.

Al día siguiente tenía pensado volver, pero su madre le pidió que se preparara para la cena de Navidad, no le quedó tiempo más que para arreglarse e ir a la misa de gallo como todos los años. Cuando volvieron a casa, el semblante de los sirvientes no era el mejor y su padre le dio la noticia: Florence se fue esa noche. "¿Irse a donde? ¿La han cambiado de hospital?" preguntó, pero él le aclaró que se fue con Dios para ser un ángel más en el cielo. Elisa, no conocía a nadie que dijera haber visitado a Dios y volviera, eso la angustió y pidió una explicación. "Florence, no volverá" fue lo que le ratificó su padre. Fue la primera vez que comprendió, con gran dolor, que no existían niños irrompibles, eternos y que la muerte llega a cualquier edad.

Florence no era una sílfide, era un común ser humano de eso ya no tenía duda y se había marchado, para siempre.

Apenas probó la cena y se fue a la habitación de Santa, ya que no quería que nadie viera sus ojos atiborrados de lágrimas. Su madre fue la única que insistió en entrar―tras golpear la puerta por unos 5 minutos―, y lo único que preguntó fue si acaso quería que ella misma fuera por lo juguetes que había dejado en el hospital. "¿Había olvidado las muñecas? ¿Cómo era que no lo había notado?" pensó. Elisa dio un suspiro y respondió con un rotundo: "No, porque no me importaban esos estúpidos regalos" sorprendiendo a su madre y preocupándola por la educación que consideraba que había descuidado esos últimos meses.

*3 La Navidad llegó esa mañana y lejos de estar emocionada por la cantidad de obsequios que recibió, los dejó en la sala y volvió a la casita del árbol con un único regalo: el libro de Florence.

Volvió a ojearlo y admirar los dibujos tan bien pintados con lápices de cera. La chica no le compró el original, sino que lo reescribió en hojas. Ella misma hizo los dibujos del cuento, ya lo sabía, pero ahora entendía el tiempo y gran esfuerzo que le tomó hacer ese detalle considerando su delicado estado de salud. Secó esa lágrima solitaria que corrió por su mejilla sin su permiso, culpando a su amiga Florence por arruinarle su Navidad. La de hoy y la de siempre. Volvieron a salir más lágrimas de sus ojos marrones, fueron tantas que no pudo ocultarlo.

A los días siguientes, su madre volvió a interrumpir y le aconsejó jamás juntarme con gente así, olvidar ese episodio en su vida; en cambio su padre, le devolvió el libro de Florence empastado, para que lo dejara en su biblioteca. En una conversación sincera le pidió que la recordara siempre porque ella fue una gran amiga y le había enseñado otra realidad. ¿Cuál de las dos opciones debía escoger para su vida?

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

Veinte años después…

*2 Los cuentos son eso: cuentos. Ninguna posibilidad de hacerse realidad o que la realidad se asemeje a ellos, es lo que su mente infantil ―en aquellos años― comprendió y justificó ante el temor de que extraños personajes como duendes, hadas, elfos y otros seres mitológicos deambularan libres entre el mundo de fantasía de papel y el perfecto reino en que ella vivía. Imaginarlos subir las escaleras, esconderse tras los arbustos geométricos del antejardín, salir por las noches desde el clóset de roble o vivir bajo su cama, era aterrador. "¿Y si esa chica no era una sílfide de rizados cabellos rubicundos, ojos celestes y piel marmórea como ella creía?" pensó. "No, debía serlo porque todas las características cuadraban a la perfección. ¿Y los ángeles? ¿En qué categoría podía dejarlos?" pensó.

Por mucho tiempo buscó la posibilidad de que personas se convirtieran en uno y no existía ninguna evidencia de que eso sucediera, así que su categoría era: seres celestiales y ahí se quedaban. En un perfecto cielo, remoto y exclusivo. Punto final.

Había pasado mucho tiempo de esas creencias y de aquel diario con curiosas historias que releía. La realidad era otra, con más años y responsabilidades en su vida, no había tiempo para perderse en mundos imaginarios. Consideró que redecorar su cuarto era una buena medida para empezar de nuevo y así ser el comentario obligado en la próxima fiesta como una de las chicas millonarias más envidiadas de todo Estados Unidos. Todo lo que tenía que hacer era embalar sus preciadas pertenencias y el resto del trabajo dejárselo a los decoradores franceses.

—¿Por qué no le has pedido a la servidumbre que haga esto? —reclamó su amiga revisando los bártulos que dejó apilados en una esquina.

—Sólo estoy dejando lo que más me importa en cajas seguras. Uno nunca sabe que puede faltar después —justificó caminando rápido hacia una de las cajas vacías que le esperaban.

—Toda la razón.

