Bloque III: capítulo 2
El Señor Oscuro estaba contento. Muchos rebeldes de notoriedad estaban muertos, incluida gran parte de la familia política de los Weasley (encontraron a Fleur Delacour-Weasley, por lo visto). Por fin todos los estúpidos que pese a los largos años transcurridos todavía sentían que le debían algo a esa familia de traidores no tenían a nadie a quien seguir, pues Potter ya llevaba casi un año desaparecido de la faz de la tierra y se sospechaba que estaba muerto. Con un poco de suerte Ronald Weasley, quien era ahora mismo la cabeza visible de los Rebeldes, sería el siguiente.
-Ven aquí, señorita Malfoy. ¿A cuántas de esas basuras hemos matado hoy?
Meissa respondió con una voz plana y carente de emoción. El Señor Oscuro se rio. Al mismo tiempo, Meissa sintió la mirada insistente de su primo en su nuca, quien debía estar preguntándose cómo había podido volver tan rápido. ¿Cómo había dado con un rebelde que se hiciera cargo del bebe en menos de treinta minutos y le había dado tiempo a venir a la reunión que había convocado el Señor Oscuro? ¿O a alguien que no fuera un rebelde pero que estuviera dispuesto a ayudar? Draco debía estar pensando que había matado a la niña después de todo, a pesar de que ese pensamiento no casara en absoluto con su personalidad.
El Señor Oscuro torturó a uno de sus mortífagos esa noche, solo para no perder la costumbre. Soltó una carcajada cada vez que acertó a su objetivo… que básicamente fue siempre porque el mortífago escogido no se atrevió a moverse. Pólux Rookwood permaneció al lado de su señor, riéndose junto con él.
-.-.-
Draco tocó distraídamente con sus dedos las letras cosidas a mano mientras apretaba la pequeña manta infantil. Era el nombre que Granger le había dado a su hija.
Rose Ginevra Granger.
Rose, como su abuela materna. La mujer que había fallecido durante el verano antes de su sexto año. La misma cuyo nombre Granger tenía tatuado en la cadera.
-La has traído a tu casa –dijo Draco con voz plana-.
Meissa se paseó por delante de la chimenea, de derecha a izquierda y vuelta a empezar. Asintió sin palabras.
-La has traído a tu casa –repitió él-. A la hija de los dos Rebeldes más buscados de Gran Bretaña. ¿Por qué?
-Por ti –susurró su prima-.
-Meissa. Meissa, el Señor Oscuro acaba de orquestar una redada contra numerosas familias de Rebeldes, familias con niños, y de repente un bebe aparece en tu casa…
-Mira, ya lo sé, es muy sospechoso…
-Meissa, no puedes hacer esto por mí.
Ella levantó las manos al cielo.
-¡Entonces haz con ella lo que te plazca! ¿Vas a dejarla abandonada en el umbral de una casa cualquiera? No, ¿verdad?
Draco se enfureció.
-No te he pedido nada de esto. No te he pedido que tires tu vida a la basura por mí.
-Mira, ¿sabes qué? –en un impulso, desenvolvió al bebe de la manta, cogió esta última y la tiró al fuego. El fuego mágico devoró la manta al instante y Meissa le envió una mirada triunfal a Draco antes de lanzar un hechizo para que nadie pudiera devolver a su forma las cenizas-. Ya está. La manta se ha perdido para siempre. A todos los efectos, Rose Ginevra Granger nunca ha existido.
-El Señor Oscuro sabe que Granger tuvo una niña.
-Estás empeñado en que esto no funcione, ¿no es así? No encontraste a su madre, tampoco tenemos manera de encontrarla en el futuro porque, ey, es una Rebelde y nosotros somos Mortífagos, ¿recuerdas? Tampoco vas a abandonarla ni vas a dejar que permanezca aquí, así que, ¿qué vas a hacer? ¿Qué vas a hacer, Draco?
