Nuevo capítulo. No se preocupen, no muere nadie. O tal vez sí. :D
_ ¿Me extrañabas, rata?_ al tiempo que pronunciaba esas palabras, el niño mordía una tableta de chocolate. Dos arcos grises cargados de nula expresión le miraron, y preguntaron en tono cansino:
_ ¿Por qué lo mataste? ¿Qué te había hecho?_ El otro largó una risotada. Estaba sentado en la litera, balanceando sus pies descalzos, con una mano sostenía el dulce, y con la otra destrozaba el robot que acababa de robarle a Near. Finalmente se dignó a responder:
_Eso deberías saberlo, sabelotodo. Y si no lo haces, deberás descubrirlo por tu cuenta. Hay muchas cosas de las que ignoras, ¿Sabías? Hay tantos secretos que deberías saber, tantas preguntas sin respuesta… ¿O crees que de verdad L te dice la verdad absoluta?_ su voz infantil y a la vez temeraria no lograron intimidarlo. ¿Cuál podía ser el verdadero motivo tras el asesinato de Matt? ¿No eran los celos? ¿Qué tenía que ver su padre en todo ese asunto? _ A ver… ¿Qué te parece si jugamos a las escondidas? Con un ligero cambio. _ añadió.
_ ¿Cuál cambio?_ cuestionó. Estaba dispuesto a encontrar una explicación a toda la situación, que se centraba en un tema: la muerte. La muerte de Matt, que aún no tenía explicación. Near sabía que no podrían arrestar a Mello. No podrían castigarle. Sólo él podía hacer algo en su contra, darle de algún modo su merecido.
Siempre había pensado que el rubio podía ser: malhumorado, malicioso, temperamental, torpe, descuidado, pero nunca creyó que llegaría al extremo de ser un asesino. Mello se había convertido en un asesino. Una de las tres personas a las que tenía un lazo emocional, había matado a alguien. ¿Cómo puedes volver a hablarle a un asesino? ¿Cómo puedes seguir manteniendo contacto con alguien que había manchado sus manos con sangre de un niño?
Sí podía, y por una razón: Quería saber la verdad, el por qué, la causa que lo llevó a cometer un acto tan terrible. Si no eran celos, ¿Entonces qué? Debía averiguarlo.
_Ninguno de los dos se esconderá. Lo que está escondido son las "revelaciones" de las que te hablo. Tú te encargarás de buscarlas, están desparramadas por la casa. Y yo haré lo imposible para que no las encuentres. ¿Divertido, no?_ dijo, mostrando su dentadura manchada con cacao. Near pensó que se parecía a una versión en miniatura y rubia de Jeff de Killer, el personaje que había hecho casi mear la cama a Matt cuando puso ese juego._ Se trata en realidad de ver quién es más rápido: o tú desentrañando lo podrido de esta apestosa casa, o yo impidiéndote seguir. Quien consigue su meta antes, gana.
_Está bien, ¿Qué pasa si gano yo?_ lo interrumpió el albino. Mello se puso serio, limpiándose con el puño negro su boca manchada de dulce y le contestó:
_Supongo que si ganas, el premio ya lo habrás obtenido, ¿No? Si ganas, habrás hallado las respuestas de lo que cuestionas, e incluso de las cosas que ignoras totalmente. Si quieres saber por qué maté a tu amiguito friki, tendrás que jugar, no pienso decirte ni una palabra. Pero, si llego al final antes que tú… Te va a costar muy caro, ¿Entendiste?_
_Sí_ se calló por instantes, y se giró par juntar las piezas del rompecabezas que Mello había desparramado alrededor, con su súbita llegada. Luego de cuatro semanas se dignaba a aparecer, y lo primero que hacía era armar un desastre a su alrededor. Típico de Mello._ Es una carrera._ El rubio bajó de un salto al suelo.
El otro le tendió la mano, para que la agarrase, en señal de que aceptaba la apuesta. La estrechó, y nuevamente, sintió ese calor infernal en su piel. Una mano de fuego, como si viniera del mismísimo Infierno.
_Te estaré esperando en la meta_ replicó, aún sosteniendo su mano. El viento que tanto lo molestaba entro por la ventana, haciendo que su cabello rubio ondeara como una bandera amarilla. La bandera del sol.
_ Ya, claro_ dicho esto, pestañeó, y no se inmutó al ver que había desparecido en ese ínfimo lapso de milisegundos. Puf. Ya no estaba con él. Desaparecido sin dejar rastro. El niño y sus pertenencias eran lo que ocupaba todo el espacio de aquella cámara de la desgracia, donde hacía tres semanas atrás, la Muerte había recogido el alma de un pelirrojo inocente.
