¡Hola a todos los que habéis llegado hasta aquí!
No pensaba actualizar hasta mañana, pero ya que StydiaShippsJily parece que se ha quedado con ganas de más... ¡Pues venga! Este capítulo va para ti, guapa.
Música recomendada:
Far away de Nickelback
Always where I need to be de The Kooks
Undisclosed de Muse
Pieces de Sum 41
Capítulo 7: La verdad, un castigo y un secreto
El martes por la mañana en los dormitorios de séptimo de la torre de Gryffindor los ánimos no eran mucho mejores que los del día anterior. Lily madrugó más que nadie, se dio una ducha rápida y tras ponerse el uniforme en tiempo récord, agarró su mochila y salió del dormitorio en el momento en que Marlene y Celestina se levantaban de la cama.
-Nos está evitando –aseveró Celestina con gesto serio.
-No, ¿tú crees? –dijo Marlene con sarcasmo al tiempo que ponía los ojos en blanco.
En ese preciso momento Celestina decidió que iba a tomar cartas en el asunto, tanto si le gustaba a Lily como si no.
Mientras tanto, en el dormitorio de los chicos a James Potter le estaba costando hasta lo imposible levantarse de la cama.
-Merlín, ayúdame... –masculló, agotado, tanteando en la mesita de noche en busca de sus gafas-. Esto de ser el ayudante de Filch es muy duro… ¡Me duelen músculos que ni sabía que tenía! Sólo con pensar que me quedan dos semanas así, se me quitan las ganas de vivir…
-Ánimo, James –le alentó Remus-. Dos semanas pasan volando.
Por toda respuesta, James le lanzó una mirada asesina.
-Por cierto, ¿creéis que Evans habrá hablado ya con McGonagall? –preguntó Sirius, que acababa de salir de la ducha.
-Ni idea. Quizá. Se lo preguntaré cuando la vea –respondió Remus, que en esos momentos se disponía a ocupar el baño.
-En serio, Lunático, no sé cómo puedes seguir estudiando este tostón de asignatura –comentó Sirius echándole un vistazo al grueso tomo sobre Aritmancia que estaba encima del escritorio cuando fue a recoger su libro de Encantamientos. Junto a él, había una bolsa que Sirius reconoció-. ¿No decías que ibas a devolverle ayer a Evans el libro que se le cayó en Hogsmeade?
-Pfff… Sí, bueno… La verdad es que el único momento en el que la he visto desde el sábado, fue ayer en clase. No sé si me está evitando a propósito o ha sido casualidad –contestó James, que por fin se había levantado de la cama con gran esfuerzo.
Sirius observaba a su amigo, que parecía un zombi arrastrando los pies agotado, e intercambió una mirada de pena con Peter al tiempo que murmuraba:
-Las tonterías que un hombre puede llegar a hacer por una mujer…
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En el desayuno Lily consiguió evitar hábilmente a Marlene y Celestina en el Gran Comedor sentándose junto a Mary Macdonald, una alumna de sexto curso de Gryffindor, y sus amigas. Sin embargo, la primera clase del día era Transformaciones, asignatura que las tres chicas compartían, y entonces sería bastante más difícil mantener las distancias.
Lily llegó de las primeras a la puerta del aula y esperó junto al resto de sus compañeros. Minutos después, Marlene y Celestina doblaron la esquina y se acercaron.
-¿Habéis leído los tres capítulos que nos mandó McGonagall? –preguntó Celestina.
Marlene asintió y Lily comprendió que sus amigas trataban de normalizar la situación tan tensa que se había creado entre ellas. En ese momento, una risa atronadora que se extendió por todo el pasillo las sobresaltó. Vieron de lejos a los Merodeadores, que se acercaban con Sirius a la cabeza, riéndose de algo que James le estaba contando. Detrás de ellos iban Peter y Remus, que parecía algo taciturno. Lily se fijó en que Marlene también debía de haberlo notado, porque miraba al chico fijamente. Entonces ella se giró en dirección a Lily y ambas intercambiaron una mirada, a sabiendas de lo que pensaban sin necesidad de cruzar ni una palabra. Al día siguiente por la noche habría luna llena y entonces Remus tendría que pasar por una dolorosa y desagradable transformación. Tanto Lily como Marlene estaban al corriente de aquel secreto, al contrario que Celestina.
Durante mucho tiempo, Severus había insistido una y otra vez en que Remus escondía algo. En la época en la que Lily y él aún eran amigos, él se había empeñado en hacerle ver en varias ocasiones que Remus era en realidad un licántropo. Lily, que en un principio había desechado aquella idea, no tuvo más remedio que aceptar con el paso de los años que Severus tenía razón.
