"Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles".
(1)
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Bokuto recordó vagamente que Tooru le había dicho que tenía cosas que hacer. Quizás no recuerda a medias, sino exactamente lo que le dijo. Quería cortarse el cabello, solo un poco, tenía muchas ganas de hacer pudin y, de verdad, necesitaba solucionar los problemas de su vida.
Puede que lo último sonara extremo (y hasta podía llegar a sonar a excusa), pero Kotarou sabía que era una verdad absoluta. Tooru era así, como un altibajo constante de emociones, una montaña rusa, sin ir más lejos.
Se despidieron en la tarde, a eso de las seis y minutos (que él no fue capaz de contar cuando Oikawa le dio la espalda, para dirigirse a su hogar). Se quedó largo rato mirando sus hombros, aun cuando la distancia era tanta que no podía precisar si seguía estando en línea recta, solo un poco más adelante, o si ya había llegado a su casa.
Tomando su propio camino, pensó en llamar a su bro, en hablarle sobre lo que últimamente parecía estarle ocurriendo. Esa sensación de desconcierto no era algo normal en él. Ni siquiera que reparara en cosas tan triviales como lo eran las actividades diarias de Tooru (y él ni siquiera creía que pensar en ello era una pérdida de tiempo, curiosamente y para más inri, era lo contrario).
Cuando pudo hablarle a Kuroo no supo por dónde empezar. No sabía si tenía sentido hacer de ello una tormenta, si ese vaso de agua no era simplemente eso. Quizás solo había traicionado a su bro, encontrando a otro en Tooru. Pensó en ello, y más que temer a lo que fuera a hacer Tetsurou, se atrevió a rezar por su alma si es que Iwaizumi se enteraba de que le había robado a su mejor amigo.
—Kuroo —le llamó, con un tono suplicante. Ojalá no le odiara por cambiarlo por Oikawa, así, al menos, tendría un aliado para combatir contra la ex estrella de Seijoh.
—Qué ocurre, bro.
No respondió y, en cambio, se puso a llorar. Él no quería dejar de llamar bro a su bro, pero no le habían preguntado nada y simplemente le habían dado ese lugar a Tooru. No era su culpa, aunque quisiera mucho a Tetsurou.
Le explicó todo, entre pausas llenas de llantos y mocos (y gritos y risas de Kuroo), que él había dejado de pensar en él tanto como lo hacía antes. Que ahora Tooru ocupaba ese lugar, el de su bro. Y si quería llevarlo a juicio en la corte de los bros no se quejaría.
—Eres un imbécil, Bo —le dijo, luego de reírse, largo y tendido, por al menos diez minutos.
No entendió por qué no se había enojado, pero eso era una ventaja, dada la situación.
—Ayúdame entonces a enfrentar a Iwawa-chan —pidió, juntando sus manos en pose de rezo.
Kuroo volvió a reírse. Bokuto no comprendía nada.
—No es que me hayas cambiado (que, por cierto, es imposible, y menos por ese), bro, es que a ti te gusta Oikawa.
—Qué, pero Akaashi me dijo que cuando te gusta alguien tu corazón dispara rayos rojos y rosas.
—Eso te lo habrá dicho para que nunca lo molestaras con estas cosas —respondió—. Ahora comprendo por qué tomó esas medidas.
—Las medias de quién, bro. No entiendo.
Tetsurou se arrepintió tarde de haberle explicado ese malentendido. Quizás si el propio Tooru tomaba responsabilidad de haber enamorado a alguien como Bokuto el mundo sería un lugar mejor.
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—Entonces, no es que hayas suplantado a Kuroo como mi bro —explicó. Tooru se sintió un poco molesto por ello—. Es que me gustas.