Draco permaneció con la cabeza gacha durante todo el discurso de Meissa. Siguió así durante varios minutos después de eso, hasta que musitó:
-Me la quedaré.
-¿Disculpa?
-Me la quedaré. La criaré yo.
Meissa soltó una carcajada.
-¿Y qué excusa vas a poner tú que no pueda poner yo?
-Para empezar –Draco miró el estómago de su prima- todo el mundo te ha visto estos últimos meses y sabe que no has estado embarazada. P-Pero nadie tiene por qué recelar de un supuesto romance mío.
-Oh –Meissa abrió los ojos de par en par-. Ya… veo –y tras un momento-. Realmente vas a hacerlo.
Draco desvió la vista. Ella lo cogió del brazo.
-Si realmente vas a hacerlo… Si piensas ser su… su padre. ¿Ese es el plan, no? Si piensas ser su padre, tienes que serlo de verdad.
-¿Qué?
-Tienes que ser un padre. No puedes seguir como hasta ahora.
Él se echó a reír.
-Meissa…
-Te has vuelto hostil… y cruel, excepto con Crux y conmigo. Eso debe parar.
-Soy un Mortífago, como tú –Draco intentó soltarse-.
-¡No somos Mortífagos! ¡Somos rehenes! Una puñetera familia que se preocupa tanto los unos por los otros que venderemos nuestra alma en el instante en que el Señor Oscuro amenace con dañar al otro. Eso es no tener ni una puta oportunidad, y si acoges a esta niña será una rehén más que él usará en nuestra contra. Pero si vas a acogerla, si vas a hacernos eso, por mi vida que lo harás bien. Tienes que recuperar tu jodida alma y ser su padre, joder. Eso incluye olvidar tu resentimiento por Weasley…
-Meissa…
-Y tus sentimientos por Granger también. Esta niña será tu prioridad a partir de ahora, o te juro que te arrancaré las pelotas. ¿Me has entendido?
-Sí –respondió entre dientes-.
-.-.-
Se tomó su tiempo para actuar. Mientras tanto desenterró varios libros de la cámara secreta de la mansión Malfoy, un lugar que no pisaba en años porque estaba lleno de objetos oscuros que prefería mantener lejos del alcance del Señor Oscuro. Tardó dos días en encontrar lo que quería y otros cuatro en preparar todo lo necesario y en memorizar cada palabra de las cincuenta páginas que tendría que recitar sin descanso durante toda una noche, una y otra vez, hasta que el conjuro hiciera efecto.
Pasados esos primeros seis días Draco cogió en brazos a Rose y se sentó en el suelo de la cámara secreta. Sabía que no lo encontrarían ahí y que por lo tanto no podrían detenerlo. Llevaba seis días ignorando los intentos de Meissa de ponerse en contacto con él vía Red Flu, y también ignorándola cuando llamaba al timbre. Su elfina tenía prohibido abrirle. A estas alturas lo único que podría detenerlo sería que el Señor Oscuro se presentara en su casa en persona.
Eso no pasó. El Señor Oscuro estaba ocupado en otras cosas y era con Pólux Rookwood con quien compartía sus planes, no con Draco.
Abrió el libro y empezó a leer.
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Estaba muerto de cansancio, apenas era capaz de hilar un pensamiento razonable y estaba consciente de que su andar no era del todo firme. Parecía que llevara una semana sin dormir, lo que no estaba tan alejado de la realidad. Había dormido durante los primeros días, un poco al menos. Pero no era el hecho de haber trasnochado lo que lo tenía al borde del precipicio, era el conjuro que había drenado gran parte de su magia. Incluso si la recuperaba, ahora mismo se sentía como si el menor viento lo fuera a arrojar al vacío.
Meissa traspasó las protecciones de la mansión nada más quitó las restricciones. Aunque se la veía enfadada tras dar un vistazo a su estado se limitó a tenderle un rollo de pergamino sin decirle una palabra.
-¿Qué es esto?