Lily y Remus habían comenzado a ser amigos a raíz de su nombramiento como prefectos. La pelirroja se dio cuenta enseguida de que tenían muchas cosas en común, y de que el chico no se parecía demasiado al resto de sus amigos. Y así había comenzado a pasar cierto tiempo en compañía de Remus, y la certeza de lo que él era se abrió paso ante ella. Las excusas sobre sus ausencias tras la luna llena no habían logrado convencer a Lily, que esperaba el día en que él por fin se sincerara. Pero ese día parecía no llegar. De modo que una tarde como otra cualquiera durante su sexto curso, Lily decidió sentarse junto a Remus en la sala común aprovechando que él se encontraba a solas, tomó su mano por debajo de la mesa y mirándole a los ojos le dijo suavemente: "Sé lo que eres y no me importa. Somos amigos y te prometo que tu secreto está a salvo conmigo". Y como si no hubiese ocurrido nada en absoluto, Lily abrió su libro de Encantamientos y se dispuso a hacer sus deberes ante un atónito y conmovido Remus.
A partir de ese momento, él se había sentido en confianza con Lily para compartir con ella ciertos detalles: el modo en que Dumbledore había previsto todo para que él pudiera asistir a Hogwarts, y que tanto James, como Sirius y Peter estaban al corriente de su secreto. Un secreto que peligraba con salir a la luz, pues si uno prestaba la suficiente atención y era capaz de detectar las sutiles pistas, no era imposible llegar a una conclusión acertada. De hecho, así había sido como Marlene finalmente se había enterado ese mismo curso.
Pocas semanas antes de las Navidades, Marlene había acudido a ella muy seria con un mapa lunar en la mano y unas muy bien fundadas sospechas. Se había percatado de que todas las ausencias de Remus desde que había comenzado el curso habían coincidido con la luna llena, un hecho al que nunca antes había prestado atención, y a menos que ella estuviese completamente paranoica, aquello sólo podía significar una cosa. Tras asegurarse de que Marlene no había compartido con nadie más sus conjeturas, Lily rehusó aquella "idea absurda" y se escabulló en cuanto pudo para buscar a Remus y contarle lo que había ocurrido. El chico, desconsolado, le preguntó a Lily si pensaba que Marlene era una persona tolerante y de fiar, y que de serlo, no tenía por qué mentir por él. Lily le había asegurado a Remus con una sonrisa tranquilizadora que su amiga lo entendería. Y así había sido. Obviamente, la noticia había impresionado a Marlene, pero al día siguiente en clase de Pociones cuando Remus y ella se cruzaron de camino al armario de los ingredientes, ella le sonrió y él supo que todo estaba bien.
Y de ese modo, los Merodeadores habían dejado de ser los únicos que conocían el lado oculto de Remus Lupin.
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Durante el resto del día hasta el final de las clases, los chicos pudieron comprobar que la noticia de que James Potter, cazador y capitán del equipo de quidditch de Gryffindor, no jugaría el próximo partido contra Slytherin había sentado bastante mal a sus compañeros de casa. Los Merodeadores, que gozaban de cierta popularidad en el colegio, siempre habían caído muy bien en general al resto de Gryffindors. Sin embargo, en aquellos momentos James no pudo dejar de notar que varios de sus compañeros habían cambiado sus habituales saludos amables por miradas rencorosas y susurros airados. A pesar de la eterna rivalidad entre los miembros de Slytherin y Gryffindor y de que Rosier y Mulciber tenían una fama nefasta en Hogwarts, muchos alumnos no aplaudían el comportamiento de James, puesto que le había costado una suspensión. Es más, lo veían como una temeridad innecesaria teniendo el encuentro de quidditch a la vuelta de la esquina. De modo que James Potter había pasado de ser un miembro admirado de Gryffindor a ser…
-Un apestado –dijo James, desalentado-. Me he convertido en un apestado.
-No te preocupes, Cornamenta. Cuando hayamos ganado el partido, se les olvidará –intentó reconfortarlo Sirius, tras cruzarse con un grupo de alumnos de sexto que le habían lanzado miradas de desdén a James a la salida de la última clase.
-Tú lo has dicho: si ganamos el partido –replicó James con una mirada elocuente.
Y de pronto sucedió lo más insólito que podía ocurrirle a James Potter: Lily Evans se acercó y le dirigió la palabra. Y ni siquiera estaba gritando.
-¿Tienes un momento, Potter? Quería hablar contigo.
James parpadeó confuso y sintiéndose estúpido por no ser capaz de componer ni una sola palabra, asintió con la cabeza. A espaldas de Lily, Marlene y Celestina acababan de salir del aula de Encantamientos y al ver a la pelirroja entablando conversación con James, ambas decidieron quedarse en un discreto segundo plano.
-Yo me voy a cumplir el castigo –anunció Sirius apartándose el pelo de los ojos con un movimiento elegante-. ¿Te vienes McKinnon? Hemos quedado con McGonagall en el tercer piso.
Marlene emitió un sonido gutural por toda respuesta y siguió a Sirius de mala gana.
-Voy con vosotros. Tengo tutoría con McGonagall en veinte minutos –comentó Peter y echó a andar con rapidez para alcanzarlos.
