VI.

Como acordaron, se dividieron en grupos. Leigh y Aioria fueron para comisaria, donde tomarían el todoterreno y se encontrarían con los TempEchos. Por otro lado, Shura y Aida fueron en el coche de ella hasta el puerto.

Este se encontraba en una cala separada de la playa principal. Estaba resguardado por escarpados acantilados, los cuales protegían el lugar de los fuertes vientos que a veces soplaban en la zona. En especial, el viento del norte era especialmente fuerte.

El trayecto hasta el lugar lo hicieron mayormente en silencio. Shura no sabía de que hablar con ella, mucho menos como podía sonsacarle si ella era la chica de la fotografía. Así pues, decidió que lo mejor sería escuchar la música.

Ella no tenía la radio puesta, sino su repertorio musical particular. A Shura le sorprendía como aquella chica, con ese rostro de niña buena, podía llegar a escuchar música tan roquera. Viéndola, cualquiera diría que escuchaba música folclórica, la típica que ponían en las fiestas de los pueblos, o la más comercial. Pero nada de todo eso. De las canciones que escuchó, ninguna de ellas le sonaba, además que la mayor parte de esas estaban en inglés. A excepción de una.

— ¿Qué idioma es este? —preguntó extrañado.

Aida le dedicó una breve mirada y volvió su atención a la carretera.

— Sueco —respondió.

— Es la primera vez que escucho una canción en sueco —cuando terminó la oración, Shura se percató que había dicho aquello en voz alta. Miró de reojo a Aida, quien esbozó una ligera sonrisa.

— Una vez conocí a un chico sueco durante un curso. Él fue quien me la enseñó.

— ¿Sí? ¿Cómo se llama?

— 'När kallt möter kallt' de Stiftelsen.

Shura asintió, procurando memorizar aquel nombre. De regreso al Santuario se aseguraría de volverla a escuchar.

Después de esa pequeña conversación, ambos volvieron a caer en silencio hasta su llegada al puerto. Tras dejar el coche en el aparcamiento, caminaron por las instalaciones hasta llegar a los muelles de atraco. Aida se detuvo, miró en la lejanía, y condujo sus manos a la cintura.

— Pero si la November está aquí.

— La November es el nombre de la lancha ¿verdad? —ella asintió— Eso significa que podemos usarla.

— Significa que Rafael, o el Eco 4, depende como lo quieras llamar, está aún en el puerto —le corrigió ella. Aida miró el reloj de su muñeca y volvió a escanear las cercanías— Y debería estar en mar hace una media hora mínimo.

— ¿Por qué no lo llamas?

— Le mandé un mensaje justo antes de salir. Pero no lo ha ni leído. Le he visto el coche en el parking. No debe andar lejos. Pero la pregunta del millón es ¿Dónde?

Shura examinó a las cercanías. Sin embargo ¿Qué buscaba exactamente? Él no conocía al tal Rafael, por lo que no tenía caso que tratara de encontrarlo. Sin embargo, rápidamente identificó un hombre acercarse a ellos. Tenía el pelo blanco, así como su barba, rasgos que solo acentuaban más su ya avanzada edad. Vestía con lo que parecía ser un uniforme naval, donde predominaba el blanco y las diferentes medallas que lo condecoraban.

— Buenos días, capitán —le saludó Aida con una sonrisa.

El hombre sonrió brevemente ante el saludo de la agente, aunque esa expresión fue rápidamente sustituida por una de preocupación. Aida reaccionó a ese cambio de expresión en el capitán.

— ¿Ocurre algo? —le preguntó ella.

— Necesito que vengas conmigo.

Sin decir nada más, el capitán emprendió el camino de regreso a lo que parecían las oficinas. Shura y Aida intercambiaron una mirada rápida y acordaron seguirle. Shura dejó que Aida fuera unos pasos por delante de él. No por nada, pero él no era más que un intruso en ese lugar. No tenía sentido que él fuera liderando.

Recorrieron prácticamente medio puerto antes de llegar al lugar: los almacenes. Shura podía leer en la expresión de Aida, que no entendía que estaba ocurriendo. El capitán los miró brevemente antes de abrir la puerta.

Era una nave enorme y oscura, apenas iluminada por los pocos rayos del sol que se filtraban por las pequeñas ventanas situadas en lo alto. El lateral estaba cubierto por canoas, kayaks y similares. El material del puerto se encontraba en el final, perfectamente desorganizado y, en medio de la instalación, una hamaca que cruzaba de lado a lado con una persona durmiendo en ella.

La cara del capitán mostraba un apuro que a Shura le pareció hasta surrealista. Aquel hombre estaba desesperado. Aunque no era para menos.

— Es que los socios lo ven y creen que es el vigilante de seguridad.

Shura miró a Aida, la cual tenía una expresión que se le hacía difícil de leer. Ella avanzó con paso intimidante, parándose al lado de la hamaca. Toda la atención recaía sobre ella. De la expectación, incluso parecía que el tiempo se había detenido.

— ¡¿SE PUEDE SABER QUE HACES DURMIENDO?!

Aquello no se lo esperaban. El capitán pegó un bote ante semejante grito; Shura no estaba menos sorprendido. Por un instante se sintió confundido. Se esperó de todo menos eso. Aida parecía demasiado centrada como para gritar de ese modo. Y, sin embargo, ahí estaba.

El hombre de la hamaca debió ser el más sorprendido de los presentes, pues casi cae al suelo. Descompuesto y confundido, miró a Aida. Ella mantenía sus manos en la cintura, sus ojos fijos en él, parada apenas unos pasos de la hamaca.