-La prueba de que a diferencia de ti tengo cerebro –Meissa alzó una ceja hacia él, sus brazos todavía cruzados-. Te he encontrado una amante.
-¿Perdona?
Ella señaló el pergamino con un gesto de su barbilla.
-Cassiopeia Lufkin. Descendiente de la primera Ministra de Magia mujer, Artemisa Lufkin. Sangrepura, hija única, estudiante de Ravenclaw, 20 años de edad, 21 este año, es decir, uno menos que tú. Inteligente y de buena familia. Un buen partido, de no ser porque lleva tres años entrando y saliendo de la sala de interrogatorios por sospecha de apoyar a un grupo clandestino de periodistas que reparten panfletos apoyando la diversidad de sangre y criticando las matanzas indiscriminadas contra mestizos. En Marzo del año pasado dio a luz en una de las celdas de retención mientras esperaba su juicio. La niña murió –Meissa lo miró directamente a los ojos-. Ese pequeño detalle puede ser fácilmente rectificado modificando los archivos. El resto solo depende de conseguir una identificación falsa y asegurarnos de que Lufkin nos sigue la corriente.
-¿Por qué haría eso?
-No va a tenerlo tan fácil esta vez para ser liberada. Lleva más de dos meses en custodia y por lo visto están a punto de atrapar a alguien que puede incriminarla. Va a necesitar nuestra ayuda si quiere sobrevivir.
-Yo no tengo ningún poder para ayudarla.
-Tú no, pero conoces a alguien que sí, ¿no? Es hora de que pidas unos cuantos favores.
-.-.-
No se cruzó con nadie cuando dejó atrás los pasillos del Ministerio abiertos para el público (es decir, el público sangrepura) y accedió al área de interrogatorio de los prisioneros. La mayoría de estas personas, incluso si eran sangrepuras, que lo eran, serían ejecutadas para dar un escarmiento a quienes también sintieran la tentación de ayudar a mestizos y muggles.
Draco no tenía acceso a esta área. La única razón por la que podía estar aquí era porque había convencido a Pansy Parkinson de que lo ayudara.
Abrió la cuarta celda a la derecha y entró en una habitación pequeña de paredes blancas y sin ningún mobiliario, ni siquiera una cama. Aunque pequeñas, estas celdas eran mucho mejores que las celdas sobrecargadas de prisioneros en las que encerraban a los mestizos para torturarlos cuando algún mortífago estaba aburrido. Aun así, se dio cuenta al entrar, horrorizado, de que ni siquiera esta gente se salvaba de las humillaciones que los otros prisioneros sobrellevaban cada día. La mujer que Draco había venido buscando estaba escondida en un rincón, tumbada en el suelo hecha un ovillo. Tembló cuando escuchó que la puerta se abría pero no levantó la cabeza para mirar. Tenía el cuerpo lleno de magulladuras y le habían rapado el pelo. Draco se acercó lentamente e intentó tocarle el hombro. Ella se apartó con un grito y empezó a llorar.
Meissa le había dicho que llevaba años entrando y saliendo de este lugar, pero Draco no creía que hasta ahora hubiera estado aquí más que un día o dos. No el tiempo suficiente para entender realmente cómo eran estos lugares. No le sería tan fácil a partir de ahora lanzarse al peligro sin pensar en las consecuencias.
-Lufkin –la llamó Draco-.
La prisionera se tapó las orejas con las manos. Tenía la piel casi gris, los ojos marrones cerrados con fuerza y sangre seca en el cuello. Él intentó apartarle las manos, sin éxito. Había sido guapa antes de todo esto. Seguía siéndolo, debajo de toda esa suciedad y sangre.
Pero, lo más importante de todo, se parecía a Granger. Una de las tantas razones por las que Meissa la había escogido, por lo visto.
-He venido a sacarte de aquí.