-Nos vemos luego en la sala común –dijo Remus despidiéndose de Lily y James con un movimiento de cabeza y encaminándose hacia la torre.
Celestina se quedó mirando la espalda de Remus durante unos segundos hasta que éste desapareció de su vista, y entonces como si acabase de tomar una determinación, se despidió de Lily y se marchó.
Cuando tanto James como Lily se percataron de que se habían quedado solos, el ambiente se tensó más aún. Lily carraspeó incómoda y cambiando el peso de un pie a otro soltó:
-Quería decirte que sé lo que ha pasado; sé que McGonagall te ha castigado por lo que pasó con Rosier y Mulciber –Lily hizo una breve pausa. Mientras miraba los ojos castaños de James no pudo evitar escuchar en su cabeza el eco de las palabras de Celestina de la tarde anterior-. Y… Eh… Quería que supieras que ayer hablé con ella. Le dije la verdad, pero no me creyó.
-Lo cierto es que no me sorprende. No te preocupes, Lily. Está bien. Además, ya sabes que yo tengo mucha experiencia cumpliendo castigos, así que… -bromeó James con una sonrisa torcida.
-No es justo que estés castigado. Y es aún menos justo que vayas a perderte el partido contra Slytherin –Lily exhaló un sonoro suspiro-. ¿Sabes qué? Severus le dijo a McGonagall que seguramente alguien intentaría hablar con ella y convencerla de que tú eras inocente.
-Ya, bueno… Eso tampoco me sorprende.
-Voy a intentar arreglar esto.
-Lily, te lo digo en serio, no hagas nada –insistió James con suavidad.
Y Lily se perdió en sus ojos castaños, que parecían realmente sinceros. Lo parecían, pero… ¿había sido James sincero siempre? Esa era la cuestión. Lily se sentía terriblemente culpable por todos los problemas que le había ocasionado a James sin intención: los castigos con Filch, la suspensión de un partido de quidditch… Por no mencionar la animadversión que había levantado el chico entre sus compañeros de casa por haber perjudicado al equipo.
Y había algo más. Mucho más. Lily también sentía una confusión y una congoja que sabía que poco tenían que ver con la culpa. En el momento en el que se disponía a preguntarle a James el porqué de todo aquel embrollo, cuando quería escuchar de su propia boca una explicación para todo aquello, una voz grave y desagradable atravesó el corredor en el que se hallaban:
-¡Potter, ven conmigo!
Lily se giró y vio a Filch a sus espaldas, haciéndole a James un gesto con la mano.
-Tengo que irme. Nos vemos, Lily –James se recolocó la mochila sobre el hombro y pasó junto a la pelirroja, pero entonces se detuvo-. ¡Ah, se me olvidaba! Esto se te cayó en Hogsmeade. No había tenido ocasión de devolvértelo –dijo al tiempo que abría su mochila y sacaba una bolsa. Acto seguido se la extendió a Lily, que la recibió con la boca ligeramente entreabierta.
-Gracias.
Y sin más demora, James siguió a Filch escaleras abajo, mientras Lily, sin poder deshacerse del sentimiento de desazón al verle marchar, se quedaba en aquel pasillo sujetando el libro que Marlene había comprado en Hogsmeade y que ella había dado por perdido. Igual que había dado por perdido a James. Pero ¿y si…?
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Celestina llegó corriendo al retrato de la Señora Gorda y tras pasar por el hueco del mismo, le bastó tan sólo un rápido vistazo para constatar que Remus Lupin no se hallaba ya en la sala común. Chasqueó la lengua contrariada, y su mirada se desvió hacia las escaleras que conducían a los dormitorios masculinos. Sabía de sobra que tenía prohibido subir allí, pero estaba decidida y eso no la detuvo. De modo que un minuto después se encontraba de pie frente a una puerta en cuya placa podía leerse: séptimo curso. Llamó suavemente con los nudillos y esperó. Casi al instante, Remus abrió la puerta y su expresión de sorpresa fue tal que hizo que Celestina sonriera.
-Tiene gracia. Me he cruzado en las escaleras con un chico que ha puesto exactamente la misma cara.
Remus aún desconcertado, preguntó:
-Eh… ¿Qué haces aquí? Es decir, no quiero sonar grosero, es que…
-Remus, ya sé que como prefecto es tu deber, pero no me quites puntos, por favor –bromeó Celestina interrumpiéndole, aunque no estaba segura del todo sobre si Remus sería o no capaz de restarle puntos por presentarse allí-. Ahora en serio. Tengo que hablar contigo, es importante.
Lupin la dejó pasar y cerró la puerta tras ella con un gesto de extrañeza grabado en el rostro. Celestina dejó la mochila junto a uno de los baúles y entonces se giró en dirección a Remus.