Se puso de pie, con la espalda encorvada cual jorobado de Notre Dame (adivinen de quién lo aprendió), y llevándose el índice a un mechón de su esponjoso pelo, lo enroscó. ¿Por dónde empezaría a buscar? La pieza de su padre podría ser un buen lugar para iniciar. No tenía mucho tiempo.
oOo
¿Cómo había hecho el asesino para entrar en su casa y salir sin que nadie lo viese? Watari había dejado la puerta cerrada. Al volver, ellos habían tenido que sacar la llave. La vecina del frente es testigo de que los dos entraron a las ocho y tres de la noche a su hogar. Watari había estado ausente por veinte y cuatro minutos. Era prácticamente imposible que un delincuente entrara y saliera en tan pocos minutos.
Matt y Near estaban encerrados adentro. Near se fue al baño, y al volver, encontró el cadáver de su amigo. Su hijo no podría haberlo matado por una elemental cuestión: ningún niño podía tener la fuerza suficiente para poder ahorcar a otro de su misma edad con tanta brutalidad. La fuerza ejercida sobre el cuello de la víctima había sido la de un adulto, por lo menos, de veinte años para arriba. Near era de por sí, muy débil, inclusive para el estándar de un crío.
Rememoró la vez que estaba subido a una silla, y quiso bajar una caja con algunas fichas dominó. Dicha caja pesaba aproximadamente, doscientos cincuenta gramos, y era de zapatos. No llegó a tiempo para evitar que el peso de la caja provocara la caída del menor. Fue uno de los sustos más grandes de su vida, pensar que se había golpeado la cabeza. Alguien con su nula fortaleza física no podía llevar a cabo un estrangulamiento.
Segundo punto en consideración, Matt era más grande y le sacaba ventaja en todos los aspectos físicos al enclenque del albino. Tercero, conocía a su hijo, y no era un asesino. No podría haber cometido semejante atrocidad. No tenía motivos para hacerlo, si se llevaba bien con el otro.
Cuarto, No había marcas ni signos de lucha, exceptuando el lastimado en su mano izquierda, se había incrustado un Lego del albino en ella. Eso quería decir que se estaba arrastrando por las baldosas, escapando de su verdugo. La ventana estaba abierta, y daba hacia el patio, cubierto de tierra seca, con el reducido y seco césped que empezaba a crecer. El árbol del patio estaba intacto, ya se había corroborado que nadie había dejado huellas ni señales de haber escalado por allí.
Tampoco había pisadas. Los vecinos no habían visto a nadie trepar, ni hacer ruidos sospechosos. No oyeron gritos. A menos que el asesino pudiese volar, tuviera poderes de invisibilidad y fuera capaz de neutralizar los sonidos que indicaban su paso por el lugar, no entendía qué había pasado. Un helicóptero hacía demasiado ruido. Un auto disimulado habría quedado registrado en las cámaras de seguridad.
Los dedos de sus pies se entrecruzaron, se llevó el pulgar a la comisura de sus labios, confundido. Tal fuera un Ángel de la Muerte que había venido de otra dimensión para aniquilar al pobre Jeevas. Maldita sea, no lograba comprenderlo. Estaba seguro de una cosa: era un asesinato. Y estaba dispuesto a encontrar al responsable de ello.
Los pobres padres habían vuelto la semana anterior. Y a L le había correspondido darles la noticia. Fue tortuoso escuchar los sollozos de los desdichados e inconsolables padres. Se notaba que amaban mucho a su niño. Un nudo en la garganta se formó, y tuvo que tragar para no ahogarse con su propia saliva cargada de glucosa. En el Departamento señalaban como culpable al último asesino serial de turno, pero el porcentaje era menor del uno por ciento. El modus operandi no cuadraba con ninguno de ellos. Maldición, debía haber una explicación, tenía que haberla.
_ Eh, Ryuzaki, voy a fijarme en los archivos de arriba ¿Son estos, no?_ le dijo Light a su hermano. Cuando pudo verle bien el rostro, supo que estaba aún afectado por el hallazgo del cadáver. Si bien había perdido a sus familiares, él nunca había visto a un cadáver tan espantoso. Sí, era policía y sí, había visto un montón de cadáveres, pero ninguno como ése. Cables negros alrededor de un cuello de un niño, lengua hinchada y amoratada. Pero lo peor de todo era su expresión.
Sus infantiles rasgos estaban en una mueca de terror absoluto, de quien sabía que iba a morir, y que no deseaba hacerlo. La cara más mórbida de la muerte: la de una persona que no desea morir. Un camino de dónde habían surcado lágrimas cargadas de desesperanza. Qué forma tan atroz de morir. Sin nadie quien pudiera consolarte, en total soledad y desasosiego.