La mujer, Cassiopeia Lufkin, abrió los ojos pero no pidió explicaciones, y tampoco pareció creer del todo sus palabras. Pero al menos ahora estaba escuchándolo.
Draco le contó su plan.
-¿Lo has entendido?
Ella asintió.
-Te prometo tu libertad. No volverán a encerrarte. Te daré más dinero del que puedas imaginar, una buena vida, y a cambio dirás que tuviste una hija conmigo. Dirás que es tuya, que la diste a luz, y lo seguirás perjurando hasta el día de tu muerte. Rompe tu parte del trato, díselo a una sola persona, y no habrá lugar en la tierra donde puedas esconderte de mí. Tu hija se llama Lyra. Lyra Rose. Dilo.
-Mi hija se llama Lyra Rose –repitió, aterrorizada-.
-Te llevarás el secreto a la tumba.
-Me llevaré el secreto a la tumba. Mi hija se llama Lyra Rose. Mi hija se llama Lyra Rose –empezó a llorar-.
Draco asintió y le quitó las cadenas que la aprisionaban.
-No me traiciones –la amenazó-. ¿Lo has entendido? Será lo último que hagas.
-¿D-Dónde me llevas?
-De vuelta a tu casa, por supuesto. Pansy te ha interrogado y ha decidido que todo ha sido una gran equivocación.
-Pero si ayudé a…
-A veces también recibimos informes falsos. Pansy será premiada por descubrir la verdad y salvar la vida de una sangrepura inocente. Una sangrepura que nunca volverá a desobedecer al Señor Oscuro, ¿no es así?
-Me pides que renuncie a mi dignidad por mi vida.
-Lo mismo que el resto de nosotros. Bienvenida al club.
Tuvo que sujetarla durante todo el camino hasta el área de acceso común, a pesar de que Cassiopeia se debatía entre rechazar su toque, todo el tiempo estremeciéndose como si esperara un ataque, y caerse de bruces al suelo porque sus piernas no le respondían bien.
Pansy los esperaba en la salida.
-¿Estás seguro de que esto es lo que quieres hacer? –le preguntó su amiga-. Dile a la niña que su madre está muerta. Un revolcón de una noche no justifica tanto alboroto.
-¿Y convertirla en la hija de una traidora condenada? ¿Como yo?
Pansy observó a ambos, dudosa. No había puesto en duda la historia de Draco cuando le había dicho que había descubierto que una antigua amante había dado a luz a una niña suya sin decírselo, y que ella lo había contactado a última hora ante su inminente muerte. Lo que no entendía era que quisiera pasar por todos estos apuros para ayudarla.
Seguramente para Draco habría sido mucho más sencillo que Cassiopeia no sobreviviera. No habría ningún testigo que pusiera en duda su historia. Pero no creía que pudiera hacer eso. Necesitaba salvar al menos a una persona.
Tras un momento Pansy asintió.
-Está bien, venid conmigo –pero se giró hacia Cassiopeia en el último momento y la agarró por la barbilla hasta que sus ojos se encontraron. Cassipeia hizo una mueca por el fuerte agarre-. ¿Sabes quién soy yo? –la otra mujer parpadeó-. Si lo sabes sabrás que no perdono a los que me hacen pasar por tonta. Como vuelva a descubrirte compartiendo propaganda para sangresucia y escorias como tú voy a arrancarte la piel a tiras.
-Pansy, qué…
-Estoy poniendo mi buen nombre en juego por vosotros dos –miró de Cassiopeia a Draco. Fue la primera vez que Pansy lo miró con algo que no fuera compañerismo o afecto-. Como quede mal delante del Señor Oscuro por vuestra culpa, ninguno de los dos va a salvarse.
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Una vez de vuelta en la mansión, Draco sacó a Rose de la cámara secreta y la sentó en el sillón enfrente de él. Winky, la misma elfina que lo había cuidado a él de niño, no se atrevió a decirle nada a su amo dado su humor, y tampoco preguntó quién era la niña; simplemente la alimentó en silencio con leche mientras su amo las observaba a ambas, taciturno.