-Tienes que contarme absolutamente todo lo que ha pasado con respecto a James, Lily, Bertha Jorkins y el mismísimo Dumbledore, si es que también ha tenido algo que ver en todo este enorme enredo –soltó a bocajarro la chica-. Y no te dejes ningún detalle.
Remus sonrió, complacido de que al menos Celestina estuviese dispuesta a escuchar por fin la verdadera versión de todo aquel embrollo. Consultó su reloj y respondió con sarcasmo:
-Espero que no tengas nada que hacer, porque esto va a llevarme un buen rato.
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Entretanto, Sirius y Marlene ya se habían puesto manos a la obra. Cuando ambos llegaron al tercer piso con Peter, la profesora McGonagall se encontraba allí esperándolos fuera de los aseos que debían limpiar. Les dio unas cuantas instrucciones, les señaló una cubeta llena de trapos, productos de limpieza y demás enseres y les confisco las varitas para asegurarse de que hacían todo el trabajo sin magia. Antes de que la profesora se fuera con Peter en dirección a su despacho les informó de que regresaría en dos horas.
Más de una hora después, Marlene seguía rascando la suciedad de uno de los inodoros. Los aseos estaban temporalmente fuera de servicio porque alguien había considerado graciosísimo hacer estallar unas cuantas bengalas en varios retretes, provocando que… en fin… provocando algo realmente repugnante, además de unos destrozos descomunales. Las puertas estaban hechas trizas, aquellas en las que Marlene recordaba haber visto unas pintadas de lo más ofensivas referidas a Lily. Al menos ya no estaban allí… Otra parte positiva era que podían usar guantes. Lo peor era que tenía que aguantar a Sirius Black (si es que había algo peor que aquel olor nauseabundo que les provocaba arcadas de tanto en tanto). Desde que habían comenzado con la limpieza, Sirius apenas se había callado. No hacía más que hablar y hablar... Y en una ocasión a Marlene le había parecido que le había guiñado un ojo, aunque a lo mejor era sólo un tic producido por aquel hedor…
Cuando Sirius le estaba contando una anécdota en la que estaban involucrados James, él mismo, su motocicleta y unos chicos muggles, Marlene, hastiada de aquel incesante parloteo, le cortó sin miramientos:
-¡Black, ya está bien! ¡Toma aire al menos! ¿Qué te parece si acabamos con esto en silencio? Pfff…. De verdad, no sé cómo te aguantan en tu casa…
Sirius se encogió de hombros y comentó despreocupadamente:
-No lo hacen, por eso me fui.
Estaba claro que Sirius había soltado aquello sin pensar, como casi la mitad de las cosas que decía. Marlene, que continuaba atareada en uno de los cubículos inclinada sobre el retrete, giró la cabeza tan rápido en dirección a Sirius que sintió un latigazo en el cuello.
-Perdona, ¿qué?
Sirius, que frotaba con un cepillo una mancha inmensa de dudosa precedencia en el suelo, levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Marlene. Dudó un instante, hasta que dijo con una voz carente de cualquier emoción:
-Me fui de casa con 16 años. Fue durante el verano, pocas semanas antes de empezar el sexto curso. Vivo en casa de James desde entonces -explicó como si tal cosa, tras lo cual siguió con su labor.
Durante una fracción de segundo Marlene pensó que debía de estar tomándole el pelo, pero al momento siguiente vio algo en su expresión, no supo el qué, que le hizo saber que hablaba completamente en serio. Daba la impresión de que Sirius trataba de restarle importancia y Marlene no supo si realmente era así, en parte porque apenas le conocía en realidad, y en parte porque su expresión era impenetrable.
Sirius se dio cuenta de que Marlene no había dejado de mirarle fijamente, puesto que había abandonado la tarea de frotar con insistencia el inodoro y su brazo colgaba inerte con el cepillo en la mano.
-¿Qué?
Marlene boqueó como un pez fuera del agua. Por primera en su vida no sabía qué contestarle a Sirius Black. Él pareció leerle el pensamiento.
-No tienes que decir nada. Tú sabes quién es mi familia, sabes cómo piensan. Conoces a Regulus y durante todos estos años ya has visto con qué tipo de personas se relaciona. Yo no soy igual que ellos –dijo Sirius con aspereza-. Era algo que a la larga tenía que pasar. Ellos han elegido su camino y yo el mío.
Sirius volvió a concentrarse en aquella mancha tan persistente y Marlene también continuó con su tarea, aunque de manera distraída. Llevaba casi siete años estudiando con Sirius y jamás se había parado a pensar en su vida fuera de Hogwarts. La verdad era que pasaban tantísimo tiempo al año en aquel castillo que a veces parecía que la vida fuera de aquellos muros no existiera. Sabía de sobra qué clase de familia era la de Sirius: un linaje de sangre pura que abogaba por mantener esa misma pureza en la comunidad mágica. Y también sabía de buena tinta que, pese a ser un Black, Sirius no compartía esos ideales. Sin embargo, nunca se había parado a pensar en la clase de vida que debía de haber llevado, habiendo crecido en una casa que se regía bajo unos valores que él rechazaba y odiaba, y tampoco se había preguntado qué clase de relación debía de mantener Sirius con su familia, ni los problemas que pudieran provocarle sus diferencias.