Yagami había quedado muy tocado después del suceso, no había dormido en dos noches. Lo había visto sentado en el sillón del comedor, viendo en la pantalla uno que otro programa aburrido. Estaba seguro que, con el tiempo, se recompondría. Sin embargo, el que lo tenía largas horas en vela era Near. Si Light, que era un adulto, lo afectaba así, ¿Qué impacto habrá en el niño? Sin duda, dejaría secuelas. Su primer amigo, muerto. Eso es algo que no se olvida, lo garantizaba la experiencia propia. Eso, sumándole que había visto algo similar hacía cuatro años atrás, ¿Cuánto iba a repercutir en su vida?
Si debía ser honesto consigo, estaba más preocupada por otra cosa. ¿Se habrá acostumbrado a la Muerte? ¿Dejaría de reaccionar ante ella? ¿Podría volverse un ser humano frío ante ella? Y si lo hacía, ¿Se volvería desafiante ante la idea de morir? ¿Le importaría poco el peligro? Near era un muchachito racional y analítico, que se pensaba dos veces las cosas antes de llevarlas a cabo, pero nunca se sabía cuándo podía caer la desgracia.
Todo podía pasar, y como buen detective que era, no descartaba ninguna posibilidad. "Déjate de mentiras y preguntas falsas, Lawipop, a ti lo que te quita el sueño es que tu hijo sea el siguiente en la lista de muertos, ¿Verdad? Ja, ja , ja." Sacudió la cabeza, ignorando ese tono tan irritante y abrumador que invadía su conciencia. No, mejor dicho, ésa era la voz de su conciencia. Beyond había tomado el papel de Pepe Grillo, de esa voz del remordimiento. Beyond desde su tumba habló para crear más paranoia en la mente de su hermano vivo.
"¿Te preocupa que él muera? Imagínate esto: Un día el pequeño juega inocentemente con sus cartas y dados, en la sala. Y de repente, una figura sale de las sombras. Leva un machete. Tu hijo empieza a correr, grita, te llama, suplica por tu nombre. Tú no estás en casa. Nadie está, sólo él y su asesino. Las ventanas y las puertas están cerradas, no tiene escapatoria. Sube las escaleras a trompicones, con toda la velocidad que su frágil cuerpo puede soportar. Corre y corre, hasta llegar el final del pasillo. Se tropieza con su pijama holgado. Cae al suelo, y retrocede como puede, intentando escapar de lo inevitable. El asesino levanta su arma. El niño se cubre con sus brazos famélicos, como si fuera a darle alguna protección. El machete se clava en su carne y la sangre brota a borbotones. Le empieza a clavar el machete en su estómago, garganta, piernas y cara. Su carne yace en la alfombra, y el líquido caliente y rojo de sus arterias tiñen sus ropas blancas. ¿No se te hace familiar esta escena? ¿Cuántas veces has visto algo así? Misa y yo.
¡Ah! ¡Espérate! ¡Te has olvidado de Mello! Bueno, con él hay una diferencia. A ése niño inocente lo mataste tú, L, tú fuiste el que levantó el cuchillo contra él, el que le impidió vivir una vida de felicidad. Tomaste una decisión que le costó la vida. Tú fuiste su victimario. Y por lo menos, Near podría escapar de su muerte inminente. Mello no tuvo ninguna oportunidad, hermanito"...
_ ¡RYUZAKI, JODER! ¡AYÚDAME UN POCO! ¡No te quedes ahí sentado haciéndote el emo!_ El grito de Light hizo que recapacitara. Estaba maldiciendo porque había intentado bajar una carpeta del estante superior de la oficina. Se le había caído todo encima, por huevón. Hay que ser paleto para que se le cayeran TODAS las carpetas sobre su peinada y cuidada cabeza.
_Light, la próxima deberías pedirme ayuda._ dijo lacónicamente Ryuzaki. Luego, y para sorpresa de su hermano, largó un suspiro de alivio. Oh, Dios, por estas cosas no debía pasar sin un dulce por mucho tiempo. De su escritorio tomó una galleta de chocolate con forma de oso panda. Misa solía decirle que tenía ojos de panda. ¡Basta! Ya está, mucho por hoy pensó, y se fue a ayudar al castaño.
Se impresionó de la capacidad de paranoia y psicosis que podía llegar a tener un ser humano.
Y como narradora les cuento: ojalá hubiera sido una simple paranoia.
Y bueno, aquí terminamos con otro capítulo, gente. Muchas gracias por sus comentarios, me han hecho muy feliz. Este cap fue más tranquilo en tono, pero si buscan emoción, en el siguiente va a haber mucha (:
Pd: no, L no se va a volver loco, no se preocupen.