Draco iba a llamarla Lyra Rose Malfoy. Lyra, porque los Malfoy siempre utilizaban nombres de constelaciones, y Rose porque ese era su nombre al fin y al cabo. Ginevra, por otra parte… era un nombre demasiado reconocible; no podía llamarla así.
Lyra lo observó con sus grandes ojos chocolate. La niña lo estaba observando directamente, sin parpadear. Esos ojos…
Si te diriges a mí, te golpearé de nuevo. No quiero volver a saber de ti de nuevo. Esto termina aquí.
Draco apretó con fuerza el vaso. Se negó a perderse en unos recuerdos que enterró hace demasiado tiempo como para contar para algo.
En cambio caminó hasta Lyra y la cogió en brazos. La pequeña lo rodeó con sus bracitos. Draco se quedó mirándola… y ella sonrió. Fue una sonrisa torpe, aniñada, pero tan tierna que sintió algo romperse dentro de él. Draco nunca había sonreído así. Nunca le habían sonreído así.
-Eres tan bonita –le pellizcó la mejilla, haciendo que la niña riera y lo abrazara más fuerte-.
Draco quiso apartarla. No podía dejar que esta niña venciera su resistencia, por mucho que se lo hubiera prometido a Meissa. Todavía no tenía muy claro por qué la había salvado y eso era lo peor de todo. A veces se convencía a sí mismo de que solo quería robarle a Weasley lo que debería haber sido suyo. Otras veces pensaba que no podía dejar ir la única parte de Granger que seguía viva en este mundo, porque nadie podría haber sobrevivido a la redada y por ende estaba casi seguro de que estaba muerta, y esos eran los peores días. Se aborrecía cuando pensaba de esa manera. La venganza siempre sería aceptable entre su clase, en cambio lo otro…
Lo otro.
No quería pensar en ello. Y no podría dejar de hacerlo si seguía pensando en esta niña como la hija de Granger. Ahora era suya. Draco se había asegurado de ello al realizar el conjuro que lo había tenido despierto toda la noche y que lo había dejado casi sin magia. Estaban ligados ahora de manera más estrecha que cualquier unión de sangre. Había impregnado su huella mágica en ella, y de esa manera sería conocida como una Malfoy por el resto de su vida. Engañaría cualquier hechizo, cualquier restricción que la mansión tuviera para aquellos que no compartieran sangre. Engañaría al Señor Oscuro. Incluso puede que engañara al mismo Draco; porque, mientras veía esa sonrisa y esos ojos hermosos devolviéndole la mirada sin parpadear, Draco pensó que no le costaría nada querer a esta pequeña, al igual que no le había costado en su momento querer a su madre.
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Durante años, cada vez que se recostaba en la cama y cerraba los ojos, la incertidumbre y las dudas lo agobiaban. Se preguntaba si estaba haciendo lo correcto. Lyra crecería en una familia acomodada en vez de en los refugios rebeldes donde tendría que haberse ocultado de haber crecido como la hija de Granger y Weasley. Siempre moviéndose, siempre en peligro. Con Draco, Lyra no conocería esas preocupaciones, pero a cambio, crecería como parte de una generación de sangre pura que se regía por la violencia y la discriminación de sangre, y en el futuro serviría bajo las órdenes del hombre que intentaba matar a sus padres. Porque igual que Draco no había tenido opción Lyra tampoco la tendría, igual que no la tendría el pequeño Crux. Este era el mundo que les había tocado vivir y esta vez no había ninguna profecía que les ofreciera la esperanza de que era algo que podía cambiarse.
Ni todas las buenas intenciones del mundo harían que Voldemort y su reino de terror desapareciesen.
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Siete años después,
Año 2009
-Lyra –la llamó Draco-.