Marlene reconoció para sus adentros, avergonzada, que siempre había visto a Sirius como un chico pagado de sí mismo, rebelde, gamberro y despreocupado. Nada más. No obstante, Remus, que era el único de los Merodeadores con el que Marlene pensaba que se podía hablar con normalidad, siempre había defendido su postura de que Sirius era un gran amigo, leal a rabiar, y que había mucho más que descubrir de él bajo aquella fachada. Marlene tuvo que admitir que para hacer lo que había hecho Sirius, uno tenía que ser muy valiente. Y Potter lo había acogido en su casa…
-Así que… ¿Desde entonces pasas todas las vacaciones en casa de Potter? –preguntó Marlene, que por primera vez desde que había comenzado aquel castigo participó activamente en la conversación.
-Sí. La verdad es que los Potter se han portado de maravilla conmigo. Volveremos en vacaciones de Pascua, y esa será la última vez que me quedé allí. No quiero abusar de su hospitalidad… Después de acabar el colegio me gustaría vivir por mí cuenta, ya sabes, alquilar un apartamento o algo así.
Antes de que a Marlene le diera tiempo de añadir algo, la profesora McGonagall apareció en la puerta de los aseos e inspeccionó la sala con ojo crítico:
-Bien, ya pueden marcharse. Mañana aquí a la misma hora.
Asqueados y oliendo ligeramente a desinfectante, Sirius y Marlene se pusieron en pie, se quitaron los guantes y alcanzaron las varitas que la profesora les tendía.
Fuera de los servicios, apoyado contra la pared de enfrente, Laurie Daniels esperaba a Marlene, que esbozó una sonrisa al verle. Sirius sabía que tres eran multitud, así que se despidió de ellos y se dirigió a la sala común. Y nada podía haberle preparado para lo que se encontró cuando abrió la puerta de su dormitorio. La escena en cuestión podía describirse de la siguiente manera: Remus estaba sentado encima del escritorio con las piernas colgando y una sonrisa torcida en los labios, pero lo verdaderamente anómalo en aquel escenario era Celestina (¿Celestina Warbeck en el dormitorio de los chicos?), que estaba sentada en la cama de Sirius (¡en su cama!), agarrada al poste de ésta con una mano y desternillándose de risa sin poder parar, tanto que incluso un par de lágrimas le caían por las mejillas.
-¿Interrumpo algo? –preguntó Sirius, que se apresuró a cerrar la puerta de la habitación para evitar ojos curiosos.
Cuando Celestina vio a Sirius allí plantado, el ataque de risa se intensificó aún más, provocando que la chica se balanceara hacia atrás y hacia adelante, como una desquiciada. Sirius miró a Remus inquisitivamente, pero éste sólo se encogió de hombros ensanchando su sonrisa todavía más.
-¿Se puede saber qué pasa? –preguntó Sirius con el ceño fruncido sin entender nada.
-Verás… yo estaba solo en la habitación, y de repente Celestina se ha presentado en la puerta pidiéndome que le contara lo que realmente ha estado pasando entre James y Lily –contestó Remus, con la risa de Tina de fondo, que remitía poco a poco-. Absolutamente todo. Desde que se extendió el rumor hasta hoy.
Sirius enarcó las cejas, sorprendido por el repentino interés de la chica por conocer su versión de los hechos, es decir, la verdadera versión de los hechos. Celestina, que por fin había dejado de reír, se secaba las lágrimas con las yemas de los dedos, con una sonrisa en la cara.
-Vale, pero ¿de qué se ríe?
Remus le lanzó a Sirius una mirada de lástima.
-De lo tuyo con Bertha.
Y las carcajadas volvieron a empezar. A Sirius le cambió la cara radicalmente y mientras apuntaba a Celestina con su dedo índice y le lanzaba una mirada asesina, le espetó:
-¡No tiene gracia!
Celestina, que no podía hablar, y de hecho apenas podía respirar, asentía con la cabeza repetidas veces mientras reía. Sirius decidió cambiar el tema de conversación por otro más interesante y menos traumático:
-¿Y a qué se debe este interés ahora?
Celestina continuaba con la risa floja y a Sirius ya le estaba poniendo de los nervios.
-Nada, tú no te agobies, cuando puedas –dijo Sirius con sarcasmo cruzándose de brazos. Desvió la vista hacia Remus, que se notaba de lejos que estaba aguantándose la risa. Menudo amigo…
Celestina por fin paró de reír, carraspeó y dijo:
-Había algo raro en todo esto. Algo que no terminaba de encajar. No me convenció lo que dijo Bertha: que James había sido capaz de ir contando por ahí que él y Lily habían tenido un idilio en el armario de las escobas…
-Uy, un idilio, qué fina…
Celestina ignoró a Sirius y continuó:
-Y lo que dijo después sobre que James le había confesado que era todo mentira… Bueno, eso sí que no tenía ningún sentido.
