Disclaimer: la historia y los personajes no son míos, ambos pertenecen a Julia James y Stephenie Meyer respectivamente.

Capítulo 6

Me quede sentada a la mesa, muy erguida. Toda la magia de la velada había desaparecido.

No había pensado que fuera a ser de aquella manera, tan brutal.

Pero, esbozando una mueca, me di cuenta de que en realidad no había pensado en absoluto. No había pensado en cómo podría haber acabado la velada porque… no había querido que acabase.

Aquella cena había sido un momento mágico, una excepción a la rutina de mi vida, un regalo que tras de sí sólo dejaría recuerdos.

Sentí un nudo en la garganta. Había sabido que la velada terminaría, pero no de aquella manera. El se había comportado de una manera grosera al soltarme la mano como si fuera carne podrida.

Parpadeé al sentir lágrimas amenazando mis ojos. Estaba furiosa conmigo misma.

El me había invitado a cenar, pero obviamente había tenido mucho más en mente que eso… y no le había gustado que lo rechazara; había herido su ego.

Pero durante toda la velada él había sido maravilloso, atento, amable, gracioso… había sido el perfecto acompañante. Razón por la cual no comprendía la brusquedad con la que se había marchado.

Me levante de la silla y suspire levemente. Salí del restaurante a continuación con la cabeza muy alta.

Necesitaba cambiarme de ropa. Había dejado mi ropa en una bolsa en el servicio de señoritas; sabía que todavía estaría húmeda, pero no importaba. Lo que importaba era salir de allí. Si la boutique estaba cerrada, le dejaría el vestido y los zapatos metidos en una bolsa al conserje para que se los diera a Edward Cullen. Lo que él hiciera con ello no me importaba…

—Bella…

Al oír mi nombre me detuve en seco y me gire para mirar. Edward se estaba acercando a mí apresuradamente. Comencé a andar de nuevo… tenía que llegar al lavabo. Allí estaría segura. Segura de Edward Cullen.

Logre llegar sin que él me alcanzara, pero al entrar comencé a temblar. Me metí en uno de los aseos y cerré la puerta. Me dije a mi misma que era una hipócrita. En realidad, habría dicho que sí a la oferta de él de que pasaran la noche juntos.

Si hubiera podido, habría dicho que sí.

Cerré los ojos, hundiendo la cabeza entre mis manos. Lo habría hecho. Habría dejado que él me tomara de la mano, que me tomara en brazos, que poseyera mi cuerpo…

Durante el tiempo que él quisiera. Durante una hora, durante una noche… durante el tiempo que él me deseara.

Aquél era el poder que él ejercía sobre mí, un poder imparable, inevitable. El poder de una emoción que yo no había sentido antes, pero que en aquel momento sentía más intensamente, más sobrecogedoramente de lo que sabía que jamás sentiría por un hombre.

Era el poder del deseo.

Se me ensombrecieron los ojos y levante la cabeza de mis manos.

Era un deseo que nunca podría satisfacer.

Era imposible. En mi situación, no podía decir lo que había querido decir… que sí.

Pero, en realidad, era mejor que las cosas hubiesen transcurrido como habían hecho ya que, de aquella manera, al haberme negado, había descubierto un aspecto de Edward Cullen que él había estado escondiendo toda la noche, desde que había negado sus intenciones al haber comprado mi tiempo al casino.

Lo único que había querido él había sido llevarme a la cama y, cuando no había podido, se había vuelto desagradable.

Me dije que tenía que cambiarme de ropa y salir de aquel lugar, tenía que regresar a mi casa, a mi vida. Tome mi ropa y note que los pantalones vaqueros todavía estaban húmedos, pero mi chaqueta me mantendría caliente. Además, el autobús todavía funcionaba a aquella hora de la noche, por lo que lo tomaría y viajaría en un ambiente más cálido. Iba a regresar directamente a mi casa.

Cuando finalmente salí del cuarto de baño me dirigí a la recepción del hotel, mirando con cautela a mí alrededor. Pero no había rastro de él. Pensé que se había marchado.

—Son para Edward Cullen —le dije al conserje—. No sé en qué habitación está hospedado.

—Desde luego, señorita —dijo el hombre, tomando las bolsas.

Le di las gracias asintiendo con la cabeza y me dirigí a la salida, donde había taxis y coches esperando. Me pregunte si el chófer de Edward Cullen estaría todavía esperando por mí. Pero no me importaba ya que, de todas maneras, no me iba a montar. Había una parada de autobús muy cerca y ya no llovía. Eso sí, hacía frío. Lo único que quería era marcharme a mi casa.

Entonces, al mirar a mí alrededor, vi a Edward Cullen… esperándome.

Se acercó a mí, y trate de esquivarlo. Pero él me bloqueó el paso, agarrándome de los codos.

—Bella… por favor. Permíteme que me disculpe.

Me quede mirándolo.

—Me he comportado como un bruto. Como un zopenco. Y lo siento… de verdad.

No sabía cómo lo hizo, pero me guió hacia un extremo de la entrada del hotel, donde no había gente ni coches.

Me miró a los ojos y pude ver reflejada en los de él una expresión que no había visto antes, una expresión que le hacía parecer diferente. Me dio un vuelco el corazón.

—Lo siento de verdad —se disculpó él de nuevo—. Si hay alguien en tu vida, lo comprendo. Y te respeto por haber sido sincera conmigo… y siento, sinceramente, haberte puesto en esta situación desde el principio. Siento haberte hecho sentir que o aceptabas mi invitación o ponías en riesgo tu trabajo… aunque es un trabajo que desearía que no hicieras.

Entonces respiró profundamente.

—Te dije que sólo te iba a invitar a cenar y te doy mi palabra de que era lo que pretendía. Nada más. Pero… —volvió a respirar profundamente—. Cuando te vi, vestida como tu belleza se merece, me quedé impresionado. No tengo otra excusa. Y pensé… pensé que tú estabas respondiendo de la misma manera. Fue por eso por lo que te hice la invitación. No pretendía insultarte.

Sin que yo me diera cuenta comenzó a acercarme a él.

—Eres tan bella… —dijo—. Incluso ahora, sabiendo como sé que no estás libre, deseo… sólo esta vez. Por favor, permíteme… es todo lo que puedo tener de ti.

Entonces bajó la cabeza hacia mí.

Me besó. Un beso que supo a gloria. Suave, exquisito, insistente… me deje llevar, me entregue a la magia de sus labios, elevándome a un paraíso que no hasta ahora no sabía que existía.

Pero en ese momento, él se apartó de mí, soltándome.

—Adiós —dijo suavemente, marchándose.

Espero les haya gustado

Saludos

Maby