—Cuando acabe le diré a Dorothy que las saque de aquí y las lleve, mientras tanto, al ático —agregó sacudiendo sus manos del polvo.

—¿El gigante egoísta? ¿De dónde has sacado ese libro? —preguntó, al leer el título emborronado de ese destartalado libro. Apenas pudo tapar su antojadiza risita detrás de su tacaña mano.

—Déjalo ahí —respondió sin mirarlo.

—Es literatura infantil, Elisa —volvió a decir la entrometida Luisa.

—Lo sé. ¿No puedes ayudarme y guardar tus comentarios para después? —respondió levantando una de sus cejas y dirigiendo una mirada odiosa a su "amiga".

—Lo siento. ¿No tienes muñecas en tu cuarto? —interrogó, caminando alrededor del cuarto y buscando detalles en él.

—No, no me gustan.

—Veo que no tienes muchos libros de literatura actual. ¿Por qué? —inquirió viendo los escasos libros que tenía entre sus pertenencias.

—No lo sé, supongo que no he leído nada que valga la pena tener —dijo volviendo a entrar al cuarto y dejando la caja vacía en el suelo.

—Entonces, con mayor razón, el cuentito ése también debería salir de ahí. Si quieres te puedo sugerir unos libros muy buenos que…

—¡No! ¿Por qué insistes? —interrumpió con severidad.

—De acuerdo. No sabía que fuera tan importante. Se ve tan… simple —dijo dejando caer el libro dentro de la caja.

—Claro que lo es, sólo se trata… de... un regalo —murmuró mirando el libro todavía indecisa.

Lo tomó en sus manos, desde aquel día en que se lo regalaron lo leyó por lo menos unas ciento cincuenta veces. En esta ocasión no necesitó abrirlo, lo conocía de memoria y podía repasarlo con sólo cerrar sus ojos: uno que otro dibujo llamativo y mal coloreado, letra emborronada y una pequeña dedicatoria.

Traerlo de vuelta, era traer al pasado consigo, por eso durmió en un rincón de esa pequeña biblioteca y acumuló tanto polvo. Por un segundo estuvo a punto de sacarlo de ahí y depositarlo en aquella caja que decía: "Basura". No, lo volvió a arrojar dentro de la caja en que la que estaba.

—Quién sabe, puede servirle a mis futuros hijos —dijo dando media vuelta y saliendo de la habitación.

Fin


Lista de música:

*1 "Elysa" – Helen Jane Long.

*2 "Petite Fleur" - Deuter

*3 "God rest ye, merry gentleman" – Kenny G.

Notas de autor:

Hay amigos así, silenciosos, fieles compañeros y que no cuestionan ni piden nada a cambio. Cuando ya no están descubres lo importante que fue su compañía y como fueron ocupando un espacio en el corazón. ¿Por qué Elisa no pudo tener una amiga así? Es sólo una idea más. Espero que les haya gustado.

Me he demorado, pero ya saben las fiestas y la vida real demanda mi atención. Lo importante es que quiero terminar esta antología. Aprovecho de desearles a todas(os) un feliz año nuevo y muchas vibras positivas.

Remiel22: la Navidad tiene mucho de eso, nostalgia. Gracias a ti por leer y animarte a dejar un comentario. Lo valoro y mucho.

Flor: No era un fanfic, pero bueno era un cuento de Anthony y Candy, era solo darle la opción de cerrar el capítulo de la historia de ellos.

Ladylyuva Sol: la muerte de Anthony y en las condiciones que fue, para cualquiera hubiera sido traumatizante. Candy no tuvo opción de despedirse y al no asistir al funeral, el proceso de la aceptación de que él ya no estaría físicamente me imagino que debió ser doloroso. Triste. Salu2 para ti también.

Magnolia A: No hay problema con no leer todos los cuentos, no me ofendo. Entiendo que cada quien tiene sus personajes favoritos y como esta antología tiene cuentos independientes, no necesitan seguir un orden lógico para leerlos. Me alegra saber que te gustó el de Anthony y gracias por dejar tu comentario.

Zuremi: la fiel lectora. Reconozco que es un desafío para mí escribir sobre personajes antagónicos y secundarios. Gracias por estar ahí y por darme siempre tu opinión.

Fluttershy: a mí también me hubiera gustado que Anthony no hubiese muerto, era un lindo personaje. Gracias a ti por leer y darme tu opinión.

Mayito: como decía cierto personaje…He tomado nota Fuenzalida a tus sugerencias. Gracias por estar ahí.

Salu2 a todas las chicas que están en FB, a quienes se las ingeniaron para enviarme un largo correo, desmenuzando cada detalle de los cuentos. Gracias por leer y comentarios al review.

Ladyzafiro