-Ya te he dicho que le pedimos que dijera la verdad –dijo Remus-. Le explicamos que había sido todo un malentendido, pero no hubo manera de convencerla de que lo hiciera… Así que al final James aceptó que le dejara a él a la altura del barro, siempre y cuando dejara a Lily en buen lugar.
-Qué mono… -la expresión de Celestina era de total ternura. Entonces cambió a otra de desagrado-. Y Bertha qué asquerosa…
-Pues sí –corroboró Sirius-. Doy fe de ello. Ya sabíamos que muy brillante no era, habiendo repetido curso dos veces… Pero es que encima es más mala que un dolor, la muy…
Sirius soltó una palabrota bastante malsonante que hizo que Celestina ahogara una exclamación, escandalizada.
-Entonces… ¿Vas a hablar con Lily? –le preguntó Remus a Tina.
-Sí, claro, Lily tiene que saber la verdad. Sólo tengo que encontrar el momento oportuno.
-Y rezarle a Merlín –añadió Sirius.
Celestina compuso un gesto de comprensión y replicó:
-Ya sé lo que piensas: Lily tiene mucho carácter. Pero es razonable, créeme.
-Que tenga carácter no es tu principal problema. La cuestión es que ahora mismo no soporta a James –comentó Sirius-. ¿Por qué piensas que va a creerte, más aún si le dices que todo te lo ha contado Remus, que es amigo de James?
Celestina frunció los labios y negando con la cabeza le lanzó una mirada condescendiente a Sirius, como si hubiese algo que él no había comprendido todavía.
-Eso de que Lily no soporta a James… Permíteme que lo dude. Lo que pasa es que está dolida. James y ella ya empezaban a ser buenos amigos justo cuando empezó todo este lío. Se ha sentido traicionada. Lo que contó esa idiota de Jorkins fue muy desagradable. Lily no sabe qué es verdad y qué es mentira, no sabe si puede confiar en James… Está muy confundida –terminó Celestina. No pensaba contarles que además estaba segura de que Lily sentía algo por James, eso no le correspondía a ella.
Sirius resopló con escepticismo y dijo:
-De todos modos, lo tienes difícil. Mucha suerte.
-En fin… -murmuró Celestina levantándose de la cama en la que había estado sentada y recogiendo su mochila del suelo-. Será mejor que me vaya –entonces se dirigió hacia Sirius-. Y… Por cierto, James puede estar seguro de que eres un buen amigo –Celestina le dio unas palmaditas en el hombro, pasó por su lado y salió del dormitorio riéndose por lo bajo.
Sirius apretó la mandíbula y miro con odio a Remus.
-Borra ahora mismo esa sonrisa estúpida de tu cara.
Lupin saltó del escritorio con gracia y sin poder dejar de sonreír le dijo a Sirius:
-Venga, no te enfades. Vamos a ver si Filch ha dejado libre a James.
-Y si no, podemos prender unos petardos para distraerle.
-No, que luego le toca a James limpiarlo.
Mientras Remus y Sirius discutían sobre qué medidas podían tomar para rescatar a su amigo de las garras del conserje, cruzaron la sala común y el retrato de la Señora Gorda. Antes de llegar al final del corredor, vieron cómo James se acercaba a ellos con paso rápido.
-Hey, íbamos a buscarte –dijo Sirius y consulto su reloj-. Hoy te ha soltado mucho antes.
-Es que McGonagall ha hablado con Filch. Le ha dicho que no puede tenerme castigado todos los días hasta las tantas, que es un abuso…
-Estará contento el hombre entonces… -comentó Sirius con sarcasmo.
-Sí, tan contento que me ha ordenado limpiar un montón de recipientes con ingredientes para pociones caducados… Slughorn debería revisar más a menudo lo que guarda en los armarios de las mazmorras, porque, en serio, había cosas tan podridas que no sé ni lo que eran… -James se pasó una mano por la cara con gesto estresado-. Necesito un respiro, menos mal que mañana es luna llena…
-Exacto. Un poco de acción es lo que nos hace falta a todos, ¿verdad, Lunático? –dijo Sirius con un tono de voz entusiasta-. Cuando nos reunamos mañana por la noche en la Casa de los Gritos ya veréis cómo…
-¡¿Es que estáis locos?!
Aquel susurro exaltado hizo que los tres chicos pegaran un brinco y que el corazón casi se les saliera del pecho. Lily había salido de detrás de la armadura que había justo al lado del tramo de escaleras. Y no estaba sola. Marlene iba con ella.
La expresión en el rostro de Lily era de horror, sus ojos verdes exageradamente abiertos y brillando de puro miedo. Marlene, a su lado, estaba pálida y pasmada por completo.
