CAPÍTULO VI

Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan.

OSCAR WILDE

Papá… –susurró Alec sosteniendo el cuerpo de su padre entre sus brazos. Por primera vez en toda su vida veía a su padre como un ser débil. No tenía su expresión fiera, sus ojos oscuros reflejaban dolor y pánico.

Alec, no te pongas triste. Tengo que decirte algo –dijo Robert, con la voz más clara y firme que logró poner–. He disfrutado de una larga y feliz vida, y sé que habría sido más feliz si hubiera querido… Tú, Isabelle y Max sois lo mejor que he tenido en mi vida. A Max lo perdimos sin poder hacer nada, pero a ti te perdí por mi estúpido orgullo de Lightwood –tosió–. Quiero pedirte perdón, hijo, por haberme comportado así contigo. Tú siempre quisiste agradarme… –se quedó callado por unos segundos– y quiero decirte que lo has hecho, has sido fuerte y te has mantenido fiel a quien querías… Quiero decirte que te mereces toda la felicidad del mundo, ¿me has entendido? Y que en cuanto termine la batalla vayas con ese br… con Magnus Bane y seas feliz con él. Eso es lo que debes hacer –asintió débilmente–. Diles a Isabelle y a tu madre que las quiero. Y dile a tu madre que… que sé que no me puede perdonar por lo que le he hecho, pero que debe saber que lo siento, que siempre la quise aunque no del modo en que lo debería haber hecho.

Robert nunca había sido un hombre de discursos, y mucho menos discursos emotivos. Jamás le había hablado a Alec así, y éste no pudo hacer otra cosa que escucharle atentamente, como al fin y al cabo siempre había hecho, mientras dos lagrimones recorrían lentamente y en silencio su cara.

Perdóname hijo –le recordó su padre–. Perdóname si puedes.

Te perdono, te perdono, te perdono –repitió Alec rápidamente, pero de corazón.

Ave atque vale, hijo –susurró, ya con un débil hilo de voz.

Ave atque vale, papá.

Alec no dejó de mirar a los ojos a su padre, y vio cómo su vida se apagaba. Jamás había visto aquello, y sintió que su corazón se encogía. Al fin y al cabo, era su padre, a pesar de todo. Jamás lo dejaría de querer. Y sabía que jamás olvidaría aquel momento, el que fue su último momento a su lado.

Alec se giró en la cama para intentar que su mente borrara aquellos pensamientos. Los últimos momentos de la vida de su padre le habían perseguido una y otra vez durante los últimos veinticinco años.

–¿Estás despierto, Alec? –murmuró Godfrey, que yacía a su lado.

Alec se giró para mirarle a los ojos.

–Perdona, ¿te he despertado?

–En absoluto –Godfrey negó con la cabeza–. No podía dormir, me rondaba por la cabeza algo…

Alec se planteó decirle que a él también, pero no le apetecía hablar con Godfrey de la muerte de su padre. Durante todos esos días los dos habían intimado, Alec le había confesado que sus padres y su hermano menor estaban muertos. Pero no le había contado nada más. No quería mentirle sobre el tema, y sabía que la verdad sería muy difícil de explicar. Así que en lugar de eso, le preguntó:

–¿Y qué es lo que no te deja dormir?

Godfrey suspiró. Apartó su mirada de Alec y pasó a mirar hacia el techo.

–Nos quedan siete días antes de que vuelva a Hong Kong. Siete días para decirte adiós. Alec yo… –Godfrey notó que Alec se removía en la cama, parecía que se iba a levantar. A toda prisa, extendió su brazo para coger el de Alec– Por favor, escúchame.

–Te estoy escuchando –le respondió Alec, con el tono más neutro que pudo poner.

–Alec, durante estas tres semanas, me he dado cuenta de que eres especial –le miró a los ojos–. Me gustas mucho más de lo que me esperaba que me ibas a gustar. Me gustas mucho más de lo que deberías. He notado que yo te gusto a ti también –al ver la expresión de Alec, añadió–. Y no me digas que me lo estoy inventando. No creo que hagas lo mismo que has hecho conmigo con todos tus amantes. Tú mismo me lo dijiste.

Alec asintió lentamente.

–¿Qué es lo que quieres decirme?

–No te pido compromiso. Lo único que quiero saber es que, si volviera aquí, ya fuera por trabajo o por tiempo libre, tú estarías dispuesto a volver a verme.

Alec se soltó del brazo de Godfrey y se levantó. Caminó hasta el enorme ventanal de la habitación y se quedó mirando, una vez más, hacia el cielo estrellado.

Sabía que era una estupidez decirle que no. Realmente le gustaba Godfrey. Era tierno, atento, inteligente, divertido, carismático… la lista de pros no dejaba de subir. Pero había un enorme contra grabado a fuego en él. Y no, no era que no fuera Magnus. Godfrey era mortal, una barrera imposible de franquear. Si le decía que sí estaba aceptando verle todas las veces que Godfrey acudiera a la ciudad, que eran muchas, pues Londres era el principal destino de su compañía. Eso implicaría verle envejecer, mientras él seguía estancado. Aquello era algo que Alec no era capaz de vivir.

Pero claro, eso era si las cosas les iban bien y su relación duraba durante muchos años. ¿Cuáles eran las posibilidades de ello? Sabía que eran muy pocas. ¿Entonces? ¿Cuál es el problema? Estaba claro. Magnus–ojos–de–gato–sexyhermoso–sin–ombligo–sin–complejos–descarado–y–pode roso–Bane. ¿A quién quería engañar? Él había sido el problema de que sus relaciones no prosperaran…

–Siempre tan enigmático, siempre tan triste… A veces cuando te miro y tú no te das cuenta de que te estoy observando soy capaz de ver un poco tu interior. Te crees tan solo como la luna. Hermoso e inalcanzable. Pero no, Alec. Tú no tienes por qué estar solo –Godfrey susurró a sus espaldas.

Alec se giró y miró a Godfrey. Su rostro bañado por la luz de la luna era auténticamente hermoso. Y después, se lanzó a besarlo. Un beso largo y cargado de pasión.

Seré fuerte, papá. Aunque no sea con Magnus, intentaré ser fuerte, se dijo mientras se tumbaba con Godfrey en la cama.


¡Capítulo extra! Es corto, pero han sido dos en el mismo día. Tenía la muerte de Robert escrita, como ya os dije, y no sabía muy bien cómo meterla. Ya me diréis qué opináis.

AVE ATQUE VALE!