La niña de ocho años levantó la cabeza a la mención de su nombre. A su rostro acudió una sonrisa cuando vio al fatigado hombre de veintinueve años dejar su maletín sobre el sofá y acudir a ella. Se agachó delante de Lyra, quien estaba sentada en el suelo al lado de su sillón favorito, y le dio un beso en la cabeza. Después, con un suspiro, se dejó caer en el sillón y cerró los ojos.
La niña se levantó de un salto y, agarrando fuertemente sus cromos para que no se le cayeran, se sentó encima de Draco, apoyó la cabeza en su estómago y siguió jugando. Draco estaba más que acostumbrado a esta acción. Al principio había pensado que esa constante demanda de mimos se le pasaría enseguida, pero años después Lyra seguía yendo tras él sin descanso.
Como presintiendo que estaba sumido en sus pensamientos, Lyra lo zarandeó para llamar su atención.
-Papi, ya sé lo que quiero para mi cumpleaños.
-Faltan dos meses, Lyra.
-Pero es que ya sé lo que quiero y el año pasado me lo preguntaste.
-Y me dijiste "lo que tú quieras, papi" –la imitó-.
-Sí, y me compraste ropa.
-Te gusta la ropa.
-Pero no para un regalo de cumpleaños.
Draco suspiró.
-Dime lo que quieres.
-Un perrito.
-Un perrito –repitió Draco-. No tengo tiempo para cuidar de un perro. Déjame dormir un rato, Lyra –cerró los ojos-.
Ella volvió a zarandearlo.
-Yo lo cuidaría.
-He oído esa historia antes y siempre soy yo el que termina haciendo el trabajo.
-No, papi, cuidaría del perro –frunció el ceño al ver que él seguía con los ojos cerrados-. Voy a pedírtelo todos los días hasta que me digas que sí.
-Y luego tendrás el regalo que yo quiera y no por el que tantos dolores de cabeza me has dado, aunque solo sea para que aprendas la lección –a él le habría venido bien aprender esa lección cuando era niño, así habría aprendido a valorar las cosas un poco más-.
Ella infló los mofletes.
-Te querré mucho más si me compras un perrito.
Draco resopló.
-Que sí, papi, que es verdad.
Sin decir nada, Draco la atrapó en un fuerte abrazo. Cogida con la guardia baja, ella gritó y luego empezó a reírse cuando el abrazo se convirtió en cosquillas. Saltó de su regazo entre risas.
Cuando Draco abrió los ojos se la encontró sonriendo de esa manera abierta que tanto le recordaba a su madre, con los ojos color chocolate brillando con una nota de diversión.
-Quien llegue antes a mi cuarto gana –declaró y echó a correr-.
A Draco le gustaba seguirle la corriente. La perseguía escaleras arriba, fingía que tropezaba y la dejaba ganar de vez en cuando, y de esa manera por un momento se olvidaba del Señor Oscuro, de las matanzas y de la clase de país en que vivían ahora. Otras veces hacía lo que hizo esta, sacó la varita y se Apareció.
Para cuando Lyra llegó a su cuarto con las mejillas coloradas por la carrera y el pelo revuelto se lo encontró sentado cómodamente junto a la ventana, sonriendo astutamente como todo buen Slytherin. Lyra gimoteó.
-¡Papi, eso es trampa!
-De eso nada, solo he empleado los recursos que tengo ya que eres más joven y ágil que yo –su sonrisa se ensanchó-. ¿Decías algo de ganar?
-¡Papá!
Dos meses después Lyra abrió la caja que Draco le tendió y, sorprendida, fue recompensada con un enérgico ladrido. Se quedó traspuesta, sus ojos abiertos de par en par, y cuando pudo reaccionar se echó sobre su padre entre lágrimas.
-¡Gracias!
Sentada junto a Crux, Meissa sacudió la cabeza. Draco se encogió de hombros. Era una suerte que Lyra fuera todavía joven para saber que cuando sonreía había pocas cosas que Draco pudiera negarle. Una suerte en efecto.