-Es broma, decidme que es broma –rogó Lily con un tono de voz que rayaba la desesperación.
Los chicos se miraron entre sí, maldiciéndose en silencio por haber mantenido esa conversación de manera tan despreocupada en el corredor y sin haber advertido la presencia de las chicas.
-¿Ahora te dedicas a escuchar a escondidas como una vieja chismosa?
James le dio un manotazo a Sirius en el brazo para que se callase, aunque era difícil empeorar aquella situación todavía más.
-No puedo creerlo… ¡Habéis perdido por completo la cabeza! –exclamó Lily angustiada. Marlene parecía incapaz de articular palabra.
-Lily, tranquilízate, no es… bueno, no es exactamente lo que parece –dijo James extendiendo las manos en su dirección en un gesto que pedía calma.
-No podéis acompañar a un… -Lily miró a su alrededor para comprobar que efectivamente seguían solos en el corredor-. No podéis acompañar a un hombre lobo en luna llena –apenas susurró-. ¡Intentaría atacaros, por Merlín! No es dueño de sus actos y lo sabéis muy bien. ¡Por favor, Remus, di algo!
Lily observaba a Lupin con gesto suplicante, sin entender cómo podía estar considerando la posibilidad de que sus amigos lo acompañaran en semejante situación.
Remus se sentía avergonzado y le estaba costando una barbaridad sostenerle la mirada a Lily. Entonces contempló a James y a Sirius con gesto derrotado y dijo:
-Creo que tenemos que contarles la verdad; me refiero a toda la verdad, para que puedan entenderlo.
James asintió y Sirius resopló con hastío antes de decir:
-Vale, pero aquí no. Ya hemos comprobado que cualquiera puede oírnos.
Y encabezando al grupo, Sirius recorrió a grandes zancadas el pasillo en busca de una clase vacía. Cuando todos estuvieron dentro del aula, James cerró la puerta y con un toque de varita se aseguró de que sus voces no pudieran escucharse en el pasillo.
-¿Qué está pasando?
Eran las primeras palabras que salían de la boca de Marlene, que seguía pálida como la cera.
-Bien… Vale… Esto… -fue James quien tomó la palabra, y mirando a sus dos amigos, decidió que lo mejor era ser directo-. Somos animagos y las noches de luna llena acompañamos a Remus en su transformación, porque bajo la forma de un animal él no nos ataca.
Lily y Marlene se quedaron como si les hubieran dado con una maza en la cabeza: aturdidas, confusas y con una expresión desorientada en la mirada.
-¿Qué? –atinó a murmurar Lily.
Remus miró a James y a Sirius y ladeó la cabeza como dando a entender que le dieran a él la oportunidad de explicarlo.
-Empezaré por el principio. Todo comenzó hace dos años…
-¡¿Dos años?! –exclamó Lily al borde de un ataque de nervios, interrumpiendo a Remus-. ¿Qué quieres decir exactamente con…?
-Lily, por favor, escúchame y no me interrumpas. Cuando acabe puedes hacer todas las preguntas que quieras. Como iba diciendo –continuó Remus, a quien se le veía nervioso-, hace dos años, cuando estábamos en quinto curso, James, Sirius y Peter consiguieron por fin, tras muchos esfuerzos, convertirse en animagos.
-¿Pettigrew también? –pregunto Marlene sin poder contenerse, con una expresión de incredulidad en el rostro, como si la sola idea de que Peter fuera capaz de semejante hazaña fuera impensable. Remus le dirigió una mirada exasperada-. Lo siento. Continúa –murmuró azorada.
-Cuando nos conocimos en Hogwarts, yo no me atreví a confesarles lo que realmente era por miedo a que dejaran de ser mis amigos. Pero acabaron descubriéndolo, igual que vosotras. Y en lugar de apartarme, decidieron acompañarme en mis trasformaciones. Les costó tres años conseguir convertirse en animagos, y cuando por fin lo lograron en quinto curso, empezaron a acompañarme en las noches de luna llena. Cuando estoy con ellos, siento que soy… más humano y menos peligroso, y como ha dicho James, bajo una forma animal no corren peligro porque, como ya sabéis, los hombres lobo sólo atacan a las personas.
Aquella confesión fue recibida con un silencio aplastante que se hizo eterno. Los cinco se miraban unos a otros intermitentemente, ellos expectantes y ellas conmocionadas. Fue Marlene quien rompió el silencio:
-A ver si lo he entendido: sois animagos ilegales y una vez al mes desde hace dos años os reunís con un hombre lobo adulto en plena transformación para pasar la noche con él.
James, Sirius y Remus asintieron al mismo tiempo en silencio.
-Ya. Y lo habéis mantenido en secreto hasta ahora.
Los chicos volvieron a asentir.
-Es decir, que obviamente Dumbledore no sospecha nada de todo esto.
Y de nuevo asintieron por tercera vez consecutiva. Parecía que los tres compartían el mismo tic nervioso.