— Esto no puede ser bueno —murmuró. Aida negó con la cabeza—. Mejor me voy.

Aida asintió con contundencia. Bajo la atenta mirada de todos, el chico se escabulló por la puerta y prácticamente salió corriendo hacia los muelles. Shura lo contemplaba alejarse desde la puerta, completamente sorprendido por lo que acababa de pasar. Jamás hubiera imaginado una escena de este tipo.

— Luego hablaré con él —informó Aida reuniéndose con ellos nuevamente.

El capitán la miró con expresión agradecida, aunque Shura pudo leer que sentía cierta compasión por el chico de la hamaca.

— No seas muy dura con él, tampoco.

— Lo conozco desde que es pequeño. Está más que acostumbrado —le sonrió ella con cierta malicia escondida en su voz.

Aquél chico la llevaba clara.

— Agradezco que nos hayas ayudado. De verdad que los socios empezaban a mostrarse bastante molestos.

— Sin problema, capitán. No se preocupe.

— Muchas gracias por todo.

El hombre hizo una pequeña reverencia a Aida en muestra de despido, la misma que hizo con Shura apenas unos segundos después.

Por unos momentos, Shura se sintió completamente desconcertado por el desarrollo de los acontecimientos. De algún modo, aquello le empezaba a parecer demasiado surrealista. Sin embargo, no podía ser más verídico. Lo había presenciado con sus mismos ojos.

Entonces Shura miró a Aida, ella le miró de regreso. Sus miradas se sostuvieron por unos segundos, antes de que una risa se escapara por sus labios. Una sensación refrescante y reconfortante recorrió el cuerpo de Shura. Era un sentimiento tan familiar, pero al mismo tiempo tan extraño que no sabía como catalogarlo. Pero no permitió que ese desconcierto restara encanto a aquel momento, donde Aida y él se reían por algo que únicamente era entendido por ellos, aunque ninguno lo expresó con palabras.

— ¿Listo para ir de viaje con la November? —preguntó ella.

Shura detectó un pequeño cambio en la actitud de ella. Ahora se mostraba algo más relajada que en unos primeros instantes. Sin embargo, la prudencia latía aún en sus interacciones verse a él. Aunque Shura ya era feliz con ese pequeño progreso.

— Cuando quieras.

— Pues ya mismo —suspiró ella mientras una sonrisa se formaba en sus labios. Shura la miró interrogante, a lo que ella sonrió con cierta picardía antes de echar a correr por el puerto— ¡Tenemos que encontrar a Rafa antes de que salga de puerto!

Shura reaccionó rápidamente y echó a correr detrás suyo. La gente los miraba al pasar, pero ninguno de ellos le daba la menor importancia. Especialmente Aida, quien únicamente tenía la vista clavada al frente, viendo en cámara lenta como Rafael se preparaba para zarpar.

— ¡Rafa! —lo llamó desde el muelle.

Él alzó la mirada, contemplándolos a ambos con cierto fastidio.

— ¡Que sí! ¡Que ya me voy! —protestó él.

— ¡No! —rió ella, sacando el último aliento que tenía encima. Shura la miró con cierta sorpresa. No era posible que estuviera tan cansada con lo poco que habían corrido— Necesitamos que nos lleves con la November.

— ¿Por qué?

— Ordenes del jefe.

— ¿Tu jefe o mi jefe? —preguntó con cierto recelo.

— El mío.

Rafael pareció pensárselo unos instantes, aunque no es como si tuviera mucha opción. Las ordenes eran ordenes, y eso se aplicaba a policías, a lo que fuera que fuese Rafael y, por supuesto, a los caballeros dorados.

— Venga va —cedió finalmente—. Saltad.

Dicho esto, Rafael se fue dirección al timón. Este estaba cubierto por un pequeño toldo que protegía al conductor del sol de justicia que hacía en España, especialmente en verano. Desde allí, los miró con un gesto de cargado de impaciencia.

Shura dirigió una rápida mirada a Aida antes de saltar a la barca. Cuando aterrizó, esta cedió ligeramente a la fuerza del impacto. Por suerte, logró mantener el equilibro. En ese entonces se percató que la lancha se encontraba mucho más separada del muelle de lo que cualquiera podría esperar. Shura volteó, observando cuidadosamente los movimientos de Aida.

— ¡No tenemos todo el día! —protestó Rafael, recostado sobre el timón.

Aida desvió su mirada un instante y avanzó un paso, situándose al borde del muelle. Por su postura y su expresión, Shura la pudo leer como un libro abierto. Él se acercó al extremo de la lancha, extendiendo su mano a Aida. Ella con una ligera sonrisa, a lo que él sonrió levemente.

— Vamos, va.

Ella aceptó su mano y se dejó guiar por él a bordo de la lancha. Una vez ya allí, Shura pudo percibir que sus movimientos eran menos automáticos y se mostraba más suelta.

— ¿Es la primera vez que subes a la lancha? —le preguntó Shura.

Antes de que ella pudiera responderle, Rafael intervino.

— Nunca ha querido subirse antes. Y eso que se lo pedí.

— Hay una razón detrás de ello —le respondió ella con una sonrisa tirando de sus labios.

— No me puedo imaginar cual —Rafael siguió con el mismo tono de Aida—. Si soy un navegante experto.

Aquella declaración hizo sospechar a Rafael. Por alguna razón, el sarcasmo que empleaba parar decir aquellas palabras le daba a pie a imaginarse que eso sería todo lo contrario. Buscando un leve consuelo, miró a Aida.

— Mejor que nos preparemos —fue todo lo que ella dijo.