-Ah. Vale. Pues todo claro entonces –dijo Marlene de manera mordaz-. Estáis completamente chiflados…
Al contrario que Marlene, Lily había enmudecido. Observaba a Remus dividida entre la incredulidad, el miedo y la tristeza. Aquella historia parecía pura ciencia ficción, y sin embargo, no dudo ni un instante de su veracidad, pues la cara de Remus era como un libro abierto en aquellos momentos: podía leer en sus rasgos la ansiedad y el remordimiento. Lily trató de imaginarse a James, Sirius y Peter acompañando a un hombre lobo en plena luna llena y le resultó, como poco, aterrador; incluso aun siendo animagos, se le encogía el estómago sólo de pensarlo. Pero después ese miedo dejaba paso al abatimiento, pues sabía bien que Remus vivía mortificado por su condición, acomplejado por la imagen que la comunidad mágica tenía de los licántropos, a pesar de que ni era culpa suya, ni aquello lo hacía valer menos como persona.
-No vais a delatarnos, ¿verdad? –preguntó James con cautela y una mirada casi suplicante.
Lily negó con la cabeza y Marlene contestó con firmeza:
-Claro que no –a continuación frunció el ceño y ladeó la cabeza, pensativa-. Por cierto, ¿en qué animales os convertís?
-Peter es una rata, James un ciervo y yo un perro.
-Eso tengo que verlo –replico Marlene con la curiosidad impregnando cada sílaba y los ojos bien abiertos.
Sirius soltó una carcajada y preguntó con una sonrisa torcida:
-¿Ahora?
-Esto no es para tomárselo a broma –dijo Lily muy seria, tomando parte en la conversación por primera vez desde que habían entrado en aquella aula-. Lo que hacéis es muy peligroso, ¿y si…?
-Evans, ya te lo hemos dicho: llevamos dos años pasando la luna llena con Remus, y nunca ha ocurrido nada –dijo Sirius con toda tranquilidad.
Lily se mordió el labio inferior, preocupada. Por muy seguro que se mostrara Sirius, eso no significaba que no pudiese ocurrir un accidente. Cuando su mirada se cruzó con la de James, sintió un nudo en el estómago; mañana por la noche él estaría paseándose por la Casa de los Gritos con un hombre lobo… Aquello era demencial se mirase por donde se mirase…
-Por favor, no lo hagáis –les pidió Lily con un deje de angustia en la voz.
James se vio incapaz de sostenerle la mirada y se removió incómodo en su sitio.
-Mira, Evans, no te ofendas, pero esto no es asunto tuyo –respondió Sirius sin brusquedad, pero inflexible-. Os agradecemos que vayáis a guardar nuestro secreto. Y ahora, si nos disculpáis, tenemos que irnos.
Sirius les hizo un gesto con la cabeza a Remus y a James y los tres se encaminaron hacia la salida antes de que ninguna de las chicas pudiera oponerse.
Cuando la puerta se hubo cerrado de nuevo tras la espalda de Remus, Marlene y Lily se miraron entre sí.
-¡Por los calzones de Merlín! ¿Puedes creer lo que acaba de pasar? –exclamó Marlene con las cejas enarcadas-. Esto es de locos…
Lily se pasó una mano por su melena pelirroja con nerviosismo.
-Jamás en toda mi vida podría haber imaginado algo como esto… Y no hay manera de impedirles que lo hagan…
-Pobre Remus… Tiene que ser muy duro pasar por algo así…
Lily asintió apenada.
-0o0o0o0o0o0o0-
Tras salir de la clase, Sirius, James y Remus avanzaron deprisa por el corredor.
-Vamos a buscar a Peter –dijo Sirius-. Propongo que hoy cenemos en las cocinas, así evitamos cruzarnos por ahora con Evans y McKinnon en el Gran Comedor. Esta noche no quiero un sermón sobre lo irresponsables que somos y blablablá…
James se encogió de hombros, conforme, pero Remus no dijo absolutamente nada, parecía estar absorto en sus propios pensamientos. Antes de que hubiesen llegado al piso inferior, dijo apesadumbrado:
-Tienen razón. Es una locura. No deberíamos volver a hacerlo.
James y Sirius intercambiaron una mirada y éste último resopló sonoramente.
-No les hagas caso, Lunático. ¿Es que alguna vez ha pasado algo? –inquirió Sirius.
-No, pero…
-Pues ya está –zanjó Sirius con prontitud-. Tenemos totalmente controlada la situación, así que no te agobies.
-Sirius tiene razón, Remus, no somos nuevos en esto –añadió James-. No le des más vueltas, ¿vale?
Sirius y James conocían muy poco a Remus si pensaban realmente que no pensaba darle vueltas a aquel asunto.
¿Y bien? ¿Qué os ha parecido?
Próximo capítulo: "Día en vilo, noche en vela"
¡Un beso a todos!
